jueves, 22 de marzo de 2012

El Mózart del fútbol

El fútbol está lleno de historias que, de pura tristeza, se convierten en los más bellos cantos poéticos al deporte. El fútbol lo han escrito genios, tipos duros y, sobre todo, tipos valientes. Hubo un tiempo en el que los futbolistas, los ciudadanos y los soñadores creyeron poder vivir en libertad, hubo un tiempo en el que el dolor se convirtió en lágrimas, las lágrimas en miedo y el miedo en desesperanza. Hubo un tiempo en el que las calles de Viena se llenaron de gente para despedir a un tipo que desafió al orden establecido y decidió que prefería morir de pie a morir arrodillado.

La historia del mejor jugador austriaco se escribe con números, con palabras y con hechos. Matthias Sindelar vistió durante cuarenta y cuatro ocasiones la camiseta blanca de la selección de Austria y anotó veintisiete goles, se levantó en un discurso temerario contra las imposiciones nazis y se escondió entre callejones para escapar del horror cuando Hitler había puesto precio a su cabeza.

Allí, en la clandestinidad, y abrazado a quien sería su gran amor, Camila Castagnola, tuvo tiempo de mirar atrás y rememorar los días en los que fraguó su genio en las calles del barrio judío de Viena. Allí, entre latas, piedras y barro, jugaba a sortear amigos con una pelota de trapo. Eran tan asombrosos sus regates que le apodaron "hombre de papel"; era como si un papel, conducido por el viento, se filtrase entre las piernas de los rivales que jugaban con él a soñar en grande cada domingo de descampado. Eran días felices, de infancia e inocencia, de hambre y sudor, de pasión e incertidumbre. Fueron los días en los que se convirtió en futbolista. En un maravilloso futbolista.

Y pudo rememorar aquel día en el que les reunieron a todos por última vez y les dieron la camiseta de la selección nacional. La consigna era clara: "Este partido lo debemos perder". No podían anotar ni un solo gol. El Führer lo observaría todo desde el palco y no tenían motivos para disgustarle. Aquello debía ser una demostración más de la superioridad alemana sobre el resto de Europa. Austria ya no era Austria, sino una provincia alemana, la Marca Oriental, y, por lo tanto, todos sus ciudadanos le pertenecían, incluido los futbolistas y, por ello, antes de que cambiaran de escudo y aprendiesen a saludar con el brazo en alto, se les concedió el honor de un último partido ante los nuevos dueños de su destino. Pero Sindelar se lo tomó en serio. Tras una primera parte en la que se dedicó a humillar a cuantos alemanes se cruzaban en su camino, decidió tomar la directa con el pitido que daba comienzo al segundo acto y tornó las filigranas en arte competitivo. A los cinco minutos le sirvió en bandeja el uno a cero a su compañero Karl Sesta y cinco minutos después fue él mismo quien sentenció el partido con un gol de museo. Su reacción posterior quedó como símbolo imperecedero grabado en el recuerdo de quienes jugaron aquel partido y reflejado para siempre en los libros de historia. Matthias Sindelar, el hombre de papel, se acercó a la línea de cal, desafió a Hitler con la mirada y bailó un vals. El último vals.

Cuando, abrazado a su amada Camila, rememoró aquel instante, no pudo evitar una penúltima sonrisa de satisfacción. El monóxido de carbono invadía la estancia y, mientras se fundía en un dulce sueño camino a la eternidad, volvió a repasar su vida y se sintió orgulloso de no tener que arrepentirse de nada. Había sido el niño prodigio que murió como un héroe, un hombre de papel que fue Mozart del fútbol debido a su precocidad y talento. Había debutado con quince años en la primera división austriaca y con dieciséis ya marcaba goles con la selección nacional. Fue miembro estelar del Wunderteam de Hugo Meisl, probablemente el primer precursor de la inmortal escuela de buen fútbol que ha desembocado en la actual selección española, y fue el único hombre capaz de sacar a Austria de su letargo y su subordinación. El día de su entierro, cuarenta mil paisanos acompañaron su cortejo fúnebre por las calles de Viena. Ni los nazis pudieron evitar aquella marea humana de dolor y respeto.

