viernes, 8 de noviembre de 2019

El VAR está de paso - por Alejandro Mendo (Publicado en Diarios de Fútbol)

Existen pocas experiencias tan empobrecedoras para el bolsillo y a la vez tan enriquecedoras para el alma como irse de Erasmus. Aunque la comparación con la mili tenga algo de odiosa y algo de inexacta, reconozco que aquellos meses forjaron mi carácter —qué diablos significa si no esta expresión— y abastecieron de por vida mi anecdotario personal, por lo que para los nacidos alrededor de la segunda mitad de los 80 y primera de los 90 bien se puede considerar un servicio militar sin uniforme, como mucho con algún disfraz festivo y grotesco que en aquel tiempo parecía una buena idea.
En enero de 2006 me mudé a Sheffield arrastrando una maleta de un tamaño que ya no fabrican; como en cada ciudad en la que he vivido, antes de personarme siquiera en la universidad o de tener amigos estaba jugando un partido menos abrigao de lo que el clima del South Yorkshire sugería. Los futboleros traemos de serie la capacidad de socializar con potenciales compañeros; nos presentamos con humildad postiza —juego en un equipo pero no esperéis gran cosa— y garantizamos sincera e inmediata disponibilidad —¿esta tarde? No problem, ¿me podéis recomendar una tienda de deporte, que me he venido sin botas?— para que la rueda, o mejor dicho el balón, empiece a girar cuanto antes en nuestra nueva vida.
En los diez primeros minutos de juego aprendí más de la cultura inglesa que en un semestre académico. Descubrí el peso desproporcionado de la figura del capitán, que dictaba la alineación y un par de apuntes tácticos muy básicos antes de saltar al campo; me beneficié de la por entonces buena prensa del jugador español en las islas británicas (supongo que gracias a los Cesc, Reyes, Xabi Alonso o Luis García) y empecé como titular sin que nadie hubiera visto un vídeo de YouTube con mis skills; probé en mis carnes esa inconfundible physicality típica de la Premier, y es que no sólo sufría faltas (a mi entender latino) flagrantes que el árbitro ignoraba sino que además recibía improperios de los rivales que por suerte sólo alcanzaba a entender en parte. Fuckin’ diver, ¡a mí!
Al descanso ya había adquirido nivel comentarista de la BBC. El césped natural era y estaba rápido por definición, mejor dar un toque de menos que uno de más y si un adversario te presionaba por sorpresa tus compañeros te avisaban gritándote right/left shoulder!, expresión que me hizo comprobar un par de veces no tener algún insecto en el hombro antes de comprender su significado. Aquello era justo como en la tele: el ritmo era alto, la hierba muy verde, el jodido balón no salía nunca del campo para poder respirar, se abusaba del tackle incluso en zonas embarradas y no se protestaba al árbitro o se hacía para tus adentros, lo que me valió alguna yellow card durante aquellos meses cuando lo hice para mis afueras.
El manual para triunfar en el césped y pasarlo bien en el pub tenía las letras gordas. Si perdías el balón por intentar florituras, bronca del capitán y reprimenda de tu portero que ni veías entre la niebla; si fallabas una ocasión pero terminabas jugada evitando así una contra, aplauso general y unlucky boy! de algún compañero. Aprendí que allí había que escenificar el esfuerzo, que pareciera que ibas a mil por hora y de vez en cuando, eligiendo el momento con cuentagotas, sacar un caño de la chistera para trepar por la escalera social del frágil ecosistema universitario.
La vida en Sheffield era costosa, húmeda y sufrida pero a la vez intensa, divertida y simple como el fútbol británico. Me resulta por tanto natural intuir que el VAR no se hará viejo en las islas, donde el público exige que pasen muchas cosas y que pasen a gran velocidad y empieza ya a detestar profundamente esos frecuentes momentos de limbo a los que nos empujan las decisiones de escuadra y cartabón que se cuecen en un sospechoso monitor. La Premier League fue pionera al introducir un avance tecnológico sensato, objetivo y limpio como la goal-line technology, algo tan maravilloso como hacer vibrar (o no) el reloj del árbitro en tiempo real para dilucidar si el esférico ha traspasado por completo la línea de gol. ¿No bastaba con este bendito guiño del futuro?
En las últimas temporadas en Italia y España se ha experimentado un proceso similar de adaptación al VAR: tras semanas utilizando con frecuencia el nuevo juguete y corrigiendo sin titubeos las decisiones arbitrales (fase 1), se llega a un inevitable corporativismo mezclado con miedo a equivocarse en el que se abre un peligroso círculo vicioso de inacción (fase 2), haciendo que el instrumento sea a todas luces inútil y genere mayor controversia de la que causaba el ojo humano, que no era poca. ¿Sucederá este fenómeno tan Mediterráneo en Inglaterra? Está por ver.
Un indicador fiable son los minutos de descuento que se aplican en la Liga y en la Premier. Lo comenté hace tiempo en un tweet: la diferencia entre árbitros españoles e ingleses es sobre todo cultural. Mientras en Inglaterra quieren que sigan pasando cosas, en España se impone el virgencita, que me quede como estoy y el terror a cometer más fallos. 
Medio en broma medio en serio, en mi Erasmus provocaba a mis teammates asegurando que los británicos hacen todo lo posible por desmarcarse de las reglas vigentes en The Continent, como ellos dicen. Por llevar la contraria, vaya. La Premier League tiene ahora una oportunidad de oro para añadir la abolición del VAR a la lista de diferencias culturales con Europa: además de conducir on the wrong side o utilizar una moneda diferente, su liga puede convertirse de verdad en un producto único al eliminar la confusión y —sobre todo— suspensión de emociones que el VAR ha traído bajo el brazo.
Yo estuve allí únicamente de paso pero me atrevo a decir que el VAR no durará en las islas.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Ya no nos vale el VAR

