lunes, 21 de diciembre de 2009

Llorar como aficionado

Existen dos tipos de futbolistas en plano emocional. Aquellos que miran por sí mismos y aquellos que miran por su equipo. No quisiera convertir en premisa, con esta afirmación, que existen futbolistas que no miran por sí mismos porque en el plano ambicioso, allá donde entran en juego factores económicos, deportivos y glorificantes, todos son igual de egoístas. Pero más allá de posturas de exaltación del ego y de celebraciones consigo mismo, existen futbolistas que, cuando ganan, sienten en su piel el sueño cumplido de su infancia porque desde pequeños amaron al club al que defienden.

Es algo que pude entender en tipos como Maldini, Gerrard o Puyol. También en aquellas lágrimas sinceras de Terry después de escurrirse justo en el momento de lanzar aquel último penalti. Son tipos, como Iker Casillas, como Fernando Torres o como Raúl Tamudo, que desde pequeños mamaron una afición y se dieron cuenta de mayores lo grande que era defender la camiseta de sus sueños. Los hay, condicionados por el miedo a defraudar a su gran amor, que prefieren marcharse por la puerta de atrás antes que ser repudiados por su propio público, como aquel Michael Robinson que reconocía haber dejado el Liverpool, temiendo hacerle daño, por el intenso amor que le profesaba.

La alegría de estos tipos, que lloran como aficionado lo que han logrado como jugador, puede hacerse extensible a otros ámbitos del fútbol, como bien puede ser el puesto de entrenador. Nadie puede dejar de reconocer que tras los éxitos de Vicente Del Bosque en el Madrid se encontraba el espíritu de un tipo que amaba su casa o que cada vez que Luis Aragonés se ha hecho cargo del Atlético el equipo ganaba un plus de emotividad. Es por ello que hoy comprendo las lágrimas de Pep Guardiola porque a mí me habría pasado lo mismo.

Seguramente no hubiese llorado Guardiola de haber conseguido todos sus éxitos sentado en el banquillo de otro equipo. Porque él no lloraba como Pep, ni como entrenador, sino como aficionado del Barça. Sentir algo a flor de piel desde la más tierna infancia y darse cuenta de que has sido partícipe del éxito que siempre soñaste debe ser algo así como terminar de conquistar a la chica de tus fantasías más platónicas. En las lágrimas de Guardiola descubrí el sentimiento de quien logró, como aficionado, todos los sueños que se contaban los unos a los otros cualquier mañana de primavera en un patio de colegio. "Ahora mismo yo soy el Barça", debió pensar Pep. Imaginaos en la misma situación, cada uno con el equipo de sus amores. Como para no llorar.

lunes, 14 de diciembre de 2009

El ciego que no quería ver

Había una vez un ciego que no quería ver. Presumía de vista de águila y de buen gusto por el fútbol. Se sentía cómodo en su butaca y le gustaba que se las diesen todas como a Felipe II. Él decía que veía pero no quería hacerlo, se conformaba con lo que tenía y, por seguir queriendo ver lo que quería él mismo derrumbó su castillo de naipes y ahora solamente se consuela con partidos a cara de perro en campos de segunda.

Es la historia de un atlético conformista. Ese mismo que se creyó lo de "El Pupas" y se levantaba tan contento por las mañanas porque su padre no sabía decirle por qué eran del Atleti. Aquel que leía una mentira en la prensa y se la tomaba como la verdad más irrefutable. Aquel que vio a su equipo ganar dos veces seguidas a dos equipos del tren de cola y quiso creer aquello de que el Atleti despegaba. Aquel que se tomó el partido del Oporto a risa porque al fin y al cabo estábamos clasificados para esa gran competición llamada Europa League en la que si les eliminan en octavos habrán de aplaudir el éxito porque ya se han creido eso de que el Atleti es lo que es y no puede ir a más.

Es la historia de un tipo que calla y otorga. Es la historia de un tipo que sigue creyendo que tienen tan poco porque al otro equipo de la ciudad se lo regalan todo. La historia de un iluso que sigue creyendo que Jurado, Maxi, Simao y Reyes pueden formar un centro del campo de élite y cuando pierden le echan la culpa al entrenador de turno. Ninguno les vale. Pero les vale escuchar al dueño de sus sueños diciendo que están donde están por no haber vendido a uno de sus delanteros sin pararse a pensar que realmente están donde están porque no han vendido a uno de sus defensas. Y encima fichan a Juanito. Y encima se lo ríen.

Esta es la historia y así será mientras sigan los que siguen. Y así nos va. Y así nos irá.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Sobre equipazos, rivales, desastres y absurdeces

Nadie puede negar que la Liga de Campeones se ha convertido en la panacea del negocio deportivo mundial. Equipos de aquí y de allí, unos pequeños y otros más grandes, dispuestos a pelear su parcela de gloria. Terminó la fase de grupos y, salvo alguna sorpresa en forma de equipo grande caído en la lona, casi todos los favoritos cumplieron con su papel en mayor o menor medida.

Si hablamos de un grande, de los de verdad, empujado hacia el agujero de la Europa League, nos vemos obligados a hablar de la Juventus de Turin. En su duelo a vida o muerte contra el Bayern, nos encontramos con la manida circunstacia que aflora siempre que se enfrentan dos colosos; el que se queda sin pastel siempre es analizado de reojo. Se encontró la Juve con un Bayern al que le salió todo y con un Buffon al que, por una noche, no le salió casi nada. No deben bajar los brazos los italianos porque en su ejercicio de reconstrucción van dando, poco a poco, los pasos adecuados para regresar a su lugar. El Bayern, que pasó como segundo, tiene frente a sí una nueva enmienda contra su historia más reciente, casi apostaría que, visto el imán que une a ambos equipos, el sorteo les emparejará al Real Madrid y podremos revivir aquellos duelos a vida o muerte que tantas páginas escribieron en esta competición.

Y si la Juve quedó fuera y el Bayern quedó segundo fue porque en primer lugar se coló un Girondins de Burdeos que no hizo sino revitalizar el gran momento que vive el fútbol francés. Liderados por Gourcuff, los "girondinos" practicaron un fútbol sencillo a la par que eficaz. Le bastaron ramalazos de buen juego y unos dientes bien apretados para conservar el botín, para colarse por delante de los dos gigantes que, a priori, amenazaban con dejarle fuera de los octavos de final.

En el grupo B, un Manchester United amenazado por la posibilidad de verse abocado a un triple empate amenazador, tiró de galones y de Michael Owen para deshacerse del Wolfsburgo y sacar billete en primera clase para la ronda elimintaria. Con el pequeño delantero inglés sucede lo mismo que con aquellos jugadores que, por haber llegado tan alto y durante tanto tiempo, la crítica se empeña en destruir antes de que ellos digan basta. A ocurrido otras veces con tipos como Del Piero, Raúl o Totti. Basta que duden de su verdadero lugar en la élite para que el día en que sus equipos más les necesitan, aparezcan como salvadores para glorificar su propia leyenda. Eso hizo Owen; glorificarse, clasificar a su equipo y, de paso, decirle a Ferguson que él también está para ser titular.

Una vez mascada la derrota, el Wolfsburgo no tuvo más hechura que mirar a Rusia con desamor. Allí, Krasic derrotó al Besiktas y dejó claro lo gran jugador que es y el poco ruido que hace últimamente la liga turca. Cuando llegue la primavera, el CSKA se habrá derretido y, probablemente, Krasic habrá emigrado en busca de gloria y fortuna, por lo que ya veo a alguno de los gallitos pidiendose a los rusos en octavos. Cuando el general invierno pasa de largo, viajar a Rusia sabe más a turismo que a batalla.

Batalla es lo que esperaba el Real Madrid en el Velodrome y muerte por aplastamiento es lo que infligió el Real Madrid al Olympique de Marsella. A día de hoy, con un Madrid restructurado en todas sus líneas, parece una quimera que un equipo que juegue a lo que juega el Olympique pueda hacerle un mínimo de daño. Los de Pellegrini, que antes de encontrar el juego, ya estaban curtidos para la guerra, se encontraron con un rival que les quiso ganar con fútbol directo y agresividad. Craso error. Le bastó al Madrid aguantar el balón y ejercer el contragolpe con precisión para ganar con holgura y presentar seria candidatura a un trofeo en el que, mientras nadie diga lo contrario, sigue siendo el rey.

Quedó primero de grupo el Madrid porque el Milan no supo rematar su faena en Zurich. Sabrán conformarse los rossoneros con este segundo grupo porque, más allá de la competitividad que se le supone, a este equipo le cuesta horrores encontrar un juego fiable. Más allá de la aportación de Pato, el equipo sigue envejeciendo y se va haciendo cada vez más previsible. Dirán los dogmistas que a este club le hace falta poco para alcanzar mucho, pero yo, aún a riesgo de quedarme sin cabeza, me juego el cuello a que este equipo no supera una ronda más.

Generalmente, cuando una parte de madrid sonríe es porque la otra llora amargamente. Lo cruel de este sofismo es que los que ríen llevan demasiado tiempo riendo y los que lloran llevan demasiado tiempo llorando. Lo que ha hecho el Atlético en esta Champions se acerca más al ridículo que al simple fracaso. Fracaso puede considerarse quedar tercero contando con dos delanteros de élite mundial, pero sacar a pasear esa defensa por Europa, no ser capaz de anotar más de tres goles y pelearse en el goal average por obtener un puesto en la extinta Copa de la Uefa con esa potencia llamada Apoel de Nicosia, no puede tener otro término que no sea el de fracaso.

Bien el Oporto y bien el Chelsea cumpliendo su papel. De los ingleses no hablaremos mucho porque ya sabemos todos de qué pasta están hechos. Son un equipo fiero, fiable y con muchos buenos jugadores que, además, este año tiene ratos de gran fútbol. Los portugueses, sin embargo, casi a la chita callando se han convertido en un equipo incómodo por ello de querer evitarlo en la siguiente ronda. Aunque parezca que por nombre puede ser una de las peras en dulce, por juego y conjuntamiento, es un equipo más que vistoso. De los que en una buena tarde te pueden dejar con cara de tonto. De eso ya da fé el Atlético.

