martes, 21 de julio de 2015

Illa, Illa

Había un estadio que lo había vivido todo y casi todo había sido lo más grande. Había un público que había aprendido a ganar, a celebrar y a disfrutar. Había una gente que no se acordaba de llorar, quizá porque hacía demasiado que no lo hacían, quizá porque no lo habían hecho nunca. Y hubo un tipo, de aspecto tosco y piernas pequeñas, que les hizo sentir un torrente de emociones. El puño en alto, la garganta desgañitada, el césped como escenario y la carrera frenética como despedida.

El día que se marchó Juanito se nos marchó la infancia. Habíamos crecido pegados a la radio, escuchando goles y remontadas imposibles. Aquellos que lo amaban sintieron el orgullo intacto y la tristeza tan al fondo que no supieron si llorar o no querer nunca dejar de recordar. Los que le sufrimos, seguimos sabiendo que, aún en la rivalidad, el aplauso siempre corresponde a aquellos que miran de cara en la victoria y en la derrota. Juanito tenía arrugas de hombre serio y alma de niño. Hablaba de frente y goleaba como un mago sin chistera; todo inspiración, todo imaginación.

Las piernas arqueadas, la provocación en la sonrisa, el regate en corto, el disparo seco, elegante, curvado, certero. Y pase magistral. Siempre en el momento preciso. Dijeron que era un Guadiana, pero el día que el río llevaba agua era un torrente de genialidad. Le costó hacerse un hueco con la selección y el mundo le conoció con un botellazo que hizo honor a su fama pero no fue justo con su fútbol. Los niños bajaban al barrio con un número siete cosido en una camiseta blanca. Aquel fútbol de entonces honraba a sus héroes. Hoy, mientras observamos la triste despedida de un portero que nos lo dio todo, no imaginamos a Juanito marchándose sin honores. Sin embargo, todos sabemos que de aquel fútbol de patio de colegio no queda ni la educación.


miércoles, 15 de julio de 2015

El Kaiser


Nuestros padres nos hablaban de un tipo que jugaba con la cabeza levantada, que ponía el balón donde ponía el ojo, que barría la zona defensiva y sacaba el balón con elegancia, que disparaba a puerta con frecuencia y con más frecuencia aún realizaba cambios de juego que desorientaban al rival. Excelente toque de balón con el empeine, regate aseado y presencia física. Era tan elegante que amilanaba, nadie quería interrumpir su camino y el barro apenas manchaba su camiseta porque no necesitaba ir al suelo para arrebatar una pelota.

El recuerdo de nuestros padres se vio refrescado por aquello últimos años como comandante en la zaga, pero "El Kaiser" alemán fue mucho más que un extraordinario hombre libre. Cuando jugaba más adelante, era el mejor centrocampista jamás visto hasta entonces. Dotado de técnica, zancada y espléndido toque de balón, el número cinco alemán recorría el campo, de área a área, sorteando rivales con combinaciones precisas. Sabía disparar a las escuadras como el mejor y sabía dejar al compañero, en el área, en la situación más idónea para hacer un gol.

Franz Beckenbauer fue una de las más importantes estrellas en la historia de los mundiales, ese escaparate plagado de purpurina de cuyos sucesos vive la memoria más rutilante del aficionado. En 1966, pese a haber sido obviado por la historia, oculto entre la exhultante condición de Charlton y los asombrosos goles de Eusebio, Beckenbauer fue, posiblemente, el mejor jugador del campeonato. Sólo tenía veintiún años, pero le sobraba jerarquía e inteligencia. Dotado de aquella excelente técnica, poco más le hacía falta de encumbrarse.

En 1970, el primer mundial tecnicolor, nos enseñó a un Beckenbuer a cámara lenta; el hombre que gobernaba el juego y el guerrero sin antifaz que saltó al campo con el brazo sujeto al pecho con una venda para entregar el alma al diablo italiano. Su consagración, ya como defensa libre, se culminó en 1974, cuando un equipo tan eficaz como sobrio, ganó a la gran Holanda en la final y el recién nombrado presidente Havelange, puso la copa de campeón del mundo en sus manos levantandola hacia el cielo en una foto inolvidable.

