domingo, 30 de agosto de 2009

Sábado internacional

A medida que el mundo de las comunicaciones se va globalizando y la tecnología nos va facilitando el camino hacia nuestros sueños, vamos buscando atajos hacia la satisfacción y, en la orilla de nuestro aprendizaje vamos guardando páginas de interés y lugares donde sabremos volver para recuperar nuestros despertares furtivos.

A los que amamos el fútbol y durante años estuvimos soñando con absorberlo todo, el mundo de internet nos empieza a sonar a gloria bendita. Por ello, mientras sigo convenciendo a Sagrario para abonarme a un operador de cable y mis súplicas siguen cayendo en duda esperanzadora, debo seguir buscando en la red el mejor motivo para seguir informado. Y en primer lugar encuentro los blogs, magníficos espacios de reunión donde un puñado de chiflados como yo se reúnen para ponerme al día de todo lo que quiero saber. Y en segundo lugar están los programas para ver fútbol por la red, y a medida que voy dejando sin espacio al disco duro de mi ordenador, voy ganando en locura pues ya no me quedan ventanitas con las que ir alternando mi ansia de visionado.

Por todo ello y gracias a ello, me resultó imposible dejar pasar una jornada como la de ayer en la que pude aclarar varias de mis dudas y pude ir haciéndome una idea de lo que nos espera en esta temporada en la que los dos gigantes de nuestro fútbol serán los auténticos ases a derrocar.

En Inglaterra vi un Chelsea distinto al de años anteriores. Distinto porque sigue manteniendo la solidez que antaño le hizo ganar fama de equipo rocoso y sospechosamente aburrido, pero ahora hasta tiene atisbos de buen fútbol, y eso que la temporada no ha hecho sino empezar. Con un centro del campo de bastante nivel, donde dos veteranos de postín como Ballack y Deco siguen esperando aportar su cátedra desde el banquillo, fía su empuje de velocidad de crucero a una pareja de delanteros aterradora. Ayer, al tran tran particular de los equipos que llegan lejos, aniquiló a un Burnley que salió respondón y se marchó resignado.

Tras los blues hicieron acto de aparación los rojos de Liverpool. Más allá de las dudas que estén levantando al principio de esta temporada, locierto es que en las adversidades siguen buscando la portería rival con orgullo. Cierto es que debe corregir demasiados errores, como la descordinación defensiva y el estado de nervios en el que parece estar sumido su alma máter Steve Gerrard. En un partido que, por sus propios errores, terminó poniéndose cuesta arriba, acabó remontando gracias a su mayor empuje y al miedo de un Bolton que terminó en su área con un hombre menos.

Aunque menos aún me gustó el Manchester United. Cierto es que ganó, pero lo hizo con esa suerte tan característica que suele sonreir a los equipos campeones; esa que dice que se ganan los partidos que se merecen y los que no se merecen también. Si tenemos en cuenta el error clamoroso de Van Persie con cero a uno en el marcador, el piscinazo de Rooney en el penalti que precedió al empate y en la absurdez de Diaby cuando no tenía ningún rival que le acosase, podemos decir que el Arsenal regaló un partido que, en condiciones normales, debió haber ganado y debió haberle servido para acallar todas las dudas que hoy vuelven a cernirse sobre la bisoñez de un grupo que, dicen, cada vez está menos preparado para los grandes compromisos.

Más allá de las islas se jugaron dos partidos de esos que dilucidan el valor de promesa de los que verdaderamente aspiran y los que no tienen nada. En este último grupo se encuentra el Milan, acomplejado por una plantilla demasiado trillada y poco competitiva y, ayer, humillado por un Inter que, casi andando, le dejó bien claro a su vecino que de un tiempo a esta parte las aguas del Olona han cambiado su cauce. Hoy, la ciudad de Milán sonríe en azul y negro con un equipo donde se ve el sello de Mourinho; poca concesión al rival, protagonismo de los laterales, nada de extremos, mucha fuerza en el centro del campo y juego rápido hacia los delanteros. Interesante sociedad la que pueden formar Milito y un Eto'o que, creo, no tendrá la misma influencia en el juego del Inter como lo tenía en Barcelona. Ante un Milan demasiado infértil, diezmado con un Gattuso que fue expulsado por su desquiciamiento y por verse obligado a tapar fuegos lejos de su zona, el Inter demostró solidez y mucha pegada. Me gustó Snejder y me gustó Motta, ese futbolista que hace poco más de un año los visionarios dirigentes del Atlético de Madrid dieron por inútil para la práctica del fútbol. Para hoy queda un interesante Roma – Juve en el que los bianconeris deben demostrar que este año son la alternativa más seria para derrocar el reinado interista.