En el análisis aparece el razonamiento, la síntesis, sin embargo, está cargada de razones contrapuestas, porque, más allá de las verdades, viven los intereses y, junto a estos, perduran las situaciones que, en nuestra memoria, sólo toman una forma; aquella que nosotros queremos darla. Por ello, cuando intentan rebatirnos con argumentos, tiramos de ideario y cuando intentan convencernos con ideas, tiramos de frustración.

Fueron muchos los que anunciaron el fin de las injusticias cuando empezaron a hablar de la implantación del VAR. Son los mismos que hoy anuncian el apocalipsis del fútbol agarrados a las estadísticas y pretendiendo hacer creer lo que todo el mundo sabíamos de antemano; los equipos grandes se iban a ver más perjudicados porque las pantallas no mienten y suelen mostrar lo que realmente ha ocurrido.

Cuando la directiva del equipo que manda pone en marcha la maquinaria ya no hay quien pare la fuerza del relato. Nos hacen saber que sin las decisiones del VAR el equipo tendría seis puntos más. Bien analizado, lo que quieren decir es que con errores arbitrales el equipo iría primero. Y eso es lo que molesta, que la tecnología haya llegado para dejarles en bragas.

Pero como el análisis tiene una carga de razonamiento y en la síntesis aparecen las razones contrapuestas, es mejor jugar a poner en duda el invento antes de detenerse en la verdadera razón del cúmulo de errores en la interpretación. La guerra entre la Liga y la Federación la están pagando todos. Pero el todo, como conjunto vacío de propaganda, no existe, sino que existe el uno, grande y libre, como en la dictadura de lo interpuesto. Esos que hoy se quejan porque el invento les está saliendo rana serán los mismos que aplaudirán su aplicación el día que les favorezca. Y sino que tiren de hemeroteca. Atlético y Ajax en la misma semana del pasado mes de febrero.

