viernes, 21 de julio de 2023

Pichichis: José Eulogio Gárate

Un vasco de Buenos Aires, un Pichichi compartido, una final de Copa perdida y un final de carrera a las órdenes de quien fue su amigo. Toda una carrera marcada por la elegancia, por la victoria más sufrida y por la derrota más cruel. Un tipo que supo ganarse el respeto de un país y la idolatría de una afición que aún lo enmarca como uno de los mejores jugadores de su historia.

Aquella final de Copa contra el Madrid en el setenta y cinco aún escuece en los tipos que fundaron un club ganador. Se jugó en el Calderón, al abrigo de una afición entregada y un equipo que sabía conjugar el verbo ganar. Apenas había pasado un año de la derrota más dura en Bruselas y, sin embargo, el equipo seguía queriendo competir. Ya eran campeones del mundo pero les faltaba refrendar su gloria ganándole una final a su máximo rival. Pero no pudo ser. Se anularon dos goles a Irureta, se intentó hasta el final y una parada de Miguel Ángel a Salcedo terminó por decantar una balanza que parecía tendida de antemano. Gárate marcó su penalti, como no podía ser de otra manera, y demostró al mundo que se podía jugar al fútbol con un esmoquin y unos zapatos de charol.

La vida de José Eulogio Gárate es la vida de un tipo contrarreloj que alcanza siempre los lugares justos en los momentos oportunos. Aquella derrota ante el Madrid fue una más, total, él ya se había enfrentado a los mejores y los habían competido como ninguno. El Ajax de Cruyff y el Bayern de Beckenbauer, dos auténticos ogros europeos que ganaron al Atleti sudando tinta y obligándose a ser excelsos. Pero no todo fueron derrotas para aquel Atleti que, probablemente, vivió los mejores días de su historia. El tipo que llegó para sustituir al ídolo máximo Mendonça y que fue curtido en los campos de entrenamiento por Jorge Griffa, había abandonado el Indauchu de la segunda división para dar un salto mortal hacia una élite que, sinceramente, no terminaba de esperarle.

Porque el chico, a instancias de su padre, quería ser ingeniero antes que futbolista. Pero resulta que fichó por el Eibar a modo de prueba y terminó siendo el máximo goleador de la tercera división española. Tenía diecinueve años y se había matriculado en la Facultad de Ingeniería Industrial de Bilbao, por lo que fue sondeado por los equipos de la capital vasca hasta terminar fichando por el Indauchu, entonces en segunda división. Fue una carrera fulgurante, pero muy costosa. Como apenas podía entrenar, porque debía ir a la facultad, los partidos se le hacían largos y terminaba siempre sustituído. No obstante, era tan bueno que siempre terminaba jugando. Y es que el fútbol, para él, era un sendero hacia la diversión ya que lo jugaba por placer, como lo había hecho desde niño en el patio del colegio.

Con el Eibar jugó dos fases de ascenso a Segunda División, un hito sin precedentes para un club tan humilde. Siempre respetuoso con los rivales, su forma de jugar, elegante y milimétrica, le valió el apodo de El Ingeniero del Área y es que más allá de los estudios, Gárate también sabía calcular a la perfección la valía de un regate y la técnica necesaria para anotar un gol. Como aquella postal inolvidable en su último gran gol con el Atleti, en un cabezazo icónico contra el Zaragoza para levantar su segunda Copa del Rey.

Y es que siempre lo tuvo claro; ingeniero primero y futbolista después. Por ello fichó por el Atleti, porque en Madrid había una Facultad de Ingeniería que en San Sebastián no existía. Y es que su preferencia era fichar por un equipo de la zona, pero ante la negativa del Athletic al considerarlo un futbolista extranjero, debido a su nacimiento en Argentina, tuvo que marcharse a la capital para convertirse en ídolo y leyenda.

Desde allí se convirtió en el nueve de referencia del seleccionador Kubala, quien le llegó a convocar hasta en dieciocho ocasiones en las que anotó cinco goles. No fue una gran época para selección española, pero Gárate, que al fin consiguió ser español en 1966 gracias a una gestión pericial del Atlético de Madrid, pudo vestir de rojo y seguir con la estela de un goleador de arte y estilo. En total jugó doscientos cuarenta y partidos en la liga española, en los que anotó ciento nueve goles; una cifra nada desdeñable en una época en la que las defensas eran férreas y los esfuerzos mucho menos generosos.

En el Atlético de Madrid jugó dos años a las órdenes de Max Merkel, más conocido como Míster Látigo. El austriaco, que se había ganado fama de duro en Sevilla, exprimió a los futbolistas del Atlético hasta la extenuación. Y uno de los que más lo notó fue Gárate, que nunca había tenido una buena base física y terminó la temporada como un tiro. En aquella 1972-73, el Atlético campeonó con un último gol de Gárate ante el Deportivo de la Coruña delante de una masa enfervorecida que ya le amaba por hecho y por derecho.

Aunque los tres trofeos Pichichi que logró fueron todos compartidos, tuvo mucho mérito, el de la temporada 1968-69, que compartió con Amancio después de haber podido jugar tan sólo una veintena de partidos durante la temporada debido a unas molestias musculares que le mantuvieron durante varias semanas en el dique seco. Y es que Gárate era un tipo hábil pero físicamente débil. Todo un buenazo que jamás respondía a las intimidaciones y, mucho menos a las agresiones. De ello dio fe su compañero, el eterno suplente San Román, quien un día, en mitad de un partido saltó al terreno para defender a su delantero e increparle en plan consejero "¡Macho, devuélvele alguna que al final te mata!" "¿Y si le hago daño?", respondió el bueno de José Eulogio. Y es que él era corazón viviente y caballero andante. Un tipo sin igual.

Cuando ya era todo un ídolo del Atleti, recordó el sueño de su infancia de triunfar de rojiblanco, pero mucho más al norte. En 1965, cuando era jugador del Indauchu y debido a su gran hacer, el Athletic quiso ficharlo, pero al no tener nacionalidad española hubo de quedarse con las ganas, pero de aquella experiencia ganó la lealtad de Ferdinand Daucik, entrenador glorioso de la época que lo había tenido a sus órdenes y dio detalles precisos a sus amigos de Madrid. De allí lo fichó el Atlético y de allí lo tomó en cuenta Kubala, cuñado de Daucik, que lo convirtió en su delantero titular de la selección española.

