jueves, 29 de abril de 2021

Agonía y descuento

Ahora que vemos al Chelsea buscando de nuevo su sitio en la élite, ahora que viene rebotado de sus propios fracasos y sus innumerables intentos por reconstruirse, ahora que le vemos jugar bien y aspirar al trono, echamos la vista atrás y recordamos aquella temporada tan tenebrosa en la que, como en esta, prescindió de su entrenador a mitad de temporada para terminar, contra pronóstico, levantando la copa de todas las copas.

El día ocho de marzo de 2012, el West Bromwich asaltaba Stamford Bridge, se llevaba el partido y, de paso, se llevó por delante la efímera etapa de André Vilas-Boas como entrenador blue. El portugués, que había llegado con la vitola de ser el nuevo Mourinho tuvo que ver como el reto se le quedaba grande y, perdido en su propias dudas, terminaba por ser cesado después de que el equipo no encontrase el juego y la identidad. El Chelsea iba quinto y Abramovich le dio las riendas a Roberto Di Matteo, entonces segundo entrenador y, hasta hacía unos años, timón en guía del equipo, y con cierta ascendencia dentro del vestuario.

Como el equipo estaba roto anímicamente y físicamente no estaba lo totalmente entero como para repartir los esfuerzos, el italiano jugó sus bazas a la Champions y, si terminó saliendo ganador del envite fue más por las vicisitudes encontradas en momentos puntuales que por el mero juego desplegado. El equipo terminó sexto en liga, lo que para un equipo, como el Chelsea, que contaba los veranos por fortunas invertidas, era poco más que un fracaso. Pero todos los reveses, en fútbol, cuentan con la oportunidad de ser redimidos, y aquel Chelsea se redimió de la manera más espectacular.

El comienzo de la competición no fue malo. De los primeros tres partidos se ganaron dos con siete goles a favor y tan sólo uno en contra. Sin embargo, en la cuarta jornada empató a uno contra el Genk de un jovencísimo Kevin De Bruyne, a quien terminará fichando en invierno, y se complicó la clasificación después de perder en Leverkusen por dos goles a cero. En aquel momento, y debido a los malos resultados en la competición liguera, la cabeza de Vilas Boas ya pendía de un hilo. O se ganaba al Valencia o se quedaba fuera en fase de grupos. El equipo sacó más orgullo que fútbol y terminó venciendo por tres goles a cero. Match ball salvado.

Pero la auténtica agonía estaba aún por llegar. La despedida a la competición bien podría haber llegado en Nápoles. Allí, ante la borrachera de juego y goles de Lavezzi y Cavani, el Chelsea aguantó de pie gracias a un solitario gol de Mata y se llevó a Londres un preocupante dolor de cabeza y la obligación de remontar un tres a uno si se quería llegar vivo a los cuartos de final. El milagro estuvo a punto de no producirse ya que un gol de Inler estuvo a punto de darle la eliminatoria a los italianos, pero un penalti transformado por Lampard llevó el partido a la prórroga y fue allí cuando comenzó el idilio entre el Chelsea y los minutos de descuento.

En cuartos, Raúl Meireles ajustició al Benfica en el minuto noventa y dos del partido de vuelta. La eliminatoria ya estaba ganada, pero había que cogerle el gusto a los minutos de descuento porque iban a resultar decisivos. Por ello, cuando el Barça de Guardiola llegó a Stamford Bridge para pelear por su lugar en la final de la Champions, el Chelsea puso el modo roca y se dedicó a esperar su oportunidad. En un festival ofensivo del Barça en la primera parte con un disparo al larguero, un balón salvado bajo palos por Cole y tres buenas paradas de Cesc, el Chelsea encontró su oportunidad en el minuto cuarenta y siete. Drogba aprovechó un balón dentro del área y el Chelsea se marchaba al descanso aprovechando su ocasión. La segunda parte, a pesar del asedio, aguantó de pie y se llevó un uno a cero a Barcelona que, como todos sabemos le terminaría valiendo.

