jueves, 17 de mayo de 2018

La confirmación

El arranque de la segunda parte fue esplendoroso, digno de los equipos grandes de verdad. El Atleti, que durante media hora había vivido encerrado en su área y achicando balones, encontró el gol antes que el juego y encontró la paciencia ante la impericia de su rival. Cuando acabó el primer acto abogué por un mejor fútbol y el equipo respondió como debía hacerlo. Adelantó la presión, aumentó la intensidad y creyó en el juego. Fruto de ello llegó un segundo gol repleto de detalles y culminado con maestría. Un robo con salida de cara; Gabi, que en cada final se deja el alma jugó con Koke y Koke tiró de pared para avanzar hacia tres cuartos; el pase interior fue parecido al que Payet dio en el inicio del partido sólo que Griezmann pensó más y mejor que Germain. Aguantó a Mandanda, tiró de amague y picó el balón como los maestros. Era el gol que reafirmaba a un equipo y consagraba, por fin, a un futbolista de un talento inconmensurable. Un jugador de una pieza que entiende el juego de tres cuartos con el manual grabado en la mente. Trabaja, cree y puede. Griezmann ha entendido el cholismo y el Atlético disfruta de un jugador de época.


miércoles, 16 de mayo de 2018

La línea de meta

Cuando uno ha saboreado el fracaso, cuando conoce el sabor de la hiel, cuando la sangre ha manchado la comisura de sus labios; cuando uno sabe que la derrota es el peor enemigo de la tranquilidad, sabe que la línea de meta, más que un objetivo, es un sueño plausible.

El Atleti se ha vuelto a reencontrar consigo mismo. En la que será su quinta final europea en una misma década, ha aprendido a mirar hacia adelante sin miedo a mirar atrás; porque atrás están las más dolorosas derrotas, las noches más tormentosas. Jugar una final es una esquirla en la memoria, perderla es una china en el pie; cada paso, cada mirada, cada recuerdo, están manchados de aquel gol en el último minuto o aquel penalti al palo de tu gladiador más fiel.

El miedo al fracaso bordea el instinto de cada uno de nosotros, pero no es menos cierto que las grandes empresas están dibujadas para los tipos más valientes. El favoritismo, ese maldito arma que, en su doble filo, amenaza el cuello del equipo en su empresa más preceptiva, puede ser la soga que estrangule las verdaderas opciones mentales del grupo. Ayer avisó Simeone: "Cuando llegas a una final, es importante tener humildad". Esa es la palabra. Humildad, respeto y valor y, a raíz de ahí, pensar, una vez más, en los miles de aficionados que han gastado su dinero en un viaje y una pasión y en los millones que, desde nuestras casas, volveremos a dejar sin voz a nuestras gargantas.

viernes, 11 de mayo de 2018

Pleno de confianza

Cuando un delantero está pleno de confianza lo remata todo, lo intenta todo, le sale todo. Un delantero pleno es un delantero feliz y un delantero feliz es la imagen de un equipo que cree en la victoria. Para los equipos menores, un delantero en racha es poco más que una póliza de seguros. Un seguro de vida porque para ellos, el gol, ese caramelo tan preciado que, normalmente habita en el paladar de los poderosos, no es sino el sinónimo de una salvación que cuesta demasiado esfuerzo.

La temporada 1999-2000 de Salva Ballesta fue poco menos que sublime. El Racing, entrenado por el paraguayo Benítez, fue un equipo irregular en sus resultados, pero brillante en sus chispazos. Aquel fue el año de la presentación de Munitis en la élite y fue el año en el que Salva se consolidó como un goleador de raza. Lo cierto es que Ballesta jamás volvió a repetir aquellos números y, aunque hizo carrera como delantero decente en la primera división española, nadie podrá olvidar jamás aquellos veintisiete goles que, en la temporada de la liga del Dépor, en la temporada del descenso de Betis, Atleti y Sevilla, le coronaron como el máximo goleador de la categoría.


jueves, 10 de mayo de 2018

Entreguerras

Su presentación en sociedad fue tan descarada que poco tardaron los tabloides en convertirlo en carne de suceso. Había nacido un tipo que les iba a dar mucho que hablar. Su aspecto era atractivo; pelo largo, rostro juvenil, mirada descarada. Y, además, sobre el césped se desempeñaba con todo el arrojo que se le solicitaba al centrocampista británico de la época; despliegue físico, fútbol directo, pierna fuerte y llegada al área.