No obstante, su carrera como internacional no fue tan fructífera como lo fue como jugador del Atlético, con el que alcanzó la cifra de ciento treinta y cuatro goles y tuvo tardes gloriosas haciendo un estupendo trío de ataque junto a Luis e Irureta. Pero también tuvo tardes malas, como aquella final del setenta y cuatro en Heysel en la que tuvo que ver desde el suelo como Schwarzenbeck les robaba todos los sueños con un tiro lejano o aquella trampa turca ante el Göztepe en la que salieron eliminados en el tiempo de descuento después de sufrir todo tipo de trampas.

Pero las derrotas, por muy duras que sean, no pueden deslucir una hoja de servicios prácticamente impecable. Con el Atleti ganó tres ligas y dos copas y se convirtió en el tipo que todos querían ser; estudioso, educado, elegante y goleador. Un tipo que apenas celebraba los goles por respeto al contrario y que en el día de su despedida juntó a setenta mil personas en el Calderón para hacer corear su nombre y sus respetos. Aquel uno de junio del setenta y siete no se marchó un hombre sino que se despidió una leyenda.

Una leyenda que había comenzado once años antes, en un partido ante Las Palmas, cuando el chico llamado a suceder al gran Mendonça, debutó con la rojiblanca para hacer historia. Hasta que llegó aquel partido ante el Elche, vigésima jornada de la liga 1975-76, en la que una entrada salvaje del defensor Indio, contactó en la rodilla de Gárate haciéndole perder el equilibrio. Pese al dolor, el delantero se incorporó, anotó un gol y terminó el partido. Lo que no esperaba es lo que estaba por venir. Él, que había aguantado las tarascadas de tipos tan brutos como Aguirre Suárez, Benito o Migueli, tuvo que decir adios al fútbol después de una entrada de lo más desafortunada. El césped te había en los tacos de Indio, penetró en el tejido de la rodilla de Gárate provocando que una bacteria se fuese comiendo el hueso sin que ningún médico fuese capaz de dar un diagnóstico correcto ante tanto dolor. Cuando le dijeron que iba a perder la pierna dijo adiós al fútbol y tuvo miedo de decir adiós a la vida. Finalmente le salvaron la pierna gracias a un tratamiento adecuado, pero el fútbol ya había perdido a su delantero más elegante. El tipo de la postal a todo color con aquel último gol ante el Zaragoza el día que Heredia remató su rodilla, el tipo que sobrevivió a Glasgow, que terminó sus estudios de ingeniería, que eligió el Atleti para librarse de la mili y tiempo después supo que en cualquier otra vida hubiese seguido eligiendo el Atleti porque lo que encontró aquí no se lo hubiesen regalado ni los dioses de los sueños.

Gárate era un delantero atípico en la época porque, además de tener un gran remate de cabeza, era preciso con los pies; tiraba paredes, filtraba balones entre líneas y daba pases de gol. Junto a Leivinha formó un tándem exquisito que duró poco y tuvo que aguantar en sus carnes aquel afán de protagonismo que hacía de Guruceta el personaje más detestable del fútbol español cuando, en un derbi, y ante una leve protesta por una fuerte entrada de Benito, le enseñó la tarjeta roja para así poder presumir de haber expulsado al tipo más limpio del fútbol español. Y es que a Gárate le sobresaltaban hasta los insultos que escuchaba en el vestuario cuando sus compañeros de equipo se recogían y se disponían a compartir opiniones. A él no le salía insultar. Ni pegar, ni protestar. A él sólo le salía jugar de la manera más noble posible.

Aquella Copa Intercontinental ante Independiente le coronó como un tipo inigualable y, mientras daba la vuelta de honor en un estadio que no paraba de corear su nombre, recordó por un momento que una carambola de la vida le había llevado hasta allí. Su abuelo, teniente de alcalde en Eibar de la España republicana, hubo de huir a Argentina ante el miedo a ser fusilado. Debido a que sus padres marcharon allí para pasar una temporada con él, provocó que él naciese en el país del Río de la Plata, lo que hizo que, pese a ser vasco durante toda su vida, no pudiese fichar por el Athletic y que, por ello, pudo llegar al Atlético de Madrid. El efecto mariposa trae hechos extraordinarios y jugadores inolvidables. Gárate, sin duda, es el más extraordinario en la historia del Atleti.

lunes, 12 de junio de 2023

En el segundo palo

Dice un viejo dicho futbolístico que la basura se recoge siempre en el segundo palo; algo que viene a decir que cualquier balón suelto y falto de despeje, debe ser siempre aprovechado por un barrendero con oficio y saberlo meter a la papelera. Eso, que a priori parece fácil, es una acción sólo apta para listos y para olfateadores del oficio, porque más allá del error debe permanecer siempre, intacta, la percepción ya que desde la intuición se ganan más partidos que desde el conformismo.

El Real Madrid de hoy, lleno de grandeza y superioridad, es el vestigio de un pasado que pintó en negro por momentos y se volvió blanco de esplendor desde la conquista, el milagro y la competitividad salvaje. Pero todo héroe tiene su camino y todo camino está lleno de trampas y barro con los que hay que lidiar para llegar a ser el tipo de portada al que todos admiran. Antes de la fama llega el abismo y en el borde del mismo se encuentra un momento de peligro en el que un paso en falso llama a la muerte y una mirada de valentía llama al entusiasmo.

Son muchos los que contraprograman, como momento culmen en la reinversión de la fatalidad, aquel cabezazo de Ramos en Lisboa que lo voló todo por los aires. Pero aquel Madrid, que se cayó en liga ante la insistencia del Atleti y la apoteosis de Messi, hizo una Champions cuasi perfecta, desplazando del camino, muchas veces con crueldad, a cuanto equipo alemán se le ponía por el medio. Aquel fue un grano de arroz en una montaña de alimentos, pero tras aquello, el equipo volvió a caerse ante la Juve y no masticó la liga, una vez más, después de que Mourinho pusiese el listón por las nubes con un récord histórico.

La temporada 2015-2016 apuntaba a fracaso después de que el Barcelona abusase una vez más del Madrid en el Bernabéu. Tras aquella decisión política de sentar a Casemiro para poner a James, Benítez cavó una tumba que había resistido a abrir. La primera parte de la temporada había sido honrosa, salvando la bala del Paris Saint Germain en la fase de grupos y clasificándose como primero de grupo en espera del enfrentamiento de octavos contra la Roma. Pero aquella batalla perdida en liga, quedándose sin opciones ya en enero, puso al madridismo patas arriba y a Florentino con la obligación de tirar de la opción  más popular posible ante la avalancha de críticas internas.

