martes, 13 de marzo de 2018

Vacío de poder



Toda gran competición genera una gran expectativa. Es tan cierta la capacidad para deslumbrar los
focos de las grandes celebraciones, como doloroso puede llegar a ser el comprobar que desde atrás no viene nadie con la capacidad suficiente como para derribar la puerta y presentarse en sociedad de cara a los próximos lustros.

Han pasado catorce años desde que Grecia saltó la banca en Lisboa. Catorce años entre los que Portugal ha vivido en el sendero de dos aguas. Por un lado, existía la nostalgia de la generación de oro que se marchó sin nada, y en el otro transcurría la eterna expectativa de un grupo de hombres que arropaban a una gran estrella. El día que Portugal perdió la final de su Eurocopa no solamente perdió un título, también ganó un líder para la siguiente década.

No ha quedado claro quién puede dominar el fútbol europeo en los próximos años tras lo ocurrido en la pasada Eurocopa. Griezmann y Pogba están llamados a liderar a Francia, Cristiano seguirá siendo el tótem de Portugal y España seguirá bebiendo a sorbos los años que le queden a Iniesta, pero ¿Qué verdadero crack nació en el último torneo? Realmente ninguno.

Si habría de destacar a dos tipos por cuyos pies pasarían muchas de las letras que se escribiesen en el futuro, habría que detenerse en Renato Sanches o en Joshua Kimmich. El primero se veía como un todoterreno que abusa de la conducción pero que tenía condiciones sobradas para convertirse en un centrocampista completo. El segundo se intuía como un futbolista mucho más fino, un alumno aventajado que había sabido aprender las palabras de cada uno de sus maestros. Guardiola le había fichado como centrocampista y había terminado jugando como defensa central en el Bayern y como lateral derecho en la selección alemana. Entre sus virtudes se encuentran la velocidad y el entendimiento del juego. Se daba la circunstancia de que ambos compartirían equipo durante los próximos años y que en torno a ellos debía construirse un nuevo y temible Bayern. Ocurrió que ninguno cumplió sus promesas. Kimmich, al menos, se ha mostrado como un tipo paciente capaz de esperar su momento. Lo de Renato parece tener peor solución, mientras no entienda el juego, no entenderá la élite. Mientras no entienda la élite, seguirá sin entender qué, para ser un grande de verdad, el fútbol se juega de una manera mucho más sencilla de lo que él pretende.

lunes, 12 de marzo de 2018

El cabezazo imposible



La gloria, aunque efímera, nos termina esperando a todos a la vuelta de cualquier esquina. La fortuna, aunque esquiva en mil ocasiones, siempre tiene guardado un momento en el cajón de las sorpresas. La fama, aunque subordinada al exceso cuando es superlativa, se nos suele presentar como un caramelo sin abrir, pero siempre tiene un lugar guardado en el corazón del tiempo. Los héroes se forjan con el tiempo y, gracias a su trabajo y constancia, terminan encontrando la inmortalidad en un momento concreto.


Cuando Inglaterra anotó el dos a cero, el inmortal Helmut Schoen pensó en Uwe Seeler como conjuro ideal para iniciar una remontada a la desesperada. El previsible juego alemán se hizo aún más autóctono gracias a la presencia del hosco delantero del Hamburgo. Cada balón largo era ganado para la prolongación, cada pelota cruzada era devuelta de frente por la testa del eterno número nueve.


Uwe Seeler no fue el tipo más triunfador del mundo en cuanto a títulos aunque sí lo hizo en cuanto a cariño. En veinte años de carrera, apenas ganó una liga y una copa, pero nadie olvidó que, durante los peores años de travesía, el delantero había sostenido a la selección alemana gracias a su entrega y sus goles. En Hamburgo era un semidiós, y en Alemania era un hijo pródigo. Profesionalidad y goles. Y entrega. Para ser querido hace falta mucho más que talento.


