miércoles, 26 de noviembre de 2014

Esplendor en la hierba

"Nada nos devolverá los días del esplendor sobre la hierba, pero nos recordaremos y fortaleza hallaremos en lo que nos queda.". Estas líneas de William Wordsworth sirvieron de base a Elia Kazan para introducirnos en uno de sus más aclamados filmes. "Esplendor en la hierba" cuenta el auge y caída de una generación que se creía capaz de comerse el mundo y que terminó, en muchos casos, sumida en el anonimato o en la locura. Nada devolverá a los protagonistas aquellos días frenéticos de juventud, pero siempre permanecerá en el recuerdo aquello que lograron y les servirá para mirar al futuro con orgullo.

Desde la juventud, el Valencia montó la base del que probablemente fue el mejor equipo de su historia. A mediados de los noventa, un chico tímido de la cantera subió al primer equipo para ocupar el puesto de lateral derecho. Quique Flores se había marchado al Madrid y el Valencia, en pleno proceso de recomposición, hubo de buscar en Paterna las piezas que le faltaban a su engranaje. En principio, Mendieta no tenía apariencia más allá de un tipo cumplidor, que bregaba la banda y centraba al área aceptablemente.

Pero ocurrió que de la necesidad se hizo virtud. En muchas ocasiones, los tránsitos con zozobra suelen conducir a buen puerto siempre que la crisis se gestione con mano izquierda. El Valencia fichó mucho y el tiempo fue acomodando a cada jugador en su lugar. En el lateral derecho terminó por acomodarse el francés Angloma y el chico rubio de paterna, poco a poco, se fue acostumbrando a jugar en el centro del campo. Y cuanto más libre jugaba, más feliz era. Y cuanto más feliz era, más ganaba su equipo.

 En aquellos días de esplendor en la hierba, los más grandes, uno a uno, iban cayendo como víctimas mediáticas a las que apuntar como una muesca más en el revólver en que había convertido su magnífica pierna derecha. Un golazo al Barça de volea, un gol al Madrid de falta y un gol estratosférico en la final de copa frente al Atlético terminaron de encumbarlo. Una vez en la cumbre, el Valencia visitó San Mamés, y a Mendieta no le quedó otra opción que homenajear a sus orígenes con una obra maestra. Recibió el balón en tres cuartos, avanzó hacia el área y como si generar una obra de arte fuese lo más fácil del mundo, fabricó uno de los goles más bonitos de su carrera.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mané



Patizambo, cojo, achepado y falto de luces. Podríamos estar hablando de cualquier desafortunado ciudadano golpeado por la vida y las enfermedades. Astillado por la poliomielitis y objeto de mofa entre los niños del descampado. Era tan feo que le apodaron Garrincha; el nombre por el que allí se conocía a uno de los muchos pájaros tropicales que, de vez en cuando, aparecían por las afueras de la ciudad.

Pero cuando un balón botaba por la tierra, era el primero en cazarlo y el último en soltarlo. Aprendió a sortear patadas y a acelerar ante quienes querían bloquearle, pero, sobre todo, aprendió a frenar. Y qué maravilla era verle frenar tras una arrancada. Le gustaba enseñar la pelota, la escondía tras el talón y aceleraba. Acto seguido frenaba. Y volvía a salir disparado. Y en el proceso, claro está, dejaba a un defensor cariacontecido y un espectador boquiabierto.

La fama del niño feo y malformado recorrió Río de Janeiro y el pequeño Mané terminó enrolado en las filas de Botafogo donde dio sus mejores tardes y donde sus jugadas terminaron convirtiéndole en mito. Aún se le recuerda fajando contra Nilton Santos en cada entrenamiento y como después, en los partidos, previa charla del capitán, salía a divertirse y dejaba defensas tumbados en cada uno de sus esláloms. No tardó en convertirse en el jugador más decisivo del equipo. Volaba, frenaba y arrancaba. Muchas veces asistía y otras tantas marcaba. Tres veces campeón carioca y el premio irrechazable de convertirse, por derecho propio, en el dueño de la banda derecha de la selección brasileña.

Los que recuerdan aquellos mundiales, los que evocan goles y momentos, suelen remitirse a Pelé como astro principal en el triunfo, pero lo cierto es que sin Garrincha no hubiese habido goles de Vavá en el cincuenta y ocho y sin Garrincha no hubiese habido paseo triunfal en Chile en el sesenta y dos. Los que creen que Maradona fue el único jugador capaz de ganar por sí solo un campeonato del mundo, olvidan que veinticuatro años antes, un genio de piernas torcidas acaparó el balón con tanta consistencia que no lo soltó hasta conseguir que su equipo repitise la gloria como campeón del mundo.

El resto es fábula triste con lágrima y moraleja. El tipo al que un día apodaron "la alegría del pueblo" fue cambiando las tardes de banda derecha por las noches de club. Se agarró a una botella de whisky y no la soltó hasta verse moribundo en la puerta de un comercio. Murio en silencio, ebrio, muerto de frío y de soledad. Quienes quisieron haberle olvidado se lanzaron a la calle y se hicieron oir cual plañidera resentida. Acompañaron su féretro por toda la ciudad y no hubo una calle donde no se llorase la muerte de Garrincha. Aún algunos le recuerdan. A esos nostálgicos de tardes de ensueño en el General Severiano les siguen diciendo que Pelé fue el mejor jugador de la historia. Ellos sonríen melancólicos y se preguntan que hubiese hecho Pelé para el fútbol de haber sido zambo y haber tenido la columna desviada. "Nada", susurran en voz baja. "Absolutamente nada".

jueves, 9 de octubre de 2014

El tiempo entre facturas

El trabajo es una bendición para quien quiere sobrevivir en una época en la que el pan se paga en contratos basura y la sonrisa de un niño cuesta doce horas diarias fuera de casa. Para quienes buscamos un hueco para contar lo que pensamos y compartir lo que sentimos, el tiempo vale lo que una pepita de oro para un ávaro buscafortunas.

