viernes, 17 de enero de 2020

Que Viva el Rey

Sobrevive en el gen del ser humano un instinto de supervivencia que le obliga a adaptarse al medio por más que el medio se vuelva salvaje y cruel. En el tiempo de las prisas, de las exigencias y de la necesidad de verse en las portadas del éxito, el dirigente futbolístico ha perdido, no sólo la paciencia, sino también la compostura. De esta manera, se explica esa actitud, tan comprometida con los tiempos que corren, que ha tenido la directiva del Barcelona con su último entrenador antes de despedirlo por los buenos servicios prestados.

Porque Valverde no fue un gato de siete vidas sino que gastó su única oportunidad en Roma y, desde entonces, no fue sino gastando los créditos de una renta ganada por el respeto del vestuario y por el comando obtenido en el campeonato de Liga. El problema, más allá del fútbol, llegó desde la exigencia etérea, porque no sólo contaba con lo que el Barça no podía hacer, sino con todo aquello que su rival sí hizo. Por ello, cualquier campeonato doméstico fue devaluado, cualquier récord de permanencia en el primer puesto fue puesto en duda, cualquier asalto al Bernabéu fue devaluado.

Porque la etapa de Valverde tendrá dos puntos de medición: Roma y Liverpool. Porque a Valverde le esperaban con la soga preparada y el patíbulo lleno de espectadores. Por ello, no resultó extraño a los propios que el tipo fuese vilipendiado después de perder un partido en el que jugó extraordinariamente bien durante más de una hora ¿El problema? La acuciante necesidad de sentirse superior a un sólo equipo en el mundo. Un mes atrás, el Madrid bailó en el Camp Nou y dejó al equipo en cueros en cuanto al juego. Le salvó el resultado, pero no le salvó el día que España rememoraba la lección blanca ante el Valencia en semifinales mientras el Atleti dejaba al Barça sin la final que toda Arabia buscaba.

No hay nada que delate la catadura moral de una persona que las formas utilizadas para llevar a cabo un compromiso. Mientras Valverde regresaba a casa con la moral en el suelo pero la ilusión en las nubes, el Barça llamó a Xavi, llamó a Pochettino y tanteó las posibilidades del entrenador del segundo equipo. Como el Barça no encontraba recambio ni a los postres, Valverde seguía formando parte del club mientras su cabeza pendía del hilo de la última llamada. La urgencia tuvo nombre de Quique Setién y, Valverde hubo de verse en el mercado de abastos como el último mono en un puesto de cacharros.

Tengo gran respeto por la forma de juego que propone Quique Setién. Me parece un tipo que tiene más ego que carácter y que tendrá que adaptar su discurso al de un grupo de millonarios. Tendrá que hacerlos creer, de nuevo, en ellos mismos y saber, sobre todo, que ha caído dentro de una jaula de grillos. Sabemos su faceta como encantador de serpientes, ahora habrá que medir su capacidad para domar leones. La oportunidad, única por el momento y por el club, no es más que un caramelo envenenado ante el que tiene que buscar antídoto. El equipo es líder y pelea por todo. No le quedará otra que mantenerse arriba y no dejarse eliminar en Champions. La exigencia es esa, es el Barça y si no cumple ya sabe como allí se las gastan. Patada en el culo, ningún agradecimiento y, si el Rey ha muerto, pues que viva el Rey.

martes, 14 de enero de 2020

El pájaro

Es extraña la capacidad de algunos futbolistas para adecuarse en un entorno, generalmente, seducidos por la falda corta de la sencillez, son muchos los que destacan en equipos menores sin ser capaces de dar el salto cuantitativo porque para ellos, la exigencia no pasa más allá de los meros objetivos. Nada que reprochar, la historia de cada club está llena de auténticos héroes que hicieron carrera en casa o tuvieron que regresar a ella cuando fueron conscientes de que sus capacidades, tanto mentales como competitivas, no casaban con las máximas exigencias.

Otros, sin embargo, quizá los menos, han seguido el camino opuesto sin demasiados traumas. De haber fracasado en su intento de consolidación, han dado el paso al frente con la seguridad de los que saben que las puertas se derriban con aplomo y, sobre todo, con constancia. En este lugar, ningún ámbito ha sido históricamente tan particular como el Real Madrid. Trufado, históricamente, por los mejores talentos que han visto los tiempos, sus espectadores, más ávidos por el mordisco que por la degustación, han encumbrado a tipos que, en principio, parecían de lo más improbables.

Así, entre la omnipresencia de Di Stéfano, la genialidad de Amancio o la asombrosa improvisación de Juanito, sobrevivieron, durante décadas, el trabajo de Zárraga, la incansable consistencia de Pirri o la pierna constante de Camacho. Del Bosque tuvo a su Stielike, La Quinta a su Chendo y hasta los galácticos gozaron del favor de Makelele para que pudiesen flotar mientras él corría. En este Madrid de nuevo cuño ha aparecido un tipo que sube y baja con la cabeza flotante y las piernas incansables y que ha dotado de oxígeno a un centro del campo que respira fútbol desde el vestuario.