El problema de la memoria es que sólo funciona a corto plazo y, generalmente, movida por intereres.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Desde Moncada con elegancia

Había un tipo tan elegante como competitivo. Jugaba de cierre, al que llamaban hombre libre, de tipo escoba que barría balones sueltos y los sacaba jugados como el mejor centrocampista. Tranco largo, pelo ensortijado, mirada periférica. Era un goleador inhabitual porque siempre ganaba los córners, porque siempre que entraba en el área contraria era para dejar cuenta de su munición.

Pero su punto de encuentro era el área propia. Allí encontraba el hábitat y desde allí hacía fluir el juego. Formó pareja con Arias, encontró sociedades con Saura y Subirats, se convirtió en el sentido del oído del murciélago valenciano, siempre intuyendo el peligro, siempre con la cabeza arriba, siempre con la aventura más audaz entre una ceja y la otra.

Cuando el Madrid recuperó el poder económico viajó a Valencia para traer al enemigo que les había hecho perder una liga con un cabezazo imponente. El Madrid creció y el Valencia menguó hasta ver sus huesos en la segunda división. En la Castellana se encontró con Maceda, el tipo que le había negado la internacionalidad durante los años anteriores y con Sanchís, el tipo que habría de negársela durante los años posteriores.

En Madrid engrosó su palmarés y encontró mucho respeto, pero jamás recuperó el cariño que había dejado en su tierra. Marchó a Burgos para jugar un último año y dejó que la cátedra la sentasen nuevos tipos con nuevas formas de ver el fútbol. La suya era manera periférica porque tenía el campo entero en su campo de visión. Salía desde atrás, tiraba paredes, se encontraba en la frontal y siempre encontraba la ventaja para poder decidir. Y en cada balón parado era el hombre del saco, porque nada daba más miedo que su frente dispuesta.

La historia suele ser más justa con aquellos tipos que alcanzaron la gloria en equipos de leyenda. Muchas veces creemos recordar a alguien sólo porque estuvo ahí en un momento puntual. Miguel Tendillo formó parte del Madrid de la Quinta del Buitre, pero antes de ello había formado parte de un Valencia colosal que, Kempes mediante, le había plantado cara a los equipos más poderosos de España.


martes, 29 de octubre de 2019

Quien paga manda

Acostumbrados a la moda de la exigencia, nos creemos poseedores de la verdad sólo porque somos meros consumidores del producto, porque de nuestros bolsillos salen los emolumentos de esos tipos que, pobres ellos, corretean por el campo en busca del balón con el único objetivo de saciar nuestra felicidad. Tanta presión para un pedazo de gloria, tanto esfuerzo, casi siempre, para nada.

Le ha ocurrido una cosa curiosa al aficionado atlético relacionado con el supremacismo al que se ha vendido la prensa deportiva. Desde aquella pancarta que rezaba "Orgullosos de no ser como vosotros" han sucedido varias derrotas y algún fracaso. Dado que el supremacismo indica que solamente triunfa quien vende y solamente se relativiza el fracaso si se pone por medio la excusa de la transitoriedad, han sido muchos los aficionados que han comprado la teoría de que sólo ganar otorga la exquisitez y solamente la victoria señala a los auténticos elegidos para la memoria.

Al final nos hemos vuelto como ellos porque hemos comprado su mensaje. A todos nos gusta ganar, a todos nos gusta, además, gustar, a todos nos gusta ser el rey del mambo porque en este mundo en el que nos hemos metido nos importa más restregar la victoria al rival que celebrarla con el compañero. Y en esa tesitura el aficionado del atlético se encuentra en una disposición difícil de digerir: primero le dijeron que su equipo tenía la mejor plantilla de su historia cuando ha vendido a varios de sus mejores jugadores, después le dijeron que estaba obligado a ganarlo todo cuando nunca ha ganado una Champions y solo una liga y una copa de las últimas veintitrés, y, por último, les hicieron creer que su entrenador tenía que variar su forma de jugar porque los cánones, sus cánones, indicaban que el Atleti no debía estar peleando por la liga durante más de dos años consecutivos. Y claro, jugando como ellos no quieren que juegue, no lleva dos sino siete.

