lunes, 25 de abril de 2022

Pedri y 'Don Fútbol' (Por Sergio Cortina)

Me fascinan los aficionados que se indignan cada vez que les cambian algo. Montan en cólera cuando retocan un escudo, maldicen cuando alguna marca bautiza el estadio y prenden fuego a la camiseta cuando el diseñador de turno le pinta cuatro rayas de más. Todos ellos están más que curtidos pero siguen ignorando que la única y verdadera tradición del fútbol es precisamente esa: cambiar sin ton ni son. Cambiar por cambiar. Por necesidad o solo por aburrimiento. Porque ya toca. Por ver qué sucede. No merece la pena hacerse cruces porque lo único importante en este deporte difuso es el talento, como el de Pedri. El resto es accesorio. Quién soy para afearle el veletismo al fútbol si me metí a correr maratones con cuarenta años y ahora quiero comprarme una moto.

Caretas fuera. Por esta afición loca vamos a tragar con lo que nos echen, empezando por este Mundial indigno en Qatar. Como aficionado lo sé. No me escondo. Me defino como experto en la genuflexión y doctorado en buenas tragaderas, pero sigue habiendo cambios que me descolocan. Por poner solo un ejemplo, me toca las narices abundantemente la desaparición de la regla del gol visitante. La norma nació para alentar el juego ofensivo, pero con el tiempo trajo precisamente lo contrario: racanería y contragolpe. Ahora la han cambiado pero me temo que el resultado será el mismo y ahí está el magnífico cholismo del Etihad para corroborarlo. El fútbol es una cabrita que tira al monte y está bien que así sea.

Lo que me engancha de este deporte es su esencia ingobernable. No se puede esperar menos de un juego que se practica con la parte menos noble del cuerpo. El fútbol es una cosa y el maquillaje con el que se empeñan en embadurnarlo cada día es otra. Y cuando acaba el día y se lava la cara frente al espejo, este invento siempre muestra la cara azarosa, burlona y propensa a las anomalías que nos enamoró. Y aquí quiero cerrar esta columna admirando a Pedri, que juega hoy en Frankfurt, y es el perfecto ejemplo de que lo único incontestable en esto es el talento. El fútbol cambia, está en su naturaleza porque es humano, pero no hay de qué preocuparse. Descansen los indignados. De alguna manera, Don Fútbol siempre encuentra el modo para mantenerse fiel a la esencia y recompensar lo bueno.


Publicado en As.

miércoles, 6 de abril de 2022

El exiliado

 Una vez más Alemania volvía a convertirse en testigo de excepción de las páginas más importantes que se estaban escribiendo en la aún bisoña Copa de Europa. Si en febrero de 1958 la ciudad de Munich se había convertido en un infierno para una plantilla de jugadores ingleses dispuestos a conquistar el continente, ahora era la ciudad de Stuttgart la que había sido elegida para convertirse en la sala de juicios en la que Real Madrid y Stade Reims volvían a verse las caras tres años después de que el equipo español se coronase por vez primera como mejor equipo de Europa.

 Desde aquel mayo parisino de 1956 hasta este mayo alemán de 1959 habían transcurrido cientos de partidos, miles de goles, millones de anécdotas y una desgracia que había paralizado a Europa: el accidente aéreo que había masacrado al Manchester United. Con todo, el Real Madrid seguía siendo dueño y señor de la competición y cada año que transcurría iba apuntalando su inigualable plantilla con los mejores jugadores del mundo. Así, tras Di Stéfano y Rial llegaron Kopa y Santamaría, y tras la última lección de superioridad dada ante el Milan en la final disputada en Bruselas la temporada anterior, Santiago Bernabéu se había empeñado en rizar aún más el rizo contratando al húngaro Ferenc Puskas.

 Puskas llegó a Madrid rebotado por una huída indeseada y un exilio plagado de nostalgia y buenos recuerdos. Los aficionados al fútbol aún podían recordar sus exhibiciones cuando Hungría se paseaba por Europa como máximo referente del fútbol mundial. Una vez hubo abandonado su país y tras dos años inhabilitado para practicar lo que más le divertía, regresaba a los terrenos de juego para convertirse en eje fundamental del equipo de moda en aquel momento: el Real Madrid de Alfredo Di Stéfano.

 La primera vez que Puskas disputó un partido de la Copa de Europa con la camiseta blanca del Real Madrid, lo hizo sintiendo el deseo de quitarse la espina de su última final disputada y demostrar al mundo que en su incipiente tripa no descansaban los restos de un jugador acabado. Varias veces había soñado con aquel partido en el que Alemania le había arrebatado la gloria en la final del campeonato del mundo de Suiza y varias veces había despertado maldiciendo al cielo y al alemán Liebrich que le hubiesen impedido disputar aquella final en el tope máximo de sus facultades. De haber sido así, seguramente la historia habría escrito otro nombre en el renglón de los vencedores.

 Puskas amaba a Hungría por encima de todo, pero sentía que regresar allí era meterse en la boca del Infierno, por ello, una vez que decidió no regresar a su país mientras el comunismo siguiese derribando las costumbres y acallando las voces de su patria, se convirtió en un exiliado ilustre para sus paisanos y, al mismo tiempo, en un cobarde indeseado para el gobierno invasor. Puskas, que había defendido a su país sirviendo en el ejército y había sido elevado a la categoría de coronel gracias a sus goles, sentía un vacío en el alma cada vez que pensaba en su tierra y era consciente de que, posiblemente, jamás regresaría al lugar que le vio nacer, crecer y convertirse en el mejor futbolista de Europa.

 Apenas llevaba unos meses en Madrid y ya le habían cambiado el nombre. El impronunciable Ferenc para los españoles se había convertido en un castizo Pancho y su chut imparable con la pierna izquierda había pasado a conocerse popularmente como “Cañoncito Pum”.

 Se sentía cómodo en España, allí había encontrado unas costumbres totalmente diferentes a las que se había acostumbrado durante su juventud en Budapest. Una gente más cercana y temperamental y un país sumido en el silencio de una dictadura que pasaba factura a cada palabra pero que respetaba al Real Madrid hasta consentirle cualquier atisbo de reivindicación, pues el equipo blanco se había convertido en la mejor bandera con la que hacer propaganda del país ante los ojos del mundo.

