lunes, 3 de mayo de 2010

El canto del cisne

Existía una vieja leyenda, aclamada por los románticos como un símbolo explicativo de la belleza que para ellos representaba la maldición del fracaso, que decía que el cisne cantaba una sola vez en su vida y lo hacía en el instante exacto que antecedía a su muerte. En realidad, el cisne no canta nunca si no que emite un ligero ronquido, realmente no lo hace ni a la hora de morir, pero aquel detalle mitificado quedó para siempre como frase organizativa de una verdad disfrazada; se decía que la última gran obra de un maestro de las artes debía ser definida como su “canto del cisne”. A raíz de él, la caída hacia los infiernos no haría más que engrandecer su leyenda y subrayar la bella trama de su maldición. Jamás volverían a ser lo que fueron.

El fútbol, como buen arte que se precie, también tiene sus artistas y, por ende, también tiene sus momentos para la adoración, sus leyendas y sus cantos de cisne particulares. Si la poesía tuvo a sus malditos, no se puede negar que el fútbol, y sobre todo la palabrería que lo encubre, está dispuesto a crear los suyos propios y es ahí donde aparecen leyendas de pupas, equipos que son así y cantos de cisne personales, como el que atribuyen al Atlético de Madrid en aquella soleada tarde de abril de 1975.

Sucedió aquel año que el Bayern Munich alegó incompatibilidad de fechas para no asistir a su duelo contra Independiente en la Copa Intercontinental, sucedió que el invitado para disputar el torneo fue el Atlético de Madrid y sucedió que en una temporada difícil, los rojiblancos aparcaron la liga para embarcarse en un viaje que terminaría por cambiar su historia.

El Atleti disputó un aburrido partido bajo las gradas de una abarrotada “doble visera” que terminó perdiendo por uno a cero después de ver como Balbuena anotaba un gol casi a la desesperada. El resultado, por corto e incierto, levantó el ánimo de una hinchada que no deseaba dejar de tocar el cielo con las manos y que abarrotó las gradas del Vicente Calderón para clamar a favor de su equipo. Era el día doce de abril de 1975 e Irureta no tardó en empatar la final con un cabezazo casi imposible llegando desde atrás. La ilusión se vistió de fiesta en el momento de besar la red un gol de Ayala y la fiesta se convirtió en leyenda cuando Adelardo levantó al cielo de Madrid la Copa que convertía al Atleti, durante una noche, en el mejor equipo del mundo.

El valor de aquella Intercontinental lo midió el tiempo. En aquellos años, los aficionados atléticos se habían ganado el derecho a soñar con todo y, según fue pasando el tiempo, se vieron obligados a conformarse con cada vez menos. Tras aquella remontada, tras aquella tarde de abril, ambos contendientes comenzaron a vivir más del pasado que del presente, y si bien Independiente aún vivió algunos años agarrado a la magia de Bochini, para el Atlético siguieron años en los que siguió siendo grande pero se fue haciendo más pequeño.

El Atlético cumplió su misión en parte por contar con una plantilla plagada de jugadores talentosos y comprometidos y en parte por tener sentado en el banquillo a un principiante que terminaría convirtiéndose en leyenda. Apenas unos meses antes, Luis, el interior derecho, había colgado en el vestuario las botas de jugador para ponerse el chándal de entrenador y convertirse en Luis Aragonés, el mister.

El mister que habló con sus jugadores, muchos de ellos compañeros, muchos de ellos amigos, y que les recordó lo grande que era aquel equipo. Volvía el Atlético de Luis, el de Gárate, el de Irureta, el del incansable Adelardo, el de las alineaciones de carrerilla. Aquel que un día fue el mejor equipo del mundo, el que durante unos meses llevó la etiqueta colgada del cuello y la paseó con orgullo por todos los campos de España; un Atlético de plata y oro, un Atlético intercontinental.

Dijo Goya, en plena ebullición hacia la locura, que el sueño de la razón produce monstruos. El transcurso de los años y el dolor de los fracasos han provocado más palabras que hechos en el entorno del Atlético de Madrid. Como el olvido es mucho más proclive a la mentira que los hechos tangibles, ha sido la ausencia de estos últimos la que ha colocado al Atleti un peldaño más abajo de sus pretensiones. Sus sueños, cada vez más grandes cuando el equipo se hacía más pequeño, produjeron monstruos muy difíciles de espantar. Primero fue el Pupas, después fue el victimismo arbitral, después fue el Infierno y más tarde la duda; “Papá ¿Por qué somos del Atleti?”. Conviene recordar, ahora que la gloria vuelve a estar tan cercana como lo estuvo antaño, que hubo una vez que cantó el cisne y la gente pensó que aquello era un certificado de defunción. El Atleti está vivo y de confirmarlo se han encargado los gritos nacidos desde lo más profundo del alma. Ahora, un enfermo no se cura con arrebatos de orgullo si no con medicina y cuidados. Los monstruos del equipo siguen vivos, eliminarlos de una vez por todas dependerá de una cuestión trascendental; “¿Seguimos creciendo o nos conformamos?”