Y claro, como quien paga manda, el personal se cree con derecho a exigir lo que les piden que exija, porque sí, porque tienen derecho a un fútbol mejor y porque, qué narices, ya son muchos años tragando Champions ajenas y se huelen la tostada de que este año igual tampoco les ganan la liga a los dos equipos más poderosos del mundo. Como si eso se hiciese con la gorra todos los años.

Nadie se ha parado a sopesar, de verdad, hasta qué punto fue milagrosa la liga ganada en 2014, hasta qué punto fue meritorio que un equipo llegado de la nada, le levantase el título al Madrid de Cristiano y al Barça de Messi, ganadores de nueve Champions entre los dos, auténticas leyendas conductoras de dos equipos históricos. Nadie ha ido analizando como Simeone ha tenido que ir recomponiendo su equipo año tras año, sin Falcao primero, sin Costa después, sin Gabi más tarde y ahora sin Griezmann ni Godín. Ha nadie le interesa contar la verdad porque, claro, lo que interesa es vender el fracaso de un tipo que recogió un muerto y lo convirtió en campeón.

Ahora bien, comprar los billetes para discutir a un entrenador tiene el pase de la exigencia y la necesidad, pero ¿Qué lleva al aficionado de un equipo a silbar a su capitán? ¿Qué lleva al aficionado de su equipo a discutir públicamente a un tipo que lleva el escudo de su equipo pegado en el corazón? ¿De verdad el precio de una entrada, el valor de un abono, da derecho a ser injusto? Quien paga manda. Y quien manda, en el fondo, sigue siendo un aficionado más. Como ellos, como todos.

martes, 22 de octubre de 2019

El Nibelungo

El gran Héctor del Mar, fallecido hace meses y maestro de narradores, gustaba de señalar futbolistas con apodos de distinción. Había uno que era un bombón, otro un fenómeno, otro un macho y otro un llaverito. Por encima de todos se distinguía la figura rubia e imponente de un tipo al que conocía como "El Nibelungo".

En la mitología germánica, los nibelungos eran tipos que acumulaban poder y riquezas y cuyo rey fue derrotado por Sígfrido. A Schuster, futbolísticamente, muy pocos le derrotaron, porque el tipo entendía el fútbol como si se tratase de una extensión de la vida. Tenía carácter, era listo y era audaz. Tenía un guante en el pie derecho y un mueble con estantería en la cabeza. Como una brújula andante, buscaba el norte y encontraba siempre al compañero mejor colocado. Pudo haber sido un futbolista de cariz histórico, pero una lesión de cambió la vida.

Antes de Goico, Schuster era un box to box de manual. Un tipo de tranco largo y mirada siempre en el frente. Era lo suficientemente rápido como para acompañar y lo suficientemente hábil como para conducir. Vivía de tirar paredes, encontrar desmarques y ganar la zona de tres cuartos. Después de Goico, Schuster perdió la velocidad y cierta capacidad de regate, pero supo reinventarse porque en sus piernas había mucho fútbol y en su cabeza seguía habiendo muchos espacios libres.

Retrasó su posición, encontró una posición más periférica y se dedicó a jugar andando, cada vez más a medida que iba cumpliendo años. Cuando llegó al Atlético, tras haber sentado cátedra en el Barça y el Madrid, se le tenía por un jugador apagado y falto de carisma. Se encargó de cerrar bocas y apagar dudas dando lecciones de fútbol desde el círculo central. Fue el engranaje perfecto para que Futre abriese por fin la puerta que se le cerraba y fue el guía para una tropa que luchó una liga después de muchos años y ganó dos Copas después de una travesía en el desierto.