 Por todo ello Puskas fue valorado como un ídolo y como tal fue tratado desde su primer gol. Llevaba poco tiempo en Madrid pero ya era consciente de la grandeza del equipo y de la calidad de sus compañeros, sobre todo de Alfredo Di Stéfano, el único compañero que había sido capaz de arrebatarle todo el protagonismo sobre el terreno de juego. Aún recordaba Puskas, con una sonrisa vestida de orgullo, aquella vez en que le dieron la vuelta al fútbol y derrotaron dos veces a Inglaterra, una de ellas en su inexpugnable Wembley. La prensa inglesa, más dada al alcance del acontecimiento que a la noticia en sí, calificó al día siguiente el encuentro como “El Partido del Siglo”, toda una descripción en regla del revolucionario esquema que habían presentado en la disputa y que les había coronado como un equipo invencible.

 La WM que habían representado en la inolvidable actuación de Wembley podía ser repetida en el Real Madrid con la creciente ventaja de que Di Stéfano era mejor que Hidegkuti y Gento era aún más veloz que Czibor, con semejante elenco y con Rial y Kopa empeñados en hacer de Puskas el mejor goleador de la historia, era imposible que la Copa de Europa tuviese otro ganador que no fuese el Real Madrid.

 Pero las semifinales habían terminado por aniquilar al equipo. El Atlético de Madrid, el único equipo ante el que Puskas sentía verdadera sensación de igualdad, les puso la lección en latín y fueron ellos mismos los que tuvieron que aprender a dar misa y expiar sus pecados en un partido de desempate que dejó a todo el equipo físicamente herido. Puskas anotó el gol de la victoria y unos días después terminaba de romperse y se unía a Kopa en la lista oficial de bajas de cara a la final de Stuttgart ante el Stade Reims.

 Puskas se tuvo que conformar con ver el partido desde la grada y contemplar como los nervios se apoderaban de él mientras volvía a maldecir al cielo que le hubiese negado esta nueva oportunidad para demostrar quien era el mejor goleador del mundo. Su sutituto, Mateos, se convirtió en el auténtico protagonista del partido al anotar un gol y fallar posteriormente un penalti. A pesar de que Di Stéfano le había instado a que dejase que fuese él mismo el que se encargara de lanzar la pena máxima, Mateos, que buscaba en aquella final una renovación que le atase laboralmente al Madrid y económicamente a la vida durante el resto de su vida, hizo oídos sordos a aquella recomendación y lanzó el penalti a las manos del imponente portero Colonna. Mateos no consiguió su renovación pero el equipo sí renovó victoria gracias a un segundo gol de Di Stéfano que, una vez más volvía a convertirse en protagonista de la final e iba acrecentando su legendaria figura al convertirse en el único jugador que había anotado en todas las finales de la competición.

 Puskas no disputó la final, pero una vez concluyó el partido supo de inmediato que el destino volvería a otorgarle una nueva oportunidad pues con aquel equipo, volver a llegar a lo más alto solamente era cuestión de seguir jugando.

miércoles, 30 de marzo de 2022

Fe

Cuando uno se tiene fe a sí mismo, todos los milagros son posibles. Hay quienes creen en seres etéreos, otros que abrazan una religión o quienes aseguran que hay fuerzas desconocidas que nos empujan hacia el destino. Pero quien realmente triunfa es aquel que cree en sus posibilidades por encima de las casualidades. Aplicando la máxima de El Cholo Simeone, si se trabaja y se cree se puede, lo que viene a decir que creer en ti, creer en tus compañeros y trabajar todos juntos, es una gran ayuda a la hora de conseguir un objetivo.

Durante los últimos años han pasado por el Villarreal una variedad infinita de futbolistas. Muchos de ellos llegaron para ocupar un puesto, el de extremo o interior, que hace años que no goza de trascendencia en el juego del equipo. Acostumbrado, en los últimos años, más al bloque medio y a la contra vertiginosa, el Villarreal, como tantos otros, ha olvidado algunos conceptos básicos del fútbol clásico. En este fútbol de hoy en el que los equipos acumulan centrocampistas y los delanteros viven de hacer diagonales, los jugadores de banda han quedado como un rara avis a los que recurrir en caso de desesperación.

Así, hemos visto pasar a proyectos frustrados como Ontiveros o Sansone, o realidades asombrosas como Chukweze o Yeremy Pino. Algunos fueron devorados por un club que exige en proporción a su historia más reciente y a su propia autofijación de objetivos. Todo aquel que no creyese en sí mismo, sería engullido por el dragón y en las cenizas quedaría un vago recuerdo. Y así pasaría el siguiente. Triunfar es difícil. Hacerlo en la élite es doblemente complicado.

Comentó Émery, en su presentación, que todo equipo debe tener una personalidad propia. No hace falta haber nacido ayer para conocer que la del Villarreal es una historia corta, pero demasiado intensa, por ello, el equipo siempre ha necesitado jugadores sobrados de fe en sí mismos. Cuando el irundarra llegó al equipo puso a Alberto Moreno en el batallón de vanguardia por conocimiento de su juego y, sobre todo, porque sabía que era un tipo que, aunque sospechoso de no haber triunfado del todo en el Liverpool, nunca había abandonado la intensidad como prioridad futbolística. Para abrir una nueva época era completamente necesario contar con enfermeros que ayudasen a supurar las heridas de la etapa anterior. Y Alberto Moreno actuó como si con él nunca hubiese ocurrido nada. Siguió trabajando y siguió creyendo. En apariencia no parece mejor futbolista que otros que han pasado por allí antes de él, pero ahora mismo se tiene tanta fe que se ha ganado el derecho a ser titular en uno de los equipos que aspira a escribir la más bella página de su historia.

lunes, 21 de marzo de 2022

El lugar donde habitan los sueños

Existe un lugar donde habitan los sueños. El lugar donde se evoca la magia, donde se susurra en silencio, donde los ojos brillan con la mirada perdida. Un lugar desde el que los chicos con fe saben viajar hacia el país de las promesas cumplidas. Un lugar desde el que se fabrican instantes fantásticos y consecuciones gloriosas.

miércoles, 9 de marzo de 2022

La butifarra

Los años ochenta podrían haber significado una inflexión; comenzaron con un grito de resistencia desde el norte pero terminaron como casi siempre, dominados por el Real Madrid gracias al trabajo exquisito de sus directores de cantera. La Quinta del Buitre no sólo llegó para ganar, sino que lo hizo para dejar un legado cuyo testigo recogió el Barcelona de Cruyff; el del gusto por la pelota. Pero antes de que el Barça se encontrara con su tótem, hubo de perseguir agua en un desierto donde sólo clamaba sed y no encontraba más que escasos oasis en una travesía que no parecía tener fin.