Mi tiempo, el que paso entre factura, me indispone a la hora de actualizar mis bitácoras. Nada me gustaría más que poder escribir sin parar en cada uno de mis mundos y poder contar todo lo que quiero y lo que creo, pero ocurre, en demasiadas ocasiones, que mi condición de superviviente me obliga a beber el caldo y dejar a un lado las tajadas. Efectos colaterales de un mercado laboral que nos ha convertido en esclavos del capricho ajeno.

Desde que no puedo actualizar mi bitácora he dejado de rendir homenaje sincero a todas aquellas estrellas que dejaron la tierra para irse a brillar en nuestro recuerdo. En ocasiones, la vida es tan evidentemente cíclica que nos hace olvidar que los días se agotan y las personas terminan por apagarse. Cuando se apaga la luz de alguien que nos ha hecho soñar y cumplir nuestros sueños es cuando nos damos cuenta de que todos somos carne y hueso y que al final, lo que queda, siempre es la memoria.

Se nos marchó Eusebio y el cielo se tiñó de gris. Benfica se asoció para siempre a su figura; aquellas finales ganadas vestido de rojo carmesí y aquellas finales perdidas vestido de blanco. Aquel día que el blanco fue rival y anotó dos goles consecutivos para decirle a Puskas que sí, que él era un genio del disparo pero que aquella final era su carta de presentación y no pensaba saludar al mundo simplemente para decir hola y marcharse cabizbajo por la puerta de atrás. Desde entonces creció como futbolista y se mitificó como un adorable perdedor. Siempre la mano abierta para el saludo, aun cuando la lágrima está apunto de aparecer por el rabillo del ojo. Aquel mundial del sesenta y seis en el que sucumbió ante Charlton y aquella final de dos años después en la que Wembley, de nuevo, fue testigo de su caída ante Sir Bobby. Hay historias tan grabadas a fuego que identifican a un club con un único personaje. El Benfica es Eusebio y como tal permanece intacto el recuerdo de sus goles y su imagen, clavada en el suelo, en forma de estátua, en una plaza, junto al Estadio Da Luz. El gesto adusto y el reflejo claro de quien vivió como un Dios pegándole fuerte a la pelota.

A Lisboa viajó el Atleti para redimir todo su pasado con el recuerdo de aquella final del setenta y cuatro cuando Luis había clavado una falta en la escuadra de Maier. Pero al igual que había hecho el Benfica una semana antes frente al Sevilla, el Atlético tampoco supo regalar al recuerdo de su mejor jugador la conquista de un título que habían merecido por empeño. Benfica y Atleti regalaron la liga a título póstumo a sus dos más grandes leyendas y en ambos sobrevivió el aura de quien supo retener un estilo. Lo que el Atleti heredó de Luis fue el esfuerzo, el coraje y el saberse mejor en los momentos más difíciles. Igual que hizo aquella selección en la que nadie creía, este equipo rescatado por Simeone rindió pleitesía a su héroe en los cielos en forma de coraje y corazón. Un himno resonando en el eco del Calderón y un futbolista con el número ocho que había estrenado aquel marcador por vez primera. El fútbol de siempre en los corazones rojiblancos de toda la vida.

Si un equipo lloró derrotas durante la pasada temporada, fue el Fútbol Club Barcelona. Aquejado por la depresión que sumió a Messi en la sombra, el equipo se fue apagando con los meses hasta convertir a Martino en el pim pam pum de la crítica adjunta. El famoso entorno encontró al culpable y cuando quisieron encontrar la sombra del ciprés encontraron la pérdida de quien había su totem durante sus años más gloriosos. El puñetero cáncer nos privó de un gran entrenador y se llevó a una persona que intuíamos como sensible y audaz. Dicen que nadie se marcha si permanece su recuerdo y nadie olvidará jamás aquel Barcelona de los cien puntos en el que Tito navegó la nave como patrón o aquellos años en los que, como contramaestre, aportó su ideario a una gestión que llevó a su equipo a convertirse en el modelo a seguir. Los que vimos a aquel Barcelona podemos reconocer que nunca habíamos visto una cosa igual que probablemente nunca volveremos a verlo. Y ahí estaba la mano de quien decían que era un segundo de a bordo y en realidad era un Coronel con muchos galones.

El último en marcharse fue el más grande. Como si de un homenaje previo se tratase, el club al que convirtió en santo y seña del fútbol mundial, le conmemoró con la conquista de la décima copa de Europa, dejando claro que en su identidad con cabe la palabra derrota. Cuando Di Stefano llegó a Madrid, el equipo blanco era comparsa que perseguía la gloria de los equipos del norte. En la propia capital, era el Atlético quien se rearmaba con goles de cristal. Cuando se marchó, el Real Madrid no era solamente el mejor equipo de España, sino que era el mejor equipo del mundo. Y así ha sido desde entonces. Desde la llegada de la Saeta Rubia, descalabrados sonados mediante, el Bernabéu solamente ha concebido el verbo ganar. Muchas veces sin juego y otras volando como un cometa, el Madrid lo ha ganado todo y si sigue teniendo hambre es porque un día llegó un señor calvo y pinta de exfutbolista que enseñó al mundo que el fútbol era más que un juego.