Y por último viajé a Alemania. Es cierto que al Bayern de Van Gaal le queda mucho, pero ayer pudimos percibir algo de sus pretensiones. Al equipo más grande de Alemania le va atraer jugar con extremos, lejos de los cánones clásicos de Baviera y más cercano a las pretensiones del afamado Louis. Así, con la entrada en el equipo de Robben y si consiguen mantener a Ribery, pueden convertirse en un equipo interesante siempre y cuando corrijan los verdaderos problemas que tienen en la creacción y, sobre todo y según se vio en partidos anteriores, en una defensa a la que aún le queda mucho trabajo.

martes, 25 de agosto de 2009

Mágico

Había un tipo descuidado y desgarbado con una camiseta amarilla. A simple vista no parecía un buen futbolista y, si apurabas el análisis, ni siquiera parecía un futbolista. Podía confundirse con cualquier vividor de paseo marítimo y bohemio de noches de luna llena. Y el caso fue que le gustó la noche, la luna y el mar. Y el caso fue que resultó ser un futbolista como pocos, un mago de media tarde y un sueño bendito de media noche.

Los hombros bajo la línea del cuello, la velocidad escondida en la desidia y la fuerza de los que sacan la azada a pasear, obviada en el innato asombro de su talento. Lo suyo eran las tardes de sol y sombra, la puerta grande del Carranza y los detalles visibles, aplaudibles y mágicos.
Así le llamaron; mágico por los trucos que guardaba bajo la chistera de sus botines de futbolista, mágico porque en cada aparición lograba que el sol brillase con ímpetu sobre los delirios de las playas de Cádiz. Una ciudad puesta en pie y un tipo inolvidable. Un jugador de esos que, cuando se van, dejan la sensación de que el alma vivirá para siempre sumida en la cueva nostálgica de lo irrepetible.


viernes, 21 de agosto de 2009

El gol del ascenso

Durante muchos años nos pasamos recordando gestas implacables y momentos gloriosos de nuestro fútbol más memorable. Repasamos los momentos clave y no tardamos en identificar cada triunfo con un héroe concreto. A menudo, tendemos a olvidar que un instante o unos días antes, otro hecho, menos importante en la historia definitiva, encarriló la subida hacia el cielo de todas nuestras pasiones. Como el gol de Bakero en Kaiserslautern o el de Iniesta en Stamford Bridge.

Incluso hay tipos mucho más olvidados. Jugadores anónimos que, en un gesto y un remate hacia el destino, son capaces de reescribir la historia aunque después sea la historia la que se encargue de borrarles a ellos.

Garikoitz Uranga es un futbolista de perfil bajo, poca repercusión y sin calidad suficiente como para hacerse un hueco en la élite de nuestro fútbol. Y sin embargo, él escribió una tarde de mayo uno de los renglones más importantes de la reciente historia del Getafe. Corría el minuto ochenta y cinco de un partido trabado, el Eibar había empatado a uno y se encerraba en su área defendiendo su botín (y probablemente su prima) como gato panza arriba. Gica recogió un balón en la esquina del área y puso un centro de esos que, por ser una pieza de arte, son imposibles desperdiciar. Allí apareció Gari para cabecear a la red y situar al Getafe en la segunda posición de la tabla clasificatoria a sólo una jornada del final.

Después llegó la goleada en Tenerife y al pobre Gari le fueron olvidando las tertulias de sobremesa a medida que el tiempo ensalzaba a Pachón como el “héroe del ascenso”. Son las villanías de la desmemoria. Ninguno de los dos triunfará en el fútbol de élite y los dos seguirán curtiendo sus piernas en campos semivacíos, pero a uno le sonreirá la historia y al otro se lo llevará el olvido.


lunes, 17 de agosto de 2009

Sin carrerilla

Ahora que el plazo del mercado de fichajes apura su límite, viene a la memoria uno de esos fichajes de última hora que, por fuerza y “gracia” del talonario revolucionan los titulares, iluminan las sonrisas de los ganadores y hacen torcer el gesto de los indefensos.

Corría el último día de agosto de 1997 cuando Núñez, acorralado por el barcelonismo después de vender al fulgurante Ronaldo al Inter de Milán, sacó la chequera y pagó la cláusula de rescisión del mejor jugador del Deportivo La Coruña. El Dépor se quedó sin la piedra angular de su proyecto y el Barça ganó un tipo que entendía el fútbol de una manera muy distinta a la de su nuevo entrenador, Louis Van Gaal. Nació así una intensa relación de poco amor y mucho odio en el que un entrenador ponía a su jugador más decisivo pegado a la banda izquierda y su jugador más decisivo terminaba jugando por donde le daba la gana.

