martes, 30 de diciembre de 2008

El año de las luces

Durante años anduvimos perdidos en el laberinto de nuestros propios sueños. Dada nuestra condición de pesimistas, perdimos más tiempo analizando el problema que buscando una solución. Cuando tuvimos la solución fuimos poco precisos a lahora de pronosticar porque, una vez más, nos sentíamos dueños de nuestro fracaso mucho antes de que este llegara. Como la autoflagelación va diseñada a medida con nuestro carácter, nos pusimos, una vez más, la venda antes que la herida y nos preparamos para recitar todas nuestras plegarias. Cuando llegó el éxtasis, nos pilló tan desprevenidos que aún hoy, meses después del apogeo, no terminamos de ser conscientes de que aquello que vimos fue un ejercicio de fútbol tan puro que solamente el tiempo se encargará de beatificar como un equipo de leyenda.

Termina el año de las luces. El que se encargó de iluminar nuestro presente y marcar, por fin, los designios de nuestro futuro. Desde este dos mil ocho, hacia adelante, sabremos, esta vez sí, como debemos jugar, cual es el estilo correcto y por qué el mundo, por una vez, se ha parado y ha vuelto la cabeza para seguir nuestro ejemplo. Fue el año de la Eurocopa, de Cristiano Ronaldo, del renacido que moría de desidia y del resucitado que apagaba sus cenizas. Barça y Madrid, Madrid y Barça, siempre como un columpio de vaivenes en el que dos niños se empeñan en alcanzar la misma altura y solamente el que está abajo puede contemplar cuán alto puede volar su enemigo.

Como tendemos más a relamernos que a desquitarnos, sería inútil hacerle este escueto resumen al año sin incidir en lo que fue oro y se convirtió en tierra y en la ecuación viceversa que da sentido a las teorías de vasos comunicantes que convierten al fútbol en el más prodigioso deporte del planeta. Quizá, allá, por el horizonte, nadie alcance a recordar a dónde fueron a parar aquellas palabras de consejo dictadas por los hombres fuertes del vestuario madridista y que le recomendaban a Ramón Calderón no romper el equipo que se había convertido en campeón. Que las palabras fuesen más consejo o miedo a perder el sitio no pudo quedar patente, más en el error de incidir en el cumplimiento a rajatabla del mismo, Calderón y sus adláteres se dejaron en verano todos los deberes sin hacer y aquella carta ganadora por la que apostó todo el mundo terminó siendo un maldito farol que les condenó al más absoluto de los ridículos. Donde estaba Schuster ahora está Juande y desde el mismo patíbulo al que subieron al alemán, tendrá que manejar el manchego una nave con más vías de escape que aquel Titanic que se hundió en el ártico y se mitificó en el cine.

Precisamente es Juande uno de esos condenados por el poco valor de la memoria y el exceso énfasis en la mitificación y desmitificación de especies. Primero mago de los banquillos y después condenado al cadalso del fracaso, tuvo tiempo de expiar sus culpas y sentarse de nuevo en el banquillo del Bernabéu para volver a empezar su leyenda. Decisiones así se comparan más con actos de fe que con actos de convencimiento; aunque en el fondo, entrenar al Madrid y buen puñado de euros son dos razones más que suficientes para convencer a cualquiera. Y quien le dejó el puesto ni supo estar ni supo irse y, ni mucho menos, supo convencer a los más crédulo que, quizá tenían razón cuando, a principios de verano, le señalaban como el hombre que devolvería al Madrid la tan añorada excelencia.

El mayor problema derivado de esa misma excelancia es, para los blancos, que desde hace más de dos décadas, aquella ha tendido a sentarse más veces en la mesa del enemigo. Como el enemigo, blaugrana y estilista, fue diseñado desde el vértigo, suele desconfiar a veces del peligro de las alturas y, cuando cae, lo hace con tanto estrépito que sus ruinas quedan esparcidas por todos los estratos sociales de Cataluña. Como recomponerse le cuesta tan poco como volver a poner en marcha el mecanismo preconcebido de su plan, no debe resultar extraño que, en poco más de un año, hemos pasado de ver a un equipo calamitoso a volver a ver al mejor equipo del mundo. Todo es cuestión de mover las fichas adecuadas, cambiar alguna pieza por otra y mantener el mismo plan de ataque y el mismo tablero de combate.

Un año, como los demás, lleno de vencedores, vencidos y guerreros de vieja escuela con firmes promesas de regreso a la élite. El año en el que el Manchester United volvió a ganarlo todo, el año en el que el Inter de Milan empezó a cerrar su particular caja de Pandora, el año en el que la Premier se convirtió en santo y seña del fútbol más enérgico jamás visto, el año en el que el Atleti, la Juve y el Liverpool quisieron decir que los viejos rockeros nunca mueren. El año del santo Casillas parando penaltis que nos llevaron a la gloria, el año del gol de un niño Torres que se hizo mayor junto a las verdes praderas alpinas, el año que consagró a Xavi como el centrocampista perfecto, el año que diseñó en Cristiano Ronaldo el prototipo de futbolista perfecto y el año que nos presentó a Messi como el verdadero artista del futuro.

En el futuro está la vida y en nuestra vida seguirá estando el fútbol. Termina y año y empezará otro; con más de Casillas, más de Torres y más de Xavi para nuestro disfrute. Con más de Ronaldo y Messi para el disfrute general. Y con más apariciones, victorias y goles para alivio de este enfermo aficionado que hoy escribe estos párrafos y que, gracias a los futbolistas, encuentra cada semana una excusa perfecta para sentarse a escribir delante de su ordenador. Feliz año nuevo a todos.

martes, 16 de diciembre de 2008

Suerte de distracción

Existen dos maneras de afrontar la realidad; mirándole a los ojos al mundo o mirándose el propio ombligo buscando más excusas que soluciones. Desde la manera correcta se encuentra el aprendizaje necesario porque los errores, aunque amargos, no deben servir para olvidarlos sino para no repetirlos. Desde la manera errónea solamente buscaremos, consciente o inconscientemente, tropezar una y otra vez con la misma piedra porque creeremos que en la pérdida o en la ganancia no han existido más factores externos que la suerte o los propios designios del destino.

Tras el partido del sábado parece que todos han ganado o, al menos, que nadie ha perdido. Para el Barça, como ganador final, quedó la sensación de un equipo impreciso al que le resultaba imposible vivir sin la inspiración de sus hombres clave. Sin la salida de Márquez, la asociación de Xavi y el desborde de Messi, el equipo se encontró acomplejado y desquiciado. En su favor cuenta la auténtica verdad de los grandes equipos; quien sale a ganar, generalmente, termina ganando.

Para el Madrid, como perdedor moral, quedó la sensación de haber entregado el aliento y haber dejado bien alto el orgullo que representa su escudo. Parece que escudarse en las bajas y la baja forma psíquica, han servido de coartadas para defender su papel de víctima. Sin aprender de lecciones ajenas o dar rienda a su propia esencia de equipo indomable, se presentó en el Nou Camp con hechuras de equipo menor. No hace mucho, cuando sus estrellas brillaban en lo alto y las lesiones aún no habían hecho acto de presencia en forma de plaga infernal, una Juve mermada en efectivos y tocada por resultados recientes, les dio una soberana lección de dignidad, de hambre y de posición defensiva. Pero ya se sabe que, cuando se inventaron las excusas, se acabaron los errores.

Una tercera vía, más neutral y más dada a la lección simple y palabra fácil habla de la mano de Juande en el equipo blanco. Francamente, desconozco la influencia que puede ejercer un entrenador en una plantilla con tan sólo tres días de trabajo y el poder de autogestión de esta última a la hora de afrontar un compromiso de tamaño calibre. Aún en mi desconocimiento, no podría aplaudir decisiones tan primitivas como las de ordenar marcajes individuales o las de meter al equipo en el área propia, por más que así obtengas el mejor rendimiento de tipos como Cannavaro o Metzelder. Aplaudo, eso sí, la valiente decisión de apostar por un inexperto chaval a la hora de encallar en el absurdo territorio de negligencia fabricado por Abidal y la apuesta por Raúl como capitán en plaza ajena. De Guardiola, cuya inexperiencia parece haber quedado como punto de referencia a la hora de expresar la crítica, aplaudiré la decisión de meter a Busquets en el partido, al tiempo que sancionaré el tiempo que tardó en hacerlo. Con la última pieza del engranaje en el campo, el equipo encontró un tipo que tiraba paredes y desmarques en cada parcela del terreno, que no se encogió a la hora de meter la pierna y que provocó el penalti anterior al último y definitivo arreón.

Quedaron al descubierto los límites y las probabilidades de cara al futuro. Al Barça se le presenta un panorama paradisíaco donde solamente le sirve utilizar la cabeza y el talento para volver al lugar que representa su historia más reciente, y la intuición de que, de aquí en adelante, se encontrará con muchos planteamientos semejantes. En su capacidad para gestionarlos, se adivinará su verdadera concepción de campeón.

Al Madrid le queda trabajo y la sensación de que en peores se las ha visto. Parece que no salir goleado le dejó más contento que haber perdido injustamente ante el Sevilla. Puede que haya encontrado el camino y que Barcelona haya sido, como en otras ocasiones, su trampolín de despegue hacia el milagro. Pero si una cosa volvió a quedar clara es que, el que no se consuela es porque no quiere.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Símbolo de cambio (por Christian Castellanos)

En las canteras de piedra en las que se han convertido en Italia los campos juveniles han hallado uno de esos minerales extraños, difíciles de encontrar. Tiene nombre y apellidos: Claudio Marchisio. Podríamos ser demagogos, pero hay que saber ver la parte positiva que el Calciopoli ha dejado para el futuro: el destape de las mafias y el cierre de carteras obligó a mirar hacia atrás y rascar la piedra para encontrar materia en las capas más altas. En el momento más duro de su historia, la Juventus quiere encontrar en casa la llave que le permita entrar otra vez al exclusivo (y tan injusto) club de los campeones.

La posición de mediocentro es muy delicada. Y entre esas dificultades es donde quiere crecer Marchisio: en el equipo por el que han pasado muchos de los mejores, los más míticos y carismáticos. La suya es una carrera contra los elementos, a contracorriente, contra el tiempo, contra la tradición. Culpa de la presión, de la victoria como sea, de la prohibición de fallar que se impone a los jugadores de la propia cantera, que primero son elevados a los cielos y después, si no responden a las expectativas más fantasiosas, arrinconados en una esquina, arrebatándosele el puesto en el altar de la gloria inmediata sin ninguna piedad. Para seguir en los altares y seguir escalando niveles, gente como Marchisio han de dar el 110% y ponerse una coraza para cubrirse de todo lo que se les venga encima.