La vida y el fútbol vuelan a una velocidad tan interestelar que solamente somos capaces de apreciar el presente y, si acaso, soñar con un futuro. La portada, el gol, la promesa. Pero el fútbol de hoy es un fenómeno de masas gracias a que tipos como Eusebio, Luis y Di Stéfano se propusieron dar un paso hacia adelante y gracias a que tipos como Vilanova quisieron jugar con la audacia para revolucionar el juego. El carrusel seguirá girando pero conviene no olvidar. Siempre se sabe mejor hacia dónde se va si se conoce el lugar del que se viene.

jueves, 18 de septiembre de 2014

O Rei



Jugaba en un campo de piedras con una pelota de trapo. Los pies descalzos, la tez morena desafiando al sol y las piernas, como plumas, desafiando a la gravedad. Saltaba por encima de los niños mayores y corría más que los más altos. No era fuerte, pero era listo. Y era muy hábil. Su padre hubiese querido que saliese goleiro, como él, pero el niño salió atacante y no fue un atacante cualquiera. Fue el hombre que puso a Brasil en el mapa de los campeones. Un día fue el niño que lloró el maracanazo y pocos años después fue el adolescente que humilló a Suecia en pleno corazón de Estocolmo.

Le llamaron "O Rei" porque pasó de infante a monarca sin reclamar un solo principado. Conquistó estadios a base de goles y en el estado de Sao Paulo colocó en el mapa una ciudad llamada Santos que le beatificó en vida por los siglos de los siglos. Aquella delantera mágica formada por Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe, se hizo dueña de América y arrasó en el mundo en giras interminables como una compañía de circo que mostraba las fieras más indomables.

Al más indómito de todos quisieron enterrarle antes de tiempo. Cayó Joao Saldanha por despecharle y Zagallo confió en él para dirigir las huestes en un caluroso verano mexicano. Aquel equipo de cinco dieces deleitó al mundo de tal manera que aún hoy hay que rebuscar en la memoria gráfica de muchos medios para encontrar un equipo tan estéticamente perfecto. Aquel salto sobre Burgnich aún perdura en el recuerdo de quienes vieron aquella final en multicolor y no en pocas ocasiones somos el resto de románticos quienes buscamos en la red el portentoso remate que abrió la lata ante la rocosa Italia.

Se alejó del ruido para convertirse en estruendo. Cuando llegó a Nueva York, sorprendentemente, casi nadie le conocía, pero le faltaron unas pocas semanas para convertirse en semidios. Para entonces ya era más un producto que un futbolista, pero en aquel campeonato recién parido, contaban más los detalles que los resultados y, técnicamente, Pelé era un dechado de virtudes. Tras muchos goles y varias fotos en las que la estética le ganaba a la práctica, dejó el fútbol para seguir siendo millonario. Con un saco de mil trescientos goles a las espaldas, se quitó la camiseta con el número diez para trasladar su imagen a los museos de la postmodernidad. En Brasil nacieron un centenar de futbolistas realmente brillantes, pero sólo Pelé brilló tanto como para apagar las lágrimas negras de un fracaso que había enquistado a un país una tarde de verano de 1950.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La soledad del portero



La vida del portero se analiza más en los goles recibidos que en las paradas realizadas. Cada parada es una oportunidad más para la victoria y cada gol es una oportunidad menos. Una parada no cambia nada y un gol lo cambia todo. Una parada es una ovación y un gol es una losa. Para que un portero termine convirtiéndose en héroe debe esperar a una tanda de penaltis.

Y en esas andaba entonces el protagonista de esta historia. Se llamaba Ramón y de primeras, el propio nombre le sonaba tanto a común como lo era su capacidad de salvador. Ramón era un portero normal, con una pizca de instinto para los lanzamientos y un poco de cabeza para la colocación. Nunca había sido un héroe y estaba ante la oportunidad de serlo.

De reserva sin aspiraciones había pasado a titular indiscutible en sólo dos semanas. Dos lesiones, y la oportunidad de su vida se abrió ante sus ojos; el primer portero se había roto la mano y él, que hacía tiempo que andaba con el alma rota por la suplencia, se había encontrado cara a cara con el destino. Su última parada había acabado en un rechace a pies de un delantero rival y en un gol sin concesiones. Era posible que el destino hubiese reservado para él una página mucho más gloriosa que la que le podía reportar cualquier parada en cualquier prórroga aun siendo imaginaria. Cuando los ciento veinte minutos del final de la Copa llegaron a su fin, inmediatamente supo Ramón que había nacido para vivir aquel instante. Sus primeras paradas bajo el sol de su barrio y sobre la dura piel del asfalto, las recordaba ahora como un desafío a igualar. De familia humilde y corazón emprendedor, había decido ser portero después de ver a ídolos de color volar para guitarle el polvo a una escuadra y mandar el balón al limbo de las oportunidades perdidas.

Su carrera se dibujaba en altibajos y sus titularidades siempre le habían costado más que cualquier parada. Debutar en la Primera División le llevó veintidós años de su vida y fichar por un equipo de empaque un total de veintiséis. Si sumaba los años que le había costado ganar un título se santiguaba al pensar que había pasado veintiocho años buscando un sueño y que en su búsqueda había dejado atrás una infancia y una juventud restregadas por los suelos de los campos de fútbol.

Y entonces, un año más tarde y con veintinueve años en el carné de identidad y más de un millón de paradas en el currículum, afrontaba la tanda de penaltis más importante de su vida. Era como saberse protagonista y no creer en serlo, porque él, Ramón, portero y trabajador, nunca había querido acumular la gloria de sus paradas ante los ojos del público, si alguna característica que hubiese de convertirse en virtud le adornaba, esa era la humildad, pues para él nunca había habido un jugador sin un equipo, para él no existía un gran portero sin una gran defensa y para él no se podría salir invicto de una tanda de penaltis si no acompañaba la suerte.