Hablar del Barça pre Cruyff es de hablar de un club acomplejado cuyas pataletas viajaban siempre en puente aéreo y cuyas temporadas estaban marcadas en una pancarta solitaria y ajada que rezaba como lema: "Aquest any sí". Por ello, las llegadas de Maradona y Schuster, en coincidencia con un Real Madrid de entre guerras, había soflamado de ánimo las cabezas de los aficionados. Menotti tenía la tarea de hacer al Barça campeón y el Barça tenía la exigencia, mal entendida, de aspirar a todo después de venir de ganar casi nada.

Pero si había una pequeña parcela de éxito en clave azulgrana, esa venía siendo la Copa del Rey. En 1978 le habían ganado una final a Las Palmas y en 1981, ya con Schuster en la plantilla, habían vencido al Sporting de Gijón. Por ello, cuando eliminaron a la Real Sociedad en semifinales, media Cataluña se echó a la calle, prendida de ilusión, por más que el rival en la final fuese el Real Madrid.

La final de Copa de 1983 pasó a la historia por la violencia, por las carreras frustradas de Maradona y por un remate imposible en el último minuto que provocó que Schuster despidiera a la afición madridista con un gesto que en Cataluña se bautizó como la butifarra.

El Real Madrid,que buscaba su sitio entre la hegemonía norteña, estaba entrenado por Alfredo Di Stéfano y quedó segundo, aquella temporada, en todas las competiciones en las que participó. Tras haber disputado la final de la Recopa de Europa ante el Aberdeen escocés, le esperaba una segunda final en Zaragoza ante su más enconado rival. El técnico argentino, leyenda blanca por doquier, alineó a Miguel Ángel, San José, Metgod, Bonet, Camacho, Ángel, Salguero, Gallego, Stielike, Juanito y Santillana.

El Barcelona, por su parte, venía de una temporada convulsa después de sufrir la lesión de Schuster y la hepatitis de Maradona. El castillo de naipes de cayó demasiado rápido y hubieron de agarrarse a la tabla de salvación que ofrecía la Copa para tratar de salvar la temporada. De esta manera, Menotti, prestigioso técnico argentino y campeón del mundo, puso un once de gala sobre el césped de La Romareda, formado por Urruti, Sánchez, Gerardo, Migueli, Julio Alberto, Carrasco, Víctor, Schuster, Esteban, Maradona y Marcos.

Había sido la primera temporada tras el mundial que había mostrado a España ante el mundo como un país en vías de desarrollo y con todo el espíritu del mundo para transformarse en una democracia sólida y respetada. Aquel verano, Maradona había visitado España para quedarse, primero vestido de albiceleste y más tarde vestido de azulgrana, para provocar delirios y altas expectativas. En Barcelona comenzó un peligroso juego nocturno y en Barcelona empezó a sentir el peso de una fama mal llevada. No fue un gran periplo, pero dejó detalles exquisitos y una final de Copa llena de intenciones. Cada eslálom terminaba en falta y, aún así, no dejó de intentarlo. De sus botas salían las mejores jugadas y así, pudo ver como Miguel Ángel desbarataba una buena ocasión de Schuster mientras el Madrid trataba de entrar el partido más de forma racial que de forma sustantiva.

Porque el Madrid también tenía su genio. No era porteño sino malagueño, no tenía exigencias porque ya se las había comido todas y no tenía golpes sino cicatrices. Juanito era un tipo especial cuya relación con la pelota transpiraba amor en los aciertos y odio furibundo en los errores, un torero frustrado que sentaba rivales con la facilidad de un capotista y remataba goles con la astucia de un matador. Urruti le negó la suya cuando había dibujado un eslálom y el Barça se vio en ventaja poco después cuando Víctor culminó por abajo un control y pase académico del gran Diego Armando. 

Aquella final se llevó por delante la carrera del prometedor defensa mallorquín Paco Bonet. El Barça, que habría de acusar la baja de Alexanko, dejó su muralla defensiva en manos del valladar Migueli. El ceutí, apodado Tarzán por su coraje y dureza, era un tipo que iba con todo y solía salir indemne de los choques frontales. Aquella patada a destiempo a Bonet le rompió la rodilla y las ilusiones, y no fue más que una piedra más en el muro de violencia que se impuso en el partido desde que Camacho, obsesionado con su marcaje individual, regaló a Maradona una colección de patadas dignas del museo de la tortura.

En visos de echarse las manos a la cara andaba la gente cuando Gerardo, habitual lateral derecho y sustituto de Alexanko en el centro de la zaga, pegó la pelota con los dos pies y le dejó franca para que Santillana, a puerta vacía, hiciese el empate al regresar del descanso. Por lo que los bocadillos se habían digerido con la incertidumbre en el cuerpo y con la sensación de que si bien el Barcelona era capaz de trenzar mejore jugadas, era el Real Madrid el más capacitado para hacer daño a la hora de la verdad. Así había sido, quedaba un mundo y el partido empezaba de nuevo de cero con cuarenta minutos por delante.

Al jugar el Barça con dos extremos muy marcados, Camacho, que tenía que andar pendiente de la marca de Maradona, habría de vigilar de cerca las internadas de Carrasco, lo que provocaba que en cada ataque, el Madrid perdiese uno de sus interiores a la hora de lanzar una contra, por eso tuvo que ser Santillana y no Ángel o Stielike, quien pusiese una balón en profundidad a Isidro para que se quedase solo ante Urruti. Fue el momento en el que La Romareda se quedó muda y contuvo la respiración; los madridistas por la expectativa y los barcelonistas por el miedo. Pero Isidro quiso regatear al portero y terminó tropezando mandando la ocasión al limbo y las esperanzas a un nuevo estado de histeria, porque el partido fue perdiendo fuelle a medida que el cansancio iba haciendo mella y los pases iban siendo interceptados por los defensores.