Terminado su periplo por el escaparate inigualable del campeonato mundial, comenzó su era de tiranía europea como capitán del Bayern de Munich. Aquel era un equipo tan poco espectacular como tremendamente práctico. Un rodillo que ganaba a su velocidad de crucero. Hasta tres copas de Europa levantó aquel que ya habían bautizado como Kaiser. Dos balones de oro y la sensación de satisfacción después de batirse el cobre contra el mejor Borussia Moenchengladbach en el campeonato casero. Un jerarca incomparable, el hombre que aterrizó en Hamburgo para hacerlo campeón y retirarse en la gloria que nunca dejó de abrazarle. Para aquellos hombres que hoy son abuelos, Beckenbauer significó una perfección táctica tal que aún no han encontrado un tipo a quien poder compararle.

martes, 9 de junio de 2015

Polos opuestos

Cuando Jesús Gil cesó a César Luis Menotti como entrenador del Atlético de Madrid en la primavera de 1988, el primer hombre en el planeta en esbozar una sonrisa de satisfacción fue Carlos Salvador Bilardo. Aquella era la última bala que le quedaba a Menotti para demostrar que podía ser un técnico de valía en la élite. Bilardo, por su parte, masticaba el éxito que le había reportado el mundial ganado casi dos años antes y se situaba en la cúspide de los entrenadores más valorados del planeta.

Fuera de los banquillos, Menotti se convirtió en enemigo íntimo de Bilardo. El daño que no pudo hacerle desde el juego se lo inflingió desde la palabra. Cada columna de análisis era un misil hacia la línea de flotación de un equipo que durante el periodo entre mundiales vivió de la fama y no supo practicar buen fútbol. Pero aquella enemistad ya había nacido años antes. En lugar de respetarse mutuamente como los únicos tipos capaces de llevar a Argentina al triunfo final en el mundial de fútbol, se pasaron la vida tirándose dardos envenenados. Para que alabarse si odiarse era más divertido.

Todo comenzó en la primavera de 1983. Argentina regresaba a España, lugar de escarnio y tumba de Menotti como seleccionador, para enfrentarse al Valladolid en el estadio de Zorrilla. La derrota fue sonora y la imagen lamentable. Aquello fue aprovechado por Menotti para lanzar su primera estocada desde una columna de Gráfico. Bilardo, que tenía una fé irreductible en su método, se guardó la página para automotivarse en los grandes duelos. Ya conocía a Menotti de antes, pero nunca se habían enfrentado públicamente. De hecho, su relación había sido de un respeto cordial.

La primera vez que se vieron las caras fue en 1973. Menotti entrenaba al mejor Huracán de la historia y Bilardo intentaba renacer a un Estudiantes del que ya era una leyenda. Tanto se quisieron el club y él que incluso llegó a postularse como presidente. La competitividad con la que se enfrentaron ambos equipos hacía presagiar una carrera plagada de éxitos para ambos técnicos. Pero el espejismo se fue consumando desde que ambos levantaron la copa de campeón del mundo. De allá hacia aquí sus carreras como técnico de club fueron de fracaso en fracaso.

La frontera que abre el camino en el que ambos técnicos se cruzan se consolidó en el partido ante Brasil en mundial de 1982. Una gran Argentina, con el bloque que había quedado campeón cuatro años atrás, más la incorporación del mágico Maradona, terminó desquicidada ante la fabulosa Brasil dirigida por Telé Santana. Muchos achacaron a Menotti su falta de mano izquierda y, a su regreso a Argentina no tardó en ser destitudo de su cargo con el consiguiente nombramiento de Carlos Salvador Bilardo.

Desde entonce se generó una cultura de debate en torno a dos estilos contrapuestos. El balón como prioridad contra la condición física. Quizá, desde ellos, ningún entrenador como Marcelo Bielsa haya comprendido que, quizá, la clave del éxito está en el híbrido de los dos estilos. Todos al ataque y todos mordiendo; balón, sí, pero cuantas más ida y vuelta mejor.

En un sentido único, ambos entrenadores han sido influyentes en posteriores técnicos con diferente desenlace frente al éxito. De la fuente de Menotti sorbieron entrenadores como Valdano, Cappa o Gallego. Por el lado opuesto, se recuerdan equipos campeones de Ruggieri, Batista o Simeone con un fútbol mucho más físico. Como nadie tiene el secreto del éxito, digamos que al final quien terminó impusiendo su palabra fue aquel que fue triunfando en su momento dado. De esta manera, los estilos, más que un lugar común para el debate, se han convertido en folklore dentro de la propia tradicion futbolística argentina.

Antes de ser seleccionadores, ambos habian cumplido una premisa; habían triunfado a temprana edad como técnicos de club.

Lo de Menotti fue mucho más llamativo más por el contenido que por el cometido. Obsesionado por acaparar la pelota y atacar a través de la posesión, ideó un sistema de presión en cancha ajena y defensa zonal adelantada que bautizó como "achique". Se trataba de asfixiar al rival en campo ajeno, aunque para ello se necesitase un grado de implicación y de nivel técnico superior de los jugadores.