Acabó sus días en Alemania, el país que le despreció por haberse marchado fuera cuando era un joven con ínfulas; el país que le negó éxitos internacionales y donde marchó para marchitarse mientras se recondujo como defensa libre. Una muesca más en una carrera trufada de éxitos y, sobre todo, lecciones de fútbol. El nibelungo era el dueño del anillo y con él los dominaba a todos. Porque Schuster no creía en leyendas, pero sabía conjugar las mejores historias.


miércoles, 16 de octubre de 2019

La persona y el futbolista

La tendencia a la confrontación se ha convertido en una necesidad tan demandada que solemos ocupar el espacio de opinión mucho antes de analizar aquel está ocupado por la información. Nos detiene el titular y, sobre todo, nos detiene la palabra ajena porque generalmente sólo la analizamos desde dos perspectivas opuestas: o dice lo que pensamos y entonces aplaudimos, o dice lo que no pensamos y, entonces, berreamos.

No estoy de acuerdo con Guardiola; España no me parece un estado opresor. Han pasado muchos años desde aquello y está claro que entre la nostalgia y el poco olvido, seguimos disparándonos en el pie mientras nos empeñamos en pasar página. Tenemos muchas cosas que mejorar ¿Quién no? Pero ni oprimimos por decreto, ni encarcelamos por sistema.

No estoy de acuerdo con Xavi; Qatar, siendo una dictadura que reprime a los homosexuales, que discrimina a la mujer y que condiciona a los niños, no puede funcionar mejor que España. Nunca. Se puede dar el hecho de que no te gusten cosas de tu país ¿Quién está de acuerdo con todo? Nadie. Pero de ahí a cuestionar el funcionamiento del mismo en comparación con un estado represor media un mundo.

Ahora bien, hemos de tener en cuenta de que cada vez que proferimos un insulto lo hacemos ante un personaje que no conocemos como persona. Y hay que tener en cuenta, sobre todo, que el desdén personal debería estar separado, siempre, de la admiración profesional. Estoy en profundo desacuerdo con ellos en su hipótesis acusativa pero puedo llegar empatizar, que no coincidir, con ciertos puntos de vista. Aquí es donde entra el carácter peyorativo del análisis: no nos gusta pensar, sólo nos gusta saber quién y cómo nos contrarian.

Seguiré admirando profundamente al entrenador; para mí, el mejor de lo que llevamos de siglo, y seguiré admirando profundamente al futbolista, para mí, el más importante en la historia de nuestro país. Porque a mí no me gusta confundir profesionalidad y juego con personalidad y pensamiento ajeno al mismo, porque una cosa es lo que dicen y otra es lo que hicieron cuando el fútbol dependió de ellos. Ojalá España y Cataluña encuentren una posición común desde la que sentarse a hacer las paces, ojalá algún día Guardiola y Xavi sepan reconocer lo que su país ha hecho (o ha dejado de hacer por ellos), pero, sobre todo, ojalá la gente supiese separar lo personal de lo profesional porque, palabras más o palabras menos, los dos han sido los mejores en lo suyo y eso no habrá declaración que lo empañe nunca.

jueves, 3 de octubre de 2019

Volvió la Champions

A veces, un pírrico final ensombrece un camino fastuoso. Hay veces que la memoria juega malas pasadas y nos redacta un informe de valoración basado en últimos detalles con tendencia a obviar aquellos que condujeron hacia el último suspiro. La última final de la Champions League fue tan mala que quedará en la mente como un ejemplo de inoperancia, porque nuestra memoria es tan selectiva que gusta de los extremos antes que de la degustación pausada; aquella sopa estaba fría o aquella sopa estaba caliente. Tenemos el paladar tan sensible que corremos el riesgo de olvidar el sabor de la mejor carne a la brasa en el mejor banquete de nuestras vidas. Todo porque el postre vino con la leche cortada. Es igual. La final fue un tostón, vale, pero el camino hacia la misma fue tan ostentoso que resulta imposible no volver a mirar atrás y tener ganas de más. Porque nada nos gusta más que aquello que, aunque sea capaz de herirnos, saque de nosotros las mejores dosis de disfrute banal.