La suerte. Él, supersticioso en el límite y soñador frustrado por su propia convicción, siempre había creído en la suerte como factor determinante de la vida. Nunca quiso ver gatos negros en sus paradas ni espejos rotos en sus decisiones, estaba convencido de que tentar a la suerte era tentar al pecado y que guardarse de llorar, las más de las veces, prevenía más de los fracasos que de las victorias. Cuando se encontró con su primera titularidad de verdad, le dio gracias a la vida y se convenció a sí mismo de que le había llegado su momento para demostrarle al mundo si de verdad la suerte estaba con él o si por el contrario, estaba dispuesta a darle la espalda.

Aquella final de la Copa la había afrontado en plenitud de ganas. Ante cualquier circunstancia, él siempre decidía reír, porque para llorar, como solía decir, siempre había tiempo. A su equipo le había caído en suerte (siempre la suerte revoloteando como una tentación) ser el primero en lanzar en la tanda de penaltis. Cuando vio a su compañero Luciano, con el número cuatro en la espalda, central exquisito y mejor persona, tomar la carrerilla, sintió la total seguridad de que aquel lanzamiento se iba a convertir en el primer punto a favor en la tanda. El gol supuso un alivio y una primera batalla ganada dentro de aquella guerra a diez lanzamientos.

Era su turno. Ramón siempre había afrontado cada penalti como un duelo de miradas. Si mantenía la vista firme y el cuerpo equilibrado, era posible adivinar la dirección del lanzamiento. Si se dejaba vencer por el engaño y por la bravura del lanzador, entonces no le quedaría otra que acudir a la red a recoger la pelota. En los ojos de su rival no percibió más que dudas y aquello acrecentó su ánimo. Se colocó sobre la línea de portería y bajó los brazos, esperó al silbido del árbitro y siguió esperando el momento decisivo, vio la carrera de su rival y esperó un poco más. El lanzador miró hacia el frente y chutó fuerte. Ramón esperaba un lanzamiento más colocado, se tiró bien en busca del balón pero el rival le había dado altura y lo había ajustado bastante. No llegó. Empate a uno y vuelta a empezar. En sí mismo supo que nadie le iba a culpar si no detenía ningún penalti, pero sus hechuras de héroe en aquellos minutos en los que soñar costaba tan poco como probar a alcanzar la gloria, no se iba a resistir a marcharse de allí sin detener al menos un lanzamiento.

El siguiente jugador de su equipo en lanzar también anotó, por lo que le puso de nuevo en situación de alcanzar la gloria en la punta de sus guantes. Volvió a mirar y volvió a aguantar, pero esta vez tampoco pudo detener el disparo certero de su rival. Si seguían lanzando tan fuerte y ajustado le iba a resultar un ejercicio imposible el de convertirse en héroe de aquella final.

Recogió el balón para entregárselo al portero rival y entonces descubrió en su mirada el mismo miedo que quizá a él también le inundaba el ánimo y aquello le produjo un escalofrío terrible que le recorrió el espinazo como una hoja de navaja helada. Ambos eran rivales y a la vez compañeros porque solamente en aquella mirada había encontrado el eterno secreto de la comprensión y supo que no estaba solo en el mundo. Le compadeció sin darse cuenta de que al hacerlo también se estaba compadeciendo a sí mismo y con ello estaba poniendo su futuro en manos de un destino en el que nunca creyó, porque él solamente creía en la suerte, en los días y en la esperanza.

El siguiente jugador de su equipo en lanzar era Nebinho, era brasileño y era muy bueno. Había cuajado un gran partido y ahora estaba en disposición de rematarlo con un nuevo pasaporte hacia un sueño. Recordó, al tiempo que maldecía su instinto por recordar, aquella frase sentenciadora de su abuelo cada vez que se destapaba la emoción en una tanda de penaltis: “el jugador que hace un gran partido siempre falla su penalti”. Nunca detestó tanto el ejercicio de concederle la razón al bueno de su abuelo. Nebinho puso el balón en las nubes y las ilusiones se desplomaron en el suelo. Por primera vez en toda la final había llegado su turno de verdad.

Imaginó mil veces una estirada y dudó entre jugársela o aguantar. Cuando el miedo te acorrala resulta muy difícil decidirse y cuando Ramón vio la carrera frontal de su rival decidió jugar a las adivinanzas y creyó intuir que el disparo viajaría hacía su izquierda y hacía allá se lanzó, pero la fortuna no quiso sonreírle esta vez y se lamentó por cometer el pecado que tanto odiaba y que era el de tentarle a la suerte. El balón viajó despacio y templado hacia el centro de la portería para hacerse allí un hueco en la red y una extensión en el ánimo de los jugadores rivales.

Perdían. Por primera vez en la noche estaban perdiendo la final. El siguiente lanzamiento resultaba pues, además de crucial, un último motivo para seguir agarrado a un sueño. Ramón siempre había tendido sus valores hacia la confianza y por ello prefería confiar en sus compañeros antes que dudar de ellos. Así, no vaciló un instante a la hora de aclamar en el oído de su amigo Rody las más valiosas palabras de ánimo para convencerle de que aquel lanzamiento iba a ser un gol seguro. Tantas veces debió decirle que era el mejor, que Rody debió de creérselo a pies juntillas pues chutó el penalti hacia el lugar más imposible de detener; la misma escuadra.

De nuevo llegó su turno. Como aquella vez en la que debutó en el equipo infantil de su barrio y le detuvo ocho disparos al delantero rival. Como aquella vez en la que viajó al último país del continente para ganarse una semifinal de la Recopa y había vuelto con la memoria fija en cada una de sus paradas. De nuevo, era su turno. La gloria, aquella que le había negado la vida durante tantos años pendía ahora de un hilo en torno a sus decisiones y a su capacidad de lanzarse hacia el balón. Era hora de olvidar levante, el sur y otros tantos estadios en los que había dejado carcajadas y fallos estrepitosos. Nunca había sido un portero genial pero siempre se había negado a quedar como un cantamañanas del área.

