viernes, 4 de febrero de 2022

Disfrazar la deuda

Si le debes mil euros al banco tienes un problema, si le debes mil millones el problema lo tiene el banco. Algo cercano a esta premisa es lo que debe estar ocurriendo con el Fútbol Club Barcelona para que, en el peor momento de su historia, se haya sacado de la chistera un mercado invernal casi impoluto y acorde a sus necesidades.

Porque resulta extraño, cuando no menos paradigmático, que el campeón de liga, que siempre presume de gestión y alardee de estar al día en sus conceptos económicos, no haya sido capaz de superar la venta de su lateral derecho y haya tenido que ir en busca de saldos y retales, mientras que un equipo, cuyo presidente, de viva voz, denuncia las fechorías de su antecesor y la necesidad de ser austeros para afrontar con garantías el futuro, se haya podido permitir fichajes de cierta relevancia.

¿Hay algo que no nos cuentan? Lo fácil, en este caso, es repasar el historial y cargar con toda la responsabilidad a los dirigentes del Atleti. Yo también lo haría. Su condena prescrita y sus tejemanejes con los Mendes de turno les colocan en un disparadero del que jamás van a salir, pero no es menos cierto que, desde que unos clubes aceptaron convertirse en sociedad anónima y otros no, el juego económico parte desde una situación de desventaja, porque mientras que las sociedades empresariales se ven obligadas a controlar su deuda, las sociedades deportivas manejan la suya sin sobresaltos porque, más allá de las cuentas que han rendir frente a sus socios, lo cierto es que no sienten el peso de los mercados sobre su cabeza.

De esta manera, el Real Madrid pudo afrontar una monstruosa operación inmobiliaria en el peor momento de su historia y el Barcelona pudo hipotecar su club manteniendo en la plantilla a los mejores futbolistas del mundo. Mientras los demás guardaban la ropa ellos nadaban, incluso contracorriente, y levantaban Champions como quien colecciona granos de arroz. Nunca fue tan sencillo reinar, nunca una sociedad y un gobierno hicieron tan poco para denunciar.

El problema es que al rey Midas hasta los sueños se le convirtieron en oro. El Barça perdió a Neymar, perdió a Messi y, en el tránsito, perdió hasta la vergüenza. El Madrid, sin embargo, sigue manejando la situación, dando sus pelotazos y acomodándose con la élite europea conservando a sus mejores jugadores y fichando, presumiblemente, a las mejores promesas ¿Qué ocurre pues si al banco le debemos mil millones? Pues que al banco, a la liga y a la federación les interesa que la némesis de los blancos regrese a la cima y, para ellos, no van a existir problemas por más que las deudas se disfracen con promesas.

miércoles, 26 de enero de 2022

El mejor gestor

"Puedes engañar a algunos todo tiempo, puedes engañar a todos algún tiempo, pero no puede engañar a todos todo el tiempo". Con esta cita, Abraham Lincoln hacía énfasis en la necesidad de ser honesto y, sobre todo, ser consecuente con el comportamiento y, de un modo extra, con el esfuerzo, porque si al final tus actos hablan por sí mismos, no serán pocos los que se den cuenta que no solamente eres un inepto sino que es más que probable que seas un sinvergüenza.

Miguel Ángel Gil, premiado en varias ocasiones por una empresa afín, como mejor gestor deportivo del año, tiene la suerte de contar con el respaldo mediático en cada una de sus decisiones. Cuando el equipo gana, son muchos los que se prestan a arrogar parte del éxito al tipo que gestiona en la sombra, y cuando pierde, son pocos los que se paran a criticar su gestión por más que el equipo, año a año, esté perdiendo talento, calidad e inteligencia.

El Atleti es un equipo en ruina permanente. Da igual que durante una década, año a año, hay ido cumpliendo los objetivos y que año a año, también, se haya ido desprendiendo de sus estrellas para contratar a otros futbolistas de perfil más bajo; cada vez que arranca un nuevo año viene el mismo cuento: para comprar hay que vender y debemos ajustarnos el cinturón.