Así hasta que el balón llegó a Maradona en las inmediaciones del centro del campo. El último minuto se había puesto en marcha y aún así Diego paró el tiempo, miró y encontró a Julio Alberto junto a la línea de cal. Julio Alberto era un lateral incisivo, muy bravo, de corte clásico, que gustaba recorrer la banda bien en busca de un balón, bien en busca de un tobillo. Así era el fútbol de antes, sin medias tintas y sin reproches. El caso es que Julio Alberto era demasiado bueno como para dejar escapar el balón medido de Maradona. Por eso encaró a Salguero y le tiró un amago de alta escuela, ganó la línea de fondo y puso un centro con música hacia el segundo palo. En el centro de la portería, Miguel Ángel vio volar el balón y vio volar a Marcos. Debió quedar estupefacto ante la postal porque quedó clavado sobre la línea al tiempo que Marcos buscaba un balón imposible y lo conectaba con la frente para colarlo al fondo de la portería blanca.

Estalló Barcelona, estalló la parte azulgrana de La Romareda, estalló Maradona, estalló Julio Alberto y estalló Marcos, pero estalló sobre todo Schuster que, picado por las derrotas sufridas y las declaraciones vertidas, celebró el gol dedicando cortes de manga hacia la grada madridista descargando así su rabia y su frustración. Aquel gesto, mano sobre el antecodo y el dedo levantado, fue bautizado como "La Butifarra" y así pasó a los anales; un partido bronco, un gol en el último minuto, una victoria agónica y una butifarra. Aquel será, para siempre, el partido de La Butifarra.


martes, 1 de marzo de 2022

Ritmo de juego

Las comparaciones suelen ser odiosas porque se aplican desde un plano ventajista y desde una óptima de favoritismo, es por eso que solemos dejarnos guiar por los prejuicios y levantar la mano antes que la voz para dejar claro que nuestra opinión no puede ser rebatida y que si algo no es como a nosotros nos parece no puede contar con la calidad de favorable.

Que en la Liga se juega a un ritmo inferior al de la Premier League es algo tan cierto como analizable. Antes de disparar contra la coraza de la Liga y tirarla por tierra sólo por ser Liga y por ser española, habrá que visitar los lugares comunes en los que el campeonato no sólo cojea sino que enferma hasta el punto de situarse en la cola de la competitividad. Y es que resulta harto difícil crecer como grupo cuando existen cabecillas en estatus superior. La Liga, como campeonato, es rico en matices y variado en opciones, pero es el coto privado de dos equipos que no dan de comer al resto y les miran por encima del hombro mientras les dejan morirse de sed.

La equidistancia de la Premier, donde todos cobran en base a sus méritos, no existe en una Liga donde lo que no sea para los dos grandes son sólo migajas para los dos pequeños. De esta manera hemos visto como equipos de media tabla hacia abajo de la Premier, han sido capaces de llevarse futbolistas de nuestra liga que, en condiciones normales, no sólo hubiesen enriquecido el campeonato sino que lo hubiesen elevado hasta la categoría de sublime. Jugadores como Rodrigo, Fornals, Thomas, Reguilón o Cucurella, se marcharon a Inglaterra para luchar por objetivos menores a los que hubiesen aspirado en España si el campeonato hubiese sido económicamente saludable.

Dime lo que tienes y te diré a lo que puedes jugar. En este extremo, además, también entra la mentalidad, mucho más conservadora tradicionalmente en España y mucho más física cuanto más al norte del continente quieras viajar. La preparación física, la táctica y el desarrollo del juego es mucho más concienzudo aquí y mucho más salvaje allí. Hay partidos en la Premier que, tras mirarlos, termina cansado hasta el espectador y eso es un lujo para los sentidos. Aquí se vive más del detalle, del error ajeno y, sobre todo, del agotamiento. Es por ello que muchos partidos se deciden en los últimos minutos, de igual manera que hay otros en los que la última media hora es un canto a la desesperación. Paladas de cal y paladas de arena para una liga que, mientras ven como el resto evolucionan hacia la velocidad sideral, sigue enclaustrada en su motor diésel y su índice de arrebatos.

Y luego hay un último factor que, no por menos comentado, deja de ser importante, y es el de la labor arbitral. En una liga donde el árbitros es excesivamente intervencionista, donde se utiliza el VAR de manera torticera y en la que cualquier contacto es falta y cualquier falta es tarjeta, resulta harto difícil encontrar una continuidad al juego tal y como demanda el espectador. No es sólo la liga en la que se juega más lenta sino que es la liga en la que menos tiempo de juego efectivo se juega y una cosa es causa de otra, no siendo ninguna circunstancial en esencia sino en connivencia. Mientras todos; equipos, jugadores, entrenadores y árbitros no cambien la mentalidad, nuestra liga será un campeonato entretenido pero obsoleto, lo que le irá quitando valor, afición y, sobre todo, calidad global.

viernes, 18 de febrero de 2022

Balones de oro: Franz Beckenbauer

La historia de los grandes hombres se cuenta por hazañas y se vive por imágenes. Las palabras, mudas ante la majestuosidad, sólo se transforman en una sonora sorpresa cuando aparece el icono y la memoria retrocede en el tiempo, porque el retrato de un hombre, cuanto más se parezca al de un héroe, más tiende a la veneración.

Ver aparecer en el campo a Franz Beckenbauer con un brazo maniatado y un hombro destrozado fue como ver aparecer a Ulises buscando Ítaca en un mar plagado de sirenas. A veces, las derrotas enseñan más que las victorias y aquella prórroga subtitulada como el partido del siglo dejó la impronta salvaje de un tipo que no sabía salir a perder. Porque Franz Beckenbauer, el hijo del cartero de la barriada humilde de Munich, no era sólo un futbolista, era un pilar sobre el que fundamentar un proyecto, un líder al que seguir en silencio y una luz que alumbraba el camino de un equipo, un país y un planeta impresionado por tanta magnificencia.

