Los equipos pequeños tienen sueños pequeños, pero sus logros, aunque sean menores, son más recordados que otros, porque en las limitaciones de su capacidad, reside el mérito de quien encuentra un premio cuando sólo busca sobrevivir en una jungla llena de fieras. Hay equipos sin títulos, pero con mucha historia, porque la historia no la escriben sólo las copas, sino que lo hacen los futbolistas que hacen felices a miles de personas. Esa sonrisa, ese aplauso, esa manera de ganarse un puesto como leyenda en el imaginario colectivo, es un premio tan grande como un título, porque las copas son muestras de salón, pero los momentos perviven para siempre en la memoria.
El Elche jugó su partido más memorable una calurosa tarde de abril de 1966. Aquel día el equipo no se jugaba un título a nivel individual, pero el público llenó Altabix para lograr empujar en su primer gran título colectivo. Uno de sus jugadores, Vavá, necesitaba un gol para proclamarse vencedor del trofeo Pichichi. Lo que puede parecer un logro menor, era, para un ciudad humilde en términos futbolísticos, todo un hito. En una liga en la que los grandes lo devoran todo, dejar un pequeño bocado para un equipo como el Elche, era todo un manjar suculento.
Vavá era un chico de pueblo, que jugaba con el alma y le pegaba con el corazón. Un delantero de corte antiguo que se desinteresaba de la elaboración de la jugada y buscaba el espacio para ir con todo y buscar el gol sin contemplaciones. Cuando llega aquella última jornada de liga, ante el Valencia, Vavá lleva dieciocho goles, los mismos que Luis Aragonés, del Atlético. Quien marque más goles aquel último día, se alzará con el Pichichi. El Elche se jugaba la gloria y el Atleti se jugaba la liga. Objetivos distintos, logros memorables.
Cuando Suco adelantó al Valencia mediada la primera parte, el entrenador, Heriberto Herrera, frunció el gesto y supo que aquello sólo lo podía salvar su goleador. Los equipos no se jugaban nada, pero él sí. Porque Vavá llevaba mucho tiempo jugándose algo con el objetivo de ser futbolista. Destacó en el Béjar industrial cuando, con sólo dieciocho años, llevó al equipo a jugar por el ascenso a Segunda División. Y destacó más tarde, en el Deportivo Ilicitano, cuando logró que el filial del Elche ascendiera a Tercera. Había dado un paso atrás, sí, pero era para tomar carrerilla, porque cuando el Elche vendió a todos su goleadores y se vio sin dinero para fichar a alguien de garantías, al entrenador Otto Bumbel se le ocurrió subir al delantero del filial y aquella decisión cambiaría el rumbo del club.
Porque el Elche, con Vavá, llegó a jugar una final de Copa. Y es que, claro, era un gran Elche. Allí estaban, también, Asensi, Llompart, Serena y Lezcano. Grandes peloteros capaces de hacer vibrar a la ciudad como nadie ha vuelto a hacerlo desde entonces. Perdieron aquella final, pero ganaron un puñado de ídolos. Tras aquella derrota ante el Athletic de un joven Javier Clemente, quien decidió la final con una bonita jugada, la ciudad se descubrió ante un equipo irrepetible y ante un delantero que no paraba de tirar desmarques y peleaba cada pelota como si fuese la última.
Y es que Vavá entendía el fútbol así, como un ejercicio de supervivencia. Y aunque aquel partido contra el Valencia no estuviese saliendo de cara, él siguió peleando cada pelota hasta aquella famosa jugada de Romero en las postrimerías del partido. Pero antes Lezcano ya había perdonado dos goles y antes aún, el propio Vavá había intentado, sin suerte, rematar de manera lejana. Porque lo suyo era un ejercicio constante de fe. Ya lo había demostrado en aquella primera pretemporada con el primer equipo en el que se ganó la titularidad con goles, premio que confirmó como merecido el día que debutó en Primera, contra Las Palmas de Tonono, Guedes y Germán y Gilberto, todo un equipazo, marcando el gol de la victoria del Elche. Había nuevo ídolo. Un ídolo que fue más allá y que, cuando Altabix fue derribado, compró un piso en el edificio construído sobre el terreno, para poder morar allí el resto de su vida. Un ídolo que fue el primer jugador en el historia del Elche en vestir la camiseta de la selección española. Un ídolo que, cuando vio que no podía darle más al club, se marchó a La Coruña para decirle adiós a la élite y llorar sus recuerdos lejos del Mediterráneo.
Mientras Romero conducía la pelota y él tiraba su último desmarque, recordó que aquella había sido una temporada extraordinaria. De sus dieciocho goles, siete habían sido ante los diez primeros de la liga. El resto, casi todos, habían valido puntos y los que no, habían dejado el poso de un delantero de verdad. El chico, al que llamaban Vavá, en realidad se llamaba Luciano Sánchez y había recalado en el Deportivo Ilicitano en el verano de 1963. Desde entonces había trabajado, luchado y soñado. Siempre con fe, nunca con miedo. En su primera temporada jugó diecinueve partidos y anotó diez goles. Una cifra nada desdeñable. Y pensaba en cada uno de aquellos goles cuando Romero ganó la línea de fondo y le puso el balón en bandeja. No hacía muchos minutos que, con cero a uno, Pazos le había parado un penalti a Guillot. Aquello había servido de revulsivo para el equipo, volcado ahora en pos de la victoria y con una pelota viajando por el aire para que él pudiese ejecutar su mejor especialidad, el remate de cabeza. Tantos buenos cabezazos que le terminaron sirviendo para ser internacional, para ser pretendido por los grandes, para terminar convirtiéndose, quizá, en el jugador más recordado en la historia del Elche.
Le quedaba un gol para superar a Luis Aragonés, el delantero del Atlético de Madrid, el equipo en el que se fijaba de joven porque allí jugaba un brasileño llamado Vavá y con el que todos le comparaban en su Béjar natal. Porque aquel Vavá, como él, era fuerte, valiente y tenía el gol entre ceja y ceja. Así que el pequeño Luciano pasó a convertirse en Vavá para sus paisanos. Un viajante de calzado de Elche, que pasaba unos días en Béjar por motivos laborales, se pasó por el campo de fútbol para ver jugar a Periquín, antiguo futbolista ilicitano y viejo amigo, cuando quedó impresionado con la capacidad futbolística del chico al que llamaban Vavá. Periquín le dio grandes referencias y el tipo llamó a las puertas de las oficinas del Elche. "El Salamanca le quiere, pero vosotros podéis hacer que juegue en Primera". La historia del clubes está sujeta al poder de las casualidades y a los caprichos del destino.
Desde entonces, y hasta 1971, cuando el Elche descendió a segunda y Vavá se rompió la rodilla, el bejarano disputó casi doscientos partidos y anotó setenta y nueve goles. Aún hoy, es patrimonio del club, de donde no le dejaron salir en su plenitud pese a que vio como otros compañeros, como Asensi o Marcial, hacían las maletas rumbo a Barcelona y él tenía que quedarse en un equipo con cada vez menos aspiraciones. Pero él siguió jugando igual, a por todas y a por el gol. Toda una pesadilla par los defensas que tenían que lidiar con un tipo que no se arrugaba y que nunca caía. Un toro en el área que buscaba el remate en todas las posturas.