Se situó sobre la línea y volvió a bajar los brazos como si de un ritual se tratase. Observó a su rival y se sorprendió de su complexión atlética, jugó de nuevo a adivinar y pensó que le chutaría fuerte y al centro así que debía guardar la compostura si quería ganarse el derecho a seguir soñando con la Copa de campeón. El contrario tomó carrerilla frente a él y Ramón resopló intentando ahuyentar cualquier atisbo de temor dentro de su cuerpo. Siguió observando a su rival y no se inmutó cuando le chutó. El balón salió despedido con una violencia atroz y produjo un sonido hueco cuando chocó violentamente contra el travesaño. Por fin, después de cuatro lanzamientos en contra, había aparecido la suerte. Como bien sabía Ramón, era mejor no tentarla.

Y así quedaron momentáneamente empatados a tres goles y con dos lanzamientos por delante, uno para cada equipo. Humberto Martín Gallego tomó el balón con ambas manos y lo depositó lentamente sobre el círculo de cal que señalaba el punto de lanzamiento de penalti. Ramón sabía que, como buen uruguayo, Humberto no iba a entregar la victoria al rival en un mal lanzamiento, no iba a estar dispuesto a hacerlo. Por todo ello, Humberto le pegó suave pero ajustado, lo suficientemente ajustado como para evitar que el portero rival, aún en su magnífica estirada, alcanzase a tocar el balón y salvar así el gol que había subido al marcador y que les había puesto de nuevo por delante en el camino hacia la gloria.

Si alguna vez había estado Ramón convencido de haber alcanzado su turno para casarse con la gloria, no lo podía haber estado nunca como lo estaba entonces. A escasos segundos de él estaba el lanzamiento del décimo penalti de la tanda decisiva de la final de la Copa y él iba a estar bajo los palos para intentar evitar un gol que podía ponerlos en la tela de una nueva duda. Para ganar había que parar y para parar debía de ser él el héroe que consiguiese acertar una trayectoria y detener un balón que venía vestido de gloria, éxito y fortuna.

Ramón volvió a jugar a las miradas y volvió a concentrar su ánimo en los ojos del delantero rival. Le conocía de sobra pues había jugado durante muchas temporadas en el campeonato de su país y le había lanzado más de un penalti, de los que, por cierto, no había conseguido detener ninguno. Pero no era momento para lamentaciones ni para sonrojos por fracasos anteriores, era momento para parar, ganar y celebrar.

Volvió a pisar la línea de portería y volvió a bajar los brazos, no era por tentar a la suerte en vista del lanzamiento anterior, sino que lo hizo por costumbre y acomodo. El rival era zurdo y solía chutar hacia un lado. Muchas veces lo había hecho por raso y se preguntó Ramón si iba a hacerlo de nuevo esta vez. Lo difícil era adivinar el lado hacia el que iba a lanzar el balón y para hacerlo debía templar sus nervios y saber que aguantar era una cuestión de fe y de éxito total.

En los ojos de su rival detectó miedo y aquello le produjo una crecida en la corriente de sus instintos. Siguió aguantando firme aun cuando el silbato del árbitro ponía parte de sentencia a la final. La carrera fue lenta y el golpeo fue suave, con la izquierda y hacia la izquierda de Ramón.

Ramón aguantó y aguantó y sujetó el viento sobre sus dedos, se lanzó bien y cerró los ojos soñando que paraba el balón. Por eso, cuando sintió el contacto en sus guantes no supo creer si estaba soñando o si había tocado el poste de la portería y no supo si jugar a mirar o decidirse a escuchar. Escuchó, y la algarabía que emitió la grada no dio lugar a equívocos; había un nuevo campeón. Abrió los ojos y descubrió el balón cinco metros más allá de la portería, y cuando quiso levantarse, el peso de uno de sus compañeros volvió a desplomarle contra el suelo. Todos se unieron en una piña fabricando una melé sobre el cuerpo de Ramón, portero de casualidad y, por fin, héroe de una noche de primavera.

Ramón quiso reír y se puso a llorar como un niño. Pensó en las vueltas que da la vida y en lo duro que resulta el oficio de portero; toda la vida jugándose el pan en una estirada y esperando a una tanda de penaltis para conocer si la ruleta de la vida está dispuesta a concederte la suerte y convertirte en un héroe.

martes, 29 de julio de 2014

Perder una semifinal y ganar un equipo

Cuando Nicola Rizzoli señaló el final de partido y, mientras las huestes rojiblancas celebraban su bocado de historia, Mourinho, viejo zorro de la réplica y la premeditación, se abalanzó hacia los micrófonos para reconocer, de buena ley, el triunfo del Atlético en Stamford Bridge y felicitar, de paso, su legendario pase a la final de la Copa de Europa. Pero aquel desquite en público seguía llevando el puyazo de quien sabía que, tarde o temprano, alcanzaría a saborear una venganza que tenía pensado en servir bien fría.

Aquella frase de "nos ha ganado un equipo en toda la expresión de la palabra" llevaba oculto el mensaje de quien envidiaba los recursos del rival y ansiaba por hacerlos propios. Fue una vez que roció de alcohol las heridas, cuando puso en marcha la maquinaria de rescate. Se trataba de rescatar a su equipo, pero se trataba, sobre todo, de rescatar a su ego. Un tipo con el palmarés y el reconocimiento del Mourinho, no podía permitir la insolente marca que ensuciaba su currículum tras un segundo año consecutivo sin levantar un solo título.

