lunes, 18 de marzo de 2019

El fracaso como matiz

Tendemos a ponderar el hecho por encima del esfuerzo simplemente porque somos esclavos del glamour y fieles seguidores de la concrección. Por ello, hemos terminado tirando a la basura carreras enteras por el simple hecho de que ha habido momentos en los que un equipo no ha dado la talla y hemos terminado sacando a los leones después de girar el pulgar en dirección al suelo.

Antonie Griezmann está comenzando a sentir la guadaña que ya sintieron antes jugadores como Neymar o Zlatan Ibrahimovic. No estaría de más la comparación si en el agravio no hubiesen entrado tipos de tan escasa dudabilidad como Lío Messi o Cristiano Ronaldo; puestos en la picota simplemente porque, durante años, no fueron capaces de conducir a sus equipos al más alto nivel internacional.

Ganar la Champions es tan difícil que hasta ahora sólo la ha ganado un equipo al año. Sirva esta perogrullada para indicar hasta qué punto somos capaces de delimitar el fracaso simplemente porque un equipo repite lo mismo que otros treinta y uno. Treinta y un equipos que no ganan la Champions son unos fracasados. Lo fue Cristiano mientras el Barça de Guardiola se paseaba por Europa, lo fue Messi mientras el Madrid de Cristiano recuperaba la fe, lo es Neymar cada vez que su equipo cae en octavos y ahora lo es Griezmann porque no ha sido capaz de marcar un gol en Turín aún jugando a sesenta metros del área contraria.

Pero no crean que la acusación es propiedad privada de los futbolistas; ha habido entrenadores marcados con el estigma del fracaso a pesar de haber construido equipos que eran un monumento en algún sentido futbolístico. Guardiola fracasó en el Bayern porque no levantó la Champios (risas), Mourinho fracasó en el Chelse por lo mismo (más risas) y ahora es Simeone el fracasado porque no es capaz de ganar un torneo en el que sale a competir con once presupuestos superiores (más y más risas).

Nos hemos acostumbrado a poner un listón a medida de las capacidades del equipo dominante. El ciclo del Real Madrid ha pretendido eclipsar, y mediáticamente lo ha hecho, el trabajo de otros equipos que, durante años, han estado dominando sus ligas con puño de hierro y han compaginado grandes tardes en Europa con dobletes nacionales. Pero, claro, medimos el éxito en comparación al gran éxito internacional. Cuando Guardiola se refirió a los tres mejores equipos de la década y obvió al Madrid lo hizo en base a esa regularidad que aportan los fines de semana y en los que Barça, Juve y Bayern han sabido manejarse con puño de hierro. El problema es que exigimos la Champions siempre como moneda de Champions y la Champions es una gran competición en la que no se exige ser el más regular para ganar sino un manejo emocional por encima del resto. En ese aspecto el Madrid se ha manejado como un pez en el agua, lo que no significa que los que no hayan sabido hacerlo, sean unos fracasados.

viernes, 15 de marzo de 2019

La caída

Toda caída es un conato de dolor, un parte de daños, una lista de perjuicios y la causa de una herida que tarda tiempo en cicatrizar. Las caídas vienen por el despiste, por no prevenir los daños, por creer que el trabajo es trabajo por el simple hecho de ejecutarlo. Hacerlo bien o hacerlo mal, no simplemente hacerlo. El bloque bajo ya no funciona, o al menos no funciona como antes y, sobre todo, la mentalidad ha cambiado. Se fueron los capitanes, los que levantaban a la tropa, los que conocían el valor del escudo. Y, a día de hoy, sin Gabi ya no hay cholismo.

El dolor es una ventana abierta donde entran el frío y los insectos. Devorado por las alimañas de lo imposible, me tumbo en la cama intentando buscar un motivo para seguir soñando. Lo leí en Twitter a un viejo conocido de este mundo de blogs: ni la ganaremos ni la merecemos. Así no, desde luego. Y da la impresión de que el momento, aquel instante en que el sueño estuvo en la cima de los deseos cumplidos ya pasó para siempre y que, probablemente, jamás perderá.

Nos acusan de haber lanzado las campanas al vuelo demasiado pronto. Es posible pero, joder, es que el partido de ida fue un subidón tan extremo que resultó imposible no ponderarlo en su merecido valor. Aquel fue un Atleti crepuscular pero fue el Atleti que quisimos reconocer como nuestro. El Atleti del Cholo, ese que no tenía miedo, que moría porque a morir los suyos mueren, que hacía de la competitividad un ejercicio de supervivencia salvaje. El Atleti que nos volvió a ilusionar. Fueron tres semanas. Pasión y gloria. Desolación y memoria.