Entre los ciento siete goles que marcó en sus seis temporadas en España, queda el recuerdo de medio centenar de tantos espléndidos; de tijera, de cabeza, de falta directa, de penalti y hasta desde el centro del campo. Como aquel día en el Vicente Calderón cuando el estadio rojiblanco se vistió de gala para despedir a José Luis Pérez Caminero. Aquel fue un partidazo del Vieri y el último de Radomir Antic en su primera, y más gloriosa época, al frente del Atleti. Mediada la primera mitad, Rivaldo agarró un balón sobre el círculo central y, sin aparente esfuerzo, le marcó este gol a un Molina que solo tuvo la opción de mirar como le retrataban en una obra de arte.


martes, 28 de julio de 2009

Cambio de cromos

Recuerdo que, cuando de pequeño, coleccionaba cromos, sentía una emoción inmensa cada vez que descubría la estampa de mis jugadores favoritos una vez había roto el sobre. Como niños sensorialmente moldeables que éramos, jugábamos a ser el mejor jugador de la liga con una pelota de reglamento descosida y dos chaquetas en el suelo a modo de portería. Pasaban las temporadas y nuevos y relucientes fichajes asomaban por las últimas páginas del álbum, en su pose de prometedor ilusionista del césped veíamos un nuevo motivo para arrancar un duelo al sol de media tarde y una nueva muesca en el olvido hacia los ídolos anteriores. Era el poder irrebatible de la novedad, el fichaje nuevo que nos hacía olvidar al anterior, la arrogante sensación de tener entre las manos a la figura del futuro.

Cuando el Barça fichó a Eto’o aún era un equipo medio a la deriva que se agarraba con uñas y dientes al poder mágico de un Ronaldinho eclosionante. Contaba con los dedos de una mano las temporadas en blanco y Laporta vivía su primera reválida de verdad auspiciando éxitos con el dudoso Rijkaard en el banquillo y un par de chavales de la cantera en la capitanía. Llegó Márquez y apuntaló la defensa, llegó Deco y propició el manejo de los tiempos, llegó Eto’o y todos aquellos goles que habían quedado en el limbo regresaban al cajón de las celebraciones más entusiastas. El Barça volvía a ganar y volvía a recuperar el estilo. El Camp Nou volvía a postrarse.

Llegaron entonces los días de los coleccionistas de cromos. Quien adoraba a Eto’o le situaba en el altar de las consagraciones deportivas. Hubo quien pidió para él Balones de Oro que se ganó en el campo y perdones velados por lo que se iba ganando fuera de él. El chico marcó un gol en la final de la Copa de Europa y el mundo dejó de acordarse de aquellos días recientes en los que el equipo hilaba pero no apuntillaba. Eto’o y Ronaldinho eran la nueva gloria del barcelonismo.

Como no existe otro equipo tan propenso a desfigurar a sus mitos como lo hace el Barça, los coleccionistas de cromos no tardaron en romper el cartón de Ronaldinho una vez que comprobaron que el brasileño se había bajado del pedestal del cielo para irse de fiesta a los infiernos. Y como en las escaramuzas el equipo perdió ligas y respeto, a los compra sobres les cansó el estigma polémico del hermano Eto’o. No tardaron en pedir su cabeza y buscar en el sobre un nuevo fichaje que pegar en las últimas páginas de su álbum.

Resulta que el chico siguió marcando goles como quien pega estampas en un papel pero el cromo ya estaba bastante manoseado. Dejó treinta goles en una liga irrepetible y nuevo gol en una final de ensueño ante el Manchester United, pero hacía tiempo que era un rey muerto y el populacho ansiaba con ganas proclamar de nuevo un “Viva el rey”.

Y el populacho ya tiene su rey. Un nuevo cromo flamante y espectacular. Un fichaje de esos que, cuando lo conseguías, te temblaba la mano a la hora de poner el pegamento. Ibrahimovic es técnica e imaginación envasados en un musculoso cuerpo de dos metros. Un jugón de los que levantan estadios y hacen soñar a los coleccionistas de ilusiones. En sus sonrisas de ayer pudimos descubrir la ilusión de un tipo que viene a España a disfrutar del fútbol y en la sonrisa de los presentes pudimos descubrir la satisfacción de quien sabe que ha roto un cromo y ha regresado a casa con un nuevo fichaje en el interior del sobre.