Un jugador por línea. Aquello es lo que ansiaba tener Mourinho para fabricar su equipo a la imagen y semejanza de aquel Atleti esculpido por Simeone y que había derribado todos los pronósticos en una templada tarde londinense. De repente, el ganador había dejado de serlo y la fe rojiblanca se había convertido en un camino de peregrinación de obligatoria réplica. Si alguien hizo aquel día un partidazo fueron Courtois, Filipe Luis y Diego Costa. Si buscan tres nuevos futbolistas en la plantilla del Chelsea, encontrarán la cara de estos tres tipos convertidos a la causa ganadora gracias al trabajo de un entrenador que les hizo creer en el milagro.

Ahora que el Atleti relame las heridas causadas por la marcha de tres de sus pilares e intenta recomponer el equipo a base de negociación indiscreta y rumor infundado, el Chelsea se va reconstruyendo como el equipo sólido en el que todos reconocieron un día la mano poderosa de José Mourinho. El mejor portero del mundo, un lateral izquierdo con alma de centrocampista y un delantero que saca petróleo en cada balón dividido. Todo el mundo sabe ya que el Chelsea perdió la semifinal de la Copa de Europa en su noche más aciaga. Pero, a cambio, se puede decir, que ha ganado un equipo para volver al mismo lugar común. Y esta vez, para dar el paso definitivo.

martes, 10 de junio de 2014

D10S

Para llegar a valorar la dimesión de un hombre es necesario hacer inventario de todos sus logros. Con los deportistas, ascendidos a héroes en una época en la que el gol es el alivio de los ciudadanos, basta con saber qué consecuciones son las que se pueden escribir con letras mayúsculas. En el caso de Maradona, el niño enclenque que pateó a gol en todos los campos de tierra de Buenos Aires, las mayúsculas se usan para rememorar todas y cada una de sus victorias. Porque aún escupiendo el césped de la derrota, todo en Maradona fue tan épico que no se le conocen derrotas más acá de la raya de cal. La vida, tan traicionera con los humanos como legendaria para los héroes, le dio todos los golpes que supo esquivar a los más férreos defensores. Cuando salía del campo se dejaba cazar por los Bérgomis de turnos, por los Scireas del área chica y por los Baresis de bar de mala muerte. Era allí donde se dejaba las miserias, donde el profeta de San Paolo se hizo carne, donde el pelusa de Villa Fiorito se convirtió en mortal.

Pero la inmortalidad vivió para siempre en su zurda. Seda mágica, guante celestial, prosa imaginativa. La zurda de Dios dibujó goles por la escuadra, centros imposibles, regates inverosímiles. Verle conducir el balón era ver a Ulises regresando a Ítaca; todo pasión, valor incontrolado, un capitán en tierra hostil esquivando el sonido de las sirenas. Un zigzag de ensueño dibujado en un cuadro vocal de Víctor Hugo Morales. Barrilete Cósmico. La pelota cosida al pie y cientos de botas impotentes tratando de cazar a la presa. Un ídolo en la revolución del sur; un mesías napolitano que declaró la guerra a los tiranos del norte. Y, como Perseo en un arrebato de furia, consiguió cortar la cabeza de la Medusa y enseñarla al mundo como trofeo. Normal que no le olviden. Normal que le idolatren.

Como idolatran su ya desgastada figura allende los mares, en la Argentina que le parió y a la Argentina a la que devolvió la gloria en un verano Mexicano. Pudo ser gloria doble de una noche romana del noventa, pero el rocoso muro alemán y un mal árbitro le privaron del lugar de privilegio en los altares del fútbol. Allí, dicen, habita Pelé, ébano brasileño que situó al Santos en el mapa y convirtió el fútbol en samba. Allí, dicen quienes le adoran, solamente habita un dios pagano a quien han de rendir pleitesía cada treinta de octubre. El Diez planea en el recuerdo y la iglesia maradoniana, vestida de celeste y blanco para la ocasión, reza su particular padrenuestro. Solamente él, en lo dimensial y en lo sobredimensional, podría ser capaz de atravesar los límites de lo cotidiano. Su fútbol era de oro. Su calidad inigualable.

Maradona no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero, tiene el don celestial de pegar muy bien al balón, es un guerrero. Versos inolvidables, ritmo pop, bailes esféricos, goles de la más bella factura. En una villa nació, fue deseo de Dios, crecer y sobrevivir a la humilde expresión. Enfrentar la adversidad con afán de ganarse a cada paso la vida. La gente le sigue cantando, la trece le sigue añorando y un país con el puño apretado sigue gritando por Argentina. Le dimos gracias a Dios por el fútbol, por Maradona y por las lágrimas. Si hablamos de los mejores futbolistas de la historia debíamos empezar por él. El único. D10S.

lunes, 13 de enero de 2014

Un lugar en el mundo

Las decisiones más trascendentes son las que se toman desde el corazón. Las encrucijadas muestran la duda y en la firmeza a la hora de elegir la opción que se considera correcta, reside la valentía de un hombre. Hay veces que el futuro se ve tan lejano que la espera es el factor más recomendable a la hora de elegir, pero cuando se quieren quemar etapas a ritmo de tambor, son demasiado los jóvenes que optan por la vía más atrevida y confunden valor con temeridad. Generalmente es el tiempo el juez designado para imponer sentencias, generalmente es el triunfo o la escasez, quien determina la facilidad de opinión. El acierto y el error viven pendiente del hilo del éxito, nadie se para a recapacitar en los obstáculos del camino y son pocos los que se detienen a analizar de qué manera se ha recorrido el mundo. Basta mirar atrás y sacar la guadaña. El fracaso tiene una hoja tan afilada que es capaz de segar todas las ilusiones de un solo tajo.

