Somos muchos, yo por delante del resto, los que nos quejamos amargamente del sentido bipolar que ha tomado nuestra liga. Hasta hace unos años, si bien eran los mismos los que terminaban repartiéndose los títulos, siempre había algún equipo con ganas de incordiar que animaba el cotarro hasta el último minuto. Desde el noventa y seis hasta el dos mil cuatro, Atlético, Depor y Valencia ganaron ligas intercaladas y hace menos de un lustro fue el Sevilla quien se atrevió a disputársela a los grandes hasta la última jornada. Eran años de campeones con setenta u ochenta puntos, de visitas incómodas a Mestalla, de derrotas cantadas en Riazor, de escarmientos instructivos en Balaídos o en San Mamés. Tiempos en los que un Madrid - Barça seguía siendo el mejor partido de la liga pero no el partido definitivo.miércoles, 20 de abril de 2011
El mejor partido del mundo
Somos muchos, yo por delante del resto, los que nos quejamos amargamente del sentido bipolar que ha tomado nuestra liga. Hasta hace unos años, si bien eran los mismos los que terminaban repartiéndose los títulos, siempre había algún equipo con ganas de incordiar que animaba el cotarro hasta el último minuto. Desde el noventa y seis hasta el dos mil cuatro, Atlético, Depor y Valencia ganaron ligas intercaladas y hace menos de un lustro fue el Sevilla quien se atrevió a disputársela a los grandes hasta la última jornada. Eran años de campeones con setenta u ochenta puntos, de visitas incómodas a Mestalla, de derrotas cantadas en Riazor, de escarmientos instructivos en Balaídos o en San Mamés. Tiempos en los que un Madrid - Barça seguía siendo el mejor partido de la liga pero no el partido definitivo.lunes, 18 de abril de 2011
El reto de Nadal
Los que hemos seguido los grandes torneos de Tenis durante los últimos años sabemos, y entendemos, que Federer es el mejor jugador que jamás ha pisado una pista. Nadie se mueve mejor sobre el rectángulo, nadie maneja mejor los tiempos, nadie golpea con tanta precisión, nadie utiliza el saque como él cuando realmente lo necesita, nadie gana con tanta elegancia sin apenas derramar una gota de sudor. Juega con la facilidad de un maestro, con la libertad de un niño y con la competitividad de un número uno. Sin embargo, en su horizonte siempre ha aparecido una bala de cañón que no ha podido evitar, una mosca cojonera que no ha podido aniquilar, un rival que le ha machacado la cabeza hasta hacerle llorar.miércoles, 13 de abril de 2011
La consagración de un niño
Todo futbolista tiene su momento especial, su punto de partida, su primera firma honorífica en la hoja de servicios. Para la majestuosidad del asombro no existe mejor escaparate que un mundial de fútbol y para un pueblo que lamía las heridas de su depresión, no hubo mejor mesías que un chavalín enclenque que, con diecisiete años recién cumplidos se propuso llamar la atención del mundo y regresó a Brasil como un héroe después de haber viajado hacia Europa siendo un semi desconocido.Poco más dejaron los brasileños lucirse al equipo galo. Más allá de la fantástica dupla formada por Kopa y Fontaine, la selección francesa contaba con un ala derecha mágica; Piantoni y Wisnieski eran acrobacia e ingenio, elegancia y velocidad, profundidad y talento. Uno era un pequeño diablo diablo del norte que anotaba goles sin piedad en el temido Stade Reims. El otro era un ídolo del Lens que gustaba ganar la línea de fondo y dar centros de gol como quien reparte caramelos en una fiesta de niños.
lunes, 4 de abril de 2011
Construcciones El Flaco
No existen muchas más jugadas que inventar, muchos más pases imposibles por ingeniar y muchas más novedades con las que asombrar a la hora de liquidar una portería contraria. El fútbol, como juego, regresa siempre a sus orígenes de descampado o patio de colegio cuando el balón pasa por lo pies de aquellos que nacieron para fabricar. El talento, ese gen innato que vive en el alma del genio, es el único patrimonio cultural que conoce el fútbol verdadero; aquel que se creó con el fin de establecerse como un juego de equipo, como un entretenimiento para el espectador, como un deporte en el que construcción y destrucción eran dos conceptos unidos en el sistema pero no obligatoriamente añadidos a todo tipo de jugadores.jueves, 31 de marzo de 2011
Aguinaldo
Había un jugador con las piernas de un oso y la cabeza siempre levantada, el viento aireaba un pelo entrecanoso y el balón susurraba al viento cada vez que salía desde sus botas. Era pausado para construir y listo para destruir, recorría el último tramo del campo con audacia, elegante en el control, avispado en el desmarque, talentoso en el último pase, preciso en el disparo.