Inolvidable fue aquel día en el que le hizo cuatro goles de una tacada al Sporting de Gijón. Altabix coreo su nombre y un joven Quini, que había debutado hacía poco con los asturianos, se fijó en las maneras de aquel tipo, algo rechoncho, pero muy fuerte, que les metía goles casi sin querer. Porque así era él, goleador de oficio más allá de la técnica y la estética. Un delantero que ganaba el espacio, saltaba antes y remataba el primero. Como hizo con aquel centro de Romero que sobrevoló el área del Valencia y cabeceó al fondo de las redes para deleite de un Altabix lleno hasta la bandera. Lico había manejado el partido, Romero había puesto la distinción y le había tocado a Vavá poner el gol. Un gol histórico, un gol de delantero centro puro, el gol que llevaba marcando desde que, con dieciséis años se había enrolado en el equipo de su pueblo. El gol que le convirtió en internacional durante dos ocasiones, el gol que le hizo ser el jugador franquicia en una ciudad que le adoró para siempre, el gol que le convirtió en el primer y único Pichichi en la historia del Elche.
Y es que, para los equipos pequeños, los logros pequeños son títulos mayores. Mucha gente en Elche disfruta de su equipo en Primera, todo un privilegio para un club humilde. Muchos son los que firmarían seguir así, aun con sufrimiento, durante muchas temporadas, porque se las han visto en peores situaciones y en peores momentos. Otros, más mayores, añoran a aquel equipo de los sesenta en el que varios de sus jugadores llegaron a ser figuras en equipos de mayor calado. No lo llegó a ser Vavá porque le convirtieron en símbolo e icono. Lo supo el mismo día en el que le sacaron a hombros de Altabix y le santificaron de por vida. A los transistores llegó la noticia de que el Atlético era campeón de liga pero que Aragonés no había marcado. Todos contentos, unos con su copa y otros con su jugador. Luciano Sánchez García, Vavá para los aficionados, fue el primer Pichichi de la clase baja. Durante muchos años el único. Y para siempre, el jugador más importante en la historia el Elche.
El Milan lo trajo de Brasil y no tardó en mandarlo a Suiza. Este chico no nos vale. De Suiza pasó a Alemania y tras tres temporadas excelsas en Stuttgart, el Bayern lo reclutó para convertirle en estrella. Giovane Elber marcaba goles casi sin querer, como si no le costase trabajo. Jugaba de espaldas como en el salón de su casa y manejaba su hosco cuerpo con una extraña habilidad que le permitía salir siempre en ventaja de los duelos. No era el más fino, ni el más estilista, pero era un jugador enorme con una capacidad enorme para generar peligro en jugadas intrascendentes. Jugó más de doscientos partidos en Alemania y marcó más de ciento treinta goles. Un seguro de vida en aquel Bayern cuyos jugadores daban más miedo que respeto.
El Werder Bremen lo trajo de México cuando ya tenía veinticinco años y el mundo mediático desconocía su presente. Parecía un espectador cualquiera con ínfulas de triunfar en su equipo. Su aspecto era el de un tipo rechoncho que no sería capaz de aguantar una carrera y mucho menos ganarla, pero el aspecto engañaba y sus promesas no eran más que dosis de realidad consumada, poco a poco, con goles y sueños cumplidos. Aquel Werder Bremen de Aílton, Micoud y Valdez, ganó el doblete, un hito harto difícil en la tierra del Bayern Munich, y ganó, sobre todo, el respeto de un continente. Aquel año, el gordito marcó veintiocho goles y se convirtió en el delantero de moda. Tanto que el Schalke pagó una millonada por sacarlo de su casa, pero al otro lado de la cuenca del Ruhr, el brasileño perdió la magia, la alegría y el gol. Aquellos goles de todos los colores eran más verdes que azules y más alegres que austeros cuando fueron marcados a las órdenes del gran Thomas Schaaf.
Hasta los veinticinco años no llegó al Sao Paulo, donde tan sólo permaneció un año. Hasta los veintiséis no llegó a Europa y hasta los veintisiete no llegó a un equipo con ciertas aspiraciones. Lo de Grafite en Wolfsburgo es la historia del patito feo convertido en cisne por obra y gracia de de la inspiración. Aquel tipo, larguirucho y de aspecto descoordinado, de repente empezó a hacer goles como quien traza líneas inconexas sobre un papel en blanco. Fueron cuatro temporadas en Alemania, antes de marcharse a Emiratos Árabes convertido en un ex futbolista. Entonces ya daba igual porque su trabajo estaba hecho y amortizado. Aquella temporada 2008-09 sobrevivirá siempre en el imaginario colectivo como la más tremenda de un futbolista en los últimos años de la Bundesliga.
Tan convencidos habían quedado los equipos alemanes con aquellos fichajes de brasileños random, que decidieron darle una vuelta de tuerca cuando el Hoffenheim decidió fichar a un delantero del Figueirense por su rendimiento en un videojuego. Aquello supuso una nueva forma de dar valor a las secretarías técnicas. El fichaje fue barato, pero era todo un riesgo. El chico se llamaba Roberto Firmino y aquel primer año fue nombrado futbolista revelación de la Bundesliga. Permaneció más de cuatro años en Alemania y ahora deleita en Liverpool con sus características tan peculiares. Es un nueve que no golea en exceso, pero facilita y es un futbolista que desbarata defensas con sus movimientos y genera espacios vacíos donde Mané y Salah saben entrar como cuchillo en mantequilla. La cúspide de la pirámide, la pieza esencial.
Cuando se cae el castillo de naipes y las piezas quedan esparcidas por el suelo, no queda más remedio que tomar dos caminos en nuestro viaje hacia el futuro; o bien nos agachamos para recoger, montar y volver a empezar o bien lo damos todo por perdido y salimos corriendo olvidando que alguna vez fuimos capaces de montar la figura más atractiva de la exposición.
Sucede que existe una máxima cuando has llegado a ser el mejor del mundo; de alguna manera u otra estás obligado a repetir. Porque la exigencia se bifurca en dos direcciones que confluyen en una única parada final, y no es otra que la cima de la pirámide. Por un lado están los tuyos, quienes con la memoria latente y el orgullo intacto, siguen reclamando su porción de éxito partido tras partido. Y por otro lado está uno mismo, pintando la autoexigencia de promesa y la promesa de carácter. Y si algo no le faltó a Italia jamás, fue carácter.
Podemos estar de acuerdo en que esta no es la mejor selección italiana que hemos visto, sin embargo, sobrevive en ella esa suerte de competitividad extrema que la situó en lo más alto del escalafón durante demasiados años como para no dejar de sorprenderse cuando le dijeron adiós al último mundial sin haberse siquiera clasificado. Porque resurgir, como ave fénix, de aquellas cenizas, no sólo tenía un trabajo futbolístico, sino que requería de un trabajo de concienciación destinado a la fe y, sobre todo, a la convicción.
El milagro de Italia reside en su mutación, pero reside, sobre todo, en su reconstrucción. Hace poco más de tres años, quedaban apeados del mundial de Rusia y se veían obligados a ver el campeonato desde el sofá. La noticia, siendo una tetracampeona, sonaba a sorpresa y, sobre todo, a incredulidad. Tocaba volver a construir el casillo, recoger los naipes y hacer creer al mundo y, sobre todo, a los propios futbolistas, de que iban a ser capaces de regresar a lo más alto. Trabajo, fe y constancia. Realmente no quedaba otra.
Suele ocurrir que cuando un campeonato doméstico se devalúa, la selección nacional sale ganando. De aquel Calcio impensable de abordar en Europa, la crisis nos trajo este Scudetto light en el que los equipos son más débiles pero en el que curiosamente, se juega mejor al fútbol. De este caladero de necesidad, surgieron tipos como Spinazzola, Berardi o Chiesa, o tipos como Jorginho, fichado con su perfil bajo y convertido por derecho propio en el amo y señor del centro del campo mundial ganando Champions y Eurocopa en el transcurso de un mes. Gracias a la reconstrucción y a la modernización del juego, Italia ha podido encontrar de nuevo su momento. Se convirtió, desde el primer día, en la selección que todos querían ver, supo esperar su momento ante Austria, canalizó su ansiedad ante Bélgica, supo sufrir ante España y controló a Inglaterra cuando todo un país tifaba en su contra.