La improbabilidad de Fede Valverde radica en su pasado más reciente. Cedido al Deportivo La Coruña hace un par de temporadas, no sólo no fue capaz de derribar la puerta sino que se mostró como un futbolista tímido y sin radio de acción. Le pudo el debut en la élite y le pudo, sobre todo, la desidia de un equipo que caía en barrena hacia el pozo. Con esa carta de presentación no parecía que el Real Madrid tuviese un futbolista apto para su primera plantilla, pero el tiempo, la paciencia y la recuperación anímica del equipo han dado con un futbolista brillante que no sólo brilla sino que hace brillar a todos sus compañeros.

Se adivina en Valverde un despliegue físico que, a simple vista, parece improbable en un jugador de aspecto tan liviano, pero no sólo tiene físico sino que muestra una potencia en la conducción capaz de romper líneas al enemigo. Le apodaron "pajarito" porque, de pequeño, volaba por el campo. De mayor, con mayores alas y mayor rango de alcance en el vuelo, el pajarito es todo un pájaro rapaz que, garras mediante, roba pelotas y las conduce, en vuelo rasante, hacia las inmediaciones del área contraria.

jueves, 9 de enero de 2020

Alma y escudo

Sobrevive en el Real Madrid un áurea de orgullo que lo ha colocado en la cima del mundo y que sirve como gancho guía cada vez que la montaña se derrumba. No existe más drama que el presente y no existe más obligación que el pasado, por ello, más allá de los lamentos existen las aventuras y los renacimientos. A rey muerto, rey puesto, a montaña erosionada, un nuevo Everest.

Los análisis tremendistas en el Madrid no son sino la consecuencia de un devenir histórico marcado por la exigencia. No valen los segundos puestos, no valen las derrotas y, últimamente, ni siquiera valen ya los empates. Por ello, cuando son conscientes de que no siempre se gana y que el deporte es un juego donde la competición aúna hambre con ganas de comer, es cuando, de bruces en el suelo, vuelven a buscar la puerta de salida en el fondo del garito.

Tomar aire, respirar y llenar la cartera de nuevo para pagar nuevas copas. Siempre el más rico del baile, el Madrid se ha acostumbrado al caviar y al champagne francés, pese a ello, cuando las circunstancias indican una contradicción, es cuando suelen levantar la testa, reivindicarse por su propio nombre y tirar de alma y escudo, porque la tradición no se gana en un año y el respeto no se gana en menos de una vida.

La primera temporada post Ronaldo fue tan dramática que el equipo se descompuso cuando fue consciente de que no era capaz de dominar los partidos en el área rival. Acostumbrado a encontrar el oasis en cualquier desierto, fueron muriendo de sed hasta verse despojados de su corona de campeón. Perdió la identidad en Europa y lo perdió todo. Ante la tragedia sólo quedaba redimirse y ante el lamento sólo quedaba reinventarse.

Tiene Zidane varios méritos en su haber, pero ninguno se realza como el de saber levantar al equipo de sus peores siestas. Lo hizo la vez primera y lo ha hecho de nuevo después de verse abocado a sendas transiciones que pusieron a la afición de uñas y al club patas arriba. Puede que el tipo no sea un gran estratega (es lo que dicen), o que no sea un gran lector de partidos (es lo que opinan), pero el trabajo psicológico que ha realizado (y ha repetido) con el equipo está a la altura de los mejores motivadores. Porque más allá del fútbol, que lo tiene, y de la calidad, que le sobra, el Madrid tiene hoy alma y, sobre todo, ha puesto el escudo por encima de todas las propuestas. Y cuando el Madrid juega con alma y escudo es como un tercio de infantería cargando a muerte sobre su rival. Sálvese quien pueda.


viernes, 20 de diciembre de 2019

Ida y vuelta

La inexperiencia suele ir acompañada, en numerosas ocasiones, de un halo de miedo que nos hace perder la perspectiva. Es muy difícil salir airoso de un lance, cuando todos los ojos están puestos en ti, si no tienes la personalidad suficiente y, sobre todo, no tienes el aplomo necesario para desnudarte en público. Más allá de las decepciones, la solución a los tropiezos es creer en uno mismo porque lo que muchos pasan a llamar fracaso no pasa, muchas veces, de ser un mero escollo en el camino hacia la consolidación. Quien sabe aprender de las decepciones sabe que las segundas oportunidades se ganan desde el trabajo y se consolidan desde el descaro.