Porque lo que sucedió en Barcelona es una mezcla entre milagro y un ejercicio de resistencia sin igual. El Chelsea, con dos a cero abajo y con un hombre menos durante casi una hora, terminó empatando el partido a dos con dos goles, como no, en los minutos de descuento de cada una de las partes. Terminado el primer tiempo, un balón al espacio fue aprovechado por Ramires para picar la pelota por encima de Valdés con mucha maestría, y cuando el Barça, que incluso había fallado un penalti, estaba completamente volcado sobre el área del Chelsea, Torres bajó un despeje para plantarse solo ante el meta azulgrana y batirle después de un perfecto regate. Era el minuto noventa y dos. El Chelsea estaba en la final. Aún quedaba rizar el rizo.

Y es que la final era, ni más ni menos que en Munich y contra el Bayern. Tocaba ganar a lo grande. Y vaya si se hizo. De la manera más inverosímil posible. Un Chelsea diezmado por las bajas de Terry, Ivanovic, Ramires y Meireles, se presentó en cuadro y se dedicó a defender su área durante noventa minutos. El Bayern encontró el gol en el ochenta y tres y cuando el partido se iba a su fin y la copa se quedaba en Munich apareció la cabeza de Didier Drogba para darle al gato su séptima vida.

En la prórroga el Bayern falló ocasiones, falló un penalti y perdió los nervios. Parecía imposible hacerle un gol al sexto clasificado de la liga inglesa. Gatitos indefensos en la Premier y fieros leones en la Champions, competían como animales mientras la parte roja de la grada se echaba las manos a la cabeza y comenzaba a temerse lo peor.

Y lo peor llegó en la tanda de penaltis. No fue fácil, claro. Nunca lo fue, pero de nuevo las circunstancias y los momentos puntuales jugaron a favor del Bayern. Empezó fallando el Chelsea, porque aquella película de suspense no iba a ser de Óscar si el protagonista empezase resolviendo el caso desde el principio. Así que el Bayern anotó los tres siguientes y se quedó a las puertas del campeonato, pero entonces falló Olic y marcó Cole, y falló Schweinsteiger y marcó Drogba, y el Chelsea fue campeón, y lo que parecía una temporada horrible terminó en doblete, porque el equipo, despojado de complejos, le había ganado la final de la FA Cup al Liverpool diez días antes, y mientras los hinchas gozaban y los jugadores abrazaban muy fuerte al mejor jugador de su historia, en los ojos de Didier Drogba se reflejaba el sufrimiento de lo que había costado llegar allí. Una final perdida, en 2008, una oportunidad perdida en los pies de Iniesta, dos años de hombros caídos y una docena de momentos puntuales abrazados a los tiempos de descuento. Porque muchas veces los campeones necesitan el talento, otras necesitan el esfuerzo y, casi siempre, unas más que otras, necesitan siempre de esa dosis de suerte que convierta en placer los momentos de agonía.

jueves, 22 de abril de 2021

Pobres hombres ricos (Por José Sámano)

El sainete de la Superliga VIP ha concluido con una victoria inesperada, al menos para los oligarcas del faraónico proyecto. El pueblo ha ganado por goleada. Al menos en Inglaterra, donde los aficionados —mucho más que clientes y súbditos, como les presuponen los megalómanos del tinglado— han prendido la rebelión definitiva, la onda expansiva que ha mandado al garete a quienes por unas horas se creyeron la jet set del fútbol. Una victoria popular incontestable: por muy ricos que ustedes sean, el fútbol es nuestro, de nuestros antepasados y futuras generaciones, hinchas anclados década tras década por un sentimiento de naturaleza casi tribal. Un lazo perpetuo con el club de toda la vida, con el equipo bandera de tal o cual ciudad, de tal o cual país. Miren ustedes, no nos importa el dueño mientras el juego sea nuestro. Rectificaron en la Premier y no hubo adhesión de la Bundesliga y la francesa Ligue 1. Finalmente, Europa cerró el paso a la ensoñación de Florentino Pérez y Andrea Agnelli, a los que el apabullante eco interior del Real Madrid y la Juventus no les sirvió como locomotora fuera de sus fronteras. Mientras, el Barça agazapado a la espera de cualquier chute financiero que le permita quitar telarañas de la caja.