Si hablamos del otro gran equipo que ha quedado fuera en esta primera ronda de la Champions, tenemos que referirnos al Liverpool. Vale que era un grupo complicado y vale que los reds están atravesando por más problemas de los que, quizá, pueden asumir, pero ver su nombre en el grupo de no clasificados no deja de causar cierta sorpresa. Durante algunas semanas, y aún cuando lo tenían casi en japonés, muchos albergamos la esperanza de que Benítez enchufase a sus chicos hacia lo imposible porque a este equipo, más allá de su irregularidad, nunca se le ha podido achacar falta de compromiso en los grandes momentos. Pero aquello de jugar sin Torres unas veces, sin Gerrard otras y sin Torres ni Gerrard la mayoría de ellas, le pesó demasiado. Al Liverpool le falta una idea y le sobra ardor, quizá cuando equilibre sus sentidos y encuentre el timón guía (bien podría ser Aquilani) vuelva a ser aquel equipo que todos temían.

Pasaron Lyon y Fiorentina porque hicieron mucho mejor lo que saben. Ambos son dos equipos que hacen un buen fútbol y han sabido concentrar todos sus recursos para esta competición. En este último caso sorprende que la Fiorentina se haya colado en primer lugar, pero con ganas y tres o cuatro buenos jugadores se pueden hacer muchas cosas. El Lyon es otra cosa, no tiene la competitividad que implica la genética italiana pero lleva demasiado tiempo en la élite como para verse afectado por el mal de altura. Quizá podamos achacarle que no termine de dar ese último pasito que le conduzca hacia la consagración. Este año ha recuperado el fútbol y el poder ofensivo. De igual manera que hablé del Oporto, a estos franceses también habrá de tenerlos en cuenta por si les da por dar una mala tarde a algún gallito.

El gran gallito de toda competición suele ser el campeón y el Barça no está dispuesto a bajarse del trono de gran favorito. Si la prensa madrileña no hubiese sido ayer tan absurda no le hubiese puesto a huevo hoy el titular a la prensa catalana. El gol de Messi ayer en Kiev reúne las cualidades que consagran a cualquier jugador y este no es un jugador cualquiera. Por el momento, por la situación, por las consecuencias, agarrar una falta y ponerla en el ángulo es más difícil por la consecuencia que por el simple hecho. El Barça, después de una tormentosa travesía termina como primero de grupo y como principal rival a evitar y eso sigue diciendo mucho del campeón.

Por detrás quedó el Inter tras derrotar en San Siro a un Rubin Kazan que se puede ir con la cabeza bien alta. Suele ocurrir que cuando lo fías todo a tu defensa al final echas de menos no haber puesto un poco más de condimento a la salsa del ataque. Los rusos, que han revalidado título y, por tanto, revalidarán participación, se vieron sorprendidos por dos trallazos inconmensurables de Eto'o y Ballotelli, dos futbolistas que, bien por exceso o bien por defecto, nunca podrán dejar inermes a nadie.

El otro equipo español en la élite europea será el Sevilla. Opositando, a priori, con unos exámenes demasiado benevolentes, nada mejor que hacer bien los deberes para terminar aprobando con nota. Los hispalenses ganaron allí donde lo necesitaron y, de manera holgada, se metieron en la siguiente fase como primeros de grupo a costa de un Stuttgart que al fin dio una pequeña alegría a su afición, a un Unirea que jugará la Europa League con mucha dignidad y de un Rangers que se ha consumado como la gran decepción del grupo. Otro de esos equipos a evitar este Sevilla que, a poco que el sorteo le favorezca, se puede plantar en cuartos en disposición de dar tormento a quien se le cruce.

Termina este repaso a la última jornada de la primera fase de la Champions con lo acaecido en el grupo H. Allí se vieron el gol más emotivo de la jornada y la futura hornada del Arsenal de Wenger.

En Lieja, un desesperado Standard colgó un último balón para que, por aquellos designios del destino, su portero Bolat cabeceara el balón hacia la red de la portería del AZ Almaark. Los holandeses, neófitos en estas lides, regresaron a casa sin premio alguno y los belgas, recordados más por su pasado que por su presente, vieron, en tan solo un instante, que su continuidad en Europa, aunque fuese por la puerta de atrás, seguía siendo una realidad.

Y en Grecia, un necesitado Olympiakos, apuró sus cartas para vencer a un Arsenal ya clasificado y colarse en octavos como segundo de grupo. A destacar la participación de un grupo de juveniles en el equipo inglés como esa nueva muestra de la locura (a veces bendita y otras no) de Wenger en su apuesta por los futuros jugadores del primer equipo. Allí estuvieron Mérida, Wilshere, Cruise (no el que estaba en Sevilla) y Bartely liderados por los también imberbes Walcott y Ramsey. Perdieron, pero ver a niños pelear cara a cara contra hombres no deja de producir cierta emotividad. Seguramente este tampoco sea el año del Arsenal, pero de alguna forma, es un equipo que siempre deja un lugar para la sonrisa.

lunes, 30 de noviembre de 2009

El valor de una apuesta

Rubén y Ramiro formaban, como si de Brasil se tratase, la doble erre del Atlético Recaminos, equipo modesto de la liga regional del sur de la capital y aspirante a cotas humildes tales como el ascenso a la segunda regional, un logro que tenían al alcance de la mano a falta de un solo partido.

Rubén y Ramiro eran amigos y residentes en el mismo barrio. Ambos eran delanteros y ambos habían sumado treinta goles por barba a lo largo del campeonato. Encaraban a los defensas rivales con el insultante descaro que otorga la juventud y anotaban sus goles con la felicidad que supone saberse ganador de un desafío consigo mismo. Los dos, en su arrojo ganador y su ímpetu desafiante, se habían apostado, apretón de manos mediante, el orgullo, una cena y cien euros por ver quien terminaba la temporada con más goles anotados.

En esta circunstancia llegaron ambos al último partido de la temporada, empatados a goles, a respeto y a ilusión. Se conocían de memoria y sus jugadas conjuntas significaban, a aquellas alturas de campeonato, el más próspero patrimonio con el que contaba el club, pues su goles, amén de sumar en el casillero de su apuesta personal, habían puesto al equipo en la zona alta de la clasificación y a una sola victoria de hacerse con el campeonato, el ascenso y la gloria.

El destino quiso enfrentarles contra el Sporting Norante en aquella última jornada. El Sporting, cuya sede se ubicaba unas calles más abajo, llegaba al enfrentamiento con un solo punto de ventaja y con la confianza de saber que un único gol de diferencia le otorgaba la gloria incompartida del ascenso. Era más que un temido rival que contaba en sus filas con la segunda mejor dupla de atacantes del campeonato; Borja y David, dos armarios de complexión, sumaban cincuenta y dos goles entre ambos y más de un centenar de bofetadas contra los defensas rivales. De esta manera, el partido no incidiría en lo meramente futbolístico sino que, vista la fama que se otorgaba el, hasta entonces, líder del grupo, era posible que los minutos sucumbiesen al poder de la violencia.

Pero Rubén y Ramiro sabían que tenían la sartén por el mango, que las gotas de su calidad eran suficientes para rociar de victoria cualquier encuentro y que fuera donde fuesen, con ellos siempre viajaba el espectáculo. Tan seguros estaban de sí mismos que ejercitaron la sonrisa como único modo de comprensión.

Ambos equipos llegaban al partido final invictos y separados por la mínima distancia que suponía un empate de más, pues ambos habían empatado en el partido que habían disputado entre sí en la primera vuelta de la liga, pero el Atlético Recaminos había cedido un empate más que su rival en un calamitoso e imperdonable encuentro ante el Real Filer, equipo que, para más inri, estaba situado en el último lugar de la clasificación en aquellas alturas de la temporada.

El empate era, por tanto, un resultado suficiente para que el Sporting Norante se alzase con el título por la vía de las matemáticas. Al Atlético Recaminos sólo le valía ganar para disfrutar la miel de un éxito que hasta entonces no había tenido parangón en la historia del club.

Tanto Rubén como Ramiro, que habían cruzado sus vidas en el equipo cadete del mejor equipo de la ciudad, habían llegado al Atlético Recaminos rebotados por su propio fracaso. Cuando el fútbol y el coloso les dejaron fuera de sus planes, tuvieron que buscarse la vida y el ocio por la parte de afuera de los sueños. Rápido aparcaron sus aspiraciones de jugar en la élite y se postraron en la monotonía de la vida con los ojos bien abiertos. Ramiro, que nunca había abandonado la fe en los libros, prosiguió con sus estudios de arquitectura, y Rubén, que con las manos siempre se manejó con más habilidad aún que con los pies, entró a trabajar en un taller del barrio. Como ambos se conocían de sobra; conocían su pasión por él fútbol y conocían la necesidad del equipo del barrio por adquirir talento.

Se presentaron un jueves por la tarde y el domingo ya estaban jugando. No se les requirió entrenamiento alguno como certificado de cualidades y les bastó un solo partido y dos goles por cabeza para comenzar a formar parte de la historia más gloriosa del club. Así, siguieron goleando a lo largo de toda la liga hasta llegar a aquel último partido final en el que ninguno de los dos estaba dispuesto a olvidar aquella apuesta que se hicieron minutos antes de debutar con el equipo y que daría a premiar con cien euros a quien llegase al final de la liga con más goles anotados.

Rubén era el más veloz de los dos, pero Ramiro era más técnico. Rubén era el típico delantero de pequeña estatura y alto voltaje en el sistema nervioso que podía liquidar las tablas en cualquier contra, sus arrancadas eran tan temidas como su capacidad de decisión. Ramiro, en cambio, era más lento y sosegado, a muchos les desesperaba su tranquilidad para decidir, pero él siempre decidía lo correcto. Su toque de balón era exquisito y su remate de cabeza era colosal. Llevaba marcados tantos goles de falta directa como de finalización de jugada elaborada, y si no fuese porque, a pesar de tener el record de no haber fallado un solo penalti a lo largo de su vida, le había cedido a Rubén el honor de lanzar las siete penas máximas que les habían pitado a favor a lo largo de la liga, en aquel momento llevaría catorce goles más que su compañero y estaría gozando con algarabía el placer de contar con cien euros más en su bolsillo.