Suerte, tensión, aplomo y talento. Poco más necesitan los campeones. Poco más ha necesitado Italia para convertirse en el merecido ganador de una Eurocopa que no ganaba desde el año sesenta y cuatro y para hacer las paces de una vez con el fútbol. Por primera vez en su historia dejó de ser Maquiavelo y se centró en los medios para conseguir el fin. La victoria justificó la espera.
Recién estrenado el año 1924, un grupo de aficionados extremeños, afincados en Almendralejo, decidieron crear un club de fútbol para satisfacer su abstinencia y poder divertirse, al mismo tiempo, los domingos por la mañana. Como la mayoría de ellos eran aficionados al Fútbol Club Barcelona, eligieron para su equipo los colores azul y grana y lo bautizaron como Club de Fútbol Extremadura, ya que la región no tenía un equipo con su nombre representativo.
Durante treinta años, se estuvo curtiendo el lomo en categorías regionales y competiciones locales hasta que en 1952, por fin, consigue el ascenso a la Tercera División, todo un hito en aquella época para un club de orígenes tan humildes. Pero el logro no se queda aquí, ya que el buen trabajo en el campo se plasma con el ascenso a Segunda dos años más tarde. Son siete temporadas históricas las que el equipo se mantiene en la categoría de plata, pero la competencia brutal termina por absorberle y se ve de nuevo en tercera en el año 1961. Durante treinta años, el equipo se mantiene inestable en categoría Preferente con algún ascenso a Tercera pero sin ninguna consolidación.
Se va convirtiendo, poco a poco, en un equipo sin aspiraciones dentro del fútbol extremeño hasta que Pedro Nieto, un empresario de la zona, toma la presidencia del club en 1982. Con su figura, desaparecen todos los puestos intermedios entre el presidente y el entrenador, formando ambos un tándem en el que se acuerdan todos los aspectos deportivos del club. Eso sí, pese a que el equipo logra el ansiado ascenso a Segunda División B en 1990, el presidente, que ha estado ocho temporadas trabajando sin cesar para ver a su equipo en su lugar de correspondencia, no termina de encontrar un capitán apto para su nave. Y es entonces cuando decide fichar a uno de los personajes clave en la historia del Extremadura; Josu Ortuondo.
Ortuondo es un ex jugador del Athletic de Bilbao que terminó su carrera en campos de tierra y saltó al banquillo curtiéndose entre el barro, vestuarios gélidos y tipos de rostro enjuto y ceja junta. Su primera temporada es esperanzadora y Nieto decide seguir confiando en él, confianza que resuelve jugando la promoción de ascenso a Segunda en 1992 quedando a un sólo punto del Lugo, equipo que terminaría jugando en la categoría de plata.
Son cuatro las temporadas que se mantiene Ortuondo en el banquillo de Almendralejo con dos conceptos claros: mentalidad de trabajo y defensa en zona. Con una exigencia mental fuera de los límites, los jugadores van captando los conceptos y el trabajo termina obteniendo sus frutos cuando, en 1994, el equipo consigue el ascenso a Segunda División más de treinta años después. Aquello supone una fiesta para una localidad tan pequeña y todo un pulso a tener en cuenta pues el objetivo no es sólo llegar allí sino lograr consolidarse. El problema es que, con el ascenso conseguido. Ortuondo acepta una oferta del Badajoz donde sólo dura once jornadas y el Extremadura ha de agarrarse al trabajo de tres entrenadores distintos para terminar agarrando la permanencia en el último suspiro.
Como las cosas, cuando funcionan, no deberían de tocarse, Ortuondo regresa a Almendralejo la temporada siguiente y ha de pelear la permanencia con una plantilla corta y carente de recursos. Es un año complicado y marcado por la fe. Tras cuarenta y dos agotadoras jornadas, el equipo acaba quinto y, gracias a una carambola, se gana el derecho a jugar la promoción de ascenso a Primera División. Nadie cree en ello, pero ya que estamos aquí, vamos a jugar. Así que la ilusión es grande y la presión es mínima.
Para poder acceder a la quinta plaza, el Extremadura ha de ganar en Marbella y el Alavés, que juega en Sestao, no debe pasar del empate. Ambas circunstancias se dan. El gran Manuel Mosquera acaudilla al equipo marbellí y los vitorianos empatan a cero con lo que el Extremadura es quinto. Como el Real Madrid B había quedado cuarto y no puede promocionar al ser filial de un equipo de Primera, la plaza es para los extremeños que han de enfrentarse en la promoción contra el decimoséptimo clasificado de la máxima categoría.
El decimoséptimo clasificado es el Albacete que, unos días antes, había visto como el Atlético de Madrid cantaba el alirón a su costa y se hundía en la tabla después de un final de temporada desastroso. Como el año anterior, en el que había sido vapuleado por el Salamanca, se veía obligado a jugar la promoción por la permanencia contra un equipo, a priori, inferior. Pero la experiencia ya era una muesca y este año ya no había colchón institucional, puesto que el año anterior había sido salvado burocráticamente tras los descensos y ascensos en los despachos de Sevilla y Celta.
Antes del primer partido a jugar en Almendralejo, Pedro Nieto es claro: la salvación económica del club pasa por el ascenso. No se sabe si es boutade o un intento de meter presión, lo que está claro es que le mensaje está mandado y los jugadores deben darlo todo. Lo hacen en el partido de ida, ganando por uno a cero con gol de Manuel. Siempre Manuel. Este, como se comprobará más tarde, será el verdadero gol del ascenso, aunque todo el mundo ha mitificado aquel trallazo al ángulo de Tirado en el último segundo del partido de vuelta, pero aquel partido ya estaba terminado y el ascenso ya estaba hecho.
Aún así, no fue un partido fácil. El Albacete, arropado por su público, salió con todo. Y todo hubiese cambiado si el árbitro no hubiese anulado un gol a Luna por fuera de juego. Aquello desestabilizó al Albacete quien jugó con mucho corazón y muy poca cabeza y se estrelló una y otra vez contra la muralla de un Extremadura muy bien ordenado. Bjelica y Manolo ponían el peligro por la banda izquierda y Zalazar buscaba pases imposibles entre líneas. El acoso llegó a los veinte córners a favor del Albacete y a convertir a Amador, portero extremeño, en el héroe de la noche. Toda una agonía hasta que llegó aquella recordada jugada en el último suspiro del partido. Al árbitro ya iba a pitar el final y Verde encara la portería tras aprovecharse de un error en la zaga. Es derribado flagrantemente a dos metros de la frontal. La gente celebra porque pase lo que pase, el partido está acabado. Pero Tirado pone la rúbrica con un tirado que aún perdura en la memoria colectiva de cada vecino de Almendralejo.
El equipo, con mil quinientos socios, y la ciudad, con apenas treinta mil habitantes, se convierten en comidilla y portada en todo el país. En España es todo un hito y en Almendralejo es una locura. Este equipo es una familia, repite Ortuondo. Y la familia se abraza, se felicita y se congratula. Algunos saben que no jugarán en Primera, pero aún así lo han dado todo para que el sueño imposible se haga realidad.
Almendralejo se convierte en el primer municipio relativamente pequeño en tener un equipo en Primera Divisón. Más tarde llegarían el Villarreal (Cincuenta mil habitantes) y Eibar (Veintiocho mil habitantes). Y se convierte, además, en el segundo equipo extremeño en jugar en la máxima categoría después del Mérida, que había ascendido un año antes. Es, pues, el cénit del fútbol extremeño. Sus equipos suben al cielo y la junta se vuelca dando dinero al club para la remodelación del estadio. En pocos meses, el Francisco de la Hera está preparado para recibir a los gigantes. Y el pueblo está preparado para disfrutar del sueño con los ojos bien abiertos.
