lunes, 12 de noviembre de 2007

La victoria del país que soñó ser libre

Existen acontecimientos que quedan grabados a fuego en la memoria de cualquier buen aficionado al fútbol. En el mismo año que Pedro Almodóvar estrenaba su polémica obra "Matador" y la URSS se felicitaba y estremecía a la vez al ver volar por los aires su estación MIR y su central nuclear de Chernobyl, poco después de que las fuerzas militares peruanas asesinaran a más de trescientos guerrilleros de Sendero Luminoso y antes de que el ciclón Wayne arrasara el semi recompuesto estado de Vietnam, a un pequeño jugador de fútbol llamado Diego Armando Maradona le dio por explicarle al mundo las dos caras del espectáculo futbolístico. Primero sacó una mano prestada por Dios para poner por delante a su equipo y poco después se inventó un recorrido tan memorable que, más de veinte años después, seguimos reflejando, fotograma a fotograma, en el umbral de nuestro recuerdo más sonriente.

Pero aquel mundial de 1986, Maradona aparte, nos dejó otra serie de pequeñas historias que se reencuentran hoy con la memoria colectiva de todos los que amamos el fútbol. Una de ellas arrancó en un fracaso fraguado en 1983 y que tuvo como protagonista posterior a la indumentaria de la selección argentina, fabricada, por aquel entonces, por la marca francesa "Le Coq Sportif". En un clamoroso choque de culturas, el seleccionador Bilardo suplicó a los franceses que incluyesen un bolsillo en la parte trasera de cada pantalón suministrado. La idea venía de lejos; durante la Copa América celebrada en Ecuador tres años atrás, el entonces seleccionador argentino, Miguel Ángel Russo, había depositado varios trozos de limón junto al arco del meta Pumpido. La misión era que cada futbolista argentino mascase, durante el partido, un pedazo de limón para, con la saliva obtenida, poder escupir con mayor holgura a sus rivales. En un acto de generosa envidia, los jugadores ecuatorianos robaron los limones y los argentinos se quedaron sin argucia ¿Solución? Como Bilardo entendía tanto de ilicitaciones como de motivaciones, sugirió la idea de un bolsillo en la parte trasera del pantalón para que sus chicos pudiesen portar, a modo individual, su trocito de limón. No fue posible, los franceses, tan gallardos y deportivos ellos, negaron su súplica a Bilardo. Menos mal que el cabezón terminó por concienciarse de que un solo Maradona valía tanto como todas las plantaciones mundiales de limoneros.

A los belgas, antes de obtener su mejor clasificación histórica, ya les habían tocado las narices antes de la aparición de Maradona. En el partido de preparación de cara al campeonato en el que se enfrentaron a la Universidad Católica de México, un choque, unos dicen que a propósito y otro que fortuíto, entre el meta local y el punta Claesen, terminó con este último en la enfermería y con más de viente jugadores repartiendo puñetazos y patadas sin balón por el medio. La calma la impuso la policía y la diosa fortuna se alió, a posteriori, con los belgas para eliminar a una Rusia superior y a una España lanzada. Menos mal que cada ciudadano y jugador belga terminó por comprender que ante Maradona no existen tratos válidos con la diosa fortuna.

Y mientras todo el pueblo argentino rendía culto a su Dios futbolístico todopoderoso, la diócesis de Monterrey, sede donde disputaba sus partidos las selección local, fijó sus horarios de misa a una hora no superior a las once de la mañana. Y es que ni la iglesia estaba dispuesta a que ni un solo compatriota y ni siquiera su Dios celestial, se perdiese ni un solo minuto de los partidos que iba a disputar la selección de México.

Una de las hazañas más recordadas de aquel mundial la protagonizó el equipo marroquí. Para un país donde el profesionalismo aún no había parado su locomotora de pasiones, alcanzar los octavos de final y jugarse el tipo en un cara a cara con la todopoderosa Alemania, significaba un hito sin ningún tipo de precedentes. Para que cada uno de los futbolistas marroquíes entendiesen lo que significa la palabra motivación, el rey Hassan II prometió un casa a cada jugador por conseguir lo imposible. Marruecos jugó un partidazo y su portero, Ezaki Badou, se ganó el contrato de su vida, pero lo imposible no pudo ser posible, entre otras cosas porque por allí pululaba un centrocampista de larga zancada y aliento incansable llamado Matthaeus. El alemán lanzó una falta desde su casa y mientras celebraba el gol, cada jugador marroquí despertaba de su sueño pero firmaba con letras de oro la primera gran gesta futbolística de un país que no ha dejado de crecer.

Cuando el campeonato firmó su última vuelta de honor y Maradona recogió la copa de manos de Joao Havelange, toda Argentina se echó a la calle. De su última celebración mundial recordaban la locura colectiva y el ejército guardián en cada uno de los rincones de fiesta. Aquella victoria, sin embargo, había llegado con la democracia y desde el balcón de la Casa Rosada de Buenos Aires, Maradona festejó su milagro perpétuo, Alfonsín recordó que la democracia también se montaba en la grupa de la victoria de su selección y Valdano entendió como lógico que el pueblo argentino utilizase el fútbol como vía de manifestación porque había sido una victoria "sin remordimientos, sin partidos políticos confiables, sin sindicatos representativos y sin organizaciones intermedias desarrolladas". El fútbol, como siempre, por encima de todas las cosas.

El espíritu competitivo de aquel equipo se mantuvo en vilo durante cuatro años más. Esperaba, y esperó, Italia, pero esa, como tantas otras, sigue siendo otra historia.

jueves, 8 de noviembre de 2007

El Fútbol de Álvaro

La mejor temporada del “Submarino Amarillo”

Fueron los dos años más gloriosos de la historia del Villarreal.
Temporada 04/05. Manuel Pellegrini entrena al conjunto amarillo. Tras quedar octavos en la Liga en el año anterior, el submarino amarillo busca hacer algo más que luchar por la UEFA.

Y poco a poco lo van consiguiendo. Esa temporada fueron, junto al Barça, el equipo que mejor fútbol hacía de España. Iban al ataque y no se arrugaban. Además, si marcaban un gol, no se echaban atrás, sino que iban a por el segundo. Fue la mejor etapa de este club. El año del fichaje de Diego Forlán, que a la postre acabaría pichichi y Bota de Oro, superando a Eto'o e igualando a Henry como máximo artillero continental. 'Diegol' y Riquelme formaron una dupla atacante temble, de las mejores de la Liga también. Poco a poco el cuadro de Pellegrini se fue afianzando entre los cuatro primeros, hasta que al cabo de la temporada, se dieron cuenta de que estaban en el tercer puesto.

Temporada 05/06. Era el primer año de la historia del Villarreal en la que el equipo amarillo disputaba la Copa de Europa. Principiantes, aquellos en los que nunca se confía -o al menos pocas veces-.
El submarino no tuvo suerte –al menos a priori- con el sorteo de la fase de grupos. En el colectivo, a parte de los villarrealenses, se encontraban el todopoderoso Manchester United, el Benfica y el Lille francés.
Con tan solo tres tantos en los seis partidos de liguilla, el Villarreal pasaría a octavos como primero de grupo.