Zidane adoptó un enfermo y, aunque en un principio las medicinas parecieron adecuadas, poco a poco se vio que el equipo iba cayendo en un estado de estupor del que no se veía capaz de salir. Poco después de su llegada, el Atleti asaltaba el Bernabéu por tercera vez consecutiva y se dejaron puntos en Málaga y Sevilla. De repente, el Barcelona tenía cuatro partidos de ventaja y el equipo afrontaba la eliminatoria de cuartos frente al Wolfsburgo con la intranquilidad de quien se sabe caminando por la cuerda floja.

En plena crisis de identidad, el Madrid visitó Las Palmas con la incertidumbre de saber si aquel partido serviría de trampolín o de cadalso. En tierra de nadie y sin más aspiración que la gloria eterna de la Champions, la única victoria que buscaba el equipo era la moral por encima de la deportiva. Y no se puso la cosa del todo mal cuando Ramos remató a gol un córner en el primer palo mediada la primera mitad. Sin embargo, lo que podía haber sido un paseo se convirtió en una tortura cuando Las Palmas se hizo con el balón y terminó el partido aculando al Madrid dentro de su área.

Por ello, cuando William José batió a Keylor en el ochenta y siete, aquel gol supuso, aparte de un merecido premio, una dura dosis de realidad. Pese a los primeros brotes, aquel Madrid, ni estaba, ni se le esperaba. Fueron muchas las voces que identificaron a Zidane como un gran jugador con muy poca categoría directiva para afrontar un reto de tamaño calibre. Y mientras el genio de Marsella preparaba su discurso pacífico en rueda de prensa, el Madrid, que llevaba minutos sin rondar el área pequeña del equipo insular, cobró un córner como quien cobra un céntimo de más en una nómina cargada de trabajo y desgana.

El balón, que no va muy bien, puesto, con más temple que fuerza, se pasea por el área ante la incrédula mirada de un Javi Varas que lo deja pasar como quien observa una mosca hacia un destino incierto, y es cuando parece que va a perderse en las postrimerías de la línea de fondo, cuando aparece el basurero especial del Real Madrid para meter la cabeza y tirar a la papelera aquella basura que había llegado, inerme, hacia el segundo palo.

Casemiro, en marzo de 2016, era un elemento sospechoso a medio camino entre la promesa y la realidad. Acabada la etapa Xabi Alonso-Khedira, el Madrid quiso tapar con Kroos el agujero central y no sólo no encontró contención, sino que perdió juego en la zona de tres cuartos. Como quiera que Modric tenía que trabajar por dos mientras que James apenas sí trabajaba para sí mismo, Zidane redobló la apuesta de Benítez y demostró que el entrenador cesado había tenido razón jugándose el cuello por el brasileño. Aquella apuesta terminó siendo ganadora y Casemiro terminó salvando el pellejo de su entrenador con aquel gol postrero en Las Palmas que terminó por cambiarlo todo.

Porque aquel gol terminó revitalizando a un equipo que parecía entregado a su suerte. Tras aquello, el Madrid ganó diez partidos seguidos, incluida una victoria en el Camp Nou que puso al barcelonismo con los bemoles de corbata. Remontó al Wolfsburgo una eliminatoria que se había puesto cuesta arriba, anotó más de treinta goles y rozó la heróica jugándose la liga contra el Barça en la última jornada. Y, aunque fue capaz de remontar aquellos doce puntos, su logro más importante volvió a tener al Atlético de Madrid como protagonista final, en una tanda de penaltis que le volvió a alzar al cielo para levantar esa copa que tanto prestigio da y tantas veces han terminado ganando desde entonces. Desde que estaban muertos y Casemiro, como un buen basurero, recogió a tiempo la basura del segundo palo.

jueves, 11 de mayo de 2023

Tití

La leyenda dice que para ser considerado como el mejor, hay que ganarlo todo, los aduladores de la épica, sobreimpresionan en negrita los logros por encima de las virtudes y las copas por encima de los esfuerzos. Pero la historia está llena de tipos que no lo ganaron todo o que, incluso, ganaron hasta poco y el recuerdo les ha situado en lo más alto de los escalafones deportivos. Maradona no ganó la Copa de Europa y está en lo más alto del pedestal, Di Stéfano y Best jamás jugaron un mundial y son dos referentes únicos, Cruyff, que cambió el fútbol, no consiguió levantar la Copa del Mundo y el propio Ronaldo se retiró con la Champions como única asignatura pendiente.

Nadie osaría dudar de ellos como nadie osaría, ahora, dudar del potencial de Thierry Henry durante el primer lustro del siglo. Aquel Arsenal imperial se dio de tortas contra el mejor United de la historia y, aunque muchas veces salió perdedor, desde las llamas resurgió siempre la figura imponente de un francés de piernas largas y mirada desafiante que corría más rápido que nadie, cuerpeaba como el más fuerte, regateaba como el más hábil y marcaba goles como si no le costase trabajo.

Aquel Arsenal no ganó la Champions porque se estrelló una y otra vez contra muros infranqueables, pero Henry silenció el Bernabéu una noche de febrero que jamás se olvidará en el imaginario colectivo. Esa jugada pudo haber valido una carrera, pero el Barça coral de Rijkaard con Víctor Valdés en plan superhéroe, le cortó las alas y le dejó sin premio. Aquellos fracasos en Europa ponían el dedo señalando a su frente, pero él era el Rey de la Premier y, ciertamente, el mejor jugador del momento, porque aunaba clase, talento y abundancia. Suyos eran las mejores jugadas, los mejores pases, los mejores goles. Tanto abusó de los defensores ingleses que llegó a creerse invencible.

Henry, que tuvo que emigrar al Barça para poder ganarlo todo, dejó en el Arsenal la estela de un futbolista único, irrepetible y arrebatador. En Barcelona no fue ni la mitad de lo que había sido y, sin embargo, encajó como una pieza perfecta en el puzzle diseñado por Guardiola. Aquel último año como azulgrana le supuso toda la gloria, pero antes, bien con Francia, bien con el Arsenal, había dejado la verdadera impresión de ser un futbolista de auténtica leyenda.

miércoles, 19 de abril de 2023

Diferencial

Un equipo de fútbol es un conglomerado de personalidades que han de confluir en una mentalidad común. A parte de las características, existe un factor diferencial que es talento, el cual te lleva a lomos más rápido hacia el éxito cuando el trabajo se iguala y cuando la fe acompaña. Dentro del grupo existen los trabajadores, auténticos estajanovistas del balón que no dudan nunca y sobrepasan el ánimo; los virgueros, aquellos que buscan el lucimiento por encima de la sensatez; los líderes, aquellos que con una sóla voz son capaces de llenar estadios y producir una piña, y los definidores; aquellos que consiguen que, cuando el balón llegue a sus pies, el estadio guarde un silencio premonitorio. Pero si hay un tipo de futbolista que te eleva hacia el Olimpo y te hace mirar hacia adelante con la seguridad de que el trofeo acabará en tus vitrinas, ese es el futbolista diferencial; ese tipo tocado por la varita que convierte en oro cualquier jugada, que sale de cualquier trampa, que arranca en dirección a la portería contraria y provoca tantos estragos en el rival que es capaz de provocar que toda una defensa tenga pesadillas durante más de una noche consecutiva.