El campeonato español es bautizado como La Liga de las Estrellas. El Boom televisivo genera una locura y los clubes firman un contrato suculento que, en muchos casos, les terminará llevando a la ruina. Pero es época de vacas gordas y todos quieren un trozo del pastel. El Extremadura no es menos y Pedro Nieto firma un contrato con Antena 3 por ochocientos millones de pesetas. Todos juegan a ser el tío gilito, pero los contratos tienen aristas y muchos de ellos terminarán pinchándose en el dedo y durmiendo el sueño de los justos.
Aún con todo, nada puede evitar que el Extremadura sea la Cenicienta de la liga. Es el equipo con menor presupuesto, con menor experiencia y con menores aspiraciones. Aún con todo, hay que jugarlo. Ahora toca disfrutar, es el mensaje de Ortuondo a la plantilla y al afición, pero disfrutar, lo que se dice disfrutar, se disfruta poco. Los primeros siete partidos se saldan con derrota y tan sólo se acaricia el empate en la jornada seis cuando el Racing, gracias a un gol de Correa en el minuto noventa y uno, se lleva la victoria del Francisco de la Hera. Los primeros siete partidos se saldan con derrota y no se gana el primer partido hasta la jornada nueve; un exiguo dos a uno contra el Zaragoza que sabe a gloria y a historia.
Todo lo que está pasando es lógico, dice Ortuondo. Somos nuevos, no tenemos experiencia y no somos el mejor equipo. Ganarlo todo es para los equipos grandes, nosotros estamos aquí para sobrevivir. Sólo pido, y lo dice con voz clemente, que nos respete más el estamento arbitral. Y es que ya lo dejó claro el presidente Nieto en su primera gran pataleta de la temporada: Estamos en manos de una mafia arbitral. Nada le salía bien al equipo, ni el juego, ni la suerte, ni las decisiones ajenas. Aun así siguió remando y, como pedía Ortuondo una rueda de prensa tras otra, no perdía la fe.
Pero el calvario duró toda una vuelta. Durante aquellos veintiún primeros partidos solamente se obtuvieron tres victorias y el equipo terminó la primera ronda en última posición. Así, pues, sólo quedaba una opción viable; ir hacia arriba. Y a fe que lo hicieron. Durante el invierno, el equipo se refuerza con los argentinos Montoya, Basualdo y Silvani. El chute de energía es colosal y se empiezan a sacar buenos resultados. El equipo, durante algunas jornadas, llega a salir de las zonas de descenso y de repente siente tras de sí el aliento de toda España quien, admirada ante su esfuerzo, convierte al Extremadura en uno de sus equipos predilectos.
Pero, más allá de los argentinos, prevalecen tres futbolistas españoles como auténticos aparatos de locomoción del equipo. Nadie olvida a Pedro José, con su aspecto de trabajador incansable, su oficio estajanovista y su cara marcada por el esfuerzo y la agonía. Nadie olvida a Ito, quien llegó a ser internacional y que, tras jugar en el Extremadura encontró su lugar en el Betis; un centrocampista fino, de buena conducción y pase preciso. Y todos recuerdan a Pineda, el sevillano estilista, el tipo que, como el Guadiana, desaparecía entre la bruma pero que, cuando volvía a aparecer, todos le estaban esperando de pie y con las manos dispuestas para el aplauso.
Y cuando todo parecía destinado a encontrar un final feliz, un paupérrimo rush final terminan condenando al equipo en su regreso hacia el infierno. No ayuda nada la lesión de Duré, el delantero que había entrado en combustión y se pegaba con cada una de las defensas rivales, y no ayuda nada el calendario diseñado para las últimas jornadas, donde ha de visitar a Barcelona, Atlético y Real Madrid en plena pelea por la liga. Aún así, se llega a la última jornada con posibilidades de permanencia y, para ello, hay que ganar al Dépor, uno de los gallos de la liga, en Riazor. Será una empresa difícil pero la gente cree hasta tal punto que se fletan veinticinco autobuses desde Almendralejo llenos de aficionados con destino a La Coruña. El Deportivo no se jugaba nada y, además, la victoria del Extremadura podría condenar al descenso al Celta de Vigo, por lo que los aficionados del Extremadura no se sienten solos; Riazor en bloque anima a los extremeños.
El partido es tenso, feo, disputado, con un equipo al que se le nota la falta de presión y otro equipo al que se le nota el exceso de tensión. Las noticias desde Balaídos no son nada halagüeñas; el Real Madrid, campeón matemático, está perdiendo por goleada dejando al Celta salvado, el Rayo pierde en Vallecas contra el Barcelona, pero la victoria del Celta condena a todos. No hay nada que hacer. Cuando la grada se convierte en un murmullo llega el gol de Begiristain, su último gol en la liga española. Un gol que condena al Extremadura. Un gol que pondrá rúbrica a un partido con muchos nervios pero con poca historia.
El Extremadura queda en el puesto diecinueve de veintidós equipos. Por la posición podría creerse que estaba salvado, pero la necesidad de reajustar la competición de nuevo a veinte equipos, hace que no tengan que bajar dos sino cuatro, por lo que los cuarenta y cuatro puntos obtenidos, que hoy sería un puntuaje de media tabla, termina por condenarle de nuevo a la Segunda División. Fue bonito mientras duró, piensan. Sí, muy duro, pero muy bonito.
La promoción sólo ha quedado a un punto. Una pena, porque de haber empatado el gol de Begiristain, hubiese podido acceder a tener una segunda oportunidad, pero tocará empezar de cero. Ortuondo da un paso al lado y se marcha al Rayo, quien después de haber accedido a la promoción, había perdido en una dura eliminatoria contra el Mallorca y había de emprender, como el Extremadura, el camino de retorno a la élite. Así, pues, toca contratar a un nuevo técnico y tras una reunión entre Pedro Nieto y Vicente del Bosque, responsable deportivo de las categorías inferiores del Real Madrid, este le convence de apostar por Rafa Benítez.
Benítez, que había tenido un comienzo prometedor como técnico del Real Madrid B, había visto como su carrera, lejos de la casa blanca, comenzaba a estancarse después de dos cortas y traumáticas experiencias como responsable de los banquillos de Valladolid y Osasuna. No obstante, Nieto decide hacer caso a Del Bosque y contrata al entrenador madrileño con el objetivo de consolidarse en Segunda y, por qué no, buscar de nuevo el ascenso a la élite. Se puede decir que Almendralejo fue el trampolín de lanzamiento de Rafa Benítez. Hoy todo el mundo conoce su trayectoria, sus títulos en Valencia y Liverpool, su carrera por los mejores banquillos del mundo, su caché internacional. Pero entonces, Almendralejo era un pueblo, el Extremadura un equipo de Segunda y Benítez un tipo que aspiraba a altas cotas. La exigencia es buena y cumplirla da una satisfacción enorme. La temporada es excelente y se rubrica el ascenso en la penúltima jornada después de ganar en Orense por cero goles a uno. La segunda posición en la tabla es un regalo y los aficionados vuelven a frotarse los ojos. Ya estamos de nuevo aquí.
Si hay un nombre en mayúsculas para aquel segundo ascenso no es otro que el de Igor Gluscevic. Igual que había ocurrido con Manuel Mosquera en la temporada del anterior ascenso, Gluscevic había anotado goles de todos los colores y casi todos ellos con bálsamo decisivo. Gracias a él y al trabajo incansable de un equipo donde Pedro José seguía siendo ídolo y pieza clave, el equipo volvía a Primera donde tendría que volver a remar si quería, esta vez, consolidarse como un equipo de élite.