El primer encuentro de Champions de toda su historia no pudo ser contra un rival más prestigioso: el United de Rooney, Cristiano Ronaldo, Scholes, Ferguson y compañía. Empate sin goles en un partido muy aburrido. El Manchester, desconocido, no dio más de sí frente a un Villarreal muy peleón.
En la segunda cita, otro empate a 0. Esta vez frente al Lille. El primer punto lo sumarían tras empatar a 1 con el Benfica en El Madrigal. En el estadio de Da Luz, lograrían su primera victoria por 0-1. Golazo de Marcos Senna desde 35 metros con la decisiva colaboración del arquero portugués. En Old Trafford empatarían 0-0, mientras que en la última jornada de la fase de grupos, un 2-1 frente al Lille les colocaba primeros y pasaban a octavos de final.

Era un sueño. Un equipo debutante que pasaba a octavos como primero de grupo. Entonces, los jugadores –y la afición- del Villarreal pedían a gritos que en la siguiente ronda les tocase el Glasgow Rangers, a priori, el equipo más vulnerable. Parece que algún ser superior oyó a los jugadores amarillos en el vestuario después del partido contra el Lille cantar el “Glasgow, Glasgow Rangers, ¡Rangers!”. Los escoceses para octavos. Un nuevo obstáculo queda por superar.

Y llegó el día. En Ibrox Park el Villarreal sacó un valiosísimo empate a 2. Riquelme de penalti, y Forlán daban vida al submarino. Gonzalo Rodríguez en propia puerta en la recta final del encuentro dejaría sin los tres puntos al Villarreal. A pesar de todo, lograron sacar un empate que sabía a victoria de cara al partido de vuelta. 1-1 En Vila-Real. Loverkands marcó pronto por los visitantes, mientras que Arruabarrena logró empatar en la segunda mitad para que su equipo entrara en cuartos de final.

Un sueño que poco a poco se iba haciendo realidad. La afición no podía creérselo, como veían que su equipo avanzaba en la Copa de Europa como si del Milan se tratase.
En la siguiente fase les sería un poco más complicado. Cayeron emparejados con el Inter de Mancini.
La ida se disputó en Italia. El Inter venció por 2-1 al Villarreal. Forlán adelantó a los amarillos en el minuto 1’, mientras que Adriano y Martins culminarían la remontada. A pesar de la derrota, buenísimo resultado para un Villarreal que afrontaría la vuelta con más ilusión que nunca...

...Y el Villarreal cumple. 1-0 con gol de Arruabarrena. Excepcional Riquelme. Ni Cambiasso, ni Zanetti, ni Stankovic ni ninguno pudo con el astro argentino. Se encargó de tomar el timón de su equipo y lo hizo a las mil maravillas. Regates, jugadas a balón parado y magia, sobre todo eso, magia. Estrelló un balón en el poste de falta directa.
En la segunda mitad, el propio Riquelme colgaría un balón blandito al área que Arruabarrena, de espaldas, introduciría en el fondo de las mallas. La locura se apoderó de la afición villarrealense. No se lo podían creer. Con este resultado, estaban entre los cuatro mejores de Europa. Y lo consiguieron una vez más.
Entre lo destacado del encuentro estuvo el codazo de Materazzi a Sorín sin balón y sin nada. Esque perder con un debutante escuece...

El Arsenal para semifinales, el gran Arsenal de Thierry Henry. La ida, una vez más, fuera de casa. Con la ayuda de un árbitro que estuvo totalmente casero durante toda la noche, el Arsenal se llevó una victoria bastante merecida, eso sí. 1-0.
La vuelta, pura emoción. Todos esperaban una nueva remontada de su equipo. El Madrigal estaba lleno a rebosar, y todas las miradas estaban puestas sobre Forlán, y en mayor medida sobre Riquelme. 0-0 Durante todo el partido, con un Villarreal que por momentos hizo disfrutar con su fútbol. Con este resultado estaban fuera. Minuto 89’... penalti a favor del Villarreal, sobre José Mari, bastante dudoso.
¿Quién debía lanzar ese penalti? Estaba claro, toda la responsabilidad recaía ahora sobre Juan Román Riquelme. En su mirada podía notársele cierto miedo de fallar ese penalti, y también el saber que podía conducir a su equipo a la final. Riquelme lanzó a asegurar, a la izquierda de Lehmann. El portero alemán adivinó la intención y detuvo el penalty. El estadio enmudeció, y Riquelme quedó petrificado.

Ahora sí se había acabado. No sé si tendrán tan cerca este sueño alguna vez más en su historia. Aquel día lloré con el Villarreal, no pude evitarlo. Fue lo mejor que viví nunca relacionado con un modesto que quería ser grande, y que lo consiguió por un tiempo. Las lágrimas de Fernando Roig arrodillado en el palco lo decía todo. Desde aquel día cogí afecto a este pequeño, pero gran club.



P.D. Álvaro es uno de los muchos cracks que habitan en la blogsfera. Con tan solo trece años puede darnos muchas lecciones a más de uno. Actualmente administra dos blog: Falta Directa, dónde realiza un exhaustivo y crítico análisis al fútbol cotidiano y La Errata, en el que nos pone al día de los errores contínuos a los que nos somete la prensa escrita. Este estudiante de instituto mantiene intactas todas la ilusiones del joven aficionado, vive en Jérez y desde allí puede animar en la cercanía al equipo de su ciudad y, desde la lejanía, al equipo de sus amores, el Real Madrid. A él le debo agradecer, además, la renovación de la nueva cabecera de este blog.

martes, 6 de noviembre de 2007

Hablando del Atleti con Manuel

Manuel es una de las personas a las que más conozco y de las que más me conocen. No en vano, hemos compartido habitación durante más de veinte años. Además de hermano y confidente, Manuel es periodista y un apasionado aficionado al fútbol. Como el redactor descarado que es, nunca esconde sus colores y de ellos y su pasión por los mismos, charlaremos hoy para inaugurar esta nueva sección de entrevistas.

El Fúbol de Pablo: Buenos días crack. ¿Por qué eres del Atleti?
Manuel: Mi padre y mi hermano son del Atleti, aunque la gente (mis vecinos, mi familia) me dice que quien de verdad me hizo del Atleti fue mi tío, un acérrimo antimadridista.

EFDP: ¿Toda tu familia es atletista?
M: Buena parte. La familia principal, es decir, padres y hermanos, si no son del Atleti son antimadridistas. Mi otro hermano, el que no es del Atleti, era del Madrid de niño, para llevar la contraria más que nada. Luego se hizo más bien antimadridista.

EFDP: ¿Cuál es tu primer recuerdo como aficionado del Atleti?
M: Mis primeros recuerdos me remiten a Futre, Abel, Manolo, Tomás... Cuando era bastante pequeño, los chavales más mayores del barrio me llamaban para que les dijera la alineación del Atleti. Se divertían escuchando a un niño recitar la alineación de un equipo. Empezaba así: "Con el 1 Abel, con el 2 Tomás...". Ya no la recuerdo del todo.

EFDP: ¿Y el mejor?
M: El doblete. El partido frente al Albacete.