Acostumbrados, durante años, a la tiranía excelsa de Messi y Cristiano, todo parecía allanado para que dos tipos de tan opuesto repertorio como Mbappe y Haaland, se disputasen el trono de mejor jugador de la próxima década; uno por velocidad y otro por apabullamiento, se miraron a los ojos creyendo no tener a nadie por detrás, pero de lo inesperado surge siempre el outsider y desde el talento extremo, surge siempre el futbolista diferencial.

Durante un lustro, al menos desde que Cristiano marchó a otras tierras, nos acostumbramos a ver al Madrid sobreviviendo gracias al ángel de Courtois, al mando de Modric y a la sapiencia de Benzema. Estos tres tipos, que por sí solos podrían haber construído un monumento futbolístico, se vieron abocados a entender a un extremo brasileño que, tras la duda primero y tras la mofa después, se ha convertido, con su permiso, en el futbolista más diferencial del equipo y, visto como está el Madrid, quizá en el futbolista más diferencial del planeta.

Vinicius aúna las virtudes de los grandes futbolistas de siempre; talento, velocidad, descaro y una capacidad especial para convertirse en imparable. Conocedor de los defectos de los laterales modernos, se sitúa siempre a la espalda para encontrar el pase preciso e iniciar una carrera que le conduce siempre hacia el área contraria. Pero no sólo del desmarque vive el brasileño; cuando trata de encarar en estático, tiene recursos de sobra para salir airoso y ganar la línea de fondo, ya que tiene una culebra en la cintura y dos propulsores en los pies. A tan alto nivel ha llegado su fútbol que se ha convertido, casi sin quererlo, pero con total merecimiento, en el principal arma ofensiva del mejor equipo del mundo.

Con Mbappe en la cuneta y Haaland en el horizonte, Vinicius afronta un mes crucial para convertirse, por derecho, en el máximo candidato a esos trofeos de fin de año que coronan a los mejores futbolistas del planeta. Para ello ha de seguir driblando y sortear las trampas que le pondrá Guardiola en la Champions y los autobuses a los que deberá enfrentarse en una etapa final de la liga en la que el miedo tiene más poder que la ilusión. De su capacidad para seguir saliendo airoso de las trabas dependerá su consagración definitiva como futbolistas. Porque el día a día otorga admiración, pero cuando se es diferencial en los días grandes, es cuando se inscribe tu nombre en los libros de historia.


viernes, 24 de marzo de 2023

Encontrarse

La duda es el peor enemigo del futbolista, porque le obliga a pensar en lo innecesario, le conduce a decisiones intemporales y le maniata en los lugares de decisión; por ello, cuanto más adaptado, más confiado y más centrado se encuentre un jugador, mayor será su rendimiento porque, talento aparte, nada mejor que una cabeza bien situada para conseguir que un deportista de élite compita como tal y sea capaz de atesorar sus aptitudes por encima de sus miedos.

Existen lugares y, sobre todo situaciones, que no siendo aptas para el buen rendimiento común, terminan convirtiéndose en una losa para el buen rendimiento de quien ha sido tocado por la varita. De este modo, un discurso mal medido, una falta de confianza, una impaciencia mal calculada o un estilo poco favorable, terminan con un proyecto de futbolista sumido en el mar de las dudas. Y así, mientras rebota y la confianza explota, se van pasando los años y se van diluyendo los goles. Fueron muchos los que perdieron el tren y algunos, muy pocos, fueron los que se situaron de nuevo en la línea del andén.

Enes Ünal fue un tanque sin control en Valladolid y una piedra sin pulir en un Villarreal que le ofreció tantas oportunidades como decepciones fue cosechando. Aturdido por el discurso común de un fútbol que cada vez demanda más atletas hasta en posiciones de ataque, se vio atrapado en una red sin saber utilizar ni el arpón, ni la mandíbula. El chico tenía aptitudes, pero era tan perezoso que no merecía la pena seguir haciendo un esfuerzo por él. Por ello, cuando llegó una oferta lo más mínimamente interesante, el equipo amarillo lo vendió al Getafe y le deseó la paz necesaria acorde al descanso que les regalaba.

La carrera del futbolista es tan corta que suele alcanzar una edad en la que sólo mirar hacia atrás produce el vértigo de lo inalcanzado. La sensación del tiempo perdido es tan desoladora que muchas veces se enciende un interruptor dentro de la cabeza y se acciona el mecanismo de la competitividad. Los que tienen la suerte de revertir su actitud y convertirse en soldados de una causa, saben disfrutar el doble del éxito porque en cada gol sobrevive la lágrima por la frustración pasada y la rabia por las oportunidades perdidas.

Ünal llegó a Getafe como un bulto sospechoso y se convirtió en el delantero de moda de la liga gracias a su buena labor y a sus ganas de encontrarse. Porque Quique no dejó de pedirle nada que no le pidiesen sus anteriores entrenadores, la única diferencia medió en el interruptor; el turco lo activó, supo al instante que estaba a punto de echar al traste su carrera y se convirtió en un tipo voraz que perseguía con el mismo ahínco el balón en el área que al defensor rival en la salida del balón. Gracias a su reencuentro consigo mismo, Ünal ha reencontrado el fútbol, el gol y, sobre todo, la sonrisa. Ahora todos los equipos de la liga saben que el Getafe tiene un arma de cara a la permanencia y eso, que no es poco, es motivo suficiente como para amenazar a cualquier defensa y, sobre todo, para soñar con seguir agarrados a esa división en la que lleva sobreviviendo durante las dos últimas décadas.

miércoles, 8 de marzo de 2023

Rías xoias

Las señas de identidad son los lugares comunes a los que acudir cuando las crisis arrecian y las necesidades apremian. Para el hombre, igual que el aficionado, no hay mejor lugar común que la casa propia porque en casa se encuentran aferradas las costumbres, escondidos los miedos y organizados los planes. Es cuando nos encontramos fuera del entorno cuando todo se vuelve gris y necesitamos reconocer la pertenencia con un recuerdo, una frase o una sonrisa cercana.