El partido comenzó lento y respetuoso. Parecía que ambos equipos tenían más miedo a perder que a vivir y seguramente así fuese. La primera ocasión fue para el Sporting, pero el Atlético respondió rápido con una contra fugaz bien dirigida por Rubén y mal finalizada por Ramiro. Un par de ocasiones más y el partido adquirió aires de gran empresa. La ida y la vuelta comenzaron a desintegrar el fondo físico de los jugadores, pero el aficionado, el verdadero mecenas del espectáculo, disfrutaba copiosamente del lindo espectáculo que le ofrecían dos equipos lanzados a tumba abierta de cara a la portería rival.

Ramiro comenzó a poner el temple y Rubén el desequilibrio, y con ellos y un poquito de fortuna, tan sólo era cuestión de poco tiempo la llegada del primer gol. Y llegó. Llegó en una jugada que ambos tenían memorizada dentro del baúl de sus mejores recuerdos; un calco del gol que le habían hecho al Deportivo Cación en la quinta jornada de liga. Una arrancada de Rubén desde la banda izquierda, un apoyo en Ramiro, una pared, un desmarque, un quiebro al portero y un gol. Con la derecha y a puerta vacía. Un gol para soñar, un gol para celebrar y gol para ganar una apuesta.

La apuesta. Aquel pensamiento de presión recorrió la espina dorsal de Ramiro causándole un escalofrío inquietante. Estaba a un solo gol de perder una apuesta que él mismo había propuesto hacía más de ocho meses y que en aquel momento estaba a punto de escapársele de entre los dedos, justo cuanto más fuerte la tenía apretada. Se alegró por el gol, sí, por la victoria, también, por el equipo y por el momento, pero un intenso calor en forma de duda recorrió su cuerpo cuando tuvo que preguntarse a sí mismo si resultaba correcto alegrarse por su compañero en aquellos momentos. Quería a Rubén como podía querer a un hermano, le estimaba tanto como a sus propios instintos, pero no estaba muy seguro de sentir alegría por él, porque, para qué engañarse, le molestaba bastante el imaginarse como víctima perdedora en aquella apuesta consigo mismo, con la vida y con su compañero del alma.

Así fue como se decidió a coger los tiros del carro y capturar la autoridad atacante de su equipo en busca de la sentencia. Y aunque abrazó fervorosamente a Rubén cuando se acercó hacia él para darle las gracias por los servicios prestados, supo por sí mismo, que aquello no era más que un fingimiento para con el mundo.

El primer balón que recibió Ramiro tras el primer gol del encuentro lo chutó a portería desde más de treinta metros de distancia. El balón se le fue muy arriba y sintió las miradas desaprobadoras de sus compañeros. Qué más daba, ninguno de ellos sabía lo que se traía entre manos.

El segundo balón que recibió lo pudo haber puesto en diagonal hacia el fabuloso desmarque de su compañero Rubén, pero Ramiro prefirió quebrar, avanzar y chutar desde más allá de la línea delimitadora del área. De nuevo se le fue alto y de nuevo sintió desaprobación en las miradas de sus compañeros de equipo. Incluso a Rubén le notó cierta incomprensión en el torrente de su mirada confusa.


No tardó mucho Rubén en darse cuenta del motivo que fabricaba el egoísmo de su compañero en la punta del ataque. Aquella apuesta en la que ambos se habían jugado el prestigio estaba convirtiendo a su amigo en un esclavo de sus propios ritos. Quiso condenarlo por ello pero no sintió más que comprensión. Más que nada porque habiéndole visto actuar supo de inmediato que él hubiese hecho lo mismo. No podía ocultar la satisfacción en el movimiento de sus sonrisas; satisfacción por el gol anotado, por la victoria momentánea y por la virtual victoria sobre Ramiro en aquella apuesta en la que habían puesto palabras y motivos necesarios como para no dejarse perder.

El partido continuó en los límites del espectáculo. El Sporting se lanzó al ataque desesperado en busca de un empate que era pura victoria y el Atlético comenzó a jugar a la especulación y al contragolpe para liquidar a su rival por el K.O. más absoluto y la vía del tormento más devastador. Para minar la moral de los jugadores del bando contrario solamente bastaba un contraataque letal y un gol que hiciese callar bocas ajenas y romper silencios propios. Un contraataque como el que inició Ramiro y como el que concluyó Rubén en su mano a mano particular con el portero, rodando por el suelo y con el árbitro señalando el punto de penalti en su carrera frenética hacia el área de conflicto. Rápidamente supo Rubén que conseguir aquel balón significaba conseguir medio pasaporte hacia el éxito y no pensó en el ascenso y ni siquiera en el aficionado del barrio que estaba asistiendo inquieto a una posibilidad histórica, solamente pensó en su orgullo, en sí mismo y en los cien euros que le pensaba ganar a su gran amigo Ramiro.

Se levantó rápidamente y tomó el balón con ambas manos para plantarlo en el punto de penalti. Si conseguía anotar aquel lanzamiento se iría a los treinta y dos goles y dejaría a Ramiro con treinta, degustando su amargura y llorando su derrota. No había terminado de asimilar su propio regocijo cuando sintió un violento empujón sobre su espalda. Se giró rápidamente para encararse con el agresor y descubrió el rostro desafiante de Ramiro mientras su voz le ordenaba la cesión de aquel lanzamiento. El barullo que se organizó a continuación solamente podría describirse como una situación lamentable, pues ambos se enzarzaron en una riña de empujones y enganchones de camiseta que despertó la vergüenza de todo aquel que había asistido al campo a observar el partido. Finalmente fueron separados por sus compañeros y se vieron sancionados con sendas cartulinas amarillas que supieron, en el ambiente, a demasiado poco castigo para sus actos.

Finalmente fue Ramiro, previo consentimiento del entrenador, quien obtuvo el privilegio de lanzar la pena máxima y como nunca antes había fallado penalti alguno, lo lanzó con la seguridad del maestro y con la eficiencia del asesino. El balón acabó en la escuadra y los ánimos sobre las nubes. Todos se acercaron hacia Ramiro para felicitarle por el gol anotado, todos menos Rubén, quien sintiéndose agraviado por la decisión, se negó a festejar el gol, la virtual victoria y el alcance del sueño casi hecho realidad.

En estas circunstancias llegó el descanso y con el mismo estalló la tensión. Todo empezó con una recriminación, prosiguió con un empujón y terminó a bofetadas. Ningún integrante del equipo pudo dar crédito a lo que estaba siendo testigo durante aquellos instantes. Los dos fueron separados y seriamente reprimidos. Nadie podía entender un comportamiento semejante cuando se tenía al alcance de la mano un logro sin precedentes. El entrenador supo que la mejor solución posible pasaba por sustituir a los dos y dejarlos en la ducha, pero temió por ellos, por sus compañeros y por él mismo. Temió por él mismo porque en el momento en el que pensó en cambiarlos tuvo la certeza de que si lo hacía, el partido y el ascenso se le irían al garete.

Así las cosas, ambos comenzaron, junto al resto de titulares, a disputar la segunda parte del partido y decidieron, en su propia consideración, no mirarse a los ojos ni prestarse palabra alguna. Y la falta de entendimiento llevó al desastre y el desastre se consumó en dos goles del Sporting que significaron el empate en el marcador y el fin de un sueño que, durante muchos minutos, creyeron en propiedad.

Aquella postura infantil les había abocado al fracaso. Dejaron de tirar paredes, dejaron de mirarse y dejaron de entenderse. Perdieron cada balón que recibieron en su obsesión por la jugada individual y los motivos de aquel desbarajuste fueron observados por el equipo rival como un caramelo que no podían dejar de saborear y sus jugadores captaron enseguida que algo raro ocurría entre ellos. Y como Borja y David eran tan eficientes en su tarea como Rubén y Ramiro, les bastaron un par de ocasiones claras para decantar la balanza a su favor.

El empate no era absolutamente nada para el Atlético Recaminos, pero significaba la vida misma para el Sporting Norante. Y así llegó el fútbol brusco del equipo líder. Mantener el empate se convirtió en una cuestión de vida, de honor y de algarabía. Comenzaron repartiendo zancadillas aisladas y terminanron creando un auténtico campo de minas dentro del terreno de juego. Lo que hasta hacía pocos minutos había sido un espectáculo deportivo, se había convertido enana pelea barriobajera. Los jugadores saltaban de un lado hacia otro impulsados por las piernas de sus rivales y el balón bajó tanto su cotización que la mayoría se olvidó del motivo de su existencia.

Y llegó el último minuto del partido. Llegó una volea hacia adelante y llegó una pelota franca a los pies de Ramiro Ramírez, el número nueve del Atlético Recaminos y autor del segundo gol del partido después de transformar un penalti. A su lado corría Rubén Rubinos, con el número siete a la espalda y con las mejores intenciones en su cabeza de cara al marco rival. Ramiro controló el balón y lo acomodó orientándolo hacia su pierna izquierda, la misma con la que más a gusto se sentía a la hora de desplazar la pelota. Esquivó dos entradas muy fuertes y descubrió que en diez metros había despejado todo su camino de cara al portero rival. Avanzó con la cabeza alta y las piernas a pleno funcionamiento. Pensó en marcar, en ganar y en celebrar. Pensó en el equipo hasta el momento en el que descubrió que, cinco metros hacia su izquierda, su compañero Rubén acompañaba su ofensiva en una carrera paralela. La jugada se parecía bastante a la misma que ambos habían repetido durante toda la temporada; un dos contra uno ante el portero y la aplicación de la regla máxima; el balón siempre para el que esté libre de obstáculos. Si obedecía la lógica debía darle el balón y el gol a Rubén, pero si se obedecía a sí mismo, era posible que el diablillo del orgullo que llevaba toda la tarde susurrándole al oído, le aconsejase finalizar, marcar, festejar y ganar el partido y la apuesta. Aquella maldita apuesta que le había puesto en contra del mundo, una apuesta en la que, realmente, los cien euros en juego no significaban absolutamente nada, ya que lo que realmente importaba era saberse triunfador y evitar de paso la sonrisa complacida de su compañero celebrando su éxito. Lo que verdaderamente se jugaba, entonces, era el orgullo, y ambos, que habían apostado a ganar consigo mismo, no eran capaces de concebir la idea de perder por más que el triunfador fuese su mejor amigo y, por ende, su propio equipo.