Y no se hizo del todo mal. En la penúltima jornada estaba salvado y dependía de sí mismo para salvarse. Ganando al Villarreal, la continuidad en Primera estaba garantizada, si no lo hacía y el Alavés no ganaba a la Real Sociedad, estaba salvado. Pero se dieron todas las peores circunstancias. Extremadura y Villarreal, que también se jugaba la vida, empataron a dos y el Alavés se llevó el derbi vasco en un partido marcado por la polémica y las acusaciones a los jugadores de la Real de no dar de sí todo lo que debían.
Así pues, el Extremadura ha de jugarse las lentejas en una dura eliminatoria de promoción contra el Rayo Vallecano donde ya no estaba Josu Ortuondo. Los resultados son catastróficos. El Rayo, que con Juande Ramos ha encontrado la perfecta velocidad de crucero, gana los dos partidos; dos a cero en Vallecas y cero a dos en Almendralejo. Incontestable. Una vez más, el sueño no ha durado más de un año, pero esta vez la situación es más dramática, ya que las inversiones no han generado el fruto esperado y el club encuentra deudas en sus cuentas bancarias y telarañas en su caja fuerte. Se ha dilapidado el contrato televisivo y hay que hacer cábalas para intentar mantenerse con cierta estabilidad en la categoría de plata.
La primera decisión, tras el adiós de Benítez, el volver a contratar a Josu Ortuondo. Estamos de nuevo en tus manos, Josu. Pero Ortuondo ya no es el mismo y, sobre todo, la plantilla ha perdido mucha calidad. En los tres años que dura su última etapa en el club, el equipo va de más a menos. En su primera temporada, después de establecerse en puestos de ascenso durante toda la temporada, se desfonda en el tramo final y solamente saca un punto de los últimos quince. Toca esperar. Pero la octava posición final de aquel año es empeorada al año siguiente cuando se termina en el puesto undécimo. Al menos nos queda el fortín de casa, piensan algunos. Porque el equipo ha fallado fuera pero al menos se ha mostrado sólido en el Francisco de la Hera, cosa que también deja de hacer en la temporada 2001/02.
No hay mucho más de donde sacar, Ortuondo es destituido, el equipo no encuentra el rumbo y, pesea a que llegan fichajes tan mediáticos para la delantera como Kiko o Pier, estos no son más que una sombra de lo que fueron y el equipo pierde tanto en casa como fuera donde sólo es capaz de ganar un partido en toda la temporada. El descenso a Segunda B, de nuevo al limbo de los olvidados, se confirma en la penúltima jornada. Ha sido un año para olvidar, pero han sido unos años para recordar. Cómo no hacerlo.
Los cuarenta y tres puntos finales invitan a creer que hay margen de mejora, que se puede volver, pero los pensamientos si no van acompañados de trabajo, talento y suerte, suelen convertirse en sueños imposibles. Tras varias temporadas mediocres en Segunda División B, el Extremadura desciende a Tercera en 2007. Es el principio del fin. No queda orgullo, ni ilusión, tan solo el halo de un bello recuerdo fundido diez años atrás. Una inyección de capital local evita la desaparición del equipo. Pedro Nieto intenta regresar, pero segundas partes nunca son buenas y el pozo no termina de tener fondo. En 2008, el equipo se salva de bajar a Preferente, lo que hubiese sido estocada letal, gracias a un gol en el último segundo del útlimo partido. Esos son los milagros cotidianos a los que ha de acostumbrarse, milagros de perfil bajo. Dos año más tarde Pedro Nieto dice basta y esta vez sí, se desciende a Preferente. La caída no se puede sujetar y el equipo firma su acta de desaparición. Ya no existe el Club de Fútbol Extremadura, en su lugar se ha creado el Extremadura Unión Deportiva que ocupa su plaza y hereda sus colores azul y grana. Es otro equipo, es otra historia, pero todos viven del mismo recuerdo.
Las declaraciones de Van der Vaart han dejado al descubierto las miserias de todos aquellos tipos que recelan del mundo cuando no es el club de sus amores quien predomina en el énfasis informativo. Porque para ellos, la Eurocopa no existe aún estando España en juego y necesitan predominar ante el escenario haciéndonos saber que la Francia de Benzema y la Croacia de Modric son tan suyas como de cualquier ciudadano nacido más allá de los Pirineos.
Bastó una respuesta enconada de Koke para que los más míseros de la opinión se lanzaran a emitir una comparativa tan absurda como innecesaria. Porque Van der Vaart pudo haber sido un jugador técnico, con un buen golpeo de pelota y con ciertas habilidades para la conducción, pero la capacidad organizativa de Koke no la tuvo en toda su carrera. Y es que en este país gusta mucho desprestigiar a muchos futbolistas por el mero hecho de no haber vestido nunca esa camiseta blanca que parece que exime de todo pecado. Las mofas con Koke vienen de antiguo, pero el capitán del Atleti, que habla poco fuera del campo, ha demostrado sobre el césped que es un jugador con mayúsculas, y el que no quiera verlo o está ciego o no se lo quiere perder.
Lo cierto es que muchos de estos que se llenan la boca con el españolismo, estarán deseando que su selección termine siendo eliminada para poder recriminarle al seleccionador que no haya convocado a ningún jugador de su equipo e, incluso, lo que es peor, desearán que Francia, Croacia o Alemania nos eliminen porque siempre pondrán a sus futbolistas por encima de su país, porque ellos no conciben ganar si no es con los suyos, porque ellos no conciben la derrota aún sin jugar con los suyos.
Así que nos queda un panorama muy divertido con un seleccionador en el disparadero, odiado por la central lechera desde hace tiempo y con un equipo tocado sin gol y sin la dosis justa de ambición como para creerse capaces de ganar este campeonato. Y yo, que suelo remar contra corriente en lo que a los análisis y sentencias de la opinión pública se refiere, me pongo del lado de Luis Enrique porque, como dicen el dicho, algo tendrá el agua cuando la bendicen. Algo tendrá para que los dueños del circo le maldigan.
Que somos un país de quijotes ya quedó claro desde que Cervantes retrató nuestra locura patria en las desvergüenzas de un pueblo que se reía de un pobre diablo. Porque aquí, la fuerza no reside en el grupo sino que se utiliza al grupo para medir las fuerzas y se utiliza la multitud para huir de la cobardía y dejarnos llevar por esa sorna tan sonrojante que nos delata como animosos ventajistas en lugar de como cuerdos analistas.
Empujados por la corriente de opinión nos apuntamos a las modas y nos aprovechamos de la inercia para jugar al pim pam pum con quien sea, porque aquí no hay más leña que la que arde pero a nosotros nos gusta hacer fuego con la madera ajena. Y claro, basta que el ínclito seleccionador haya cometido el pecado capital de no convocar a ningún futbolista del equipo que domina el espectro de opinión del país para que todas las miradas se hayan tornado en su contra y todas las palabras sean aguijones contra su espalda. Lo que no espera es que el tipo, con el lomo curtido y con más valor que intenciones, va a seguir jugando al suicido y se va a pasar por el forro todas las corrientes de opinión porque aquí él es el que manda y nadie le va marcar su hoja de ruta.
España no va a ganar la Eurocopa. Lo siento por el spoiler, pero no lo digo por el simple ejercicio de ser agorero sino porque, haciendo un sincero ejercicio de análisis, no tenemos los mimbres suficientes como para dar de nuevo este golpe en la mesa. Pero más allá del resultado, no se le puede negar a Luis Enrique el esfuerzo colectivo del grupo, las ganas por intentarlo y, sí, durante muchas fases de los partidos, las intenciones por jugar un fútbol bonito y de ataque. El problema es que falta contundencia atrás, carácter en el medio y puntería arriba, y sin los conceptos básicos de los equipos campeones resulta muy difícil salir campeón, algo que lo más seguro no ocurra y que, seguramente, tampoco hubiese ocurrido con jugadores del Madrid en la convocatoria.