Para un equipo de fútbol no hay mejor receta contra las crisis que acudir a sus equipos inferiores y señalar con el dedo a aquellos que han sido concebidos como los hijos pródigos; elegidos por el talento y acuñados por el sentimiento, muchos canteranos se diluyen como un azucarillo ante la presión, pero otros, los verdaderamente elegidos por el oráculo, serán aquellos que marquen el camino a seguir a las generaciones venideras, porque todo chico necesita una referencia y todo hombre necesita dejar un legado.

Cuando el Celta dejó de ser un súper equipo comandado por soviéticos, en los albores del nuevo siglo, se vio abocado a un descenso cruel y a una reorganización obligada para tener la oportunidad de salir de los infiernos. En aquella jungla llena de fieras implacables que es la Segunda División, se dejó comandar por un chaval de ojos vivos y fútbol sencillo. Borja Oubiña fue la clave de una cantera que, desde entonces, no ha dejado de sacar perlas a cuentagotas pero que ha puesto al equipo en una situación de élite continua durante más de dos lustros.

Iago Aspas es, probablemente, el mejor jugador en el historia del equipo. Criado en los brazos de aquella incipiente cantera abierta con Oubiña de par en par, Aspas es un tipo listo que juega como lo hacía en el corrillo de la plaza de su pueblo y aprovecha cada balón suelto como si fuese la moneda perdida por un cobrador ambulante. Aquí un caramelo, aquí un gol, aquí un refresco, aquí una genialidad. A lomo de su empuje, el Celta ha sobrevivido a sus peores pesadillas gracias al ingenio de un tipo que nació para jugar en Vigo y sintió la morriña lejos de Balaídos. Porque el hogar es el mejor lugar común a la hora de ingeniar jugadas y, sobre todo, a la hora de celebrar goles.

Tras la irrupción de los laterales Mallo y Otto, que sanearon la economía y dotaron de sentido y pertenencia al equipo, llegaron los tipos que dieron aplomo y, sobre todo, distinción al centro del campo. Fran Beltrán es un ejecutivo con traje de faena que organiza el caos en mitad de una tormenta. Abnegado y cabizbajo, luce menos de lo que juega, porque lo suyo es tan simple que resulta hasta difícil; apagar el fuego y darle la pelota al compañero mejor colocado. Muchos quisieran hacerlo bien. Y Brais Mendes es la nota de distinción en la sala de baile. El fino estilista que tomó rumbo a San Sebastián para convertirse en uno de los mejores jugadores de la liga.

Cuando Brais se marchó, fueron muchos los que pensaron que el equipo caería preso de la monotonía y abocado, más que nunca, al milagro cotidiano de Aspas, pero el joyero aún guardaba una joya tan reluciente como las anteriores. Gabri Veiga es un híbrido entre centrocampista y delantero que igual rompe que descose, igual trabaja que aporta, igual filtra que aparece. Un tipo con la capacidad suficiente como para albergar los tres cuartos del terreno y llegar al área con el aire aún en los pulmones y la cabeza lo suficientemente fría como para hacer la elección correcta. Un jugador que, visto lo visto, saldrá por una millonada y dejará en la afición ese poso tan bonito que sólo dejan los jugadores que ves crecer, levantar los brazos y señalarse el escudo sin la necesidad de caer en un populismo. Porque los buenos de verdad, si son tuyos, son doblemente buenos.

miércoles, 15 de febrero de 2023

El iniestazo

La vida de los equipos de fútbol, igual que la de los hombres, está marcada por puntos de inflexión, bien en negativo, bien en positivo; momentos que significan un matiz de comprensión propia en el que eres capaz de discernir si tu camino está llamado para la gloria o más bien es el fracaso quien se convertirá en tu más fiel compañero. Por ello, cuando la desesperación apremia, es cuando más nos volvemos locos, porque sabemos que, cuando ya está todo perdido, queda poco más que perder.

El Barça de Guardiola tocó el cielo un sábado y estuvo a punto de marcharse al infierno de los fracasos, tan sólo cuatro días más tarde. El periodo que fue de la éxtasis a la desesperación duró más de noventa minutos y estuvo salpicado de varias decisiones ajenas que bien podrían haberle costado todas las líneas posteriores que se volcaron a hablar de épica y glosar las virtudes de un equipo sin igual; pero lo cierto es que sin aquel zapatazo de Andrés Iniesta en Stanford Bridge, el sextete hubiese sido doblete y, quien sabe, la euforia podría haberse convertido en un laberinto de dudas.

El día dos de mayo de 2009, el Barcelona humilló al Real Madrid en el Bernabéu. Aquello seis goles aún se recitan como si de un set se tratase y se pone en la picota la actuación colectiva incidencia en la genialidad del entrenador, pues aquel día fue el estreno de Lío Messi como futbolista total. Confiados en la astucia de su fútbol y en la coral que había formado el grupo, se presentaron en Londres el día seis confiados de dar por resueltas las dudas generadas tras el partido de ida, tratando de reventar al Chelsea por el lado del fútbol espectáculo.

Lo que no se esperaba el Barça es que el Chelsea le iba a tender la trampa más vieja del fútbol; la de la competitividad más extrema. Llevándolo al límite físico, los jugadores azulgranas, pronto pudieron comprobar que aquello no iba a ser un camino de rosas y que por más que Eto'o, Messi, Iniesta y Keita cambiasen de posición, el muro seguía firme y no había ni un sólo resquicio por el que hacer filtrar el agua. El partido de ida había terminado con empate a cero, por lo que un empate con goles favorecía a un Barcelona que no pensaba volverse loco por la urgencia, pero que tuvo que tirar de la palanca de cambios en el momento en el que vio como Essien clavaba un zapatazo imposible en la escuadra de Víctor Valdés.

Poco antes del comienzo del partido, cuando la tensión de los jugadores iba en aumento, Bojan Krkic se acercó a Andrés Iniesta para hacerle una apuesta personal: "Si marcas y nos clasificamos, me das tres entradas para la final". Andrés le miró con susceptibilidad y se concentró en la tarea de hacer el partido un monólogo como venía siendo habitual, pero aquel golazo de Essien en el minuto nueve hizo aflorar los nervios y, sobre todo, les metió a todos en el cuerpo algo que hacía mucho que no sentían: miedo.