Más aún cuando el nuevo elemento es revolucionario y rompe la línea del continuismo. En el seno de un equipo que vive más pendiente del rival que de sus propias posibilidades, aflora el talento natural y aún por pulir de Marchisio. Las exigencias del guión han provocado su entrada súbita en el equipo, con la misión, más que complicada, de hacer creer que no gastarse el dinero en Xabi Alonso y apostar por él fue la decisión correcta. Muchos aficionados al fútbol recordarán al mítico Paulo Sousa, aquel portugués incombustible que hizo carrera en Italia y levantó la Champions con la propia Juventus. Para hacernos una idea, Marchisio es su heredero, en rubio y patrio. Sí, heredero, porque desde Sousa ha sido el único que ha osado a la filosofía rocosa de la Juventus. Marchisio es el metrónomo de la Juve, con una capacidad innata para mantener junto al equipo, cortando y sacando rápido el balón, dándole otro aire y una velocidad más al juego, jugando al primer toque. Un futbolista de 'reciclaje', capaz de recibir balones inservibles de la defensa y empezar la acción de ataque.

Volvió a Turín este verano tras jugar en el Empoli y ser protagonista en el infierno de la Serie B en que le hizo debutar Deschamps. El objetivo ahora es ganarse un puesto entre Sissoko, Poulsen y Zanetti. Él, junto a Giovinco y De Ceglie, son el símbolo del cambio en Italia en general y la Juventus en particular. No le hemos visto temblar ante Fiorentina, Manchester o Real Madrid. Dice que quiere parecerse a Gerrard. De momento es parte de la historia del cambio de la Juventus. Cambio de juego y de política. Estamos en la época de los magnates y los fichajes millonarios, merecen un aplauso los que van a contracorriente en busca del mismo éxito.





P.D. Christian Castellanos es administrador de los más que recomendables blogs Más y más fútbol y Curva bianconera.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Sacar petróleo

Aunque el petróleo lleva funcionando como elemento imprescindible en ciertas tareas del hombre durante varios siglos, es desde mediados del XIX cuando se convirtió en objetivo primordial de empresas e inversores dada su capacidad, tras varios procesos de refinamiento, para servir como combustible o líquido de engranaje para la maquinaria que deslumbraba al mundo en la imparable revolución industrial.

Sucedió que en terrenos yermos y secos, muchos granjeros, oficiantes y buscavidas encontraron el fruto de su felicidad y riqueza gracias al líquido elemento; tener una refinería de tu propiedad te convertía en próspero millonario y excelso inversor de fortunas. Era un fenómeno parecido al de la inspiración en un poeta alicaído, al del encuentro del ingrediente perdido en una fórmula química o al de la demostración de la obra de Dios para un teólogo existencial.

Es como darle la pelota al mejor jugador de tu equipo y ver como este la para, la aguanta y te saca una jugada de gol. El jugador en terreno yermo, poco fértil, con la portería mal perfilada y la espalda contra el pecho del defensor rival. Ver como la para, como se gira y como encara es como contemplar una persecución crucial en una película de Robert de Niro; el semblante serio, la mirada fija en la espalda del enemigo y la sensación de que la secuencia terminará con el malo muerto de un tiro entre las cejas y el balón flotando suavemente en la portería del equipo rival.

El Atlético es hoy ese granjero yanqui que encuentra petróleo en mitad del desierto. Cada melón despejado hacia arriba y cada salida de tono por parte de sus centrocampistas y nadacampistas agobiados, son convertidos en oro por el Kun Agüero. Un tipo de poca monta, con un físico para el circo que, sin embargo, juega el fútbol como los ángeles. Alguien le comparó con Romario; arrancada brutal y definición parsimoniosa, pero Agüero puede ser mucho más. Tiene más radio de acción, más poder de influencia para sus compañeros y, sobre todo, el alma y el corazón de un futbolista fabricado en la calle. Eso, habiéndose criado en Argentina, ya lo vimos; es sinómino de amo y señor del fútbol.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Por un delito que no cometió

Las manos en los bolsillos, la cabeza agachada y la mirada fija en el suelo. Entró en el viejo mercado tragando saliva, no se atrevía a levantar la frente, avergonzado por el hecho de ser culpable aún sin sentirlo. Por un solo instante arqueó una ceja, levantó la mirada y observó a una señora que peinaba a su hijo con la palma de la mano; una mano que levantó en aspecto inquisitivo, el gesto furioso y el dedo amenazador. “Mira hijo, ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.

De vez en cuando estiraba los brazos e intentaba atrapar el viento mientras soñaba que atajaba el disparo ratonero de Alcides Ghiggia. A Moacir Barbosa siempre le pareció un disparo fácil, un balón ligero empujado por la brisa, una efímera intención de gol que terminaría palmeada por encima del larguero. Quisiera olvidar el momento en el que volvió la cabeza y vio el balón paseando en el fondo de la red. Por ello caminaba siempre con la cabeza baja y la mirada perdida; sentía vergüenza del tiempo, de las palabras y de su maldito instinto. Nunca pudo arrepentirse de nada porque correr hacia atrás es de cobardes y porque para perder finales primero había que jugarlas.

Habían pasado muchos años y nadie olvidaba aquel gol. No podía hacerlo Barbosa y mucho menos el pueblo brasileño. En la soledad de la tarde, con la penumbra sembrando aciagos recuerdos sobre el sofá de su desgastada casa, el timbre del teléfono le sacó de la inopia. Solamente la sonrisa perenne de su mujer le ayudaba a mirar la vida dos pasos por delante de las añoranzas. Querían hacerle un reportaje. Los ingleses, con sus modernos atavíos y sus sofisticados equipos de televisión querían llevarle a la concentración de la selección brasileña y permitir que el viejo Barbosa saludase a sus paisanos y, de paso, desearles suerte de cara al mundial que se disputaría en Estados Unidos. No llegó a pisar el césped. El viejo Zagallo, antaño lobo de la línea de cal convertido en zorro de banquillo, no quiso ni escuchar su nombre; “Ese gafe no se encontrará con mis chicos. Su presencia es lo que menos necesitamos, solamente queremos buena suerte y Barbosa es lo más parecido a una desgracia”. Regresó a su casa con el alma rota y el eterno recuerdo palpitando a flor de piel bajo su pecho. No hubo reportaje, ni homenaje ni, mucho menos, reconocimiento. Respiró hondo y regresó a su viejo sillón, taciturno, pensativo y con los ojos empapados en incomprensión. Volvió a perderse en la sonrisa de su mujer; una vez más, la vida le obligaba a vivir dos pasos por delante de las añoranzas.

De nuevo el micrófono bajo la nariz, de nuevo el periodista midiendo el aguante de la víctima y de nuevo Moacir Barbosa forzado a reinventar su paciencia. “Si no hubiese aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”. Vuelta al suspiro, vuelta al recuerdo y vuelta a la exculpación; viviendo en pecado sin haberlo cometido, buscando la redención entre un circo de miradas inquisidoras. “No fue culpa mía”, vuelve a repetir. “Éramos once”.

Filigranas de la vida; le condenaron por un campeonato perfecto. Barbosa murió en vida la tarde del dieciséis de julio de mil novecientos cincuenta, minutos antes de que le concedieran el trofeo como mejor portero del mundial ¿El mejor portero del mundial culpable de todo? Imposible. Es la misma afirmación que defendió hasta el día de su muerte. “Imposible”, volvió a repetir la noche del siete de abril del año dos mil, mientras sus ojos se cerraban para siempre y el semblante descansaba, por fin, tras cincuenta años de amargura. La prensa brasileña se hizo eco de la triste noticia reflejando un titular: “La segunda muerte de Barbosa”. Ilustrativo, explicativo, emotivo, injusto.

Durante décadas, y aún hoy para la mayoría de brasileños que sobrevivieron al tiempo y al desastre, aquel mundial no lo perdió Brasil sino que lo perdió Barbosa. Es la sensación que quedó en el aire y contra la que tuvo que luchar el viejo portero durante toda su vida. Cariacontecido, se sentaba en cualquier banco del parque y observaba el vuelo de los pájaros. En cierto modo, él había sido como ellos, un soñador con alas, un Ícaro que voló demasiado alto y no supo atajar la pelota en el vuelo más rasante.

Había atrapado todas menos una. Por arriba, por abajo, en duelo directo y en disparo lejano, cabezazos a bocajarro y despejes desafortunados, colocados y mordidos, rectos y curvos. Incluído aquel penalti detenido a Labruna en el cuarenta y nueve y que había coronado a Vasco como campeón sudamericano. Había sido el mejor portero de Brasil; el mejor de la época, el mejor de siempre.

El presidente de la federación le llamó a su despacho, había llegado la hora de la jubilación y Barbosa tomó sus bártulos para despedirse por siempre de Maracaná. El mismo estadio que le condenó para siempre había sido su lugar de trabajo durante los últimos cuarenta años. El césped bien cuidado, el material siempre repuesto, los vestuarios adecuados para los futbolistas, las gradas dispuestas para los aficionados. Regates del destino, defenestrado primero y condenado a cuidar el estadio después. En su último día de trabajo en el estadio más grande del mundo le ofrecieron la portería maldita como regalo y Barbosa reunió a los pocos amigos que le quedaban para ofrecerles un ritual. Tomó los dos postes, el larguero y la red y prendió fuego a sus males y sus recuerdos en el patio de su casa. Creyó espantar los malos espíritus, más solamente borró una pequeña gran parte de la historia del fútbol.


Repudiado en las concentraciones, señalado en los mercados y expulsado de los bares donde intentó tomar una taza de café acompañada de nostalgia. Barbosa terminó muriendo solo y sumido en la pobreza. Incomprendido y triste, desamparado y desconocido. Poco antes de caer en el sueño eterno dejó testamento de sus pesares delante del último micrófono que visitó su aposento: “En Brasil, la pena mayor de cárcel que establece la ley es de treinta años. Yo hace casi cincuenta que pago por un delito que no cometí”.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Mito padre de un mito

Imponer una modernidad necesita del triunfo de una revolución y toda revolución necesita una nueva inventiva, capacidad de sorpresa y ganas de romper con el pasado. En el fútbol cada revolución modernista ha sido un paso hacia delante y el primero en avanzar dos pasos en la línea defensiva fue el triestino Cesare Maldini.

Suele ocurrir que los clásicos recelan, por miedo a la novedad, de la intención revolucionaria de algunos jugadores. No suele ser así cuando descubren el tope de sus capacidades competitivas. Nereo Rocco fue uno de los personajes más importantes del Milan en el siglo XX. Técnico de férreas pretensiones y clásica escuela, hizo del Milan un equipo rocoso y difícil de ganar. En ataque basaba sus bienes en el instinto creativo de Nils Liedholm y Juan Alberto Schiaffino. Para su defensa confió en las pretensiones de grandeza del joven Cesare Maldini.

En su debut como rossonero ayudó a destrozar a su querida Triestina, en su primera temporada ya se consagró como el mejor defensor italiano y durante toda su carrera creó escuela y abrió las puertas a los defensores técnicos, participativos y orgullosos de ejercer en la zona de atrás. Maldini sacaba el balón con limpieza, se permitía florituras y en su cabeza llevaba memorizados cada uno de los movimientos del delantero rival. Por ello, el día que se enfrentó a Eusebio en la final de la Copa de Europa de 1963 asumió el reto como un partido más trascendental que la final en sí; Eusebio apenas pudo tocar la pelota y el Milan se convirtió en el primer equipo italiano en alzar la orejona de los campeones continentales. Y el gran Cesare estaba allí, capitán al mando y director de orquesta. Si los grandes equipos se forman desde atrás, aquel Milan era mitad talento, mitad energía defensiva y dos italianos tenían la culpa de todo; uno era un imberbe descarado llamado Gianni Rivera, el otro era un corpulento defensor, alma, espíritu y corazón, llamado Cesare Maldini.