Ese cinturón aprieta tanto que el equipo ha llegado ahogado a la orilla de sus propias miserias. Con el lateral derecho fuera de concurso, malvendido a un nuevo rico y con dos centrales suplentes que rozan la pesadilla continua, la que decían que era la mejor plantilla de la historia del club, se descose alarmantemente sin que su dirección deportiva sea capaz de cerrar dos contrataciones a precio de saldo. Y es que el mejor gestor no ha sido capaz aún te tener un balance solvente con el que poder salir a Europa a competir de tú a tú con los gigantes del continente. Y cuando fracase, que no está lejos de hacerlo, la cabeza de turco no será el CEO, sino el entrenador que tanto esfuerzo ha realizado para cumplir cada objetivo y que, sin embargo, ve como su equipo, año tras año, es siempre un poquito peor.

A ver si es que la gestión no es tan buena. A ver si es que está engañando a unos pocos todo el tiempo y ha engañado a todos algún tiempo y no va ser capaz de engañarnos a todos todo el tiempo, porque no todos somos tan tontos como quienes le ponen la alfombra para que no se manche sus zapatos de piel mientras sigue dejando a su equipo descalzo en el desierto.

lunes, 17 de enero de 2022

La extinta Yugoslavia

La desintegración de un país, cuando es mediante un conflicto bélico, causa un dolor a nivel global difícil de digerir. Aquella guerra, la de los Balcanes, la que dirimieron regiones que se sentían parte propia de una idiosincrasia, fue la primera que de verdad se retransmitió en directo, con los proyectiles silbando sobre nuestras cabezas mientras los reporteros gráficos intentaban contarnos la verdad que ningún barquero era capaz de asimilar. Detrás de las limpiezas étnicas, las sangrías y los intentos de holocausto, quedó un país devastado y la promesa de que cada uno tiraría los trastos hacia su propia frontera con tal de reconstruir un dolor que aún perdura en la memoria de millones de ciudadanos.

El hombre, como ser racional, tiende a arrinconarse por el miedo y es el propio miedo el que nos lleva a buscar vías de escape y no hay mayor escapatoria mental que aquella que viste los colores de nuestro equipo y nos lleva en volandas en el día a día. Cuando Yugoslavia desapareció, debajo de las piedras seguían sobreviviendo una generación de deportistas que hizo vibrar a media europa gracias a sus espectacular talento y su vibrante manera de competir.

Todos somos capaces de recordar, por ejemplo, la impresionante selección yugoslava de baloncesto que cuajó mediados los ochenta y se llevó por delante a todas las selecciones en los primeros noventa. O las trituradoras fabricadas en balonmano o waterpolo. O aquel extraordinario Estrella Roja que alcanzó la gloria en el noventa y uno cuando el país ya se desquebrajaba y bosnios, croatas, macedonios e incluso montenegrinos ayudaron a sus amigos serbios a levantar al cielo la ansiada Copa de Europa. Fue el canto del cisne de un país podrido en sus instituciones y expectante en las calles. De aquella generación salieron extraordinarios futbolistas que huyeron del infierno y se repartieron a lo largo de Europa para dejar claro que aquello, a parte de generación espontánea, era el resultado de una fábrica de talentos.

Desde Bosnia llegó a la Real Sociedad, Meho Kodro. Se había curtido en el modesto Velez Mostar y, poco a poco, había ido ganando nombre que un solvente goleador en la liga Yugoslava. Su carta de presentación se produjo en el Santiago Bernabéu. En un partido fácil para el Real Madrid, Kodro lanzó un golpe franco directo a la escuadra de Paco Buyo. Aquel día se vislumbró que Kodro era un delantero potente, con un físico para ganar el espacio y que, sobre todo, tenía un cañón en su pierna derecha. Cuatro temporadas y más de sesenta goles después, dejó San Sebastián para sumarse al último proyecto de la era Cruyff. En aquel Barça en descomposición no pudo superar la alargada sombra de Romario y terminó siendo traspasado a un Tenerife donde aún dio buenas pinceladas. Allí anotó su gol número cien en Primera División y abandonó la élite cuando se vio eclipsado por un joven delantero holandés llamado Roy Makaay.