En el estadio del Austria Viena aún quedan recuerdos de su pasado; alguna placa, algún busto y las palabras de los últimos aficionados vivos que le vieron jugar. Ellos recuerdan la fantasía de sus primeros días y el valor de sus últimas decisiones. Sindelar fue el hombre que se burló de Hitler y a cuya cabeza pusieron un alto precio. En lo que no se ponen de acuerdo es en el motivo de su muerte; los románticos creen que prefirió el sucidio antes que la abdicación, los desconfiados piensan que un compañero le delató y le asfixiaron a traición, y los más realistas piensan que le asesinaron a sangre fría y escondieron el verdadero motivo de la muerte para disfrazarla de accidente. Solamente así pudieron darle un funeral con honores. El último día en el que los judíos de Viena salieron a la calle antes de verse forzados a caminar en masa hacia los campos de concentración que simbolizaron el holocausto nazi. Sindelar murió antes de verse hacinado en un campo de exterminio, pero la suya fue la primera de muchas muertes injustas. Conviene recordar la historia de estos hombres porque conocer los errores del pasado ayuda a convencerse de que no debemos repetirlos.

miércoles, 14 de marzo de 2012

El matador

Era un futbolista brutal, imparable, con un tren inferior poderoso y un cuerpo de atleta que le convertía feroz en el choque e intratable en el cuerpo a cuerpo. Tenía olfato y tenía raza; el gol en la sangre, el disparo seco siempre en la punta de la bota, el cabezazo poderoso elevándose por encima del defensor, el regate eléctrico antes de afrontar el disparo decisivo.

Marcó muchos goles y en cada celebración enseñaba los dientes apretados y la alegría controlada, siempre pensaba en la próxima ocasión de gol, en el siguiente gol, en la siguiente victoria. Fue el murciélago del escudo del Valencia cuando la liga estaba demasiado centralizada como para atrever a toserla. Se reivindicó como estrella en un momento y en un lugar que parecían equivocados, pero su espíritu competitivo fue más allá de los pronósticos. Le ganó una Copa al Madrid en su ciudad y puso Valencia en pie al igual que ya lo había hecho con toda Argentina.

Fue el hombre gol de un país que soñaba con ser libre y que enseñó al mundo la fuerza que movía su pasión por el fútbol. Seis goles decisivos en aquel mundial del setenta y ocho que le coronó como el mejor goleador del planeta. No hizo sino cumplir con todo aquello que venía prometiendo desde que, siendo casi un adolescente, se enroló en las filas de Rosario Central para debutar en la primera división argentina y ganarse un nombre a base de goles.

Marcó tantos que perdió la cuenta. Tenía un mano a mano feroz, un martillo en la izquierda, y siempre encontraba la manera de quitarse de encima a los defensores y de colarle el balón a los porteros. No era un virtuoso de la técnica pero, por momentos, parecía imparable. Inalcanzable en los últimos metros, letal en el área grande. Dejó Valencia para viajar por el mundo cuando su cuerpo se convirtió en el de un exfutbolista, pero aún le cabían goles en la mochila. Conoció otras ligas y otras ligas conocieron el nombre de Mario Alberto Kempes porque hubo pocos embajadores del gol tan incansables como él.



lunes, 12 de marzo de 2012

El otro gol de Kiko

Todos recordamos hoy el saque largo de Molina, el fallo de Tomás, el defensor del Albacete, que se come el bote, el control de Kiko, la orientación hacia su pierna mala y el disparo cruzado ante Plotnikov. Aquel gol sellaba un partido, un título y un doblete. El tiempo enmarca momentos como imprescindibles, pero a medida que transcurre, se va dejando otros, tan importantes como aquellos, en el cajón de las cosas perdidas. Dos semanas antes de la fiesta del doblete, en un domingo soleado de primeros de mayo, el Atlético agonizó hasta última hora en un partido que, a priori, parecía fácil ante un Salamanca deshauciado. Fue aquel día en el que Jesús Gil acusó a los jugadores del club charro de haberse vendido por un plato de lentejas. Es posible que hubiese habido prima, pues el Atlético tuvo el partido en latín. Empezó ganando pronto pero pronto comenzó a recorrer un runrrún por cada asiento de la grada, las sensaciones no eran las mismas que se habían percibido durante el resto de la temporada y la catástrofe sobrevoló el Calderón cuando Ovidiu Stinga empató en el ecuador de la segunda parte. A raíz de ahí llegó un quiero y no puedo del Atlético; balones cruzados que se perdían en manos del portero, combinaciones fallidas y ansiedad en el rostro de cada uno de los futbolistas. El Valencia, que había ganado su partido, se ponía a dos puntos con dos jornadas aún por delante. Todos pensábamos en aquello que nos habían contado de una leyenda de un pupas hasta que un ataque en estático más llegó a los pies de Roberto Fresnedoso que volvió a repetir acción. Balón cruzado a la frontal del área, Caminero la peina a duras penas y Kiko se encarga del resto. El movimento de bailarín le define como futbolista: control con el pecho, aguante de embestida, media vuelta, regate en corto y disparo cruzado. El estallido del Calderón explicaba la tensión que cada uno de los espectadores tenía guardada. Basta ver la reacción de Gil para darse cuenta de la importancia del gol. El Atleti celebró la liga en un partido contra el Albacete, pero realmente la ganó aquel doce de mayo con un gol de Kiko a cuatro minutos para el final.