Beckenbauer, como todos los hijos de la postguerra, no tuvo una infancia fácil. Alemania había sido derrotada en lo bélico y asolada en lo social por lo que sus ciudadanos se vieron obligados al borrón, la cuenta nueva y el esfuerzo extra. Todo costaba más porque todo venía de cero y, como tal, los que estaban obligados a destacar debían ser sumamente buenos porque la nación no estaba dispuesta a esperar a nadie. Aquel niño supo que quería ser futbolista cuando escuchó por la radio el partido final entre Alemania y Hungría en 1954. El día en el que Berna presenció un milagro, Alemania supo que se iba a levantar a base de empeño. Con diecinueve años, Beckenbauer ya era el líder fáctico de un equipo que militaba en segunda división y, como capitán de nave, condujo a su grupo al ascenso a la recién creada Bundesliga. Aquel equipo se llamaba Bayern de Munich y, hasta entonces, había sido entre poco y nada en el panorama futbolístico alemán.

En aquel futbolista se veía la esencia de un niño criado en la calle y curtido en los campos de tierra del barrio de Giesing. Allí, mientras pateaba una pelota, había aprendido a venerar al 1860, el equipo grande de la ciudad y en el que soñaba jugar mientras conducía la bola en un terreno escarpado. Tras el ascenso, llegaron los primeros títulos y aquel doblete del sesenta y nueve que puso voz a un equipo imparable y que, poco a poco, iba poniendo el fútbol alemán en otra dimensión. 

El momento más trascendental de su vida llegó cuando, siendo un jovenzuelo de catorce años, el equipo de su barrio, en el que militaba, el Giesing 1906, se enfrentó al juvenil del Munich 1860. A aquellas alturas, todos los ojeadores de la ciudad habían escuchado hablar del joven Franz y varios emisarios del club más grande de la ciudad habían acudido al barrio para ofrecerle un contrato al chico. Tal fue su dominio del juego que uno de los futbolistas rivales, cansado de ser humillado, quiso detener la exhibición a base de puñetazos. Aquello hirió en lo más profundo el alma de Beckenbauer quien, inmediatamente, decidió que jamás vestiría la camiseta del 1860. Búsquenme otro equipo, les dijo a sus dirigentes, y entonces apareció el Bayern ¿Te quieres venir con nosotros? Por probar no pierdo nada. Lo que encontró allí fue una mina plagada de jóvenes talentos a los que faltaba la visión periférica de Franz Beckenbauer para poner una guinda a un proyecto a largo plazo que se fue materializando como legendario.

La base de aquel equipo copó la selección alemana que, tras los sorprendentes amagos de 1966 y 1970, conquistó Europa en 1972 con un juego brillante, avasallador e imparable. Allí goleaba Müller y asistía Hoeness, pero el verdadero capitán y timonel en el campo era el número cuatro, don Franz Beckenbauer, quien jugaba con la pasión prendida del presente y la rabia colgada del pasado, sin olvidar jamás al suizo Gottfried Dienst quien, en una decisión incomprensible, había otorgado como gol un disparo de Geoffrey Hurst que jamás rebasó la línea de gol en la final del mundial disputada en Inglaterra. Aquella espina clavada le persiguió durante años y, aunque jugaba con el espíritu del niño que golpeaba un balón de trapo junto a su hermano Walter, en realidad era un hombre de acción que anticipaba y dirigía como un verdadero líder.

Si con la selección tuvo que tumbar a varias naciones, en el campeonato doméstico no encontró mayor rival que el magnífico Borussia Moenchengladbach de Hennes Weisweiler. Aquel equipo aglutinó tanto talento que disputó, y ganó, al Bayern, cinco Bundesligas durante la dorada década de los setenta. Allí jugaban Netzer, Bonhoff, Stielike, Heynckes, Wimmer, Vogts o Simonsen, muchos de ellos compañeros de Beckenbauer en la solemne selección alemana.

Como futbolista, Beckenbauer era un cerebro privilegiado con un pie de seda. La jugada siempre salía limpia de sus botas y sus cambios de juego eran legendarios. La pelota parecía no moverse en el aire y se depositaba en la bota del compañero como una mariposa. Hipnótico. No en vano, tardaron poco en conocerle como El Kaiser, ya que era él, y sólo él, el auténtico motor de un equipo que no paraba de ganar. Y lo hacía acomodado en la línea defensiva; gracias a él, Alemania cambió el libreto y jugó con tres marcadores individuales para que Beckenbauer, como defensa libre, pudiese actuar como cuarto centrocampista y dirigir el juego a su antojo. De esta manera, tras la brillante actuación en la Eurocopa del setenta y dos, el equipo alemán sólo podía refrendar su dominio en el mundial que se celebraría en su casa en 1974. Lo ganó, claro está, y lo ganó con ese estilo tan alemán que parece no gustar a nadie pero que termina por aplastarlos a todos, incluida a la gran Holanda que, como le había ocurrido a la gran Hungría veinte años antes, se tuvo que conformar con el lindo premio del ganador moral.

Y es que aquella había sido una Alemania cuajada por generación espontánea. Desde el sublime éxito del cincuenta y cuatro, el fútbol alemán tardó más de una década en volverse a hacer notar y, cuando lo hizo, fue a lo grande. El entrenador Zlatko Cajkovski había hecho debutar al joven Beckenbauer con diecinueve años y dos más tarde, con veintiuno, ya era un jugador imparable que sorprendió a todos en el mundial de 1966. Allí, jugando como centrocampista, abusó de todos los rivales hasta llegar a la final y quedarse a las puertas del éxito por una decisión errónea de su entrenador. Aquel día, antes de aquella final, el mítico Helmut Schon, le ordenó marcar al hombre a la estrella inglesa Bobby Charlton. El resultado fue cruel para Alemania ya que Charlton apenas incidió en el juego, pero Alemania perdió el timón del partido por tener a su mejor futbolista pendiente de los movimientos de la figura del equipo rival.

De todo se aprende, claro, y aquella Alemania, de la mano de aquel Bayern, fue creciendo a medida que se fueron incorporando tipos de la talla de Maier, Hoeness o Gerd Müller, el primer alemán capaz de ganar el preciado Balón de Oro. Ellos ya estaban cuando el Bayern conquistó la Recopa del sesenta y siete y le dijo al mundo aquí estamos, hemos llegado para quedarnos. Y estaban cuando Alemania vengó su afrenta ante Inglaterra en 1970 y se plantaron en las semifinales del mundial. Y estaban cuando el Bayern fue quemando etapas y se fue postulando, poco a poco, como un verdadero ogro a batir en la Copa de Europa.