Seeler sabía que, en algún momento, la inmortalidad le esperaría detrás de alguna esquina. Fue aquel día de desesperadas circunstancias. El partido agonizaba, el calor apretaba, las fuerzas faltaban y una última pelota al corazón del área fue buscada con el corazón y, como no, con la cabeza. El portero Bonetti, que había confiado en sus aptitudes, calculó mal la distancia y, cuando un segundo más tarde quiso darse cuenta de su error, se encontró al pequeño delantero alemán celebrando su entrada en el salón de la fama.

Fue un remate atípico. Un escorzo forzado, de espaldas a la portería, como si el tipo que ya había rematado mil veces de cabeza, supiese que disfrutaba de un par de ojos en la nuca. Un cogotazo sin mirar que se coló en el ángulo opuesto. Un segundo de gloria que aún se recuerda como inmortal. El partido fue a la prórroga y Alemania lo ganó con un gol del sempiterno Muller. Dio igual, para la perífrasis popular, aquel partido lo ganó, y lo sigue ganando, el cabezazo imposible de Uwe Seeler.

martes, 6 de marzo de 2018

El chico de los cinco mil millones

Como en el sueño de una noche de verano, los béticos despertaron alborozados. El chico de los cinco mil millones prometía espectáculo y despertaba ilusiones. El chico de los cinco mil millones tenía una pierna izquierda de oro y conducía el balón como los artistas de salón. En su repertorio cabían la magia y el atrevimiento, en sus condiciones se adivinaban las alegres causas que habían convertido a Brasil en capital del fútbol.

Pero el chico era disperso, demasiado alegre para un fútbol tan serio y, sobre todo, demasiado alegre para una ciudad tan despierta. Le conoció la noche y la noche le embrujó. Sevilla tiene un color especial; es canela al mediodía y azahar a media noche. Sevilla es embrujo y amago, un ritual y un beso, una canción y un paso hacia la gloria. Pero de la gloria al abismo hay un paso. El chico de los cinco mil millones comenzó a sentir el peso de su valor sobre el costado y el número dieciséis cada vez pesaba más; cada vez se parecía más a una promesa incumplida.

Dejó algún reguero de pólvora sobre la garganta encendida del Villamarín, dejó algún lienzo de exposición sobre el tapete verde; alguna filigrana, algún vestigio de poder, alguna promesa cumplida. Pero el saldo no le fue positivo. Se terminó marchando por la puerta de atrás y los que auguraban puerta grande dejaron que terminase sus días en la enfermería; aniquilado por las cornadas mediáticas y retirado por las críticas irascibles. Incomprendido y desligado, el chico de los cinco mil millones terminó buscando fortuna en sus orígenes y en sus vueltas por el mundo cuentan que alguien le volvió a ver sonreír. Era la sonrisa de un funambulista con una mirada pintada de nostalgia. El chico echaba de menos el fútbol de salón pero, sobre todo, echaba de menos el embrujo de una noche que le cautivó para siempre.

lunes, 5 de marzo de 2018

Ejercicio de autoengaño

Al ser humano, por su naturaleza aprensiva, le gusta engañarse con historias fútiles y excusas
perecederas. El ser humano es débil de creencias y poco convincente en sus alegaciones; generalmente gusta de buscar una calle de enmedio donde no existan las verdades ni las demostraciones porque las teorías, a menudo concertadas en grupo tras una terapia individual, muchas veces no son más que intentos inútiles de enfrentarse a la frustración.

Que Messi es el mejor jugador de su época es una certeza que solamente los necios se han negado a reconocer. Que con Messi el Barcelona se ha mantenido como un equipo superlativo, también. Messi, más allá del gol, es un tipo que desahoga el juego por talento e inteligencia. Dribla, conduce, pasa y libera a los centrocampistas de algunas de sus obligaciones generativas. Pero, más allá de la admiración, queda la sensación. Reducir un resultado a Messi cuando no has sido capaz de lanzar un disparo entre los tres palos del contrario es ponerse una viga en el ojo mientras intentas desajustar, en vano, la aguja en el ojo del rival.