Cuando Rafinha Alcántara eligió el amarillo de Brasil, la crítica se precipitó para acusarle de renegado. Le pusieron el ejemplo de su hermano Thiago y le quisieron comparar tomando la coherencia como factor de relevancia. En la decisión del chico se encontraron motivos lógicos y sentimentales. Por un lado, es posible que viese una competencia imposible de superar en el futuro de la roja. Por el otro, deberíamos tener en cuenta de que no toda persona debe sentirse español por más que el pasado se haya forjado a fuego bajo el sol de Iberia. Nadie le preguntó el por qué y muchos no quisieron preguntarse a sí mismos. No sabíamos cómo jugaba el chico y ya le habíamos lapidado porque creíamos que se nos había escapado un crack y era tan sólo una promesa.

La promesa se va convirtiendo en realidad en forma de futbolista. Existe mucha distancia con el largo plazo como para sentenciar ahora si Rafinha tomó o no la decisión correcta. Lo cierto es que el jugador comienza a encontrar su lugar en el mundo y somos muchos los que estamos descubriendo una zancada potente, una conducción elegante, una visión coherente y una llegada incisiva. No es demasiado, teniendo en cuenta que durante la última década hemos disfrutado de la flor y nata de la historia de nuestro fútbol, pero no es menos cierto que los ojos agradecen el talento y la emoción agradece la osadía. Pocos futbolistas llegan al Bernabéu con ganas de poner el mundo patas arriba, más allá de los logros, queda el reconocimiento al valor. Hoy en día, hace falta ser mucho más que un buen futbolista para ganarle al Madrid en su campo, pero con ser un buen futbolista basta para sentir en la espalda el eco del reconocimiento. Rafinha juega consigo mismo y lucha por conseguir el sueño que un día se fijó apartando sus pasos en la encrucijada del destino. Su hermano eligió el rojo y el optó por el amarillo. Su sueño termina en Maracaná, su camino empieza en Balaídos. Allí ha encontrado, al fin, un lugar en el mundo desde donde despegar.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Cuando Kostadinov silenció el Parque de los príncipes

Francia tenía un buen equipo, pero Reuven Atar, delantero discreto que no pasaría a la historia por más de una docena de goles en la liga israelí, decidió que, por un día, le tocaba hacer historia. Allí estaba la columna vertebral del Olimpique de Marsella, campeón de Europa y modelo a seguir hasta que se convirtió en un castillo de naipes despedazándose poco a poco.

A la columna marsellí se le unía un trío de ataque mágico; era como extrapolar a los Pelé, Bozsik y Völler a una nueva dimensión de talento y creatividad. Ginola, Cantona y Papin eran un seguro de vida para cualquier selección europea. Cualquiera hubiese querido tenerlos en sus filas y sin embargo, Francia seguía recelando de un equipo que llevaba mucho tiempo queriendo y demasiado más tiempo incapacitado para cumplir las expectativas.

Pero el bloque era sólido en apariencia y el mundial estaba a un solo punto. Bastaba un empate un quedaban dos partidos en casa. Dos fiestas en las que los parisinos podrían volver a llenar el Parque de los príncipes y cantar el "Allez les bleus" mientras celebraban goles memorables. Ante Israel se jugó mal, pero no era un rival demasiado inquietante como para temer por el empate. Pero Reuven Atar se reivindicó por un día y dejó a Francia sin palabras con un gol en el minuto noventa y tres.

Las caras, con ojos vidriosos ante el vano esfuerzo, mostraban más perplejidad que espanto. Aún quedaba otra oportunidad y era imposible que el destino deparase un nuevo accidente. Bulgaria era un buen equipo, sí, pero Francia era un conjunto serio plagado de campeones y tipos curtidos en mil batallas. La cita tenía lugar y fecha; Parque de los príncipes, diecisete de noviembre de 1993. No más lugar a concesiones absurdas.

Los franceses, tan dispuestos siempre a la exaltación, llenaron el Parque de los príncipes, se sentaron frente al televisor y encendieron los transistores para tornar en festivo el día que les devolviese a la gloria. Allí estaba el bloque firme, rocoso, del campeón marsellés, más los magos Ginola, Cantona y Papin. La victoria búlgara se paga en oro, el gol de Cantona pone la clasificación cuesta abajo. Pero aquel gol de Atar había convertido a Francia en un equipo huraño; el público desconfiaba, los futbolistas dudaban, el entrenador intentaba amarrar, sin éxito, un resultado que se complicó en la recta final del primer tiempo cuando Kostadinov cabeceaba el gol del empate.

A partir de ahí, todo fueron dudas, mal juego, incertidumbre y perpetrarse atrás para aguantar el empate. Un punto y a Estados Unidos; nadie se acordaría de Israel, ni del sufrimiento, ni del juego rácano. Pero el fútbol es tan sabio en materia de justicia que una de sus premisas acuerda que quien juega a empatar termina perdiendo.

En el minuto ochenta y nueve Ginolá corrió un balón largo contra Aleksandrov. Pudo haber esperado en la esquina, caracolear, forzar un córner y dejar que el tiempo pasase entre toquecitos y faltas. Pero esperó el cuerpeo y el defensor el derribó con el brazo. Lo que ocurrió a partir de entonces entra dentro de la historia más absurda del fútbol francés. Con el punto de la clasificación asegurado, ningún jugador galo acude al área a rematar el saque de falta. Ginolá, aún así, cuelga el balón a zona de nadie y la pelota se pasea sin destino hasta que Ivanov la caza cerca de la línea lateral. El abrir y cerrar de ojos se gestó en cuatro toques, los que transcurrieron desde Ivanov hasta Kostadinov pasando por Borimirov y el maravilloso pase de Lubo Penev. Emil Kostadinov ganó la espalda, entró en el área y chutó muy fuerte, por alto. Cuando el balón recorrió, de arriba a abajo, toda la red de la portería de Lama, el Parque de los príncipes ya guardaba un silencio sepulcral.