Ray Wilkins siempre se desempeñó en periodos de entreguerras. Llegó al primer equipo del Chelsea con dieciséis años y a los dieciocho ya era capitán. Obligado por la jerarquía y por la necesidad de crecimiento, fichó por el Manchester United. Allí permaneció tres años y ganó una FA Cup. Era un United en reconstrucción, un United en continua crisis de identidad. Su capacidad competitiva le llevó a Italia. Aquel Calcio de los noventa era un fútbol más táctico que físico, más conservador que dinámico. Supo establecerse, porque el tipo sabía entregar el alma en cada partido, pero se marchó un paso antes de que el equipo se convirtiese en leyenda. Siempre al borde del éxito, marchó al París Saint Germain y, harto de peregrinar por el continente, regresó a su isla para convertirse en santo y seña del Glasgow Rangers.

La vida del trotamundos es la vida del aventurero. Fiel a un estilo y capacitado para el esfuerzo, no le cayó un sólo anillo a la hora de batirse el cobre contra los más fieros. No triunfó en lo más alto, quizá no fue un tipo establecido en la élite, pero todos sabían que allí existía un tipo por el que querer matar. Fue internacional absoluto durante ochenta y cuatro ocasiones y portó el brazaleta de capitán en una camiseta que, durante demasiado tiempo, ha estado buscando una identidad perdida. No renación Inglaterra con él, pero tampoco se levantó tras su marcha. Tipos con su espíritu han convertido el fútbol en un juego donde pasarlo bien es necesario, pero ganar es cuestión de necesidades.

Su corazón dijo basta hace poco más de un mes. Alcohólico y olvidado por muchos, aún sigue presente en el latido firme de miles de aficionados. El Chelsea le educó y el resto del mundo le admiró. Más allá del éxito, existe el compromiso. Más allá del detalle, existe el recuerdo.

miércoles, 9 de mayo de 2018

The Best

Saltaba al campo con la camiseta por fuera del pantalón, las medias casi caídas y un cierto aire de displicencia. El día que jugó en Northampton, se tomó el partido tan en serio como solía hacerlo porque sabía que, tras el pitido final, ganasen o perdiesen, le esperarían un par de pintas, media botella de whisky irlandés y una mujer de bandera dispuesta a compartir su cama.

El fútbol le resultaba sencillo porque le salía natural. Para él, consistía en alcanzar el área, encontrar el momento oportuno e intentar meter la pelota en la portería contraria. Aquella tarde el campo estaba embarrado, el balón daba saltos y nadie podía correr. Pero él flotaba. Anotó seis goles como quien sale pasear al parque; sin esfuerzo, sin alardes, sin mancharse el pantalón blanco más allá de lo prescindible. 

Así fue George Best durante cuatro o cinco años. Hasta que el alcohol dominó su cuerpo y las mujeres dominaron su mente. Lo que los hinchas del Manchester United no olvidan, es que fueron, probablemente, los cuatro o cinco años más maravillosos de su historia.

martes, 8 de mayo de 2018

La hidra

Es difícil ganar como gana la Juve. Hay equipos que, en ciertas competiciones, tienen asumido un
carácter ganador que les permite vivir dos pasos por delante de sus contrincantes. Bien por acción, bien por omisión, terminan imponiendo su puño de hierro y su vara de medir. Las sirenas, tan sibilinas siempre con las promesas, terminan siempre cantando en el oído ajeno y son ellos, los poderosos, los que siguen allí, dedo en alto y pecho erguido. Una vez más, campeones.

Quien no conozca a la Juventus terminaría totalmente sorprendido tras el desenlace de su partido ante el Inter de Milan. Quienes ya sabemos como maneja este equipo los momentos clave y como se desenvuelve en la suerte, sabíamos que aquellos úlitmos goles solamente eran cuestión de estadística. Nadie ha ganado más partidos en los últimos minutos, nadie ha dominado el Calcio como ellos en diferentes etapas.

La séptima liga consecutiva no hace sino alabar el trabajo de un equipo que hace poco más de una década peleaba, mano con mano, contra el destino y las vicisitudes. Apeado de la gloria por un entramado corrupto, fue obligado a curtirse el cuero en la Serie B y supo que, para volver, debía hacerse más fuerte. Su política de fichajes le permitió hacerse con tipos como Pogba, Vidal o Morata a los que supo vender a precio de oro para seguir creciendo a precio de plata. Un incio agarrado a tipos talentosos y comprometidos como Quagliarella o Pepe y cuyo terreno abonó con los veteranos Pirlo y Tevez. Crecer para seguir creciendo.