Maradona pensaba que no existía una zurda como la suya hasta que conoció a Davor Suker. Suker llegó a Sevilla procedente del Dínamo de Zagreb y no tardó en convertirse en el ídolo de Nervión pasando por encima del propio Diego. Cuando el Dios de Villa Fiorito se marchó, Davor siguió allí, repartiendo caramelos con su pierna izquierda y haciendo magia en forma de controles maravillosos y goles extraordinarios. Clavaba las faltas en la escuadra y su toque milimétrico ponía en pie a un Sánchez Pizjuán que se llenaba de pañuelos blancos y vítores. Tal fue su trascendencia, que después de su último partido, como si de Curro en la Maestranza se tratase, bajaron al césped para sacarle a hombros. Después llegó el Madrid, la Copa de Europa y sus fotografías ilustrando portadas del papel couché, pero mucho más que un tipo sonriente junto a una famosa, Davor Suker fue pura magia y un lujo para la liga española.


Mijatovic fue, probablemente, el mejor jugador de aquella generación de oro que ganó el mundial juvenil de Chile justo antes de la desintegración de Yugoslavia. Prueba de ello es que, en cuanto llegó a un equipo superpoderoso, se convirtió en héroe y selló con su nombre la ansiada séptima Copa de Europa. Pero antes de ello ya se había convertido en el mejor jugador de la liga jugando con la camiseta del Valencia. Allí había llegado precedente del Partizan, con quien ya había conquistado Yugoslavia, mostrándose voraz desde el primer día. Mijatovic era pura verticalidad, juego al espacio, regate eléctrico y disparo potente. Llevó al Valencia al subcampeonato de Copa y Liga durante dos temporadas consecutivas y decidió dar el salto a la capital, cláusula mediante, para convertirse en héroe y postal eterna de un club al que le ahogaban las exigencias continentales.


Kodro no fue el único gran delantero del Velez Mostar. Durante seis temporadas compartió dupla de ataque junto a un tipo hosco, de gran fortaleza física y buena intuición para ganarse la jugada llamado Vlado Gudelj. Gudelj jugó en el Celta desde 1991 hasta 1999. Sus goles ayudaron al equipo a salir del infierno del segunda y se consolidó en Primera como un futbolista solvente. Su fortaleza física le ayudaba a chocar contra los defensores y salir airoso, tenía un buen toque para la definición y, aunque no era muy espectacular, era bastante efectivo. De sus goles vivió el Celta para mantenerse en la élite durante varias temporadas. Aún hoy, con sesenta y ocho goles, es el tercer máximo goleador del Celta en Primea y uno de los mejores jugadores de su historia.


Algo más tosco y fuerte que Gudelj era Alen Peternac. El croata, criado en el seno del Dínamo de Zagreb, donde jugó durante seis temporadas ganando liga y copa, aterrizó en Valladolid para convertirse en ídolo y pieza fundamental. Con cincuenta y cinco goles, sigue siendo el máximo goleador pucelano en primera hito que simultanea con el del ser el único delantero el equipo blanquivioleta en anotar cinco goles en un mismo encuentro, aquel día en el que Japón Sevilla se volvió loco de remate. Peternac tenía olfato, no era muy veloz, pero sabía ganar la espalda, utilizar la cabeza y poner el balón en el lugar más alejado para el portero.


Si la Real había acertado con Kodro no le anduvo a la zaga su sustituto. Mirando a los balcanes, cuando Kodro se marchó a Barcelona, se trajo, por quinientos cincuenta millones de pesetas, al goleador del Estrella roja, Darko Kovacevic. Tras una primera etapa infructuosa en la liga inglesa, Kovacevic llegó a España para demostrar que era un goleador extraordinario. Lo demostró de veras. En sus dos etapas en la Real, anotó noventa y cuatro goles, situándose en el escalafón de los mejores delanteros en la historia del club. Entre medias probó en la Juve, pero allí la competencia era soberana y echaba de menos Guipúzcoa. En su regreso, la Real rozó el campeonato de liga en una temporada gloriosa en la que su dupla junto a Nihat aún se recuerda en los paseos sobre la playa de La Concha. Kovacevic era listo, rápido para el desmarque, un gran cabeceador y un definidor letal. Sin duda, uno de los mejores goleadores de la liga en el tránsito entre el siglo XX y el XXI.