Estas dos finales, como aquella del 75, bien pueden significar una redención o bien pueden convertirse un nuevo canto del cisne.

lunes, 19 de abril de 2010

La partitura del señor Hernández

Dice la muy manida Wikipedia que un director de orquesta es "quien se encarga, en un contexto orquestal de coordinar los distinto instrumentos que la componen". En un ejercicio de extrapolación del concepto hacia el fútbol, podríamos redifinir instrumentos como jugadores, convertidos en piezas o músicos con su distinto instrumento, y director como aquel que utiliza el balón como batuta y se encarga de lograr que la partitura suene a música celestial. Si buscamos, de manera más concreta, un director de orquesta en la sinfónica más armoniosa de todas, no podríamos dejar de mencionar a Xavi Hernández, el auténtico cerebro del mejor equipo que vieron las últimas décadas, el auténtico gurú de una generación que ha galopado sujeto a sus riendas, de un equipo campeón que devora ciclos triunfantes como quien se ve agasajado por el éxito de su inspiración, de una selección española que comenzó a bailar al son de una partitura ejemplar, la misma que empezó a tocar, años atrás, a quien señalaron con el dedo para después subir a los altares.

Y es que la de Xavi es la historia de un tipo que no siempre tuvo el elogio cargado en la espalda. Hubo un inicio, cuando el chaval llegó con una maleta de ilusiones y le dijeron que debía ocupar el puesto de Pep Guardiola, en el que le convirtieron en cabeza de turco de los esperpentos de su club. Eran años en los que el Gasparismo devoraba proyectos, el barcelonismo devoraba uñas y en las portadas se devoraba a todo ser viviente que vistiese de azulgrana. En foros, tertulias y debates se decía que el chico no tenía carácter, que solamente servía para los bailes de salón y que en la guerra se difuminaba como un azucarillo en el café. Lo que ellos no sabían es que el fútbol no se vende con la palabra si no con los pies y, sobre todo, que todo el fútbol y la resurrección del equipo seguía estando en la cabeza del maestro Hernández.

Bastó un giro de tuerca, un cambio de concepto, media docena de fichajes competentes y, sobre todo, un cambio de posición, para que Xavi pudiese despegar todo el fútbol que llevaba dentro. Desde entonces, Xavi ya no hubo de ser Guardiola si no Xavi, simplemente él, simplemente el fútbol. Resguardado por un sistema que le favorecía a la perfección, el de Tarrasa se convirtió en el mito que tanto tiempo llevaba esperando el Camp Nou. De sus pies salió la mejor partitura, de su forma de jugar se fraguó la mejor orquesta y de su capacidad de liderazgo, desde el más discreto de los silencios, se compuso la mejor pieza musical que pudo crear el fútbol. Armonía, compás, tempo y estilo. Elaboración, desmarque, pase al hueco y gol. Así es el Barça, así es España, así es Xavi Hernández.

miércoles, 7 de abril de 2010

Holanda 2005

Cuando asistimos a la explosión esplendorosa de un futbolista, no podemos evitar llevar a cabo ese fausto ejercicio que supone el volver la vista atrás. Nos gusta encontrar los orígenes, el momento del big bang particular, el excelso instante en que el niño apunta a convertirse en leyenda.

Si de Messi hablamos, los que no teníamos la oportunidad de conocerle más allá de oídas, pudimos descubrirlo en aquel mundial juvenil celebrado en holanda en el año 2005. Aquella era una Argentina que apuntaba maneras, que, igual que otras, se perdía en detalles pero que a diferencia del resto de equipos se cuajó a base de concreciones. Allí estaban Ustari, Zabaleta, Garay, Cardozo, Gago, Agüero y, por encima de todos, Lio Messi.

Lo del chico comenzó a ser serio una vez su seleccionador se vio obligado a echar mano de su mejor carta. Tras ser suplente en la primera derrota de Argentina en el torneo, Messi tomó el mando y dejó bien claro que los que hablaban de él como una futura estrella no se equivocaban. Fue el despegue de un tipo que había asomado tímidamente al primer equipo del Barça de la mano de Rijkaard y que una vez regresó de Holanda con el campeonato mundial juvenil en el bolsillo no dejaría jamás de asombrar a la gente.

Lo hizo entonces, lo hizo ayer, lo seguirá haciendo. Siempre hay un primer momento, lo realmente hermoso es no adivinar jamás cuando será el último.


lunes, 29 de marzo de 2010

Reivindicaciones de "Premier" nivel

Al Dios del fútbol le gusta bendecir el pie de sus elegidos. Solamente así se explica que tipos que se ven obligados a representar una y otra vez la función para ser debidamente reconocidos, ofrezcan de vez en cuando y en ocasiones muy a menudo, actos de obra épica con los que pasan, por derecho propio, a la memoria legendaria de aquel glotón tan selectivo que es el aficionado.

El sábado, cuando algunos aún rendían cuentas por los tropiezos más recientes y los más maquiavélicos echaban cálculos esperando que fuese la tarde del derrumbe definitivo del Chelsea de Ancelotti, el capitán Frank Lampard tomó el timón y gritó al mundo hasta en cuatro ocasiones que la derrota no es algo que se regala sino que se vende y en ocasiones a un precio muy caro. Midió el sudor y derrochó el alma para aniquilar a uno de esos equipos que, por vivir en el limbo de la grandeza, siempre tienen patente de confianza. El Villa llegó a Stamford Bridge con la lección del City bien aprendida y se marchó como un siete en el recuerdo después de probar la furia de un tipo que jamás jugó para perder.