Su compromiso fue el de hacer feliz a la gente. La estética por encima de la ética. "El gol debe ser un pase a la red", llegó a decir. En su borrachera de felicidad llegó a calarse una gorra, peluca y gafas de sol para mezclarse con la gente que celebraba la victoria mundial en el obelisco de Buenos Aires. Si alguien creía reconocerle él se escabullía entre la multitud. No quería vanagloriarse, sólo disfrutar de la felicidad colectiva.

El populismo de Bilardo siempre fue más elocuente. Lo primero que promulgó es que lo importante era ganar. Como si el resto de mortales jugasen siempre a perder. Aunque matizó que no importaba la manera. Aquello revolvió el estómago de los más eruditos. Lo práctico, decían, siempre fue menos bello. Y en esa disputa entre practicidad y belleza se involucró el aficionado llegando todos a la misma conclusión; ganar es lo más importante. Y ganar bello es mucho más reconfortante.

Una de las revoluciones de Menotti se basó en la eliminación del clásico hombre libre. Obligando a sus jugadores a defender en zona y a tirar la linea defensiva muy arriba, necesitaba un portero rápido y con un buen juego de pies. Él sería el auténtico hombre libre. Menotti se decidió por Fillol, un maestro en el mano a mano, pese a que Gatti siempre fue el preferido del pueblo. Un histriónico que gustaba jugar contra los delanteros desafiándoles dentro y fuera del área. Cuando Bilardo tomó las riendas del equipo nacional, Menotti no entendió que no convocase a Gatti. Creyó que, ahora sí, había llegado su hora.

Pero Bilardo gustaba de otro tipo de arquero. Defendiendo mucho más junto y mucho más atrás, el mayor peligro llegaría en los balones aéreos al obligar a sus rivales a colgar balones al área para hacer frente a su muralla. Por ello, Pumpido se consolidó como el campeón del mundo en Argentina y dejó a Gatti sin el tesoro que todos creían que había merecido el mejor portero de su generación.

Si hay un equipo que definió a Menotti de por vida, este fue el Huracán del año setenta y tres. Con Babington, Brindisi y Houseman en sus filas, Huracán campeonó haciendo un fútbol vistoso y aún recordado por los viejos del lugar. Lejos de los cánones establecidos hasta entonces, Huracán compitió acaparando la pelota, asfixiando al rival y culminando jugadas de ensueño. Tanta exigencia requería de demasiada entrega. Aquel equipo, como su recuerdo, se convirtió en irrepetible, aunque efímero.

Con esta concepción del fútbol estaba claro que a Menotti no le iban a convencer las medias tintas. Por ello cuando, con el paso del tiempo, la selección española, arrastrada por el estigma de la furia, coleccionaba fracasos en las grandes citas, pronunció aquella disyuntiva que dividió al país: "España debe decidir si quiere se toro o torero". Se trataba de convencer al país de que el camino de la furia no iba a dar resultados y que el futbolista español estaba más dotado para jugar que para correr. El tiempo, como se vio, terminó por darle la razón.

La disyuntiva que dejó Bilardo en España fue mucho menos poética. Los que recuerdan su paso por el banquillo del Sevilla jamás podrán olvidar aquel famosos "Pisalo, pisalo" con el que animaba al masajista de su equipo a no atender a un futbolista del equipo rival. Así era él. "Al enemigo ni agua". Hay frases que retratan.

Cuando le preguntaron a Bilardo por enésima vez si se sentaría a tomar un café con Menotti él contesto que aquello sería imposible. Realmente nadie sabe donde está el germen, pero el quiste se hizo tan grande que terminó en convirtiéndose en tumor.

Hay quien dice que Bilardo viajó a Barcelona en 1982 para pedir consejo a Menotti de cara a la primera convocatoria que debía hacer como seleccionador argentino. Resultó curioso, pero de todos los nombres que citó Menotti, Bilardo no llamó a ninguno. "No sé para qué me pide consejo si hace lo contrario de lo que le digo", declaró Menotti, molesto. Después vino la derrota en Valladolid, la columna de opinión y una enemistad que ha tomado tintes de épica.

La leyenda de Bilardo venía de lejos. Fiel discípulo de Osvaldo Zubeldia, de quien llegó a decir que cambió el fútbol, era uno de los líderes del Estudiantes de La Plata de los años sesenta que lo ganó todo y llegó a atemorizar a sus rivales. De ellos contaban tantas cosas que muchas llegaron a convertirse en mitos. Entre ellas, afirmaban que salían al campo con agujas para clavarlas en la espalda de los defensores en las jugadas a balón parado. Aquella forma de ganar abrió debates. Los que siguieron la corriente de Menotti nunca disfrutaron de aquello, los que predicaba la justificación de los medios, enaltecieron la figura de Osvaldo Zubeldia.