No nos dejemos engañar; Ramos está convaleciente, Nacho ha hecho un temporadón pero no sube el nivel defensivo tantos puntos como para poder añorarle y Asensio e Isco, jugadores sobre los que hace tres años se podría haber formado un proyecto ganador, soy hoy sólo sombras de lo que aspiraron a ser. Luis Enrique no ha actuado con el corazón sino que lo ha hecho con la cabeza por más palos que quieran atizar en su espalda y por más desprecios que vaya acumulando con la suma de los resultados. Y es que tanto lo acontecido más allá del estadio como lo hecho en el mismo recinto nos refleja más como sociedad que como país, porque le damos al seleccionador por el antojo de una corriente de opinión y le damos a nuestro delantero por el antojo de una corriente de maldad. Llevamos más de un año pidiendo de rodillas que nos dejen entrar a un estadio y cuando se dan las circunstancias aprovechamos el regalo para insultar a uno de nuestros jugadores. Aún somos demasiado paletos.
Durante los primeros años, los ingleses se negaron a participar en los campeonatos del mundo porque aquello, más que una competición, era una manera de hacer creer al mundo que había un país mejor que ellos. Creer eso era una afrenta, claro está. Los inventores del juego se creían intocables y, por lo tanto, invencibles por el mero hecho de ser pioneros y por ello no quisieron poner en juego su prestigio mientras el resto de países se batían el cobre entre sí. No fue hasta que, en 1953, Hungría les puso de cara a la pared y con las piernas por el aire, cuando fueron conscientes de que su fútbol se había quedado obsoleto y que debían abrir las miras si no querían verse vapuleados tras la visita de cualquier equipo foráneo.
Tardaron más de diez año en cerrar aquella herida y, cuando fueron capaces de levantar el trofeo Jules Rimet en 1966, creyeron que el ciclo se había completado y que volvían a gobernar en el mundo. No sabían cuán equivocados estaban. A pesar de competir como animales en el mundial de México en 1970, el equipo inglés regresó a casa eliminado por los alemanes y, desde entonces, iniciaron un peregrinaje por tierras yermas que les llevó a saborear las mieles del fracaso un verano tras otro.
Desde entonces, tan sólo han sido tres las ocasiones que han sido capaces de superar la barrera de los octavos de final, no jugando la final en ninguna de ellas. En Italia, tras la conjugación de un centro del campo espectacular comandado por Platt y Gascoigne y secundado por Waddle y John Barnes, se toparon de bruces con la Alemania de Matthaus y Klinsmann. Seis años más tarde, fueron los mismos alemanes quienes les eliminaron en la Eurocopa que se celebraba en suelo inglés y no hay irse muy lejos en el tiempo para llegar al mundial de Rusia celebrado en 2018 donde los ingleses se toparon con la Croacia de Modric en sus ansias por alcanzar su primera final después de más de cincuenta años.
Lo que dejó aquel último fuego apagado por Mandzukic en los últimos minutos del partido, fueron unas brasas de calidad que prometen volver a dar guerra e incendiar de una vez un continente que siempre ha mirado hacia arriba con la creencia de que aquellos anglosajones prometían mucho ruido pero apenas traían nueces. Por ello, para dar el paso definitivo, la selección inglesa necesita, más que nada, empezar a creérselo de una vez y para ello cuenta con un puñado de jóvenes talentos algunos de los cuales ya llevan dominando en continente durante varios años en las categorías inferiores.
Aaron Ramsdale es un portero corpulento y de estatura mediana, no obstante tapa sus carencias con una agilidad felina y unos reflejos portentosos. Plástico en sus estiradas y valiente en sus salidas, el portero del Sheffield United se ha quedado a las puertas de la Euro pero, a sus veintitrés años, el chico de la eterna sonrisa, promete demasiadas tardes de gloria como para dejar de ser tenido en consideración.
Trent Alexander-Arnold no ha tenido, ni mucho menos, su mejor temporada. Las lesiones le han lastrado y ha arrastrado, durante todo el curso, una forma física demasiado alejada de su esplendor. Todo ello lo ha notado el Liverpool pues se trata, sin duda, del mejor lateral derecho del fútbol actual. Y es que Alexander-Arnold no es sólo un portento físico, técnicamente tiene un guante en el pie derecho y una visión de juego privilegiada. Cuando se viene al centro es un mediocampista más y cuando gana la banda es el mejor extremo de su equipo. Asistente y goleador, Trent puede ser el lateral de la próxima década. De momento, Inglaterra no podrá contar con él en esta Eurocopa y es que a este año aciago sólo le faltaba esta inoportuna última lesión.
Reece James no tiene el pie y el recorrido de Alexander-Arnold pero tiene una fortaleza defensiva de la que carece el lateral del Liverpool. Listo para defender y, sobre todo, para hacer las coberturas, se ha adaptado perfectamente al puesto de carrilero en el tres, cinco, dos de Tuchel, siendo tan polivalente que incluso ha llegado a adaptarse al puesto de central por el perfil derecho. Es rápido pero sobre todo es fuerte y con la ausencia de Alexander-Arnold, es posible que se haga con la titularidad en el perfil derecho de la defensa inglesa.
Ben Godfrey es un prodigio en velocidad. Es cierto que tiene que pulir muchos defectos defensivos, sobre todo los correspondientes a la colocación, pero cuando tiene el día bueno es todo un espectáculo. Suele ir como una bestia a por el balón y la falta de medida le juega malas pasadas, pero su velocidad le ayuda a corregir muchos de sus errores y sus aventuras conduciendo el balón tienen el poder de poner o bien en pie o bien un nudo en la garganta de los espectadores de Goodison Park. La presencia de defensores más veteranos como Maguire, Shaw o Stones le ha cerrado las puertas de la Eurocopa, pero no se sabe si Southgate terminará echando en falta a un defensor más rápido entre tanta lentitud.
Declan Rice será, en principio, el acompañante de Jordan Henderson en el doble pivote de la selección inglesa. Con veintiún años se ha convertido en el líder de un West Ham que ha cuajado una temporada espectacular y en el mediocentro de moda en el fútbol inglés. De aspecto algo tosco y maneras algo heterodoxas, Rice es un mediocentro puro de la antigua escuela. Siempre bien posicionado y sin arriesgar en el pase, es el hombre boya sobre el que gira el juego de un equipo que ha anotado sesenta y dos goles en este curso y que se ha quedado a dos puntos de la Champions. Por edad y sabiduría en el juego, el West Ham no tardará en recibir ofertas por su futbolista más prometedor.
Jude Bellingham es un mediocentro de un corte radicalmente distinto a Declan Rice, sin embargo, viven en él todos los conceptos que han aupado a la historia a los grandes centrocampistas. Cierto que es joven y tiene que ganar vuelo y algo de físico, pero tiene un talento descarado para la conducción, el regate y, sobre todo, el pase. Es el chico más joven en la lista de Southgate para la Eurocopa. Con tan sólo dieciocho años se ha ganado un puesto en el Borussia Dortmund y promete tardes de fútbol de mucho nivel.
Bukayo Saka es un extremo en la concepción más clásica del término. Es un jugador que vive de la velocidad y, como tal, vive más cómodo jugando al espacio que recibiendo al pie. Si cuenta con un buen lanzador, sus carreras son un compendio de velocidad y potencia. Más de un defensor ha acabado con la lengua fuera tratando de alcanzarle. No es un gran regateador, pero sabe salir por los dos perfiles y convertirse en un arma mortífera cuando su equipo puede contragolpear.