La Juve de hoy, quizá menos talentosa, pero más rica y, sobre todo, más competitiva, es el reflejo de un trabajo bien hecho y una paciencia bien expresada. Uno mira el horizonte y solamente ve dudas en sus rivales. Ni el mejor Nápoles en décadas ha podido destruirle. Y el resto, con mucho talento pero poca regularidad, han tendio que ver como la hidra de las siete cabezas se los ha ido comiendo por el camino. Y esta hidra tiene ganas de seguir creciendo, y no parece existir nadie capaz de ponerle un cascabel.

lunes, 7 de mayo de 2018

Necesidad de empatar


A menudo nos dejamos deslumbrar tanto por los flashes que acabamos ciegos por la emoción. Nos
cuesta tanto ejercer la coherencia que no dudamos en lanzarnos a la piscina de la opinión desnaturalizada; vemos algo, lo queremos y, si nos gusta, lo situamos por encima del bien y del mal.

Cuando Oliver Torres apareció en escena hace varios veranos en el europeo que España le ganó a Grecia en la exhibición ofensiva de Jesé, Deulofeu y Alcácer, la prensa, tan dada a la comparación cuando el verano no ofrece mucha tela que cortar, se precipitó a bautizar al chico como el nuevo Xavi. Las comparaciones, tan odiosas en la mayoría de las ocasiones, tiene implícito el peligro de etiquetar a alguien como algo que, ni es, ni jamás será.

Oliver Torres no es Xavi Hernández. Ni lo es, ni lo será. Tiene muchos cocidos por comer, muchos partidos que empatar y muchos pases de gol por emplastar. A pesar de ello, a muchos les bastó tres detalles en tres partidos intrascendentes para proclamar al chico como el adalid del fútbol moderno.

Se escucharon voces que pidieron un lugar para Oliver en la selección española, otros dijeron que había hecho olvidar a Arda cuando el turco se marchó a Barcelona y algunos, los más osados, comentaron que sería el faro del equipo durante la próxima década. No había lugar a dudas de que el chaval tenía unas condiciones futbolísticas extraordinarias, pero más allá de la promesa, la realidad es que Oliver no había jugado más de tres partidos como titular en el Atlético de Madrid.

La paciencia es una incómoda enemiga para un mundo que vive a mil por hora. A muchos futbolistas, por no aportar goles ni carreras deslumbrantes, se les pide el doble que a otros que no aportan ni la mitad. Resulta imposible olvidar casos como los de Xavi y Pirlo, probablemente los dos mejores centrocampistas de lo que va de siglo y que, sin embargo, hubieron de enfrentarse a la impaciencia y a la feroz crítica que los situó en el disparadero de la duda. No fue hasta su madurez cuando pudieron demostrar que el fútbol, más allá de las piernas, vive en la cabeza porque correr detrás de una pelota es de atletas, pero conseguir que quien corra sea el contrario es de buenos futbolistas.

A Guti, por ejemplo, nunca le dejaron demostrar su verdadera valía porque nunca recibía alabanzas en la victoria y, sin embargo, sobre él caían todos los puñales tras la derrota. Iniesta, por su parte, no fue titular indiscutible en el Barcelona hasta los veinticuatro años y, aunque llevaba desde los dieciocho en el primer equipo, tuvo que esperar a que tipos como Edmilson, Van Bommel o Deco se marchasen para ocupar un lugar en la historia del fútbol. Ahí tenemos también el caso de Cesc, obligado siempre a correr de más para no ser tenido de menos, o el de Thiago Alcántara al que los mismos que alababan a Xavi e Iniesta le instaron a marcharse lejos porque no le veían condiciones para navegar en un buque tan lujoso.