Que nadie se engañe, pasarán los meses y el cromo volverá a estar obsoleto. El camerunés seguirá marcando goles y la gente seguirá, nostálgica, observando aquellos viejos álbumes en los que un tipo negro celebraba goles con los ojos en blanco. El álbum del presente será mucho más espectacular y divertido, el nuevo fichaje dará colorido y motivos para presumir, yo como coleccionista de sueños, seré el primero en encender el álbum colorido de mi televisor para verle inventar en su página de sueños, pero aquellos goles del cromo que nos abandona quedarán para siempre presentes en el cajón de las celebraciones más entusiastas.

martes, 21 de julio de 2009

La alegría del pueblo

Quizá el tiempo no sea más que un filtro para los más osados, puede que no sirva tanto de aprendizaje como de baúl constante de recuerdos, puede que más allá de los logros se sienten los pequeños momentos o que estos se vean acrecentados con el toque sutil de quien sabe contarlos porque en cada anécdota de boca en boca nacen las leyendas y cuando los hombres mueren, en la mayoría de las ocasiones, es cuando nacen los mitos.

En el fútbol, los héroes de hoy son aquellos señores de mirada inquietante, dientes apretados y medias altas que celebran un gol consigo mismo como si en su último golpeo hubiesen redimido todos sus retos. Hubo tiempo en el que los héroes también eran de trapo y jugaban con la sonrisa puesta, ejemplo palpable de que el amor por el juego iba por delante del amor por el dinero. Si hablásemos de héroes torturados, cómicos de pelota cosida y piernas de bufón, sería imperdonable que nos olvidásemos del gran Mané Garrincha.

Como un niño que analiza con incredulidad su último regalo de reyes, Garrincha miraba cada tarde la pelota sabiendo que dentro del campo sería por siempre su más leal compañera. Con sus pies de goma torcida, si espalda arqueada y su mirada de niño malo, embestía de un lado a otro engañando al defensa en cada amago. De dentro hacia afuera y de afuera hacia dentro, una y otra vez, en la arrancada dejaba el aroma intacto del fútbol de callejón y descampado, como cuando era un niño y los chavales de su barrio le perseguían como locos, la hinchada de Botafogo celebraba alborozada cada regate porque cada quiebro era el preludio de una clara ocasión de gol.

Le apodaron Garrincha por un pájaro feo que anidaba con soltura sobre las ramas frondosas que adornaban los jardines vecinos. Como él, el pequeño Mané caminaba con desgarbo, como si de un payaso de circo se tratase; una inoportuna poliomielitis le había deformado las piernas y la espalda y hubo de sobrevivir, durante muchos años, sabiendo que ni los más crédulos eran capaces de verle vestido de corto dentro de un campo de fútbol.

Con su columna desviada, sus piernas arqueadas y sus pies torcidos, manejaba las telas del almacén textil en cuya cancha improvisada dio sus primeras lecciones como semiprofesional. Recomendado por astutos aficionados al partido de los domingos, recorría las canchas de entrenamiento de los mejores equipos de Río y en cada una de las líneas de cal recibía el mismo “no” por respuesta.

Hasta que llegó el día en que probó en Botafogo y el capitán Nilton Santos replicó al técnico que le hizo la prueba; “Nos lo quedamos”. Y en aquella frase nació la leyenda del tipo de pies de trapo y corazón de peluche. Los estadios, acostumbrados hasta entonces a la monotonía de un juego sin iniciativas, comenzaron a llenarse para ver jugar al joven Garrincha. Alborozados, los hinchas de Brasil no tardaron en aclamarle como héroe popular y la prensa comenzó a bautizarle como “La alegría del pueblo”. No había partido que jugase Garrincha y que acabase sumido en la nada.

Desde entonces jugó más de quinientos partidos con Botafogo y medio centenar de encuentros vistiendo la amarelha de Brasil. Ganó dos mundiales y solamente perdió un partido. Fue el día que los portugueses ajusticiaron a Pelé y Brasil perdió el crédito de los sueños imperecederos. Aquel día murió una generación y nació una nueva llena de tipos que habían crecido mirando como Garrincha inventaba quiebros, amagos, disparos y goles de fantasía.

Tras aquella aventura inglesa y cuando su palmarés reflejaba más gloria que desencanto, el chico de la mirada perdida, ya convertido en hombre de frases incongruentes, decidió operarse las rodillas y en su peregrinaje por los quirófanos se dejó la magia, el contagio y las sensaciones de domingo inolvidable.

Botafogo le despidió cuando comprobó que su velocidad ya no era la de una gacela, los equipos de Brasil por los que pasó terminaron por señalarle con el dedo como culpable de sus desgracias y en sus andanzas por el mundo no encontró un lugar donde regresar a los días de vino y rosas.

En sus noches de soledad devoraba botellas de alcohol y en cada mirada distraída abría la puerta para que una nueva mujer se adentrase en su vida. Las fue abandonando a todas igual que lo hizo con consigo mismo. Y al tiempo que fue olvidándose de lo que un día fue, el pueblo, aquel de cuya alegría se hizo partícipe en sus regates, también fue olvidándole hasta dejarlo morir en una esquina, con el hígado destrozado y una botella de alcohol en las manos, como la última imagen de un héroe desterrado por sus propias miserias.