Cuando Savo Milosevic llegó a España ya se había hecho un nombre en las ligas europeas. Goleador insaciable en Partizan, fichó por Aston Villa para pasar tres años de luces y sombras y decir adiós para siempre a la competición inglesa. En España encajó como un guante en una mano fría. Sus temporadas en Zaragoza fueron muy productivas y cuando comprobó que lejos de España no era capaz de sacar su mejor fútbol, volvió a abandonar la liga italiana para regresar al país donde mejor había rendido. Zaragoza de nuevo, Celta después y Espanyol fueron su camino puente antes de aterrizar en Pamplona y convertirse en el auténtico ídolo del Sadar. En Osasuna apenas marcó una veintena de goles, pero formó grandes sociedades junto a Aloisi primero y Raúl García después, tanto que aún hoy se le recuerda como uno de los mejores jugadores de la historia rojilla. Su fútbol no era vertical ni atrevido, se fajaba en el área, utilizaba su corpachón y ganaba el espacio suficiente para rematar a gol. Cabeceaba bien, definía mejor y era tan fuerte que muchos evitaban el choque con tal de no verse desplazados a un lugar marcado por el sonrojo.


Ahora que media Europa se pega por Vlahovic, que Jovic ha roto en fiasco en la súper élite y que el veterano Tadic sigue tirando del carro de Serbia, cabe recordar que hubo un tiempo que una guerra devastó un país y que cortó de raíz una forma de generar talentos casi inédita en la historia del deporte europeo. Y es que durante buena parte de la década de los noventa, antes de que Yugoslavia despareciese del mapa y miles de vidas cayesen a infames cunetas, los equipos de los balcanes exportaban talentos a bajo coste que revalorizaban su valor una vez el mundo era consciente de que la constancia vivía en su corazón, la calidad en sus pies y el gol era una obsesión dentro de su cabeza.

martes, 28 de diciembre de 2021

Fracasos a la carta

Los onanistas de la exigencia en el plano ajeno, gustan de dictar leyes concretas a la hora de evaluar la trayectoria de un equipo o un entrenador. Si en el caso que nos concierne, se trata de un equipo dirigido por un entrenador que ha hecho tragar mucha bilis, estos onanistas de su propio ego, terminan siempre tirando su temporada a la basura en los círculos de opinión porque no es capaz de levantar la Copa más preciada. Ellos, que desprecian cualquier futbolista que no vista su camiseta y no ven más allá de una sala de trofeos, se atreven a dictar sentencia sobre un tipo que no sólo ha cambiado el fútbol sino que ha puesto patas arriba todo campeonato en el que ha dirigido.

Decir que Guardiola fracasa porque no gana la Champions es como decir que Indurain fue un fracasado porque jamás ganó el campeonato del mundo o que los Jazz de Malone fueron un bluff porque jamás ganaron el anillo. Y es que para conceptuar un análisis, primero hay que poner en boga las circunstancias y después saber analizar las consecuencias y lo cierto es que Guardiola ha jugado tres semifinales en Munich y una final en Manchester; un dato que no debe ser muy respetado por aquellos que piensan que una competición que solamente gana un equipo al año es la panacea del esforzado.

Durante años, hemos virado tantas veces la cabeza hacia la voluntad de los más grandes, que pensábamos que ganar la Champions no era cuestión de esforzarse más sino de tener a favor a los tipos tocados con una varita. Cuando vimos que Messi no ganaba sin su cuadrilla y que Cristiano era vulnerable fuera de su aldea de Asterix, nos dimos cuenta de la importancia de la mecha explosiva en un arsenal de bombas. El City, que durante un lustro ha jugado al fútbol mejor que nadie, se encontró en diversas ocasiones en la tesitura de saberse reconocer en los momentos en los que pudo haber sido contendiente preparado. El caso es que, más por inconsistencia que por mera voluntad, terminó cayendo en duelos a vida o muerte por culpa de un mal que afecta a todos aquellos equipos que se asoman a la élite por vez primera; el vértigo.

El PSG, que durante años ha tirado el dinero tras el proyecto definitivo, aún no ha sido capaz de asaltar el trono de la Champions y nadie llamó fracasado en su día a Ancelotti, Blanc, Emery, Touchel o Pochettino. Será porque en el fondo los eruditos saben que la tradición y el empaque juegan un papel importante a la hora de afrontar un reto de mayoría de edad. Hay equipos que, por más que se muestren fuertes y con aspecto de abusón, no dejan de ser niños sin más estructura que una buena fachada. Y es que no se le puede exigir una Champions a un equipo que no la ha ganado nunca porque al final del camino sólo se llega andando y nunca dando saltos de canguro.