Vienen a colación los ejemplos para tener en cuenta que lo que hoy son asombros, mañana no tardarán en tornarse en críticas, seguramente injustas. Para manejar un timón se necesita madurez, pausa e inteligencia. Y, sobre todo, entender el juego por encima de las contraindicaciones. Muchos le pedirán un regate, otros le achacaran su falta de ambición de cara a puerta y serán más los que le echen en cara, tras una derrota, que no haya ido al choque contra los centrocampistas rivales. Para crecer, Oliver, que aún sigue buscando su lugar en el mundo, necesita mucho tiempo y, para admirarle, todos debemos saber perdonarle los errores. Si tanto él como nosotros sabemos esperar el momento, el chaval se convertirá en un buen futbolista, aunque ya no sea el futbolista que todos deseamos. De no ser así, será otro viejo juguete en el desván de los trastos rotos. El juguete que muchos aficionados de hoy ya se piden para reyes sin saber exactamente cómo va a funcionar.

viernes, 4 de mayo de 2018

La primera gran noche del Metropolitano

Para ser el mejor hay que querer ser el mejor. Para doblegar al mundo hay que mostrar una voluntad
de hierro, una fe inquebrantable y una pasión desmedida. Para ser leyenda hay que forjar noches de asombro. Para ser realidad hay que tomarse la vida con la seriedad que requiere en cada lance.

El Atleti del Cholo puede ser feo en ocasiones, desesperante otras tantas, eficaz como pocos, brillante en la ejecución, sólido en la marca y puñetero en el choque. Se le puede afear cierta dureza, se le puede reprochar cierta indolencia ofensiva, se le puede tildar de rocoso, pero el Atlético es un bloque de hierro, un grupo salvaje que compite contra el mundo con un cuchillo en los dientes y un látigo enrollado en la cintura. Un aventurero intrépido que descubre su Atlántida particular después de picar piedra y tragar polvo.

El polvo del Arsenal se difumina en cuanto Ozil apura su última gota de aire. Sujetado por el fino estilista alemán, los ingleses quisieron acuciar la portería de Oblak con una serie de rápidas combinaciones. Era la táctica del fino estilista. Jabs de izquierda, directos de derecha y esperar que el rival, poco a poco, se fuese aculando contra las cuerdas y terminase por sucumbir a la lógica. Olvidó el Arsenal que, enfrente, tenía al mayor fajador del mundo. Un equipo que aguanta embestidas y sigue en pie para propiar su particular derechazo.

Cuando se acabó Ozil, se acabó el Arsenal. El Atlético comenzó a presionar más arriba y Mustafi y Chambers, sustituto del lesionado Koscielny, sintieron en sus piernas la presión a la que les conducía su cabeza. Se desconectó el centro del campo y se resintieron los laterales. Y cuando el Atleti vive cinco minutos cerca del área rival, casi siempre termina castigando el hígado. Koke y Griezmann chutaron cerca del palo y, poco antes del descanso, un balón largo de Oblak se convirtió en un mal despeje que dejó el balón en los pies del siete rojiblanco. El principito encontró a Costa y el hispano brasileño aguantó la embestida de Bellerín para batir a Ospina a media altura. Quedaba medio partido y la misión parecía cumplida.

La segunda parte no fue sino la demostración de una impotencia y la exhibición de un defensor imponente. El Arsenal buscó el área con centros laterales y Godín, emperador en plaza, se dedicó a despejar todos y cada uno de los balones cruzados. Fue un acto de lenta agonía para el equipo inglés, porque en estas vicisitudes, cuando se huele la sangre, es cuando el Atlético se convierte en el más cruel depredador. No es un equipo virtuoso que arranque ovaciones con contragolpes de infarto, pero es un equipo que maneja los tiempos como pocos saben hacerlo. Agarrado al espíritu de Gabi y con un Griezmann que, una vez más, dio una lección desde la media punta, Costa se sintió un depredador libre y jugó al gato y al ratón con la defensa gunner.

Cada balón largo, cada robo en medio campo, cada salida desde atrás, encontraba el pecho rocoso de Costa y los pies de seda de Griezmann. Entre ellos casi fabrican un gol de fantasía y entre los dos consiguieron desquiciar a un Wilshere que aún sigue buscando sombras en el Metropolitano. La ausencia de un mediocentro con personalidad ha matado al Arsenal en los últimos años. Es un equipo de chispazos, de alguna luz entre la sombra y de algún gol para la posteridad, pero es un equipo sin patrón y, sobre todo, sin plan. Un triste final para un entrenador que, durante años, fue precursor de una de las más gloriosas eras de la Premier League.