En los lamentos de cada brasileño pudo leerse el arrepentimiento de quien sabe que dejó morir a un tipo inolvidable. Nadie se hizo más mal que él mismo; “Yo no vivo la vida”, había dicho, “la vida me vive a mí”. Y le vivió hasta que se ahogó en sus mejores recuerdos. Del extremo derecho imparable ya no quedaba nada y aún así todo Río de Janeiro salió a la calle para darle un último adiós.

Murió el hombre y nacieron las leyendas. Muchas de ellas le vistieron de hombre infantil con cerebro retrasado. Quizá no fue el tipo más lúcido, pero tampoco el más ignorante. Le exprimieron cuanto pudieron y la última gota de jugo fue apurada por sus propios lamentos. Fue feliz mientras quiso y eso es algo que ni los más acaudalados, los más inteligentes y los más precavidos son capaces de lograr.

miércoles, 3 de junio de 2009

Ciao Capitano

3 (Por Christian Castellanos)
Se va Maldini, el “3” eterno que ha marcado la vida futbolística de toda una generación. Una noticia que no por ser esperada, es menos impactante. Pero aunque duela, aunque el fútbol a partir del próximo otoño sea distinto sin él, es conveniente quedarse con lo mejor que nos ha dado y después dejar hacer al destino. Y lo mejor de Maldini son partidos inolvidables, monumentos defensivos y títulos, muchos títulos. Los ha ganado en verano, primavera, otoño e invierno y en tres décadas distintas: en los ochenta como el reservado hijo de Cesare, en los noventa convirtiéndose en el jugador ideal, todo clase y elegancia. Y ahora, en el tercer milenio, precisamente el número “3” se ha convertido en la imagen del capitano y del milanismo. Un “3” que ahora viste un jugador demasiado castigado por las lesiones, pero que siempre da el máximo cuando se necesita de él. Un “3” que nadie volverá a vestir nunca estampado en franjas rossonere.

Paolo Maldini debutó en Serie A cuando no había cumplido aún los diecisiete años. Fue en 1985, cuando aún no existía el teléfono móvil, Internet era un lujo para unos cuantos y Europa todavía estaba dividida en dos vergonzosas partes. Hace más de veinticuatro años de aquello (debutó en Udine un veinte de enero de 1985 de la mano de Nils Liedholm), toda una vida que Maldini ha vivido con la camiseta rossonera. Con esos dos colores bordados en el corazón, Paolo ha ganado absolutamente todos los trofeos que se pueden ganar, a los que ha contribuido, además de siendo uno de los mejores defensores de la historia, con cuarenta goles. Ahora que se va, dice que no se arrepiente ni se lamenta de nada, y por su vida en el Milan está fuera de toda duda. Pero le quedará un ligero sabor amargo, una doble espina clavada en el corazón: el Mundial perdido en los penaltis y el Balón de Oro que pudo ganar un par de veces y jamás consiguió. En 1994 fue tercero tras Stoichkov y Baggio.

Pero a parte de mito mundial, Maldini también es hombre de records, pequeños y grandes: marcó el gol más rápido en una final de Champions (a los cincuenta y dos segundos en la final que posteriormente perderían contra el Liverpool en 2006), único jugador capaz de ganar una Champions dieciocho años después de otra, máximo número de participaciones con la selección italiana, con la que jugó todos los partidos de las fases finales a los que llegó (veintitrés en total), todos de titular y nunca siendo sustituido; lo que le convirtió en el jugador que más minutos ha jugado en la historia de los mundiales, con dos mil doscientos diecisiete. Con los veintiséis títulos que ha ganado, decir que es uno de los mejores jugadores de siempre es quedarse corto y pensar en un Milan sin él en el momento de ganar esos títulos es un ejercicio de una dificultad considerable. En una ocasión, en la versión italiana del conocido ‘¿Quién quiere ser millonario?’ a uno de los participantes le formularon la siguiente pregunta: “¿Quién era el capitán del Milan cuando ganó la Supercopa de Europa contra el Sevilla en 2007?” La respuesta parecía clara: “Maldini” respondió repleto de confianza. Pero no, fue Massimo Ambrosini. Pocos lo recordarán. Porque el símbolo histórico del Milan, el relevo del gran Gianni Rivera hace años que lo tomó Paolo Maldini y es difícil que no ocupe el primer lugar en las cabezas del milanismo. En 2007, tras coronarse con el Milan campeón del mundo de clubes, el genial director de La Gazzetta, Candido Cannavò, después de decir que “el próximo objetivo de Maldini será la ‘Copa de las Galaxias’ contra Marte capitaneado por el increíble Hulk”, escribió un anagrama curioso: cambiando de posición una ‘d’ y una ‘i’ de Maldini, se obtiene “di Milan”. El destino lo quiso grande. Y ahora el fútbol llora lágrimas de orgullo.