Tanto el PSG, al que este año se exigirá un punto de más por el mero motivo de ver fracasar a Messi, como el Manchester City, dieron bandazos en su trayectoria hasta que consiguieron sobrepasar sus propios rubicones en una competición que no admite extraños a la primera. Primero alcanzaron unos cuartos, después jugaron su semifinal y, por fin, durante las dos últimas temporadas, lograron alcanzar la final después de haber quemado proyectos y reestablecido sus andamiajes. No ganaron, claro, porque rara vez un equipo gana a al primera esta competición, pero al menos sintieron cierta liberación personal al saber que podían llegar al final del camino cumpliendo con los límites de la exigencia. Ahora bien, a los onanistas de la exigencia superpuesta, no les vale llegar allí porque saben que mientras sus villanos no ganen ellos podrán seguir jugando a ser héroes, por lo cierto es que Messi es un tipo saciado y el Manchester City lleva un lustro ofreciendo los mejores minutos de juego de la temporada. Durante todo ese tiempo, ha ganado en tres ocasiones la liga más competida del mundo y va camino de hacerlo una cuarta vez, pero qué más dan todas sus virtudes si no es capaz de levantar cierta Copa, mientras no lo haga, para muchos, seguirá siendo el equipo de un entrenador fracasado.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Clase a medida

Existen futbolistas, de cierta clase, que, una vez encuentran su lugar de acomodo, rinden por encima incluso de sus posibilidades, llegando incluso a verse atormentados una vez abandonan su hábitat y son capaces de cerciorarse que, lejos de su hogar, su fútbol se vuelve triste y, lo que es peor, previsible. En estas vicisitudes hemos encontrado casos como el de Aspas, Martial o Bernardeschi, tipos de geniales con camisetas de menor calado que, cuando han tenido que mostrar su clase en equipos de serias aspiraciones, no sólo se han dado un porrazo sino que han terminado por añorar el lugar de procedencia.

En estas vicisitudes vivió Santi Ezquerro durante la primera década del presente siglo. Devuelto al norte por las circunstancias de un Atlético de Madrid en proceso de descomposición, el otrora canterano de Osasuna, encontró en Bilbao no sólo su mejor fútbol sino su forma de ser. Componente imprescindible de aquel primer Athletic de Valverde que bordó tardes de ensueño, Ezquerro se complementaba perfectamente por Urzáiz porque habría espacios, encontraba lugares y alcanzaba el gol en muchas ocasiones.

Una de ellas fue un inolvidable y espectacular gol anotado al Villarreal en uno de esos trámites que vivía la Catedral cada dos semanas. El balón, llovido desde la derecha, llegó al borde del área donde Ezquerro llegó a contrapié. Acosado de cerca por un defensor y viendo que la prolongación hacia Urzáiz era más comprometedora que esperanzadora, se sacó de la manga un remate de tijera que acabó como un misil por la escuadra. Un gol de esos de pañuelos, puerta grande y recuerdo perenne. Un gol que definía a un futbolista de clase.

Una clase hecha a medida de un club. Un club singular que necesitaba jugadores como él, mezcla talento, mezcla sentido de pertenencia. Porque Ezquerro, superado por las expectativas, voló a Barcelona poco después y supo, pronto, que su lugar verdadero estaba cerca de casa. En un Barcelona plagado de estrellas, donde ganó dos ligas y una Champions, se convirtió en un futbolista residual, ni siquiera en un recurso. Y entonces supo que ningún título paga los aplausos de San Mamés el día en el que marcas el mejor gol de tu carrera.

jueves, 9 de diciembre de 2021

Un claro favorito

A los analistas de lo incierto les gusta endulzar sus relatos con una pizca de cuento de hadas y otra pizca de épica mal concebida para, así, dar un punto de incertidumbre a su discurso y dotar a la probabilidad de una venda que, sin herida, no es más que un por si acaso ante una improbable variedad en lo que realmente dicta su creencia, porque, vamos a ser sinceros, creer, a día de hoy, que el Atleti, tal como está, puede ser capaz de tomar el Bernabéu tal y como está el Madrid, es más un ejercicio de propaganda que de mera mesura divulgativa.