Decidió, pues, chutar y negarle la gloria a su compañero de ataque. Y Ramiro nunca olvidaría aquel momento en el que golpeó al balón con el empeine y el balón apenas tomó un palmo de altura para acabar, casi mansamente, entre las piernas del portero rival. Y menos aún olvidaría la jugada que inmediatamente después inició el mismo portero que había puesto freno a su gloria y que, tras varios toques, acabó en el tercer gol del equipo rival y que significó toda una lección para su orgullo herido en tanto se había visto como Borja, terrible delantero del Sporting Norante, le había cedido el balón a su compañero David, rechazando con ello imitar el egoísmo de Ramiro Ramírez y buscando, con ardor, el ascenso que llevaban todo el año peleando.

Y no olvidaría nunca Ramiro aquella jugada en la que pecó de egoísmo solamente por ganar una apuesta, porque al haberse traicionado a sí mismo había perdido, para siempre y de un solo golpe, no solamente una apuesta, sino también un partido, un deseo y un amigo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Otra vez

Otra vez. Ya está aquí, titileando como el anuncio de una promesa espectacular, un nuevo partido del siglo rondando el pensamiento, el pronóstico y las emociones de millones de aficionados repartidos por España y otros rincones del mundo. Ya está aquí el mejor partido que puede verse en el mundo, con dos colosos enfrentados a sus verdades, sus mentiras, sus valores y sus miedos. Ya está aquí el Barça - Madrid, otra vez.

Intentar pronosticar en un partido de semejante envergadura es como atreverse a adivinar el gordo del próximo sorteo de la lotería de navidad; sabemos que puede tocarnos, pero no sabemos lo cerca o lo lejos que estaremos. Dicen que el Barça viene mejor en cuanto a fútbol, otros dicen que lo que importa son los resultados y ahí el Madrid va ganando la partida, dicen que Messi decantará la balanza, dicen que será Cristiano. Todos dicen muchas cosas y todos dan su particular análisis sobre la situación. Pecaré de cansino, pero yo también tengo el mío.

Me esquilma en cierta modo la corriente de opinión que ha convertido al Madrid en lo que hoy es; un equipo con pegada pero sin juego. Me esquilma, no por sentimentalismo ni simpatía, si no por la poca aproximación a la realidad que se extrae de cada una de las opiniones. Parece que el Madrid debe conformarse con lo que es: un equipo que no juega bien pero gana y que así será siempre porque el Madrid siempre ha sido un equipo ganador que, más allá de los adornos y las vibraciones, es lo que cuenta. Pues bien señores, yo he visto al Madrid jugar muy bien.

Va para dos décadas que el Madrid abandonó un puente guía de sensata dirección para lanzarse al precipio de las arrancadas de espíritu. Vale que el madridismo siempre valoró el coraje y la entrega con un ánimo especial, vale que querer ganar es la premisa fundamental para llegar a la cima, vale que el gen impositivo de cada especie es el factor que encamina a cada individuo a cumplir con sus premisas. Pero si el Madrid se abandona a ganar de cualquier manera cada vez la costará más esfuerzo reajustar los cimientos tras el huracán.

Algo diferente ocurre en Barcelona. En aquellos años en los que el Madrid era fuente de inspiración para los poetas del fútbol, el Barça se perdía en proyectos sin dirección. A menudo señalaban a los estamentos de su mala suerte, regeneraban la ilusión cada mes de agosto con un fichaje de relumbrón y volvían a cambiar de estilo cada mes de septiembre con un nuevo inquilino en el banquillo. En aquellos días el Barcelona jugaba tan mal como el Madrid de ahora con la diferencia de que no ganaba.

Para analizar la importancia del buen fútbol en la cadena del resultado, solamente hace falta ver al Barça. Su código genético lleva implícito la obligación de mantener el estilo. Fútbol elaborado, centrocampistas inteligentes, extremos incisivos y delanteros con alma de inventores. Así ha sido desde que Cruyff creó un Dream Team y así se demostró cada vez que el club intentó un inútil salto al vacío. Por ello, cada vez que el Barça culmina una temporada triunfal no queda ningún resquicio para la duda; cuando enamora gana y cuando gana enamora.

Y en el punto álgido de cada respectiva consolidación, ambos colosos se enfrentan para dirimir sus fuerzas por enésima vez. Es el clásico de los clásicos, el partido más esperado, el más visto, el que más comentarios suscita tanto en la previa como en la semana posterior. Un partido que no decidirá la liga, ni hundirá a ninguno de los dos equipos, pero en el que se sigue jugando el orgullo, la primacía y la posibilidad de que hablen bien de uno durante los días siguientes.

Que tengan cuidado los del Barça si piensan que con su tiqui taca pueden bailar a este Madrid en continua búsqueda de sí mismo porque ante cualquier mal partido o cualquier pronóstico incierto existe siempre la indiscutible competitividad de un equipo muy difícil de ganar. Y que tengan cuidado los del Madrid si piensan que media docena de destellos de sus estrellas bastarán para doblegar a un Barça que dicen "ya no es el que era", porque en cualquier momento puede despertar el monstruo de once cabezas capaz de desarbolar al mejor equipo con su majestuosa colección de pases incontrolables.

Que nadie se confíe y que todos lo disfrutemos. Es el partido del siglo. Otra vez.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

A vueltas con la grandeza

Siempre tiende uno a afilar uñas y dientes cuando le tocan lo suyo. "Lo mío es sagrado", suelo escuchar en varias ocasiones cuando alguien, más desde la ignorancia que desde el conocimiento, tiende a juzgar los hechos en los que uno se ve implicado. No menos cruda es esa expresión que de vez en cuando nos saca a relucir el alma en carne viva y que dice "que las verdades duelen". Así es, y bien dichas duelen mucho más.

Una verdad muy bien dicha es afirmar que el Atleti no es un gran equipo. A la vista está que le sobran defensores de medio pelo y le falta un patrón de juego que bien podría derivar de una buena gestión deportiva. Como de los polvos de ayer vienen los lodos de hoy, el equipo se va consumiendo entre fichajes de medio pelo, necesidades históricas y leyendas infundadas. Aspirar a la liga hoy en día es más quimera que realidad. Creer que el equipo puede entrar en Champions es echar la vista a un lado y no ser consciente de una realidad en cuyas carnes late, de manera encendida, el miedo a un descenso que no hace mucho nos pilló a todos a contrapié.

Una verdad muy mal dicha es la de afirmar que el Atleti no es un grande. Más allá de las predisposiciones, los enervados juicios de valor y las realidades del presente, existe un patrimonio intocable. Nadie podrá discutir jamás que la Real Sociedad no es un equipo de primer nivel por más que hoy dispute un puesto en la élite de la segunda división. Ni nadie podrá poner en duda las veintitrés copas del Athletic por más que a día de hoy Zarra, Gaínza o Panizo no sean sino una esquirla en la memoria de los más nostálgicos. Nadie osó a cuestionar la valía del Manchester United cuando no hace más de un cuarto de siglo se pudría en las marañas de la Second Division inglesa, ni nadie duda del verdadero valor que aún hoy permanece latiente en las venas de equipos con Nottingham Forest, Leeds United o Saint Ettiene.

Si existe algo impermeable al paso del tiempo son los logros. Del Atleti de ayer hoy no queda nada en lo deportivo, ni siquiera aquellos ademanes a ras de césped de un Luis Aragonés vestido de chándal. Pero queda la ilusión y la fe de que la historia, por qué no, puede llegar a repetirse.

Nacen todas estas lineas a colación de un par de post que he leído en dos de las bitácoras atléticas más prestigiosas de la blosfera. En "Sentimiento Atlético", Fernando pide a sus lectores una opinión de lo que para ellos significa el Atleti visto desde fuera. Y en "Un grande sin memoria", José I. Fernández nos regala una exquisita entrevista con Adrián Escudero. En las dos, encontramos algunas verdades personalmente interpretadas. Por un lado nos invitan a los atléticos a olvidarnos de que somos aficionados de un grande. En contrapartida, podemos seguir reforzando nuestro orgullo cuando conocemos la historia de un tipo que anotó casi doscientos goles vistiendo nuestra camiseta.

Que nadie nos malinterprete. Si nos creemos grandes es porque somos grandes. No somos un gran equipo, lo sé, pero formamos parte de una llama que lleva más de cien años encendida. Si, como nos recomiendan, optamos por soplar la vela y apagamos el fuego, a este equipo no le quedará nada, ni siquiera grandeza.

Si nos creemos grandes es porque somos grandes. Que le pregunten a los miles de aficionados que tenemos repartidos por qué son del Atleti. Ellos no necesitaron preguntárselo a su padre como aquel niño de la Sra. Rushmore. Si somos del Atleti es porque seguimos activando nuestro orgullo cada vez que leemos la historia de tipos como Adrian Escudero. Tipos de los que hubo muchos y tipos de los que, estoy seguro, habrá muchos más.

jueves, 12 de noviembre de 2009

El mundial de la convulsión

El veintisiete de noviembre de mil novecientos noventa y siete, las selecciones de Australia e Irán se citaron en Melbourne para disputarse un puesto en el mundial que se celebraría en Francia durante el verano del año siguiente. El partido de ida había dejado un empate a uno como resultado de incierto pronóstico y la historicidad de ver, por vez primera, a una mujer presenciando un partido de fútbol en tierra iraní.

Resultó que la agencia italiana ANSA, obviando la ley islámica por la cual se prohíbe a la mujer exhibirse en público, acreditó a su corresponsal Nadia Pizzuti quien, tras arduas negociaciones consiguió hacer historia en las gradas del estadio Azadi.