Kevin De Bruyne llegó demasiado joven a la Premier League. Era liviano, imberbe y tenía cara de niño. De ser una incipiente promesa en el fútbol belga le dieron la responsabilidad de liderar el ataque de todo un campeón de Europa. Ni pudo ni quiso. No pudo porque su cuerpo no aguantaba el ritmo de la élite y no quiso porque su cabeza no aguantaba el ritmo de la exigencia. Así pues hubo de hacer parada y fonda en Alemania y reconstruirse en Wolfsburgo. Allí demostró ser un jugador de una pieza. Generoso en el esfuerzo, dinámico en la combinación y, sobre todo, vertiginoso en las conducciones.

Tras un periodo de adaptación con Pellegrini, Guardiola se encuentra un futbolista con un potencial extraordinario. Perfecto para el desarrollo de su juego de posición y con las virtudes necesarias en un gran centrocampista; dinamismo, visión y desplazamiento. Si a eso añadimos una importante capacidad para llegar a posiciones de remate, nos encontramos con un jugador extraordinario llamado a liderar al Manchester City durante el siguiente lustro.

Un jugador de ida y vuelta. De ida y vuelta en la vida; un aprendiz del fracaso que supo regenerar su juego y, sobre todo, su cabeza. Un tipo que necesitaba un apeadero para lamer heridas y coger siguiente tren. Y de ida y vuelta en el campo; un box to box que inicia en su cancha y avanza en conducciones y combinaciones hasta convertir cada jugada en un filtro de necesidad, porque él es el embudo por el que se estrechan las dificultades. El penúltimo pase, el pase final o el disparo definitivo. Guardiola no sabría vivir sin él.

martes, 17 de diciembre de 2019

Cuento de Navidad

Bob Cratchit es un tipo triste y abnegado que vive un perpetuo sueño de justicia mientras rumia su desgracia y trata de vivir con dignidad. La abundancia no entra en sus planes de vida y mucho menos la ilusión de ser considerado como una persona de provecho por su jefe. Ebenezer Scrooge es, por contra, un tipo avaro y amargado que vive en soledad mientras rumia su rabia y trata de consolar su maltrecho ego en contradicción contra los preceptos de justicia. La caridad no entra en sus planes de vida y mucho menos la empatía.

Pero he aquí que ciertos espectros visitan la morada de Scrooge y este puede enfrentarse, cara a cara, con la crueldad que emana de su falta de caridad y su exceso de avaricia. Sus seres más cercanos murieron en un halo de tristeza y su poca familia echa de menos el calor de un abrazo. Su empleado, Cratchit, es, además un tipo maltratado cuyo hijo vive en la indigencia y sólo aspira a sobrevivir un día más en un invierno crudo dentro de un mundo cruel.

Scrooge entiende, entonces, que de su propia supervivencia dependen la supervivencia de sus ajenos, que de su caridad emanaran necesidades básicas para sus allegados, no sólo las tangibles sino otras, acaso tan necesarias, como el amor, la amistad y la comprensión. Al calor de sus nuevos actos, la gente recoge sus prebendas y él obtiene la recompensa de la satisfacción personal como el camino más directo hacia la felicidad.

El Getafe era un equipo aguerrido pero abnegado a su suerte que vivía su perpetuo sueño de grandeza mientras rumiaba su realidad y trataba de sobrevivir con dignidad. Las grandes gestas no entraban en su planes por más que rememoraba noches de codeo y remontada, y mucho menos soñaba con consolidarse después de haber muerto y resucitado por mor de un tipo tan sobrio y lleno de fe como José Bordalás. La competición, por contra, seguía siendo esa hidra de dos cabezas que devoraba víctimas y no se paraba a recoger los cadáveres. No existía el consuelo y mucho menos la esperanza.

Pero he aquí que ciertas amenazas inquietan la supervivencia de la competición, en continua guerra contra las federaciones y esta puede enfrentarse, cara a cara, con la crueldad de la hidra y su exceso de opulencia. Sus clientes menos poderosos mueren de desidia y los pocos apoyos que le quedan le piden una moratoria. Sus penitentes más necesitados, Getafes y similares, son equipos maltratados por sistema que han de vivir de migajas y no aspiran más que a la supervivencia y a olvidarse de cualquier sueño de grandeza.

La competición entiende, entonces, que, para poder sobrevivir, necesita la supervivencia de aquellos pobres desgraciados a los que había obviado sin compasión. Sin quitarle el caramelo de la eternidad a las dos cabezas de la hidra, se vio obligado a negociar nuevos tratados de reparto e, intangibles innecesarios aparte, porque este mundo, el egoísmo impera en cualquier punto de la pirámide, los tangibles ayudaron a los equipos menores a soñar con una cota de grandeza. Al menos durante unos meses. Al menos durante la vida que durase el recuerdo. Así, recogiendo las limosnas del patrón, el Getafe creyó en su proyecto y Bordalás puso el trabajo y la cordura necesarias para plasmar el milagros y ahora, recompensa en el buche y sueños en la mirada, caminan por la liga con la satisfacción de saber que solamente la realidad les puede descabalgar en esta carrera hacia los sueños.

jueves, 12 de diciembre de 2019

El lobo blanco

El lobo es un animal de arrebatos, un ser sibilino que acecha la presa, camina despacio y dentellea con la fuerza de un tiburón. Es un animal salvaje que vive de la emboscada, que se desarrolla en manada y sabe encontrar la flaqueza de la presa cuando esta está jadeante y asustada. El lobo blanco de Calais vivía de remates bestiales, de desmarques silenciosos, de peleas incontrolables. Le pegaba a la pelota con el alma y celebraba con el corazón. El lobo blanco de Calais fue Balón de Oro en Europa y un depredador inmortal tras los acantilados de la Costa Azul.