Porque lo que espera ahora es un desierto de dudas y un mar encrespado de esperanzas. Entre las aguas reside la resistencia de un grupo que se forjó como salvaje y hoy siente como el escudo pesa por encima de las botas. El problema de autoexigirse es que desaparece la red y las caídas terminan siendo catastróficas. Para poder autoexigirse un título hay que creer que de verdad puede ganarse y hace un tiempo que el Atleti corre una carrera contra sí mismo en la que no hay más trampas que el palo que él mismo se pone en cada rueda.

jueves, 14 de marzo de 2019

Imitarse a sí mismo

Las tradiciones, más allá de generar relatos de cotidianedad, sirven para marcar un camino directo hacia el éxito. Cuando las cosas funcionan, por pragmatismo y por costumbre, se debería saber que los cambios de rumbo suelen ser perjudiciales, porque muchas veces cambiar no significa avanzar sino intentar hacer lo mismo de una manera distinta. Los experimentos con gaseosa, dicen los clásicos. Y el fútbol del norte siempre apegado a la épica.

Durante años, fue costumbre que generaciones enteras de bilbaínos disfrutasen de su equipo con dos dosis de determinación siempre comunes: un excelente extremo izquierdo y un cabeceador impenitente. Desde los tiempos de la primera delantera histórica donde Gorostiza ganaba la línea de fondo y Bata remataba como un coloso; siempre se vivió en la costumbre del balón largo y profundo, de la carrera suicida y del remate preciso ¡Gol! Aún resuenan en el barrio el eco de las celebraciones cuando el equipo era rey de España.

Gaínza y Zarra representaron, seguramente, el tándem más glorioso de la historia del club. Ambos eran futbolistas de una pieza; uno tenía un guante en la pierna y el otro un cañón en la cabeza. Uno era listo y el otro era audaz. El Capitán Trueno y Crispín vestidos de rojo y blanco levantando de sus asientos a una parroquia que gustaba del fútbol después de la hora de comer. Se perdieron muchas siestas por celebrar los goles de Zarra, pero se ganaron muchos sueños por recordar las cabalgadas de Gaínza.

Desde los caladeros del botxo llegaron al primer equipo dos tipos dispuestos a cambiar la historia. Uno era un extremo criado en la ciudad y el otro era un toro del área que había curtido su fútbol en el barro de Sestao. Txetxu Rojo era habilidad y precisión; escondía la pelota junto a la esquina del área y salía hacia afuera para centrar hacia el punto de penalti, allí aparecía siempre Fidel Uriarte, un animal de la definición que martilleaba con la pelota y celebraba con el alma. Un tipo caliente recibiendo los regalos de un tipo frío. Una extraña pareja que funcionó con tal regularidad que aún hoy hay quien dice que no ha visto nada igual en un terreno de juego. Y, claro está, jamás lo volverán a ver.

La última época gloriosa del club se asocia a un tipo lleno de cáracter que construyó un equipo cuya guardia pretoriana creía firmemente en sus mandamientos. Allí, entre los Urtubi, Liceranzu y De Andrés, la excelencia de Sarabia sobrevivió en lo alto mientras observaba, una y otra vez, como dos de sus compañeros repetían siempre la misma jugada. Centro de Argote y gol de Dani. Parecía fácil, pero era tan difícil que ninguno de los que llegaron desde atrás fueron capaces de repetirlo.

En una época donde el gusto por las tradiciones se va cambiando por el gusto por la globalización, el fútbol ha sufrido una transformación desde lo épico hasta lo vistoso. La pelota está más que nunca en el suelo y el músculo está más que nunca en el campo. Condición física y mucha inteligencia para evitar la presión. Eso está bien, pero mientras el Athletic siga queriendo imitar a los demás no se dará cuenta de que hasta que no vuelva a imitarse a sí mismo no volverá a ser el equipo que quieren sus aficionados. Existe la nostalgia y existe la historia. Lo que no existe, hoy, es un extremo izquierdo que ponga la distinción, ni un goleador que ponga una nota en el alma. Se puede estudiar para aprender, se puede trabajar para repetir.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Bruneleschi

La Eurocopa sub 21 de hace dos veranos supuso el despegue mediático de un grupo de futbolistas que venían pegando fuerte en los equipos importantes del país. Asensio, por condición y Ceballos, por distinción, se convirtieron en piezas de museo acaparadas por el Real Madrid. Más allá de la retórica, Saúl puso la distinción, aniquilando en semifinales a Italia en un partido colosal consagrándose como el gran referente del futuro.

En aquella Italia, enquilosada por su pasado, destacaba la figura imponente de un futbolista que entonces era de la Fiorentina y acabaría fichando por la Juventus. El diamante a pulir se llamaba Federico Bernardeschi y, en una apocopación de su apellido, quisieron bautizarle como Bruneleschi porque era el arquitecto perfecto de un equipo había empezado a soñar de nuevo.