Durante el partido de vuelta hubo muchas más mujeres en las gradas poniendo su grano de arena, en concepto de ánimo y pasión, en su intento de relanzar el espíritu de su selección de fútbol. Fue un partido demasiado duro para los iraníes quienes nunca olvidarán al portero Bosnich increpándoles como “cerdos musulmanes” y, sobre todo, nunca olvidarán el esfuerzo que tuvieron que llevar a cabo después de haberse marchado al descanso con un dos a cero en contra. En apenas dos minutos, Bagheri y Azizi llevaron la locura al pueblo iraní y obtuvieron soñado el pasaporte para que el “Team Melli” pudiese viajar a Francia a disputar su cuota de partidos mundialistas.

El verano nació caluroso en Francia. Como un augurio del espectáculo que tanto deseo palpitaba en los corazones de la gente, el Sol quiso apuntarse al evento aportando su particular nota de colorido. Las calles de todo el país se engalanaban con el cartel oficial que había creado Natalie Le Gall y con los sueños en voz alta que se pregonaban en todas las tertulias de sobremesa.

Los franceses soñaban con ver fútbol, pero no resultó nada fácil poder hacerlo. La venta de entradas, debido a la escasez de papel, se convirtió en un foco ideal para mafias, truhanes y vividores en general. El precio que alcanzaron en el mercado negro llegó a ser tan escandaloso que hasta Joseph Blatter, presidente de la FIFA, se obligó a tomar medidas en pos de zanjar el problema en vistas al futuro.

Uno de los partidos más espectaculares del campeonato fue el que enfrentó a Argentina e Inglaterra por un puesto en los cuartos de final. En lo deportivo, el partido será recordado para siempre por el extraordinario gol de Owen después de atravesar a la velocidad de la luz la última mitad del terreno. En lo extradeportivo, el partido pasará a la historia por haber batido todos los records anteriores de conexiones on line. Y es que más de setenta millones de navegantes, repartidos por todo el mundo, se conectaron con el sitio oficial del campeonato para seguir en vivo las evoluciones del encuentro.

Fue un mundial el que se invirtieron veintiocho millones de dólares en seguridad y durante el cual, sin embargo, no se pudieron evitar incidentes como los acaecidos tras el enfrentamiento entre Inglaterra y Túnez cuando cientos de hooligans e inmigrantes magrebíes se enzarzaron en una brutal pelea que colapsó las principales calles de Marsella. O el sufrido por el gendarme Daniel Nivel, herido brutalmente en la cabeza por dos hinchas alemanes.

Aunque si una historia destaca por encima de todas fue la del misterio que rodeó al problema de Ronaldo un día antes de disputarse la final entre Francia y Brasil. El fenómeno brasileño que, hasta la fecha había anotado cuatro goles en el mundial, se sintió indispuesto durante la tarde del once de julio. Su compañero de habitación, Roberto Carlos, alertado por las convulsiones de su amigo se lanzó al pasillo del Chateau de la Grande Romaine en busca de ayuda. “¡Ronaldo se muere!”. Hasta allí llegaron futbolistas, técnicos y doctores para intentar aplacar el ataque del delantero. Nunca se conocieron las causas del mismo, pero se supo que Ronaldo estuvo dos minutos convulsionando y dos horas sin sentido. El esfuerzo al que sometió a su cuerpo fue tan brutal que nadie le hubiese aconsejado jugar un partido de fútbol en apenas veinticuatro horas. Pero Ronaldo jugó la final y pasó tan desapercibido como todo su equipo. El delantero que toda Francia había temido no fue más que una sombra de sí mismo y fue cuando Brasil cayó derrotada cuando todos se giraron hacia él y hacia quien le hizo jugar por decreto de estado. No debían haberlo hecho, pero la importancia de una victoria pesaba más en la conciencia de todo el staff que el miedo al reproche que hubiese causado ver a la estrella del equipo viendo la final desde la tribuna.

Fue la final de Zidane y la tarde en que toda Francia se echó a la calle. En un majestuoso estadio construido para la ocasión, la selección blue pasó por encima de un timorato Brasil para el delirio de los ochenta mil espectadores presentes y, tras un indiscutible tres a cero, levantó al cielo de París la que sería, hasta hoy, su primera y única copa de campeón del mundo.

Una vez satisfecho el particular pedazo de gloria, llegó la hora de saldar cuentas con el pasado. Aimé Jacquet, en la cima del mundo, agarró el micrófono para reprochar las críticas recibidas por parte de una gran parte de los periodistas galos. “Quiero que sepan que jamás perdonaré a mis críticos”.

Aunque más sonada (y denunciable) fue la crítica del político ultraderechista Jean Marie Le Pen quien meses antes del mundial ya había denunciado la gran cantidad de jugadores de color que, para él, ensuciaban la zamarra francesa. Y es que, de los veintidós jugadores convocados, solamente ocho eran franceses puros, es decir, de padre y madre galos. “¿Qué mas da? Son franceses al fin y al cabo”, debieron de pensar los millones de ciudadanos que se lanzaron a la algarabía para celebrar el triunfo más importante en la historia del país. Para ellos, los padres argelinos de Zidane o los abuelos armenios de Djorkaeff debían ser poco menos que dioses a los que adorar y Le Pen poco más que un miserable al que pretender olvidar.

Aunque el verdadero secreto del éxito de la selección, más allá de la procedencia, la raza o la religión, lo descubrió el diario “Le Figaró” pocos meses después de terminado el torneo. Durante el mismo, el cuerpo de preparadores físicos blue, había repartido entre los jugadores un kit de calzoncillos con propiedades relajantes. Estos, por lo visto, favorecieron la oxigenación testicular y, con ello, una mejor respuesta muscular. Nosotros pensando que el éxito residía en los besos que Blanc depositaba en la calva de Barthez antes de los partidos y resulta que, al final, siempre quedará, por encima de todos, el consejo perpétuo de nuestras madres: “allá donde vayas, hijo mío, procura tener siempre un par de calzoncillos limpios”. Y relajantes, añadiría yo. Y apuesto a que toda Francia estaría conmigo.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

"No sacamos al Real Madrid en portada porque no se lo merece"

Desde que la información derivó de la narración del suceso al forofismo más barato, nos han acostumbrado a vendernos una realidad demasiado futil para los que buscan relevancia y demasiado compleja para los irrelevantes. A medida que el Madrid fue perdiendo tirón en el campo y lo fue ganando en estadísticas económicas, los responsables de los periódicos más tradicionales captaron el mensaje más demagógico de todos: por encima del intelecto y por delante de la objetividad, la primera premisa es vender papel.

De esta manera, periódicos de tradicional tirada nacional fueron acurrucándose en su mundo de blanco impoluto y se convirtieron en lo que tanto detestaron durante años. En Cataluña, la prensa barcelonista siempre clavó sus uñas en pos de defender lo suyo y protestar ante lo ajeno. Lo ajeno, en aquellos años en los que el Barça era un barco a la deriva, no era otra cosa que el Real Madrid.

Hace ya tiempo que el Real Madrid no juega contra nadie, simplemente gana o pierde. Si sale vencedor de un duelo no se venden las miserias del rival (a no ser que se trate de un derbi y la gente por fin se de cuenta, albricias, de lo mal planificado que está el Atlético), simplemente se trata de una victoria más, dentro de la rutina lógica del mejor equipo del mundo. Sin embargo, cuando pierde, nadie se para a pensar si el equipo rival le ha dado un baile, si estuvo mejor tácticamente o si, simplemente, mereció la victoria por esa simple definición que conlleva el jugar mejor. Quizá venda más decir que el Real Madrid no merece salir en la portada.

Cuando nos venden este populismo capaz de hinchar la vena al más forofo tertuliano de barra de bar, no solo se dejan en evidencia a ellos mismos sino que provocan el enfado lógico de quien se cree conquistador de un pedazo de gloria. Si el Alcorcón hoy es portada simplemente porque el Madrid no ha merecido serlo nos estamos metiendo en el juego del desprestigio. De nada sirvieron ciento ochenta minutos de esfuerzo, ilusión y fútbol, la narración desinformativa lo simplifica todo a una falta de actitudes del equipo rival.

No es consecuente Marca con su paupérrima línea editorial una vez saca a la luz su enésima pataleta forofista, no exenta, como es habitual, de su particular dosis de ventajismo. Hace solamente un año, el Madrid sentó un precedente al ridículo que hoy le desmerece como candidato a portada y entonces el periódico reflejó en su informativa portada la imagen del capitán del equipo.

No hace muchos meses que, después de vender chorreo y remontadas heróicas, el Madrid salió de Anfield Road con una cornada bien profunda en todo lo alto. Tras un partido en el que el equipo apenas dio señales de presencia, Marca creyó oportuno que tanto Raúl como Casillas merecían salir en la portada.

Como lo que importa siempre es el fondo por delante de la forma, durante meses anduvieron vendiendo canguelo e ínfulas de equipo insuperable aún cuando todos sabían, y ellos mismos debían ser los primeros, que el equipo estaba cayendo en un insalvable bucle de mal juego. Por ello, cuando el Barça hizo el partido del año en el Bernabéu, no tuvieron más remedio que vender lo que hacía tiempo se preveía como una realidad. Aún así, creyeron conveniente que dos de los jugadores del equipo sí merecían estar en la portada.