A uno, Menotti, le apodaron "el flaco" debido a su liviana constitución física; aspecto huesudo, piernas esqueléticas y ojos profundos. Al otro, Bilardo, le apodaron "el narigón" por su prominente apéndice nasal. Este predicó ganar de cualquier manera. Aquel se lamentó de que le hubiesen robado el fútbol a la gente. Porque, cómo explicó en alguna ocasión, la búsqueda de lo bello no debe extenderse sólo al fútbol, sino a la vida.

Por cosas así, a Menotti le acusaron de romántico. El líder de la contrarrevolución, Bilardo, era mucho más práctico en el discurso y más obsesionado en la preparación. Su obsesión, a cambio, conllevaba un desgaste mental extremo. Antes de la final de México, organizó las marcas individuales del equipo y ordenó a Ruggieri seguir de cerca a Rummenigge durante el partido. Rummenigge era la estrella rival y Bilardo no quería un partido cómodo para él. Para tener alerta a Ruggieri le repetía una y otra vez, en los entrenamientos, en los descansos, en las comidas, en los vestuarios... "Ruggieri ¿A quién marcas?" "A Rummenigge", respondía el cabezón. Y así una y otra vez. La noche antes de la final se acercó a la habitación de Ruggieri y golpeó la puerta con fuerza. Era tarde y el defensor se asustó. Con cara de sueño se asomó por la puerta y observó a Bilardo con los dientes apretados. "Ruggieri, ¿A quién marcas?" "A Rummenigge". Cerró la puerta y ambos se fueron a dormir. Uno satisfecho. Él otro, conmocionado. Así era Bilardo.

Al igual que Ruggieri, Bilardo había sido un férreo marcador central. Sus enfrentamientos con Charlton, Rivera o Van Hanegem fueron memorables. Les pegaba, ellos volvían y les volvía a pegar. Aquello le ganó fama de duro y la misma fama ganaron sus equipos cuando comenzó su carrera con entrenador. Una carrera que parecía iba ser de éxito contínuo hasta que llegó a la montaña rusa de la selección argentina.

Si hubo un duro trámite que hubo de pasar Bilardo y del que se libró Menotti es el de la fase de clasificación para el mundial. Al haber sido Argentina el anfitrión del campeonato del setenta y ocho, Menotti había tenido tiempo y paciencia para armar un equipo a su gusto. Bilardo fue más de bandazos; se agarró a Maradona y anduvo haciendo pruebas mientras la agonía se hacía eco de su camino hasta el objetivo. Aquella fase de clasificación masacró su ánimo y casi le deja a las puertas del fracaso. Nadie olvidará el gol de Gareca ante Perú en el último minuto del último partido. Sin aquel gol no hubiese habido leyendas de pierna izquierda. Sin aquel gol, Bilardo sería el primero en la lista del salón de los fracasados.

Pero aquel gol fue el primer eslabón hacia uno de los mundiales más recordados. Y si lo fue es porque Maradona así lo quiso. El mismo Maradona en el que Menotti no había confiado para el mundial patrio y que, cuando lo había hecho, no le hizo sentir sentir protagonista. Todo el mundo tiene un debe y un haber. Y aunque Bilardo hizo caso omiso a las recomendaciones de Menotti en su primera entrevista personal, sí tuvo claro desde el primer día que su equipo iba a crecer en torno a Maradona.

Dicen que cada uno entiende el juego en el banquillo igual que lo entendió en el campo. Ya todos sabemos como fue Bilardo como futbolista, pero ¿Quien fue Menotti? Pues un centrocampista organizador de estilo elegante, no muy veloz, pero con mucho criterio para jugar la pelota. No esperábamos menos.

En la espiral de fama que ganó, agarrada al lema de que el fin justifica los medio, Bilardo se convirtió en uno de los futbolistas más odiados del planeta. Famoso fue su duelo contra George Best en la Copa Intercontinental de 1968. En el partido de ida, le pegó tantas veces como pudo. El irlandés, en lugar de arrugarse, le ofrecía la mano y volvía a encarar. Y Bilardo y Aguirre Suárez volvían a pegar. Y Madero y Medina también. Ya les esperaremos en el partido de vuelta, clamaron los ingleses. Y en el partido de vuelta les pegaron más. Hasta que Best, preso de la frustración, se engachó con Madero y fue expulsado. Misión cumplida. El fin justifica los medios.

Son muchos los que han intentado recrear aquel encuentro en Barcelona entre Menotti y Bilardo cuando este recién había sido nombrado seleccionador. Menotti, con su inseparable cigarro colgando de la comisura de los labios, le aconsejó a su manera: "Debes convocar a Tarantini y diez más. Entre esos diez, sería bueno que estuviesen León y Gatti". "¿Y Trossero?", preguntó el Narigón. "Trossero no tiene nivel para jugar en el seleccionado". Dicho y no hecho. La primera convocatoria de Bilardo no contó con Tarantini, ni con León, ni con Gatti, pero sí contó con Trossero. Después vino la derrota en Valladolid y la rabia de Menotti escupida en una columna de opinión. No han vuelto a mirarse a la cara.