Antes lo entendieron políticos como Boris Johnson y Emmanuel Macron, con más sentido demoscópico que aquellos que pretendían autoproclamarse únicos y exclusivos dueños del cotarro. Presidentes, jeques e inversores que no comprenden que pueden adueñarse de un club, pero no comprar el fútbol. Bien lo saben exjugadores como Karl-Heinz Rummenigge o Uli Hoeness, rectores del Bayern opuestos desde el principio a convertir el fútbol en una autarquía. O Pep Guardiola, contrario a esa idea ultracapitalista de obviar la esencia vertebradora y transversal de un juego basado en la meritocracia. Un motor de emociones sin parangón, ya sea en un barrio periférico o en una distinguida capital. El fútbol no se juega en Wall Street o en la sala de juntas de JP Morgan.


El error de cálculo de ese reducto de dignatarios del poder financiero ha sido mayúsculo. En primer lugar, por creer que el dinero les hace invulnerables. Solo con la chequera por delante se lanzaron a decretar un proyecto que no estaba del todo atado. Ni mucho menos, a la vista está. Con muchas, muchas razones de fondo, a los ideólogos del reseteo de la Copa de Europa les faltó un dictado transparente, conciso y persuasivo. Y, por supuesto, no elitista. Sobran argumentos para poner en jaque a la UEFA y la FIFA, más predispuestas como entidades de recaudación de lo ajeno que de compenetrarse con los clubes que sostienen su andamiaje. A los que más de una vez torpedean con calendarios imposibles o trabas comerciales impositivas con un único beneficio propio.


Es hora de que los clubes, todos, tengan más voz y voto. Si la UEFA no afloja su cerco a los primeros actores de esta industria, que ella gestione su Eurocopa y los clubes su Champions. Ocurrió en su día con las federaciones. Ya fueran LaLiga, la Bundesliga o la Premier, el fútbol entendió que había llegado el momento de la autogestión patronal en detrimento de los entes federativos. Pero esta vez no se trataba de independizarse de forma unánime de la UEFA para alumbrar una liga profesional europea. Los poderosos 12 disidentes pretendieron cerrar la mesa de una partida de póker, solo con algunas caritativas invitaciones a capricho. Hubiera bastado con presentar un plan ecuménico para pobres, ricos y clase media. Un fútbol de todos mejor para todos.


No cabe apelar a las “ruinas” económicas. Resulta paradójico que quienes inflaron el mercado galáctico como nadie, que quienes camuflan su condición de clubes-estado o quienes han agrandado hasta el infinito la caja fuerte de los intermediarios pretendan ahora aliviar la tesorería a costa de dejar en la cuneta a los que no creen de su divina condición. Con el pueblo, sea del Brighton, del Crotone o del Eibar, no se negocia. Se puede dar la espalda a toda UEFA de este mundo, pero no a las gradas. Y ya es chocante que las protestas más airadas fueran de los fans del Chelsea y el Liverpool, dos de las entidades aceptadas en esa Superliga del frac.


Tras el desaguisado es fácil distinguir el latido de estos días en las entrañas de Stamford Bridge, Anfield: nada de fútbol entendieron esos pobres hombres ricos goleados por el pueblo.



Publicado en "El País".

jueves, 8 de abril de 2021

Imparable

La evolución de los jugadores se presenta en varias etapas donde la concreción juega un papel importante y la paciencia, más que nada, juega un papel relevante. Uno empieza siendo promesa, continúa siendo un jugador a tener en cuenta, más tarde es un tipo importante y, cuando ha alcanzado la cúspide de su rendimiento, se convierte directamente en indispensable. Porque no hay más razón que el talento y no hay más condición que el físico privilegiado, para saberse dueño de una élite y saber aprovechar el momento comiéndote el mundo a zarpazos.

Es fácil comprobar cuando un jugador está en el mejor momento de su vida. Es fácil adivinar ese brillo en sus ojos, ese hambre en su rictus, esa sonrisa de disfrute en cada definición, ese grito de rabia en cada celebración. Cuando un tipo está en su cúspide pueden ocurrir dos cosas: que se trate de un jugador sencillo y se le alabe el esfuerzo o que se trate de un jugador capital y termine las jornadas subido en el altar de los venerados.

Romelu Lukaku asomó la cabeza por vez primera en el fútbol profesional cuando apenas tenía dieciséis años. La primera vez que nos fijamos en él fue el día que el Athletic se enfrentó al Anderlecht en eliminatoria de dieciseisavos de final de la Europa League. Entonces tenía diecisiete y tardó cuatro minutos en anotar un gol. Los expertos en el análisis de jóvenes promesas nos anticipaban un futbolistas rápido, voraz y con un buen juego de espaldas. Lo que vimos aquel día fue a un niño gigante y flacucho que intentaba imponer su potencia ante los curtidos San José y Amorebieta.