Pero el tiempo suele pasar dejando ocultas las huellas de cada camino. Las esquirlas de cada zancada y los ecos de cada celebración se fueron apagando y hoy ya nadie recuerda a ese señor espigado y con la mirada caída como uno de los tres mejores defensas centrales italianos de la historia. Nadie identifica ya a Cesare Maldini con el jugador que vistió durante más de trescientos partidos la camiseta rossonera, ni con sus famosas “maldinates” convertidas en regates furibundos en el área propia. El tiempo, la vida y el fútbol tienen memoria hasta donde alcanza la sonrisa y hoy, el capitán milanista de los años sesenta es, simplemente, el padre de Paolo Maldini. La estirpe de un hombre deja una cima difícil de alcanzar; los logros de un padre son un reto para un hijo, los logros de un hijo son un orgullo para un padre.

jueves, 30 de octubre de 2008

Miedo al despiste

Es en los momentos de incertidumbre cuando una minuciosa reflexión tiene más valor y tiempo de análisis. Es ahora, que el rojiblanco pinta en dudas en este comienzo de competición cuando hace falta valorar el verdadero flujo y sentido de esta plantilla confeccionada de manera dispar y en cuyo trayecto quedan depositados miles de ilusiones y esperanzas de cara al último tramo. Es ahora que la nada vuelve a pintar una mueca de desagrado en la cara de cada aficionado cuando vale recurrir al análisis y aclarar si a esta plantilla le cabe la exigencia de sesenta partidos al máximo nivel.

En la espiral de fracasos recientes nos resulta fácil recordar el purgatorio por el que pasaron en su día equipos como Celta de Vigo, Real Sociedad, Betis o Mallorca; todos ellos confeccionados a base de ilusión y castigados al abismo del sufrimiento por los duros quehaceres de la competición. El despiste y agotamiento al que somete la Champions suele pasar dura factura allá por los meses donde el sol comienza a despuntar en las horas altas del día y los concursos vitales suelen afrontar sus tramos decisivos. La necesidad de una plantilla amplia, talentosa y motivada no es una mera conjetura si no un hecho probado y comprobado.

Por todo ello, cabe analizar la profundidad de una plantilla poco compensada y mal confeccionada. A parte de media docena de futbolistas muy buenos y de un filial que para el entrenador es más un adorno que un recurso, provoca pánico comprobar que no existen laterales de garantías, que solamente hay un jugador por banda en el centro del campo y que en la dirección hay mucha cantidad pero poca variedad; no existe el añorado director de orquesta y, en punta, Luis García y Sinama con valores fiables para partidos puntuales pero no para largos periodos de sustitución, privilegio al que ni siquiera llegan los centrales suplentes.

Por ello hubiese sido necesario examinar el tañido de las campanas antes de lanzarlas al vuelo, asegurarse que la piel del oso sería de calidad antes de vender su caza y conocer que para tres competiciones el equipo tiene limitaciones y genera muchas dudas. Por ello, hubiese sido imprudente dejarse llevar por la inercia inicial de triunfos; por generarse una propia, y confusa, dosis de ilusión y por no saber que este equipo solo podía tirar hacia delante hasta que las fuerzas y los goles dijeran basta. Quizá cuando ello ocurra de manera definitiva se hayan ganado más partidos de los previstos y toque la hora de sonreír, pero, de no ser así, que nadie lance escupitajos contra la obviedad porque en la mentira de sus sueños vive la realidad de los resultados ¿Hay buen equipo? Sí ¿Hay buena plantilla? No. En el “sí” de la calidad vivirán los partidos ganados y el estado de ánimo suficiente para afrontar los retos. En el “no” de la limitación vivirá escondido el fantasma de la derrota. Y en la capacidad para saber digerirla, afrontarla y solucionarla estará la clave del éxito de este Atleti al que aún le quedan meses de desierto y oasis.

sábado, 25 de octubre de 2008

La vanidad es mi pecado favorito

En la última escena de la película “Pactar con el Diablo”, un satisfecho Al Pacino, apoyado en la barandilla de una escalera, sentencia, con una media sonrisa y la mirada llena de ego, una última frase que precede sin más argumentos a los títulos de crédito y a los maravillosos acordes del “Paint in Black” de los Stones. “La vanidad es mi pecado favorito”. Con ella hace saber la satisfacción que siente al haber captado, una vez más, a un ambicioso Keanu Reeves en su papel de abogado sin límites, sin derrotismos y sin escrúpulos. Un joven Reeves que piensa que el mejor bufete de Nueva York quiere contar con sus servicios como letrado cuando, en realidad, es el mismo Infierno quien quiere tentar su carne al tratarse del hijo del Diablo.

En la vanidad reside el vicio de creerse mejor que los demás. Yo soy yo y a mí nadie me tose. Es un pecado deleznable en vida que, cuando se extrapola al fútbol, suele producir tantas contradicciones como recochineos en el fracaso. El diablo blanco pensó que los futbolistas querrían jugar con él con el único argumento que el resplandor de su camiseta. Craso error, al futbolista de verdad hay que ofrecerle algo más que un escudo.

Para los que desconozcan en gran medida la historia del Real Madrid, deberían saber que sus albores se pintaron de humildad, necesidades y sufrimiento. Más allá de las formas, la historia de Santiago Bernabéu es la de un luchador implacable; un mago de concurso que, desde la nada, consiguió formar en pocos años un equipo ganador. Fue una época gloriosa en la que no cabía ser los mejores por nombre si no por hechos; realmente el Madrid era el mejor equipo del mundo y a los futbolistas les excitaba vestir de blanco porque sabían que, desde allí, y hacia el placer, había un camino muy corto.

El error del vanidoso nace de asegurar las creencias de los demás. Calderón, como un Bernabéu de poca monta e invadido por el espíritu de envidia que produjeron en él los años de grandeza de Florentino Pérez, juega a imitar a sus antecesores sin conocer los términos del convencimiento. No se trata de enseñarle el caramelo al niño y esperar que desoiga el consejo de sus padres y corra detrás de ti sin temores ni preocupaciones; se trata de asegurar un proyecto, de conocer lo que se necesita y de saber lo que se quiere. Durante meses marearon la perdiz portuguesa de Ronaldo y cuando el tiro salió por la culata intentaron apagar el fuego cuando el monte ya estaba totalmente quemado. Ni Cazorla, ni Villa, y mucho menos los representantes de cada uno, tomaron en serio una propuesta que debería haberles asegurado crédito, fama e historia. El Real Madrid de Calderón ya no es el plan de pensiones soñado por cada futbolista.

Por ello, la próxima que vez que le pregunten, a Schuster no le vendría mal hacer un par de preguntas antes de perder el tiempo mirándose el ombligo. El madridismo no debería permitirse un dirigente que juega a ser Dios, utilizando, mientras tanto, las tácticas del Diablo.

jueves, 23 de octubre de 2008

Mil razones para no hablar de fútbol

Nunca dejará de admirarme la capacidad que tiene Juan para sacar adelante con tanta calidad y solvencia un blog de fútbol sin hablar una palabra de fútbol. Los que le seguimos a diario sabemos que su secreto reside en sentir el fútbol como una coral de sentidos y sentimientos. El resto, los que nos empeñamos en hacernos valer en este mundo del juego periodístico, escribimos desde la sensación descorazonadora de querer saberlo todo y no poder, porque quisiéramos vivir el fútbol como los entrenadores que no somos o desde la perspectiva de un futbolista frustrado. Pero solamente él es capaz de vivirlo como aficionado.

Por ello, y en homenaje a su ingenio, a su capacidad para regenerar iniciativas, al club de fans que seguimos su día a día como red y, sobre todo, a él, me gustaría escribir un post, en mi blog de fútbol, que no hable de fútbol.

Suelo medir mis probabilidades de tener un buen día con la primera alzada de cortina del día. Si, en mis incoherencias de tipo recién levantado, muevo la cortina y descubro que el día está nublado o lluvioso suelo torcer el gesto; no sé por qué, pero tiendo a pensar que no será un buen día. Como ayer, además, tenía entrada para el partido y conocía mi misteriosa capacidad para atraer la lluvia cada vez que visito el Vicente Calderón, ya me veía yo, a trece horas del duelo, empapado hasta las cejas y con un cero a dos en la espalda que me hiciese interminable el camino de regreso a casa.

Y encima, atasco, mal pintaba la cosa. Como de mi jornada laboral poco importa hablar en este rincón y, además, mucho menos interesa, resumiré mis ocho horas de oficina en un “se me hicieron ocho días”. Fue uno de esos días tranquilos en los que pierdes más tiempo en planear la escaqueada que en planificar las tareas y en las que no dejas de temer que, en el último momento, te caerá el maldito marrón de última hora que te impedirá llegar a tiempo al pre partido. Pero no, justo en el instante en el que dejaba de llover, mi jefe dijo que se marchaba a hacer no se qué gestiones. Por fin el cielo enviaba una señal. Vía libre. Al menos, podría ser que sacásemos un empate.

Podría haber continuado diciendo que el camino desde el trabajo hasta Madrid no tuvo ninguna relevancia especial sino fuese por la llamada que recibí de Juanra a media distancia entre la salida y el destino en la que me dijo que estuviese atento al teléfono porque se venía a Madrid conmigo a vivir los instantes previos al partido. Para quien aún no lo sepa, Juanra es un ex compañero de trabajo reconvertido a mejor amigo que un día voló a Liverpool y quedó enamorado para siempre del ambiente de Anfield. Con él venía Katia, su inseparable compañera de aventuras y una de esas personas por las que te estás felicitando toda la vida por haberla conocido.

Madrid bullía en cánticos red. Ya desde Sol, mirando hacia arriba, olía a partido de fútbol de los de verdad. Y mientras dejaba que mis pelos continuasen erizándose mientras mis oídos se engalanaban una y otra vez con el cántico, ya inmortal, nacido en el Kop y para Fernando Torres, decidí descolgar el teléfono y buscar en la agenda el número que días atrás me había facilitado Stubbins mediante correo electrónico. Allí estábamos por fin; él en la puerta del Moore’s y yo en lo alto de la escalinata de salida de la Plaza Mayor. Como los grandes encuentros se simplifican en una mirada, bastó un caluroso saludo y un fuerte estrechamiento de manos para saber que podíamos ser amigos para siempre.