Vuelve la Champions y con ella regresa el espectáculo. Como diría Pepe Domingo Castaño, la de la emoción, la de los goles, la del sonido inconfundible. Porque hay algo de reverberación pegadiza en esa sintonía que nos retrotrae a la infancia, a los duelos a cara o cruz, a los goles fastuosos, a las celebraciones más desbocadas. Porque la Champions separa el trigo de la paja, resucita muertos, cura enfermos, analiza consecuencias. No vale el miedo porque el coco está al acecho, bien lo puede jurar el Atleti. No vale la confianza porque la sorpresa siempre vive pendiente de una alerta, bien lo puede asegurar el Madrid. No valen las medias tintas porque el vigor siempre será un arma de destrucción contra los pusilánimes, bien lo puede recordar el Barça.

Porque la Champions volverá a ser un gol de Lucas Moura contra el cronómetro, una carrera desenfrenada de Meres contra el Bernabéu, un gol de Origi contra la caraja, un hat trick de Cristiano contra la euforia desmedida. La Champions no hace prisioneros y retrata al más pintado. La Champions es glamour con traje de faena y un otoño frío que se calienta en vísperas de primavera.


martes, 3 de septiembre de 2019

Los duros principios

El catastrofismo, igual que el exceso de jolgorio, suele convertirse en prisión emocional de la opinión pública una vez han contrastado que su hilo, como conductor de corriente, mueve tantas pasiones como portadas es capaz de generar. El análisis, sin embargo, como punto de partida a la hora de predecir cualquier barbaridad, es apartado a un lado de la mesa porque interesa más creer lo que va a pasar antes de deducir en qué estado llegarán los barcos realmente al puerto.

Suele ser tradición que los equipos grandes se dejen puntos a principio de temporada. Suele ser tradición porque en la vorágine comercial en la que vivimos, cada uno de nuestros equipo se ha convertido en carne de mercado y, a medida que aumentan su grandeza patrimonial, van planificando sus veranos en función a una ley de la oferta y la demanda que les envía cada vez más lejos y cada vez durante más tiempo.

A los equipos importantes les interesa más el final que el principio. Les interesa más estar como una moto en marzo que estar como un Ferrari en septiembre. Por eso, por planificación, por desinterés y por filiación mercantil, suelen ser comparsas a final de verano para irse convirtiendo, poco a poco, en auténticos adalides de la competición. Y es por ello que suelen tener malos comienzos de temporada que van solventando con el paso de los meses y, sobre todo, con la aplastante diferencia de talento que atesoran en comparación con el resto de sus rivales.

Pero, claro, para qué vamos a tomarnos en serio el análisis, para qué vamos a perder el tiempo mirando atrás y para qué vamos a saber que, realmente, la liga se la van a jugar entre los dos de siempre por más que los agoreros de la desinformación se empeñen en vender emergencias y catástrofes. No son fáciles los comienzos de temporada porque falta tensión, capacidad física y poder de reacción. Y, sobre todo, falta la motivación de saber que la temporada ha empezado de verdad. Cuando empiece la Champions y la maquinaria empiece a funcionar, los engranajes irán moviendo la locomotora y entonces los que hoy son agoreros serán cómplices de la exageración. Pero en el sentido contrario. En cuanto ganen cuatro partidos seguidos, ya no habrá equipo que se les compare en la historia del deporte.

viernes, 12 de julio de 2019

La experiencia como valor

En todo campeonato de selecciones inferiores se juntan la bisoñez con el talento y la pretensión con la falta de rodaje. Es por eso que muchas veces, chicos que destacan con mucho ruido en campeonatos inferiores, terminan sorbidos por su propia expectativa y, sobre todo, por la realidad que le coloca ante hombres formados y tipos que se ganan el pan en cada lance. A medida que los niños crecen, sólo los que conocen su cuerpo y saben jugar con él a competir, son los que terminan asentándose en la élite como dueños de su propio destino.

En la categoría sub21, sin embargo, cuenta mucho más la experiencia que el talento improvisado, porque los niños se han visto obligados a crecer y, sobre todo, a tomar responsabilidades. En ese sentido, España acudía a Italia con la seguridad de partir como favorita, porque no sólo partía con un equipo talentoso sino que partía con un equipo más que experimentado.