El partido lo decidió Messi, como ha hecho con tantos otros. A estas alturas es demasiado inútil obviar que concederle al Barça una falta cerca de la frontal es poco menos que concederle un penalti. Pero, más allá de ese pie privilegiado que le otorgó la providencia, el Barça coció el partido a su antojo y lo ganó por fútbol y, sobre todo, por convicción.

No es este Barça el equipo lleno de virtuosismo que deslumbró en épocas anteriores. Aferrado al maravilloso ingenio de su pequeño mago, ha construido un bloque sólido a su alrededor que gusta de controlar el centro del campo mediante una presión asfixiante y busca el contragolpe de corto recorrido como arma de destrucción. Ante partidos como el de ayer, en los que el rival se agazapa en busca de fortuna a sesenta metros del área contraria, su mejor arma es la paciencia porque, más allá de Messi, cuenta con varios futbolistas capaces de desarbolar con la combinación.

Rakitic, Coutinho, Roberto, e incluso Busquets e Iniesta, no son Xavi, aquel pequeño maestro de ceremonias que empujaba al equipo rival hacia su zona de suicidio a base de paredes y triangulaciones; pero tienen la suficiente capacidad de asociación como para hacerte saber que si quieres vivir en tu área frente a ellos, tu única fórmula, más allá de la suerte, es la de mantener una concentración tan perfecta que te impida cometer un solo error durante todo el partido. Si lo analizamos bien, el Atlético, solamente cometió un error grave y fue el conceder una falta frontal a Messi en una jugada que requería otro tipo de defensa. Vista la gravedad del error, a posteriori, queda patente que el Atleti no solamente defendió a la perfección sino que él mismo se dio la espalda a la fortuna pues no tuvo hambre de liga en ningún momento del encuentro.

El ataque de amor propio en el segundo periodo no sirvió sino para maquillar, de cara al exterior, esa horrenda primera parte en la que ni tuvieron el balón y, lo que es más grave, no dieron sensación alguna de querer tenerlo. Vale que el Barça sea el mejor equipo del campeonato, que jugase en casa y que se mostrase voraz durante la primera media hora de juego, pero durante los últimos años hemos visto a equipos poner contra las cuerdas a los azulgrana gracias a ese vocablo que, en algunas ocasiones le va viniendo pequeño al Atlético del Cholo desde que rindió todas sus penas en la tanda de penaltis de Milán: ambición. Y es que sin ambición, sin hambre, sin fe y sin juego, es imposible aspirar a una liga que, durante días, nos la han vendido como plausible. Y lo peor de todo es que muchos, vistos los mimbres, nos lo habíamos creído.

lunes, 26 de febrero de 2018

Pie de seda, inteligencia superior

El tipo que jugaba andando se movía con pasos de lince al acecho. Un trote cochinero que le habría convertido en una víctima propiciatoria en una jungla de demagogos y que, sin embargo, terminó por definirle como un tipo diferente. Le gustó enfrentarse al mundo, más que nada porque no paró de enfrentarse a sí mismo. Le gustaba la mirada torva y la palabra escueta. Era frecuente encontrarle con un cigarrillo en los labios e, incluso, en las fiestas de guardar con alguna cerveza en la mano, pero en el césped era el jefe de la tropa. Miraba de soslayo y ocupaba la parcela ancha. Raramente se movía de allí, raramente perdía una pelota, raramente no era la primera opción de salida para sus compañeros.