Hubo una vez una ciudad que vistió el color del pimentón y se echó a la calle para celebrar sus éxitos. Hubo dos ascensos, hubo dos ídolos y hubo varios años de felicidad que hoy son pura melancolía. En el área vivía un macho hondureño con un cañón en cada bota y por detrás sobrevolaba el césped un brasileño con nombre de propina navideña y detalles de Papá Noel vestido de futbolista. Aguinaldo de nombre e ídolo para La Condomina. Fútbol de empaque, redes temblorosas, porteros impresionados.
Hubo un jugador que abandonó Brasil para hacer fortuna y recorrió España para enamorar corazones. Ídolo de ascensos en Murcia, ídolo de ascensos en Tenerife y director de escena en sus últimos coletazos junto al palmeral de Elche. Hubo un tipo de sonrisa torcida, gesto engañoso y plumas en los pies. Hubo un tipo que abrió la puerta grande de Brasil para los equipos modestos.
martes, 22 de marzo de 2011
Balones de Oro: Raymond Kopa
El hambre, las fatigas, la malnutrición y la explotación infantil son un lastre contra el desarrollo físico. A cambio, la naturaleza nos priva de Hércules de acero pero nos regala hombres astutos, hábiles, ingeniosos. Nada agudiza el ingenio como la necesidad, nadie conoce realmente a qué sabe la gloria si no se ha empezado desde lo más bajo. miércoles, 16 de marzo de 2011
Portugal 1991
No suele ser casualidad que un par de buenos futbolistas crezca alrededor de un grupo de amigos de notable calidad con los que aprender a convivir, a entenderse y, sobre todo, a practicar una manera de jugar al fútbol. Así hemos sido testigos de la mejor Bulgaria comandada por Stoichkov, de la mejor Croacia culminada en Suker o de la mejor Polonia con Lato y Boniek como estrellas principales.jueves, 10 de marzo de 2011
La sirena
La gente acudía alborozada a Parkhead porque les habían dicho que existía un jugador capaz de saltar como una pulga y rematar como un oso. La gente, vestida de verde y blanco, llenaba las calles del este de Glasgow imaginando un nuevo vuelo, un nuevo remate, un nuevo gol. Fueron muchos sueños hechos realidad y muchos aplausos arrancados desde el corazón de las viejas gradas del Celtic Park. Allí jugaba un tipo de escasa estatura y enorme ímpetu. Se movía en el aire como un pez puede hacerlo dentro del agua; con soltura, agilidad y descaro. Fue por eso que le apodaron "La sirena" y fue por sus goles que la historia le recuerda como uno de los mejores futbolistas escoceses de todos los tiempos.Jimmy McGrory es, sin duda, una de las tres mayores leyendas de la historia del Celtic Football Club de Glasgow. Como jugador levantó dos ligas y cinco copas y como entrenador sumó otros cinco títulos más. Era un tipo generoso en el esfuerzo y listo como pocos. En el área no tenía rival y fuera del césped no tuvo pensamiento para otra cosa que no fuese el Celtic.
McGrory se crió jugando en las calles de Glasgow y en cada partido de fútbol soñaba con ser delantero del Celtic. Su sueño se cumplió pronto, pero antes de dar rienda suelta a sus ilusiones, hubo de pasar por una dura infancia y una difícil adolescencia. Su madre, mujer entregada a la educación de sus hijos, murió cuando él sólo tenía doce años. Episodios así marcan el carácter de cualquier persona. Madurar como un adulto le supone a un niño adelantar varios años su ciclo intelectual. McGrory debutó siendo un adolescente como jugador profesional, pero en sus hechuras se adivinaba el carácter de un veterano de guerra.
Durante dieciocho años, de 1922 a 1940, Jimmy McGrory fue la gran estrella del Celtic. Jugaba de nueve, de ariete clásico. Lo suyo era desmarcarse de la jugada, buscar el área y rematar los centros. Parecía un trabajo sencillo, pero no todos lo sabían hacer y él convirtió su tarea en un manual para los futuros aspirantes a delantero centro. Ellos, sus admiradores y también sus críticos, hubieron de asombrarse enormemente mientras vieron discurrir el mes de diciembre de 1927. En el espacio de treinta y un días, el Celtic jugó ocho partidos, Boxing Day incluido, y McGrory anotó veintiún goles. Algunas cifras simplemente hablan pero hay otras que asombran.