Mason Mount es, sin duda, el mayor talento creativo en la actual selección inglesa. Líder espiritual del actual campeón de Europa, se ha consagrado en su temporada más brillante gracias a su naturalidad para jugar al fútbol cómo los ángeles. Dotado de un sinfín de recursos técnicos, Mount conduce la pelota con la elegancia de los artistas y regatea con la facilidad de los bailarines. Normalmente acostado a la izquierda, gusta de tirar diagonales y combinar con sus delanteros para fabricar las jugadas más bonitas. Apunta a ser uno de los mejores jugadores de la Eurocopa.
Mason Greenwood se ha quedado fuera de la lista de Inglaterra para la Eurocopa, pero dada su calidad y su descaro, no tardará en formar parte de ese vivero de jóvenes talentos en el que se ha convertido la selección inglesa. Dotado de una magnífica técnica para la conducción en carrera, el ambidiestro Greenwood recuerda, a sus veinte añitos, al primer Ryan Giggs, aquel que desbordaba con facilidad a su par, ponía caramelos en el área y, además, tenía sentido de la colocación para llegar a gol en el instante preciso. Muchas de las aspiraciones de futuro del Manchester United pasan por las botas de este imberbe chavalito criado en la cantera del United desde los seis añitos.
2021 ha sido el año de la consagración en la élite de Phil Foden. El chico llevaba desde los quince años dominando los campeonatos de selecciones en categorías inferiores y, cuando le ha tocado dar el salto, no ha decepcionado a nadie porque tiene carácter y categoría de sobra para ser un jugador de época vistiendo la camiseta del Manchester City. Aunque Guardiola le sitúa como jugador en los costados, tiene alma de verso libre y calidad de sobra para jugar como segunda punta, puesto en el que quizá juegue en la Eurocopa como acompañante de ataque de Harry Kane. De ser así, Inglaterra contará con la mejor conducción en carrera del continente y con un chico que amenaza con destruir todos los registros de la Premier.
La irrupción de Haaland como el gran goleador de los próximos años nos haBimpedido disfrutar en pleno de la magnífica temporada de Jadon Sancho. Cuando eran niños, Sacho y Foden compartieron camiseta en las inferiores del Manchester City, pero escuchando promesas que se terminaron cumpliendo, Sancho decidió marcharse a Dortmund y terminar de formarse en un club que, desde hace tiempo, apuesta en grande por las jóvenes promesas. Sobrevive en Sancho el salvajismo del fútbol vertical que tanto nos ha hecho disfrutar toda la vida. Es fuerte, es rápido, es certero y tiene un guante en su pierna derecha. Si ganase en consistencia y terminase de aparecer en los partidos importantes sería, sin duda, uno de los mejores jugadores de la próxima década.
No sabemos cual será el papel de Inglaterra en esta Eurocopa, primero porque no deja de ser un buen outsider que aún no ha dejado atrás sus complejos y necesita un golpe en la mesa que no termina de dar, segundo porque todas sus promesas son niños imberbes que aún no han despuntado en serio en un campeonato de semejante categoría y tercero porque ganar en Europa significa un camino demasiado duro para una selección que hace más de cincuenta años no demuestra una capacidad competitiva de verdad como para darle la vuelta a los pronósticos. Pero si algo tenemos claro es que este equipo tiene mimbres para divertir, mimbres para ilusionar y mimbres para jugar muy bien al fútbol. Le toca a Southgate hacer un buen cesto.
Cuando le echaron del Barcelona, la afición se echó las manos a la cabeza y el mundo del fútbol miró perplejo. Aquella temporada, la 1966-67 ya había anotado cinco goles que, sumados a los cincuenta que había anotado en las tres temporadas anteriores, le colocaban en el escalafón de los goleadores más deseados. Y eso que era un tipo atípico, sólo medía un metro y sesenta y tres centímetros y tenía un aspecto achaparrado, no daba la impresión, de ningún modo, de demostrar autoridad dentro del área. Pero la demostraba.
Había debutado muy joven con la camiseta de Cerro Porteño en su Paraguay natal, casi cuando empezó a destacar, el seleccionador paraguayo se lo llevó al mundial del Suecia y fue allí donde se puso en el escaparate y llamó la atención de los ojeadores europeos. El chico era bajito, sí, pero veloz como un rayo y mostraba un hambre voraz dentro del área. Se comía cada pelota, mordía el aire si hacía falta. Su siguiente destino fue Elche. José Esquitino, presidente del Elche, fue informado por el ojeador Boghossian de que había un chico que les podía interesar. Le firmaron y en poco tiempo se convirtió en el ídolo de la grada. Era astuto, habilidoso y agresivo y tenía una media vuelta, perfeccionada gracias a su punto de gravedad bajo, que dejaba tiesos a la mitad de los defensores.
En el Elche anotó treinta goles en cuatro temporadas. Era listo, muy listo para encontrar el espacio y rápido, muy rápido como para tratar de alcanzarle una vez que había ganado un metro. Tenía siempre ese brillo en la mirada de los que buscaban comerse el mundo y mantuvo durante mucho tiempo esa habilidad para rematar en carrera y dejar secos a los porteros rivales. Tan bien lo hizo en Elche que en 1962 el Barcelona pagó más de seis millones de pesetas por su fichaje. Allí lo hizo bien, tanto que ganó la Copa en su primera temporada y la Copa de Ferias en la última. En la liga 1964-65 terminó con veintiséis goles en treinta partidos, lo que le convirtió en el máximo goleador de la temporada y en uno de los jugadores de moda. Eran años difíciles, el Barcelona se había empequeñecido demasiado con respecto al Real Madrid y poder rascar un título importante se había convertido en una misión casi imposible. No obstante, nunca dejaban de soñar en grande y para ello contaban con futbolistas importantes como Cayetano Ré, durante un par de años, el ídolo de la afición.
Pero entonces llegó aquella derrota en Elche y la bronca con el entrenador Roque Olsen. El argentino, hombre de carácter, chocó con Cayetano Ré y le acusó de no haber querido jugar bien contra su ex equipo. Aquello encendió al paraguayo y la bronca se escuchó al otro lado del Martínez Valero. Separados por los futbolistas, volvieron a Barcelona en silencio sabiendo que allí no había vuelta atrás. Pocos días más tarde, recibió una propuesta del Real Madrid, pero él quería quedarse en Barcelona y decidió firmar con el Español.
"En el Español jugué mi mejor fútbol", declararía Cayetano Ré años más tarde. Y es que allí encontró una familia, un lugar idóneo donde sentirse apreciado y un sistema que potenciaba todas sus cualidades. Junto a Amas, Marcial, Rodilla y José María, formó la delantera de los cinco delfines, aún venerada por los más nostálgicos del club y aún en el podio de los equipos que más alegría han dado a la afición perica. Porque ellos acogieron a Ré como a un hijo más y le hicieron sentir el jugador más importante del mundo. Su éxito abrió la puerta a otros jugadores paraguayos que, más tarde, terminarían aterrizando, y triunfando, en el fútbol español. Con él, en Elche, ya habían jugado Lezcano y Romero, y tras él, en otros equipos, terminarían triunfando Diarte, Fleitas, Amarilla, Osorio o Benegas.
Durante tres temporadas consecutivas fue el máximo goleador del Español. "Yo no corría, volaba". Era la manera de explicar cómo se sentía cada vez que se enfundaba la camiseta blanquiazul. Con ella anotó cuarenta y siete goles y, sobre todo, deleitó a la afición españolista con su repertorio de regates y arrancadas que dejaban siempre en pie a aquellos defensas tan hoscos de los años sesenta, esos tipos sin piedad que tenían la máxima de o pasa el balón o pasa el jugador y que terminaba casi siempre con el jugador camino del vestuario. Pero Cayetano Ré no tenía miedo y sabía buscarse la vida como nadie cuando se enfrentaba a alguien más alto y más fuerte que él. En total anotó ciento cuatro goles en Primera, colocándole en el puesto número setenta y tres de los máximos goleadore de la historia de la liga. Una cifra nada desdeñable para un tipo que, durante nueve temporadas jugó en equipos de propósitos menores.