Jean-Pierre Papin empezó marcando dudas en Vichy y se consolidó marcando goles en Brujas. Aquella experiencia en Bélgica le curtió y le convirtió en referencia del fútbol europeo. Acompañó a la expedición francesa que alcanzó semifinales en México y se convirtió en la referencia del equipo francés más potente hasta el momento, en cuanto ha sido el único capaz de ganar la Copa de Europa.

Seis años en Marsella y casi doscientos goles. Pero, sobre todo, la sensación constante de que aquel fútbol se le quedaba pequeño. Fue por ello que aceptó el reto y cruzó los Alpes en dirección a Italia, al mejor equipo del mundo, a ese equipo que brillaba al ritmo de tres holandeses capaces de entenderse con los ojos cerrados. Y allí encontró su pared. Era bueno en el remate, era ambicioso y era fuerte en la pelea, pero no era mejor que Van Basten.

Para colmo, aquel mismo año el Milan terminaría perdiendo la final de la Champions League ante el Olympique de Marsella. Tanto tiempo remando para alcanzar el título y al final el título estaba más cerca de casa de lo que hubiese creído.

Aquella decepción le pudo. Marchó a Munich y regresó a Francia, pero no volvió a regresar al gol. Poco a poco se fue apagando como el lobo que busca cueva para dejarse morir bajo la luna. Sus últimos aullidos fueron en Guingamp, en un equipo de categoría menor. Quería seguir sintiéndose futbolista y se dio cuenta de que había dejado de ser delantero. Había dejado de ser aquel Lobo Blanco que devoraba goles y aullaba cada noche cuando la luna llena asomaba sobre el Velodrome y la gente acudía entusiasmada para ver a su goleador favorito.


miércoles, 4 de diciembre de 2019

Gol en Las Gaunas

Existen momentos, lugares e incluso gritos individuales que adoptamos como colectivos porque quedan impregnados en la memoria como un regalo de la cotidianeidad. Durante años, la costumbre de ejercitar el oído con sonidos de transistor y carruseles de domingo, nos regaló un sonido inconfundible, el de los goles en el estadio más grande de la ciudad de Logroño ¡Gol en Las Gaunas! Gritaba el comentarista de turno y nosotros, ávidos ideadores de imágenes, imaginábamos aquel césped pelado inundado de jugadores abrazados y tipos recios que, con los dientes apretados, seguían empujando en pos de una misión imposible.

Fueron nueve años de goles y sorpresas, nueve años de comunión entre un equipo y una grada entregada a su pasión. Nueve años que comenzaron mucho más atrás, justo en el momento en el que Pita le marcaba aquel gol agónico a Osasuna Promesas y el Logroñés lograba ascender a la segunda división después de cuarenta y cuatro años de historia. Tres años más picando piedra en la división de plata para encontrarse con la temporada más larga de la historia. Una liga, un playoff y una visita del Valencia al estadio de Las Gaunas con un ascenso por decidir. Era el quince de junio de 1987 y Logroño vivía espoleada por un equipo que ya había estado a punto de colarse en las semifinales de la Copa del Rey.

Aquel día, el Valencia llegaba con el ascenso bajo el brazo y el Logroñés necesitaba dos puntos para alcanzar la cima. Noly, la cabeza visible de aquella zaga inolvidable formada por Comas, Noly, López Pérez y Martín, cabeceó al fondo de la red una falta lateral botada en el minuto cuatro. Fueron ochenta y séis minutos de apoteosis. Faltaba una jornada para la finalización del playoff y los dos equipos ya tenían el billete en su viaje hacia la élite. Cuando el joven árbitro Brito Arceo señaló el final, Las Gaunas vivió su gran noche. El césped se llenó de gente y Logroño se llenó de banderas. Barça, Madrid, Logroño ya está aquí.

Habían pasado cuarenta y siete años desde que un grupo de jóvenes audaces habían formado un club deportivo en el corazón de la ciudad. Un club que, presidido por Joaquín Negueruela y entrenado por Jesús Aranguren, alcanzaba el hito más grande que habían imaginado. Y, una vez en la fiesta, tocaba bailar. Y empezó el baile en Mestalla. El Valencia, recuperado de su crisis interna, jugaba de nuevo contra el Logroñés con los papeles cambiados y una categoría distinta. Fue un dos a cero fácil para los valencianistas, pero fue, para siempre, la toma de comunión de un equipo que se instauró en el corazón de cuarenta millones de españoles.