Y el domingo, cuando algunos comenzaban a afilar sus uñas para hincar la carne y arrojar la sangre del Liverpool, Fernando Torres controló un balón junto a la línea de cal que delimitaba el flanco izquierdo del ataque de su equipo, avanzó con la mirada puesta en un único objetivo y alcanzó el lateral del área con un particular hilo de sangre reflejado en cada uno de sus ojos. Del golpeo, el vuelo del balón y el golazo hay poco que explicar y mucho que aplaudir. Fue la enésima redención de un tipo que se ve obligado a reinventarse en cada partido, un niño que se hizo hombre a la sombra de un estadio que le adora, un delantero que debe vivir a diario con mil estigmas y que cada vez que salta al campo es para demostrarle al mundo que quien quiera seguir haciendo esas listas de los mejores delanteros del mundo, debe seguir contando con él.

martes, 23 de marzo de 2010

Balones de oro: Stanley Matthews

La historia está escrita por tipos que marcaron a fuego su propio ego, por hombres que sacudieron los cimientos de lo establecido y, en algunos casos, por bellos perdedores que ganaron la sonrisa de los presentes gracias al noble latido de su corazón.

La de Stanley Matthews es la historia de un tipo que nació para hacer ruido y que se conformó con ser amado por un puñado de fieles. Cuando el tiempo hizo justicia a sus actos, terminó siendo depositado en el altar de los dioses y desde allí fue viendo como su leyenda se iba haciendo grande a medida que los padres les contaban a sus hijos el día que habían visto jugar al mejor wing derecho de la historia del fútbol inglés.

Matthews, que nació siendo humilde y murió siendo el mismo niño que soñaba con patear un balón, debutó a los dieciocho años con la camiseta del Stoke City y ese mismo año fue llamado para jugar con la selección absoluta inglesa. A nadie se le escaparon las maneras de gran futbolista de aquel muchacho de ojos vivos que encaraba a los defensas con el descaro de quien roba pan en las mismas narices del panadero. Tomaba la pelota, como aquel otro podría haber tomado un mendrugo recién salido del horno, y desfilaba sorteando las trampas que le ponían en forma de pierna en alto. Imparable. Solamente la Guerra Mundial fue capaz de apartarle del fútbol durante unos años. Seis años en los que hubo de servir como preparador físico en las filas de la Royal Air Force.

Pero regresó con la fuerza de quien sabe que ha dejado muchas jugadas guardadas en el tintero. Matthews jugó en la liga inglesa hasta los cincuenta y un años, completando un total de treinta y cuatro temporadas en activo antes de retirarse a Malta donde completó cuatro años más en una liga de bajo nivel hasta tomar la definitiva decisión de colgar las botas. Tenía entonces cincuenta y cinco años y muchas muescas marcadas en sus espinillas. Golpes de cuero y palabra, momentos vividos y otros pendientes que le situaron en muchas ocasiones en el cajón de los momentos que pudieron haber sido.

Con la selección inglesa disputó los mundiales de 1950 y 1954. En el primero, tras un largo viaje a Brasil, el seleccionador le hizo jugar un único partido. Fue aquel que quedó para siempre tan grabado en la memoria del aficionado español pues con aquella victoria por un gol a cero, España lograba la que ha sido, hasta hoy, su mejor clasificación en la historia de los mundiales.

En Suiza, la cosa no fue mucho mejor e Inglaterra regresó a casa mucho antes de lo esperado. Fueron duros golpes para un equipo que, durante muchos años, se creyó en potestad de una supremacía que realmente nunca demostró. Eran las cosas de creerse invencibles por el simple hecho de haber sido los inventores del juego. Matthews hubo de sortear las críticas de la misma manera que había sorteado a los jugadores rivales y regresar a los campos de su patria para volver a escribir nuevos renglones de ensueño.

Como si de una llamada del destino se hubiese tratado, Stanley Matthews falleció en febrero del año 2000 en vísperas de un partido grande. Era uno de aquellos amistosos que tanta fama le habían dado en su tiempo y que con los años se habían convertido en aperitivos sin tela que cortar. Inglaterra esperaba a Argentina en un Wembley que se preveía repleto y que, con el corazón compungido, hubo de guardar minuto de silencio cuando supo la noticia de la muerte de uno de sus mayores héroes. Con él se iban muchas tardes de espectáculo y el aroma de mil carreras pegado a la línea de cal. Con él se iba un pedazo de la historia del fútbol y nacía la leyenda de un ser inmortal.

A los treinta y un años, una edad que para la mayoría de futbolistas indica el umbral previo a la retirada, ficha por el Blackpool y será allí, algo más alejado de su casa, donde viva sus mejores tardes como futbolista. Tardes como aquella final de copa de 1953 que terminó por inmortalizarle y le consagró para siempre como futbolista. Tal fue su calado entre la sociedad inglesa que poco después de su retirada, la reina Isabel le nombró “Sir”, siendo el primer futbolista que lo conseguía.

Y es que mientras duró su carrera como futbolista, Matthews, que nunca logró los grandes éxitos que laurearon a la mayoría de sus rivales por el trono del fútbol inglés, fue uno de los tipos más queridos del país. Tan limpio y honesto era su juego que pudo retirarse con el orgullo de no haber sido jamás expulsado en sus treinta y cuatro años de carrera profesional. Y eso que jugó mucho desde que firmó aquel primero contrato por una libra semanal hasta que se retiró en loor de multitudes tras enfundarse la camiseta de su país por última vez para enfrentarse a un combinado del resto del mundo. Aquella tarde en Wembley, el mejor escenario posible, los mejores jugadores del momento encabezados por Di Stéfano, Puskas y Kubala, quisieron estar allí para disputarle sus últimos balones al mejor wing derecho que habían visto jamás.