Stubbins es uno de esos tipos que inspiran confianza desde el primer vistazo. En él descubrí a un hincha de alegría incesante, un tipo al que le gusta disfrutar la compañía y que vive el Liverpool como la religión que derivó de aquellas palabras de Bill Shankly; “más allá de la vida o la muerte”. Pero como los grandes momentos no suelen simplificarse en un deseo cumplido, en la puerta de entrada al pub, abarrotado por camisetas rojas y engalanado para la ocasión por medio centenar de gargantas cantando célebres himnos, tuve la ocasión de conocer a Juan. Para quien aún no le conozca, me referiré a él como el máximo exponente del sentimiento red en Madrid. Desde su blog, es capaz de ponernos al día de la actualidad del Liverpool sin necesidad de citar estadísticas ni tácticas, y eso que sabe de fútbol más que cualquiera de los soñadores que asomamos por aquí día tras día, pero lo suyo, más que el análisis, son las sensaciones, más que las explicaciones, son las anécdotas.

Dos pintas y casi una hora después, aparecieron Juanra y Katia. Como cada vez que volvemos a reencontrar nuestros caminos, sellamos nuestra complicidad en un abrazo y en un sinfín de preguntas. Pero el tiempo impedía perder el rumbo en explicaciones así que les puse rumbo al punto de ebullición y, desde allí, volvieron a sentir el cosquilleo inolvidable de quienes viven el fútbol como una parte de su existencia. Pude presentarles a Juan, a Stubbins, e incluso a Lover y de nuestro encuentro quedaron para la posteridad un par de fotos que, una vez lanzado el guante, me enviaron con premura para dar formato de cabecera e ilustrar este post ¿Quién se acordaba, a esa hora, de que el día había amanecido lluvioso?

De cómo terminé por perderlos, es algo que no puedo detallar pues requiere una explicación que no sería capaz de aportar. El caso es que unos tiraron hacia un lado, otros hacia otro y nosotros nos entretuvimos más de la cuenta enviando un mensaje desde un aficionado de Madrid para un nostálgico futbolero de Ciudad Rodrigo. Si de algo me siento mal por haber dejado de sentir su compañía sin mediación ni aclaraciones, es por no haber tenido la oportunidad de haberme despedido de ellos y, de paso, volvernos a citar para otra ocasión inolvidable. Quizá, como me recordó Juanra, sea hora de ir un día de estos al Triskel a vivir un partido de los de verdad. Como si el de ayer no lo fuera. Pero no voy a entrar en detalles, porque he prometido hablar de fútbol sin hablar de fútbol.

De cómo pasé de sentir envidia a sentir orgullo, van por delante treinta minutos de previa y noventa más de partido. El Calderón bullía, en su alrededor, de la misma ilusión de siempre. Había desconfianza, fruto de una racha maldita que nos había convertido de nuevo en un simple invitado en la fiesta ajena de la liga, y había esperanza, porque de ilusiones, desgarradoras muestras de cariño y amor a las probabilidades, vive esta afición nacida para gestas más grandes a las que se empeñan en ofrecernos. Y aunque entré al partido con la música de la Champions ya en el recuerdo y el silbido inicial del árbitro perdido en un pequeño periodo de tiempo, fui capaz de recalentar mi garganta y convertirme, una vez más, en dueño de mis propios ánimos. A esas alturas ya daba igual que me hubiese tocado asiento en la fila número trece; depués de vivir aquello ¿Quién podía creer en supersticiones? Había sentido el calor desprendido de un partido de fútbol, había dejado de llover y, sobre todo, ahí estaba mi Atleti.

Le tenía más que abandonado. De las cuatro últimas veces que había visitado el Calderón, una había sido para ver un concierto y en las otras dos, los equipos que ofrecían la condición de local fueron la selección española y el Getafe de mis finales de Copa. A mi Atleti lo tenía abandonado, sufriéndolo desde la distancia e intentando, en vano, desenganchar mis lágrimas del filo de sus derrotas. Y como apenas recordaba como sonaban las gradas en las noches de gesta imaginaria, pude volver a ser testigo de que ningún sonido es capaz de competir con el eco del Calderón en las noches de vida o muerte.

Un partido feo, un Atleti incapaz, un arreón final y un empate que nos dejó buen sabor de boca porque durante muchos minutos estuvimos soñando con firmarlo. Del camino de regreso a casa me quedaron los recuerdos y un sinfín de detalles. Sobre el partido no puedo añadir más de lo que ya han publicado los medios especializados. Sobre las personas, el ambiente y las sensaciones tampoco puedo añadir más porque los momentos resultan mucho más fácil vivirlos que contarlos. Yo hice lo que pude; si no pude exprimir más el encuentro con mis amigos reds es porque, generalmente, mi timidez me impide preguntar mucho más de lo que me gustaría. Y si puedo agradecer mi estancia entre aquella comunidad y sentir el calor de una afición que me acogió con los brazos abiertos pese a ver en mí la camiseta del equipo rival, es gracias a la sonrisa, la complicidad y la confianza que me regalaron Stubbins, Juan y el resto de aficionados reds. Incluso los que comprobaban mi cara de asombro cada vez que intentaban dirigirse a mí con su, para mí, incomprensible idioma natal.


El día se coronó como el final del partido; con dos aficiones entregadas en un hermanamiento envidiable, en una demostración a la UEFA de que para medir la sensatez de una afición no hacen falta mentiras sino testigos y en la definitiva, e irrefutable prueba, de que Fernando Torres ha conseguido que dos aficiones sean la misma hasta en un mismo partido. Yo también soy de ellos y creo que ellos, hoy, también son de mí. Por ello, quisiera ofrecerles un nuevo abrazo desde la distancia y, por fin, tener con ellos la despedida que ayer se me escapó por culpa de un despiste. Hasta pronto, amigos, y muchas gracias por todo.

sábado, 18 de octubre de 2008

Nada nuevo bajo el sol

Reconozco que me lo esperaba. Pero no voy a caer ahora en el absurdo del oportunismo ni del victimismo; si el Atleti ha vuelto a perder contra el Madrid es porque han vuelto a entrar en juego dos factores decisivos. Uno tiene que ver con lo futbolístico; Agüero aparte, el Madrid tiene mejor equipo que el Atleti en todas sus líneas. El otro tiene que ver con lo extrafutbolístico; el Atleti, cada vez que ve al Madrid de cerca, le entra un complejo de inferioridad que no se lo quitan ni a palos.

En mis dudas existenciales andaba perdido cuando recibí la primera llamada de la noche. Como siempre que un partido importante asoma en el horizonte de mis ánimos, Juanra volvió a llamar para tantear mis sensaciones. El árbitro apenas había dado inicio al partido y mi respuesta telefónica fue "gol del Madrid". Otra vez lo de siempre. Tirar el partido a la basura en medio minuto, liquidar las ilusiones de un campo abarrotado hasta la bandera y apagar las gargantas de cincuenta mil ilusos que por un instante llegaron a creer que esta vez sí, que sería la buena.

Suele comentarme Juanra el miedo anímico que suelen generar en el Atleti este tipo de compromisos. Como apenas habíamos cruzado un saludo y el Madrid ya se había puesto por delante, se lo puse en bandeja para reafirmar sus tesis de aficionado. "Es la tercera vez en los últimos años que empezais perdiendo un derby en menos de medio minuto". No le faltaba razón, pero tan importante es el planteamiento anímico como el arreón de orgullo que debe generar un golpe de tan extrema dureza. Sin ir más lejos, en el primer partido de la temporada pasada, Agüero adelantó al Atleti a los dos minutos de juego y el Madrid no dejó que se le vieran las costuras. A ellos sí les motivó el fuego en el alma de sus aficonados, a ellos sí les dolía perder un derbi sin apenas recordar la primera jugada, a ellos si les arrastró el orgullo hacia una victoria que merecieron por hecho y por derecho. Se puede perder o ganar, pero hay muchas maneras de jugar un derbi y el Atleti hace más de diez años que juega de la peor manera posible. O directamente no lo juega.

Como tras la derrota en el Camp Nou le dijeron que su equipo estaba más roto que el ánimo de su afición, Aguirre apostó por plagar el campo de organizadores. No es mala idea siempre y cuando plantees el partido como un ejercicio de posesión, presión y combinaciones. Así lo hace España. Desgraciadamente, el Atleti está a mil mundos de la roja. Como los centrocampistas rojiblancos ni daban ni quitaban, De la Red y Snejider hiceron de la zona ancha su coto privado de diversión. El madrileño demostrando que para jugar bien al fútbol sólo hace falta darle el balón al compañero mejor situado, el holandés descubriendo un agujero en el flanco derecho de la defensa del Atleti y jugando a desquiciar a Perea hasta conseguir borrarle la sonrisa de la cara.

Cuando vi la tarjeta roja en la mano del árbitro pensé que lo mejor era dejar de ver el partido ¿Para qué? Otra vez lo mismo. Salí a la calle a respirar aire y Sagrario bajó a buscarme a los cinco minutos. "Han expulsado a Van Nistelrooy". Decidí volver. Hasta entonces, el Atleti había creado peligro en un par de ocasiones aisladas. Al Madrid, mientras tanto, le había dado tiempo de disparar al larguero y de lamentarse por dos goles injustamente anulados. Como en mi regreso pude escuchar la opinión del comentarista aclarando que la expulsión del nueve blanco había sido injusta, dí credibilidad y sensatez al mensaje recibido de parte de mi hermano al filo del descanso; "Ni robándoles, somos capaces de ganarlos". No le faltaba razón, el árbitro era un desastre.

Soy de la opinión de que no hay mayor pecado en el fútbol que regalar tiempo y posesión al equipo rival. Aguirre debió tener la misma sensación de haberle regalado la primera mitad al Madrid que sentíamos todos. Por ello sacó a Simao y por ello el partido cambió por completo. También pudo ayudar la salida de Pernía del terreno de juego, y es que, por mucha simpatía que me pueda despertar el Tano por sus años de apogeo en Getafe, hay jugadores que no valen para jugar en ciertos equipos y el suyo es el más claro ejemplo.

No es que el Atleti se comiese al campo y al rival, pero al menos demostró ser otra cosa. Banega desde la derecha, Maniche desde el centro y Simao por la izquierda optaron por jugar y, lo que es más importante, por querer ganar. Agüero (que se animó a olvidar su agotamiento) y Forlán (que no pudo contrarrestar su baja forma física), se sintieron menos solos y el Atleti empezó a ver más de cerca la portería de Casillas. No es que se hiciese un partidazo, pero al menos, como me dijo mi hermano, pasaron cosas.

Sin embargo, daba la ruín sensación de que el daño ya estaba hecho. Se habían regalado cuarenta y cinco minutos y, aunque nadie quería llevarse las uñas a la boca presos del pánico, todos teníamos la sensación de que lo peor estaba por llegar. Por eso no se celebró con excesivo entusiasmo el gol de Simao; porque nos conocíamos y porque al Madrid le quedaba la carta de Higuaín. El Pipita está peleado con el gol en la ocasión certera, pero es un futbolista de una pieza; sabe encontrar el espacio, sabe dirigir la mirada hacia el lugar oportuno y conoce los secretos del futbolista decisivo. No se le cayeron los anillos al coger el balón cuando el árbitro pitó penalti sobre Drenthe en la última jugada del partido (mis improperios hacia Heitinga mejor los guardaré en el baúl del olvido), y no se arrugó un ápice cuando cruzó la mirada con Leo Franco.