La primera victoria llegó en la jornada diez ante el Murcia. Aquella capacidad de ganar los duelos directos contra los equipos de abajo y los empates que fue rascando poco a poco, le facilitaron la salvación en una liga donde la victoria aún valía dos puntos. La primera misión estaba cumplida. Había pasado el primer año y el equipo había conseguido mantenerse. Ahora tocaba la difícil misión de consolidarse.

Habría de hacerlo agarrado a la figura creciente de Agustín Abadía, un tipo con pintas de abuelo pero que dirigía la nave con un corazón tan grande como todo el estadio. Como nota curiosa, destacar que en aquel plantel también estaba Raúl Ruiz, conocido de todos por ser una de las voces de la segunda división española en la televisión de pago.

La llegada a la presidencia de Marcos Eguizábal dotó al club de una mayor infraestructura económica y social. El Logroñés se adaptaba a los nuevos tiempos y fichaba acorde a sus necesidades. Con un plantel renovado, se presenta en la primera jornada para batir por uno a cero al Atlético de Madrid de Jesús Gil. Aquel primer triunfo de enjundia pone al equipo en situación y, cargado de moral, gana los dos partidos siguientes. Verse en lo alto de la tabla le produce a la ciudad una sensación de sueño cumplido que se apaga de repente cuando el equipo no es capaz de ganar ninguno de los siguientes quince partidos. Dio igual, empate a empate, victoria agónica a victoria agónica, el equipo alcanza los treinta y cuatro puntos y se gana el derecho a seguir soñando como equipo de primera.

Fue entonces cuando llegó el apoteosis. Eguizábal vendió a Abadía al Atlético de Madrid y consiguió la cesión de tres promesas del Castilla, Aragón, Maqueda y Rosagro, además de la compra de un puñado de buenos jugadores como Cristóbal, Salva y Marcos. Estos, unidos a los veteranos Setién y Sarabia, a quien se les escurría el fútbol desde los pies, formaron un conjunto aguerrido en defensa y virtuoso en ataque. Un equipo que alcanzó el séptimo puesto y se quedó a dos puntos de clasificarse para competición europea. Como Orfeo, alcanzó su cénit cuando creyó tener para siempre a Eurídice.

Aún así, aunque mirasen hacia atrás y terminasen convirtiéndose en árbol para el recuerdo, fue precioso mientras duró. Ganaron cuatro de los primero seis partidos y terminaron en la undécima posición después de la primera vuelta. Con la permanencia casi en el bolsillo se animaron a soñar en grande y escalaron posiciones hasta colocarse en el séptimo lugar a falta de una jornada y después de empatar a tres en el Bernabéu contra el mejor Madrid que se recordaba. Había que ganar en Mestalla, otra vez el Valencia por medio, y que la Real Sociedad perdiese en Sevilla. No ocurrió nada de eso. El Valencia ganó cuatro a cero, la Real cero a uno y el Logroñés festejó aquel séptimo puesto como un hito sin precedentes. Y es que casi no los tenía.

Los doce goles de Sarabia, la garra de un campeón del mundo como Ruggieri, los vuelos de Islas, la clase de Setién, quedaron en el recuerdo, pero no permanecieron para siempre. Ruggieri, Aragón y Maqueda regresaron a Madrid, el equipo se hizo un año más viejo y el obrador del milagro, José Luis Romero, fichó por el Betis para enderezar una nave que terminó yéndose a pique. Nadie ganó con el cambio, pero el Logroñés consiguió convertirse, durante toda una temporada, en el segundo equipo de todos los españoles.

Pasaron por Logroño entrenadores carismáticos como Jabo Irureta, Carlos Aimar y David Vidal. Todos ellos se escudaron en Las Gaunas para hacer de su feudo un fortín. El césped helado en invierno, el área pequeña pelada, el banderín de córner junto a la grada. Hubo goles inolvidables, como aquel que Hugo hizo con el pecho y quiso hacer saber que allí no había un macho como él. Pero para macho, en Logroño, el gran Alzamendi; goleador de raza y perro de presa en área pequeña.

En 1991, David Vidal quien, de la noche a la mañana, se convierte en el entrenador más mediático de la liga, firma una permanencia más que meritoria. Pero será en la temporada siguiente cuando el equipo, en plena ebullición, consigue su victoria más sonada. Es el catorce de marzo de 1992 y el Madrid juega en Las Gaunas con la vista puesta en lo que ocurría en el Manzanares donde el Atleti recibía al Barcelona. David Vidal planteó un partido basado en el trabajo de dos hombres; José María y Polster. El primero, un jabato de la banda izquierda, se encargó de taponar a Míchel. Cortocircuitado el Madrid, Polster bajó con nieve cada pelota que le venía despejada. Fue un tormento. Así, en las postrimerías de la primera parte, el austriaco enganchó una pelota muerta y la clavó junto al palo de un Buyo que no pudo hacer más que quedarse mirando. Aquello sí que era fascinante. El Madrid trató de igualar con un dominio infructuoso y un sólo tiro a puerta. Victoria de renombre y una bonita costumbre de afianzarse a la élite.