Y eso que les ofrecieron dinero. "Mucho dinero", en palabras de Bilardo. Les ofrecieron una fortuna por sentarles en un plató y poder dar rienda suelta a sus egos delante de toda la Argentina. Pero ambos mantuvieron la coherencia y se negaron al juego del morbo. Se vieron una vez, sí, pero fue en los terrenos de juego; corría el año noventa y seis y Boca se enfrentó a Independiente. Ganó Independiente, cero a uno, pero nadie analizó el resultado como el de dos equipos en problemas. El titular fue que Menotti le había ganado a Bilardo. Un tanto en el haber de los que seguían creyendo que Menotti era el dueño de la piedra filosofal.

Como Gatti nunca había perdonado a Bilardo su ninguneo, no desaprovechó la ocasión de criticarle desde la columna del diario As. Bilardo entrenaba a su querido Estudiantes y Gatti empleó la pluma para decir que los equipos de Bilardo no daban espectáculo. Al siguiente partido, en El Monumental, el narigón apareció en el banquillo con una botella de champagne y dos copas. "Para disfrutar del espectáculo", apuntilló. De nuevo un enemigo desde una columna de opinión. Las palabras le dañaban más que los goles en contra.

Tuvo su penúltimo momento de redención el día que fue nombrado director deportivo de la selección argentina. No había lugar al error y la AFA le entregó al equipo a los héroes del ochenta y seis. Maradona en el banquillo, Bilardo en el despacho. Tanto ego revuelto no podía acabar bien. Al final, el choque de trenes terminó con Bilardo fuera de la selección y con Maradona, como siempre, henchido de poder.

Nada hacía presagiar este enfrentamiento cuando ambos celebraron abrazados la victoria en el mundial de México. Los puristas desmitificaron a Bilardo concediéndole una mínima influencia en el resultado. Para él fue fácil, opinan, solamente tuvo que armar un equipo defensivo y dejar que Maradona hiciese el resto. Si tan decisivo era Diego ¿Por qué Menotti no lo citó para el mundial del setenta y ocho? Bilardo intenta defenderse y dice que si Menotti ganó aquel mundial quizá fue porque tuvo la fortuna de jugarlo en casa.

Sea como fuere, ambos entrenadores son historia viva de fútbol argentino. Y lo son por una razón exclusiva: son los únicos capaces de hacer a su país campeón del mundo. Uno con un juego elaborado y otro con un juego directo. Uno conversando con el futbolista y el otro presionándolo hasta la locura. Uno licenciado en Ciencias Químicas y el otro en Ginecología. Se pueden extraer mil diferencias. Son polos opuestos, sí, pero sus victorias dejan claro una cosa y es que, en fútbol, la victoria no es propiedad privada de ningún estilo en particular.

Resulta curioso que finalmente Maradona terminase teniendo mejor opinión de Menotti que de Bilardo. Al problema que rompió relaciones y que terminó con el narigón fuera de la selección, se le suma el grato recuerdo que el pelusa mantiene del mundial juvenil disputado en Japón en 1979. Dirigidos por el flaco Menotti, un puñado de jóvenes argentinos hicieron el mejor fútbol de sus carreras y fascinaron al mundo en dos semanas de fantasía. Allí descubrió el mundo a Maradona. Allí nació la leyenda de un tipo al que un día llamaron Dios.

El milagro de Bilardo, aparte del mundial de México, se consumó en Colombia. Si es un mito en Estudiantes, no podemos decir lo contrario de su relación con la gente de Deportivo Cali. En 1982, meses antes de ser nombrado seleccionador de la albiceleste, Bilardo condujo al equipo a la primera final de su historia en la Copa Libertadores. Todo un hito.

Cuando la Argentina de Bilardo conquistó el campeonato del mundo de 1986, a Menotti le hicieron la misma pregunta que ya le habían formulado en el setenta y ocho, sólo que en esta ocasión con un sentido inverso motivado por el como "¿Es este el nuevo fútbol?" "No existe un nuevo o un viejo fútbol. Solamente existe el fútbol". Dos mundiales ganados con un estilo diferente. Eso es lo que quería decir. El fútbol es tan grande que no admite conceptos ganadores y sí una pluralidad de estilos.

Para uno, lo importante era atacar. Para el otro, lo importante era la seguridad defensiva. Nunca se pusieron de acuerdo. Bilardo tenía muy claro lo que era jugar bien, para él era ganar. Menotti, más soñador que efectista, sorprendió al mundo cuando declaró que "Estudiantes del ochenta y uno jugaba bien". Resultaba curiosa la afirmación, no tanto por la verdad del contenido, sino porque el míster de aquel equipo era Carlos Salvador Bilardo. Lo que afirma Menotti con aquello es que apreciaba el buen fútbol más allá de las enemistades.