La manera en que la España de Saúl se comió a la Italia de Bernardeschi nos hizo perder la perspectiva y nos hizo perder, sobre todo, de vista a un futbolista descomunal. Atrapado por el radio de acción de Dybala, se ve obligado a vivir de las pequeñas oportunidades y a encontrar un hábitat en la jungla de asfalto en la que se ha convertido este fútbol físico. Anoche, mientras Saúl y los suyos deambulaban por el césped, Bernardeschi gobernó un partido dibujado para él. Muchos metros para pensar, libertad para moverse, un radio de acción ilimitado y la posibilidad de tirar siempre una pared.

El Atleti ni hilvanó ni mordió, en ese escenario, Bernardeschi tomó escuadra y cartabón y dibujó un monumento al fútbol. El arquitecto, por fin, apareció en un partido grande de verdad. Desde las derrotas, como en aquel europeo, se pueden divisar nuevos horizontes y dibujar nuevas esperanzas. De ello bien podría tomar nota el Atlético.

lunes, 11 de marzo de 2019

El reloj

"Un equipo de fútbol es como un bonito reloj, si una pieza no funciona, no vale para nada". La frase, pronunciada por Alfredo Di Stéfano, debería tener el valor que merece al ser emitida por uno de los mejores futbolsitas de la historia. Nada más lejos de los presagios que un equipo cuyas piezas no son capaces de funcionar como un mecanismo conjunto. Es por ello que se pone en solfa la necesidad de hacer un equipo antes de fichar una pléyade de estrellas.

En fútbol, como deporte variopinto, caben varios tipos de interpretaciones. No existen dos equipos iguales igual que no existen dos percepciones iguales, pero sí existen equipos que ejercen la propiedad privada de un cierto tipo de sistema porque, para ellos, tener denominación de origen es la mejor manera de saber identificarse. Cuando las cosas van mal, la mejor solución es regresar al camino y saber que, allí, desde las lindes, se puede prefijar un nuevo proyecto.

Los proyectos del Barça, durante los últimos treinta años, han pasado por la posesión de la pelota, por la circulación triangular, por el juego profundo y por un cierto regusto por el barroco. No se trata sólo de ganar, parecen querer decir, importa también el como. Sin desdeñar estilos contrapuestos e igualmente eficaces, el Barça necesita un tipo concreto de futbolista porque, para encajar en el puzle, se precisa de ciertos matices que no se educan de puertas para afuera. Es por ello que a muchos futbolistas foráneos les ha costado tanto mecanizar el sistema, y es por ello que, quien lo consigue, termina convirtiéndose en vital porque nadie mejor que un buen futbolista para ejercer una función prediseñada.

Ivan Rakitic llegó al Barça para suplir, en el once titular, a Xavi Hernández. La mayúscula del nombre a sustituir es tan grande que no cabría espacio para deletrear sus virtudes. Lo mejor que hizo Rakitic, desde el principio, es hacerle saber al mundo que él no era Xavi ni tenía intención de hacerlo. Desde la inferioridad elaborativa, se convirtió en un futbolista esencial jugando como escudero de Busquets y dejando vía libre a Messi e Iniesta a la hora de ejercitar la inventiva. Lo bueno de conocer el juego, además, es que le permite ocupar siempre los espacios vacíos, bien para recibir, bien para atacar. Un futbolista de ida y vuelta que puede paracer lento pero que, cuando conduce, parece que se desliza sobre hielo.

Un centrocampista con gol es una dosis de fortuna para cualquier entrenador. Lo bueno de asumir el rol de secundario es que los rivales terminan creyendo que lo eres. Cuando Iniesta antes o Messi ahora, no fueron capaces de asumir la finalización de las jugadas, Rakitic asomó como destaponador crucial. Salvador y salvado, Valverde asume la capitalización de sus éxitos contando con un peón de brega que sabe que nunca le va a fallar. No se esconde, sabe jugar y tiene llegada. Cuando está en forma se nota tanto que el Barça sube dos peldaños en su condición de favorito. Porque ningún equipo escala a lo más alto si las piezas de su reloj no funcionan, una a una, de manera perfecta.

El pistolero

Las ligas menores son un excelente caladero de futbolistas cuando los recursos son limitados y la imaginación obliga a peinar todo el panorama futbolístico mundial. En ligas como la polaca, checa o eslovena, han salido futbolistas intersantes como Lobotka, Jankto o Milik. Hacer de la necesidad virtud es el punto de inflexión desde el que se distinguen los audaces, porque más allá del dinero existe un mundo de ingenio donde sobreviven los futbolistas que pretenden ser grandes y sólo necesitan un escaparate para demostrarlo.