EFDP: ¿Y cuál borrarías de tu memoria?
M: El día que no ascendimos en Getafe en la primera temporada en Segunda. Fui a ver ese partido al Coliseum y fue una gran decepción. Necesitábamos un pinchazo bien del Betis o bien del Tenerife (que jugaba en Leganés, es decir, a 5 km). Ambos ganaron. En el camino de vuelta a casa, andando, apenas hablé.

EFDP: Cuando Simeone marcó ante el Albacete sentiste...
M: Que mi equipo era el mejor. Algo que llevaba 12 años esperando y llevo otros once sin sentir.


EFDP: ¿Y cuándo Kiko remató la faena?
M: Que eso era cosa hecha y en cómo me iba a meter en la ducha a celebrarlo, ya que no iba a ir a Neptuno.

EFDP: ¿Se convertirá Agüero en una estrella en el Atleti?
M: Sí.

EFDP: ¿Quién es el mejor jugador de la historia del Atleti?
M: Teniendo en cuenta que he vivido los últimos 23 años de la historia del club, precisamente su peor época, mi elección puede no ser la más correcta. Ben Barek, Escudero, Pereira, Gárate, Futre, Schuster, Kiko, Caminero… Si tengo que elegir uno, apuesto por Ben Barek, que al parecer era un fenómeno.

EFDP: ¿Y el mejor que hayas visto?
M: Futre y Schuster. Pero será Agüero dentro de un tiempo, estoy seguro

EFDP: ¿Algún jugador que para ti sea o haya sido especial?
M: Futre y Caminero.

EFDP: Háblame de la cantera
M: Es uno de los muchos valores que hemos perdido en la ‘era Gil’. Apenas sacamos jugadores para el primer equipo (en el once titular de este año no hay ninguno), ni siquiera como suplentes. El caso de Torres es un ejemplo muy aislado. Si en épocas anteriores la cantera era un buen sustento, ahora lo es si acaso para algunos equipos de Primera y Segunda, y tampoco en exceso. Hasta hace no mucho, las categorías inferiores ganaban las ligas juveniles, etc y el filial daba la cara en Segunda B. El año pasado, estuvo a punto de bajar. Toca replantearse el trabajo con ella. Amorrortu tiene mucho trabajo. La cantera es básica para un equipo que atraviesa la travesía del desierto. Gente que conoce la casa, siente los colores y terminan por ser quienes dan la cara. El Sevilla es el ejemplo a seguir.

EFDP: ¿Por qué se critica a Aguirre?
M: Tengo que reconocer que yo que le defendía pero cada vez estoy más decepcionado con él. No son sólo sus planteamientos, sino sobre todo sus cambios (a menudo defensivos y para aguantar el resultado). El Calderón quiere ver fútbol; no es un tema solo de Aguirre, la cosa viene de bien lejos. El equipo lleva sin jugar bien muchos años y él lo está pagando ahora porque la gente cree que tiene equipo para jugar mucho mejor.

EFDP: ¿Por qué se adoraba a Simeone?
M: Se dejaba el alma en cada partido, fuera del campo se ganaba a la afición con sus declaraciones de amor a los colores, era más atlético que muchos de la casa, o al menos lo parecía…

EFDP: ¿Venderle fue el gran error de Antic?
M: Quizá uno de los errores, pero tampoco considero que fuera decisivo. Además, no creo que Antic en su primera etapa cometiera ningún gran error. Cometió errores, por su supuesto, pero no de grandísimo calibre.

EFDP: ¿Y cuál fue el gran error de Gil?
M: Hacerse presidente del Atleti.

EFDP: ¿Y su gran virtud?
M: Supongo que traer a Futre.

EFDP: ¿Qué opinas sobre Enrique Cerezo y Miguel Ángel Gil?
M: Hacen esfuerzos por confeccionar plantillas competitivas, pero a menudo venden humo y suponen un cáncer desde arriba que contamina a todo el club. Creo que deberían marcharse. Son la continuidad de algo que empezó hace veinte años y que no ha reportado al club grandes beneficios. Al contrario, hemos pasado de ser el tercer equipo de España a ser casi una medianía.

EFDP: ¿Qué cambiarías del Atleti actual?
M: Los que mandan, sobre todo. Ahí hace falta una buena limpia. Cambiaría también el lema del pupas, que está haciendo un daño terrible al club. El Atleti ha sido siempre un equipo ganador, que luchaba con los de arriba hasta casi el final, y a los aficionados más jóvenes cada vez se les ve más identificado con lo del ‘Pupas’, como si eso lo explicara todo. Incluso hasta hace gracia. De la plantilla también cambiaría algunas cosas.

EFDP: ¿Y qué es lo que más echas de menos?
M: Un Calderón vibrando en cada partido.

EFDP: El Atleti del doblete fue...
M: Perfecto.

EFDP: Y Torres ha significado...
M: Una bandera en momentos en los que el club necesitaba algo a lo que agarrarse y la afición algo con lo que ilusionarse. Con el equipo en Segunda y todo el mundo deprimido, Torres aportó alegría e ilusión. La gente empezó a ir al estadio para ver a Torres. Después ha sido la imagen del equipo y quien ha soportado casi todos los palos y también las pocas alabanzas.

EFDP: ¿Forlán o Torres?
M: Forlán.

EFDP: ¿Agüero es Romario?
M: Aún no, pero se le parece, ¡y cómo ilusiona verle de rojiblanco!

EFDP: ¿Riquelme es el jugador que necesita el Atleti?
M: El Atleti es cierto que entre otras cosas necesita un pasador, un centrocampista que sepa jugar al fútbol, pero no uno como Riquelme, sino algo más estilo Deco, por poner un ejemplo. Es mi opinión.

EFDP: ¿Es tan buena como dicen la plantilla de este año?
M: No. Yo le veo más defectos de los que se dicen. La defensa es de la mitad de tabla para abajo dentro de la Liga española, y eso puede condenar al equipo. En el centro del campo hace falta un hombre que sepa jugar, distribuir, calmar… En ataque, eso sí, nada que objetar, creo que tenemos dinamita.

EFDP: ¿Raúl García como pivote o como enganche?
M: Como pivote con llegada.

EFDP: En la comparación con Vizcaíno sale...
M: Es muy pronto para emitir un juicio, pero tiene condiciones para no salir mal parado de la comparación. Pero repito, es pronto.

EFDP: Una alineación histórica del Atleti.
M: Esta va a ser la única que no te conteste ahora, mañana me lo pienso y te lo digo. Así de sopetón… jajaja.

EFDP: ¿Y la alineación ideal a día de hoy?
M: Así a bote pronto… Leo, Seitaridis, Zé Castro, Perea, Antonio López, Motta, Raúl García, Simao, Maxi, Agüero y Forlán. A lo mejor dentro un minuto cambio a dos o tres.

EFDP: ¿Luis, Manzano, Ferrando y Bianchi fueron culpables?
M: No más que los jugadores y la directiva. Cuando traes un entrenador tras otro y todos fallan, se debe empezar a pensar que a lo mejor el problema principal viene de otro lado.

EFDP: ¿Y Aguirre lo es?
M: En la misma medida que los anteriores.