Si hubieron dos discípulos que intentaron aplicar los preceptos de Menotti hasta la saciedad, estos fueron Jorge Valdano y Ángel Cappa. El primero había mamado los conceptos del flaco desde sus primeras convocatorias con la selección argentina y pese a que, posteriormente, terminaría siendo campeón del mundo a las órdenes de Bilardo, nunca entendió el fútbol como un hecho conceptual en el que el "qué" valía más que el "cómo". El segundo, Cappa, defensor aguerrido que hizo carrera en Olimpo, ya había acompañado a Menotti en su aventura en Barcelona. Cuando ambos se unieron, fue para hacer del Real Madrid campeón de liga y si por algo se recuerda aquel equipo es porque jugaba muy bien al fútbol.

La selección que midió a ambos entrenadores fue la Italia campeona del mundo del ochenta y dos. Antes de aquello, lo que sería el germen de una gran selección, se enfrentó a la Argentina de Menotti en el mundial patrio consiguiéndola vencer por un gol a cero, victoria que repetirían cuatro años más tarde en su camino hacia el campeonato mundial. A Bilardo, sin embargo, no se le atragantó la selección italiana y, a pesar de empatar en las dos ocasiones que enfrentaron, aquellos resultados le fueron válidos para avanzar en su camino hacia las dos finales consecutivas. Los puristas del resultado achacaron a Menotti su ineficacia ante equipos con oficio, algo por lo que ensalzaron a Bilardo; contra el músculo, más músculo.

El momento decisivo que dio paso al odio fue la entrevista concedida a Gráfico en el número del día veinte de julio de 1983. En ella, Menotti mostraba su disconformidad con el juego y con las decisiones de Bilardo. Este, que creía contar con el apoyo de su antecesor, se sintió traicionado. Se cruzaron palabras a través de terceros y jamás volvieron a juntarse para dirimir sus desavenencias cara a cara. El problema, con el tiempo, pasó a enquistarse y la enemistad se convirtió en odio mutuo.

Bilardo no había esperado aquella crítica. Él había viajado a Barcelona para sentirse seleccionador en la piel de su precedesor. Él creía en el trabajo y, para ello, creía en la necesidad de sentir empatía. La primera crítica no la perdono, sucesivamente, a medida que ambos se iban lanzando puyas, Bilardo, ante cualquier acecho de palabra ajena, suspiraba y sonreía por dentro; "El Flaco. Siempre El Flaco". Repetía.

Pero en el fondo le encantaba que hablaran de él. El veintiocho de marzo del noventa, Argentina enfrentaba a Escocia en Glasgow. Los partidos previos habían sido tan malos, que la selección estaba a seis minutos de batir la marca de un seleccionado sin anotar un gol. Bilardo se dirigió a sus chicos y les ordenó: "No se les ocurra marcar un gol antes de los seis minutos porque nos quedamos sin record. Nosotros tenemos que estar en todas las conversaciones, en las buenas y en las malas. Después de los seis minutos hagan lo que quieran".

Si a aquella Argentina le faltaba tanto gol era porque el Narigón se negaba a convocar a Ramón Díaz. El Flaco suspiraba por El Pelado, pero ya no se atrevía a reflexionar ni en voz baja. Toda Argentina quería en el mundial de México al tipo que marcaba goles para el campeón de la liga italiana. No hubo manera. Y Argentina ganó el mundial ¿Más reproches? Pidió Bilardo. Con el pecho enchido y la sonrisa satisfecha.

Para ganar el mundial de Italia, Bilardo recurrió a lo civil y a lo criminal. En un durísimo enfrentamiento contra Brasil, el jugador Branco se acercó al banquillo a beber agua en una pausa. El masajista argentino, en un acto de constricción, ofreció su bidón al futbolista brasileño. Parecía extraña tanta generosidad por parte de Bilardo. Y a fé, que lo era. Tal y como declararon años más tarde, aquel bidón contenía un sonnífero que se utilizó para quebrar la intensidad de los futbolistas brasileños. El partido pasó a la historia por las ocasiones malogradas por Brasil y por una fantástica arrancada de Maradona que terminó en el gol de Caniggia. Dios mediante, nadie sabe que pudo haber pasado si los futbolistas brasileños no hubiesen tomado de aquel bidón.

Una vez más, el fin por delante de los medios.