Krzysztof Piatek llegó a Génova en verano con la maleta cargada de sueños y los sueños cargados de goles. En una última excelente temporada en las filas del KS Cracovia se había consolidado como un goleador fiable y un excelente competidor. El éxito, o el principio del mismo, le ha comenzado a alcanzar a la edad en la que la maduración marca las pautas del aprendizaje. Veinticuatro años y el conocimiento suficiente del juego como para saber dosificar esfuerzos, jugar con los espacios y encontrar siempre el lugar idóneo para el remate.

El pistolero Piatek responde a los cánones de los goleadores clásicos; carreras de espaldas al juego, disputas por ganar el segundo palo y remates certeros. Va bien de cabeza y, además, cuenta con un arma importante a la hora de ganar tiempo para rematar; arma la pierna en centésimas de segundo. Suele buscar los ángulos de la portería y podría rematar con los ojos cerrados teniendo el conocimiento exacto del lugar donde tendría que poner la pelota.

El Milan ha encontrado, casi por desavenencias del destino, una piedra angular sobre la que enquilosar su proyecto. Olvidado el fiasco de Higuaín, Gattuso cuenta con un equipo joven y con mucha proyección. Se necesitarán muchos galones para derrocar a la Juve, pero, para empezar no está nada mal con contar con un puñado de goles. Lo que asegura Piatek no son victorias pero sí una buena manera de conseguirlas.

viernes, 8 de marzo de 2019

Un filtro de distinción

Las escalas de grises, como método de medición analítica, nunca existieron cuando está por medio el Real Madrid. Igual te venden por fascículos la vida y milagros de cualquiera de sus fichajes como te tiran a la basura a un futbolista por un mal momento sabiendo que, si ese mismo futbolista termina recuperando sus sensaciones, lo alabarán como si el protagonista de un cuento de hadas se tratase.

Todos los principios de temporada se presentan como una novela de ilusión vendida por fascículos. Los jugadores juegan, ríen, se divierten y son las personas más felices del planeta. Para no serlo, siendo futbolistas del mejor equipo del mundo y viviendo en el Disneyland del balompié. Cada entrenamiento es un gol de portada y cada paseo por el mundo es un motivo para aprender cultura e historia.

Ocurre que las ventas de humo duran lo que tardan en llegar los malos resultados. Primero fue Lopetegui, después fueron las ausencias y cuando se quisieron agarrar a Pintus como el timón guía de la remontada, se han dado de bruces con la realidad y buscan una nueva cabeza de turco; cuando el pueblo baja el pulgar y el presidente ve su cabeza pendiente de un hilo, la maniobra siempre es la misma: esparcir la basura y esperar a que los buitres lleguen en busca de carroña.

Siempre que un gigante cae a plomo, la caída es estrepitosa. La crisis del Madrid se ha llevado por delante muchas ideas y, sobre todo, ha dejado en pelotas a más de un rastrero de la información. Aquellos que viven de hacer el ridículo seguirán haciéndolo porque no les cabe un gramo más de vergüenza en el cuerpo y el resto, acostumbrados a vivir en la gesta, han de torcer el hocico y reconocer que quizá habían exagerado con el pronóstico y el monstruo no era tan fiero como lo pintaban.

En realidad, no debería pasar nada. El Madrid tiene mimbres y dinero para reconstruirse y los análisis no deberían ser tan catastrofistas porque, al fin y al cabo, todos los ciclos terminan muriendo. La derrota es un factor común en el deporte; demasiado común como para no temer sus consecuencias. El problema es que, cuando te acostumbras a ganar, crees que la sonrisa siempre vivirá perenne en el rostro. Nadie gana para siempre, nadie es Dios en el deporte porque sino el deporte no viviría de la emoción y respiraría por la pasión. Las grandes derrotas no matan a nadie, sólo sirven de filtro para distinguir a los tontos de los cuerdos. Y esta semana loca ha dejado a más de uno con cara de gilipollas.

Un equipo nada casual

Los análisis en caliente y desde la ignorancia suponen un peligro para la confianza global porque son muchos los que hablan sin saber y muchos más los que opinan sin ver. De nada vale creer lo que has visto y, mucho menos, repetir lo que han contado, porque para poner en valor a cada rival primero hay que sentarse cada domingo y discernir el día a día. El problema es que el trabajo produce pereza y el sensacionalismo vende más que la verdad.