EFDP: ¿Antic hizo del Atlético un gran equipo o el Atlético convirtió a Antic en un gran entrenador?
M: Decir que Antic hizo grande al Atlético sería mucho decir, pues el Atleti ya era grande antes de su llegada. Se podría decir que reanimó a un enfermo, que devolvió al equipo a un lugar que nunca debería haber abandonado. Hay cosas que agradecerle, por supuesto, pero yo no diría que Antic hizo grande al Atleti. Más bien sería lo contrario.

EFDP: Cuando piensas en Luis Aragonés como leyenda viva del Atleti ¿Te duelen los palos que le dan?
M: Si son con fundamento, con razones, no. Me duelen los que dicen que lleva a tal o a cual jugador a la selección porque es del Atleti y que no lleva a fulano porque Luis es antimadridista. Pero en general no me lo tomo como un ataque al Atleti, como los palos a Clemente no eran porque fuera del Athletic ni los palos a Camacho (que fueron menos) porque fuera del Madrid.

EFDP: ¿Qué hubiese sido Raúl de no haber salido del Atleti?
M: Si alguien sabe la respuesta que me la diga, por favor.

EFDP: ¿Atlético de Madrid o Selección española?
M: Atleti.

EFDP: Cuando gana el Madrid sientes...
M: Me voy jodido a mi casa. Si estoy en mi casa, me voy jodido a la cama, o a cenar.

EFDP: ¿Qué jugador del Madrid ficharías para el Atleti?
M: Sergio Ramos.

EFDP: ¿Y si tuvieses un cheque en blanco para fichar a cualquier futbolista?
M: Messi.

EFDP: ¿Volverá Torres al Atleti?
M: Sí.

EFDP: Y la afición ¿Regresaréis pronto a Neptuno?
M: Antes de lo que la gente piensa.

EFDP: La afición del Atleti es...
M: Increíble.

Muchas gracias fenómeno. Un abrazo y hasta otra.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Football's coming home

El fútbol, como producto original y debidamente reglado, nació en Inglaterra, pero el espectáculo que hoy conocemos, la dinamo que genera pasiones incansablemente, se cultivó en las playas brasileñas. Este que hoy nos emociona es fruto del de ayer y el de ayer no es si no el símbolo de una nueva concepción del deporte que cambió el rumbo de las pasiones planetarias.

Propongo jugar a recordar los mejores remates, los mejores pases de gol, los mejores regates; seguro que en el origen de cada uno de ellos aparece el imborrable recuerdo de un jugador brasileño. Los clásicos, esos que añoran el fútbol de cinco delanteros y la entrega gratuíta a unos colores, recuerdan con admiración las primeras chilenas de Leónidas. Otros, menos ancianos pero ya arrugados en su frente y en su recuerdo, se emocionan al pensar en las folhas secas de Didí. El gol de Pelé que no fue pero que creo un mito, las patadas atómicas de Rivelino, los penaltis de tacón de Sócrates, la cola de vaca de Romario, la elástica de Ronaldinho... Toda la magia del fútbol, empaquetada en un cajón de sueños, tiene denominación de origen brasileña.

Por ello, por ellos, nos resulta grato conocer que el fútbol, como espectáculo inimitable, regresará a su casa en el verano de 2014. Blatter abrió el sobre y, aunque todos conocíamos el nombre del elegido por el simple hecho de haber sido el único candidato, nos apresuramos a soñar con más chilenas, más folhas secas, más taconazos, más colas de vaca...

Un país que vivirá en casa el regreso de una ilusión, una nueva generación que creció con el mito maldito de dos goles de Schiaffino y Gigghia que rompieron el molde del destino, una vieja generación que clama el resultado de una venganza y la búsqueda obligada de una nueva copa del mundo para el país que más repletas tiene sus vitrinas.

A nadie se le ocurrirá un nuevo maracanazo porque nadie concibe rivales de semejante carisma, a nadie se le ocurre pensar que jugadores que hoy tienen veinte años llegarán a la cita en plenitud de ganas, recursos y facultades, a nadie se le ocurre pensar que Messi y Agüero pudieran ser la nueva réplica de aquella pareja de uruguayos que silenció Río, porque a lo que todo el mundo acude es al recuerdo de la camiseta amarelha, al deseo de nuevas fantasías y a la ilusión por seguir gozando de un deporte que sigue sin tener fecha de caducidad. Se alzará el telón, pondremos en nuestro viejo equipo de música el disco de The Lightning Seeds y tatarearemos el ritmo pop del país de origen mientras improvisamos unos torpes pasos de samba del país de la perfección porque una vez más football's coming home.

lunes, 29 de octubre de 2007

El Gordo

Los apodos, como los colores, vienen aplicados por las leyes del capricho. A uno lo llaman Gordo por su apellido y debe arrastrar el apodo durante toda su carrera. A uno le hablan del Gordo y su sonrisa se viste de infancia, de fútbol brillante, melancolía y una pierna izquierda majestuosa.

Rafael Gordillo Vázquez arrancaba desde la cal de la banda y culminaba desde los lugares de sentencia. Las medias bajas, los tobillos de goma y el balón siempre cosido a una pierna izquierda fabricada para las grandes ocasiones. De sus botas salían caramelos, de su aspecto desgarbado nacía el carisma de una carrera plagada de grandes momentos, de su zancada escurrida solían crecer las jugadas de mayor peligro.

Gloria en Sevilla y lujo en Madrid, el Gordo sirvió para el trámite y para la heroica. Todos lo querían a su lado porque todos sabían que sus centros significaban tres cuartos de un gol. Toma Rincón, métela. Toma Hugo, sólo tienes que empujarla. Ídolo del beticismo, memoria viva del madridismo.

Y como cada vez que se puso la roja de España ejerció el dominio de quien se sabe defensor y centrocampista en una sola pieza, en sus presencias asegurábamos peligro y en sus ausencias temíamos la falta de destreza. Gordillo se perdió la final de aquella inolvidable Eurocopa y todo el equipo francés sintió en sus carnes el placer de la inactividad en el flanco contrario.

En su juego destacaba la entrega de quien ha vivido una infancia de lamentos y ha soñado con alcanzar cimas de primera categoría, en sus centros destilaba el aroma de una corrala de vecinos y en sus impulsos dejaba la sensación de querer siempre un poquito más de lo conseguido. Gordillo era una pierna izquierda colmada de deseo y satisfacción. Una gozada, el fruto de una imaginación y parte del recuerdo perenne de mi infancia.

Y Como amo el recuerdo perenne de mi infancia y me gusta jugar a mitificar aquellos partidos que de niño me inyectaron el fútbol en la sangre, comienzo mis homenajes a los mejores jugadores de la historia del fútbol hablando de Rafael Gordillo, el lateral izquierdo de un equipo que un día consiguió la machada de marcarle doce goles a Malta. Imaginad las fantasías que pudieron generar aquellos jugadores en un niño de siete años...

jueves, 25 de octubre de 2007

El amigo de todos

Para vivir en el filo del alambre que representa la élite, un futbolista debe saber utilizar, en iguales proporciones decisorias, el corazón y la cabeza. El corazón porque sirve para promocionar la búsqueda de la victoria y la cabeza porque es el único hilo conductor entre el balón y la portería contraria. Como el objetivo es el gol, nada mejor que desearlo para poder conseguirlo.