Tenía que llegar su momento y llegó en 1974 cuando derrotaron en la final al Atlético de Madrid de la manera más cruel. Tras los madrileños, cayeron ante el rodillo alemán los ingleses del Leeds United y los franceses del Saint Etienne. Todos dieron la cara, pero ninguno fue capaz de ganarle la final a un equipo que, a aquellas alturas, ya era el indiscutible rey del continente. Y para entonces, Franz Beckenbauer ya era una auténtica celebridad, el jugador que todos querían ser, el tipo que, empezando desde lo más bajo, había llegado a reinar en el mundo con una autoridad tal que todos parecían postrarse a sus pies.

Y es que su juego era tan elegante que producía hipnosis; imposible apartar la mirada de él. Aunque, tras su decisión de retrasar la posición en el campo, también fueron muchos los que afearon el hecho y le acusaron de haber buscado la comodidad por encima de la efectividad. Porque el primer Beckenbauer, el que no era defensa libre, fue, posiblemente, el mejor mediocampista de la historia del fútbol. Porque lo tenía todo; presencia, visión, pase, acompañamiento y gol. Un verdadero box to box que deslumbraba a propios y a extraños. Un tipo indestructible que utilizaba la fuerza para imponerse y la calidad para sobreponerse. Quien se lo iba a decir a su padre quien, tras sus primeros partidos como infantil, le apodaba "cigarrillo" al verle tan flacucho, débil e inestable.

Pero todo se logra con trabajo. Con catorce años ya era el mejor juvenil de Alemania y con treinta y dos decidió decir adiós al Bayern y a la selección alemana después de haber jugado setecientos partidos y haber anotado un centenar de goles, para probar la aventura americana y cumplir el sueño de jugar junto a Pelé en el Cosmos de Nueva York. Allí marchó acompañado de su mujer dispuesto a convertirse en un hombre, porque durante años había jugado como un señor mayor pero no dejaba de ser un niño lisonjeado en cada rincón de su país. En Estados Unidos, no sólo encontraría anonimato sino que tendría que buscarse la vida por sí mismo. Y allí, como le había ocurrido en su infancia, había una mujer a su lado.

Heidi fue su sostén en los momentos difíciles, igual que Antonia, su madre, había sido su maestra de vida. Cada mañana le enseñaba el campo de fútbol que había en la puerta de su casa y le conminaba a trabajar y trabajar si algún día quería ser el dueño de sus propios sueños. Debió acordarse de ella cuando, en 1972, la revista France Football le otorgó su primer Balón de Oro. De cara al mundo, ya era reconocido como el mejor jugador del mundo, de cara a sí mismo, necesitaba seguir engordando su ego pues no había victoria que le terminase de reconfortar. De esta manera, el niño tímido de Giesing se convirtió en un líder de personalidad arrolladora, lideró al mejor Bayern Munich de la historia y arrasó Europa como si un conquistador se tratase.

Su origen humilde y su infancia como interno en un colegio jesuíta le ayudaron a forjar una personalidad muy marcada, las derrotas, además, como aquella final del sesenta y seis en Londres, le cincelaron como un ganador y, dadas sus condiciones, pronto supo que el juego de sus equipos habría de pasar por su compás. Así, no sólo se convirtió en el mejor compañero de todos sino que se convirtió, de paso, en el jugador favorito de todos los alemanes, una verdadera celebridad que traspasó fronteras y que, incluso, cuando se atrevió a grabar una canción, fue número uno en Alemania por encima de los Beatles.

Pero él era tímido y trataba de huir de esa versión díscola. Afianzado como defensa líbero, fue el patrón de un país que resucitó de entre los muertos para convertirse en potencia mundial. El fútbol y la política, esta vez, de la mano, hacia un lugar que hacía no mucho tiempo ni siquiera habían soñado. Porque nadie esperaba que aquel niño flaco que jugaba de mediocampista izquierdo y que en 1965 había ascendido al Bayern en la Bundesliga se iba a convertir, con el tiempo, en el mejor defensa de la historia del fútbol y en el más grande futbolista alemán de todos los tiempos. Un jugador con un dominio de la escena incomparable y un golpeo con el empeine completamente admirable. El tipo sin el que el Bayern no hubiese conseguido despegar, sin que Alemania no hubiese conseguido dominar y que, durante una década en la que el fútbol viró hacia el físico, le discutió la soberanía al gran Johan Cruyff.

viernes, 4 de febrero de 2022

Disfrazar la deuda

Si le debes mil euros al banco tienes un problema, si le debes mil millones el problema lo tiene el banco. Algo cercano a esta premisa es lo que debe estar ocurriendo con el Fútbol Club Barcelona para que, en el peor momento de su historia, se haya sacado de la chistera un mercado invernal casi impoluto y acorde a sus necesidades.

Porque resulta extraño, cuando no menos paradigmático, que el campeón de liga, que siempre presume de gestión y alardee de estar al día en sus conceptos económicos, no haya sido capaz de superar la venta de su lateral derecho y haya tenido que ir en busca de saldos y retales, mientras que un equipo, cuyo presidente, de viva voz, denuncia las fechorías de su antecesor y la necesidad de ser austeros para afrontar con garantías el futuro, se haya podido permitir fichajes de cierta relevancia.

¿Hay algo que no nos cuentan? Lo fácil, en este caso, es repasar el historial y cargar con toda la responsabilidad a los dirigentes del Atleti. Yo también lo haría. Su condena prescrita y sus tejemanejes con los Mendes de turno les colocan en un disparadero del que jamás van a salir, pero no es menos cierto que, desde que unos clubes aceptaron convertirse en sociedad anónima y otros no, el juego económico parte desde una situación de desventaja, porque mientras que las sociedades empresariales se ven obligadas a controlar su deuda, las sociedades deportivas manejan la suya sin sobresaltos porque, más allá de las cuentas que han rendir frente a sus socios, lo cierto es que no sienten el peso de los mercados sobre su cabeza.