Cuando el Atleti cayó emparejado en el sorteo de octavos ante la Juventus de Turín, todos los malos presagios cayeron a plomo sobre mi autoestima. La gente, más acomodada en la chanza que en el análisis, comenzó a discernir sobre la liga italiana a modo despreciativo. Vale, es posible que el campeonato, a modo competitivo, no sea el más voluble a la hora de medir méritos, pero fueron muchos los que olvidaron que, más allá de la falta de competencia interna, la Juve ha rendido muy bien en Europa durante el último lustro, alcanzando hasta dos finales.

Al bloque sólido y trabajado hasta la memorización de conceptos, ha sumado la garantía de un goleador impío. Mucho se habla de la Juventus de Ronaldo como si el portugués hubiese sido timón y guía de este proyecto a largo plazo y, aunque es verdad que sólo lleva unos meses en el equipo, su impacto competitivo ha supuesto un salto en la exigencia del grupo. Por ello, hay que poner muy en valor lo que consiguió el Atleti en el partido de ida, pero, por ello también, hay que tener en cuenta que el partido de Turín será una encerrona para los rojiblancos porque, más allá, del deseo de remontada, está la realidad de un equipo que puede ganar a cualquiera y sabe como hacerlo.

La Juve comienza en Bonucci, guía espiritual de un equipo que vivió huérfano de liderazgo durante su ausencia; continua en Pjanic, un director de orquesta periférico con pie de seda y se culmina de Ronaldo, un tipo voraz que cada verano vuelve a resetear su ansia y busca volver a ganarlo todo. El resto, magníficos peones de brega, cumplen su función implícita en cada parcela del terreno. Puede que su campeonato haya perdido fragor y que su día a día sean caminos de ida y vuelta a la oficina, pero ocho scudettos consecutivos, por más que se quiera restar importancia al logro, no se ganan de casualidad.

martes, 5 de marzo de 2019

La cátedra del trabajo

El fútbol es tan coyuntural que los equipos de menor aspiración han de vivir siempre en el alambre del resultado. Para ellos, el trabajo es el único camino hacia el objetivo porque, más allá de los sueños existe un campo de realidades que termina poniendo siempre a cada uno en su lugar. A falta de talento, el trabajo diario y la fe continua se convierten en los verdaderos aliados a la hora de asaltar el milagro. No hay un camino más allá del éxito porque el éxito, en sí, vive en la capacidad de superación de cada uno de los futbolistas.

El Getafe vivió, durante once temporadas, el sueño de la razón. Más allá de los monstruos dibujados, quedaron los monstruos derrotados. Jugó finales, viajó por Europa y se codeó con los grandes en victorias aún recordadas. Cuando llegó la hora de decir adiós, todos asumieron el momento porque los que están destinados a la pobreza no viven demasiado tiempo para contar sus riquezas. Pero, más allá de la resignación, quedó una muesca en el orgullo, porque, quien ha aprendido a ser rebelde, generalmente muere con las botas puestas.

Es difícil tener una pequeña lancha motora y salir a navegar, día a día, entre dos yates donde el lujo y la displicencia se convierten en pecados capitales. Siempre la mirada por encima del hombro, siempre la seguridad de los tres puntos en la buchaca. Getafe no es del Getafe. Lo sabemos, a ciencia cierta, todos los que nos hemos criado en sus calles y nos hemos besado tras sus esquinas. Getafe es blanca y rojiblanca, por ello, sobrevivir al pecado en minoría le otorga un plus de necesidad. Cada domingo necesita reivindicarse contra sí mismo porque los pocos que van a verle son aficionados acostumbrados a otros menesteres más jugosos. Se les exige en función al corazón y no se le agradece en función a la razón.

Jugar contra la exigencia y exigirse un mínimo de competitividad, ha terminado convirtiendo al Getafe en un equipo sólido cuya presencia molesta más que agrada. Pierna fuerte, sacrificio, juego directo y, sobre todo, trabajo, mucho trabajo. Analizando los mimbres y despiazando los enseres, podemos llegar a la conclusión de que no existe equipo más trabajado en Primera que el Getafe. Vale que el Barça vaya a su velocidad de crucero rumbo a su enésima liga del siglo y vale que el cholismo haya convertido al Atleti en un Grupo Salvaje; pero en la balanza entre el talento y la posición en la tabla, lo que está consiguiendo el Getafe es tan meritorio como improbable.