Mucho más se complicaron las cosas cuando Dani Alves hizo una entrada violenta y el árbitro, Tom Henning Obrevo, le castigó con una tarjeta amarilla que le impediría jugar una hipotética final de la Copa de Europa. Si el partido pintaba en bastos, ahora el Barça había perdido a una de sus figuras en el aspecto mental de la competición. Pero no fue esta la única baja a la que tendría que hacer frente Guardiola, pues comenzada la segunda parte, una caída dudosa de Anelka en el borde del área fue castigada con tarjeta roja para Eric Abidal. Ahora sí que el Chelsea llevaba todas las de ganar en aquella partida de póker.

Si alguien salvó al Barça aquella noche, aparte de las discutibles decisiones arbitrales, ese fue el guardameta Víctor Valdés. Altamente cualificado para los uno contra uno, Valdés le sacó una pelota de gol a Drogba que hubiese significado la sentencia y hubiese terminado con un equipo de ensueño. Y es el Barça monopolizaba la pelota, la movía, la tenía, casi siempre la robaba, pero las ocasiones claras, una detrás de otra, se iban salpicando siempre hacía el color azul del Chelsea.

Desesperados por las veces que el árbitro noruego había dejado pasar por alto acciones punibles dentro del área del Barcelona, los jugadores del Chelsea apretaron los dientes y se dijeron que allí, en su casa, nadie iba a profanar su templo con un gol a destiempo, así que defendieron con fuerza su botín hasta el punto de hacer infructuoso cualquier intento de ataque de los jugadores blaugrana. Así hasta que en el minuto noventa y dos, Iniesta pierde un balón en el centro del campo y todos comienzan a pensar que aquella oportunidad ha sido un sueño perdido durmiendo dentro de un sobre en un cajón con llave.

Pero el robo no es del todo efectivo y la pelota cae a los pies de Yaya Touré quien viene viendo la jugada de frente. Touré, que está jugando como defensa central ante las bajas que acucian al equipo en la zona defensiva, sabe que su complicación no puede pasar de darle la pelota al compañero mejor situado y como este es el mejor centrocampista del mundo, le pasa el balón a Xavi para que inicie una conducción hacia la zona central. La apertura a banda para Dani Alves es casi perfecta, pero el centro del lateral es horrible, una vez más. Terry lo prolonga hacia el lado opuesto y Eto'o no es capaz de controlar un balón que le cae a Messi después de que Essien falle en el despeje. Con el reloj a punto de dictaminar el final y todos los huecos desaparecidos,  Messi ve a Iniesta acercarse a la frontal del área con el rabillo del ojo. Ahí la tienes, Andrés, hazlo lo mejor que puedas.

El resto es historia. Un zapatazo y el grito liberador de un tipo con un talento descomunal llamado a dominar el fútbol desde el centro del campo. "La pegué con todo el alma", afirmaría después Andresito. Y tanto que lo hizo, pues el balón entró como un obús en la escuadra de Cech y de repente fue el Chelsea el que se vio dentro de un pozo negro al que no sabía cómo había llegado. Eliminados de la Champions sin perder ningún partido ante el mejor equipo del mundo. Cabeza alta, sí, pero mucho mucho enfado. Y mucha frustración.

Iniesta era un centrocampista excelso, pero apenas asomaba en el área. En cinco años, apenas había alcanzado la veintena de goles y eso que Guardiola incidía en ello. "Tienes que llegar al área, Andrés. Tienes instinto". Y ahí estaba, el gol de Iniesta y la celebración descontrolada de Pep Guardiola viéndose como el mejor entrenador del mundo con apenas un curso en la élite. Aquel Iniesta de mi vida que retumbó en nuestro oídos un año más tarde se anticipó en Stanford Bridge con un grito de liberación. "¡Tus entradas!" Gritaba "¡Tus entradas!" Los compañeros le miraban extrañados pero Bojan Krkic sabía exactamente de qué se trataba. 

Inmediatamente después de la celebración multitudinaria del gol, Iniesta es sustituido por Gudjohnsen y despedido por Stanford Bride con un silencio reverencial. Sus pasos lentos son increpados por los jugadores de un Chelsea que aún tendrán una última opción en un zapatazo de Ballack que se estrella en el antebrazo de Eto'o. De nuevo, Obrevo, se hará el sueco. O el noruego. Allí murió el Chelsea y allí comenzó el dolor. Por la tele pudimos compadecernos de las lágrimas de un niño roto por dentro y pudimos levantar la vista ante las protestas de unos jugadores que podrían haberse comido al árbitro si les hubiesen dejado.

"El fútbol ama al fútbol", dijo más tarde Laporta. Se clasificó el mejor equipo, sí, pero el Chelsea hizo un esfuerzo tan grande que no costó identificarse con aquellos tipos que golpeaban su rabia contra el cielo. Aquel gol de Iniesta fue elegido por el Barcelonismo como el mejor instante de sus vidas e hizo que la natalidad ascendiese en Barcelona nueve meses después. Aquel gol empujó al Barça a convertirse en lo que hoy recordamos como el "Barça de Guardiola"; un equipo de autor lleno de estrellas que supieron combinar entre ellas hasta el punto de alcanzar la sublimación. Iniesta jugó la final infiltrado y fruto de una conducción suya se abrió el partido con un gol de Eto'o. Después fue Messi quien puso la guinda y todo el barcelonismo quien celebró el éxtasis que les coronaba, con justicia, como el mejor equipo del mundo. Pero puestos a alabar, pocos podrían optar a una porción de mérito mayor a la de Andrés Iniesta, porque sin aquel zapatazo en Stanford Bridge no sabríamos a qué clase de miedos y dudas se habría enfrentado el que después llegaría ser considerado como el mejor equipo de la historia.

miércoles, 8 de febrero de 2023

El pupas

Cuando Reina vio a Luis hacer lo que sabía, su espíritu percibió que aquella no iba a ser una noche cualquiera. La historia del club había dado tantas bofetadas que parecía imposible que el sueño glorioso de la Copa de Europa estuviese a punto de hacerse realidad.

Enfrente, los rocosos alemanes habían hecho toda una demostración de fuerza, más lo que era el peligro, tan sólo lo había visto de lejos a lo largo de los ciento nueve minutos de partido, y aquello era un síntoma extraño. A punto de abrir la puerta grande y sus manos de felino guardando fielmente la puerta de atrás.

Había sido muy duro llegar hasta allí, por eso, cuando Luis clavó la falta en la escuadra, todas las lágrimas que se había guardado en Glasgow por el puro estigma del orgullo, aparecieron entonces cuando la victoria les hacía un pequeño guiño más que merecido.