La estela de mito viviente le persiguió más allá de su carrera como futbolista. Una vez hubo dejado los pantalones cortos en la caseta y se hubo enfundado el traje de entrenador, la gente siguió adorándole porque lo suyo fue dictar lecciones de vida a lo largo de su carrera. Hubo una final de la Scottish FA Cup en la que el Celtic ganó al Rangers por siete goles a uno. Fue en 1957 y McGrory dirigía, desde el banquillo, al equipo de sus amores. Desde la grada surgió un cántico; "Hampden in the sun". Desde entonces, los aficionados del Celtic entonan la misma letra en cada partido como homenaje al primer hombre que les hizo realmente felices.
A pesar de su contrastada fama como aniquilador, McGrory solamente vistió en siete ocasiones la camiseta de Escocia. Eran tiempos en los que las convocatorias se limitaban a once hombres, tiempos en los que los cambios no estaban permitidos, tiempos en los que la competencia era feroz y tiempos en los que el calendario impedía jugar más de un par de partidos internacionales al año. A McGrory, como a tantos otros, le tocó ser contemporáneo de un jugador fuera de serie. En su caso, el delantero que le cerraba las puertas del equipo nacional, se llamaba Hughie Gallacher, un tipo de cuatrocientos goles en su currículum y una lágrima de emoción en el recuerdo de cada viejo aficionado del Newcastle.
Gallacher había sido un joven que, como McGrory, se había visto obligado a trabajar desde pequeño para salir adelante. Quizá fuese por el recuerdo de las épocas más difíciles, el no haberse podido negar al brillo de las libras inglesas. Fichó por el Newcastle para hacer fortuna y forjar una leyenda mientras en Escocia, cientos de buenos futbolistas se veían obligados a vender caro su esfuerzo por un puñado de billetes.
Como la de Gallacher, la fortuna de McGrory también hubiese podido incrementar si hubiese aceptado la tentadora oferta que el Arsenal le puso sobre la mesa: un sueldo diez veces mayor al que cobraba en el Celtic y la oportunidad de jugar en el equipo de moda en las islas. Pero McGrory prefirió ocho a ochenta, prefirió seguir jugando a dos manzanas de su casa y prefirió seguir cumpliendo todos los sueños que había ido anotando en su libreta de asuntos pendientes desde que era un niño.
El pequeño Jimmy había aprendido a forjar su carácter en las calles de Glasgow y no quería salir de allí mientras le quedase un soplo de vida. Mientras veía a su padre marchar a la fábrica de gas y acudía a recibirle doce hora más tarde, aprendió que el sudor no se regala y que el esfuerzo es el principal camino hacia la meta. No tuvo tiempo para navegar en lecciones de matemáticas, ni para estudiar anatomía. Lo suyo fue trabajar y jugar al fútbol. No tuvo recursos para nutrirse como un niño sano y hubo de conformarse con un metro sesenta de estatura. Pero nunca le puso reparos al destino. Aunque bajito, era valiente, aunque poco formado, era listo. Jugando para el Celtic y luchando por el Celtic llegó a romperse la nariz y la mandíbula. No había defensa que le amilanase, no había balón que no rematase.
Tenía sólo dieciséis años cuando firmó su primer contrato como profesional. En el barrio se hablaba de un diminuto juvenil que, en cada partido de barro y descampado, hacía goles como rosquillas. El San Roque Juniors, modesto equipo de Glasgow, le firmó un contrato y apenas un año más tarde ya era propiedad de Celtic. Atrapado en su propio sueño, Jimmy hubo de despertar durante un primer año difícil. Debido la desconfianza expresada por su entrenador a causa de su corta edad, el equipo de los católigos de Glasgow le cedió a préstamo al Clydebank. No pasó mucho tiempo allí porque apenas media temporada y una docena de goles después, el Celtic le recuperó para la causa. Fue una gran noticia que se disipó con las horas. Poco antes del debut, McGrory recibía el varapalo de la muerte de su padre debido a un colapso cerebral en una de las horas de descanso en la jornada laboral. Sin tiempo apenas para afrontar el hecho y con el cuerpo recién enterrado, Jimmy McGrory vestía por vez primera la camiseta del Celtic de Glasgow. Aquella tarde anotaría el primero de sus quinientos cincuenta goles como profesional, goles que, poco a poco, fueron cicatrizando una herida en el alma y que, con el tiempo, forjaron el corazón de un mito inolvidable.