Su viaje a la Premier fue tan esperado como precipitado. Apenas tenía veinte años y se veía obligado a competir con el mismísimo Didier Drogba como delantero del Chelsea. Vistas las hechuras y comprobadas las costuras, el chico fue cedido dos veces, una al West Bromwich y otra al Everton, pero entre las idas, las venidas y las nostalgias, el chico no llegó a cuajar como blue. Por ello fichó por el United y, a pesar de mejorar su rendimiento, se encontró en un equipo de entreguerras que no sabía si ir o venir, y mientras todos buscaban su lugar, Antonio Conte fichó por el Inter y su primera petición fue el delantero belga que el United había puesto en el mercado. Lo que nadie sabía entonces es que lo mejor estaba por venir.

Lukaku ataca los espacios con la verocidad de la pantera, se lleva por delante a los defensores como una manada de bisontes y se impone por arriba como un águila imperial. Chuta con el alma, rompiendo la pelota y ganándose a sí mismo en un duelo constante por ser cada día mejor. En Milan ha encontrado su hábitat; un equpo que juega a mil por hora y un entrenador que cree ciegamente en sus facultades. No en vano, el equipo, como una moto, va directo a conquistar su decimonovena liga y, sobre todo, a cortar de raiz la racha de la Juventus más ganadora de la historia del Calcio. Y todo ello subido a lomos del tipo que, un domingo tras otro, abre la lata y machaca a todos sus rivales.


martes, 23 de marzo de 2021

La ansiedad, el crucero y el tapado

La competición conlleva una motivación que implica un pinzamiento en el nervio motivador; todos, absolutamente todos, quieren llegar lo más alto posible. Los hay fuertes, débiles, altos, bajos, preparados e incluso tipos de vida disoluta que prefieren el hedonismo a la práctica, pero el punto común que les une es que, puestos a competir, todos lucharán por alcanzar su mejor posición.

Uno de los obstáculos habituales a sortear cuando te ves en lo más alto de la clasificación es la ansiedad. Cuando la inercia es positiva y te empuja hacia arriba con la facilidad del talento, te crees subido a la nube de la proyección. Por aquí bien y por aquí, también. Cuando ganas jugando bien, regular e incluso mal, llega el momento en el que el optimismo es compañero de viaje y la confianza es alimento regular. Por ello, cuando uno cree haber alcanzado la cima, es conveniente no llegar a confiarse y, sobre todo, no mirar hacia abajo porque puede sobrevenir el vértigo.

Cuando el Atleti afrontó su doble duelo contra el Levante tenía ocho puntos de ventaja y dos partidos atrasados pendientes por jugar. Mereció ganar en el Ciutat de Valencia y empató. Mereció ganar en el Metropolitano y perdió. Así son los designios del fútbol. Puedes estar picando piedra durante media temporada y en apenas cinco días toda la confianza se te va por el desagüe. Cuando sobreviene el vértigo primero desaparece la confianza, luego el gol y después del fútbol, y es entonces cuando llega la ansiedad. El Atleti necesita ganar esta liga porque, de lo contrario, se vería abocado a un escarnio histórico; nadie, jamás, había desaprovechado una ventaja similar. Por tanto, instigado por la obligación y atenazado por la ansiedad, empieza a jugar sus partidos en un alambre demasiado peligroso. Ayer le salvó Oblak, pero quedan diez jornadas y si sigue jugando con esa histeria probablemente no haya milagro que le salve.

El caso contrario ocurre cuando un equipo viene de perderlo todo y ya sólo puede empezar a ganar. Durante el primer tercio de la temporada, el Barcelona parecía un equipo roto, sin costuras, sin agallas, sin fútbol, en un patético estado de descomposición. La transición se adivinaba difícil y el futuro se veía demasiado borroso. Institucionalmente el club era un caos y, pendiente de que un nuevo presidente tomara las riendas, sin gobierno ninguno el equipo de fútbol parecía contagiado por la apatía institucional. El cero a tres que le endosó la Juventus fue el pozo del fondo y, aunque cuando el Paris Saint Germain cazó su particular botín del Camp Nou, el equipo parecía muerto, lo cierto es que llevaba semanas con la sensación de que algo en él había resucitado.