jueves, 8 de marzo de 2012

Regreso al pasado

A todos nos gusta mirar hacia adelante. A todos nos gusta soñar, imaginarnos en una situación mil veces evocada e idealizar el momento porque de nuestros deseos dependen gran parte de nuestros progresos. Solamente quien desea ser grande consigue ser grande, solamente quien recuerda de donde viene, sabe exactamente hacia donde debe ir.

El pasado es la caja registradora de todos nuestros sueños. Los buenos recuerdos sirven para saber hasta dónde podemos llegar y los malos recuerdos sirven para conocer el límite de nuestros errores. Se puede regresar al mismo lugar, no debemos volver a hacer esto. Es la enseñanza de la vida; a menudo los halagos debilitan tanto que necesitamos caer de bruces para saber lo duro que es el suelo. Volver a levantarse siempre es obligatorio, volver a andar el camino es de valientes.

La gente, en Bilbao, recuerda a un Pichichi que dio nombre al gol, a cinco mosqueteros que ganaron todos para uno, a once aldeanos que rompieron los pronósticos y a once tipos de casa que ganaron dos ligas en las postrimerías de la transición. Y entre todos aquellos recuerdos, pesa la lágrima de una eliminación y se enciende el orgullo ante una rememoración: aquel partido bajo la nieve que mitificó a San Mamés como un auténtico campo de dioses.

El Athletic regresa hoy a su pasado, y lo hace después de caer al suelo y volver a levantarse. Atrás quedan las ligas de Clemente y las finales de copa, todas ya casi olvidadas. Atrás queda una travesía por el desierto de las dudas cuyo único oasis residía en el mismo lugar donde existía el único pozo indestructible; Lezama. Allí regresó el Athletic para reencontrarse consigo mismo y desde allí regresó a las portadas, inasequible al desaliento, para volver a sentir el cosquilleo que generan los grandes retos. La nieve volverá a los recuerdos y San Mamés volverá a ser un campo de dioses. El primer asalto se disputará en el teatro de los sueños. El Athletic se ha ganado el derecho a volver a soñar.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Jardín de infancia

Pegar a Wenger, ahora, es fácil. Los proyectos se le caen, uno a uno, como fichas de dominó minuciosamente ordenadas una tras otra. El francés tuvo un sueño después de alcanzar el cénit; el dibujaría su propio equipo desde su particular jardín de infancia. Lo cierto es que el único gran proyecto de Arsene Wenger en el Arsenal fue liderado por hombres y no por niños. Fueron los fichajes de tipos recios lo que fabricaron un Arsenal imparable; Lauren, Vieira, Ljumberg, Pires, Parlour, Bergkamp, Henry... más la aportación de veteranos de guerra como Adams y Winterbourn. A raíz de ahí vino el sueño, la evocación, la disolución de un grupo inigualable y la consolidación de un romanticismo imposible.

Entre los tipos más aclamados del jardín de infancia de Wenger estuvieron Cesc Fábregas, Walcott, Ramsey o Wilshere. No todos obtuvieron gloria y muchos decidieron buscar fortuna lejos de su mentor. Entre las plantas del jardín, ha florecido una fulgurante rosa con los pétalos de un rojo flameante y el tallo plagado de punzantes espinas. Alex Oxlade-Chamberlain llegó a la cantera por medio de la cartera. Doce millones de libras tuvieron la culpa de que este indefinido jugador abandonase Southampton y se aventurase a una vida de promesas en Londres donde la gente pudiese descubrir las cualidades que le catapultaron a la fama desde que era un niño.