De esta manera, el Real Madrid pudo afrontar una monstruosa operación inmobiliaria en el peor momento de su historia y el Barcelona pudo hipotecar su club manteniendo en la plantilla a los mejores futbolistas del mundo. Mientras los demás guardaban la ropa ellos nadaban, incluso contracorriente, y levantaban Champions como quien colecciona granos de arroz. Nunca fue tan sencillo reinar, nunca una sociedad y un gobierno hicieron tan poco para denunciar.

El problema es que al rey Midas hasta los sueños se le convirtieron en oro. El Barça perdió a Neymar, perdió a Messi y, en el tránsito, perdió hasta la vergüenza. El Madrid, sin embargo, sigue manejando la situación, dando sus pelotazos y acomodándose con la élite europea conservando a sus mejores jugadores y fichando, presumiblemente, a las mejores promesas ¿Qué ocurre pues si al banco le debemos mil millones? Pues que al banco, a la liga y a la federación les interesa que la némesis de los blancos regrese a la cima y, para ellos, no van a existir problemas por más que las deudas se disfracen con promesas.

miércoles, 26 de enero de 2022

El mejor gestor

"Puedes engañar a algunos todo tiempo, puedes engañar a todos algún tiempo, pero no puede engañar a todos todo el tiempo". Con esta cita, Abraham Lincoln hacía énfasis en la necesidad de ser honesto y, sobre todo, ser consecuente con el comportamiento y, de un modo extra, con el esfuerzo, porque si al final tus actos hablan por sí mismos, no serán pocos los que se den cuenta que no solamente eres un inepto sino que es más que probable que seas un sinvergüenza.

Miguel Ángel Gil, premiado en varias ocasiones por una empresa afín, como mejor gestor deportivo del año, tiene la suerte de contar con el respaldo mediático en cada una de sus decisiones. Cuando el equipo gana, son muchos los que se prestan a arrogar parte del éxito al tipo que gestiona en la sombra, y cuando pierde, son pocos los que se paran a criticar su gestión por más que el equipo, año a año, esté perdiendo talento, calidad e inteligencia.

El Atleti es un equipo en ruina permanente. Da igual que durante una década, año a año, hay ido cumpliendo los objetivos y que año a año, también, se haya ido desprendiendo de sus estrellas para contratar a otros futbolistas de perfil más bajo; cada vez que arranca un nuevo año viene el mismo cuento: para comprar hay que vender y debemos ajustarnos el cinturón.

Ese cinturón aprieta tanto que el equipo ha llegado ahogado a la orilla de sus propias miserias. Con el lateral derecho fuera de concurso, malvendido a un nuevo rico y con dos centrales suplentes que rozan la pesadilla continua, la que decían que era la mejor plantilla de la historia del club, se descose alarmantemente sin que su dirección deportiva sea capaz de cerrar dos contrataciones a precio de saldo. Y es que el mejor gestor no ha sido capaz aún te tener un balance solvente con el que poder salir a Europa a competir de tú a tú con los gigantes del continente. Y cuando fracase, que no está lejos de hacerlo, la cabeza de turco no será el CEO, sino el entrenador que tanto esfuerzo ha realizado para cumplir cada objetivo y que, sin embargo, ve como su equipo, año tras año, es siempre un poquito peor.

A ver si es que la gestión no es tan buena. A ver si es que está engañando a unos pocos todo el tiempo y ha engañado a todos algún tiempo y no va ser capaz de engañarnos a todos todo el tiempo, porque no todos somos tan tontos como quienes le ponen la alfombra para que no se manche sus zapatos de piel mientras sigue dejando a su equipo descalzo en el desierto.

lunes, 17 de enero de 2022

La extinta Yugoslavia

La desintegración de un país, cuando es mediante un conflicto bélico, causa un dolor a nivel global difícil de digerir. Aquella guerra, la de los Balcanes, la que dirimieron regiones que se sentían parte propia de una idiosincrasia, fue la primera que de verdad se retransmitió en directo, con los proyectiles silbando sobre nuestras cabezas mientras los reporteros gráficos intentaban contarnos la verdad que ningún barquero era capaz de asimilar. Detrás de las limpiezas étnicas, las sangrías y los intentos de holocausto, quedó un país devastado y la promesa de que cada uno tiraría los trastos hacia su propia frontera con tal de reconstruir un dolor que aún perdura en la memoria de millones de ciudadanos.

El hombre, como ser racional, tiende a arrinconarse por el miedo y es el propio miedo el que nos lleva a buscar vías de escape y no hay mayor escapatoria mental que aquella que viste los colores de nuestro equipo y nos lleva en volandas en el día a día. Cuando Yugoslavia desapareció, debajo de las piedras seguían sobreviviendo una generación de deportistas que hizo vibrar a media europa gracias a sus espectacular talento y su vibrante manera de competir.

Todos somos capaces de recordar, por ejemplo, la impresionante selección yugoslava de baloncesto que cuajó mediados los ochenta y se llevó por delante a todas las selecciones en los primeros noventa. O las trituradoras fabricadas en balonmano o waterpolo. O aquel extraordinario Estrella Roja que alcanzó la gloria en el noventa y uno cuando el país ya se desquebrajaba y bosnios, croatas, macedonios e incluso montenegrinos ayudaron a sus amigos serbios a levantar al cielo la ansiada Copa de Europa. Fue el canto del cisne de un país podrido en sus instituciones y expectante en las calles. De aquella generación salieron extraordinarios futbolistas que huyeron del infierno y se repartieron a lo largo de Europa para dejar claro que aquello, a parte de generación espontánea, era el resultado de una fábrica de talentos.

Desde Bosnia llegó a la Real Sociedad, Meho Kodro. Se había curtido en el modesto Velez Mostar y, poco a poco, había ido ganando nombre que un solvente goleador en la liga Yugoslava. Su carta de presentación se produjo en el Santiago Bernabéu. En un partido fácil para el Real Madrid, Kodro lanzó un golpe franco directo a la escuadra de Paco Buyo. Aquel día se vislumbró que Kodro era un delantero potente, con un físico para ganar el espacio y que, sobre todo, tenía un cañón en su pierna derecha. Cuatro temporadas y más de sesenta goles después, dejó San Sebastián para sumarse al último proyecto de la era Cruyff. En aquel Barça en descomposición no pudo superar la alargada sombra de Romario y terminó siendo traspasado a un Tenerife donde aún dio buenas pinceladas. Allí anotó su gol número cien en Primera División y abandonó la élite cuando se vio eclipsado por un joven delantero holandés llamado Roy Makaay.