Extraño el juego de merecimientos y desmerecimientos al que juega Marca desde hace tiempo. Me vale que el Madrid ayer (y en Santo Domigo), jugó horrible. Me vale que la primera hora en el Calderón fuese de una superioridad absoluta. Me vale la verdad y la verdad es la que yo veo. Me vale que el Madrid salga en la portada todas las veces que lo merezca y, espero, desde hoy, que los equipos que le ganen un duelo tengan su dosis de protagonismo gracias a su mérito y no al demérito del rival. Ellos mandan y ellos deciden, claro está, y por ende, ellos deciden sus portadas. Veremos cuánto tarda alguien en merecer (o desmerecer) una portada en este periódico, aunque con el inaudito ataque comparativo que idearon hace poco más de un año, miedo me da saber quienes, para ellos, son merecedores de ser portada de su diario.

viernes, 30 de octubre de 2009

Bajo la tormenta

La tarde había amenazado tormenta bajo la capota gris que recubría el cielo y por ello, ahora que llovía a cántaros, jugar al fútbol se hacía tan difícil como pretenderlo. El césped olía a lluvia y las gradas olían a desencanto, con aquel tiempo no había fútbol ni ganas de verlo, y en el banquillo, Juan Castillo desgañitaba su garganta en una nueva sinfonía de órdenes que se perdían en la tormenta.

Juan Castillo era uno de esos hombres que miraban a la vida de frente y al fracaso de costado. Desde que se había enamorado del fútbol no había alejado un minuto de su vida cinco metros más allá de un balón. Como jugador fue más bien vulgar, le llamaron Castillito y le apodaron “El Expreso de Toledo”, un central de mucha talla y poca categoría con el balón, de mucho trabajo y pocas concesiones, de muchos alientos perdidos y pocos triunfos importantes. Cuando se retiró y decidió ser entrenador su mujer le abandonó por enajenado mental y sus hijos terminaron por reprocharle su falta de atención antes de darle la espalda. Nunca había tenido más ojos que no fuesen para mirar al balón y desde entonces sólo tuvo ojos para los jugadores que pasaron a sus órdenes.

Llevaba más de cuarenta años sentado en un banquillo y jamás se había sentido cansado de entrenar. Le acaparaban varios títulos y no menos titulares. Su verbo era locuaz y su capacidad de reacción era tormentosa, cada vez que escupía una frase se convertía en portada de periódico. Entrenó a los más grandes y acabó por desertar en sus teorías; definitivamente, al gran jugador no se le puede formar, el talento es innato. Cada una de sus órdenes fue un guiño a la memoria colectiva y cada una de sus decisiones una verdad como un templo. En el campo su equipo ganaba y en el banquillo Juan planeaba cada estrategia como una verdadera batalla campal. La decisión de cambiar a uno u otro jugador no resultaba tan fácil como la de analizar la estrategia del rival. Si cambiaba un ocho por un nueve lo hacía en consciencia de las realidades del partido y si cambiaba un centrocampista por un defensa, quizá fuese porque tener el balón no era tan trascendente como saber encaminarlo. En Juan Castillo siempre existía un por qué, y en cada por qué existía un milagro que lo convertía en un auténtico profeta del éxito.

Y aquella noche, mientras gritaba sus órdenes y la lluvia empapaba su corazón, pensó por vez primera en abandonarlo todo. Y buscando un por qué se encontró con su vejez, que ya le había visitado prematuramente veinte años atrás cuando perdió un título en el último minuto y tuvo que reconstruir cada pieza del partido para encontrar un motivo. Y se encontró con su cansancio, que le comía el alma cada vez que tenía que visitar un nuevo banquillo para hacerse cargo de la voluntad de todos; vencer o nada. Y se encontró con aquella lluvia que le estaba calando hasta el último rincón de su cuerpo. Y recapacitando se encontró de frente con la verdad, la memoria y los años, porque Juan Castillo acababa de cumplir setenta y seis años y hasta aquel día llevaba cuarenta y dos pretendiendo sentar cátedra continua desde los banquillos de la élite mundial.

Ningún momento más duro que aquel en el que tuvo que afrontar una nueva vida en Alemania. Le obligaron a aprender el alemán y el inglés y él, que como conversador le daba tantos motivos de irritación al castellano como para considerarle un aprendiz del coloquio, pasó las de Caín para hacerse entender en el país de los teutones y los coches caros. Pero hizo carrera, oficio y facultades. En Alemania vivió cinco años y entrenó a dos equipos y desde allí pasó a Escocia y tuvo que pelearse con la tradición, eliminó el patadón e impuso el toque, el contragolpe y la cabeza para pensar más que para prolongar. No le resultó fácil, pero de nuevo, acabó imponiéndose a la lógica y volvió a vencer como un Napoleón en racha. Quiso imponer sus costumbres y se encontró de frente con una destitución que llegó cuando las cosas fueron mal dadas y como una saudade que le impedía respirar a cada paso regresó a su país para convertirse en técnico de tercera, de segunda y de primera en tan solo cuatro años de carrera patria. Su discurso más elocuente la dirigió aquel día en el que se encontró de verdad frente al éxito y lo afrontó abriendo los brazos y señalando un punto en el vacío del vestuario: “¿De verdad queréis ganar? Ganar es cuestión de vida, la vida es fútbol y el fútbol es victoria. Jugad al fútbol y os convertiréis en héroes”. Y tanto quisieron ganar sus jugadores que a poco convierten en ridículo el concierto de despropósitos del rival, la goleada ayudó tanto como su ansia por continuar y desde allí pasó a otro club y a otro y a otro y a otro más. Y se encontró, de repente, demasiado mayor para seguir creyendo y demasiado empapado como para seguir sufriendo. Con diecinueve equipos en su currículum de entrenador y recapacitando en sus intenciones sobre si llegar a la veintena la convertiría más en una leyenda o en el mayor bobo de la historia.

Se disimuló a sí mismo y trató de concentrarse en el juego mientras en el terreno sus jugadores no parecían querer tener el día. El barro incapacitaba las ansias y la derrota, esta vez por defecto de forma, se hacía hueco en su alma de guerrero herido. En el banquillo de al lado, un entrenador de nueva generación y porte elegante intentaba convencer a sus jugadores de que ganar pasaba por tener el balón. Juan le miraba de reojo y se sonreía en sus adentros cada vez que comprobaba en sus voces la obsesión por la zona, el orden y la estrategia. Y de repente volvió a verse a sí mismo como el jugador que nunca quiso dejar de ser y mandando al garete cualquier palabra de entrenador que le pidiese algo más de lo que estuviese en facultad de dar. Por ello, cuando se decidió por entrenar decidió que lo primero era escuchar. Y en cada conversación obtuvo convicciones y capacidades, tú, aquí, tú allí y tú para allá, todos los jugadores querían ser entrenados por Juan Castillo porque todos se sentían muy cómodos con Juan Castillo. La vida de entrenador no le fue nada mal y por ello nunca renunció a sus teorías; al jugador lo que es del jugador y al aficionado lo que es del aficionado, balón para uno y goles para el otro. Buscar la felicidad de todos había sido para Juan su primer punto de reflexión, “si me dedico a esto que sea para disfrutar” y Juan llevaba disfrutando durante más de cuarenta años.

Mientras meditaba su adiós una pregunta comenzó a sobrevolar su ego y se salpicó a sí mismo de sus propias miserias ¿Era posible qué hubiese perdido la ilusión por ganar? No, eso nunca. Masculló despacio y se propuso demostrarle al mundo que los guerreros lo siguen siendo hasta el momento en el que mueren, analizó la situación y mientras la lluvia le calaba los músculos decidió que ganar era cuestión de apostar y arriesgó su última carta antes de decidir su propio destino. Ordenó calentar a todo su banquillo y diez minutos después realizó dos sustituciones. Si el extremo no desborda quizá un jugador de toque en el centro del campo venga mejor y si el delantero rápido no avanza porque la lluvia no le deja mejor sacar a un grandote para que las peleé por arriba. Dos soluciones, dos goles y partida ganada.

Pensó, mientras se dirigía al vestuario para recomponerse de nuevo, lo fácil que resultaba ganar cuando las cosas salían bien. Ahora volvió a cruzar la mirada con el entrenador del equipo rival y quiso compadecerle en su interior. “No sabes todo lo que te queda por sufrir, muchacho. Algún día ganarás un partido como este y te sentirás rey de la jungla, hoy te sientes perdedor y me odias, lo sé porque yo también he odiado”.

Y expiando sus pecados se metió en el vestuario para repartir abrazos y felicitaciones. Una vez más, y ya eran muchas, había apostado a ganador y había saldado sus cuentas con el fútbol de por la vía de la victoria. Por ello, por su capacidad, iniciativa y dedicación, la gente le adoraba y el mundo, en general, le respetaba.

En un segundo pasó de la gloria a la nostalgia y sintió la seguridad de que el producto que mayor respeto emanaba dentro de su carácter eran las canas que llevaban años poblando su cabeza. Llevaban años llamándole de usted, pero nunca, hasta entonces se había sentido tan viejo como para plantearse una retirada. Había miles de entrenadores jóvenes, como aquel que aquella noche se había sentado en el banquillo de al lado, que esperaban ansiosos la oportunidad por dar el salto y él, un viejo minado por el negocio, le estaba cerrado la puerta de entrada a una nueva generación. Se preguntó de nuevo si merecía la pena aguantar el frío y la lluvia por un pedazo de éxito y dudó de a cuantas lecciones más llegarían sus pocos años de vida. Decidió que disfrutar era el motivo más sencillo para vivir y, con el gesto indemne por la situación, comenzó a esbozar una leve sonrisa que le colocó en el altar de las viejas glorias ¿Qué más triunfos me quedan? Se preguntó. Y la respuesta quedó tan vacía que hasta él mismo se asustó de sus pocas ganas de seguir instruyendo. Decidió dejarlo y mientras abandonaba el vestuario de su equipo comenzó a echar cuentas sobre su futuro; aquella sería su última temporada y, definitivamente, debería de darle las gracias al fútbol por haberle dado la vida que él siempre había soñado.

martes, 8 de septiembre de 2009

El tren descarrilado

No podría iniciar esta nueva etiqueta sobre fiascos de nuestro fútbol sin acordarme de lo mal que lo llevan haciendo los giles desde que, en 1987, engañaron a la parroquia rojiblanca para quitarles un club que siempre había sido suyo.

Entre los muchos malos fichajes que engrosan el currículum de estos veintidós años de oscuridad, resalta el de aquel tipo que nos vendieron como un goleador implacable y se marchó por la puerta de atrás como un tronco de cuidado. Y es que para dominar el arte del delanterocentrismo se necesita mucho más que un cuerpo grandote y un mínimo de instinto.

