Al
ser humano, por su naturaleza aprensiva, le gusta engañarse con
historias fútiles y excusas

perecederas. El ser humano es débil de
creencias y poco convincente en sus alegaciones; generalmente gusta de
buscar una calle de enmedio donde no existan las verdades ni las
demostraciones porque las teorías, a menudo concertadas en grupo tras
una terapia individual, muchas veces no son más que intentos inútiles de
enfrentarse a la frustración.
Que Messi es el mejor jugador de
su época es una certeza que solamente los necios se han negado a
reconocer. Que con Messi el Barcelona se ha mantenido como un equipo
superlativo, también. Messi, más allá del gol, es un tipo que desahoga
el juego por talento e inteligencia. Dribla, conduce, pasa y libera a
los centrocampistas de algunas de sus obligaciones generativas. Pero,
más allá de la admiración, queda la sensación. Reducir un resultado a
Messi cuando no has sido capaz de lanzar un disparo entre los tres palos
del contrario es ponerse una viga en el ojo mientras intentas
desajustar, en vano, la aguja en el ojo del rival.
El partido lo
decidió Messi, como ha hecho con tantos otros. A estas alturas es
demasiado inútil obviar que concederle al Barça una falta cerca de la
frontal es poco menos que concederle un penalti. Pero, más allá de ese
pie privilegiado que le otorgó la providencia, el Barça coció el partido
a su antojo y lo ganó por fútbol y, sobre todo, por convicción.
No es este Barça el equipo lleno de virtuosismo que deslumbró en épocas
anteriores. Aferrado al maravilloso ingenio de su pequeño mago, ha
construido un bloque sólido a su alrededor que gusta de controlar el
centro del campo mediante una presión asfixiante y busca el contragolpe
de corto recorrido como arma de destrucción. Ante partidos como el de
ayer, en los que el rival se agazapa en busca de fortuna a sesenta
metros del área contraria, su mejor arma es la paciencia porque, más
allá de Messi, cuenta con varios futbolistas capaces de desarbolar con
la combinación.
Rakitic, Coutinho, Roberto, e incluso Busquets e
Iniesta, no son Xavi, aquel pequeño maestro de ceremonias que empujaba
al equipo rival hacia su zona de suicidio a base de paredes y
triangulaciones; pero tienen la suficiente capacidad de asociación como
para hacerte saber que si quieres vivir en tu área frente a ellos, tu
única fórmula, más allá de la suerte, es la de mantener una
concentración tan perfecta que te impida cometer un solo error durante
todo el partido. Si lo analizamos bien, el Atlético, solamente cometió
un error grave y fue el conceder una falta frontal a Messi en una jugada
que requería otro tipo de defensa. Vista la gravedad del error, a
posteriori, queda patente que el Atleti no solamente defendió a la
perfección sino que él mismo se dio la espalda a la fortuna pues no tuvo
hambre de liga en ningún momento del encuentro.
El ataque de
amor propio en el segundo periodo no sirvió sino para maquillar, de cara
al exterior, esa horrenda primera parte en la que ni tuvieron el balón
y, lo que es más grave, no dieron sensación alguna de querer tenerlo.
Vale que el Barça sea el mejor equipo del campeonato, que jugase en casa
y que se mostrase voraz durante la primera media hora de juego, pero
durante los últimos años hemos visto a equipos poner contra las cuerdas a
los azulgrana gracias a ese vocablo que, en algunas ocasiones le va
viniendo pequeño al Atlético del Cholo desde que rindió todas sus penas
en la tanda de penaltis de Milán: ambición. Y es que sin ambición, sin
hambre, sin fe y sin juego, es imposible aspirar a una liga que, durante
días, nos la han vendido como plausible. Y lo peor de todo es que
muchos, vistos los mimbres, nos lo habíamos creído.