Duele mucho perder así. Duele, quizá más, ser consciente de que en pleno mes de octubre el equipo ya no aspira a casi nada en la liga. Y duele, y mucho, saber que a los jugadores del Atleti les puede el calor de su público, la expectativa ante la grandeza y la ilusión por lo imposible. Es por ello que reafirmo aquella teoria que tantas veces vengo defendiendo y que es que, la próxima vez que les ganemos, y no sé cuando será, será en el Bernabéu.

Y duele, por encima de todas las cosas, descubrirte, con treinta y dos años, levantando la cabeza ante el espejo y ver que has vuelto a llorar por un puñetero partido de fútbol.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Tras la estela y el recuerdo de las gabarras

Cuentan los viejos lugareños que por aquí, por Madrid, aún resuenan los ecos de las gargantas bilbaínas en primavera, aún se distinguen los colores rojo y blanco de las banderas ondeando al viento y aún pueden verse las txapelas viajando en fila camino de Chamartín. Durante muchos años la final de Copa se jugó en Madrid y uno de los dos equipos aspirantes al triunfo era, casi siempre, el Athletic de Bilbao.

Mis recuerdos se remontan a un Athletic igual de grande. De la misma manera que los logros van pasando al baúl de los recuerdos, la capacidad de regeneración de un equipo puede llegar a autodestruirse al mismo ritmo que sus discapacidades emocionales van influyendo en su proyección. El Athletic, como buen vecino y solidario ejemplo de malas influencias, comenzó a caer en el mismo grave error de la Real Sociedad el día que comenzó a creer que fuera de Lezama también podía sobrevivir la clave del éxito. Nunca entendí el empeño de los involucionarios por cambiar la fórmula de todo aquello que funciona. Si algo va bien, lo lógico es seguir el mismo camino para que vaya bien.

Del primer Athletic que recuerdo aún llegan a mi memoria pinceladas de Sarabia, centros medidos de Argote e imponentes arrebatos de Goicoetxea. De este Athletic de hoy queda la discutida (que no discutible) capacidad de Yeste, las verticales ideas de Iraola, los testarazos imposibles de Llorente y el oficio guerrero de Gurpegui. Vivir en casa significa sentir ser de casa con la cadena de sentimientos que conlleva ser hijo de Lezama. Si Yeste no puede ser Urtubi es porque no encuentra un Argote a quien profundizar el balón un poquito más a la izquierda, si Iraola no puede ser Urquiaga es porque no encuentra un De Andrés que sepa cubrirle la espalda y abrirle el frente, si Llorente no puede ser Dani es porque no encuentra un Sarabia que sepa devolverle una pared y ofrecerle la soledad impenitente del punto de penalti, si Gurpegui no puede ser Goicoetxea es porque no encuentra un Liceranzu en quien confiar sus salidas de pelota y llegadas al campo rival. Y está claro que ninguno de ellos es Urtubi, ni Urquiaga, ni Dani, ni Goicoetxea, pero en la incapacidad de comparación debe permanecer un suspiro de alivio por lo que resulta imposible y es que, tras ellos, hubo un Guerrero, un Larrazábal, un Urrutia o un Alkorta y que con ellos se alcanzó la Champions.

Cuando leo al gran Piterino referirse al Athletic del presente con connotaciones sentimentales del pasado entiendo en sus palabras no un ejercicio de nostalgia sino una necesidad de mirar hacia adelante recogiendo los frutos que se sembraron atrás. Nunca fue fácil la derrota, mucho menos para aquel que durante mucho tiempo se acostumbró a ganar. Saber caer de la cresta de la ola es tan importante como saber volver a levantarse y lanzarse al agua, al viento y a las circunstancias. El camino, aunque duro y largo, es el correcto cuando se observa el beneplácito de quien bien te quiere; Caparrós ha tomado el toro por los cuernos y ha decidido apostar por aquello que durante tantos años estuvo escondido tras los trastos inútiles del armario. Jóvenes leones vuelven a asomar sus colmillos por San Mamés y, aún en la derrota, muchos saben que remontar es cuestión de seguir apostando por lo clásico, de conocer el eco de la tradición y de saber que el escudo del Athletic no puede vestirlo cualquiera.

jueves, 9 de octubre de 2008

Hablando del Atleti con Fernando

Fernando Sánchez Postigo es licenciado en periodismo y, sobre todo, en el Atlético de Madrid. Para él, hincha confeso, seguidor fiel y exigente, según suplica su historia, del equipo rojiblanco, el Atleti no es un equipo más, sino un grande caído en el olvido por culpa de una mala gestión y una dejadez institucional. Como el Atleti es parte de su vida y entiende el Atleti como una forma de vivir, hemos tenido la oportunidad de tener una charla con él en la que hemos repasado presente, pasado y futuro del equipo de la ribera del Manzanares.

El Fútbol de Pablo: Hola Fernando, bienvenido a El Fútbol de Pablo. Empezaremos con esa pregunta que tanto dio que hablar ¿Por qué eres del Atleti?
Fernando: Porque cuando era niño me gustó el equipo rojiblanco. Coincidió que el Atlético de Madrid iba primero en la Liga 80/81 y me enganché al Atleti que, además, era uno de los equipos de mi ciudad.

EFDP: ¿Toda tu familia es Atletista?
F: Mi familia tiene variedad. Mi padre es del Barcelona, mi madre y mi hermano del Atleti, tengo primos del Atlético de Madrid y del Numancia. Y alguna "oveja blanca", jajaja.

EFDP: ¿Cuál es tu primer recuerdo como aficionado del Atleti?
F: El Atleti que estuvo a punto de ganar la Liga 80/81 con los Marcos, Rubén Cano, Ruiz, Dirceu, Arteche, Aguinaga...

EFDP: ¿Y el mejor?
F: El Doblete de la temporada 1995/1996.

EFDP: ¿Y qué momento, como aficionado rojiblanco, borrarías de tu memoria?
F: El descenso de la campaña 1999/2000

EFDP: ¿Cuándo terminó el partido contra el Schalke qué es lo primero que pensaste?
F: Qué iba a tener ocupados los miércoles y martes con el Atleti, pensando en los horarios del trabajo para poder ver todos los partidos.

EFDP: ¿Durará mucho la aventura en la Champions?
F: Mínimo hasta octavos de final.

EFDP: ¿Es Agüero el mejor jugador del mundo?
F: Para mí, el mejor del mundo es Messi. Agüero está entre los 10 mejores.

EFDP: Y el mejor jugador de la historia del Atleti ¿Quién es?
F: Ben Barek por calidad técnica. Adelardo y Luis Aragonés por rendimiento.

EFDP: ¿Y el mejor que tú hayas visto?
F: Paolo Futre y Milinko Pantic.

EFDP: ¿Y un jugador que para ti haya sido especial?
F: Toni Muñoz.

EFDP: Háblame de la cantera del Atleti.
F: Se debería potenciar más y tener mínimo cuatro jugadores canteranos en el primer equipo. En los años ochenta hubo plantillas en las que más de la mitad de sus componentes provenían de la cantera.

EFDP: ¿Fue un error vender a Torres?
F: Sin duda, un error económico y deportivo. Imagínate un equipo con Torres y los jugadores de ahora.

EFDP: ¿Por qué se recelaba tanto de él cuando estaba en el Atleti y ahora que está fuera se le echa tanto de menos?
F: Yo nunca recelé de Torres. Siempre le admiré y le admiro. Era el único que hacía que fueras a ver al Atleti. Yo le echaré de menos siempre.

EFDP: Parece, de todas formas, que Forlán ha ocupado bien su lugar.
F: En el campo, más o menos. En el corazón, no.

EFDP: ¿Por qué los medios de comunicación le siguen el juego a la pareja Cerezo-Gil Marín?
F: Porque están "vendidos" al poder y, además, faltan periodistas de raza y categoría. Se da mucho la versión del "periodista pelota".

EFDP: ¿No hay nada que se haya hecho bien en estos veintiún años de gestión?
F: Claro que sí. En veintiún años se han hecho varias cosas bien, pero el global no es bueno. Se han cometido errores flagrantes.

EFDP: ¿García Pitarch pinta algo en el Atleti?
F: Supongo que sí. Algo hará para ganarse el sueldo. De todos modos, si le pagan por no hacer nada la culpa no es suya.

EFDP: ¿Qué cambiarías del Atleti actual?
F: El Consejo de Administración, el entrenador y el director deportivo.

EFDP: ¿Y qué es lo que más echas de menos?
F: A Don Vicente Calderón, un entrenador valiente y que el club pertenezca a los socios.

EFDP: El Atleti de tu infancia fue...
F: El Atleti de los años ochenta; con los Arteche, Marcos, Pedraza, Cabrera, Ruiz, Dirceu, Landáburu, Mejías...

EFDP: Y Vicente Calderón significó...
F: El mejor presidente de nuestra historia y uno de los mejores dirigentes de la historia del fútbol.

EFDP: ¿Forlán o Torres?
F: Torres.

EFDP: ¿Agüero o Futre?
F: Futre.

EFDP: ¿Eras más de Caminero o de Simeone?
F: De Simeone.

EFDP: ¿Volverá el Cholo al Atleti como entrenador?
F: Sí, yo le fichaba y echaba a Aguirre.

EFDP: ¿Raúl García volante defensivo u ofensivo?
F: Defensivo.

EFDP: En la comparación con Vizcaíno sale...
F: Perdiendo a día de hoy. Pero tiene margen de mejora.

EFDP: ¿Te atreves a darme una alineación histórica del Atleti?
F: No, porque sería injusto dejar fuera de la misma a varios jugadores de gran calidad. Me resulta imposible.

EFDP: ¿Y qué alineación sería la idónea con la plantilla actual?
F: Coupet, Seitaridis, Heitinga, Ujfalusi, Antonio López, Raúl García, Maniche, Maxi, Simao, Agüero y Forlán.

EFDP: La continuidad de Aguirre te parece...
F: Nunca le hubiera fichado y, mucho menos, renovado. No me vale su discurso conformista y su juego defensivo y cagón. El Atleti debe salir a ganar en todos los campos.

EFDP: ¿Con qué entrenador se ha sido más injusto en el Atleti?
F: Con Pepe Murcia, hizo números de Champions durante su estancia en el banquillo colchonero.

EFDP: ¿El tiempo recordará a Antic como el entrenador del doblete o como el entrenador del descenso?
F: El del Doblete. El del buen juego y el de la alegría por ir al Calderón.

EFDP: Del triunfo de la selección en la Eurocopa ¿Te alegraste más como español o como defensor de Luis Aragonés?
F: Por ambos motivos, si bien soy un defensor a ultranza de Don Luis Aragonés Suarez.

EFDP: ¿Repetirá Del Bosque el éxito de Luis?
F: Ojala. Le deseo toda la suerte del mundo y que sea justo.

EFDP: Un supuesto: Mismo día; dos partidos y a la misma hora. El Atleti juega la final de la Copa de Europa y la selección juega la final del mundial. Tienes entrada para los dos partidos ¿Cuál irías a ver?
F: Al Atlético sin lugar a dudas.

EFDP: Cuando gana el Madrid sientes...
F: No me gusta nada ver ganar al Madrid.