3 (Por Pablo Malagón)
Tres son los colores primarios y los ideales de la Revolución Francesa, “Liberté, Igualité, Fraternité”. En la cultura medieval cristiana, el tres era el número que encarnaba la perfección, no obstante, su principal icono de reverencia, había sido el tercer crucificado en el Gólgota y había regresado al mundo de los vivos al tercer día de su muerte. Tres fueron los Reyes Magos, tres las carabelas de Colón y tres los pasajeros del Apollo XI que logró, con su alunizaje, la primera victoria espacial entre potencias. Famosas son las trilogías y muy tenidos en cuenta son los trienios para los agricultores. En numerología, el tres significa expansión, sagacidad, simpatía, agilidad y valor. Y en fútbol, el número tres irá ligado para siempre a la figura imponente del gran Paolo Maldini.

Maldini también tuvo tres colores; el rojo y el negro de su Milan y el azul de su Italia natal. Como los idealistas que cambiaron el mundo, también conjugó libertad, igualdad y fraternidad a la hora de sofocar los problemas de un compañero. No se le conocen resurrecciones porque jamás desfalleció en el campo y, como el conquistador de títulos que siempre fue, formó trilogía inolvidable junto a Baresi y Costacurta en sus primeros años de cabalgata por el carril izquierdo. Fue insuperable, sagaz, simpático, ágil y valiente; fue un icono, un fijo en alineaciones de carrerilla y un capitán inolvidable. Maldini ha sido el único lateral izquierdo que llevo recordando desde que cumplí los diez años. Ahora tengo treinta y tres y el tipo, con la misma planta, el mismo porte de atleta inquebrantable y la misma mirada competitiva de hace veinte años, dice que se va porque se siente demasiado mayor para jugar al fútbol y no sabe que nuestra ilusión sigue siendo lo suficientemente joven como para seguir viéndole luchar frente a frente contra los delanteros más osados.

Si la perfección implica éxito, motivación y reconocimiento, podríamos encontrar en Maldini un conjunto de cualidades que le acercarían bastante al concepto de defensor perfecto. En sus duelos más memorables salió airoso porque sabía conjugar, con exquisita profesionalidad, la disciplina y la inteligencia. Como físicamente era un portento, tiraba de manual en cada duelo defensivo; si el contrario era rápido, cruzaba para desestabilizar, si el contrario era habilidoso, anticipaba para no verse sometido a una vergüenza pública, si el contrario era técnico, le ofrecía salida hacia su pierna mala para asfixiar sus intenciones de centro al área. De esta manera, pasaron los años y frente a él sufrieron tipos como Michel, Lentini, Kanchelskis, Figo o Ronaldo. Tipos de tres generaciones distintas que supuraron sus temores con el recuerdo y la admiración. Mientras estaban en el campo, buscaban un resquicio con el que ridiculizar antes de verse ridiculizados, y cuando los años cicatrizaban las heridas, salían a las ruedas de prensa para vanagloriar la figura del mejor lateral izquierdo al que se habían enfrentado jamás.

Se va Maldini y se nos va un pedazo importante de nuestra memoria. Desde aquel Milan de Liedholm hasta este de Ancelotti han pasado veinticuatro años y veintiséis títulos. En todos ha estado el número tres, ese que encarna la perfección, la simetría y el ejemplo a seguir para generaciones futuras. Se va un símbolo y queda atrás un número que jamás volverá a infiltrarse entre las franjas rojas y negras del Milan. Su equipo, su estadio y su afición, seguirán sorbiendo fútbol, pero para los románticos, no será lo mismo sin él porque sin él el Milan no hubiese sido lo mismo.

jueves, 28 de mayo de 2009

El triunfo verdadero (por Christian Castellanos)

La temporada que acaba ha sido especialmente extraña en Italia. Se vivían, al principio unos aires de renovación que soplaban desde las muchas partes en que pretendían acabar con el dominio del Inter. Seguramente algo hicieron mal cuando el fichaje más destacable fue el de José Mourinho como entrenador precisamente del Internazionale. El portugués llegaba a Italia después de hacer historia en el Chelsea para devolver al equipo neroazzurro la gloria perdida a nivel continental desde hace más de cuarenta años. La presión absorta de la prensa más voraz del continente le llevó a renunciar de algunos de sus pensamientos más profundos y arraigados. Pero de lo que alguien como Mourinho no podía renegar era a él mismo: a ser entrenador y no convertirse en un mero “allenatore”.