Un equipo, a priori, del montón, reconstruido con jugadores que, en su mayoría, han ido llegando al equipo desde la segunda división y entrenados por un tipo que ha hecho de la fe un ejercicio de memoria. La intensidad bien entendida fabrica equipos que son auténticos dolores de muelas. Al Getafe le salva su trabajo y le ha colocado en la zona noble su nómina de fabulosos delanteros. Molina, Mata y Ángel son tres tipos que han conocido la vida desde lo más profundo del pozo y saben que volar no tiene límites si eres tú quien maneja las alas. La condición de equipo experto en aprovechar los errores del rival ha colocado al Getafe como la gran revelación de la temporada. Con un fútbol sencillo en la planificación y muy costoso en la ejecución: presión asfixiante en el medio con media docena de pirañas siempre encima del balón, robo y búsqueda inmediata del desmarque de ruputura. Cuando Molina o Mata o Ángel reciben con espacios, los que les hemos visto en más de una ocasión sabemos que la piedad no es condición inherente en los buenos pistoleros.

lunes, 4 de marzo de 2019

Balones de oro: George Best

"Si hubiese nacido feo no hubiéseis oído hablar de Pelé". Si George Best hubiese nacido feo, la historia hubiese ganado a su mejor futbolista, pero la vida hubiese perdido su mejor historia. Best, flacucho, tan liviano como para ser rechazado por media docena de clubes en su bisoñez, nació guapo y sacó al fútbol de la última página de los periódicos para ponerlo en la portada. Con todas sus cosas buenas y todas sus cosas malas. El hijo de un trabajador del astillero de Belfast llegó a lo más alto gracias al talento y cayó a lo más profundo por culpa de un ego mal gestionado.

Su madre, alcohólica desde joven, le marcó un camino de desvaríos que el joven George siguió desde la adolescencia. En la Belfast más industrial, crecía entre cervezas y balones de fútbol. Peloteaba solo, contra la pared y soñaba ser Di Stéfano mientras imaginaba goles imposibles. Años más tarde, mientras tomaba una pinta en un bar, un joven se acercó a él y se presentó como Mike Summerbee, el nuevo fichaje del Manchester City; se cayeron tan bien que, a pesar de jugar en equipos rivales, se convirtieron en compañeros de fiestas y celebraciones. Toda persona necesita un punto de apoyo para mover el mundo.

En sus momentos de lucidez era maravilloso. Como aquel día, pasado de vueltas y de kilos, cuando hizo su debut en la cuarta división vistiendo la camiseta del Stockport County. Anotó dos goles y dio la asistencia para uno más después de sentar a un defensa. La gente, entusiasmada, se plegó a sus pies y el se tomó tan en serio la devoción que jugó un par de partidos más y no volvió a presentarse a los entrenamientos. Quiso firmar por el Marbella, allí encontraba sol y fiesta, y un grupo de amigos que decían adorarle, pero la tercera división española no admitía jugadores extranjeros. Entonces regresó al Reino Unido y fichó por el Hibernian. El equipo estaba deshauciado, tanto deportiva como económicamente, y no pudo salvar el descenso pero sí consiguió el suficiente dinero como para solventar sus deudas. Y es que no existía mayor reclamo que George Best en un país adbucido por su fútbol y sediendo por sus historias.

Y es que la historia de Best es la historia de un ángel caído. Su descenso a los infiernos comenzó el día que le dijeron que era el mejor futbolista del planeta y él se creyó con derecho a sentirse el rey del mundo. Realmente lo era, porque tenía al mundo a sus pies y porque conduciendo una pelota del fútbol no había nadie que se le pareciese.

En 1965 formó parte del equipo titular del Manchester United que ganó la liga inglesa. Tenía dieciocho años y una carrera por delante que se adivinaba como histórica. Para evitar que volviese a fugarse, tal y como había hecho la primera vez que se instaló en Manchester, el club le empleó como chico de los recados. De aquella manera, y en espera de cumplir la edad juvenil, el joven George podría ganar un dinero al tiempo que entrenaba con los jugadores de la primera plantilla. Ya entonces no le podían parar. Bobby Charlton, por entonces la estrella del equipo, hubo de ceder su trono al maravilloso jugador norirlandés. Más tarde, junto a Charlton y Law, formaría la que pasó a la historia, como la Santísima Trinidad del United; y es que no se recuerda un mejor tridente ofensivo en la historia del fútbol británico.

Fue el primer futbolista en llevar la publicidad al terreno de las grandes ganancias económicas. Su sóla presencia disparaba el producto. Y ganaba dinero, mucho dinero. Y lo gastaba todo, casi todo en mujeres y alcohol. "En 1969 dejé el alcohol y las mujeres. Fueron los peores veinte minutos de mi vida". Aquella vida fútil y dispersa fue aprovechada por los jugadores de Estudiantes de la Plata para inquirir, una y otra vez, en el orgullo. Patadas, insultos, vejaciones. Todo con tal de sacarle de quicio. Y, al menos, en parte, lo consiguieron, puesto que consiguieron ganar la Copa Intercontinental, pero no evitaron que Best les sentase de culo cada vez que le concedían un metro.