Tras su adiós al Español, ya con treinta y tres años, recaló en el Tarrasa para jugar un año y retirarse con treinta y cinco en Badalona. Tras colgar las botas regresó a Elche, lugar donde había conocido a su esposa y comenzó una carrera como entrenador con muchas paradas pero sin mucho éxito. No obstante, acudió al rescate de Paraguay y clasificó a su selección para el mundial de 1986 siendo allí el primer entrenador expulsado en la historia de los mundiales tras una bronca con el árbitro. Como aquella que había tenido con Roque Olsen. Como tantas otras que había tenido por obra de su carácter irascible cuando se le calentaba la garganta. Un tipo con genio, un jugador especial, un goleador atípico, un delantero bajito pero gigante en su concepción del juego. El Delfín del gol, aún presente en la memoria de los escombros del viajo estadio de Sarriá.
Extrapolar en un ejercicio imposible porque los tiempos han cambiado tanto que resulta impensable ponerse a imaginar hoy a un tipo gordo, lento y viejo marcando tantos goles como partidos disputa. Porque el fútbol hoy es más para atletas que para talentosos, más para fuertes que para oxidados, más para tipos con despliegue que para tipos con pegada. Pero no debemos olvidar que en el fútbol ha primado por encima de todo el talento y que por encima de la condición física han sobrevivido en la élite los que tenían ese toque de distinción en su condición técnica.
Cuando Puskas llegó a Madrid nadie creía en él salvo Santiago Bernabéu. Se generó un cisma de tensión tan notable que incluso Samitier, secretario técnico del club, salió por patas antes de ver venir el desastre. El equipo era el mejor y jugaba de memoria, no entendía por qué había que romper la armonía con la llegada de un tipo que llevaba dos años sin jugar y había engordado más de quince kilos. A primera vista, el hombre que salió a jugar vestido de blanco parecía un exfutbolista, a primera vista, aquel tipo con alma de artista había llegado allí para trincar su contrato, dar lustre al club y decir adiós por la puerta de atrás.
Puskas llegó a Madrid con treinta y un años y se marchó con treinta y nueve, doscientos cuarenta y dos goles anotados, diez títulos y la impronta de un tipo como no se ha visto igual. Porque en Puskas sobrevivía lo imposible y se imponía lo admirable. Dotado de una capacidad excelsa para el golpeo de la pelota, desde su pierna izquierda nacieron algunos de los goles más sorprendentes que vivió el Bernabéu en su época de máximo esplendor. No necesitaba correr, no necesitaba cuerpear, no necesitaba buscar la pelota porque la pelota siempre le encontraba a él en el lugar idóneo y en el momento preciso. En cuanto a prestaciones y control del juego, es posible que no haya existido, en la historia del fútbol, un jugador de ataque semejante a él.
Pero la historia de Puskas no se reduce a su periplo español, aquello fue el epílogo de una carrera admirable que había comenzado en Hungría durante los años duros del telón de acero, hasta que un grupo de valientes decidieron marcharse de allí y pedir asilo en occidente. Antes de aquello, Puskas fue el estilete de un equipo memorable, posiblemente la mejor selección de fútbol de la historia. Un equipo que humilló a Inglaterra, que conquistó el Olimpo, que tuvo una racha de imbatibilidad asombrosa y que perdió con honor una final de un mundial cuando todo el mundo esperaba su coronación.
Puskas fue un jugador improbable en el tiempo más probable; cuando la uve doble eme reconvirtió la anarquía en táctica, cuando las posiciones empezaron a representarse con números, cuando los goles se marcaban en el área pequeña, Puskas transformó el fútbol de ataque dotándolo de finura, elegancia y un golpeo de balón tan violento como nunca se había visto. Cañoncito Pum. Así le llamaban los castizos. Así le disfrutaron los clásicos. Así le recordaron los nostálgicos.
La historia del fútbol está llena de jugadores buenos, malos y regulares, algunos con momentos puntuales de gloria, otros innovadores y muchos, la gran mayoría, tipos que el tiempo relegó al olvido y pasaron de temporales a desaparecidos. Sólo unos pocos, muy pocos, son capaces de jugar en la élite más pura y sólo unos pocos, muy pocos, son realmente recordados cuando el tiempo hace mella en la memoria y un gol nos invoca a momentos en los que supimos ser felices.
Antonio Calpe fue un gran defensa lateral, con un palmarés notable y un amor por el Levante fuera de toda duda. Pocos recordarán su nombre en los mejores momentos del Real Madrid, pero él estuvo en la plantilla que levantó la sexta Copa de Europa y él permaneció allí durante un lustro ganando ligas, copas y destronando a tipos históricos como Pachín y Santamaría.
Pocos le echaron de menos cuando se marchó porque, a pesar de ser importante y, durante muchos momentos, indiscutible, el Madrid es una máquina que funciona a todo vapor y va fabricando tipos legendarios de un año tras otro. Calpe regresó a su equipo, el Levante, cuando había sobrepasado la treintena y tenía las rodillas destrozadas. Aceptó jugar en tercera, volvió con el equipo a Segunda y la afición le adoró para siempre. Él ya había estado allí cuando el equipo ascendió a Primera en 1963 y volvía a estar cuando el equipo estaba en el pozo más profundo.
La admiración de su gente se la ganó con gestos, fútbol y altruismo deportivo. La admiración del pueblo la ganó con el tiempo cuando se conoció que el tipo, además de saber jugar al fútbol tenía memoria y, sobre todo, supo tener dignidad cuando el miedo le puedo haber vencido en el momento más crucial de su carrera.
El mes de mayo de 1966 tocaba a su fin y la temporada del Real Madrid se había convertido en exitosa después de haber conquistado la sexta Copa de Europa. A modo de homenaje, el dictador Franco invitó al equipo a una recepción en el Pardo donde serían colmados de honores por haber salvado, una vez más, el honor patrio de cara al exterior. El Madrid era la imagen de España y Franco se aprovechaba de ello para lucir escudo y sacar pecho. Por eso, cuando el capitán Ignacio Zoco entró en el vestuario y convocó a sus compañeros a una reunión, nadie pudo imaginar que la dignidad de Antonio Calpe iba a estar por encima del momento histórico.
"Mañana todos de punta en blanco que nos va a recibir el Caudillo". "Yo no pienso ir". Hubo un silencio, alguna cara extraña, algún ceño fruncido, pero pocas palabras. La mayoría de allí, los afectos al régimen y los que no lo eran tanto, sabían la historia familiar de Calpe. Su tío Antonio, quien le había otorgado el nombre de pila, había sido fusilado por el gobierno franquista una vez hubo terminado la guerra. Una manera de purgar la ideología contraria y una patada a la promesa de paz que hizo a cambio de rendición. Por ello Calpe, el lateral del Real Madrid, sacó pecho y se negó a asistir al lugar donde vivía el tipo por cuyos preceptos había muerto su tío. "No podía darle ese disgusto a mi abuela".
Y no se lo dio. Y permaneció en pie, en el Real Madrid y en el ideario colectivo de mucha gente. Primero, cuando vieron que regresaba a su rescate, de los aficionados del Levante. Y después, cuando supieron que había desafiado a los preceptos y a los convenios, del resto de españoles que se quisieron poner en pie para aplaudirle y ponerle como ejemplo de dignidad frente a la dictadura del miedo.