Al Atleti, que tiene equipo para afrontar el duelo y plantar cara a su máximo rival, se le están atragantando los duelos contra los equipos que meten una sexta marcha y ponen la intensidad por encima del juego. Víctima de una competición donde los árbitros ralentizan el ritmo y los equipos menores han de buscarse las castañas desde lo abrupto, cada vez que ha salido a pasear por Europa ha dejado al descubierto sus vergüenzas viéndose arrollado por todos los rivales a los que se ha enfrentado a pesar de haber consumado su enésimo milagro en la competición.

El Madrid, por su parte, sí ha sabido encontrar la velocidad de crucero necesaria para adquirir el punto de solvencia que precisan todos los equipos campeones para cumplir con sus objetivos. Perfectamente dirigidos desde el banquillo por un señor curtido en mil batallas, Ancelotti ha sabido conjugar paciencia y trabajo y está obteniendo frutos gracias al talento de sus futbolistas y a la solidaridad necesaria para saber aguantar las embestidas rivales cuando se enfrentan a grupos más compactos. Con un Courtois en estado de gracia y un Vinicius estelar, el equipo se acomoda al ritmo de Kroos y Modric y gobierna los partidos desde su propia condición. Saben que son el Madrid y saben que no hay nadie capaz de ganarles.

Es la seña de identidad de un equipo que ha hecho de competir su modus operandi y de ganar su estilo de vida. Por ello, desde la seguridad del trabajo y desde la excelencia del talento, van dando pasos de gigante al tiempo que observan a sus rivales caer por el precipicio de la exigencia. Durante años, sus estigmas se abrieron con la personalidad y el trabajo de dos tipos que llegaron desde Argentina para poner en duda su hegemonía. Messi desde el talento y Simeone desde la fe, dieron quebraderos de cabeza a un equipo que, pese a que el campeonato doméstico no haya tenido su mejor etapa, ha dominado en Europa gracias a sus recursos económicos y su potencial futbolístico.

Fuera Messi de la ecuación y con Simeone buscando el equipo perdido, el Madrid se presenta en el derbi del domingo como el claro favorito para la victoria. Porque si existe una premisa innegociable para cada entrenador es que su equipo se parezca de la manera más fiel a lo que ellos quieren que sea. El Madrid de Ancelotti es intenso, profundo y sometedor. Y el Atleti de Simeone, que debería ser una roca, un canto a la solidaridad y un rayo al contragolpe, no se parece en nada a lo que ha expuesto durante los últimos diez años, olvidando no sólo el juego sino también la fiabilidad defensiva. Así pues, cualquier apuesta que incluya una victoria del Atlético en feudo del Madrid, por más que intenten vender la burra los profetas de lo improbable, no es arriesgada sino arriesgadísima.

martes, 30 de noviembre de 2021

El más hábil

Detrás del sudor, del sofoco y del grito, se encuentra, escondido para muchos, el talento. Detrás del aplauso fácil, se encuentra el sonido de la admiración. Ese “oooo”, bien prolongado, que, precedido de un silencio, termina convirtiéndose casi en un himno para nuestra percepción sensorial. Cuando existe un futbolista capaz de ponernos los pelos de punta somos capaces de perdonar los pecados porque su expiación vive en sus pies de seda.

Los futbolistas de clase, generalmente, nos parecen lentos. Son trucos de prestidigitador. Realmente son más veloces que el resto porque piensan antes y mejor. Lo que sucede es que ejecutan con tal elegancia que nos hacen creer que lo suyo es fútbol a cámara lenta. Lo que muchos, casi con desprecio, denominan como fútbol de salón no es sino la sublimación de lo exquisito. Todo equipo necesita gladiadores, nadie lo niega, pero bendito aquel que cuente con un tipo distinto, uno de esos que, con un click, son capaces de virar el rumbo de una jugada.

La maravillosa historia de cuento que vivió el Leicester durante la temporada 2015 – 2016, estuvo impulsada por la bravura de tipos que no esconden nada; sudor, esfuerzo, personalidad, generosidad, apremio. Vardy, Drinkwater, Kanté o Allbrighton, eran tipos de perfil bajo que, gracias a su propia estima, se convirtieron en piezas imprescindibles para el líder de la Premier. Nadie hubiese podido imaginar la situación de aquel Leicester sin la presencia de alguno de ellos. Pero quien realmente sujetó la situación fue el genial Riyad Mahrez.