Como una estrella de rock llegó a Estados Unidos a firmar su primer contrato fuera del Reino Unido. Elton John, que era accionista de Los Ángeles Aztecas, le hizo una buena proposición: ganarás veinte mil dólares este año y treinta mil el año que viene. "Entonces firmaré el año que viene". Todo eran risas, chascarrillos y parabienes. Porque Best, aún siendo ya un futbolista mediocre, era el hombre del momento. El galán que derribaba barreras allá por donde pisaba. Un espíritu libre que había exportado su talento natural desde el césped y se codeaba con lo mejor de la sociedad americana. Quizá fue por ello, por aquella manera de pavonearse y olvidar sus orígenes humildes, por los que el IRA le tuvo siempre como objetivo prioritario. Ni un posicionamiento político, ni una palabra para ofender. Aquella tibieza fue mal sostenida y su vida, sin él saberlo, corrió serio peligro durante algunas etapas.

La revolución sin precedentes que había provocado en el fútbol inglés, se apagó el día en el que Docherty no le convocó para un partido de FA Cup ante el Plymouth Argyle. Había faltado tres días a los entrenamientos y el entrenador se había hartado de su falta de disciplina. Un día después, tras una agria discusión, su nombre apareció en la lista de jugadores transferibles del club. "No volveré a jugar más en el United", sentenció. Nunca más lo hizo y el United, aquel año, terminaría bajando a segunda después de un gol de Dennis Law en el último minuto. Las fatalidades nunca llegan solas.

Siempre tuvo grandes amigos en la plantilla del Manchester City. Es por ello que, quizá, aquella fatalidad estuvo ligada a su sombra. Él ya no estaba, pero los sky blues mandaron a segunda a su rival y el vestuario, Law, aparte, lo celebró con entusiasmo. Allí estaban Summerbee y Rodney Marsh, los dos grandes amigos de correrías de George Best. Marsh le acompañó en el Fulham en uno de sus enésimos regresos al fútbol. No funcionó, como tantos otros, pero los viejos aficionados de Craven Cottage aún recuerdan entusiasmados el día que soñaron a lo grande.

Y es, con Best, no existían las medias tintas. Jugó tres partidos de la liga irlandesa con el Celtic Cork y los estadios se llenaron hasta arriba. El técnico le exigía tanto que decidió dejarlo una vez más. Como lo había hecho la primera vez que había viajado a Manchester con catorce años. Apenas duró una semana. No aguantaba esa soledad y necesitaba regresar a Belfast para cuidar a su madre y tomarse una pinta con los amigos. Regresó a los pocos meses, acucidado por su padre y dos años después, ya con diecisiete, era titular en el mejor equipo de Inglaterra.

Y es que, en su más temprana infancia, no fue un mal chico. Ni siquiera un mal estudiante. Era tímido, callado y un portento con el balón en los pies. Cansado de practicar el rugby en la escuela, en sus ratos libres cogía una pelota de fútbol y bajaba a las plazas en busca de un puñado de chicos que quisieran jugar un partido. En uno de ellos, no reparó en un tipo de mediana edad que, de camino a Windsor Park, se detuvo un minuto a observar a aquellos niños que jugaban de manera desinteresada. El minuto se convirtió en media hora y la curiosidad se convirtió en asombro. Bob Bishop, técnico ayudante de Matt Busby, primer entrenador del Manchester United, se acercó al chaval y le hizo unas preguntas. Nada más despedirse de él, se olvidó de su destino y buscó una oficina de correos. "Necesito poner un telegrama urgente". Destinatario: Matt Busby. Lugar: Old Trafford. "Creo que he encontrado un genio".

A Windsor Park regresó varias veces George Best para jugar con la camiseta de Irlanda del Norte. En uno de sus enfrentamientos, jugó ante Inglaterra con las pulsaciones a mil por hora. Necesitaba reivindicarse ante aquellos que estaban echando por la borda su prestigio. Picado por los tabloides y herido en el orgullo, presionó a Gordon Banks en un saque de puerta y le arrebató el balón en el aire para marcar de cabeza. Lo anularon, claro está, pero en cualquier rincón de Belfast aún se recuerda la algarabía que produjo semejante gamberrada.

En aquel mismo 1971, Best perdió el tren que habría de llevarle de Manchester a Londres para la disputa de Chelsea - Manchester United. Cuando apareció en Londres, con horas de retraso y aspecto desaliñado, el entrenador decidió dejarle fuera de la lista. Había comenzado su cuesta abajo. La otra santísima trinidad del United, la que formaron entre Matt Busby, Jimmy Murphy y Bob Bishop en el cuerpo técnico, terminó por perder la paciencia con su chico favorito. Bishop le había ayudado a crecer, Murphy le había enseñado a jugar y Busby le había instruido para ganar. La decepción fue grande. Se había acabado el efecto gaseosa; aquella espuma que había alcanzado su cota más alta el día que anotó seis goles al Northampton en un campo embarrado y salió ante la prensa para considerarse el mejor futbolista del planeta. Lo peor, para él, es que realmente lo era.