Adolfo Valencia, al que llamaban “El Tren” por arrasar allá donde pasara, llegó al Atleti rebotado de un Bayern de Munich que, entre incrédulo y recochineante, se frotaría las manos ante el negocio que supuso desprenderse de un lastre y encima recibir dinero a cambio. Aconsejado por el “maestro” Maturana, no tardó en hacerse un hueco en la delantera titular rojiblanca dejando en el banco a hombres como Manolo o Kiko. No le duró mucho el enchufe, en cuanto “El Pancho” voló del Manzanares volaron sus sueños de triunfo. Los de la hinchada rojiblanca ya habían volado nada más verle moverse en sus primeros minutos como titular.

Y es que Valencia además de no tener técnica en el disparo era un tipo insulso que ni aportaba en el juego ni aparecía en desmarques para la definición. Memorable, por no decir bochornosa, fue aquella aparición pública de Gil tras la deshonrosa derrota en las Gaunas gritándole a los micrófonos: “Al negro le corto el cuello. Me cago en la madre que parió al negro”.

Al final salvó el cuello pero no su contrato. Regresó a Colombia y desde allí inició un peregrinaje que le llevó al olvido. Lamentablemente aún hay algunos que no le hemos podido olvidar.

jueves, 3 de septiembre de 2009

El rey de copas

En el viejo Buenos Aires, en la confluencia de las calles Victoria y Perú, había una tienda llamada “A la ciudad de Londres”. Con más de cincuenta empleados y muchas ganas de matar el tiempo, los dueños decidieron crear un equipo de fútbol al que bautizaron como “Maipú Banfield”.

Pero eran muchos los empleados que pagaban sus cuotas y solamente unos pocos los que podían jugar el partido de cada domingo. Por ello, y encabezados por el responsable de zapatería, Rosendo Degiorgi, un grupo de empleados se reunieron en secreto en un local del barrio de Avellaneda. Como único tema a tratar se aprobó la escisión del Maipú y la creación de un nuevo equipo totalmente independiente. Como era de suponer, lo llamaron “Independiente de Avellaneda”. Degiorgi, una de las estrellas del equipo, fue nombrado primer presidente y el equipo se estrenó en la tercera división con una humillante derrota por veintiún goles a uno frente a Atlanta.

Por aquel entonces ya existía otro equipo en cuyo nombre llevaba el apellido del barrio de Avellaneda. Se llamaba Racing y con el tiempo lo apodaron como “La academia”. Como todo buen rival, no tardó en sacar chistes a cargo de aquella humillante goleada ante Atlanta y, como el primer choque entre ambos estaba a punto de celebrarse, las vísperas del mismo amanecieron con los murales pintados y los orgullos ensalzados. Junto al campo de juego de Independiente apareció una pintada que rezaba “40-0”, en alusión al resultado que debía darse en el siguiente partido. Pero no fue así. Independiente, que había alegado jugar sin su portero titular el primer partido ante Atlanta, ganó por tres a dos el primer clásico y firmó la primera página de una rivalidad tan ancestral como apasionante.

A medida que el equipo fue ganando en popularidad, la directiva se fue viendo en la obligación de encontrar un nuevo terreno donde albergar sus partidos. Se eligió el campo de “La Crucecita” y, para estrenar el mismo, se concertó un amistoso que terminó en empate a cero frente a Bristol de Montevideo. Como bien se puede imaginar, no fue el resultado lo que hizo que el partido pasase a la historia sino el color de la indumentaria del equipo local. Por vez primera, y ya para siempre, Independiente visitó de rojo gracias a que el presidente Langone se había quedado prendado del equipo inglés Notthingham Forest en su reciente gira por Sudamérica.

En 1911, seis años después de su fundación, el equipo sube a Primera por primera y última vez en su historia; desde entonces es el único equipo, junto a Boca y River, que no ha descendido de categoría hasta el día de hoy. La segunda década del siglo sirve como periodo de adaptación a la élite e Independiente tiene que vivir a la sombra de un gran Racing que lo gana todo. Y es en 1922, con la llegada al equipo de Manuel Seoane, cuando comienzan a vislumbrarse los primeros atisbos de grandeza.

La inolvidable ala izquierda formada por Seoane y Orsi conduce a Independiente a su primer campeonato. Son años de imparable crecimiento y de cambios. En 1923 un incendio destruye el campo de “La Crucecita” y el equipo debe trasladarse a las calles de Alsina y Cordero a un nuevo estadio que el tiempo terminaría bautizando como “La doble visera”. Fue en 1928 cuando Independiente inaugura el primer estadio de hormigón armado de toda Sudamérica. Jamás se movería de allí.

Orsi ya había volado a Italia y el periodista Hugo Marini, asombrado por el juego desplegado, había bautizado al equipo como “Los Diablos rojos de Avellaneda”. Fue en los últimos años del amauterismo, cuando Ravaschino y Seoane ya se habían consagrado y cuando jugadores, directivos, periodistas y seguidores pedían un paso hacia adelante. Entonces llegó el profesionalismo y a Independiente llegó un delantero llamado Antonio Sastre. Él fue, junto a Arsenio Erico y Vicente De la Mata, quien hizo olvidar la marcha de Seoane y puso a Independiente en el podio de todos los records. Aquella delantera sumó quinientos cincuenta y seis goles para los rojos y el equipo salió campeón en 1938 y 1939 anotando doscientos dieciocho goles en dos años.

Solo un año después, Independiente se quedó a las puertas del campeonato pero le quedó el consuelo de una aplastante victoria por siete goles a cero frente a Racing. Fue un consuelo mayor de lo esperado pues el equipo tuvo que esperar ocho años para volver a festejar. Por entonces ya no estaba el infalible Erico y al cerebro Mario Fernández lo había sustituido el gran Ernesto Grillo.

Él fue el líder de la mágica delantera que, en los años cincuenta, maravilló al mundo. En 1953, la selección Argentina forma equipo para varios amistosos y el seleccionador decide poner en punta a Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz; los cinco delanteros de Independiente. Con ellos, la albiceleste gana por vez primera a Inglaterra en el Monumental y, poco después, en una gira por España logra doblegar por un gol a cero a la selección anfitriona y se da un festín en el estadio de Chamartín derrotando por cero goles a seis al Real Madrid.

Son años de pocos títulos pero muy buen fútbol. Los hinchas, apasionados con su equipo, abarrotan el estadio de “El rojo” fijando un record histórico el día quince de agosto de 1954, cuando sesenta y dos mil personas se citaron en las gradas para ver ganar a su equipo por tres goles a uno frente a Boca Juniors.

Llegan los años sesenta y el fútbol argentino siente la fiebre de la internacionalización. Los equipos punteros contratan jugadores extranjeros por doquier y a Independiente llegan una cuadrilla de uruguayos liderados por el arquero Toriani y los jugadores de campo Silveira, Rolán y Vázquez. Con ellos, Independiente vuelve a celebrar el campeonato, poco a poco, va formando un equipo de gran talla a nivel internacional.

En 1964, el Santos de Brasil, liderado por Pelé, rompe una racha de treinta y siete partidos sin perder derrotando a Independiente por un doloroso cinco a uno. Fue sólo el principio de un duelo a tres partidos cuya revancha tuvo lugar unos meses más tarde cuando ambos equipos se citaron para la semifinal de la Copa Libertadores. El Santos, esta vez sin Pelé, cayó eliminado e Independiente accedió a su primera final de un torneo que, con los años, terminaría por consagrarlo como el mejor equipo de Sudamérica. Fue en 1964 y 1965 cuando Independiente ganó sus dos primeras Libertadores y cuando perdió sus dos primeras citas en la Copa Intercontinental ante el inexpugnable Inter de Helenio Herrera.

En 1966 la AFA crea el campeonato Nacional e Independiente es el primer campeón liderado por la inolvidable delantera formada por Bernao, Savoy, Artime, Yasalde y Tarabini. Cuatro años, hasta 1970, tuvo que esperar “El rojo” para festejar un nuevo título. Al Metropolitano de ese año le siguió el de 1971, y es a partir de ese momento cuando el equipo comienza su particular idilio con la Copa Libertadores y su maltrecho peregrinar por la competición doméstica. Así, a cada paso de gigante dado en la máxima competición sudamericana, le seguía un paso de cangrejo en los torneos nacionales.

Entre 1972 y 1975, Independiente gana cuatro Copas Intercontinentales y gana, para su historia, la aparición del mejor jugador que jamás vistió la casaca roja de “Los Diablos”; Ricardo Bochini. En 1973, en Roma, en un partido único por la Copa Intercontinental que se había celebrado en Italia por expreso deseo de la Juventus de Turín, “El Bocha” tiró una pared magistral con Bertoni y definió con sutileza ante el legendario Zoff. Nacía la leyenda de un jugador imborrable y de un equipo al que ya todos conocían como “El rey de copas”.

Hubo de esperar a 1984 para festejar el que sería séptimo y, hasta ahora, último, título de Independiente en la Libertadores. Antes, en 1983, el equipo había festejado doblemente la última jornada del campeonato. Por un lado, porque la victoria ante Racing le sirvió para quedar campeón, y por otro, porque con ella condenó a su eterno rival a la segunda división.

En 1984 el equipo seguía liderado por Bochini y pincelado por Burruchaga, Giusti y Clausen, tres tipos que, junto a “El Bocha”, serían campeones del mundo dos años después con la selección argentina. Cuatro mosqueteros que lideraron el que se llamó “Partido Perfecto” de Porto Alegre. Independiente salió a jugarle de cara al Gremio en el partido de ida de la final de la Copa Libertadores y, tan precisa fue su presión y su constancia que, con el cero a uno final, el público local tuvo que rendirse en una sonora ovación. La vuelta fue un cero a cero sin más historia y con un título más en las vitrinas. Un título que les condujo a Tokio para enfrentarse y ganar al Liverpool con aquel solitario gol de Percudani

Los siguientes títulos locales fueron el campeonato de 1989 y el clausura de 1994. Recordado especialmente este último por ser la primera vez que los dos equipos con aspiraciones al título se enfrentaban entre sí en la última jornada. A Huracán le valía el empate e Independiente necesitaba una victoria que logró gracias al gol de “El avioncito” Rambert. Aún recuerdan en Avellaneda la sociedad que este delantero, vendido a Italia por un buen puñado de dólares, formó con Gustavo López.