Algo que refrendaron justo un año después. El catorce de marzo de 1993, el Logroñés visitó el Bernabéu para ser testigo de excepción en la fiesta de celebración de la Copa del Rey de baloncesto. El equipo de básquet tuvo su vuelta de honor, pero la verdadera vuelta de honor la dio el Tato Abadía, quien había vuelto a casa y había puesto Madrid patas arriba. El Madrid, que había remontado el tanto inicial del Tato con un gol en el último minuto, vio como sus esperanzas se caían al traste cuando Abadía cruzaba ante Buyo en el minuto noventa y dos y dejaba al Bernabéu, y su fiesta, con un palmo de narices.

El autobús de Aimar hizo, además, sus estragos en Barcelona y Zaragoza. Dos de los equipos con mayor caudal ofensivo hubieron de ver como el argentino les castigaba con la desesperación y les sacaba sendos empates a cero. Eran buenos tiempos y podían ser mejores. El problema es que las alegrías duran poco en la casa del pobre. Eran tiempos de Oleg Salenko, el ruso que batió un récord mundial y que se hizo hombre en Las Gaunas. Y tiempos, siempre, para Agustín Abadía, el padre de todos que se dio el gustazo de marcarle al Atleti en el Calderón y cerrarle la boca a Jesús Gil después de verse vilipendiado. Aquel cero a uno fue magia. Pero aún sufriría más el Atlético las iras del Logroñés. El veintitrés de enero de 1994, regresaba José Luis Romero a Las Gaunas, esta vez como entrenador colchonero. Aquello pudo ser una masacre y tan sólo fue un uno a cero. El mejor Logroñés zarandeó al peor Atlético y Jesús Gil sacó el cuchillo para despedir a un nuevo entrenador. En tal fortín se convirtió Las Gaunas que el propio Deportivo La Coruña se dejó un punto clave en su pelea particular por la liga de 1994. Luego llegaron Djukic y González y la gente se acordó del cielo, pero aquel empate en Logroño terminó de descabalgar a un equipo que había ido perdiendo su moral en la primavera española.

En aquel equipo ya reinaban José Ignacio, Romero y Poyatos. Tres tipos que el Logroñés supo encontrar en los subterfugios del fútbol español y que dieron un rendimiento más que notable. Los tres terminaron en un Valencia que, en el noventa y séis, peleó la liga y los tres dejaron huérfano a un Logroñés que, en el noventa y cinco, dijo adiós a ocho temporadas consecutivas en la Primera División española.

Hasta cinco entrenadores pasaron por Logroño y ninguno fue capaz de sumar los puntos necesarios. Tan sólo dos victorias en treinta y ocho jornadas y el equipo hundido en el último lugar. Habría que volver a empezar, con lo que cuestan las misiones después de una caída. Aquella misión tuvo un nombre: Juande Ramos. El equipo se sale, dirigido por el manchego, y regresa a primera con la ilusión de repetir gestas pasadas. Pero no pudo ser.

Juande aceptó una oferta para entrenar al filial del Barcelona y el Logroñés acudió a una de sus leyendas del pasado, el delantero Miguel Ángel Lotina. Lotina, que como jugador había hecho goles de todos los colores en Las Gaunas, trató de seguir el criterio impuesto por Juande; control y contragolpe. Pero el equipo carecía de alma y, sobre todo, de experiencia. Ni Lotina, ni después Aimar en su regreso, pudieron enderezar una nave que se hundía en el fondo del océano. Y eso que empezaron bien, con un cero a cero esperanzador ante el renovado Madrid de Capello que terminaría conquistando la liga. Pero no fue sino un espejismo. Pronto se vio que al equipo le quedaba grande la categoría y fue perdiendo partidos como quien pierde esperanzas. Tras el empate en Madrid llegaron cuatro derrotas consecutivas. Durísimas. Aunque no menos duras fueron las goleadas recibidas en Barcelona y Bilbao; ocho a cero y seis a cero. Adiós Lotina, hola, de nuevo, Aimar, adiós, para siempre Primera División.

Nueve derrotas consecutivas después de la esperanza que supuso vencer a Valencia y Sevilla de manera consecutiva, terminan de hundir al equipo. En Anoeta, en una última jornada marcada por la tristeza, el Logroñés jugaría el que sería, a la postre, su último partido en la máxima categoría del fútbol español. Una despedida salpicada de lágrimas y recuerdos. Muy buenos recuerdos. Fueron en total nueve temporadas entre los grandes con victorias sonadas y goles en Las Gaunas cantados con énfasis por narradores variopintos. Desde aquella tarde el equipo sufrió un duro descenso a los infiernos. Descendió a segunda primero, a Segunda B después, para verse abocado al infierno de la Tercera División primero y a la muerte agónica que supuso la quiebra y posterior desaparición.