El gol tiene varios caminos y dos principales núcleos generadores que anteceden sin memoria al ritual del remate: un regate o un centro. Para ejecutar un regate con solvencia es necesario mantener el regalo de la armonía en motor físico del cuerpo, conservar intacto cada gramo de habilidad y manejar la cintura con el estilo de un bailarín de alta escuela. Para el pase final entran en juego otros factores; lucidez, inteligencia y percepción. Muchos jugadores están capacitados para driblar un equipo entero y encontrar un vacío de recursos al final de su recorrido. Otros, sin necesidad de hacer un solo regate, son capaces de llegar al área rival con la ventaja que aporta su conocimiento del juego.

A todo aniquilador le gusta tener un amigo a su lado. A todo extremo incisivo le gusta tener un amigo a su lado. A todo llegador le gusta tener un amigo a su lado. Porque un amigo siempre conoce el lugar exacto del balón, porque un amigo conoce el secreto evidente que esconden los dos toques de una pared, porque un amigo conoce cada uno de los rincones de peligro que oculta la elaboración de una jugada.

Y en referencia a este aspecto, no existe mejor amigo que Cesc Fábregas para los jugadores del Arsenal. Porque el amigo de todos cruza la línea divisoria con el control de la pelota y llega al área con el control de la jugada. El amigo de todos se asocia y disocia, engancha y se desengancha, combina y rebobina, avanza, mira, centra y a veces celebra sus propios goles ¿Se le puede exigir más?

martes, 23 de octubre de 2007

Cuando el fútbol bailó la samba

Nombrar a Rudolf Glöckner como uno de los participantes en la que ha pasado a la historia como la mejor final de la historia de los mundiales, sería un ejercicio de confusión y adivinanza traicionera. Decir que el trabajo de Rudolf Glöcker, además de pitar la final del mundial celebrado en México en 1970, fue el de aplaudir con el alma la exhibición brasileña, sería una frase más acorde a la realidad, porque el alemán, invitado de piedra en un espectáculo inolvidable, no tuvo más trabajo que el de señalar el inicio y el final de un partido convertido en leyenda con la fuerza del recuerdo.

El estadio Azteca, situado a dos mil metros sobre el nivel del mar, se alzaba majestuoso como una obra maestra de la arquitectura moderna, al tiempo que se enfrentaba a un clima extremo y angustiante, pero las consecuencias de su azote no llegaron más allá del jadeo agonizante y el pecho empapado de sudor; aquel fue un mundial limpio, tanto que desde el primer al último partido no contó ni un solo jugador expulsado.

Se enfrentaban dos estilos contrapuestos, dos maneras diferentes de vivir el fútbol, dos caminos bifurcados en busca de un tricampeonato, porque ambas selecciones, Brasil e Italia, manejaban con orgullo el brillo de su palmarés y ante los ojos del mundo presumían de sus dos conquistas anteriores; unas, las de Italia, perdidas en el recuerdo de los albores del balompié, y las otras, las de Brasil, encendidas en el recuerdo más presente de cada aficionado que abarrotaba las gradas del Azteca.

Brasil era la samba convertida en fútbol. Un equipo con cinco dieces por delante y cinco obreros con alma de malabarista por detrás, un equipo diez y un diez para el examen de la memoria de cada uno de los espectadores. Una seleccionador dirigida por Zagallo gracias a un rebote del anecdotario, una discusión de entretiempo que consagró como entrenador al otrora magnífico ala izquierda de la canarinha, una gloria vestida de lógica dada la calidad de cada uno de sus futbolistas, un futuro vestido de banquillo gracias a un prestigio ganado bajo el tórrido sol mexicano.

Como la victoria no corría tanta prisa como el interés por conseguirla, ambos equipos se dedicaron al mutuo reconocimiento durante los primeros minutos del partido. En aquel tanteo faltaba Rivera, el gran ausente de una fiesta dibujada para él, porque los artistas, donde mejor se mueven es el escenario. Pero Rivera era espectador por antojo de su entrenador y sobre el umbral de su melancólica mirada podía asombrarse ante la majestuosa fisonomía del recinto diseñado por los arquitectos Vázquez y Mijares después de una costosa y justificada vuelta al mundo copiando al detalle el mejor de los rincones de cada uno de los estadios repartidos por cada país. Un gran estadio para un gran evento. Un gran evento con grandes contendientes, contendientes para la historia y las cuentas que nunca fallan que colocaron, por vez primera en la historia, a cuatro campeones del mundo como los cuatro semifinalistas dispuestos a regalar sus lágrimas por un pedazo de cielo.

La torcida brasileña festejaba en la grada todo un carnaval de deseos y antes de hacer historia con una invasión de césped que acompañaría al pitido final, tuvieron que contemplar la gallardía, resistencia y desmoronamiento de un rival que se presentó con dignidad, jugó con orgullo y perdió ahogado en su propio arrojo. Porque Italia era un equipo serio en toda la extensión de su palabra, el prototipo alpino que conjugaba contundencia, especulación y talento. Como además, su nivel competitivo se alzaba más allá de cualquier sospecha, la victoria brasileña se iba a convertir tanto en épica como en inolvidable. Y es que el valor de una victoria crece en una medida proporcional a la de la calidad del rival al que te enfrentas.

Un ejército dirigido desde el banco por el vilipendiado Ferruccio Valcareggi. Vilipendiado por el atropello cometido sobre Gianni Rivera, vilipendiado por aferrarse a la suerte para rebotarse hasta la final, vilipendiado por no saber dar forma ni sentido a su discurso. Pero una vez más, el fútbol dio la razón a la italiana al bueno de Valcareggi, analista del rival y entrenador de sus miedos.

Y eso que el tanteo inicial no pintó del todo mal para el equipo italiano. Dos jugadas aisladas sirvieron para poner en jaque a todo el sector defensivo brasileño; Riva primero y Mazzola después pusieron el "uy" en las gradas y la posible sorpresa en la imaginación. Y es que en Riva estaban depositadas la mayoría de las esperanzas de los tifosi, porque el gigantón había hecho grande al Cagliari con el poder de su fútbol, porque Gigi era leyenda viva de un país que crecía renaciendo mitos de área pequeña.

La media cúpula que dibujaba la estructura del estadio Azteca conseguía multiplicar cada decibelio por diez. De esta forma, cada oportunidad perdida se convertía en un amago de tragedia en las gradas, así como cada grito de ánimo era un perfecto reclamo a la propia vida. Orgullo de un país, el estadio se erguía imponente mientras era testigo del tiempo. México tenía la magia y la magia vibraba en los pies de cada futbolista.

Recuerda Rivelino, que una hora y media antes de caer desmayado por la fuerza de la emoción, puso un balón curvado en el limbo. Recuerda el italiano Burgnich que saltó hacia aquel balón con toda la energía que le proporcionaba su ánimo y que décimas después de caer derrotado al suelo, el cuerpo atlético de Pelé continuaba surcando el viento agarrado a las asas del cielo. Recuerda Pelé que sus piernas fueron muelles y que alcanzó aquel balón pegado a una nube para cabecearlo con fuerza junto al palo izquierdo de Albertosi. Recuerda Albertosi que la estirada fue insuficiente y que en la celebración brasileña encontró la añoranza del que se levanta cada mañana con sueños infinitos.