Fue la tarde en la que Inglaterra lloró el adiós del hijo del barbero Jack Matthews. Allí, en el campo de sus mejores sueños internacionales, y rodeado de los mejores, recordó aquellos consejos que su padre, boxeador por afición y barbero por obligación, le había tras cada traspié; “Nunca esperes nada, nunca des nada por sentado, de esta forma nunca sufrirás una gran decepción”. Nunca esperó grandes cosas y sin embargo consiguió embaucar a millones de corazones, nunca ganó grandes torneos y sin embargo se retiró con la vitola de jugador irrepetible.

De hecho, solamente ganó un título importante a lo largo de su carrera y fue la final de la Copa Inglesa de 1953 vistiendo la camiseta del Blackpool. La de aquel año era la cuarta final que Matthews alcanzaba como futbolista y la primera y única que ganaría. Y eso que no se pusieron fáciles las cosas. En el intermedio del partido, el marcador reflejaba un cómodo tres a uno para el Bolton. Recortó el Blackpool y el partido languideció con el tres a dos hasta que apareció Matthews en dos minutos fulgurantes. Fue el tiempo que le bastó para ganar en dos ocasiones la línea de fondo y regalar dos goles al delantero Mortensen. Lo que a cinco minutos para el final parecía una quimera se había hecho realidad con el pitido final; el Blackpool era campeón y Matthews abandonaba el estadio en hombros entre vítores de gran héroe. Pasaron las horas, salieron los periódicos y aquella final quedó bautizada para siempre como “la final de Matthews”.

Aquella fue una de esas tardes en las que Matthews tuvo el placer de poder replicar a sus críticos. Estos, más empeñados en la crueldad que en la emotividad, achacaban al extremo que solamente era capaz de hacer una jugada “¿Para qué más?” Pensaría él. Aquella jugada le había convertido en inmortal. Era su jugada aquel famoso quiebro conocido como “The Move” en la que tras un amago hacia el interior salía disparado hacia afuera buscando la línea de fondo. Simple, sí, pero imparable también.

Recién cumplidos los cuarenta y ocho años y cuando el fútbol ya lo adoraba como un Dios menor, Matthews decidió regresar a casa y volver a vestir la camiseta rojiblanca del Stoke City. Allí, en el Britannia Stadium, en el mismo lugar donde hoy reposan sus cenizas, dio sus últimas lecciones. Llegó a un equipo agobiado por las urgencias que se hundía en la tabla de la segunda división y no solamente consiguió sacarle del hoyo del descenso si no que lo enchufó de tal manera que lo puso de nuevo en la élite. Y allí, en la primera división inglesa y vistiendo la camiseta del Stoke, jugó sus últimos partidos como profesional antes de dar un último salto a un lugar más exótico, presto a disfrutar el descanso del guerrero.

Dejó miles de partidos y cientos de rumores. Uno de ellos le situaba en el centro de una conspiración por culpa de los celos. Cuentan que los capitanes del seleccionado inglés, más acostumbrados al éxito de lo que había estado Matthews, recelaban del éxito de un tipo que era tan perdedor como buen futbolista. Ellos ganaban, levantaban trofeos y caminaban con el pecho erguido y, sin embargo, su Inglaterra era la Inglaterra de Matthews. Un tipo silencioso que se marchó de casa para triunfar y ganó el corazón de miles de aficionados. Sobre todo los del Stoke, durante un tiempo mal acostumbrados a su fidelidad y dispuestos a convertirlo en patrimonio exclusivo de su club, tanto que hubo de acudir a las fuerzas del orden para contenerlos del día que se firmó su pase al Blackpool. Cientos de hinchas se habían reunido en la sede del Stoke para bloquear las puertas e impedir así la marcha de su ídolo. Era una batalla perdida. Matthews se marchó para hacerse inmortal y regresó para convertirse en leyenda. El pequeño aprendiz de barbero que había llegado un día con pinta de niño desnutrido se marchaba como un hombre capaz de levantar millones de corazones. Todo el mundo le llamaba “Sir Wing”, era el caballero de la banda, un extremo incomparable, un futbolista inolvidable.

Stanley Matthews nació en febrero de 1915 y falleció en el mismo mes del año 2000 a los ochenta y cinco años de edad. Jugó un total de mil cuatrocientos veintidós partidos repartidos entre el Stoke City, el Blackpool y la selección inglesa con la que llegó a ser cincuenta y seis veces internacional en veintidós años. Sus números, más dados a la admiración que al vacío, pese a la ausencia de grandes títulos, y su carisma, le valieron para ser condecorado como el primer mejor futbolista europeo por la revista France Football. Él fue el primer balón de oro. Era una época en la que el personaje contaba más que el futbolista y por ello se llevó el galardón pese a que había tipos como Alfredo Di Stéfano o Raymond Kopa con mucho más caché que él. Fue una gran apertura para un gran premio, un detalle inolvidable.

Esta es la historia de un bello perdedor que ganó la sonrisa de la gente gracias al noble latido de su corazón, la leyenda de un romántico que prefirió la derrota a la tristeza, que impuso la pasión a la grandeza y que sobrevivió entre un bosque de piernas que jamás pudo contenerle. La vida de un tipo que jugó al fútbol por placer y en cuyas botas vivió el mérito de mantenerse alerta durante más de tres décadas. Un tipo irrepetible, un hombre admirado y un futbolista legendario. El primer balón de oro, el aroma de una carrera imparable que siempre recorrerá la línea de cal en el recuerdo de los viejos aficionados ingleses.

jueves, 4 de marzo de 2010

Debí volverme demasiado exigente

Conste que a mí esto de los amistosos a mitad de temporada no me hacen demasiado tilín. Cuando uno cumple ya una edad y se cansa de ver partidos si nada en juego, pierde un poco el interés por aquello que, durante mucho tiempo fue el centro de todos sus sueños. Si de pequeño soñaba con ver a Platini, a Maradona o a Van Basten jugar contra España cada vez que esta organizaba amistosos de medio pelo, ahora no soy más que un ser poco creyente de las mentiras que se cuentan cada vez que se gana un bolo de este calibre. Lo de ayer, más allá de la superioridad que quizá no hacía falta ni que nos vendiesen, no fue más que una esquirla más en nuestra inmaculada trayectoria de partidos para la estadística porque cuando yo quiero ganar a Francia es en una competición de verdad.