Hoy, en Las Gaunas, se cantan goles salpicados de recuerdos y esperanzas. Un sucedáneo de aquel equipo trata de recuperar la gloria y despertar la nostalgia. Será difícil, pero si ellos esperaron cuarenta y siete año, nadie dice que el infierno vaya a ser eterno. Será cuestión de apretar, de apoyar, de seguir creyendo. De seguir festejando cada balón aéreo y rematado por el Noly o Pita de turno. Gol en Las Gaunas. Gol para un sueño.


lunes, 25 de noviembre de 2019

La última visita al Vicente Calderón - Por Alberto R. Barbero

Déjame que te cuente...
Esta mañana, antes de venir a la redacción, escuché en la radio (bendita radio) que este fin de semana comienza a desviarse la circulación en tu entorno como paso previo a la demolición de la última tribuna que se mantiene en pie, la más cercana al río, la que, en todo lo alto, acogía a los medios de comunicación.
Y, no sabría explicarte el motivo, me ha surgido la necesidad de verte. Llevaba tiempo sin hacerlo, porque la vida no me dirige por ahí, pero tampoco sentía especial preocupación. Hasta hoy. Así que, en vez de coger el camino habitual a la redacción, he bajado por la A-5 (de toda la vida carretera de Extremadura), me he metido en los indescriptibles túneles de la M-30, he cogido la salida 16 (Ermita del Santo) y, aparcando en lo que era fondo norte, entre un montón de autobuses que no sé qué pintaban ahí, me he plantado ante lo que queda de ti.

Impresiona, las cosas como son. La obra, los obreros, el movimiento, los escombros... Más allá de que efectivamente haya carriles preparados en lo que fue terreno de juego, circulación de automóviles para sustituir la circulación de balón, el hecho de que se mantenga en pie esa tribuna alimentaba hasta ahora la ilusión de que seguías ahí, cual fénix dispuesto a renacer. Pero no: caerá también, como sólo puede caer lo material. Será entonces cuando apenas nos quede lo que no lo es. Los sentimientos, los recuerdos, la memoria. Fueron tantos años...
He sacado unas imágenes incluso. MARCA tiene su propio material, el de los compañeros fotógrafos, pero me apetece ilustrar estas líneas con la evidente impericia que tengo móvil en mano. Mientras caminaba pensaba en el paseo desde Príncipe Pío o desde Puerta de Toledo, en la tortilla de Marcial, en las fabadas del Campiello, en las cervezas en el Treze... en los necesarios ritos que acompañaban al fútbol, en los deliciosos secretos que llegamos a compartir los que pasábamos buena parte de nuestra vida cerca de ti. Porque no se trataba sólo de los partidos en el caso de los plumillas: entrenamientos, ruedas de prensa, guardias... horas y horas en la antigua cafetería, la que estaba al lado del palco, cuando aún se podía rascar algo, cuando aún se podía llamar periodismo a lo que hacíamos.
He vuelto al coche, he comprobado que incluso en el navegador parecías difuminarte (la tecnología también tiene corazón) y he puesto rumbo al periódico como si nada. Como si fuera a volver a verte. En la radio (bendita radio) contaban que un pueblo que aún conservaba cabina telefónica se quedó sin ella esta misma semana. Definitivamente son otros tiempos. Ya conté en su día que el descampado que acogió mis primeras patadas a un balón es ahora un Hipercor. El domingo estaremos en el Wanda Metropolitano para hacer la crónica del Atlético-Espanyol. Es lo que hay.
En fin, Vicente. Que te vienes abajo y nosotros contigo. Antes de que nos dejes, en todo caso, permite que vuelva a darte las gracias. Por todo. Por tanto. Y descansa en paz si es que te dejan. Hasta siempre, Calderón.

Publicado en Marca.com

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Hurricane

Nunca está de más la actualidad, nunca una noticia no ha dado pie a un comentario, a un recuerdo, a un análisis. Nunca en su historia, el Tottenham había jugado una final de la Copa de Europa. Pocas veces, en su historia, un club ha destituido a su entrenador cinco meses después de rozar el cielo. Pero las circunstancias mandan y cuando las circunstancias se apellidan "resultado" no hay paciencia ni mediación. A rey muerto, rey puesto y seguir compitiendo en la ruleta de la suerte.

José Mourinho hereda un equipo de espíritu contragolpeador y corazón intenso. Su fe inquebrantable se puso a prueba de fuego el día que el Ajax anotó dos goles en su estadio y se las creía totalmente felices. Fue entonces cuando surgió el alma guerrera de un equipo al que Pochettino había enseñado a no rendirse. Si ahora se ha rendido ha sido más por la resaca tras la borrachera que por la aceptación de la realidad. La plantilla se ha reforzado y apenas ha perdido efectivos. Si alguien quiere rescatar la nave ha de poner de nuevo, rumbo a Ítaca con un Ulises al mando. Ese no es otro que Harry Kane.