Con el uno a cero comenzó el sobeteo. La imparable delantera brasileña comenzaba en Jairzinho. Ídolo de Botafogo, donde tuvo que llenar el hueco dejado por el inolvidable Garrincha, a Jairzinho le gustaba jugar vestido con una sonrisa. Tocaba hacia adelante y buscaba el desmarque con la inteligencia del depredador. En el área era insuperable. En la celebración era envidiado.

Los ciento siete mil espectadores que abarrotaban las gradas comenzaron a tocar sus sones de batucada. La fiesta del fútbol presagiaba una leyenda y en el olvido quedaron las guerras centroamericanas que tiñieron de sangre la fase de clasificación. Como solamente quedaba un balón como testigo de la historia, se propusieron los brasileños secar las lágrimas al ritmo de su danza.

Recuerda Tostao, que una hora antes de acabar desnudo por el césped, empezó a jugar como en un patio de recreo. En sus recuerdos confiesa tener presente las sonrisas de sus compañeros y la preocupación latente en el banquillo ante la burla confiada a la que estaban sometiendo a un rival dormido pero no muerto. Fueron minutos de horizontalidad, alegría y filigranas comandados por Gerson. Porque Gerson era el toque omnipresente de un equipo que bailaba a su alrededor, el jefe de operaciones de un grupo de artistas, el lanzador perfecto de cada sueño carioca.

Observaba Zagallo, aterido por la inquietud, como sus jugadores jugaban con el fuego de la confianza. El pobre Zagallo, puesto en su pedestal por una decisión política y arrimandose al fuego de la obediencia que en su día quemó a Joao Saldanha, vilipendiado por la crítica y cesado de su cargo por la fe ciega a una de sus más notables conclusiones. Y es que para Saldanha, Pelé no estaba en condiciones para ir al mundial. Con esa firmeza en sus argumentos, el bueno de Saldanha no duró más de un periquete en el cargo y es que en Brasil, pronunciar en vano el nombre de Pelé era aún peor que faltarle al segundo mandamiento.

Recuerda Gerson, que una hora antes de acabar empapado por la tormenta de su propio llanto, comenzó a jugar con sus propias pretensiones. Como el resultado final le impidió condenar sus momentos de soberbia, dejó como anécdota el sobeteo indeciso que terminó con Clodoaldo y Félix en el suelo y con el balón besando las redes tras disparo de Boninsegna. Era el empate a uno, y aunque por momentos pareció que solamente había un equipo sobre el terreno de juego, la partida recuperaba sus fichas perdidas y empezaba otra vez de cero.

El dorsal número nueve lo portaba Tostao. Él era quien servía de acompañante a Pelé en la punta de ataque y él era el que se descolgaba hacia atrás y engañaba a los rivales mientras dejaba el espacio libre al rey creador. En cada uno de sus movimientos derramaba sentido de juego y en cada uno de sus centros apostaba a caballo ganador, porque en él se iniciaba el vértigo definitivo.

Fueron goles, rondos y movimientos que el mundo entero pudo disfrutar desde el sillón de su casa, porque el esplendor de aquel mundial nació con las retransmisiones televisivas. Aquel fue el primer mundial televisado y en la magia de la tecnología se hizo más grande la leyenda de aquel equipo brasileño. Y recuerda Zagallo, que una hora antes de abandonar el estadio subido a los hombros de un aficionado, pudo celebrar y lamentar al mismo tiempo un disparo de Pelé que alcanzó las mallas italianas pero que el señor Glöckner había decidido anular al coincidir en su ejecución con el pitido que señalaba el final del primer tiempo. De nuevo aparecía el señor Glöckner, de quienes todos se habían olvidado sumergidos en la pasión de un espectáculo desenfrenado.

Pelé era el auténtico redentor del pueblo. En Brasil era el Corcovado de Sao Paulo vestido con la camiseta blanca del Santos y en México era el Mesías de un equipo que añoraba los momentos de gloria aún presentes en el recuerdo. En las botas de Pelé, el balón Telstar fabricado por Adidas, parecía la etiqueta de un sello legendario, porque Pelé tocaba el balón con la suavidad de un ángel vestido de corto y la elegancia de un caballero ataviado para la mejor gala. Y recuerda Pelé, que media hora antes de terminar descalzo y navegando en una nube de brazos, sintió que en el ronco jadeo de cada futbolista italiano se escondía la renuncia involuntaria al sueño de todas las infancias.

Aquella irrepetible delantera se acostaba en su perfil izquierdo en las botas firmes de Rivelino. Él era el dueño del juego de un Fluminense lanzado hacia sus mejores días, él era el dueño de la mejor pierna izquierda del campeonato, él era el autor de los goles más necesarios del equipo, como aquel disparo ante Perú que sirvió para barrer a todos los fantasmas de una patada y para llorar la victoria ante Didí, entrenador enemigo aquel día e ídolo irrepetible en la juventud de cada uno de los futbolistas brasileños.

Recuerda Carlos Alberto, que una hora antes de agarrar por derecho la Copa Jules Rimet, sintió que la llegada imparable de Gerson iba a abrir el camino definitivo hacia todos sus sueños. Corría el minuto sesenta y seis y el imponente centrocampista del Sao Paulo encontró el balón en la cercanía del área. Como por allí no había ningún jugador italiano dispuesto a impedir lo irremediable, el número trece la pegó con el alma y lo deseó con el corazón. El balón encontró la escuadra de Albertosi y el partido murió mientras toda Brasil desgarraba su garganta con el zapatazo de su director de orquesta.

Y es que para los jugadores italianos, aquel disparo inalcanzable sirvió como renuncia definitiva al último esfuerzo. Y no era la falta de ánimo lo que impidio a los transalpinos luchar por una final que se habían ganado a pulso, sino la falta de corazón y de aliento. Porque cada carrera regalada a sus ciudadanos escondía el cheque pagado por conseguir el pasaporte a la final. En el partido de semifinales ante Alemania habían alcanzado el cielo, pero nunca pudieron imaginar que desde aquel cielo iban a encontrar el infierno en plena final.

Aquel irremediable esfuerzo fue la guadaña de un equipo que tuvo que rendirse ante la evidencia de un Brasil que jugaba al fútbol bailando samba. Aquel equipo fue el canto definitivo de un fútbol que jamás se ha vuelto a presenciar y que quizá por ello haya quedado hoy como auténtico ejemplo de perfección. Y fue en plena liberación de egos cuando Gerson y Pelé dibujaron un plano de perfecta armonía y permitieron que Jairzinho marcase su gol y entrase en la historia definitiva como el único jugador capaz de anotar un gol en todos los partidos de un mundial.

El partido entró entonces en una dinámica cada vez más autodestructiva para Italia y cada vez más desaforada para Brasil. El combate simuló al del boxeador intratable que juega con pequeños golpes a destrozar el rostro de un rival totalmente noqueado. A los italianos no les quedaban fuerzas ni para dar patadas y terminaron, con su honradez, vistiendo aquel mundial como el más limpio de la historia y es que, pese a ser la primera vez que los colegiados tuvieron la oportunidad de mostrar las difamadas tarjetas, no encontraron la ocasión, en todo el campeonato, de enseñar el color rojo de su cartulina. Y ausente en su falta de actividad, el señor Glöcker, de nuevo olvidado por el tronío del momento, pudo ser testigo de excepción de uno de los momentos más maravillosos de la historia del fútbol.