Dejando a un lado la bisoñez de los defensores, las líneas de ataque y creación estaba formada por tipos con más de cien partidos en primera. Y eso sólo con veintidós años. Marc Roca es el eje bisagra sobre el que pivota el juego de contención, es el tipo que ayuda en los espacios, el que socorre a los laterales, el que oxigena al cerebro. Porque el cerebro, Fabián, es el tipo de futbolista excelso del que siempre hemos presumido. Aseado en el juego y firme en la conducción, entiende el fútbol como un juego de conceptos: no arriesgar en la salida y buscar siempre la mejor situación en el ataque. Allí enlzaba con Ceballos, otro artista de la escuela bética que tiene un manual de claqué en cada pie y un regusto por lo fino en la cabeza.

Dani Olmo es seda en tres cuartos y Fornals es decisión improvisada. Oyarzábal, que pone la guinda al pastel, es de la estirpe de los futbolistas que saben jugar al fútbol sin que la definición signifique perogrullo alguno. Conoce los lugares donde recibir y, sobre todo, conoce los lugares donde no molestar. Ataca el espacio con inteligencia y suele verse libre de contraindicaciones porque generalmente encuentra el desmarque correcto.

Todos ellos apoyados, desde fuera, por otros tipos de semejante calado e importancia trascendental. El ya veterano emigrante Aaron, el buscafortunas Mayoral o el futuro capitán del Valencia Carlos Soler, entre otros. No les hizo falta la presencia de Rodri o Asensio, quienes, obligados por sus clubes o instados por cuenta propia, prefirieron vacacionar antes que comprometerse. Dio igual, porque estuvieron los que quisieron y cumplieron los que debieron. Porque deber y querer es el mismo juego cuando el talento y la experiencia se conjugan en un mismo verbo: ganar. Jugaron como quisieron, ganaron como debieron.

El futuro ya está aquí

La velocidad, como arma arrojadiza ante el adversario, es un tormento estratégico que los entrenadores tratan de aplicar sobre sus rivales. Hay un punto de excitación en la velocidad que conduce hacia el vértigo y hay un punto de suicidio en el vértigo que conduce hacia el borde del abismo. Saber medirse es necesario, saber frenar es imprescindible.

En uno de los anuncios más magníficos de los años noventa, un Ronaldo de aspecto imponente y transición imparable, se presentaba con goma de neumático en los pies y repasaba sus mejores jugadas coronándose con una frase que se convirtió en inmortal: La potencia sin control no sirve de nada.

Desde entonces, han sido muchos los llamados herederos de Ronaldo, pero muy pocos los capaces de asombrar al mundo con potencia, control y gol. Y, sobre todo, con espectáculo. En todo este tiempo hemos visto a tipos muy capaces con la pelota pero ciegos ante la portería y tipos con muy buen remate pero muy poca condición para el desborde. Todos las grandes virtudes que un día adivinamos en el brasileño las reecontramos hoy en el fútbol de Kylian Mbappe.

Mbappe juega al fútbol más rápido que nadie pero, además, cuenta con la virtud de saber frenar mejor que nadie. Cuando domine la pausa, cuando reduzca los esfuerzos, cuando aprenda a vivir respirando el aire de los espacios, será el tipo más determinante del planeta. En una época en la que Messi y Cristiano siguen dominando el fútbol con puño de hierro, se adivinan pocos herederos para su trono. Neymar es samba en una cabeza desestructurada, Griezmann es sabiduría en una cabeza compleja y Hazard es vértigo en una cabeza voluble.

Pero Mpabbe es velocidad, regate y gol. Todo lo hace rápido y casi todo lo hace bien. Y le gusta ganar, y quiere ganar. Es esa potencia controlada que sirve de mucho para el Paris Saint Germain, el hombre llamado a liderar la próxima generación francesa y el chico con el que sueñan todos los grandes equipos del continente.