Los cantos de sirena no han hecho sucumbir a un tipo que nació goleador por planta y se hizo jugador por aprendizaje. Conocía el arte del remate casi desde cuna, pero para llegar a convertirse en punta de lanza de todo un país, necesitaba de alguien que le enseñase a administrar los esfuerzos y a aprovechar su corpulencia. Kane ahora sabe jugar al desmarque cuando su equipo ataca en estático y, sobre todo, sabe ser el primer punto de apoyo cuando su equipo sale en velocidad. Su juego de espaldas está tan perfeccionado que han bastado trabajo y fe para poner en marcha los mecanismos. El delantero siempre busca socios y, cuando los encuentra, si es bueno de verdad, se encarga por sí solo de ganar partidos.

Si alguien ha hecho algo por el Tottenham, durante los último años, han sido Mauricio Pochettino desde el banquillo y Harry Kane desde el césped. Cuando el argentino llegó, el equipo era un mar de dudas y un grupo acomplejado. Si algo les enseñó fue a competir, si en algo confió fue en la academia del club. Allí había un tipo rubio, espigado y pasado de peso que anotaba goles como churros. Conocido el misterio del gol, había que trabajar el físico y el juego. Cuando aprendió a jugar y se acostumbró a marcar, el equipo empezó a crecer. Tanto que hoy nadie podría imaginarse un Tottenham sin ambos. Fuera Pochettino de la ecuación, ahora es cuando nadie es capaz de imaginarse un Tottenham sin Kane.


lunes, 18 de noviembre de 2019

La bomba inteligente

El tres de junio de 1997, un año antes del comienzo del mundial que habría de celebrarse en Francia, el país anfitrión del mismo y Brasil se enfrentaban en el partido inaugural de un campeonato extraoficial ideado por la FIFA y que, con el tiempo, terminaría conociéndose como Copa Confederaciones. Cuando corría el minuto veintidós del mismo, el lateral izquierdo brasileño, Roberto Carlos, seis a la espalda, coloca el balón a más de treinta metros de la portería después de que el árbitro cobrase una falta sobre Romario. La carrerilla previa le lleva hasta el círculo central, corre a pasos cortos, muy rápidos, casi saltando sobre el césped y le pega con el exterior de una manera que terminaría definiendo su estilo como futbolista. Visto desde atrás, parece que la pelota va a buscar el banderín de córner, cuando, de repente, hace una curva de afuera hacia adentro dejando a Barthez como una estatua y entrando violentamente en las redes, a media altura y pegado al palo. Lo llamaron la bomba inteligente.

Roberto Carlos ha sido, probablemente, el mejor lateral ofensivo de la historia. Dotado de un tren inferior espectacular, el brasileño era un superdotado a la hora de correr y una fiera a la hora de pegarle a la pelota. Sus internadas y, sobre todo, sus disparos desde media distancia, desatascaron muchos partidos tanto en el Real Madrid como en la selección brasileña.

Y eso que llegó al Madrid rebotado del calcio y colmado de dudas después de su rendimiento en el Inter de Milán. Pero, entrenador tras entrenador, supieron sacar de él todo su fútbol hasta convertirse en un futbolista capital dentro de una plantilla que ganó tres Copas de Europa y otras tantas ligas españolas. Con Brasil, sin embargo, se le estuvo negando la gloria del mundial hasta que, en 2002, Scolari encontró a su mejor generación en su mejor momento.

Después de jugar aquel mundialito extraoficial que terminó ganando Inglaterra, Brasil volvió a presentarse en Francia para demostrar su condición de mejor selección del mundo. Se pudo haber ganado, pero Ronaldo cayó en una convulsión, Roberto Carlos, su compañero de habitación, cayó por la impresión y Brasil no compareció en la final. Ni uno ni otro habían podido demostrar al mundo que eran los futbolistas más desequilibrantes del mundo en su puesto. Por ello, aquella cita de Japón y Corea era su segunda y gran oportunidad.

Brasil fue la mejor selección del campeonato y cada una de sus estrellas se guardó su momento de gloria. Rivaldo ajustició los octavos, de Ronaldinho fueron los cuartos, dejándose Ronaldo la gloria para los grandes momentos. Pero hubo un partido en la fase de grupos en el que Roberto Carlos pudo dejar, en la historia de los mundiales, su impronta de pegador impune. Fue una falta lejana frente a China, una carrerilla larga, pasitos cortos, casi saltitos y una manera impresionante de romper la pelota. Un obús que quebró al portero Chino, que abrió un partido, que condujo a una goleada y que supuso la carta de presentación de un equipo que había llegado a Oriente para ganar y sólo ganar.