Agarrado al sempiterno fútbol de Messi, el Barcelona empezó a encontrar el gol, después el fútbol y,por último, la confianza. Y todo ello gracias al trabajo de un entrenador que entendió, por fin, que un equipo no puede ser preso de un esquema por simple tradición sino que es el esquema quien tiene que adaptarse a la plantilla. Con el tres, cinco, dos, los centrales juegan más seguros y ganan confianza y número para corregirse, los laterales ganan en su punto fuerte, la proyección ofensiva y sus carencias defensivas están protegidas por las coberturas de los de atrás, Busquets se siente más arropado, De Jong ha ganado vuelo y Pedri puede conducir y pasar con más tranquilidad. Y, sobre todo, Messi vuelve a ser el tipo por el que pasa todo. Ha perdido velocidad, regate, capacidad de definición e incluso tono físico, pero tiene tanto fútbol y es tan bueno que tres quintos de su mejor versión son suficientes para aupar al Barcelona a lo más alto y aspirar, ahora mismo más que nadie, a conquistar una liga que parece no querer tener dueño. El Barça ha cogido velocidad de crucero, quizá suficiente para alcanzar, rebasar y terminar ganando.

Y luego está el tercer eslabón. Porque ocurre muy a menudo que, cuando dos gallos se pelean por ser los dueños del corral, siempre aparece un tercero que les come el pienso y se queda con las gallinas. El tapado, casi siempre, juega con la comodidad de no verse bajo la lupa y no de no sentirse dueño de los casilleros de las casas de apuestas. Cuando todos dicen que la liga será un mano a mano entre el desquiciado Atlético y el inspirado Barça, el Madrid sonríe por lo bajini porque en peores se las ha visto. Y es que la fuerza del Madrid reside en su propia idiosincrasia. Gana por presencia, por el escudo, porque sabe conjurarse y porque, cuando los retos se ponen complicados, él se frota las manos porque le va la marcha más que a ninguno. 

El Madrid ha recuperado jugadores, gol y confianza. Y sobre todo ha recuperado esa solidaridad que le convirtió, durante una década, en el equipo referencia de Europa. No puede jugar a ritmos altos porque la edad de su plantilla no soporta el ida y vuelta, pero como antídoto, tiene a los dos mejores centrocampistas del mundo, capaces de dormir el partido a su antojo, poner cadencia, relativizar el tiempo y, sobre todo, dominarlo todo. Con ellos dos gobernando, Casemiro barriéndolo todo y Benzema en modo Dios, el Madrid, que tiene el calendario más sencillo de los tres de arriba y ha sido beneficiado con un sorteo benévolo en Champions, está en disposición de asaltar la banca y sorprender a los gallos del corral robándoles el pienso y quedándose con todas las gallinas.


viernes, 12 de marzo de 2021

Demolition Man

En 1993 Hollywood estrenó una de esas películas megalómanas con reparto llamativo en las que el argumento es algo totalmente secundario comparado con la capacidad de sus protagonistas para lucir músculo. Demolition man cuenta la historia de dos tipos criogenizados que, al despertar siglos después, vuelven a enfrentarse con el fin de evitar que corra más sangre.

Aunque la película, por su baja calidad, no dejó ningún poso, el título quedó en el aire con el objeto de poder calificar a ciertos individuos capaces de demostrar una alta competencia en algunos frentes. De esta manera, cuando empezó a asomar con la camiseta del Blackburn Rovers un chico rubio que le pegaba a la pelota con la fiereza de un cañón, la gente se precipitó para ponerle aquel sobrenombre.

Demolition man era un jugador de movimientos sencillos y definiciones abrumadoras. No le gustaba demasiado participar en la jugada, él la seguía con la mirada, buscaba el espacio y, cuando encontraba el momento, soltaba la pierna para marcar un nuevo gol. Así se convirtió en el máximo goleador de la Premier League, así se convirtió en el ídolo máximo de un país que se postraba ante él en cada torneo importante esperando que hiciese relucir el brillo de los tres leones. Y aunque anotó treinta goles con Inglaterra, no logró disolver la maldición que persigue a la selección desde tiempos inmemoriales, siempre más encima de la expectativa que de la realidad.