EFDP: ¿A qué jugador del Madrid ficharías para el Atleti?
F: A Sergio Ramos y a Casillas.

EFDP: ¿Y a qué otro jugador del resto del mundo?
F: A Iniesta y a Xavi.

EFDP: ¿Volverá Torres?
F: Quizá en un futuro lejano, pero no a corto plazo.

EFDP: ¿Y volverá pronto la afición rojiblanca a Neptuno a celebrar un título de verdad?
F: Este año hay que ganar un título. La Copa del Rey puede ser el gran objetivo.

EFDP: ¿Qué será del Atleti fuera del Calderón?
F: Perderemos historia, comodidad y no veo nada claro los beneficios económicos. Nunca me hubiera ido del Calderón con las condiciones que se dan.

EFDP: Muchas gracias Fernando. Ha sido todo un lujo, para este blog, contar con tu participación.
F: Ha sido un placer. Un abrazo.

lunes, 6 de octubre de 2008

El triunfo de la nueva escuela

Cuando el Ajax irrumpió como un disparo por sorpresa en el panorama futbolístico europeo, todos los que soñaban una revolución comenzaron a entrever una puerta abierta hacia la esperanza. En Holanda se estaba gestando un nuevo estilo y de aquel fútbol innovador que ideó el Ajax se aprovechó su máximo rival, el Feyenoord, para imponerse en el plano europeo por la vía de lo inesperado.

Ernst Happel, austriaco de nacimiento y entrenador de fútbol de profesión, había mamado los estilos de la vieja Europa e, igual que cuando era joven y soñaba con un fútbol perfecto, implantaba en sus equipos un sistema de juego libre e incorporaciones por sorpresa. Happel se había criado escuchando las épicas jugadas de Matías Sindelar, el amo y señor del fútbol austriaco y europeo antes de que a Hitler se le metiese en la cabeza la degenerada idea de conquistar el mundo. Más tarde aprendió todo sobre el juego de la gran Hungría y de estas escuelas de la Europa central ideó un modo sobrio, alegre y certero de jugar al fútbol. Y fue ese mismo estilo el que llevó al Feyenoord a conquistar la Copa de Europa de 1970.

Happel se diferenciaba de su rival Michels en el intenso interés por el centro del campo. Si para Michels, lo fundamental era robar el balón lo más adelante posible y facilitar así las combinaciones entre los delanteros, para Happel el fútbol podría gestarse desde cualquier lugar del terreno si existían centrocampistas capaces de darle al equipo la claridad que cada jugada solicitaba. Y para ejecutar su fútbol preferido, Happel llegó a Rótterdam para darle a Peter Van Hanegem la batuta del equipo.

Van Hanegem, dueño y señor de cada uno de los propósitos y delirios rojiblancos de la ciudad de Rotterdam, era un incansable futbolista con una exquisita precisión en su pierna izquierda y una cabeza privilegiada para la distribución y la organización del juego. A simple vista, Van Hanegem podía tratarse de un centrocampista más de los muchos que el fútbol le había aportado al mundo del arte desde su invención, pero aparte de su toque preciso y su aportación vital, era capaz de destacar por encima de todos demostrando que para jugar bien al fútbol no hacía falta correr más que los demás.

Van Hanegem no era rápido, ni excesivamente fuerte. Su físico, más por inercia que por proporción, tendía a la incertidumbre, pero en su mente vivía el prodigio de un jugador inteligente y más capacitado que los demás. Por primera vez desde que el fútbol se había hecho dueño de la pasión del mundo, la zona ancha estaba siendo dominada por un jugador de corta y pesada zancada. En un lugar donde los guerreros habían hecho escuela desde los primeros principios, Van Hanegem había llegado para demostrarle al mundo que para jugar al fútbol en el centro de la cancha resultaba más fundamental ser rápido con el pensamiento antes que con las piernas.

De esta manera, Happel y Van Hanegem formaron una sociedad perfecta que nunca antes se había visto en Rotterdam. Happel proponía y Van Hanegem disponía, Happel deseaba y Van Hanegem ejecutaba, Happel ordenaba y Van Hanegem organizaba las jugadas como si el campo de fútbol fuese un tablero de ajedrez. Con este fútbol, tan acorde con lo que algunos habían profetizado como la revolución pendiente, el Feyenoord se había atrevido a hacerle cara en Holanda al innegable fútbol agresivo del Ajax de Ámsterdam.

En Holanda, los Ajax – Feyenoord se estaban convirtiendo en un clásico que paralizaba el país y que enfrentaba los valores de dos estilos tan iguales en forma como distintos en ejecución, en los que, por encima de todo, primaban el fútbol y el balón como señas de identidad fundamentales. Con ello, era el espectador quien salía ganando en cada contienda.

Pero para que aquella revolución surtiese efecto de verdad, era necesario que el fútbol holandés impusiese su autoridad más allá de sus fronteras. Europa había descubierto el año anterior los valores de un Ajax que buscaba la sonrisa por encima de todas las cosas y en este nuevo año le tocaba al Feyenoord consagrarse de manera definitiva como instigador de una nueva manera de vivir el fútbol.

Si el Ajax no lo había tenido fácil en la final anterior, no iba ser mucho más sencillo para el Feyenoord en esta nueva final de la Copa de Europa. El Ajax había fracasado en su misión de derrocar la muralla milanista, un dique firme y bien plantado que resultaba casi imposible de perforar y que tenía en Rivera al mago instigador perfecto para sus ejecuciones más letales. Y al Feyenoord le iba a tocar ahora enfrentarse al Celtic de Glasgow de Jock Stein, el mismo equipo que había ganado el torneo tres años antes y que aún conservaba los mismos valores y los mismos jugadores que le habían llevado a la gloria.

Y lo iba a tener, sobre todo, complicado el Feyenoord porque aquel iba a ser un enfrentamiento de fútbol contra fútbol. Happel sabía que el Celtic iba a intentar imponer su ritmo vertiginoso, su fútbol directo y sus frenéticas combinaciones en la punta de ataque para aprovechar las subidas por banda de sus dos puntales más decisivos, Johnstone y Lennox, dos extremos de la antigua escuela y que le daban al Celtic su verdadera seña de identidad. Y Stein sabía que el Feyenoord basaba su fútbol en el toque, la precisión y el descubrimiento de los huecos sin perder la paciencia, siempre en búsqueda del gol; el equipo holandés pensaba generar su fútbol desde el centro y tendría a Van Hanegem como principal motor para cada una de sus ideas.

El duelo, pues, estaba servido; el fútbol rápido, colectivo y sacrificado del Celtic frente al fútbol vertical, elaborado y técnico del Feyenoord. Dos estilos en los que el balón tomaba un papel fundamental y que prometía tantas dosis de buen fútbol como a cada aficionado le pudiese caber en el fondo de sus pensamientos.

En un partido que se iba a ganar en el centro del campo, la vieja escuela británica golpeo primero gracias a un preciso chutazo de Gemmell, precisamente el mismo jugador contra el que Van Hanegem iba a tener que jugarse el coraje y la paciencia con tal de obtener el derecho a levantar la Copa de Europa de campeones. Y aunque en este caso, el que dio primero no fue el que dio dos veces, al Feyenoord y, particularmente, a Van Hanegem, les costó más de la cuenta hacerse notar sobre el terreno de juego porque en cada lance, las profecías de vestuario del viejo profesor Stein se estaban imponiendo frente a las igualmente, pero distintas, buenas intenciones de Ernst Happel.

El partido discurrió armonioso, como le gustaba al Feyenoord, y disputado, como le gustaba al Celtic, pero de tanta tensión e incertidumbre nació un partido tirando a feo y aburrido y que coronó un empate a uno que puso fin a los noventa minutos reglamentarios. Por si los jugadores habían tenido poco con todo el esfuerzo realizado, aún tendrían por delante media hora extra de juego para dilucidar el resultado de un partido que iba a convertirse en el más largo en la historia de las finales.

En la prórroga, el ritmo intenso y prolongado del Celtic comenzó a venirse abajo por culpa del cansancio; fue entonces cuando apareció la figura de Van Hanegem para guiar al Feyenoord hacia un triunfo de ensueño. Una jugada precisa y elaborada, como todas las que ideaba el equipo holandés cada vez que intentaba ponerle un gramo de sonrisa al espectáculo, terminó en los pies de Ove Kindvall, la otra gran estrella del equipo y, a su vez, el jugador que aportaba la chispa necesaria en la ejecución del último o penúltimo lance. Kindvall fusiló a Simpson y puso la victoria en las manos del Feyenoord.

El partido concluyó y esta vez fueron los jugadores del Celtic quienes sintieron, de la misma manera que ellos habían conseguido hacer sentir tres años antes a sus rivales del Inter de Milan, el amargo sabor de una sorpresa ejecutada en su contra. El Feyenoord había dado la campanada y toda Europa, quien ya conocía el trabajado fútbol ibérico, el ordenado fútbol italiano y el frenético ritmo británico, descubrió que, sin perder la agresividad, también se podían ganar partidos jugando al fútbol de manera rápida y elaborada.

miércoles, 1 de octubre de 2008

El asombroso descaro de la juventud

Los jóvenes raramente llaman a la puerta antes de entrar. Alcanzan su propósito, derriban las barreras y no piden permiso para entrar en las alineaciones ni en el corazón de los aficionados; el descaro es su propuesta y la calidad es su respuesta. Como además, nos hace falta poca luz para deslumbrarnos y pocos hechos para perder la memoria, de la sorpresa por la novedad a la admiración por la ingenua realidad, damos un único paso que nos permite revolcar todo lo planeado.

Ante la técnica depurada hace falta potencia brutal y descarada; ante la magia inusitada hacen falta ganas de comerse el mundo. Es por ello que la afición del Inter comparte su admiración regresiva hacia Ibrahimovic con la ilusión descontrolada que ha producido la aparición de Mario Balotelli. Como además, el producto casero, por escaso, suele producir más apego que cualquier elemento de importación, no resulta difícil de comprender el entusiasmo que genera Balotelli entre los aficionados del Inter. Una inesperada vuelta atrás, un deseo concebido de máxima paciencia.


Delatado solamente por su apellido, Balotelli parece cualquier cosa menos italiano. Lejos de los cánones latinos, ha mamado el fútbol como una competición a vida o muerte pero lo juega como los niños de la calle que buscan la fortuna en medio de la pobreza. Los que ya se han propuesto esperarle están de enhorabuena pues saben que tanto el Inter como la selección italiana tienen goleador para varios años. Los aún desconfían de su impureza técnica, será mejor que no le infravaloren demasiado no sea que tarden poco tiempo en ver su blanca dentadura sonriendo imperecederamente.




P.D. Debido a un perido de vacaciones en los que he disfrutado de los paisajes, playas y gastronomía de Asturias y Cantabria, unido a una época en la que el trabajo me ha tendio muy ocupado, he estado más tiempo del que quisiera sin postear. Espero, a partir de hoy, volver a la normalidad y publicar en el blog más a menudo. Gracias a todos los que habeis estado ahí, esperándome.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Aquellas tardes de doblete

Cuesta tan poco recordar lo bueno como pretender olvidar lo malo. El desierto es tan largo y produce un aletargamiento tan atroz que borrar los ridículos de la memoria se convierten en un continuo quiero y no puedo. Quisiera tener presente tantos buenos momentos que me ahoga saber que llevo años sin levantar los brazos como realmente quisiera. Es por ello que en el filo de cada sonrisa se esconde el velo de los mejores recuerdos. Pintados en rojo y en blanco, los últimos mejores recuerdos viajan doce años atrás y aún perduran en mi retina como si de un juego de magia se hubiese tratado.