Corría el minuto ochenta y cinco cuando Clodoaldo encontró el balón en su medular y, tras combinar en corto con Gerson y Pelé, realizó tres bicicletas para deleite de su torcida, se la dio a Rivelino, situado a su izquierda, para que enviase un pase largo, paralelo a la línea de banda, que recogió Jairzinho pegado a la cal. Jairzinho avanzó hacia adentro y encontró a Pelé. En solo cinco pases, toda la línea defensiva italiana había quedado descolocada y en aquel desorden encontró Pelé el abismo descomunal que se abría en el flanco enemigo. Un solo y preciso toque bastó para dejar al lateral Carlos Alberto solo ante el portero rival. El número dos rompió la pelota y Brasil puso un inalcanzable e inolvidable cuatro a uno en el marcador de una final memorable por sus goles y sus detalles.

Ya habían borrado del mapa a Checoslovaquia, Rumanía, Inglaterra, Perú y Uruguay. Ahora era Italia la que mordía el polvo ante su talento. No era de extrañar que cada uno de los futbolistas brasileños se sintiesen protagonistas de un cuento legendario, no fue de extrañar que en la cabeza de cada futbolista carioca sobreviva el recuerdo de un mundial que demostró al mundo que se puede jugar al fútbol con una sonrisa y dibujando pasos de samba en cada toque de balón.

miércoles, 17 de octubre de 2007

La exaltación del logro

Pocas veces se ha visto en fútbol una demostración de alegría semejante. Ninguna celebración se recuerda tanto como la de Tardelli. Ningún gol reivindicó tanto como el que sentenció el mundial de España.

A una selección a la que no le faltaba nada, le sobraba el despecho de sus enfrentamientos. Tras una primera fase plagada de dudas, el equipo se pertrechó en su calidad para agarrarse al orgullo. Allí jugaban tipos memorables como Zoff (el imbatible), Scirea (el infranqueable), Antognoni (el jugón), Conti (el malabarista) y Rossi (el goleador) y como tales, pronunciaron el discurso de su valía donde todo buen futbolista debe saber hacerlo; sobre el terreno de juego. Más allá del estilo, más allá del sistema, de Bearzot y de la prensa, nadie podrá olvidar jamás que aquella Italia era un equipazo.

Tras vencer a Argentina, dar la campanada ante Brasil y noquear a la vistosa Polonia, Italia se plantó en la final y en la mirada alzada de cada futbolista podía distinguirse la convicción del que no está dispuesto a dejar pasar una oportunidad. Y después de una primera parte de tanteo, Rossi puso rumbo a la gloria con su habitual oportunismo. El tiempo dejó que el partido discurriera con un memorable hilo de tensión, porque lo mejor aún estaba por llegar.

Marco Tardelli era un tipo demasiado corriente. Introvertido, solitario y bregador, los aficionados lo admiraban como el auténtico profesional que era. En una permisible comparación con el presente podríamos decir que Tardelli era el Gattuso de la época, con la sensible diferencia de que los Gattusos de aquel tiempo (Tardelli, Ancelotti, Berti...), además de corazón, tenían también cabeza. Como futbolista, siempre fue una pieza insustituíble, porque con él por detrás, los de delante jugaban sin miedos al vacío.

Cómo la cabeza del buen futbolista, además de para despejar, sirve para analizar la jugada, cuando Tardelli vio a Scirea sobrepasar su zona de influencia para conducir el balón hacia el área, pensó que quizá su presencia era más necesaria para generar el peligro que para intentar ahuyentarlo. Conti tomó las riendas y Tardelli fue apareciendo por allí en silencio, como si no quisiera dar muestras de su presencia en la fiesta más importante del mundo. Conti lo dejó en pies de Rossi y Rossi se lo devolvió a Scirea, fue entonces cuando el mundo comenzó a alertarse frente al televisor; el balón ya estaba en el área. El resto de la jugada se resolvió en el flash inolvidable de tres sencillos toques: Scirea - Bergomi - Scirea.

La finalización de la jugada es uno de los legados más importantes que le ha dejado el fútbol a la historia. Tardelli aparece en el borde del área, libre de marca, controla la pelota en un toque complicado y en mitad de una caída hacia la gloria golpea el balón con toda su alma poniéndolo lo más lejos posible del alcance de Schumacher.

Pero no es tanto el gol como su celebración lo que ha quedado grabado para siempre en los anales de la leyenda, porque en la carrera frenética de Tardelli cabía todo el entusiasmo del que se sabe protagonista ante los ojos del mundo, porque en el grito exultante nacía una nueva manera de concebir la alegría más absoluta, porque en aquella celebración se juntaron todos los recuerdos y deseos de un grupo de jugadores prejuzgados, vilipendiados y, sobre todo, inolvidables.

lunes, 15 de octubre de 2007

La tecla

Nada resulta más sencillo de conseguir que lo evidente. Cuando la verdad, los recursos y el aficionado claman por un mismo motivo, nada mejor que mirar atrás y repasar errores ¿Qué estamos haciendo mal? Sencillamente, no poner a los mejores.

Algunas selecciones pueden presumir de tener los mejores extremos, otras alardean de la contundencia de sus defensores y las hay convencidas de la victoria por la clase y definición de sus delanteros. Pero solamente nosotros podemos presumir de Cesc e Iniesta. Ahí sí hay fútbol. Ahí residía la paja en el ojo de Luis.

Como el fútbol es un juego de pelota, nadie mejor para gozarlo que quien sabe tratar el cuero como si de un hijo se tratara. Resulta que los cuatro mejores futbolistas de nuestro país comparten puesto y que Luis no se atrevía a desquebrajar su sistema para dar cabida a lo mejor de su casa. Discriminado Guti, conservaba intacta la posibilidad de utilizar a Xavi, Cesc e Iniesta. De repente, click, sonó la tecla y España jugó al fútbol. Con lo fácil que era y las vueltas que le dimos.

Como seguimos sin alcanzar un logro de verdad, nos agarraremos a la prudencia para celebrar una victoria que necesitábamos como agua de mayo. Como se trata solamente de un partido, descansaremos la garganta y apretaremos los puños para confiar en nuestros recursos. El fútbol demostró el sábado que el equilibrio no se basa en un sistema, ni en las idas y venidas mentales de un seleccionador, sino que lo único que se necesita es poner a los mejores. Sólo entonces suena la tecla, click, y, milagro, aparece el fútbol.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

En la frontera de una nueva época

1974 marcó la historia de nuestra vecina Portugal. Desde sus puestos y portales, los carros de combate, los fusiles y los corazones tomaron la calle con un clavel prendido en el alma y apuntando hacia el cielo. Allende nuestras fronteras, China firmaba un decreto por el cual se prohibía la entrada al país a turistas extranjeros, los soldados israelíes abandonaban el Canal de Suez tras años de ocupación ilegal, los países islámicos más desarrollados acordaban ayudar a los países en vías de desarrollo y un terrible terremoto asolaba la capital de Perú. En su particular guerra de las galaxias, EE.UU. ponía en órbita el Mariner para conocer la superficie de Mercurio y un poco más cerca, en la localidad francesa de Suresnes, el clandestino Partido Socialista Obrero Español proclamaba a Felipe González como su nuevo Secretario General.