Lo de Glasgow no había hecho sino reforzar a un equipo irrompible, aunque las víctimas de aquella batalla habían sido numerosas e importantes; no iban a dejar escapar aquella oportunidad de oro por las meras ausencias de Panadero, Ovejero y Ayala. Si ellos eran tres pilares, el equipo tenía quince pilares más donde sustentar el ánimo y mantener intacta la ilusión del logro imposible.

El partido de vuelta en el Manzanares había sido histórico. Cómo gozaba al recordar el baño que le habían pegado a los escoceses. Ya no había guerra, solamente quedaba fútbol y del bueno. Y bajo los palos, Miguel Reina se encargaba de detener todas las sorpresas. Atrás quedaban ocho años en el Barcelona y un récord del mundo de imbatibilidad; atrás quedaban todas sus paradas y todas sus internacionalidades. Aquel momento lo borraba todo; el gol de Luis, la copa que se tocaba con la mano y la gloria que se respiraba en Bruselas eran motivo más que suficiente para esbozar una sonrisa. Aquel grupo de jugadores irrepetibles estaba a punto de alcanzar el cénit y cambiar para siempre la historia del club.

Para ello sólo había que aguantar; para ello sólo había que sufrir diez minutos y saber que la copa esperaba allá arriba para ser levantada entre reflejos rojos y blancos.

Un escalofrío invadió el cuerpo atlético de Miguel Reina. Aquel momento era tan grande que quiso olvidar todos los malos augurios que querían impedir un triunfo cantado. Su recuerdo más curioso databa de tres años atrás, justo del mismo momento en el que regalaron la liga al Valencia. Aquellas historias iban en sintonía con el club, aquellas historias se grababan a fuego en la leyenda de un equipo nacido para ganar pero hecho para sufrir. Aquel memorable día de fútbol él defendía el marco del Barcelona y visitaron el Manzanares con tanto miedo como vergüenza. No le andaba a la zaga el conjunto colchonero, más impaciente por no encajar que por liquidar. Una victoria de cualquiera de ellos les daba la liga, un empate se la daba al Valencia. Empataron. Así era el club que, dos años después, había de acogerle; o todo o nada, o la gloria o la desesperación.

Pero era la gloria la que se ponía entonces del lado de su infortunio. Las botas mágicas de Luis parecían apagar un fuego inquietante y los alemanes parecían dejar caer la prórroga y dejar que la machada cayese por la propia inercia.

Arriba, miles de almas en rojo y blanco ofrecían su espíritu para soñar con un grito de victoria que, hacía años llevaban guardando en un rincón del alma. Abajo, once colosos sedientos de triunfo se empeñaban en defender lo que hacía un par de horas se presentaba al mundo como una sorpresa.

Pero el gol de Luis había desatado la euforia y Miguel Reina sentía llegar el triunfo empapado en el entusiasmo. Recorrió el césped viendo venir el peligro y comprobaba con alivio como Heredia imponía en el área la ley del más fuerte. Apenas había leña que cortar y las brasas estaban a punto de difuminarse. Un esfuerzo más. Solamente un último esfuerzo y la Copa de Europa viajaría a Madrid para vestir el cielo de rojiblanco.

Había preparado aquella final con tanto entusiasmo que en aquel momento en el que la obviedad estaba a punto de convertirse en realidad de la buena, apenas sí recordaba en qué momento de la tarde se había calzado los guantes. Lo que sí recordaba era el ambiente que recorría Bruselas de boca en boca aquella tarde en víspera de un acontecimiento que se presentaba como histórico. Aquel club le había dado tanto cariño que estaba ansioso por devolver, desde su puesto de guardameta, toda la gloria que había prometido. Tantas buenas palabras, tanto ánimo domingo tras domingo, tanta ilusión en los ojos de los seguidores sólo podía pagarse con una victoria como aquella a modo de recompensa definitiva.

Respiró hondo. Quedaba tan poco tiempo que pensar en el final se había convertido en una obsesión más que en el único objetivo. Irureta aguantaba la pelota a duras penas y ver correr a Eusebio tras los fornidos alemanes le causaba tanta emoción como lástima. No podían dejar escapar aquella oportunidad.

Todos estaban tan sofocados que parecía mentira la resistencia fiel que estaban haciendo de aquella victoria épica. Cada vez que el balón llegaba a Luis o a Gárate era más que un motivo para el aplauso; los alemanes se habían hecho tan dueños de la situación que, por primera vez en la tarde, sintió el miedo a perder lo que tanto esfuerzo había costado conseguir.

Le animó contemplar la mirada de niño que Adelardo mantenía un partido tras otro. Y un año tras otro. El capitán era de hierro y su planta de guerrero se imponía por coraje en cada avance alemán. Estaba tan agotado como los demás, pero su orgullo de juvenil no le iba a obligar a hincar la rodilla por muy duros que se mostrasen los teutones.

Alzó la mirada para intentar averiguar el motivo de la caída de Gárate. El goleador estaba muerto de cansancio y se había caído sobre el área alemana sin hacer ademán alguno por levantarse. Los ojos de Miguel Reina denotaban la impresión por el esfuerzo derrochado; quedaba apenas un minuto para la finalización del partido y las fuerzas andaban tan justas, que parecía imposible que aquello fuese a tener un final definitivo.

Gárate mascullaba su cansancio sobre el césped y Luis zapateaba agónico sobre la línea del mediocampo. Cedieron un saque de banda y los alemanes apretaron en el saque. Reina contradijo a los Dioses y maldijo la mala decisión; si sacas el balón del campo, sácalo fuerte, no se lo dejes en bandeja al enemigo. En plena discusión mental andaba cuando vio a Beckenbauer manejar el balón con la soltura de un juvenil. Aquellos alemanes no bajaban la mirada ni a palos. Andaba tan centrado en un recibir un susto que, cuando el balón llegó a Schwarzenbeck, Reina apenas podía vislumbrar idea alguna. Pero vio el balón tarde. El disparo de Schwarzenbeck no era fuerte y la distancia era muy lejana, pero no percibió su salida y hubo de rectificar su esfuerzo. Lo vio venir; se lanzó convencido de sus habilidades y creyó alcanzarlo, pero iba ajustado y dando trompicones.

Se acabó el sueño. Tres segundos antes había visto el balón en los pies de Beckenbauer y ahora se comía la hierba de su área impotente ante el gol del empate que lo echaba todo al traste y que definía mejor que nadie la idiosincrasia del club que defendía a muerte.

Treinta metros más allá, un grupo de jugadores fornidos, celebraban entusiasmados un logro que parecía impensable más que imposible. Con el gol de Schwarzenbeck había nacido un equipo de leyenda.