Yo fui uno de esos imberbes que creció con el gol de Platini en el ochenta y cuatro, con el baile de Zidane en el dos mil y con la superioridad física de Vieira y Makelele en el dos mil seis. En ninguno de aquellos partidos Francia nos regaló ningún baile, ni ningún motivo para el "olé", pero nos ganó. Y muchos de aquellos partidos vinieron precedidos por victorias amistosas como las de anoche, que supusieron motivos para creer y atajos para desilusionarse. Cierto es que jugamos como nunca y cierto es que nos temen en el mundo, pero lo de anoche no debe servir para llenar portadas si no para seguir trabajando.

He debido volverme demasido exigente porque he visto a la roja jugar mejores partidos del que jugó anoche. Si bien es cierto que el equipo manejó el tiempo y el marcador casi a su antojo, no es quitar mérito a lo logrado si apuntamos que las imperfecciones fueron de ese calibre tan peligroso que es capaz de provocar el suicidio deportivo en partidos de la máxima exigencia. Los mediocampistas centrales, más ocupados en el pase definitivo que en la contención, perdieron más balones de los permitidos y los perdieron, sobre todo, en zonas en las que un equipo de alto nivel puede verse en la opción de montar una contra mortal. Si ayer nuestros centrales estuvieron impecables al rescate es algo que se debe aplaudir pero a lo que no nos debemos acostumbrar pues fiar las opciones a buen día en defensa es como intentar nadar hacia otra orilla con un saco de plomo en la espalda, puede conseguirse, pero el riesgo de ahogarse es enorme.

Debe ser que me he acostumbrado tanto a las jugadas fulgurantes de primer toque, a la elaboración técnica de primer nivel y a la efectividad barroca de nuestros hombres de ataque, que cuando veo al equipo ganar con dos goles evitables, me siento hambriento de mucho más. Cierto que es que era Francia, cierto es que era Saint Dennis y cierto es que llevábamos cuarenta y dos años sin ganar allí, pero permitidme decir que lo de ayer fue simplemente bueno, en nuestra línea, pero para nada extraordinario.

Y sirva mi insatisfacción como película de esa prudencia que habitualmente utilizo como escudo ante el miedo al fracaso. En los partidos de máxima exigencia no sirven los pasecitos que conducen al elogio, sirve el fútbol y sirve la máxima concentración. En el último mundial, contra estos mismos que ayer vestían de blanco, Xabi Alonso perdió un balón en el medio campo y no estuvo Puyol para rescatarle del naufragio. En los mundiales, tipos como Ribery son aún mejores porque en cada acción llevan la mirada de miles de millones de espectadores. Cierto que los nuestros también son muy buenos y que España sigue siendo España, pero mucho mejor ser como en Viena que ser como en París. Aunque la historia señale el día de ayer como aquel en el que los franceses nos despidieron como a toreros.

lunes, 1 de marzo de 2010

El bipartidismo se convierte en dictadura - La banda de la liga, por Manuel Malagón

Terminada la vigésimo cuarta jornada de la Liga BBVA, el tercer clasificado, el Valencia, está ya a trece puntos del Madrid y a quince del líder. La brecha es de aúpa y no hace sino confirmar que hay dos Ligas. Una la juegan los dos grandes (se presume apasionante), y la otra el resto (tampoco le falta emoción). Por arriba sigue mandando el Barça, aunque estuvo cerca de ceder el liderato al Madrid. Pero el campeón sigue siendo un equipo fiable, por más críticas que esté recibiendo. Decidió su difícil partido ante el Málaga a falta de siete minutos para el final con un gol de Messi cocinado por Xavi (su pase figura entre lo mejor de lo que llevamos de Liga) y Alves. Con la vuelta del lateral brasileño, el Barcelona volvió a parecerse a sí mismo. Ganó al final, cierto, pero debió hacerlo mucho antes. La baja de Alves quizá no se ha valorado en su justa medida, pero es un futbolista capaz de cambiar la cara a cualquier equipo, incluso al mejor del mundo. El Barça, por cierto, suma más puntos a estas alturas que la temporada pasada.

Al acecho del Barça continúa el Madrid, que fue líder durante un par de horas, y no parece que la situación vaya a cambiar. Al equipo de Pellegrini cada día se le ve mejor, más hecho, un equipo para luchar hasta el final por la Liga, sin duda. No se recuerda que los dos grandes, Barça y Madrid, estuvieran tan bien en un mismo campeonato. Normalmente, cuando uno de ellos está muy bien, el otro no lo está tanto. Esta campaña, sin embargo, a ninguno se le puede reprochar nada. De 72 puntos posibles, uno lleva 61 y el otro 59, y las cifras goleadores son espectaculares. En el Heliodoro, un estadio de pésimo recuerdo para el madridismo, los blancos se dieron un festín. Hubo buen juego y goles, y actuaciones sobresalientes como las de Higuaín o Xabi Alonso. Cristiano y Kaká terminaron apuntándose a la fiesta, pero de nuevo fue la clase media lo más destacada. Además de Higuaín y Xabi Alonso, también brillaron Albiol y Garay, y el pase del primer gol fue de Marcelo.