El séptimo arte lloró la pérdida de Vittorio de Sica y mientras el gobierno franquista ejecutaba a Salvador Puig Antich, las salas de cine estrenaban la gran obra maestra de Francis Ford Coppola, "El Padrino II". En el plano deportivo, el Barça ganaba la liga tras catorce años de sequía y Mohammed Alí se citaba con George Foreman en Kinshasa para disputar el combate del siglo. Miles de kilómetros al norte, las figuras del fútbol mundial se concentraban en Alemania para disputar el décimo mundial de fútbol.

Fue un mundial en el que no estuvo Albania. Realmente nunca estuvo en uno, pero en su fase de clasificación había dejado una histórica victoria frente a Finlandia consiguiendo, así, la primera victoria en sus cuarenta y tres años de práctica futbolística. También hizo historia, pero de manera más negativa, Baldomero Gigán, presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, quien en puertas del mundial decidió prescindir del eterno Sívori por desavenencias, para tomar del brazo a Vladislao Cap y hacerle firmar su nuevo contrato como seleccionador en una pequeña oficina situada tras las boleterías del Teatro Ópera de Mar del Plata.

Fue un mundial desastroso para Argentina en todos los conceptos y una tumba infinita para "el polaco" Cap, quien, semanas antes de viajar a Alemania dirigía los destinos del América de Cali y de buenas a primeras se encontró con un grupo de jugadores cuyas personalidades desconocía y con quienes le faltó mano izquierda e ideas orientativas.

Adidas irrumpió en el fútbol derribando muros y tradiciones. Monopolizó el balón, la ropa y el comercio. Incluyó, por vez primera, el número de cada jugador inscrito en el pantalón y fabricó para la ocasión un balón impermeable, con lo que los partidos con lluvia dejarían de ser tan pesados. Equipamiento que, junto a futbolistas, periodistas, aficionados y hasta los conjuntos folklóricos que actuaron en la inauguración, quedaron aseguradas, por vez primera, por una póliza millonaria y es que toda precaución era poca una vez que la acción terrorista de "Septiembre Negro" en las olimpiadas celebradas dos años antes, había dejado el recuerdo más triste en las ciudades alemanas.

Pero el único recuerdo negro que dejó el mundial fue el de la participación de dos selecciones exóticas que pusieron guinda, color y globalización a un deporte que llevaba años dominando cabezas, almas y corazones. Una de ellas fue Zaire, quienes tras caer derrotados ante Escocia en su esperado debut, decidieron convocar una asamblea de brujos, pagarles billete de avión y alojarles en el mismo hotel en el que se encontraban los jugadores para permitirles idear un conjuro que les condujese hacia la victoria en su siguiente enfrentamiento contra Yugoslavia. Como daba la casualidad de que Vidinic, el seleccionador de Zaire, era yugoslavo y no creía en fantasías, denegó el acceso de los brujos a sus jugadores consiguiendo la cólera de aquellos y la pública acusación de traicionar los valores de quienes le pagaban para favorecer a los de sus paisanos. Finalmente, sin brujos, sin conjuro y sin motivación y en medio de una disputa interna, Yugoslavia venció por nueve a cero y poco más se volvió a saber de Vidinic y sus futbolistas.

La otra selección exótica fue Haití, quien tuvo en Enmanuel Sannon a su héroe nacional. Tras batir a Italia y a Polonia, las derrotas cosechadas habían quedado en simple anécdota, y en plena felicidad participativa, se enfrentaron a Argentina para juzgar la capacidad de los albicelestes de cara a clasificarse para la siguiente ronda. Argentina ganó y esperó que Polonia hiciese lo mismo con Italia para sacar el billete que le alejase de la deploración.

Y en el deseo nació otra historia. Cuando el partido llegó al descanso con victoria polaca por dos goles a cero, varios jugadores azurri se acercaron a sus rivales para ofrecer diez mil dólares por un empate. No fue la dignidad lo que causó el rechazo polaco sino una mejor oferta recibida horas antes, según la cual recibirían un montante de veintidos mil dólares por la victoria. El acuerdo lo habían sellado el delantero polaco Grzegorz Lato y la AFA utilizando como intermediario a un reportero gráfico del diario "La Razón". Polonia ganó el partido, pero pasaron los años y ningún jugador recibió la cantidad prometida. Algunos dicen que el reportero se marchó con el dinero y nunca más se supo de su presencia. Hay otros que señalan a Lato como el dueño del negocio y el guardián definitivo de la prima.

Pero no llegaron más lejos las intenciones Argentinas. En parte porque se encontraron con Brasil pero, sobre todo, porque se encontraron con Holanda. Y es que Holanda era fútbol puro jugado a toda velocidad, exigente con cada lance y espectacular en cada concepto. Ante el asombro general, hubo quien se atrevió a preguntar a Cruyff por aquel nuevo y revolucionario sistema y Cruyff fue claro al tiempo que conciso; "No hay sistema". No había sistema porque cada jugador ocupaba el lugar preciso en el momento correcto, no había sistema porque no había táctica capaz de acaparar tanta precisión a tanta velocidad, no había sistema porque cada futbolista era un espíritu libre en ataque y un perro de presa en defensa. Holanda borró a Argentina y mientras un pequeño país celebraba sus días de vino y rosas, un gran país lloraba un nuevo fracaso. Y ya eran demasiados.

Y si en la victoria habían tenido que celebrar el pase a regañadientes por una velada acusación de incentivación ajena, en la derrota hubieron de sufrir la noticia de la muerte de quien, durante décadas, fue líder político y espiritual del país. Desde luego, no fue un mundial tranquilo para Argentina y mientras algunos futbolistas, como Houseman, lloraban la muerte del general Perón, a otros el disgusto les llegó más por el velo que por la pérdida. Cuentan que Babington y Perfumo jugaban un disputado partido de ping pong y en pleno empate a veinte puntos alguien vino a avisarles de que debían abandonar la concentración para guardar luto y honor a su presidente. "El Mariscal" apretó los puños y escupió una maldición incómoda; "La puta. Ya no podremos terminar la partida".

En la final, a la asombrosa Holanda le esperaba la rocosa Alemania Federal. Era un enfrentamiento entre dos estilos; entre lo clásico y lo moderno y, en un análisis mucho más mediático, entre Johan Cruyff y Franz Beckenbauer. Ganó Alemania y ninguno de ellos fue héroe. De Cruyff recordaremos su omnipresencia y de Beckenbauer su dirección ejemplar, pero la final la ganó Gerd Müller quien, con su gol ratonero, daba el título a su país y batía un record de dieciséis años. Nunca nadie había conseguido anotar catorce goles en fases finales de un mundial y hasta el pasado año, de nuevo en Alemania, cuando Ronaldo anotó su gol número quince, nunca nadie lo había logrado superar. Aunque para hablar del delantero brasileño necesitaremos redactar otro capítulo de estas curiosas historietas de la historia.