Mahrez, como Zidane, tiene sangre argelina que supura calidad suprema en cada acción de juego y, como Zidane, hace del control y la conducción un arte porque tiene pegamento en cada pie y un pincel en la punta de la bota. No voy a cometer la osadía de comparar a Mahrez con Zidane porque el actual entrenador del Real Madrid levantó al mundo de sus asientos durante una década y el futbolista argelino del Manchester City apenas lleva un lustro asombrando al personal, pero la relación les viene por su manera de mover el cuerpo, su manera de tocar la pelota y su manera de encontrar siempre un momento para la distinción.

Correrán mil opiniones sobre su forma de actuar porque, muy a menudo, los futbolistas distintos son mirados desde un tamiz mucho más exigente. Se les acusa de fríos, de locos, de irregulares. Incomprendidos les llaman. Cuando lo único que hay que comprender es que el fútbol es un deporte donde se corre, pero, sobre todo, es un juego donde, como en todos, termina ganando el más hábil.

martes, 23 de noviembre de 2021

Estanislao

La banda izquierda de San Mamés rezumaba clase y estilo. El tipo, Estanis para los amigos, ganaba la línea de fondo con la facilidad de los artistas y ponía caramelos en el área en forma de asistencia de gol. Centro de Argote, gol de Dani, fue cantinela popular en los bares de Pozas después de los partidos, allí donde las previas se regaban con txakoli y se engullían con txapelas. El viejo botxo engalanado para tardes de domingo que se convirtieron en leyenda, con una alineación recitada de carrerilla que terminaba siempre con Estanislao Argote en el último lugar. Número once, extremo izquierdo, centros al área con aroma de gol.

Aquellos años ochenta donde el norte supuraba las heridas del centralismo, donde el fútbol volvió a tener brújula y donde el barro salpicaba los rostros de mirada enjuta que no sólo buscaban la victoria sino amurallar su particular parcela de orgullo. Chicos de la casa dispuestos a darlo todo, gargantas encendidas por el ánimo y palmas encarnadas por el agradecimiento. Dos ligas, una copa y la sensación eterna de que en casa se cultiva siempre el mejor producto.

Estanis Argote era un extremo de corte clásico, lo suficientemente veloz como para ganar una carrera al espacio, lo suficientemente hábil como para ganarse ese metro previo al centro, lo suficientemente listo como para ver al compañero mejor situado un segundo antes que los demás. Fino y estilista, sus centros picados eran postre de sobremesa y motivo de asombro. Tantas asistencias propias, tantos goles ajenos y tantos partidos en el recuerdo. El heredero de una estirpe que comenzó con Gorostiza y encumbró a Gaínza y a Rojo, se hizo dueño de una banda izquierda que, en San Mamés, era motivo de exigencia al tiempo que expectativa constante.

No ha vuelto a haber otro igual. Parece que, terminado ese equipo, terminaron las tradiciones. Ni extremos, ni pichichis, ni centrales de corte imperial. Ni títulos, ni grandeza superlativa. Pero siempre queda la esperanza, queda Lezama y queda el tiempo, siempre tan digno para juzgar el trabajo bien hecho y siempre tan dispuesto a fructificar los sueños de grandeza. Allí, junto a la cal de San Mamés, aún queda la estela del último gran extremo izquierdo, el chico que jugaba al golf en sus ratos libres y que, además de tocar el acordeón maestría, era el mejor extremo izquierdo del campeonato.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Más allá de la repesca

De todos es sabido que la envidia es el deporte nacional. De todos es sabido que nos molesta más un éxito ajeno de lo que nos alegra una consecución propia. Todos sabemos cómo se las gasta el oportunista y en qué lugar vive el resultadista. Todos sabemos que estamos esperando el error como agua de mayo porque tras sus circunstancias viven nuestras opiniones. Y todos sabemos que nuestras opiniones, como una veleta, giran constantemente, pero siempre, a favor de viento.

Frivolizar es el arte de especular con el valor de las vanidades. En esa hoguera donde se queman los más fuertes y solamente los débiles se libran de su fuego, más por miedo que por capacidades, es donde suelen terminar todos los ídolos que queremos hacer caer con el simple valor de nuestra palabra. La sorna, ese dardo tan español que vive en boca de quien no conoce el valor del éxito, siempre tiene lugar en el fracaso. Cuando hay un éxito, rebuscamos en el cajón de los recuerdos para encontrar, si bien cabe, un momento en el que justificar nuestra incapacidad para responder.