Chamberlain es indefinido porque aún no se ha asentado como un futbolista en un puesto fijo. Poseedor de múltiples cualidades, igual arranca desde el extremo que aparece en el centro después de una diagonal de infarto. Es atrevido, fuerte, veloz y descarado. Los años le darán la calma igual que la juventud le está dotando de atrevimiento. Sabe arrancar, aunque aún no ha aprendido a frenar. Los aficionados del Arsenal le rogarán que no pare nunca y, sobre todo, que no imite a sus antecesores porque no le quieren imaginar con otra camiseta que no sea la roja y blanca de su equipo. Las promesas incumplidas por Walcott vuelven a posarse sobre la imperiosa figura de Chamberlain. El profesor a un lado, el presente al otro y el futuro en el escaparate de los sueños. De tipos como él depende el Arsenal para volver a convertirse en un equipo de hombres. Hace tiempo que sus objetivos dejaron de ser un juego de niños.

lunes, 5 de marzo de 2012

Japón 1979

El pequeño Diego se había presentado en sociedad una cálida tarde primaveral en el estadio de Vélez. En el descanso de un partido sin mucha historia entre Boca y Argentinos Juniors, el pequeño pelusa, recogepelotas del bicho colorado y malabarista de circo sin carpa, tomó el balón en el área grande y recorrió el campo haciendo jueguitos con la pelota. Era el mismo niño al que un par de años atrás había ido a visitar la televisión y había proclamado su sueño a ojos de todo el mundo; "Quiero salir campeón con Argentina".

No tardó mucho en hacerlo por vez primera. En el verano de 1979 y en la lejana tierra de Japón, el joven Diego y un grupo de muchachos talentosos, deslumbraron al mundo con un fútbol preciosista y eficaz. Anotaron veinte goles y encajaron solamente dos. Uno de ellos en la final ante la Unión Soviética y que les puso por debajo en el marcador. Pero no temblaron las piernas, ni palpitaron los corazones. Respiró hondo el Diego, retumbaron las gradas y cinco minutos mágicos dejaron el marcador en tres a uno para Argentina.

Fue el último capítulo de un serial mágico que comenzó dos semanas atrás. Cinco goles a Indonesia, uno a Yugoslavia, cuatro a Polonia, cinco a Argelia, dos a Uruguay y tres a la URSS, vigente campeón. Cinco más uno, más cuatro, más cinco, más dos, más tres, igual a veinte. Seis del Diego y ocho de Ramón Díaz, socio necesario y compañero letal. Ellos formaron la dupla inolvidable, amigos durante un mes y enemigos durante el resto de su vida. Uno, Diego, haciendo magia con la franja oro de Boca y la celeste del Nápoles, y el otro, vacunando porteros sin cesar con la banda sangre de River y la neroazzurra del Inter. Inolvidables para el espectador e imparables para los defensas.

Aquel fue el primer mundial de Maradona. Pudo haber sido el segundo si Menotti hubiese tirado a la basura los miedos y el hubiese convocado para el campeonato celebrado en Argentina un año antes. Pero aquello fue sólo anécdota, la verdadera dimensión del diez se vio en México, siete años después. Aquel recorrido memorable en la jugada de todos los tiempos lo eclipsó todo. El pasado y el futuro. Maradona fue Dios en La Boca, Príncipe eterno en Nápoles y, para el resto del mundo, un barrilete cósmico que llegó de otro planeta para dejar en el camino a tanto inglés.

jueves, 1 de marzo de 2012

Tiqui taca

El malogrado, e inolvidable, Andrés Montés, acuñó la expresión "Tiqui taca" para ensalzar el juego de nuestra selección allá por el 2006 cuando Luis Aragonés intentaba cambiar la expresión del equipo. Eran días turbios, la opinión se encontraba dividida y el seleccionador había decidido apostar por un sólo rumbo. Durante años anduvimos turbados por la falta de esencia y el equipo caminaba sin un estilo que lo identificase; quisimos ser furia con Clemente, expresionismo con Camacho y mezcla con Sáez. Lo único que hicimos fue coleccionar fracasos, regresos angustiosos y una colección de titulares para olvidar.