Sobre su cabeza se agolparon todos los recuerdos que le había dejado aquella competición; sobre sus puños incapaces se acumuló toda la rabia de una derrota y en su alma se unieron todas las miserias. No quedaba tiempo ni para llorar. Todos sus compañeros regresaban cabizbajos a su posición natural e intentaban consolar a Reina con una serie de miradas sin pertenencia. Todo el esfuerzo, toda la ilusión y todas las ganas de ganar se habían ido al traste en el último segundo del partido. Con el gol de Schwarzenberg había nacido la leyenda del pupas.

jueves, 26 de enero de 2023

Con Dios en la memoria

No hay mejor ganador que aquel que ha sabido perder cien veces, porque lo que importa no es lo fuerte que golpeas sino lo que haces cuando logran golpearte. Estar acostumbrado al fracaso otorga una perspectiva frente al éxito de prudencia y, sobre todo, de certeza; los que no compran boletos ganadores han de agarrarse fuerte al timón y luchar contra el viento y la marea, porque aquí nadie regala nada y todo tiene un alto precio.

El Nápoles lleva amagando varias temporadas sin llegar a dar el zarpazo definitivo. Después de hacer primeras vueltas extraordinarias ha terminado con el bofe en la garganta y el carenado destrozado. Unas veces la Juve, otras el Inter e incluso el Milan terminaron por adelantarle por la derecha y diciéndole adiós con esa presuntuosidad que gastan los poderosos. Al año que viene lo intentas otra vez, si eso.

Y en ello anda de nuevo el equipo de Luciano Spalletti, en intentarlo otra vez. Esta vez ha subido la apuesta y ha puesto en riesgo todo su prestigio después de firmar una primera vuelta tan brillante que casi ha rozado la perfección. Agarrado al lomo de un núcleo duro fichado en los suburbios el fútbol modesto, Spalletti ha sabido dar con la tecla y otorgar a cada uno su rol necesario para que el equipo funcione como un reloj suizo. Y es que el Nápoles no sólo gana, también se divierte.

Clasificado como primero en un grupo donde estaban Liverpool y Ajax, mira su comparecencia en octavos de la Champions como un premio mientras sigue a lo suyo en la liga doméstica y ha dejado al Milan a doce puntos después de firmar una primera ronda de cincuenta puntos. Como cuando lleguen las curvas, es posible que sufran algún rasguño, se ha asegurado una ventaja lo suficientemente cómoda como para no llegar a sufrir de aquí a final de temporada. O eso es lo que deben creer, porque los escribientes de la memoria saben lo que ha pasado otros años y que todo punto de más es necesario sino se quiere caer de nuevo por el precipicio condenado por el miedo y acuciado por el vértigo.

Y es que todos lucen en su empleo a la hora de lucir la carrocería del coche más rápido del Calcio. Allí donde Lobotka y Anguissa hacen oficio, Zielinski obtiene beneficio, allí donde Rrahmani y Kim-Min Jae hacen muralla, Di Lorenzo y Rui saltan la valla y allá donde Politano y Kvaratskhelia hacen magia, Osimhen se encarga de volver a meter todos los conejos dentro de la chistera. Allí donde hay una sonrisa hay un napolitano porque desde aquellos años de Scudetto pegados al pie inmortal de Maradona, no han vuelto a ver un equipo tan completo. Solo falta que, además, también sea concreto.

jueves, 19 de enero de 2023

El número uno

Las mesas de debate suelen ser basureros de discusiones superfluas o peleítas de baja estofa por hacer saber quien la tiene más larga y, sobre todo, por tratar de potenciar lo que nos late en el corazón por encima de lo que nos dicta la cabeza. Por ello, el periodismo deportivo se convirtió en una barra de bar donde cada uno muestra su carné de simpatizante creyendo que así se acercaban más al pueblo mientras se alejaban cada más de la realidad.

Durante los años en los que Messi gobernó el juego con fútbol y goles, los predicadores de lo suyo se empeñaron en izar a Cristiano hacia lo más alto de los altares por la simple premisa de que vestía la camiseta que a ellos les gustaba. Sin menospreciar a Cristiano, quien ha sido un goleador implacable y con una alta dosis de decisión en los momentos clave, los soldados de la sensatez trataban de hacer saber que ser el segundo mejor jugador del mundo no tenía porqué ser una ofensa, pero ellos erre que erre, no queremos al enano y si hace falta nos inventamos un Chitalu para desprestigiarle.

Acabados los debates históricos tras el mundial, ahora empieza el debate de los forofos al otro lado del puente aéreo. Uno, que puede afirmar y confirmar, que Messi es lo más grande que ha visto sobre un terreno de juego, podría estar de acuerdo, en cierta manera, en que pudiese recibir un nuevo balón de oro, pero en lo que no estaría de acuerdo, ahora mismo, es que el argentino siga siendo, por más que pese, el número uno.

Y es que el jugador más decisivo del mundo juega en el Paris Saint Germain pero no viste el número treinta. Killian Mbappé tiene todas la virtudes de los mejores futbolistas de la historia y, sobre todo, tiene la capacidad competitiva de evitar que se descubran mucho sus defectos. Con una velocidad endiablada y un sinfín de recursos en el área, Mbappé ha llegado para quedarse y para decirle al mundo que los balones de oro se regalan en base a títulos pero que la capacidad para ser el mejor se gana en el campo y él lo lleva demostrando durante un par de temporadas.

Acicatado por la llegada de Neymar primero y la de Messi después, Mbappé no encontró presión sino motivación a la hora de jugar al lado de los mejores, lejos de apartarse, analizó aquello como un reto y no sólo se propuso ser complemento sino ser incluso mejor que ellos. Porque de eso trata la verdadera grandeza, la que vive en los pies de los privilegiados y en la cabeza de los elegidos; ser el mejor por hecho y por derecho.

Mbappe, que juega a mil por hora y vive con la mueca de Mona Lisa incrustrado en su rostro, presentó su mayor credencial ante el mundo llevando a Francia hasta la final en un mundial fastuoso, lleno de detalles y de jugadas para el recuerdo. Y aunque perdió, su sello quedó impregnado para siempre en forma de hat-trick en la final y, sobre todo, en la mirada pavorosa de todos los argentinos que se cruzaron con él durante el tiempo que duró la prórroga. Y es que respeto no se suplica, sino que se gana y los jugadores rivales ya saben de sobra quien es Killian Mbappé. Ese futbolista que mientras miraba a Messi recorrer el espacio que le separaba de la copa del mundo, pudo decirle con la mirada; tú ahora eres el campéon, pero yo ahora soy el número uno.