De las necesidades de un grupo confiado, algo viciado y en parte endiosado, Mourinho hizo virtud y supo adivinar, ya desde la pretemporada veraniega, el talento de Davide Santon. Descubrió en él las cualidades que en estos tiempos requiere la élite: un chaval sereno, sensato, con la única estridencia de tener media ceja afeitada y con ganas de trabajar el fútbol. Sí, trabajar. Porque el fútbol, con la masificación, la adoración y el cariño de los aficionados se convierte en un todo o nada para el que quiere llegar a la primera línea: el objetivo de no fallar autoimpone una responsabilidad altísima que pocos aciertan y para la que hay que trabajar duro.

A pesar de ser una de las piezas claves del campeón de Italia, no ha perdido la normalidad del chico que con trabajo encontró la fortuna. Como ya forma parte del primer equipo, toma clases particulares por las tardes y sigue sacando tiempo para conectarse a la red y consultar un Facebook que hasta hace pocos meses tenía poco más de trescientos amigos y hoy son más de cuarenta mil seguidores con los que habla con naturalidad. Y lo hace con normalidad, con la tranquilidad y el buen hacer que le han permitido diplomarse en el máximo nivel amargando una noche de Champions al mismísimo Balón de Oro. A Mourinho se le enciende ese brillo especial que otorga el triunfo en los ojos cuando habla del “bambino”, un jugador de pocas palabras y muchos hechos.

Horas antes de su debut en Serie A contra la Sampdoria, estuvo durmiendo dos horas. Relajándose, pensando. Quizá se le pudo escapar alguna lágrima de alegría. La gloria le había venido a visitar anticipadamente. Era su momento y no lo podía desaprovechar. Dentro del campo es humilde y trabajador como fuera. No hace demasiado, entrevistada su madre, comento: “Ahora tiene su propia tarjeta de crédito, pero siempre llama a casa antes de usarla”. Con esa mentalidad de reasegurar cada paso que da, salta al terreno de juego ahora cada semana y ante decenas de miles de espectadores. Es el momento de dar el máximo y de recompensar los esfuerzos y sufrimientos de la afición. Ellos también saben que la temporada sólo dejará un Scudetto (otro más, y deslucido) en las vitrinas. Pero en los laterales del equipo multicultural desde su formación; por el que en los últimos años han pasado van der Meyde, Dalmat, Brechet, Choutos, Kallion o Lamouchi, también corría, trabajaba y luchaba Giacinto Facchetti. Y por ese camino va ahora Santón. Sin duda, el verdadero triunfo de la temporada. Para él y para todos.

jueves, 21 de mayo de 2009

El fútbol no es lo importante

Suele suceder, cuando no hay mucho que tratar, que se trate de distraer al diablo poniéndole un redil de moscas junto al rabo. Más por andar tentando a la suerte que por tener algo serio que contar. El Madrid se deshace como una chocolatina en verano y a los que quieren informar les da por especular. Ayer Wenger, hoy Mourinho y mañana, quien sabe, quizá sea Guardiola. No me toméis por loco que los locos son ellos; aquí nadie abre la boca pero todos tienen algo que contar. Unos que si Kaká, otros que si Cristiano y hasta el más pintao es capaz de fotografiar a Villa junto a un bolardo del centro de Madrid y se piensan que han descubierto América subido en una carabela. "Paren las máquinas, hemos visto un bolardo". Y entre tanto despropósito apenas queda espacio para la cordura.

Y es que más allá de los delirios, los rumores y el tremendismo incontrolable que genera el Real Madrid, existe el drama de los que necesitan puntos y el nerviosismo de los que se juegan regresar al lugar que les corresponde. Por arriba, descuidado el Barça por correcto y obviado el fútbol en el Madrid, por políticamente incorrecto, encontramos una lucha titánica entre cuatro equipos que ven la Champions como lo que realmente debería ser: una tabla de salvación. Y es que entre lo que no hay y lo que no se puede sacar, este final de temporada regresa a la emoción con dos jornadas plenas de entusiasmo. El Sevilla debe asegurar el alivio de la tercera plaza y para la cuarta, donde la pelea de la previa es un hecho siempre quisquilloso, están un Atlético con mando en plaza y sustituto en ciernes, un Valencia sin mando y sin futuro y un Villarreal con mando, futuro y sustitutos. Es la diferencia entre el rico que lo perdió todo y el pobre que aprendió a ser rico a base de mirar atrás solamente para recordar el lugar del que procede. Aunque el Villarreal lo tenga más complicado que nadie, es más factible que siga encaminado por la senda del éxito que sus dos adláteres en el camino a la gloria. Y es que ya sabemos todos que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita.