Para triunfar siendo lento hay que reunir dos condiciones primordiales; la primera, es un pie de seda. La segunda, una inteligencia superior. Con esas dos condiciones, aplicadas en un grado superlativo, Stefan Effenberg, se convirtió en el cacique central de uno de los más poderosos Bayern de la historia. El equipo que jugó dos finales de Champions consecutivas y que se partió el lomo en varios duelos a vida o muerte contra un gran Real Madrid. Allí saltaban chispas y fogonazos; allí, donde las batallas morían en el área, se ganaban en el centro del campo gracias a tipos con cabeza fría y los pies calientes. El magisterio de Effenberg era sencillo de aplicar pero complicado de contrarrestar. Siempre libre, jugaba a uno o dos toques y volvía a aparecer para cambiar el juego a una de las dos bandas. Una y otra vez. Aunque era lento, aunque no era hábil, era el mejor de todos porque todos sabían que de sus pies saldría, alguna vez, el pase o el disparo definitivo.

jueves, 22 de febrero de 2018

Divide y vencerás



Los intereses espurios, las ganas de dividir, el ansia por el titular, y sobre todo, la batalla por la destrucción ajena, ese fin tan común del ser humano que, guiado por la rabia, tiende a odiar el éxito ajeno porque sabe que cada conquista de su vecino es una muesca contra su parcela de orgullo personal.

Estar por delante del más poderoso siempre estuvo mal visto. Durante años, fue motivo de mofa fácil eso de tener un compañero atlético en la oficina. Cada lunes, por haber sido cómplice silencioso de un ridículo nacional, el compañero indio era la presa más fácil dentro de la jungla de la diversión. Mientras callábamos éramos más guapos porque sabían que su superioridad, aunque intosible, más que prolongarse, lo que hacía era perpetuarse. Cómo iban a imaginar ellos que les iba a salir un grano en la plenitud de su nalga.

Nos han ganado dos finales de Champions, nos han apeado otras dos más en las rondas, han ganado una liga ganándonos en campo propio y aun así sigue recelosos de quien nos devolvió el orgullo. Porque hubo un tiempo en el que el Atleti no le peleaba la liga, no le peleaba la copa y, lo que es peor, no le peleaba la Champions. Era más cómodo tener un despojo por vecino, tener un residuo al que devolver, después de cada previa de derbi, al cubo de la basura.

Por ello, cuando encuentran un motivo para la desestabilización, saltan como buitres porque para ellos, la carroña es su plato favorito. No hace mucho que fue el propio Fernando Torres quién salió a decir que no permitiría una división en el atlético entre él y su entrenador. Dio igual. El entorno y aquellas chinches de lunes negro ha pasado al ataque porque para ellos es más útil un Espanyol que un Inter de Milán. No quieren compartir la tarta y prefieren dividir porque saben que en aquel precepto romano del “divide y vencerás”, pueden encontrar un motivo de discordia, el punto de soldadura donde quebrar la fusión generada entre una grada agradecida y un entrenador apasionado.

Deberían saber que aquí no existen torristas ni cholistas, que no hay dos bandos porque nosotros no somos de esa especia de pseudoaficionado al que de manera tan sibilina quiso bautizarles uno de sus últimos entrenadores. Aquí, el único bando, la única misión, el único sentido de nuestras aspiraciones es uno y se llama Atlético de Madrid. Que lo sepan los metemierdas, que lo sepan los interesados, que lo sepan los hijos de la pataleta. Si no les basta con ganar, que aquí no vengan a pisotear. Ni dos, ni mil; somos uno, somos propios.

miércoles, 21 de febrero de 2018

El error como esperanza

El error era la única esperanza del Barça. El Chelsea defendió bien; cubrió los pasillos centrales, taponó los carriles, ahogó a Messi y no permitió a Suárez recibir de cara. Por ello, una vez se hubo puesto por delante, fueron muchos los que se vieron abocados al desastre porque el Barça jugaba en un rondo perpetuo pero carecía de profundidad. Un equipo plano, muy correcto en la circulación y muy preciso en la triangulación en corto, pero que veía como las luces se apagaban en la zona de tres cuartos. El mérito, claro está, era de un Chelsea que había trabajado el partido desde hacía meses, que conocía a fondo los secretos el Barça y que alejó a Messi del área no concediendo faltas en la frontal y cortocircuitando el pase hacia los laterales. De aquella forma sólo el error se presentaba como espontáneo aliado de un Barça que picaba pero no horadaba, que insistía pero no asustaba. Y el error llegó de la peor manera; porque una defensa que había dado un clínic de seguridad, olvidó los preceptos básicos del fútbol y jugó un balón en horizontal dentro de su propio área. Si Iniesta y Messi están por medio, el error es un caramelo. En la vuelta, a priori, el Barça parece favorito, porque cuenta con la ventaja y con el factor campo, pero ojo, que nadie se olvide que, nos guste más o menos, este Chelsea tiene un plan. Y anoche, durante muchos minutos, comprobamos que lo sabe ejecutar.