Alan Shearer fue un tipo íntegro, enamorado del Newcastle y goleador de oficio que llevó al Blackburn al mayor logro de su historia. Aquel año mágico, pegado a la bota mágica de Chris Sutton, anotó treinta y cuatro goles y llevó a su equipo a ganar la Premier por encima del Manchester United de Alex Ferguson. Aquel fue un triunfo efímero, porque el Blackburn no volvió a rozar la gloria, pero los que lo vivieron saben, igual que los que se lo contaron, que aquel tipo fue el mejor goleador que pisó Ewood Park y el mejor goleador que pisó los estadios de la era Premier.

lunes, 8 de marzo de 2021

Bon Scott

Los años ochenta fueron duros. A la cada vez más pronunciada caída del Atleti se fue sumando un auge indiscutible del Real Madrid. Para aquellos niños que soñábamos en rojiblanco y que habíamos de acudir a la escuela después de una nueva derrota y habíamos de soportar aquellos pavoneos tan irritables, las temporadas se iban convirtiendo en suplicios cada vez mayores. La situación se agravó cuando nuestro ídolo, el acróbata mexicano, decidió dejarnos huérfanos de gol para marcharse a jugar con el máximo rival sin ni siquiera dar las gracias por tanto.

Aquel punto de inflexión fue el comienzo de un terrible calvario para todos aquellos que debíamos volver a clase el lunes con el corazón pintando en rojiblanco. Cuando los equipos vascos dejaron de ganar ligas y el Madrid conjuntó un grupo de inolvidables canteranos apuntalado por los mejores jugadores de España, la inercia se vistió de blanco y los campeonatos empezaron a teñirse de un solo color. Sólo los tropiezos de aquel magnífico equipo en Europa nos servían como bálsamo para poder ir a clase con cierta sonrisa de consuelo pintada en el rostro y el nombre de Mathaus, Van Breukelen o Van Basten en nuestras conversaciones.

Aquel equipo era la filarmónica de Viena; cuando se ponían a interpretar, todo sonaba a música celestial. Combinaciones, paredes, filtraciones, regates, remates y goles, muchos goles. Futbolísticamente eran casi inabordables porque, cuando les querías marcar un gol, ellos ya te habían hecho tres. Jugaban con el órdago constante y convertían los partidos cerrados en asedios concienzudos y los partidos de ida y vuelta en un festival de goles. Por ello, ya que no les ibas a ganar ¿Por qué no convertir sus perfectas sintonías en un inesperado concierto de rock and roll?

El siete de noviembre de 1987, el reluciente primer proyecto de Jesús Gil se puso de largo en un embarrado Santiago Bernabéu. Las peleas por la supremacía en la capital habían sido históricas a lo largo de la década, pero si una cosa estaba quedando clara es que la trayectoria del Madrid era tan ascendiente como descendiente era la del Atlético. Uno aspiraba a tocar el cielo y el otro había coqueteado con su peor infierno. Por ello, aquella memorable noche de noviembre, sobre el barro del Bernabéu, y ante los cien mil espectadores que esperaban una nueva sinfonía de su coral conjunto blanco, apareció el mismo Bon Scott desde los infiernos para poner patas arriba los pronósticos y los corazones rojiblancos.

La carrera de Paulo Futre bien se puede compilar en un vídeo al ritmo de los acordes de AC/DC. Aquella manera suya de rocanrolear, tirando amagos sin cesar, jugando en el límite, corriendo y frenando con el ímpetu de los supervivientes y siempre tirando de zurda hasta en las situaciones más inverosímiles, se ha quedado grabada para siempre en el imaginario colectivo de una generación que vivimos anegados a una derrota y que crecimos agarrados a una ilusión.

Aquel Atleti no ganó mucho, la verdad, pero aquel tipo se ganó el respeto y la idolatría de toda la hinchada. En aquellos campos embarrados de la época, se lanzaba el balón hacia adelante como un suicida, se dedicaba a driblar hacia adentro como un osado y se revolcaba en el lodo como una gacela herida. Y sus muecas, sus gestos y sus sonrisas eran las nuestras porque puestos a no ganar, para qué coño queríamos ser la filarmónica de Viena si teníamos al puto Bon Scott.

lunes, 1 de marzo de 2021

Potencial

En la primera definición de la RAE, se describe potencial como que "tiene o encierra en sí potencia". Cuando nosotros alegamos al potencial de alguien, por tanto, estamos expresando la capacidad de esa persona para romper los pronósticos y dar la razón a la confianza, porque nadie sin potencial es mirado con lupa y nadie sin la capacidad suficiente para romper barreras es analizado desde el entusiasmo antes que desde la duda.