Pero el camino de Luis era el correcto. España era el germen de una generación de inolvidables centrocampistas. Si durante años anduvimos admirando las maravillosas pandillas que habían formado sobre el césped Genghini, Giresse, Tigana y Platini o Falcao, Sócrates, Zico y Cerezo, no entendíamos porque nosotros no podíamos sentar cátedra histórica con Xabi, Xavi, Iniesta y Silva ¿Acaso los nuestros eran peores que aquellos? Ni lo eran, ni lo desaprovechamos. El despechado Luis retomó su apuesta, el equipo comenzó a ganar y en el triunfo se consolidó un estilo.

Partidos como el de anoche sirven para reconciliarse con los sueños. El rival, que a priori podía sonar a Cenicienta y a posteriori suena a pluff, era, ni más ni menos, que un semifinalista de la Copa de América, más concretamente, el equipo que se quedó a un penalti de alcanzar la final. Podríamos hablar de Arango, de Rosales, de Amorebieta, de Miku, de Rondón, de jugadores de un país que hace diez años era comparsa y ahora ocupan titularidades en ligas de alto nivel, pero sería un error citar al contrario para dejar de hablar de los nuestros. Porque los nuestros no son solamente muy buenos, son los mejores.

Basta ver una combinación entre Iniesta y Silva para darse cuenta de que en el fútbol, lo más sencillo es lo más complicado. El ejercicio de precisión y coordinación de anoche solamente es semejante a un sueño perfecto; miles de veces hemos imaginado la jugada ideal, esa en la que seis tipos se asocian al primer toque y filtra el balón entre la defensa contraria para regalársela al delantero centro. El tercer gol de anoche fue pura magia. Antes habían abierto la lata nuestros dos pequeños genios de aspecto frágil y esencia mágica. En ellos vive el fútbol de verdad, en Cesc vive el vértigo del penúltimo pase siempre en la dirección correcta, en Xabi Alonso vive una brújula que siempre encuentra el norte aún mirando hacia el sur y en Busquets vive el rigor táctico en estado puro. Puede que no ganemos la Eurocopa, pero quien quiera derrotarnos va a tener que jugar muy bien al fútbol. Y hacerlo mejor que nosotros es prácticamente imposible.

martes, 28 de febrero de 2012

El profe

Había un tipo con dos poderosas piernas, sus muslos parecían toneles, su pie derecho era un martillo, su cuerpo era robusto, su mirada desafiante, su garganta un mar de emociones encendidas. Llegó al sur siendo un joven petulante, prometía goles, pero no goles cualquiera, y marcó goles, pero no goles cualquiera. Su cabeza pensaba en fútbol y su corazón latía por Peñarol, pero hizo oficio en Sevilla ejerciendo magisterio en el centro del campo.

Cada golpe franco era una apuesta segura. Tenía un empeine angelical y una puntería divina. Goles por la escuadra, pases de cuarenta metros y paredes al borde del área. En Sevilla le hicieron canciones y en Montevideo le levantaron estatuas. Allí, donde su figura se convirtió en imagen santoral, la apodaron "el profe" porque en su ascendencia resucitó la magia del histórico Manya. Fluía Peñarol y se convirtió en ídolo de Peñarol. Un quinquenio mágico le catapultó al cielo, un recuerdo inolvidable le sigue manteniendo en el pedestal.

Aquí le vimos jugar cinco años. Dicen que era irregular, que su ritmo era más latino que americano, que su aureola se apagaba ante los centrocampistas robustos. La duda siempre acompañó al talentoso. Él era un tipo de carácter que enseñó la maestría del golpeo a la gradería del Pizjuán. Aún recuerdan sus tres pasos de carrerilla, su golpeo imparable, su celebración cercana, el puño cerrado agradeciendo la primera gran oportunidad de su vida.

jueves, 23 de febrero de 2012

El quinto Beatle


En 1966 Inglaterra vivía pendiente del fútbol frenético del regenerado Manchester United de Matt Busby mientras esperaba, en el alma en vilo, el Campeonato del Mundo del selecciones que se celebraría en su territorio meses más tarde. España jugaba en las calles soñando ser el Real Madrid y esperaba la cita mundialista mascando el dulce recuerdo del campeonato de Europa conseguido dos años antes ante la URSS del poderoso Yashine. Y toda Europa bailaba al ritmo frenético de un cuarteto melenudo criado en las calles de Liverpool y que se habían bautizado como “The Beatles”.