Con la entrada de Mkhitaryan y la salida de Costa, el Atlético se aculó en tablas y se convirtió en ese equipo de bloque bajo que hace de la fiabilidad su manera de vivir. No hubo más partido porque el Atlético se empeñó en que no lo hubiese. Ospina sacó una mano a Torres algo menos meritoria que la que Oblak le había sacado a Xhaka minutos antes. Fue uno de los pocos méritos del Arsenal y debieron de interpretar aquel disparo como una manera de decirle al mundo que allí seguía estando, aunque inédito, el mejor portero del mundo.

Dijo Saúl, tras el choque, que al Metropolitano aún le falta la magia que tenía el Calderón. No es cuestión de mirar hacia atrás sino hacia adelante. Aquel fue un templo de sonrisas y lágrimas que acogió a nuestros corazones durante medio siglo. Este, por más que nos empeñemos en destacar su frialdad, debe ser el templo que acoja nuestras epopeyas durante las próximas décadas. No se trata de comparar, se trata de escribir la historia. Y para convertir este nuevo estadio en una catedral, nada mejor que noches épicas como la de ayer. Porque la leyenda no se dibuja con recuerdos, sino con deseos.

jueves, 3 de mayo de 2018

Aferrarse a los mejores

La duda es el peor enemigo al que puede enfrentarse un equipo de fútbol. Cuando se ve estigmatizado por la disyuntiva es cuando comienza a caer en la precipitación, en la disfunción y en la catástrofe colectiva. Un equipo que duda es un equipo que no conoce hacia dónde va.

Resulta difícil intentar virar el rumbo cuando te has adecuado a unos mecanismos concretos. Cuando las circunstancias obligan a cambiar es cuando se encuentran los verdaderos equipos, aquellos que son capaces de adaptarse a las trampas y vicisitudes de la competición.

El Barça se ha acostumbrado tanto a Messi que resultaba imperceptible una alineación sin él. El efecto que produce Messi en cada partido se mide por partida doble; por un lado, el grado de confianza que insufla a sus propios compañeros y por otro lado el poder de intimidación que tiene sobre el equipo rival. Sin Messi en el campo el Barça es otro Barça porque sus compañeros saben que no contarán con la piedra filosofal y porque los rivales saben que, en principio, se han librado de un par de potenciales goles en contra.

El caso del Atlético es mucho más esquemático. La marcha de Diego Costa supuso para el equipo como un torpedo en la línea de flotación de un submarino. El brasileño era un jugador sin apenas impacto en el juego de elaboración, pero el equipo se acostumbró tanto a sus mecanismos en ataque que se encasilló en un estilo que, mientras le fue bien, fue alabado más por mérito que por belleza. Desde que se marchó Costa el equipo no encontró un patrón porque no encontró un delantero de sus características. La solución más efectiva para su trauma pasó por un cambio de estilo. Ello pasaría por un cambio de sistema y un cambio en la forma de jugar. El problema es que el equipo se diseñó muy bien en la parte defensiva y medianamente bien en la ofensiva, pero muy mal en la parte central. El equipo que jugaba a robar y enviar la pelota al solucionador dejó de encontrar el robo y la solución. Sus delanteros, en especial Griezmann, reclamaba más protagonismo, pero el único caudillo en el equipo, Tiago, apenas aguantaba una hora y era obligatoria su dosificación. Con Gabi en cuesta abajo y Koke en pleno debate sobre su transformación, la plantilla miró hacia atrás y no encontró el eslabón que tenía, antaño, en Arda Turan.

Ambos equipos, calificados como favoritos a principio de temporada, debieron adaptar su mecanismo a las circunstancias y despejar sus dudas ante la adversidad. Uno por obligación económica y el otro por obligación moral. La expectativa fue tan alta que resultó imposible no tener en cuenta la ilusión colectiva. Y en su búsqueda del grial hubieron de enfrentarse un Real Madrid que, aparte de ser favorito a todo fue encontrando, poco a poco, el estilo y los conceptos que hubieron de situarle en lo más alto de la cima. Si le han ganado batallas ha sido más por la constancia que por la brillantez. El Barça, que aún deslumbra en ratos de apoteosis, se ha convertido en un equipo más pragmático que secular y el Atlético, que sigue brillando mientras compite, se ha reencontrado con su particular piedra filosofal. La diferencia es la connotación y en el brillo surge la certeza. El Atlético puede dar miedo con Costa pero no sabe ganar si no empuja. Al Barça, sin embargo, le sigue bastando con quince detalles de su mejor jugador para postularse como único favorito al título. Más allá de los sueños viven las realidades. Para ser el mejor, nada más resolutivo que aferrarse a los mejores.