Pocos meses después, “El rojo” ganó la Supercopa Sudamericana y llevó con ello, a su palmarés, el único título que faltaba en sus vitrinas. A este título se sumó la Recopa Sudamericana de 1995 tras derrotar al Flamengo, en lo que significó el último título internacional de un equipo que, aquella tarde, terminó dando la vuelta de honor en el mismísimo estadio de Maracaná.

El nuevo siglo se encontró a un equipo roto por su historia y por sus propias urgencias. Agarrado a la esperanza que significaron futbolistas como Bruno Marioni, Esteban Cambiasso, Gabi Milito o Diego Forlán, tuvo que sacrificar sus sueños para ver como, en 2001, su gran rival Racing festejaba el campeonato después de treinta y cinco años. Fue una época de desidia que terminó el año siguiente cuando, con Américo Gallego en el banquillo, el equipo ganó el que, hasta hoy, es su último campeonato. Aquel gol de Pusineri ante Boca en el último minuto del penúltimo partido ha significado el último gran grito de alegría de una hinchada que un día animó al mejor equipo del mundo y hoy visita, cada domingo, la caída en picado de un rey sin copas.

Después llegó Agüero, su venta y la construcción del nuevo estadio. Llegarán más partidos, más esperanzas y más recuerdos, y para siempre quedará grabado en fuego la memoria de un equipo que nació en una tienda y que se resiste a morir en un barrio que sigue latiendo al ritmo del gol de dos equipos que siempre caminarán unidos pero jamás se darán la mano.

domingo, 30 de agosto de 2009

Sábado internacional

A medida que el mundo de las comunicaciones se va globalizando y la tecnología nos va facilitando el camino hacia nuestros sueños, vamos buscando atajos hacia la satisfacción y, en la orilla de nuestro aprendizaje vamos guardando páginas de interés y lugares donde sabremos volver para recuperar nuestros despertares furtivos.

A los que amamos el fútbol y durante años estuvimos soñando con absorberlo todo, el mundo de internet nos empieza a sonar a gloria bendita. Por ello, mientras sigo convenciendo a Sagrario para abonarme a un operador de cable y mis súplicas siguen cayendo en duda esperanzadora, debo seguir buscando en la red el mejor motivo para seguir informado. Y en primer lugar encuentro los blogs, magníficos espacios de reunión donde un puñado de chiflados como yo se reúnen para ponerme al día de todo lo que quiero saber. Y en segundo lugar están los programas para ver fútbol por la red, y a medida que voy dejando sin espacio al disco duro de mi ordenador, voy ganando en locura pues ya no me quedan ventanitas con las que ir alternando mi ansia de visionado.

Por todo ello y gracias a ello, me resultó imposible dejar pasar una jornada como la de ayer en la que pude aclarar varias de mis dudas y pude ir haciéndome una idea de lo que nos espera en esta temporada en la que los dos gigantes de nuestro fútbol serán los auténticos ases a derrocar.

En Inglaterra vi un Chelsea distinto al de años anteriores. Distinto porque sigue manteniendo la solidez que antaño le hizo ganar fama de equipo rocoso y sospechosamente aburrido, pero ahora hasta tiene atisbos de buen fútbol, y eso que la temporada no ha hecho sino empezar. Con un centro del campo de bastante nivel, donde dos veteranos de postín como Ballack y Deco siguen esperando aportar su cátedra desde el banquillo, fía su empuje de velocidad de crucero a una pareja de delanteros aterradora. Ayer, al tran tran particular de los equipos que llegan lejos, aniquiló a un Burnley que salió respondón y se marchó resignado.

Tras los blues hicieron acto de aparación los rojos de Liverpool. Más allá de las dudas que estén levantando al principio de esta temporada, locierto es que en las adversidades siguen buscando la portería rival con orgullo. Cierto es que debe corregir demasiados errores, como la descordinación defensiva y el estado de nervios en el que parece estar sumido su alma máter Steve Gerrard. En un partido que, por sus propios errores, terminó poniéndose cuesta arriba, acabó remontando gracias a su mayor empuje y al miedo de un Bolton que terminó en su área con un hombre menos.

Aunque menos aún me gustó el Manchester United. Cierto es que ganó, pero lo hizo con esa suerte tan característica que suele sonreir a los equipos campeones; esa que dice que se ganan los partidos que se merecen y los que no se merecen también. Si tenemos en cuenta el error clamoroso de Van Persie con cero a uno en el marcador, el piscinazo de Rooney en el penalti que precedió al empate y en la absurdez de Diaby cuando no tenía ningún rival que le acosase, podemos decir que el Arsenal regaló un partido que, en condiciones normales, debió haber ganado y debió haberle servido para acallar todas las dudas que hoy vuelven a cernirse sobre la bisoñez de un grupo que, dicen, cada vez está menos preparado para los grandes compromisos.

Más allá de las islas se jugaron dos partidos de esos que dilucidan el valor de promesa de los que verdaderamente aspiran y los que no tienen nada. En este último grupo se encuentra el Milan, acomplejado por una plantilla demasiado trillada y poco competitiva y, ayer, humillado por un Inter que, casi andando, le dejó bien claro a su vecino que de un tiempo a esta parte las aguas del Olona han cambiado su cauce. Hoy, la ciudad de Milán sonríe en azul y negro con un equipo donde se ve el sello de Mourinho; poca concesión al rival, protagonismo de los laterales, nada de extremos, mucha fuerza en el centro del campo y juego rápido hacia los delanteros. Interesante sociedad la que pueden formar Milito y un Eto'o que, creo, no tendrá la misma influencia en el juego del Inter como lo tenía en Barcelona. Ante un Milan demasiado infértil, diezmado con un Gattuso que fue expulsado por su desquiciamiento y por verse obligado a tapar fuegos lejos de su zona, el Inter demostró solidez y mucha pegada. Me gustó Snejder y me gustó Motta, ese futbolista que hace poco más de un año los visionarios dirigentes del Atlético de Madrid dieron por inútil para la práctica del fútbol. Para hoy queda un interesante Roma – Juve en el que los bianconeris deben demostrar que este año son la alternativa más seria para derrocar el reinado interista.

Y por último viajé a Alemania. Es cierto que al Bayern de Van Gaal le queda mucho, pero ayer pudimos percibir algo de sus pretensiones. Al equipo más grande de Alemania le va atraer jugar con extremos, lejos de los cánones clásicos de Baviera y más cercano a las pretensiones del afamado Louis. Así, con la entrada en el equipo de Robben y si consiguen mantener a Ribery, pueden convertirse en un equipo interesante siempre y cuando corrijan los verdaderos problemas que tienen en la creacción y, sobre todo y según se vio en partidos anteriores, en una defensa a la que aún le queda mucho trabajo.

martes, 25 de agosto de 2009

Mágico

Había un tipo descuidado y desgarbado con una camiseta amarilla. A simple vista no parecía un buen futbolista y, si apurabas el análisis, ni siquiera parecía un futbolista. Podía confundirse con cualquier vividor de paseo marítimo y bohemio de noches de luna llena. Y el caso fue que le gustó la noche, la luna y el mar. Y el caso fue que resultó ser un futbolista como pocos, un mago de media tarde y un sueño bendito de media noche.

Los hombros bajo la línea del cuello, la velocidad escondida en la desidia y la fuerza de los que sacan la azada a pasear, obviada en el innato asombro de su talento. Lo suyo eran las tardes de sol y sombra, la puerta grande del Carranza y los detalles visibles, aplaudibles y mágicos.
Así le llamaron; mágico por los trucos que guardaba bajo la chistera de sus botines de futbolista, mágico porque en cada aparición lograba que el sol brillase con ímpetu sobre los delirios de las playas de Cádiz. Una ciudad puesta en pie y un tipo inolvidable. Un jugador de esos que, cuando se van, dejan la sensación de que el alma vivirá para siempre sumida en la cueva nostálgica de lo irrepetible.


viernes, 21 de agosto de 2009

El gol del ascenso

Durante muchos años nos pasamos recordando gestas implacables y momentos gloriosos de nuestro fútbol más memorable. Repasamos los momentos clave y no tardamos en identificar cada triunfo con un héroe concreto. A menudo, tendemos a olvidar que un instante o unos días antes, otro hecho, menos importante en la historia definitiva, encarriló la subida hacia el cielo de todas nuestras pasiones. Como el gol de Bakero en Kaiserslautern o el de Iniesta en Stamford Bridge.

Incluso hay tipos mucho más olvidados. Jugadores anónimos que, en un gesto y un remate hacia el destino, son capaces de reescribir la historia aunque después sea la historia la que se encargue de borrarles a ellos.

Garikoitz Uranga es un futbolista de perfil bajo, poca repercusión y sin calidad suficiente como para hacerse un hueco en la élite de nuestro fútbol. Y sin embargo, él escribió una tarde de mayo uno de los renglones más importantes de la reciente historia del Getafe. Corría el minuto ochenta y cinco de un partido trabado, el Eibar había empatado a uno y se encerraba en su área defendiendo su botín (y probablemente su prima) como gato panza arriba. Gica recogió un balón en la esquina del área y puso un centro de esos que, por ser una pieza de arte, son imposibles desperdiciar. Allí apareció Gari para cabecear a la red y situar al Getafe en la segunda posición de la tabla clasificatoria a sólo una jornada del final.

Después llegó la goleada en Tenerife y al pobre Gari le fueron olvidando las tertulias de sobremesa a medida que el tiempo ensalzaba a Pachón como el “héroe del ascenso”. Son las villanías de la desmemoria. Ninguno de los dos triunfará en el fútbol de élite y los dos seguirán curtiendo sus piernas en campos semivacíos, pero a uno le sonreirá la historia y al otro se lo llevará el olvido.