El partido de la jornada se vio en el Vicente Calderón, donde hubo goles, buen juego por parte del Atlético y polémica, porque Pérez Burrull tuvo quizá el peor día de su vida, y eso es mucho decir en él (que le pregunten a Juanfran). El colegiado la armó y el Atlético salió reforzado. Los rojiblancos hicieron un partidazo y merecieron la victoria de punta a punta. El Atlético hace tiempo que es otro y gran parte del mérito es de Quique Flores. El equipo rojiblanco está más trabajado, juega mejor y además tiene futbolistas que cada vez están mejor. Tiago es un centrocampista de los que hacía tiempo que no tenía el Atlético, Simao está mejor que al principio de temporada y Reyes está muy fino. Con los de arriba, Forlán y Agüero, se puede contar casi siempre. El resultado es un equipo serio y capaz de competir casi con cualquiera. Al Valencia, el tercero de la liga española, le pasó por encima.

Cuarto sigue el Sevilla, aunque el Mallorca no piensa rendirse en esa lucha. Los de Jiménez no pudieron con el Athletic en un partido donde lo mejor fueron los porteros. La Champions pasa factura al equipo sevillista, donde sigue sobresaliendo Jesús Navas. Los bermellones, que vencieron al Valladolid, se ponen a tres puntos. El equipo de Manzano está dispuesto a obligar al Sevilla a mantener la tensión hasta el final. Apasionante se presenta también la lucha por la UEFA, puestos a los que aspiran un buen puñado de equipos. Ahora mismo, Mallorca, Deportivo y Athletic parecen con ventaja, pero Villarreal y Getafe siguen mirando de reojo, e incluso el Sporting y el Atlético si continúa con su mejora, y por qué no Osasuna. En esa pelea, el Villarreal se deshizo del Deportivo y respira tras una semana en la que había recibido diez goles, y el Getafe se vio sorprendido ante el Zaragoza en el peor partido del año, según palabras de Míchel.

La cuarta pelea, tras la del título, la de la Champions y la de la UEFA, es la del descenso, la más amarga. Ahí empieza a haber un corte peligroso para Xerez, Tenerife y Valladolid. El cuarto por la cola, el Zaragoza, está ya a cuatro puntos de los vallisoletanos, más de un partido de distancia. A los de Gay les ha venido Dios a ver con Suazo, un delantero que está justificando su fama. Los tres que habitan la zona de descenso lo hacen de forma distinta. El Xerez mejora, pero carece de recursos. El Tenerife tiene una propuesta atractiva, juega un fútbol aseado y llega, pero su debilidad defensiva le mata. El Valladolid es más competitivo que Xerez y Tenerife, pero está deprimido. Más tranquilos andan el Málaga y el Almería, que desde que llegó Lillo al banquillo es otro equipo. Venció con comodidad en Santander al Racing, que ha perdido fuerza tras la eliminación copera.



Publicado en Marca.com

lunes, 22 de febrero de 2010

Pichichis: Paco Bienzobas

Paco Bienzobas fue una de las primeras estrellas de la Liga Española. Es recordado, por lo más antiguos seguidores, como una de las grandes figuras de la historia de la Real Sociedad, aunque también jugó, con buen criterio, en Osasuna de Pamplona.

A pesar de ser un buen goleador, Bienzobas no era un delantero centro al uso. Su lugar se encontraba en los costados del campo, especialmente el derecho, aunque se desenvolvía bien por ambos perfiles, desatascando el juego de su equipo gracias a su velocidad y magnífico golpeo del balón.

En toda su carrera solamente falló un penalti de los setenta y cinco que lanzó a lo largo de su carrera. Fue en un duelo regional ante el Real Unión de Irún, un partido que, en los primeros lustros del siglo XX, era capaz de movilizar a toda Guipuzcoa. El partido, disputado bajo una lluvia torrencial, estaba empatado a dos cuando, en los úlitmos minutos el colegiado señaló el punto de penalti. Ante el jolgorio de la afición txuri urdin, Bienzobas tomó el balón y la pegó fuerte, como solía hacer. "Normalmente elijo la parte izquierda del portero", llegó a declarar. El golpeo, trompicado por culpa del barro que se acumulaba en el césped, salió más alto de lo normal y se estrelló contra el larguero de la portería irundarra. El partido terminó en empate y la lucha por el dominio regional hubo de posponerse a un nuevo partido.

Bienzobas, quien jugó en la Real Sociedad junto a sus hermanos Custodio y Cuqui, fue el primer pichichi de la liga española al anotar diecisiete goles en la temporada 1929-30. Tras su retirada y porque, según sus palabras, "el veneno del deporte no me deja estar al márgen", Bienzobas cogió el silbato y se convirtió en uno de los árbitros más reconocidos del fútbol español. Un curioso fin deportivo para alguien que había vivido la competición desde el lado de los goles celebrados.

Más curioso aún fue el momento de su muerte, acaecida el día treinta de abril de mil novecientos ochenta y uno, cuando contaba con setenta y dos años, exactamente el día siguiente a que le comunicaran que la Real Sociedad había ganado su primer título de liga.

Y es que Bienzobas será siempre historia de la Real Sociedad. Allí llegó a los diecisiete años después de deslumbrar en las filas de la Unión Deportiva San Sebastián. Debutó en el campeonato regional de 1927 en el que salió campeón, título que repetiría en 1929 y 1933. Eran años en los que con la Copa de España como principal escaparate futbolístico a nivel nacional, los torneos regionales tomaban una importancia suprema. En aquellos tiempos se fraguó una gran rivalidad entre la Real Sociedad y el Real Unión y fue Paco Bienzobas uno de los grandes protagonistas en estos duelos.