martes, 20 de febrero de 2018

Preparado para el desafío

El tiempo es el inescrutable juez que termina poniendo a cada tipo en su lugar correspondiente. En
numerosas ocasiones, por falta de fe o por falta de suerte, son muchos los buenos futbolistas que se quedan en el camino de la gloria. En esa encrucijada entre el todo y la nada, se necesita un momento preciso de trabajo y esperanza para creer que el momento, más por tardío que por imposible, llegará en el próximo segundo.

Los jornaleros del fútbol son aquellos que no han tenido la suerte de criarse en una gran cantera, que no han sido reconocidos por ambiciosos negociadores y que no han sabido estar en el lugar preciso en el momento ideal por más sudor que hayan derramado sobre el terreno de juego. El caso de Ángel Rodríguez nos señala lo difícil que es llegar a lo más alto por más que se tengan las condiciones idóneas para hacerse una digna carrera en la Primera División.

De movimientos algo hoscos y una velocidad engañosa, Ángel vive al límite del fuera de juego y sabe explotar todas sus virtudes. Es fuerte, es técnico y tiene una precisión, casi milimétrica, en su disparo a puerta. Que no haya llegado antes a la élite nos indica que hay muchos tipos con mucha más suerte, pero también nos hace creer en el trabajo y la fe en uno mismos. A sus treinta años, justo la edad en la que muchos empiezan a acularse en tablas, el delantero canario se ha asentado en la primera división convirtiéndose en una de las grandes sorpresas de la temporada. No solamente le aporta gol al Getafe, sino que le ofrece salida del balón y sacrificio defensivo. Bastan estas tres premisas para que Bordalás le haya convertido en una de sus indiscutibles. El corazón de un entrenador es tan fácil de ganar como el de una grada; basta compromiso y eficacia. Basta saber que se puede vivir de unas condiciones específicas. Basta creer en uno mismo y saber que, tarde o temprano, la diosa oportunidad tocará a tu puerta y querrá encontrarte preparado para el desafío.

lunes, 19 de febrero de 2018

Artesano de la impresión

Cuando la puerta está cerrada, cuando los diques son firmes, cuando el vallado recorre el campo de extremo a extremo, se necesitan tipos de condición firme y pasión decidida para que, consagrados por su talento, sean capaces de derribar los muros y hacer estallar las contenciones preestablecidas.

Cuando uno ve conducir la pelota a Marco Asensio no puede más que sentirse atraído por una fuerza sobrenatural. Su verticalidad agita la cordura y su precisión descoloca cualquier predisposición; por tipos como él el fútbol es un deporte tan imprevisible. Puedes mimetizar cada detalle, analizar cada pulso y prever ciertas contradicciones, pero cuando el talento superlativo aparece, solamente te queda aplaudir e intentar comenzar de nuevo.

El fútbol es tan antiguo en su condición como sencillo en su concepción. En la teoría, se trata de pasarle la pelota al compañero mejor colocado. Lo que para muchos es puro oficio, muchos otros lo llevan más allá. Los tipos elegidos, esos que desbordan talento en la conducción, son hábiles en el remate, precisos en el centro y letales en el remate, viven siempre dos pasos por delante del resto porque saben lo que van a ejecutar un segundo antes de percibir el aliento del rival. Esa intuición los hace diferentes. Esa armonía les convierte en tipos señalados para la gloria. Si el asombro es el circuito cerrado donde se materializan las fantasías, Marco Asensio es un artesano de la impresión porque en cada detalle deja la estela de un sueño recién cumplido.