Por abajo la película contiene más escenas de suspense. Hasta que llegue el terror y la muerte, media docena de equipos se pegarán por lograr el premio de la permanencia. Tintes especiales de drama toman los duelos directos del fin de semana. A Valladolid viajaran miles de gijonenses dispuestos a entonar el deseo de permanencia de un equipo que nunca ha dejado de soñar. En Pucela, donde aún aguardan el remedio casero de la victoria, se muerden las uñas sabiendo que hace tiempo que llegó la tranquilidad pero que el alivio aún no termina de conquistarles. Peor aún será el duelo entre Getafe y Numancia. Preveo una invasión rojilla en un Coliseum que, hasta hace no mucho, disputaba duelos a sueño abierto ante los más grandes. Dura es la caída del soñador. Despertar en segunda es un amargo pensamiento contra el que muchos getafenses aún no estamos vacunados. De reojo, miraremos lo que pasa en Valladolid, Barcelona, Málaga y Huelva, no vaya a ser que a la divina providencia le de por marcarnos goles hasta jugando en otros estadios.

Así de importante es la actualidad de nuestro fútbol y así de desaprovechada nos la quieren mostrar. Unos seguirán buscando sustituto a Abel sin tener aún el caramelo del objetivo en el zurrón de las misiones cumplidas, otros seguiran intentando retener a sus estrellas pese a que le deuda les comprima la gargante. Los habrá aún peor, porque más allá de la lucha por Europa, hay seis equipos que quieren quedarse en Primera sí o sí. Otros, como Málaga y Deportivo, merecen el aplauso más sonoro una vez comprobamos que su temporda es canela fina a concordancia con sus recursos. Por arriba, al líder indiscutible le siguen restando días de cara al partido más importante de la temporada. Pero por más que lo contemos, todo eso no importa tanto como las suposiciones y rumores en torno a un tipo que en poco menos de un mes, regresará al lugar que le corresponde para salvarnos a todos de la quema. Vuelve Florentino y el mundo vuelve a girar alrededor de su ego.

jueves, 14 de mayo de 2009

La vida o la muerte

Durante toda la vida andamos subiendo y bajando al tobogán de los sentimientos. Le damos tanta importancia a los asuntos triviales que, a menudo, sentimos morir en vida por un resultado, un pequeño fracaso o un sueño incumplido. En la matriz de nuestras trivialidades, el fútbol representa un papel más cotidiano que trascendental, pero injusto sería dejar de reconocer que, durante todos nuestros días, andamos pensando en el próximo partido y que, en dependencia a él, podremos calibrar nuestro estado de ánimo de cara a la siguiente semana.

Es cuando se acercan los momentos decisivos, cuando más sentimos crecer en nuestro estómago la serpiente de la ansiedad. Como el partido y, por ende, el resultado, no depende de nosotros sino del buen hacer de los futbolistas, pasamos del optimismo al pesimismo, y viceversa, cada vez que recordamos un gol, un error defensivo o la última derrota transcendente. Si extrapolamos los recuerdos al ejercicio futbolístico el Atleti, podríamos conjugar nuestras dudas en una quimera repleta de confusión. A un ridículo espantoso le sigue una remontada épica y a un partido bochornoso le sigue uno impredecible. Y si echamos la vista al frente y encontramos la siguiente piedra del calendario podríamos bajar los brazos, soltar todo el aire que acumulan los pulmones y, al fin, preguntar ¿Qué tipo de partido veremos contra el Valencia?

Para mí, que el Atleti es parte de mi vida y, en consecuencia amatoria y sufriente, parte indisoluble de mi muerte, pensar en logros significa soñar en verdades. Para un equipo que cada año se empeña en bajar un peldaño en la escala de la grandeza, afrontar un partido de Champions significa reencontrarse con la historia y emplazarse a soñar de nuevo. Como de dudas andamos sobrados y de juego andamos escasos, terminaremos por aferrarnos a Agüero y Forlán como únicas tablas salvadoras en estos momentos de interminable crisis de identidad.

De lo que quiera ser el Atleti depende, en gran medida, lo que quieran ser ellos dos. Si el año que viene vuelve a sonar el himno de la Champions en el Calderón, es posible que nuestra pareja atacante siga deleitándonos con goles y celebraciones pintadas en rojo y blanco. Si, por el contrario, el Valencia nos vuelve a poner los pies en el suelo, como otras veces sucedió con otros tantos equipos, es más que posible que nos veamos obligados a reinventarnos de nuevo. Que Zipi y Zape vuelen a destinos más ambiciosos, que volvamos a bajar un peldaño más y que sigamos preguntándonos en qué nos hemos convertido. Y todo ello con Gil Marín y Cerezo en su inquebrantable sillón de horribles condenas. Más vale ganar al Valencia si queremos seguir viviendo. De lo contrario, una vez más, volveremos a morir en vida.