Aquella fue la primera piedra de un monumento al fútbol que fue erigiendo durante casi dos décadas. En 1927 anotó cuarenta y nueve goles en liga y, en 1929 fue más allá en su hazaña perforando las porterías contrarias en un total de cincuenta ocasiones. Era, junto a Dixie Dean, el gran goleador británico de la época. Un tipo pequeño pero rudo, menudo pero listo, no muy rápido en carrera pero fugaz en la ejecución. Un pequeño diablo que, pese a no superar el metro setenta de estatura, anotó casi doscientos goles de remate de cabeza. Son las cifras de un jugador que se convirtió en mito y un entrenador que se convirtió en leyenda.
Cuando abandonó el fútbol, fue sucedido por una generación ilusionante, comandada por el irlandés Tully, que supuso una transición entre épocas de cifras inolvidables y épocas de gloria inolvidable. Y cuando abandonó el banquillo, fue sucedido por un tipo llamado Jock Stein y que el tiempo situó en el olimpo de los dioses más venerados de la zona este de Glasgow. Ambos, McGrory y Stein fueron prácticamente contemporáneos hasta en la hora de la muerte. El corazón de McGrory se paró en octubre de 1982 y el de Stein, que había aprovechado a la perfección el trabajo de su predecesor, lo hizo en septiembre de 1985, minutos después de dirigir la victoria de Escocia sobre Gales en partido valedero para la clasificación para el mundial de México.
Ambos, instituciones inmortales, serán recordados en el Celtic como dos de los pilares más importantes de la historia del club. Pero si hay que hablar de un goleador, el nombre perfecto es el de James McGrory, el hijo de inmigrantes irlandeses que anotó cuatrocientos diez goles en liga vistiendo la camiseta del equipo de su vida y que engrosó las estadísticas hasta convertirse en uno de los mayores goleadores de la historia del fútbol británico.
viernes, 4 de marzo de 2011
La revolución naranja
Hubo una vez un equipo que hizo volar por los aires todos los conceptos clásicos del fútbol, hubo una vez una selección que mecanizó el juego para convertirlo en inolvidable, hubo una vez una ciudad que aplaudió, emocionada, el fin de su agonía. Hubo un mismo hombre en todos esos frentes; el ceño fruncido, el traje ancho sobre los hombros y la corbata bien anudada. Desde la banda, en el vestuario y en las reuniones familiares, se ganó la fama de hombre duro y padre intransigente, pero el tiempo le colocó en el olimpo de los entrenadores más valorados de la historia del fútbol.miércoles, 2 de marzo de 2011
Antes del gran éxito
Los clubes de fútbol son instituciones centenarias, alzados por miles de almas apasionadas y cimentados por un pasado que, a quien más y a quien menos, ha regalado un pequeño rédito para el orgullo.El Nottingham Forest es un club de ciento cuarenta y seis años de historia que hoy debate su identidad en la zona alta de la Football League Championship, el equivalente a nuestra Segunda División B. Atrás quedaron aquellos años de gloria en los que McGovern levantó dos Copas de Europa e Inglaterra se dividía en opinión entre el rojo del Liverpool y el rojo del Forest. Fueron los años de Brian Clough, de Shilton, de Roberston, de Anderson. Pero hubo más años, una prehistoria en la que el club fue forjando a hierro su destino y en la que hombres de honor se hicieron un hueco en los corazones de los aficionados del City Ground.
Junto al galés Terry Hennessey formó, en el tramo final de su carrera, uno de los centros del campo más recordados del fútbol inglés; uno ponía el recorrido y otro la pausa, uno la llegada al área contraria y otro la protección del área propia, uno decidió buscar fortuna en otro lugar y el otro decidió ser por siempre fiel al color rojo de Nottingham. El mismo con el que había logrado levantar la FA Cup de 1959 tras ganar por dos goles a uno al Luton Town después de jugar durante una hora con un hombre menos.
Se adelantaron los rojos con goles de Dwight y Gray y en veinte minutos el pescado parecía estar vendido por completo, pero lo que llegó después fue un ejercicio de épica en estado puro. A la media hora, y con el partido completamente controlado, el goleador Dwight chocó violentamente contra el defensor del Luton Brendan McNally. El diagnóstico fue rotura de pierna y la obligación, para el Forest, de jugar con un futbolista menos. En aquellos tiempos, la FIFA no había modificado las reglas y los equipos no tenían opción a realizar cambios durante el partido por lo que los Tricky Trees hubieron de afrontar los minutos que quedaban con diez futbolistas en el campo.
Y es que la historia de los equipos de fútbol la escriben aquellos que forjan un sueño y también los que lo hacen realidad. McKinlay no vivió, como futbolista, los días más grandes del Nottingham Forest, pero gracias a él, el equipo subió un peldaño en la escala de los sueños. Es obligatorio saber de dónde se viene para saber hacia dónde se quiere ir.