Entonces yo era un jovenzuelo prácticamente imberbe que jugaba a conquistar a la más guapa y me retiraba siempre a casa con una calabaza sobre la cabeza y el rabo entre las piernas. Las tardes de botellón eran una discusión constante entre sentimientos y valores. Las primeras maquinillas de afeitar te producían un efecto de mente adulta que no podía compararse con nadie porque nadie sabía más que nosotros ni nadie podía discutirnos una sola teoría. Con el tiempo he llegado a reírme de todas mis gilipolleces; si de algo no me arrepiento es de haber gritado como un loco aquellos goles del Cholo y de Kiko contra el Albacete y, como no, aquel cabezazo, casi imposible, de Pantic contra el Barça en una Romareda teñida de rojiblanco.

Al contrario que ahora, cuando un partido del Atleti es capaz de cortarme cualquier rollo y cualquier plan, veía todos los partidos en el bar. No había pay per view, pero le televisaban bastante. Así, entre copa y copa de más, cantaba los goles de Caminero, Kiko, Penev y el Cholo como si se me desgarrara el sentimiento. La gente me miraba algo asustada, pero había muchos más como yo y nadie nos miraba como a un bicho raro. Fue nuestro año de suerte; el día que ganamos la liga eran las fiestas de Getafe y entre chiringuito y chiringuito paseábamos la camiseta rojiblanca con más orgullo que vergüenza.

Cuando terminó el partido mi hermano se metió vestido bajo la ducha en cumplimiento a una promesa y mi padre descorchó una de las dos botellas de sidra que tenía guardadas para la ocasión; la otra la habíamos apurado un mes antes después de ganar la final de Copa al Barça. De sidra, cerveza y calimocho se componía la dieta alcohólica de un joven estudiante como yo. Como los cubatas eran para ricos, nos conformábamos con una botella de whisky barato en cada botellón de media tarde y media docena de minis de cerveza antes de volver a casa con la luna recién nacida. En aquel 1996 los regresos a casa eran más felices que nunca porque con las risas, las anécdotas y los escarceos con las chicas, nos acompañaba una nueva victoria del Atleti celebrada en el bar de turno. El gol de Caminero al Sporting en “La Chocita”, el que le marcó al Compostela en “El Tijuana”, el regate imposible a Nadal en “El Chapeau”; son bares, la mayoría hoy parte del recuerdo de la mejor época de Getafe, que me saben a victoria única y a pataleta inesperada, como aquella vez que el Madrid nos ganó por uno a dos y me fui a mi casa con los puños cerrados y los dientes apretados intentando engullir mi propia rabia.

Y sobre todo, aquel partido contra el Tenerife que vimos en casa del Rubio mientras agotábamos las reservas de cerveza de su padre; el gol de Biagini en el descuento que nos puso el corazón a mil por hora después de que casi se hubiese parado en seco cuando Aguilera, entonces jugador tinerfeño, falló un gol a puerta vacía. Aquel Atleti de Antic y de Gil en su esplendor más vocalístico fue lo más grande que hemos visto y la barrera, a la vista insalvable, que debemos superar. Una ínfima alegría, suprema y monumental, entre un reguero de dudas y un mar de años en la inopia. Molina, Geli, Solozábal, Santi, Toni, Vizcaíno, Caminero, Simeone, Pantic, Kiko y Penev. Tengo tantas ganas de volverlo a ver que en mi propia incredulidad me engaño a mí mismo cuando escucho cantos de sirena. Hemos empezado medio bien, a trompicones, dudas y esperanzas de mejoría, pero igualar aquello se me antoja tan difícil que prefiero seguir disfrutando el Kun y recordando aquellas tardes de sábado juvenil. El resto, como los goles y las derrotas, como las lágrimas y las victorias, ya irá llegando.

jueves, 28 de agosto de 2008

Esa añorada musiquita de la Champions

Reconozco que tiendo a ser pesimista. Ya me ocurrió en la Eurocopa cuando me despertaba sudoroso tras soñar con un cabezazo furtivo de Luca Toni en el último minuto o cuando pensaba que Arshavin haría un agujero y medio en nuestra defensa. De la naturaleza del hombre derivan ciertos recelos y a mí, la desconfianza me produce pesimismo.

Tenía desconfianza ya desde el sorteo. Nada más salir la bola del Schalke mi móvil pitó dos veces: “Adiós a la Champions”, “Lo tenéis muy jodido”. Para más inri, conecto el Messenger y el saludo de bienvenida de Christian se reduce a un “te acompaño en el sentimiento”. No pintaba bien la cosa. Con tantos malos augurios pensaba yo si realmente nos había caído en suerte el Schalke 04 o lo había hecho el Santos de Pelé. Aún no había rodado el balón y ya estábamos sentenciados.

El monstruo de la desconfianza terminó por hacerme preso después del partido de ida. En mis análisis post partido, más cuando es el Atleti quien pone en el asador carne y sentimientos, suele salirme un pataleo mayor cuando perdemos que cuando nos ganan. La diferencia es sencilla; te ganan cuando son mejor que tú, pierdes cuando no haces nada para ganar. El Atleti en Alemania no hizo ni la mínima intención de jugar un poquito al fútbol. Uno a cero y muchas gracias. Y a esperar al Kun, repetía mi hermano.

Comencé a cavilar sobre la proporción de ventaja que podría darnos el regreso de Agüero para el partido de vuelta cuando las cábalas me jugaban una nueva mala pasada; por más que intentaba recordar la última vez que el Atleti había levantado un resultado en contra en el Calderón, no había un partido que asomase a mi cabeza. Mal asunto. Como para no ser pesimista. Empecé a repasar blogs, foros, enciclopedias… Groningen, Timisoara, Fiorentina, Osasuna, Valencia, Bolton… ¡Aquí está! Temporada 1991/92: Atlético de Madrid 5 – Oviedo 0. Temporada 1998-99: Atlético de Madrid 4 – Real Sociedad 1. Pues no ha llovido ¿Qué más quieres? Peor es nada ¿O acaso no has escuchado a tu padre una y mil veces recordarte aquella remontada ante el Cagliari de Gigi Riva? ¡Pero si de eso hay llovido aún más! Sí, pero ese es el Atleti que nunca debimos dejar de ser.

Se apaga la llama de mi pesimismo y me siento, junto a mi padre, a ver el partido en televisión. Parecen otros, esto no va a ser lo de Alemania. O sí. Pasan los minutos y la ausencia de ocasiones comienza a provocarme una angustiosa desazón ¡Vamos chicos! Apenas ha pasado un cuarto de hora y ya ha quedado claro que el chollo está en el flanco derecho de los alemanes, este Westermann es bastante lento y le cuesta recuperar la posición. “¡Balones a Simao, por favor!

Nada, como quien oye llover. En vez de a Simao se la dan a Perea, compruebo que el cordón de mi zapatilla está desatado y pienso que es un buen momento para agacharme a hacer el nudo; cuando levante la cabeza Perea ya habrá mandado el balón al segundo anfiteatro. Escucho un “bien” ahogado salir de la garganta de mi padre y, atacado por la sorpresa, levanto mi vista hacia la pantalla, Forlán la para con el pecho, deja en el suelo a un defensor y chuta con toda su alma. “¡No puede ser!” Exclamo mientras veo como un alemán mete la cabeza en la línea de gol. El rechace regresa a Perea ¿Vuelvo a intentar atar la zapatilla? Para eso estoy yo ahora, con lo que nos estamos jugando. Centro al primer palo y el Kun, un tipo de 1,70, remata en el primer palo rodeado de cuatro alemanes. Ni que fuera nuestra defensa. Estallo en un grito incontrolable y compruebo, a través de la puerta de la terraza, como el vecino de enfrente asoma una cabeza extrañada desde la ventana ¿Pero este loco no había abandonado ya la casa de sus padres?

Queda un mundo. Cabeza, chicos, cabeza. Cabeza y un poquito de presión que me estáis condenando en vida. Cada alemán que coge el balón puede conducirlo durante más de treinta metros sin que nadie le entre al paso. Maniche en el suelo, Raúl en la semiluna del área, Maxi corriendo, Simao en la cal y aquí no roba una pelota ni Dios. Menos mal que el Schalke este no es nada del otro jueves, aún así, cada rechace, cada balón dividido y cada despeje desesperado va a caer a sus pies. Volvemos a las andadas y no tengo ganas de volver a repetir lo del director de juego que necesitamos, al fin y al cabo, terminarán fichando a Coupet para apretarle los guantes a Leo Franco.

Llega el descanso y compruebo que tengo la boca seca. Será de tanto gruñir y tanto divagar en voz alta. Un trago de agua fresca y vuelta a las andadas. Un mensaje “No estamos haciendo nada del otro mundo, pero estos alemanes son muy poquita cosa”. Mi hermano tan analista y tan fiable como siempre. Y encima me dice que los del periódico le han mandado hacer el directo del Real Madrid contra el Sporting. Si es que hay que tener mala baba.

Comienza la segunda parte y, por momentos, creo adivinar que la cosa va tomando otro color. Parece que a los del centro les ha dado por juntarse un poco más y que Maxi ha dejado la banda para echar una mano en la creación. El tipo no es un prodigio técnico, pero sin el balón juega como los ángeles. Con todo, la solución a los problemas sigue siendo la misma de antaño, un viejo lema que comienza a convertirse en coletilla habitual en momentos de complicación; “cuando tengas duda, balón al Kun”. Y el Kun se las arregla él solito. Y Forlán también. Son tan buenos que por momentos pienso que juegan a un deporte distinto. Kun, Forlán, Kun, Forlán, disparo cruzado y gol. Qué bien pinta esto. Vuelvo a gritar como un loco y el vecino vuelve a asomarse con cara de pocos amigos. Nunca me lo ha dicho, pero yo creo que es del Madrid.

Pero como en el guión de nuestra excelsa historia se han empeñado en escribir escenas de pánico y sufrimiento, no podríamos hacerle de menos a los mentores del caos si no tuviésemos nuestro ratito de pasarlas canutas. Los alemanes se agrandan, aunque pierden y el Atleti se achica, aunque gana. Es la táctica de Aguirre así que a nadie le extrañe; si empiezas mal, acabas mal, si empiezas bien, echa al equipo hacia atrás y probablemente también acabes mal. Menos mal que la noche no está para tragedias y que esta nueva defensa no tiene nada que ver con la antigua. Viendo anticiparse y despejar a Ujfalusi y viendo sacar la pelota a Heintinga uno se pregunta si a Pablo le estará dando vergüenza ver el partido. Con todo, Leo Franco tiene que sacar las manos en un par de ocasiones. Se masca la tragedia, cada balón colgado es una visita al infierno y cada balón en pies de Perea y Pernía es un padre nuestro que estás en los cielos… Dice un viejo cantar castellano que “alguien vendrá que bueno me hará”. Algo parecido debe estar pensado Antonio López mientras devora diez uñas y una bolsa de pipas sentado en la grada.