Los Beatles, que habían tomado su nombre de un cruce entre un escarabajo (Beetle en inglés) y el ritmo musical conocido como “Beat” que arrasaba en Inglaterra a principios de los años sesenta, se había convertido en poco menos que mitos en tan solo cuatro años dentro de la escena musical. En Inglaterra fueron elevados a la categoría de Dioses al tiempo que sus canciones se convertían en auténticos himnos de la noche, en España, sin embargo, el régimen franquista consideró sus melenas alborotadas y su música desenfrenada, como un pecado mortal y fueron considerados como cuatro enviados del infierno a los que había que exorcizar de cualquier manera. Pero España, igual que Inglaterra y el resto de Europa, incubó sus fans y la música beat fue haciéndose poco a poco un hueco hasta terminar por imponerse.

Los Beatles lanzaron su primer éxito en 1962, y ese mismo año, Bob Bishop, ayudante de Busby en el Manchester United, envió a la sede del club un telegrama escueto pero claro desde una oficina de Belfast: “He encontrado un genio”. Busby no tardó en viajar a Belfast y buscar en sus calles a aquel chico del que Bishop había quedado totalmente prendado, cuando lo encontró se frotó los ojos y dio gracias al cielo por aquel regalo; a fin de cuentas, el cielo, el fútbol y el destino aún le debían una.

Busby cogió al chico del brazo y se lo llevó a Inglaterra sin apenas pedirle opinión; estaba claro que para reinar en el fútbol hacía falta alinear a muchos jugadores buenos y a un jugador como él, rápido, hábil, valiente y decisivo, con el aliciente de ser, de entrada, el mejor, en el mismo significado de su apellido: Best.

George Best viajó a Manchester un par de semanas después de la mano de su buen amigo Eric McMordie, probaron con el United, fueron elegidos y dos semanas después regresaron a casa derrotados por la nostalgia. Best regresó a las calles y Busby regresó a Belfast, tenía clara la intención de convertir en estrella a aquel muchacho desgarbado y no iba a aceptar un “no” por respuesta. Y le costó. Le costó tanto que fue el propio padre del muchacho quien tuvo que hacerle la maleta y obligarle a buscar un futuro esplendoroso que en Belfast no iba a encontrar nunca.

Así fue como Best se convirtió en futbolista para, poco después, convertirse en genio e ídolo de toda una generación de jóvenes ingleses que habían dejando atrás su adolescencia para soñar con ser un Beatle o convertirse en un futbolista imparable como George Best.

Mientras tanto, en España, Santiago Bernabéu intentaba regenerar de nuevo al Real Madrid después de varios fracasos consecutivos en la Copa de Europa. Para un equipo que se había acostumbrado a la victoria como un millonario se acostumbra al lujo diario, perder una final de la máxima competición se convirtió en una decepción sin límites, cuando mucho más la de perder dos. Así, tras caer derrotado ante el Benfica en la final de 1962, Bernabéu considero que había que imponer un nuevo estilo y contrató a Amancio, Zoco, Muller y Yanko para intentar darle un aire de juventud y desparpajo a un equipo que comenzaba a notar el peso de los años. Aunque la derrota que más dolió a Don Santiago fue la sufrida ante el Inter de Milán en la final de 1964 tras la cual mantuvo una dolorosa discusión con Alfredo Di Stéfano que terminó con un irrepetible ciclo de once años de “La saeta rubia” con la camiseta blanca del Madrid y al equipo vacío de un líder y una seña de identidad.

Pero ni Santiago Bernabéu ni George Best eran dos personas que se arrugasen ante las derrotas, el destino y los rivales. Al primer jugador que contrató Don Santiago para suplantar a Di Stéfano fue Grosso, a quien heredar la camiseta de su ídolo le iba a costar un poco más de lo que le había costado asegurar decenas de goles visitiendo la camiseta del Atlético de Madrid. Y al primer rival al que se hubo de enfrentar Best fue Graham Williams, el mismo defensa que años después le pidió por favor le dejase ver su cara durante unos segundos porque durante todos sus enfrentamientos lo único que había podido ver de él era su trasero desaparecer pegado a la banda.