Para aquella época, Menotti ya había sido destituído del Atlético de Madrid. Las ocasiones se perdían en el limbo mientras Bilardo se consolidaba en la cima. El tiempo, juez y parte en los éxitos y las derrotas, terminó poniendo a cada uno en su lugar. "El fútbol es grande", se defendió Menotti. "Tan grande que evitó que Bilardo se dedicase a la medicina".

jueves, 16 de abril de 2015

Abocados a la magia

La optimización de recursos es el trabajo magistral que suelen ejecutar los grandes gestores. Los mejores visionarios han sabido adaptarse a la situación y manejar el equipo humano en base a lo que este le podía aportar, dejando en su segundo plano, lo que él podía aportar al grupo. De esta manera, y priorizando sobre los puntos fuertes, hubo grandes equipos que se formaron en torno a un par de estrellas y nueve cartesianos u otros que, desde un perfil más bajo, supieron mantenerse en la élite gracias al trabajo y una fe capaz de mover montañas.

Tomando como perspectiva el éxito grupal, no existe mejor ejemplo en el fútbol actual que el Atlético del Cholo Simeone. Sin ningún futbolista que destaque sobremanera sobre los demás y con jugadores de notable o notable alto en todas las posiciones, el Atlético ha sabido inventarse como equipo a partir del trabajo y la intensidad. Todos para uno y uno para todos. Once mosqueteros con sable en los dientes que pelean cada centímetro de césped como si en la misión se jugasen la propia vida.

Tomando como ejemplo algún caso menos pasional pero igualmente o más efectivo, podemos hablar del Nápoles de los ochenta, un equipo donde diez jugadores proponían y Maradona disponía. O su gran rival en la década, la Juventus de Trapattoni, donde un grupo de excelentes jugadores tenían claro que debían ocupar un segundo plano para que el francés Platini brillase por encima del resto. Algo semejante a lo que le ocurre al Real Madrid actual; contando con la que posiblemente sea la mejor plantilla de su historia, en muchas ocasiones queda supeditado al brutal rendimiento goleador de Cristiano Ronaldo.

El Barça ha vivido, en su pasado más reciente, épocas de fútbol excelso. Desde que Rijkaard y Ronaldinho resucitaron un cadáver con trazas de hundirse en un pozo sin fondo, el equipo, agarrado a las premisas de la posesión y la presión en campo contrario, ha vivido sus particulares días de vino y rosas con triunfos sonados y recordados porque por una vez no solamente importó el qué sino el cómo.

La decadencia del mejor Barça se precipitó por las decisiones técnicas, por la desgracia y por los años. Nada hacía presagiar la caída cuando Guardiola dijo adiós cansado de su exposición ante la excelencia. Se tenía por cierto que él era el gran artífice del milagro del mejor Barça de la historia, pero el equipo quedaba en manos de su mano derecha. Quedaban, pues, los cimientos y la continuidad del discurso. Nada podía salir mal. Pero salió mal.

Salió mal porque se cruzó la desgracia en forma de enfermedad. Tito Vilanova se vio obligado a dar un paso atrás y el equipo, pese a ganar una liga de cien puntos, empezó a descoserse viéndose desprovisto de un patrón guía. Se reintentó con Martino, pero en el rosarino no creyeron ni sus propios preceptores. Así pues, y con la sensación de que se había tirado un año en el camino a pesar de que el equipo peleó los títulos hasta el mes de mayo, se reintentó una huída mirando hacia atrás y se contrató a Luis Enrique con la esperanza de que el asturiano regresase al cuatro, tres, tres, a la presión alta y al tiki taka fulgurante.

El problema que encontró Luis Enrique es que a los pilares del Barça de Guardiola les alcanzó la edad y las lesiones. El que quizá haya sido el trío de centrocampistas más excelso de la historia del fútbol, ha sufrido las consecuencias del desgaste al que somete la élite y las exigencias. Busquets es esclavo de un pubis que le incapacita para gobernar el juego defensivo, a Iniesta se le ve el cartón en cuanto su limitación física se ha hecho evidente con el paso de los años y Xavi, el jugador que lo cambió todo, es un tipo de treinta y cuatro años que aún brilla como complemento pero al que le falta oxígeno para repetir la excelencia que le convirtió en el dueño de los partidos.

Así pues ¿Qué le queda a Luis Enrique? La pregunta, a bote pronto, parece de perogrullo en cuanto hablamos de uno de los equipos con mayor presupuesto del mundo. Aún así, es necesaria analizado lo anterior y la respuesta es sencilla observando el presente. Le queda la magia.

Teniendo en cuenta sus limitaciones en la creación, Luis Enrique ha convertido el centro del campo en un lugar de tránsito. Ya no se mastican las jugadas a cámara lenta ni se cambia el sentido de la jugada pasando por la rueca de Xavi Hernández. Ahora la fórmula es mucho más sencilla; buscar el desmarque de los de arriba y dejar que estos resuelvan la papeleta.