En toda película hay un héroe dispuesto a salvar la vida de sus compañeros y conquistar a la chica para siempre. La chica, disfrazada de afición pintada en rojo y en blanco y entregada en apoteosis en pos de la victoria, no puede sino derretirse cuando ve al Kun encarar por penúltima vez a la defensa alemana. Tras dos quiebros y una media verónica le regala a Luis García la estocada definitiva y creo que me va a dar un ataque de felicidad. Grito de nuevo y el vecino ya ni se asoma. “Ya era hora de que tuvieras una alegría”, debe estar pensando.

En la última del partido, Agüero vuelve a citar en corto al alemán y le pone a Simao la sentencia definitiva. Mételo tú que a mí me da la risa. Total, penalti y expulsión, que en momentos así da gustirrinín y hasta cierto cachondeo, recordar al ya ex árbitro asistente, Rafa Guerrero, que si llega a estar aquí este lo mismo nos anula más de un gol; mira que el Kun estaba muy solo en el primero y mira que Forlán ya quería quitarse la camiseta antes de rematar el segundo. Total, que a Aguirre le da un ataque de reconocimiento y ordena mostrar el número diez en el cartelillo luminoso del cuarto árbitro. De ahí a que el estadio se viniese abajo solo era cuestión de una centésima de segundo. “Kun, Kun, Kun, Kun”. “No lo cambio por nadie”, le digo a mi padre. “Ni yo tampoco”, me contesta. Faltaría más.

Maxi redondea la noche marcando el penalti y por primera vez en mucho tiempo compruebo que termino de ver un partido del Atleti con una amplia sonrisa decorando mi rostro. “Qué bonito es ganar”, pienso. Y qué bonito será volver a escuchar esa añorada musiquita de la Champions.

lunes, 25 de agosto de 2008

Lo que queremos de un futbolista

En la vida los errores se pagan con la crítica y se olvidan con el tiempo y la sombra de las cosas bien hechas. Durante varias temporadas Samuel Eto’o ha sido víctima de su propio carácter, prisionero de sus palabras y bruja condenada por la inquisición popular. Parece que cada vez que habla, la gente olvida sus goles, sus gotas de sudor derramadas en busca de una victoria y los gritos desconsolados cada vez que la fortuna quiso darle la espalda.

En estos tiempos de evolución constante, parece mentira que instituciones de carácter tan global como sentimental, tiren a la basura su futuro en una búsqueda imposible. Se quiere a un jugador perfecto que además de impecable en el campo sea obediente y respetuoso fuera de él. Como nos gusta tanto o más hablar de lo que rodea al fútbol que del fútbol en sí, nos hemos acostumbrado a ver nuestro deporte como una página más de la prensa rosa. En la búsqueda del morbo encontramos a un camerunés altivo, bocazas y engreído y nos frotamos las manos ante nuestro encuentro con la noticia. No vale que Eto’o haya marcado un centenar de goles con la camiseta azulgrana, ni vale que en su peor temporada, acuciado por el cansancio y lastrado por las lesiones, Eto’o terminase la liga con tantos goles marcados como partidos disputados; una cifra a la altura de los mejores. Da igual, el camerunés ya había abierto la boca y las cifras se resbalaron por debajo de la puerta. Pase usted por ella y olvídese de volver a jugar aquí.


Como los grandes jugadores se han empeñado en tener siempre la razón más allá de las polémicas que suscitasen sus caprichos, para Eto’o resultan más importantes las palabras dirigidas con el balón, que las dirigidas delante de un micrófono. Por ello, un partido tras otro, se empeña en demostrar que el Barça puede seguir buscando un nueve, pero que sería de una torpeza imperdonable olvidar que no se puede peinar el mundo sin conocer lo que tienes en casa. Y lo que tiene en casa el Barça es una bomba de relojería. Quizá en todos los sentidos, porque vivir en continua polémica por las salidas de tono de un niñato impredecible resulta una tarea complicada, pero solamente una minucia comparada con el alivio que produce la posibilidad de alinear cada domingo al mejor nueve del mundo.

miércoles, 20 de agosto de 2008

La final de los postes

Cuando la temida selección húngara de los años cincuenta, conocida como “Los Mágicos Magiares”, se deshizo por motivos políticos, y personales, todos tuvieron que recorrer Europa en busca de una nueva ficha como futbolista y una nueva carrera que terminase de alzar su mito hacia el pedestal de los jugadores inolvidables.

De esta manera llegaron Kocsis y Czibor al Fútbol Club Barcelona. Y allí se encontraron con Kubala, otro húngaro que había huido de las leyes marciales del comunismo soviético y había sido acogido en Cataluña con honores de héroe nacional.

Aquella inolvidable delantera había sido definida en su calidad con la llegada de Tejada y de un joven gallego llamado Luis Suárez, un jugador de pausa venenosa y ejecución letal. Habían conseguido disputar su primera Copa de Europa gracias al título de liga conseguido el año anterior y se habían plantado en la final tras dejar en el camino al Real Madrid, Hradec Kralove y Hamburgo, tres rivales de categoría superior que habían engrosado el nivel de méritos de un equipo que empezaba a construirse para ganar títulos de verdad.

Sin duda alguna, la eliminatoria que más expectativas había creado y más había ensalzado su categoría había sido la que les había enfrentado ante el Real Madrid. Disputaron dos partidos apasionantes ante el que, hasta el momento, había sido considerado como el mejor equipo del momento y, tras haber salido vivos del primer envite en el Santiago Bernabéu con un agónico empate a dos, un espectacular cabezazo de Evaristo, que había quedado reflejado en una maravillosa foto que dio la vuelta al mundo, había puesto el dos a uno definitivo en el partido de vuelta en el Camp Nou y había terminado por darles el pase a la siguiente ronda, quitándose del medio y de un plumazo, al rival más difícil de cara a conquistar el título.

Sandor Kocsis llegó a Barcelona de la mano de Czibor. Debido a su poderoso remate de cabeza tenía el honor de ser conocido como “Cabeza de Oro”, y es que en cada balón que llegaba desde un extremo, Sandor era capaz de mantenerse en el aire de manera perpetua hasta conseguir un remate limpio y cargado de gol. Él había sido el centro delantero de aquella mágica Hungría de los años cincuenta y él había participado con goles en las dos victorias más sonadas de la historia hasta el momento; los dos enfrentamientos ante una Inglaterra que quería seguir presumiendo de imbatibilidad en los partidos disputados en su viejo estadio de Wembley. Pese a todos aquellos logros, Kocsis tenía una espina clavada en lo más hondo de su recuerdo y no era otra que la derrota que habían sufrido en el estadio Wankdorf de Berna ante Alemania y que les había privado de ser campeones del mundo y rubricar un extraordinario ciclo que les mantuvo más de cuatro años como invictos y temidos por todas las selecciones a las que se enfrentaron. Kocsis jugó aquel fatídico partido en el Wankdorf, anotó un gol y Hungría estrelló tres balones contra los postes. Kocsis estaba jugando de nuevo, siete años después, en el Wankdorf, para ganar la final de la Copa de Europa frente al Benfica, había anotado un gol y el Barcelona había estrellado cuatro balones contra los postes.

Zoltan Czibor llegó a Barcelona de la mano de Kocsis. Debido a su imparable juego de caderas llegó a ser considerado como el mejor extremo izquierdo del mundo, y es que en cada balón que jugaba, Zoltan era capaz de regatear a cuantos rivales le salieran al paso hasta conseguir el espacio suficiente para aportar a sus delanteros un preciso centro hacia el gol. Él había sido el extremo izquierdo de aquella mágica Hungría de los años cincuenta y él había participado con jugadas imposibles en las dos victorias más sonadas del momento; los dos enfrentamientos ante una Inglaterra que tras enfrentarse a ellos dejó de presumir de imbatibilidad en los partidos disputados en su viejo estadio de Wembley. Pese a todos aquellos logros, Czibor tenía una espina clavada en lo más hondo de su corazón y que tenía nombre de derrota ante la Alemania de Fritz Walter en el estadio Wankdorf de Berna, una derrota que les había arrebatado la gloria de un campeonato del mundo y que puso fin a un inolvidable ciclo de cuatro años sin perder en los que se pasearon por Europa con la cabeza alta y el orgullo intacto. Czibor jugó aquel fatídico partido en el Wankdorf, no anotó ningún gol y sus compañeros estrellaron tres balones contra los postes. Y Czibor, enfundado con la camiseta del Barcelona, estaba jugando de nuevo, siete años después, en el Wankdorf, intentando ganar la final de la Copa de Europa frente al Benfica portugués, había anotado un gol y sus compañeros habían estrellado cuatro balones contra los postes.

El tercer húngaro del equipo era Ladislao Kubala. Él no había disputado un campeonato del mundo pero era el más querido de los tres. Él no había sido reconocido mundialmente pero era el mejor de los tres. Él no había ganado nunca una Copa de Europa para el Barcelona pero sí había conseguido ganarse a la ciudad tras once años en el club. Él había provocado que el viejo estadio de “Les Corts” se quedase pequeño y el club se viese obligado a construir el imponente Camp Nou, donde, cada domingo, más de ciento veinte mil espectadores esperaban impacientes la magia futbolística de su jugador favorito. Kubala era delantero centro, interior y extremo, Kubala era goleador y asistente, Kubala era el santo y seña de un equipo que buscaba la gloria ante el Benfica portugués en el estadio Wankdorf de Berna. Kubala no había jugado su mejor partido y no había anotado ningún gol. Kubala había intentado marcar por todos los medios pero los postes habían evitado en cuatro ocasiones que tanto sus disparos, como los de sus compañeros, se convirtiesen en gol y en victoria.

Cuando el Benfica inició su último contragolpe tras el enésimo disparo al palo de los jugadores del Barcelona, Kocsis y Czibor pudieron volver a ver una jugada que tenían bien grabada en su recuerdo. Recordaron aquel momento en el que un tiro al poste inició un contraataque; el Benfica salió disparado al igual que habían salido los alemanes en aquella fatídica tarde del cincuenta y cuatro, igual que en el partido ante Alemania, cuando el balón llegó al área, el inexpugnable portero Grocsis había resbalado y Rahn había podido rematar a gol y conseguir una victoria que nadie esperaba. Contra el Benfica, cuando el balón llegó al área, el portero Ramallets, ídolo del barcelonismo, también había resbalado y se había metido en su propia portería un gol que coronaba al Benfica como un campeón por el que nadie había apostado una moneda.

Cuando terminó el partido y vio a los jugadores portugueses celebrando su victoria abrazados en el centro del campo, Kocsis tuvo muy claro el motivo de aquel desenlace y así se lo hizo saber a su amigo Czibor mientras rodeaba su cuello con el brazo. “Todo está claro”, concluyó, “Este campo guarda una maldición contra todo húngaro que lo pise”.