Iñaki Williams ya lleva siete temporadas en la élite y, de alguna manera, parece que aún no se ha quitado la vitola de promesa a pesar de estar camino de los veintisiete años. Quizá, el problema de la irregularidad, su mayor punto de crítica, sea debido al mareo al que ha sido sometido por los diversos entrenadores a la poca competitividad que ha mostrado el Athletic durante las últimas temporadas, pero, más allá de los vaivenes y las promesas incumplidas, siempre se habían adivinado en Williams las características de los grandes atletas del área: potencia, habilidad y capacidad para salir de problemas gracias a sus condiciones.

Durante unas temporadas con más sombras que luces, Williams no ha terminado de golpear la puerta de la selección porque su hueco ha sido cerrado con tipos de mayor concreción en el remate y mejor asociación en el juego. Porque Williams, gracias a su velocidad y potencia, necesita del espacio para vivir y de la transición rápida para autoalimentarse. Es por eso que, tras años de espera acostado en una banda y tras años de paciencia buscando su lugar en el mundo, este Athletic de hoy, a medio camino entre dos finales y recuperado para la causa por Marcelino, ha convertido en Williams en su punta de lanza en su nuevo camino de regreso a la gloria. Porque el potencial no sólo es una promesa pendiente de cumplir sino que debe ser una amenaza constante pendiente de hacerse carne; el balón, el espacio, la carrera y el gol. El galgo necesita su liebre y Williams necesita correr para convertirse en el delantero que todos creímos que llegaría a ser.

miércoles, 24 de febrero de 2021

La crítica

Es necesario labrarse un currículum para poder conseguir un estatus. La grandeza es incompatible con la mediocridad porque ante los retos mayúsculos se esperan las respuestas adecuadas y ante los compromisos serios se necesitan planteamientos adecuados. Cuando uno hace carrera a base de hacer un máster en guerra de guerrillas y de graduarse cum laude en el cuerpo a cuerpo, lo lógico es que, cuando quiera seguir luchando, siga contando con las armas adecuadas, porque si pretendes seguir fajándote con un cuchillo mientras tus rivales tienen espadas, lo lógico es que termines ahogado en cualquier orilla, preguntándote por tus errores y buscando reinventarte cuando ya no existe el remedio.

El Atlético de 2014 es irrepetible. Por jugadores, por condición, por compromiso, por ambición, por encaje de piezas. Aquel equipo hacía de la batalla su hábitat natural y ganaba por desgaste antes que por degüello. En bloque bajo era una roca y en ataque contaba con un animal en su mejor estado de forma. Cualquier intento de repetir aquello fue diluyéndose con el tiempo a pesar de salir vivos en Munich del partido más dramático de su historia reciente.

Cuando el Atleti fichó a Suárez, Simeone dejó un mensaje claro en rueda de prensa: "Nuestra intención es acercar la pelota al área contraria para aprovechar sus facultades". Y así lo hizo el Atleti durante los primeros meses de la competición. A pesar de algún revolcón como en Munich o en Madrid, lo cierto es que el Atleti, aún con sus ratos de repliegue, se había empezado a caracterizar por ser un equipo más ambicioso y, en algunos momentos, incluso más vertical. Entonces ¿Porque regresar al pasado en el partido más notorio de la temporada?

Son muchos los que han alabado a Simeone en el pasado por sus férreos planteamientos en partidos importantes. Todos los que se tiran al suelo para besarle los pies son los mismos que olvidan que ese mismo planteamiento naufragó dos veces en el Bernabéu y otra en Turín, porque para regular la valía de un tipo es necesario regular la crítica en torno a su figura. Simeone es tan extremo en sus planes que no deja gente indiferente a su alrededor, por ello, cuando se le ataca, en muchas ocasiones se cree atacada su trayectoria cuando realmente ha sido el mejor entrenador en la historia del club.