En 1928, Bienzobas disputa la famosa triple final de la Copa de España. Tras dos primeros duelos a muerte contra el Barcelona que se saldaron con empate, la final se postergó para después de disputados los Juegos Olímpicos de Amsterdam. Tras los mismos, a los que acudieron ocho jugadores de la Real Sociedad y ninguno del Barcelona por tratarse ya de un equipo profesional, los azulgrana dieron buena cuenta de los donostiarras y levantaron la Copa de campeones de España. Fue la final en la que tras uno de los primeros partidos, el poeta Rafael Alberti compuso su famosa oda a Platko, portero del Barcelona. Tras la misma, el poeta guipuzcoano Gabriel Celaya contestó con su oda al árbitro del encuentro, pues consideró que si bien el portero Húngaro había ayudado en gran medida a mantener vivo al Barça, no menos hizo el trencilla para echar una mano a los azulgrana. Como se ve, en aquellos tiempos ya cocían habas.

Paco Bienzobas formó parte del primer once de la Real Sociedad en liga y fue el primer y último máximo goleador de la máxima categoría del equipo donostiarra. Hubo otros que marcaron más goles, pero ninguno fue capaz de proclamarse máximo goleador.

Tras abandonar la Real, fichó por Osasuna, en aquel entonces en segunda división. Bienzobas aportó goles en el ascenso del equipo rojillo a primera y, seis años después, regresó a la Real Sociedad después de que esta hubiese perdido la categoría. Como el hijo pródigo en forma de héroe que vuelve a casa, la Real logró el ascenso con Bienzobas como salvador y se retiró un año más tarde después de noventa y dos partidos jugados y cincuenta goles anotados en la liga española.

En cuanto a la selección española, Bienzobas fue internacional en dos ocasiones, anotando, también, dos goles. Con sólo dieciocho años, disputó los Juegos Olímpicos de Amsterdam y se llevó un amargo recuerdo tras disputar el último partido de nuestra selección en el torneo que se saldó con una humillante derrota por siete goles a uno ante Italia. El extremo realista se resarciría un año después participando en la histórica goleada de nuestra selección por ocho goles a uno a Francia en un partido en el que anotó dos goles.

En total, Paco Bienzobas disputó ciento noventa y seis partidos con la camiseta de la Real Sociedad y anotó ciento nueve goles. Como árbitro dirigió cuarenta y ocho partidos en primera división y como goleador anotó más goles que nadie para erigirse, por vez primera en la historia de nuestra liga, como máximo goleador de la categoría.

martes, 9 de febrero de 2010

Perdiendo el norte

Durante años y desde que el grupo PRISA se hizo cargo del diario "As", reconozco haber sido un asíduo de café y columna de Alfredo Relaño durante las mañanas. Puede que fuese un problema de bisoñez o quizá era que realmente me parecía sensato casi todo lo que escribía. Le tenía por alguien cabal y memorísticamente bien documentado. No hace mucho leí en un foro, a un gran amigo en el mundo de los blogs, decir que Relaño había pasado de practicar el periodismo a practicar el "niputaideismo". Puede que lo le falte razón. Yo, desde luego, ya no me le creo.

Desde la llegada de Relaño, el periódico se convirtió en una fuente de información exclusivamente madridista, ya lo era antes, con la añadidura de que ahora, cualquier portada tendría un color blanco prevaleciente sobre todos los demás. No es que fuese algo que me molestase, realmente nunca fui un consumidor demasiado fiel a la prensa deportiva y antes que el "As", reconozco haber sido comprador, no muy asiduo, de "Marca". Hasta que "Marca" consiguió, inusitadamente, no sólo superar a "As" si no superarse incluso a sí mismo.

Resulta que en mitad de la vorágine hubo una época en la que el Madrid ganaba copas de Europa cada dos años y el Barça ganaba desprestigio cada minuto. Fue la época en la que Florentino irrumpió como un emperador en el mundo del fútbol y se hizo, de una tacada, con Figo, con Zidane, con Ronaldo y con Beckham. Casi nada al aparato. Entre tanto, el Barça fracasaba en cada uno de sus proyectos y ni Riquelme, ni Saviola, ni Simao, ni los holandeses eran suficiente carta de presentación para hacer cara al coloso madridista. El Barça se moría mientras Gaspart daba y daba la de arena y el Madrid se convertía en el equipo referente a nivel mundial. Todos, "As" y "Marca", lo celebraban y los otros "Sport" y "El Mundo Deportivo" intentaban razonar el naufragio perdidos en su propia deriva.

Resultó, por esas cosas del fútbol, que el Barça resucitó de entre los muertos y no solamente recuperó cierta hegemonía si no que, al tiempo, recuperó el buen fútbol del pasado. Fue una época en la que el Madrid de Florentino se convulsionó y ocurrió una hecatombe que los medios se apresuraron a bautizar como "galacticidio". Y fue una época, también, en la que el grupo PRISA inició una campaña de desprestigio, no sin ciertas dosis de razón, contra el presidente de la Federación, Ángel María Villar.