Al tiempo que todo esto ocurría, una canción de los Beatles se había introducido en España incubándose como un pequeño himno de juventud debido a la sencilla pronunciación de su estribillo. Toda la modernidad española se compilaba en aquellas dos simples sílabas que dejaban caer los cuatro chicos de Liverpool siempre que entonaban aquel rítmico “She loves you”… “Yeah Yeah”. Un Yeah Yeah que creció como un canto de rebeldía y terminó bautizado como un españolizado “ye-yé” que marcó un antes y un después en el panorama musical español. Y mientras la popular Conchita Velasco suplicaba a su amor para que buscase su particular chica ye-yé, el joven equipo del Real Madrid demostraba su desparpajo e implicación con la victoria en cada partido disputado hasta terminar convirtiéndose de nuevo, como años atrás, en el símbolo de identidad de todo un país. Para los más castos era el vivo ejemplo de una juventud disciplinada y entregada a la causa de defender el nombre de su país, para los más rebeldes era la imagen donde reflejar sus sueños de juventud; un grupo de jóvenes desgarbados que jugaban para divertirse y para demostrar que el progreso podía enfrentarse a los valores tradicionales. Y para la prensa, era el reclamo perfecto en el que ensalzar sus titulares, y fue la prensa, y no los españoles de a pie, quien fotografió a los jugadores del Madrid con una peluca al estilo Beatle y quien, a raíz de aquello, bautizó al equipo como “Real Madrid ye-yé”, en honor al cambio generacional que estaba abriendo, poco a poco, los ojos a todo un país.

La delantera del equipo ye-yé la formaban cinco hombres: Amancio, Serena, Grosso, Velázquez y Gento, y Los Beatles estaban formados por cuatro miembros: John, Paul, George y Ringo. Por lo tanto, hacía falta la elección de un quinto miembro para que la famosa banda de música igualase en número a la imparable delantera del Real Madrid, y, curiosamente, fue el fútbol y no la música la que aportó a Europa aquel quinto miembro tantas veces buscado y añorado. El Real Madrid ganó aquella edición de la Copa de Europa logrando que once españoles engrandecieran al valor de una patria que comenzaba a pudrirse, pero unos meses antes, el Benfica portugués, donde Eusebio seguía haciendo magisterio, sufría su primera derrota en casa en toda la historia de la Copa de Europa por un doloroso uno a cinco ante el Manchester United. En aquel partido destacaron la elegancia de Bobby Charlton y la excesiva dureza de Nobby Stiles, pero por encima de todos, destacó la imparable figura de George Best, autor de dos goles y de más de una docena de jugadas inverosímiles.

Toda Europa se levantó impresionada aquella mañana de invierno; Inglaterra despertó con titulares de grandeza y el resto del continente se despertó con titulares de asombro y admiración, y entre todos ellos destacó el titular aclaratorio de la prensa portuguesa que había sufrido en sus carnes la humillación del equipo más condecorado de su país. Un titular que incluía a Best en el olimpo de los dioses, un titular que dictaba los valores de un jugador llamado a convertirse en ídolo de masas, un titular que hablaba claro sobre la revolución que había supuesto la aparición de aquel joven en el césped del Estadio de La Luz, un titular que decía: “El Quinto Beatle”.

lunes, 20 de febrero de 2012

Cambio de escenario

Pocos futbolistas pueden resumir su vida futbolística en una caida tan picada desde lo más alto hacia lo más bajo como Gaizka Mendieta. El hijo de un antiguo portero del Castellón debutó en Primera División con el Valencia a mediados de la década de los noventa como un lateral discreto. Parecía un tipo correcto, con un buen pie, no demasiada velocidad pero mucho oficio para desenvolverse en su zona. Poco más. Pero había más, mucho más.