Cuando faltaba exactamente un segundo para que el reloj indicase el minuto noventa del partido, Bulgaria certificó su pasaje a las américas con un gol que aún pervive en el ideario del fútbol europeo. Lo que ocurrió desde entonces es bien sabido por todos; Bulgaria, que un segundo antes estaba de vuelta a casa, hizo el mejor mundial de su vida alcanzando las semifinales. Stoichkov se catapultó en figura y fue premiado con el balón de oro, Letchkov, Borimirov, Balakov y Kostadinov ganaron fama y notoriedad y tuvieron acceso diricto para firmar el contrato de su vida. Y todo cambió en un minuto, el que transcurrió desde que Ginolá esperó un golpe innecesario hasta que Kostadinov dibujó un misil extraordinario. El fútbol, tan cruel como la vida, escribe derecho en renglones torcidos. Hay países que viven llorando en espera de su momento. Cuando llega, la magia impide evitar que el instante se convierta en mitología inolvidable.


lunes, 1 de julio de 2013

A la sombra del ciprés

La opinión pública, por exceso de recelo e ignorancia, suele ser un enemigo peligroso. Más peligroso que cualquier defensa porque la lupa suele apuntar a quien no goza del beneficio de la duda y el dedo acusador suele señalar a quien ha sido identificado como blanco perfecto. Las promesas, las elucubraciones y los avisos, son la coartada perfecta de quien siente se siente ganador en terreno propio. Muchos afilan sus plumas, pero aún no han sacado el papel por si acaso tuvieran que romper el folio y lanzarlo a la papelera. La hoguera de las vanidades es tan feroz que amenaza con quemar cualquier vestigio de fantasía sin ni siquiera haber dejado al fantasista mostrar su repertorio.

De Brasil dicen que los defensas son lentos, de Brasil dicen que el juego no tiene ritmo, de Brasil dicen que el fútbol no es competitivo, de Brasil dicen que las estrellas son antiguas glorias venidas a menos, y resulta que de Brasil han salido los mejores jugadores de la historia. De Neymar dicen que no le dan patadas, de Neymar dicen que juega para la galería, de Neymar dicen que no ha ganado nada, de Neymar dicen que es un tuerto en un reino de ciegos. Pero los que hemos visto a Neymar sabemos que tiene los tobillos perforados, que sus regates llevan veneno, que a devuelto al Santos al siglo XX y que se ha ganado el derecho a portar su corona.

Pero todo eso tampoco cuenta. Lo que cuenta es que Neymar se peina con una cresta, que tiene el pelo teñido, que se fotografía enseñando la lengua y que monta un show en cada entrevista televisada. Importa lo banal, lo farandulero, lo extrafutbolístico.

Los que conocemos qué jugador ha fichado el Barça sabemos que viene un futbolista de cintura ágil, listo en el área, que no se escabulle en el choque y que participa en el juego más a menudo de lo que la gente piensa. Desde la posición de falso extremo izquierdo, donde mejor ha rendido en el Santos, le puede aportar al Barça oxígeno y gol. Ayudará a Jordi Alba a sorprender tras una buena diagonal, desahogará a Iniesta de sus labores de hombre orquesta y, sobre todo, será un alivio para Messi a la hora de encontrar soluciones.

Y es aquí donde reside la principal duda. Del Neymar futbolista solamente dudan los que ignoran y los que recelan. Del Neymar estrella mundial podemos dudar los que hemos comprobado la estela del Barça durante el último lustro. En un equipo donde la pelota vuela a ras de césped y los espacios aparecen por convicción, brilla, por encima del resto, la luz de la estrella de Lio Messi. Etoó, que fue amo y señor de los últimos metros del Camp Nou, se convirtió en dueño de su propio ego a la sombra de Messi. Ibrahimovic, que fue y sigue siendo, arma de destrucción masiva en el área rival, se convirtió en cohete de feria a la sombra de Messi. Villa, que fue rey del gol en Mestalla, se convirtió en príncipe de las tinieblas a la sombra de Messi. Alexis, que era una centella en Udine, se ha convertido en humo a la sombra de Messi. La luz del todopoderoso es tan extensa que deja con las vergüenzas al aire a todo el que no esté a su nivel.

Y Neymar tampoco está al nivel de Messi. No es un desprecio, ni una minusvaloración, ni una forma de acallar a los estrepitosos de lo bárbaro, es tan sólo una manera de decir que es muy difícil estar al nivel del mejor jugador del mundo. Tan sólo Cristiano, con su hambre feroz y su poderoso físico, es capaz de aguantar el pulso de quien nació con la etiqueta de quinto grande cosida en la solapa. En este juego de comparaciones, Neymar es un aspirante a muy buen jugador que debe aceptar el rol de caballero en un reino que ya tiene monarca.

Y en el reparto de roles y la asunción de los mismos, ha de residir el cáliz que convierta a Neymar en futura estrella del fútbol mundial. Solamente quien asume ser apóstol consigue dotar de luz al auténtico Mesías. Anoche, mientras un equipo de amarillo recuperaba su gloria y nos desarbolaba desde la primera línea de presión, los dudosos, los autómatas de palabra fácil y los soñadores del verso, descubrieron a un jugador sideral que amenaza con romper cinturas a la velocidad del trueno. Los que dudan se agarran al clavo que hizo quemarse a otros antes que él. La sombra del ciprés, en el Barça, sigue siendo muy alargada.