De aquella campaña urdida entre la SER y el "As", nació una teoría conspirativa dentro de la mente de Alfredo Relaño. Parecía querer justificar que el Barça, de buenas a primeras, ganase más que el Madrid ¿Por qué? Porque Laporta tiene una estrecha relación con Villar y por eso los árbitros miden al Barça con otro rasero. No importaba que el Barça jugase un fútbol de alta escuela ni que los rivales acabasen rendidos ante tanto lujo y tanta precisión, si el Barça ganaba era porque los árbitros le permitían más que a los demás. Y a eso lo llamaron Villarato.

Resultó que, por esas cosas que vuelve a tener el fútbol, el gran Barça de Rijkaard se deshizo y comenzó un bochornoso peregrinaje hacia el fango que desembocó en un humillante pasillo ante un Real Madrid campeón de liga en pleno Santiago Bernabéu. Pasó que durante dos años el Barcelona jugó un fútbol poco intenso, poco comprometido y, en ocasiones, malo y pasó que durante aquellos dos años el Madrid se subió al carro de la competitividad y azuzado por las riendas de Capello y Schuster ganó dos ligas, una de ellas con insultante autoridad. Y pasó que durante aquellos dos años el presidente de la federación seguía siendo Ángel María Villar y pasó que durante aquellos dos años no se habló apenas del Villarato.

Y ocurrió después que llegó Guardiola al Barcelona y todo lo que habíamos visto hasta entonces no habían sido más que fuegos de artificio. Porque el Barça se puso a jugar como nunca, porque el Barça se propuso batir cuántos records tenía al alcance y porque el Barça lo ganó todo ante el asombro de quienes aplaudían tanta buena intención y admiraban el arte de un equipo casi perfecto. Y ocurrió que con el regreso del gran Barça y la podredumbre de un Madrid cuyo presidente se vio obligado a dimitir por tramposo, regresó la teoría de la conspiración y regresó, con más fuerza aún, el término "villarato".

Y ocurrió, paralelamente, que a Marca llegó un tipo con bufanda blanca al cuello e ideas de ultrasur en la garganta, y se le ocurrió subirse al carro del desprestigio por cuenta propia. Como el término "villarato" ya había sido acuñado, no se le ocurrió mejor manera de dejar claro que el Madrid nunca alcanzaría al Barça pese al "canguelo" porque el Barça ya había sido designado "campeón por decreto". Si algunos habían pedido caldo, aquí tenían la segunda taza.

Y pasó lo que tenía que pasar, es decir, que el fútbol dictó sentencia y el Barça fue campeón de todo. Y pasó lo que tenía que pasar, es decir, que el madridismo se cansó de ver a su vecino tan por encima y recurrió de nuevo a Florentino como salvador del barco.

Y pasó que el Barça continuó jugando un gran fútbol y pasó, paralelamente, que el Madrid recuperó la grandeza y osó discutirle al Barça su supremacía. Los blancos se rearmaron con media docena de fichajes de primer nivel y empezó a jugar un fútbol como hacía tiempo no se veía. Pese a un comienzo dubitativo, el Madrid comenzó a imponer su autoridad y, cuando se había disputado tan solo media liga, los dos grandes se quedaron solos en la clasificación. Y pasó que en ambos lados del puente aéreo comenzó a olerse el miedo y a verse el vacío de los sueños incumplidos.

Y como el Barça siguió en su línea, los diarios madrileños continuaron en la suya. Y el villarato y la conspiración contra el Madrid tomaron fuerza y fama. Y como el Madrid no le anduvo a la zaga al Barça, los diarios barceloneses se apuntaron al carro de la infamia. Y entre la rabia de unos, el miedo de otros y la desvergüenza de todos, el conflicto estalló por los aires y ahora solamente se habla de todo menos de fútbol. En una liga donde pueden verse los que quizá sean dos de los mejores equipos de la historia se habla de todo menos de fútbol. En una liga repleta de balones de oro y serios aspirantes a serlo, se habla de todo menos de fútbol. En una liga donde los dos equipos punteros juegan un futbol de altísimo nivel, se habla de todo menos de fútbol. Definitivamente, están perdiendo el norte.

lunes, 1 de febrero de 2010

La reivindicación de lo diferente

No me pueden acusar de ventajista y ni siquiera soy sospechoso de amar a quien no debo. Futbolísticamente siempre me incliné más del lado de los diferentes que de los ejemplares. Durante años anduve discutiendo con todos los que dudaban de Xavi porque decían que no valía como eje y no tenía vuelo como organizador. Bastó que uno de sus entrenadores le adelantase veinte metros para que todos los que dudaban se postraran a sus pies. Nunca me dieron la razón y tampoco lo esperaba de ellos.

Igualmente que no espero que todos aquellos que durante años criticaron a Guti mientras yo le defendía vengan ahora a dorar la píldora de su razón. Es más, seguramente saldrán con el cuento aquel de que con pasecitos como este vive una temporada y que en el siguiente partido volverá a la indolencia habitual ¿Qué es la indolencia? ¿Saber jugar al fútbol es indolencia? ¿No dar siempre un pase de gol es indolencia?

Los que sí son ventajistas llaman indolencia a no hacer lo que hacen tipos como Lass, más destinados a lucir con el físico que con el balón. De esta manera, parecía que el francés era capaz de eclipsar hasta a Xabi Alonso. Menos mal que siempre estarán las estadísticas para demostrar que el tolosarra es mucho más importante que el francés. Y menos mal que está el espectador crítico para darse cuenta de que el Madrid es capaz de jugar igual de bien o incluso mejor, con un centro del campo más técnico que físico.

Y menos mal que está Guti para, en una particular reivindicación de lo diferente, decirnos a todos que la indolencia no existe para los genios, si no que lo suyo es símplemente magia. Y eso no se le puede pedir a cualquiera.