Con Messi y Cristiano Ronaldo nos ha ocurrido algo demasiado preocupante como para considerarnos aficionados al fútbol. En la medida que en el análisis de afición no cabe el concepto de fanatismo, creo que nos hemos inclinado demasiado por el negro y por el blanco a la hora de analizar los éxitos y fracasos de los dos mejores futbolistas de las últimas décadas. Es como si en lugar de sentarnos a admirar su juego, su ambición y su talento, estuviésemos esperando a que metieran la pata para poder sacar el cinturón y arrear un par de correazos a nuestro dañado ego. La satisfacción de verlos sufrir antes que la admiración por verlos actuar.

Convendría no exagerar las burlas a Cristiano por su mal partido ante Serbia o los anteriores ante Liverpool o Manchester City. Si revisamos su palmarés y sus estadísticas, nos daremos cuenta de que ha dado muy pocos motivos para dudar de él. Si seguimos con la chanza y seguimos alegrándonos de cada error es posible que llegue el día en el que nos encontremos en su camino y nos deje con cara de tontos. Y entonces saldrán al paso los aduladores. Esos tipos que, como hienas, andan escondidos tras los matorrales deseando hacer carroña de cada bocazas.

viernes, 5 de noviembre de 2021

Ardor guerrero

Ardor Guerrero es el título del himno del Ejército de Tierra en cuya letra, entonada con pasión castrense, se connive al soldado a sentir en carne viva la necesidad de defender la patria y dar la vida por su bandera. Más allá de las hipérboles, lo que se le pide al soldado, más allá de la profesionalidad, es el amor entrañable a una causa, la prioridad cognitiva hacia un objetivo.

En el fútbol español no encontramos mayor dosis de ardor guerrero que en los derbis disputados por los dos equipos de la ciudad de Sevilla. Tanto el Betis como el Sevilla llevan la rivalidad a un punto de pasión tan caliente que no sólo paraliza las calles sino que divide la ciudad en dos formas de sentir tan parecidas que terminan confrontándose como los polos opuestos que son y abrazándose como el amor derrochado en las mismas cantidades.

Que los dos equipos no lleguen en su mejor momento no quiere decir que el partido no pueda derivar en un espectáculo de duelos vibrantes y detalles inmensos. Lo que hace tan sólo una semana era la previsión de un duelo de altos vuelos, el devenir de los pronósticos se los ha llevado por delante las vicisitudes de los partidos intersemanales. El Sevilla se complicó la vida en Champions y el Betis empeoró, después del Metropolitano, una imagen que, durante mes y medio estaba siendo incluso venerada.

Hay tanta calidad en el césped que es probable que, si los entrenadores no terminan por constreñir el esquema presos del miedo, vivamos un partido de momentos cruciales. El duelo entre Canales y Jordán por el gobierno del partido será clave así como las ayudas y los apoyos de Guido y Fernando, dos capitanes en la sombra en cuya detallada posición táctica sobreviven muchos de los éxitos de sus equipos.

A favor del Betis corre el factor campo, una afición entregada a una causa y muchas cuentas pendientes por cobrar, porque en el deseo constante de revancha corre el cargo que tiene en contra el Betis y a favor el Sevilla y es que los de Nervión han ganado tantas veces en las últimas décadas que resulta imposible no salir al campo con el miedo a la derrota al tiempo que sabes que tu rival lo hace con la seguridad de la victoria.

Pero más allá de la especulación y el sentimiento está el fútbol y este dictará un partido cargado de nervios, donde los centrocampistas tendrán la llave de imponer su ritmo y que se decidirá en las áreas y es allí donde el Sevilla cuenta con su mayor patrimonio. No en ataque, donde ambos cuentan con efectivos semejantes, pero sí en defensa, donde el Sevilla ha compuesto un bloque de hormigón armado my conjuntado mientras que el Betis sigue buscando su identidad defensiva entre centrales dudosos y laterales impermeables.

Ardor guerrero vibre en nuestras voces. Mañana se quemarán miles de gargantas, se encenderán miles de pasiones, latirán miles de corazones y se repartirán miles de abrazos. Mañana se pone en juego más que un partido, más que una misión, más que una forma de jugar. El derbi sevillano representa una forma de vivir, distinta, sí, pero tan parecida que podría llegar a abrazare por más que unos se quieran lo más lejos posibles de los otros.