Y es que su apellido no era sino la confirmación de lo que todo el mundo era consciente tras cada partido. Él era el mejor. Probablemente, en su plenitud, no ha existido un futbolista más dominante en la historia del fútbol británico. Porque George Best lo tenía todo; era rápido, valiente, listo, hábil y un goleador eficaz. Como muestra quedan los ciento ochenta y un goles que marcó en el Manchester United en el lustro que duró su apogeo.

En 1965, tras su primer año como titular indiscutible, ya era campeón de liga. Tenía diecinueve años y ya era el futbolista más decisivo del equipo. Llegó una liga más, dos años más tarde y, sobre todo, la Copa de Europa. Aquel título lo colmó todo; expectativas, ilusiones, ganas. Sin una motivación extra, George Best, con sólo veinticuatro años, entró en una espiral de autodestrucción que le llevaba de fiesta en fiesta. Cuando ya no le quedaba nadie al lado, se agarró al único acompañante que no le falló ni una sola noche: el alcohol. Así, alcoholizado y perdido de la vida, se presentó en la concentración de la selección irlandesa que, en 1981, el seleccionador Billy Bingham, había formado para seleccionar el equipo que viajaría a España durante el verano siguiente. Tenía treinta y cinco años y, Best, por fin, tenía la oportunidad de disputar un mundial de fútbol. Pero no pudo ser. Los entrenamientos demostraron que era un tipo sin fuelle, los partidos amistosos delataron que era un futbolista sin alma.

Nada más dejar el Manchester United, viajó a Sudáfrica para firmar por el Jewish Guild. Otro continente, una liga menor y muchas expectativas. Para él, la ilusión por conocer gente nueva, para el público, la ilusión por conocer al fenómeno. Faltó a una treintena de entrenamientos y sólo jugó cinco partidos. Se marchó a Estados Unidos para continuar con su ritmo de vida frenético. Tras una de sus famosas fiestas fue detenido después de que la Miss Mundo Marjorie Wallace denunciase el robo de sus pertenencias. La borrachera había sido tal que Best, en lugar de su abrigo, se había puesto el abrigo de su amante quien, antes de depositarlo en el ropero, había guardado sus cosas de valor en uno de sus bolsillos. Unas horas en el calabozo y una anécdota más que contar.

Pero su gran anécdota futbolística surgió en la Lisboa de los años sesenta. Allí se había fraguado un equipo impresionante comandado por el gran Eusebio. Habían ganado la Copa de Europa en 1961 y 1962 y regresaban a lo grande en 1965. El cruce contra el Manchester United no hacía sino presagiar una masacre. Y la hubo. Pero la inversa de los pronósticos. En un partido colosal de George Best, el United goleó al Benfica por un gol a cinco. Al día siguiente, un gran titular poblaba los quioscos de prensa lisboetas: "El Quinto Beatle".

Best era puro rock and roll en una época en la que el pop más acústico se abría paso en el panorama musical. Melena al viento, descaro y portes de galán, le convirtieron en un tipo tan popular como los componentes de los Beatles. Forjó amistad con John Lennon y juntos probaron varias sustancias. Siempre en la cresta de la ola. Siempre en el lugar de la polémica.

Después de su famosa detención, regresó a Inglaterra para fichar por el Dunstable Town. Pagó de su bolsillo ciertos elementos del equipamento del equipo y jugó otros cinco partidos. Su salario condenó al club que, tras descender, terminaría desapareciendo. Después de jugar en el Fulham le dijo adiós a la élite para siempre. Cuando quiso ser consciente de que yo no era ni la sombra de lo que pretendió, se dio cuenta de cuánto talento había desperdiciado. Eso no le alejó del alcohol, sino que lo unió aún más a él. Poco antes de morir, lanzó un mensaje a aquellos que habían crecido mirando sus quiebros y celebrando sus goles: "No muráis como yo".

Y es que George Best murió sólo tras un fallo multiorgánico debido al consumo de inmunosupresores que le recetaron tras ser transplantado de hígado. Siguió bebiendo y siguió sorbiendo la vida hasta su último día. Intubado, derrotado y abandonado por la vida, se dejó morir en una cama de hospital. Un día más tarde, cien mil personas abarrotaban las calles de Belfast. El gobierno irlandés le concedió un funeral de estado y el mundo rememoró, por penúltima vez, aquellos días en los que cambió el fútbol británico para siempre. El Balón de Oro de 1968 irá siempre unido a un cambio de ritmo sin parangón en la historia del fútbol.