La llegada de Ranieri supuso una revolución para un Valencia que vivía sus peores días después del mandato de Paco Roig. Con un equipo desnaturalizado, una afición desencantada y unos objetivos perdidos en el baúl del olvido, Ranieri reinventó un equipo que, como por arte de magia, comenzó a ganar. Quizá algunos recuerden aquel tres a cuatro en el Nou Camp en uno de aquellos partidos del lunes que transmitían en Antena 3. Fue una remontada gloriosa, y ahí arrancó el gran Valencia que culminó en el doblete de Benítez. Pero allí arrancó algo más, arrancó en grande un futbolista rubio, antes lateral y que ahora, sin saber de dónde había salido, se comía el campo. En el cinco, dos, tres de Ranieri, Mendieta podía ocupar cualquier posición en el campo. Eran Mendieta y diez más. Un día carrilero derecho, otro día izquierdo, otro día cerebro, otro mediapunta y otro extremo. En todos los partidos era el mejor. Que se lo rifaran los grandes de Europa era cuestión de tiempo, claro. Como así fue.

Tras una exquisita temporada, ya con Cúper en el banquillo, en la que juega de interior derecha y conduce al Valencia a la final de la Copa de Europa, llega la mareante oferta del Real Madrid. Una oferta irrechazable para cualquier equipo salvo, quizá, para Valencia y Atlético (recuerden el reciente caso Kun Agüero). Con el futbolista loco por la música y el Valencia temeroso de sufrir una revuelta popular, se acepta una buena oferta del Lazio italiano que obligaría al futbolista a reinventarse una vez más. Pero no lo consiguió. No fue el único miembro de aquel inolvidable centro del campo del Valencia que emigró ante el poder del dinero. Farinós y Kily González marcharon al Inter y Gerard López al Barcelona. Todos recordamos cómo les fue a los cuatro.

Pero lo de Mendieta fue más sonado porque él era la gran esperanza del fútbol español. Tanta era su aureola que el presidente del Valencia, Pedro Cortés, llegó a decir que él era el murciélago del escudo del Valencia. Casi nada. Presentado como la gran estrella de nuestra selección en la Eurocopa del año 2000, tuvo que claudicar, manos en la cadera y mente en su futuro reto, ante la Francia de Zidane y compañía. No hizo un mal torneo, lo peor de todo, y lo que él no se esperaba, es que sería su última gran aparición a nivel internacional.

En Roma sufrió un calvario. Si en Valencia había sido capaz de adaptarse a cualquier posición, en el Lazio no fue capaz de ubicarse en ninguna. Ni organizador, ni interior, ni mediapunta, ni segundo delantero. Ni siquiera como lateral. Ya no era un futbolista especial, ni siquiera un futbolista cumplidor. Su escarceo fallido con el Madrid, la presión añadida por el precio de su fichaje y un fútbol que no le convenía, terminaron por mermar la cabeza de un talento incomparable. Dejó de funcionar la cabeza y dejaron de funcionar las piernas. Pudo haber encontrado un oasis de paz en su regreso a la liga española jugando como cedido en el Barcelona, pero ni por esas fue capaz de reecontrarse.

Su retiro dorado llegó en Middlesbrough. Allí volvió a ser un tipo discreto, un centrocampista cumplidor que sabía dar pases en largo y llegar a gol desde segunda línea. Ganaba algún partido, perdía algunos más y jugaba alguna final como aquella de la Uefa contra el Sevilla. La prensa ya no se acercaba a él y ningún otro equipo estuvo dispuesto a ofrecer de nuevo cinco mil millones de las antiguas pesetas. Se acababa el fútbol y comenzaba una nueva vida.

Acomodado en la pequeña localidad inglesa de Yarm junto a su novia, Mendieta cambió el balón por los vinilos. Descubridor de bandas sonoras desconocidas en cada uno de los vestuarios por los que pasó, la música le debía de nuevo un lugar en el olimpo. Todo empezó con una canción de Los Planetas ("he puesto la tele y había un partido y Mendieta ha marcado un gol increíble..."), y continuó, com punto y seguido, con su intervención ante la masa que abarrotaba la última edición del Festival Internacional de Benicassim. Si alguien, mientras baila, ve sobre el escenario a un tipo rubio, equipado con unos cascos y moviendo las manos con soltura en una mesa de mezclas, que no olvide que durante unos meses fue el jugador más importante de Europa. Ha cambiado de escenario. Entonces era un todoterreno con un número seis a la espalda, ahora se le conoce por DJ Mendieta.