Maradona pensaba que no existía una zurda como la suya hasta que conoció a Davor Suker. Suker llegó a Sevilla procedente del Dínamo de Zagreb y no tardó en convertirse en el ídolo de Nervión pasando por encima del propio Diego. Cuando el Dios de Villa Fiorito se marchó, Davor siguió allí, repartiendo caramelos con su pierna izquierda y haciendo magia en forma de controles maravillosos y goles extraordinarios. Clavaba las faltas en la escuadra y su toque milimétrico ponía en pie a un Sánchez Pizjuán que se llenaba de pañuelos blancos y vítores. Tal fue su trascendencia, que después de su último partido, como si de Curro en la Maestranza se tratase, bajaron al césped para sacarle a hombros. Después llegó el Madrid, la Copa de Europa y sus fotografías ilustrando portadas del papel couché, pero mucho más que un tipo sonriente junto a una famosa, Davor Suker fue pura magia y un lujo para la liga española.


Mijatovic fue, probablemente, el mejor jugador de aquella generación de oro que ganó el mundial juvenil de Chile justo antes de la desintegración de Yugoslavia. Prueba de ello es que, en cuanto llegó a un equipo superpoderoso, se convirtió en héroe y selló con su nombre la ansiada séptima Copa de Europa. Pero antes de ello ya se había convertido en el mejor jugador de la liga jugando con la camiseta del Valencia. Allí había llegado precedente del Partizan, con quien ya había conquistado Yugoslavia, mostrándose voraz desde el primer día. Mijatovic era pura verticalidad, juego al espacio, regate eléctrico y disparo potente. Llevó al Valencia al subcampeonato de Copa y Liga durante dos temporadas consecutivas y decidió dar el salto a la capital, cláusula mediante, para convertirse en héroe y postal eterna de un club al que le ahogaban las exigencias continentales.


Kodro no fue el único gran delantero del Velez Mostar. Durante seis temporadas compartió dupla de ataque junto a un tipo hosco, de gran fortaleza física y buena intuición para ganarse la jugada llamado Vlado Gudelj. Gudelj jugó en el Celta desde 1991 hasta 1999. Sus goles ayudaron al equipo a salir del infierno del segunda y se consolidó en Primera como un futbolista solvente. Su fortaleza física le ayudaba a chocar contra los defensores y salir airoso, tenía un buen toque para la definición y, aunque no era muy espectacular, era bastante efectivo. De sus goles vivió el Celta para mantenerse en la élite durante varias temporadas. Aún hoy, con sesenta y ocho goles, es el tercer máximo goleador del Celta en Primea y uno de los mejores jugadores de su historia.


Algo más tosco y fuerte que Gudelj era Alen Peternac. El croata, criado en el seno del Dínamo de Zagreb, donde jugó durante seis temporadas ganando liga y copa, aterrizó en Valladolid para convertirse en ídolo y pieza fundamental. Con cincuenta y cinco goles, sigue siendo el máximo goleador pucelano en primera hito que simultanea con el del ser el único delantero el equipo blanquivioleta en anotar cinco goles en un mismo encuentro, aquel día en el que Japón Sevilla se volvió loco de remate. Peternac tenía olfato, no era muy veloz, pero sabía ganar la espalda, utilizar la cabeza y poner el balón en el lugar más alejado para el portero.


Si la Real había acertado con Kodro no le anduvo a la zaga su sustituto. Mirando a los balcanes, cuando Kodro se marchó a Barcelona, se trajo, por quinientos cincuenta millones de pesetas, al goleador del Estrella roja, Darko Kovacevic. Tras una primera etapa infructuosa en la liga inglesa, Kovacevic llegó a España para demostrar que era un goleador extraordinario. Lo demostró de veras. En sus dos etapas en la Real, anotó noventa y cuatro goles, situándose en el escalafón de los mejores delanteros en la historia del club. Entre medias probó en la Juve, pero allí la competencia era soberana y echaba de menos Guipúzcoa. En su regreso, la Real rozó el campeonato de liga en una temporada gloriosa en la que su dupla junto a Nihat aún se recuerda en los paseos sobre la playa de La Concha. Kovacevic era listo, rápido para el desmarque, un gran cabeceador y un definidor letal. Sin duda, uno de los mejores goleadores de la liga en el tránsito entre el siglo XX y el XXI.


Cuando Savo Milosevic llegó a España ya se había hecho un nombre en las ligas europeas. Goleador insaciable en Partizan, fichó por Aston Villa para pasar tres años de luces y sombras y decir adiós para siempre a la competición inglesa. En España encajó como un guante en una mano fría. Sus temporadas en Zaragoza fueron muy productivas y cuando comprobó que lejos de España no era capaz de sacar su mejor fútbol, volvió a abandonar la liga italiana para regresar al país donde mejor había rendido. Zaragoza de nuevo, Celta después y Espanyol fueron su camino puente antes de aterrizar en Pamplona y convertirse en el auténtico ídolo del Sadar. En Osasuna apenas marcó una veintena de goles, pero formó grandes sociedades junto a Aloisi primero y Raúl García después, tanto que aún hoy se le recuerda como uno de los mejores jugadores de la historia rojilla. Su fútbol no era vertical ni atrevido, se fajaba en el área, utilizaba su corpachón y ganaba el espacio suficiente para rematar a gol. Cabeceaba bien, definía mejor y era tan fuerte que muchos evitaban el choque con tal de no verse desplazados a un lugar marcado por el sonrojo.


Ahora que media Europa se pega por Vlahovic, que Jovic ha roto en fiasco en la súper élite y que el veterano Tadic sigue tirando del carro de Serbia, cabe recordar que hubo un tiempo que una guerra devastó un país y que cortó de raíz una forma de generar talentos casi inédita en la historia del deporte europeo. Y es que durante buena parte de la década de los noventa, antes de que Yugoslavia despareciese del mapa y miles de vidas cayesen a infames cunetas, los equipos de los balcanes exportaban talentos a bajo coste que revalorizaban su valor una vez el mundo era consciente de que la constancia vivía en su corazón, la calidad en sus pies y el gol era una obsesión dentro de su cabeza.