Porque no hace mucho, antes de Simeone, el Atlético naufragaba por un mar de dudas y ni siquiera podía soñar con disputar la Champions. Hoy, con ocho ediciones consecutivas jugadas, más que nunca en su anterior historia, se puede decir que el Atleti ha crecido exponencialmente a las exigencias impuestas por Simeone, pero no pasa nada por decir que ayer que equivocó en el planteamiento. No por la coyuntura en sí, sino porque hoy no tiene jugadores para jugar como lo hacía en 2014. Hay que aceptar la crítica como es, cuando gusta, pero también cuando duele.

jueves, 18 de febrero de 2021

Inmortal

"Jugar en un grande es un reto, jugar contra los grandes y poder ganarles es un reto todavía mayor". Con esta declaración de intenciones, Matt Le Tissier desgranó su filosofía de vida. Porque él era un tipo de gestas, de público en pie, de cosquilleo en las manos deseosas de aplauso y vacío en la garganta previo a un "ooooooooh" que recorría cada rincón de la ciudad de Southampton. Porque cada vez que ingeniaba una maravilla, la gente cercana a The Dell, sabía que el ídolo de todos los sotonians había vuelto a hacer feliz a mucha gente.

Hay quien dijo que Le Tissier jamás pagará un café en Southampton. Esa es la base de la teoría de la inmortalidad, porque tú puedes ir al club más exitoso del mundo, llenar tu palmarés de copas y peregrinar de un lado a otro saciando tu sed con el único objetivo de convertirte en leyenda del deporte. Pero hay tipos que entienden el fútbol como la vida y allí, donde la mirada la gana a la patada y el corazón le gana al sudor, los títulos no se cuentan con los dedos sino co las sonrisas. Le Tissier hizo feliz a mucha gente en Southampton y por ello, pese a no tener copas en su historial, siempre será inmortal en un lugar donde el fútbol es un pedazo de religión pagana.

Porque a nadie le llaman Dios sin ningún motivo. Le God hacía milagros en The Dell cada quince días, un ritual mundano con tintes de maravilla precedido de las cervezas de rigor, los abrazos previos y la locura colectiva. Porque cada domingo de fútbol, Southampton se vestía de fiesta para ver jugar a su Dios particular. Porque cada vez que Le Tissier vestía su smoking, inventaba bailes de salón tan difíciles de imitar que terminaron convirtiéndose en ecos de una leyenda. Y si no, miren lo que le hizo al Newcastle una sombría tarde de otoño de 1993. Pasen y vean.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Horror vacui

Existe un irremediable miedo al vació implícito en la condición humana. Miedo a sentirse sólo, miedo a ser olvidado, miedo a no cumplir las expectativas e incluso un miedo voraz cuando estás en lo alto de la cima porque, ante las expectativas siempre hay que ofrecer una respuesta y de esta penderá siempre, de un hilo, la consecuencia que bien nos vista de seda victoriosa o de espinas trufadas de fracaso. Porque ganar parece sencillo si cuentas con talento, condición física y ambición, pero ser el mejor depende, además, de que la cabeza viaje al lugar de los deseos y no se deje influir por ese miedo al vacío tan férreo que siempre suele asolarnos en los momentos más decisivos.

Gestionar ese miedo, derivado de la presión, tanto interna como interna, es también patrimonio inmaterial de los equipos campeones, porque cuando los perseguidores, los únicos que no tienen nada que perder, huelen la sangre, normalmente no son capaces de soltar a su presa. Por ello, ahora que el Atlético se ha dejado dos puntos después de nueve victorias consecutivas y ha visto de reojo al lobo ganando lo presente y lo atrasado, ha de saber que los factores externos van a estar en su contra por lo que no debe dejarse devorar por los factores internos derivados del miedo al vacío si quiere seguir sumando de tres en tres y zanjar los debates de sobremesa.

Porque ahora el Atleti no tiene más enemigo que sí mismo. Cierto es que juega contra los dos equipos más poderosos el mundo y que centrarán, pase lo que pase, un gran porcentaje de la atención mediática, pero para evitar que esta le afecte, deberá seguir sus preceptos y predicar los mandamientos del Cholismo; no consuman, fé, esfuerzo y partido a partido. Porque sólo así se superan las crisis y sólo así se consigue seguir escalando sin necesidad de mirar hacia abajo con las consecuencias que pueden derivar del vértigo. Porque abajo está el vacío y el vacío, por activa, por pasiva, por circunstancia propia o por derivación ajena, da mucho, mucho miedo.