Entre los de arriba está Neymar; el tipo que se ha acostado en la banda izquierda y vive de latigazos de ingenio. A su falta de continuidad suele responder con alguna diagonal certera o alguna conducción frenética. Vive del desmarque hacia afuera y eso le convierte en indetectable porque al jugar en punta hace trabajar al central y al lateral que guarda la zona. Ha marcado veintiocho goles y ha dado cinco asistencias, lo que significa haber participado en el veinticuatro por ciento de los goles del equipo durante la temporada.

Está Suárez; el añorado goleador al que le costó arrancarse las costuras. Acostumbrado a ser eje principal, hubo de adoptar el papel de secundario en un equipo en el que manda el número diez. Acorralado, en un principio, en un costado izquierdo que limitaba sus aptitudes asesinas, ha ido encontrándose poco a poco hasta convertirse en el futbolista que nos había mostrado en Amsterdam y Liverpool, un hombre voraz que fabrica goles desde la nada. Vive al límite del fuera de juego y tira desmarques por doquier hasta que encuentra la portería de frente. Cuando vive en racha es imparable. Ha marcado dieciocho goles y ha dado trece asistencias, lo que significa haber participado en el veintidós por ciento de los goles del equipo durante la temporada.

Y está Messi.

Messi sigue siendo el mejor jugador del mundo, pese a que todos hayamos percibido un bajón en su rendimiento durante las dos últimas temporadas. El principal problema al que ha tenido que hacer frente Messi es el de tener que reinventarse. Cuando el Barça era una coral de centrocampismo, Messi era un tipo indetectable porque aparecía para aclarar la jugada y desaparecía para buscar el espacio. Ahí, con Xavi e Iniesta por detrás y Pedro como socio en el costado, Messi era una arma de destrucción masiva. El problema es que ese Barça se apagó y a Messi le obligaron a reconstruir su juego. De repente, sin socios por detrás, no encontró el espacio, lo que le obligó a afrontar la jugada, una y otra vez, contra un bosque de piernas. Las lesiones y los problemas personales, hicieron mella en su rendimiento, y aunque su aporte de goles seguía siendo notable, en el mundial se observó la caída del mito al que todo el mundo había prometido encumbrar en lo más alto.

El nacimiento de este nuevo Barça rupturista de ida y vuelta, transiciones rápidas ha obligado a Messi a convertirse en un mediocentro en la banda derecha. Desde allí recibe, casi siempre, sin espacios, y se ve obligado a inventar una jugada con un muro por delante. Además de goleador, se ha convertido en un pasador excelso y milimétricos son sus pases al segundo palo que, generalmente, suele agradecer Neymar. Como, además, es un hombre voraz y sabe jugar al fútbol, suele buscar el desmarque en diagonal para aparecer allí donde todos le esperan salvo los defensas contrarios. Sus cifras siguen dando miedo. Durante esta temporada ha anotado cuarenta y cinco goles y ha repartido veintitrés asistencias, lo que supone una contribución estadística del cuarenta y nueve por ciento total de los goles del equipo. Lean dos veces esta barbaridad para ser conscientes de que la mitad de los goles del Barcelona durante la temporada llevan, directa o indirectamente, el sello de Lio Messi. Como para no tenerle por imprescindible.

Así es este Barça de Luis Enrique. Menos deslumbrante en el aspecto técnico, más demoledor en el aspecto ofensivo. Un arma de doble filo que juega a su favor en los partidos descontrolados y juega en su contra en los partidos de ferreo control. En el último mes le hemos visto resolver un clásico por pegada y dejarse dos puntos en Sevilla por defecto de pausa. La posesion sigue a favor en las estadísticas pero ya no es utilizada como arma destructiva. Antes, los rivales caian por inercia. Ahora caen por contundencia. Es un Barça que depende de la inspiración de su trío de delanteros. Luis Enrique ha sabido optimizar sus recursos dejando atrás principios y rotaciones absurdas. Es equipo abocado a la magia.

martes, 31 de marzo de 2015

Hillsborough

"Ahí dentro está muriendo nuestra gente". El capitán Alan Hansen no podía dar crédito a lo que un joven aficionado le gritaba desesperadamente. Era un partido de semifinales de Copa, el rival era el archienemigo más voraz de la década y el esceneario era un viejo estadio contruido en el barrio industrial de una ciudad mayoritariamente obrera. Ni se daban las condiciones para albergar a una masa como aquella ni quisieron poner coto a la avalancha que se sumergió hacia el desastre en el fondo oeste del vetusto estadio de Hillsborough.

Las medidas adoptadas por el juez Taylor a raíz de aquella tragedia supusieron un punto de inflexión para el fútbol tal y como se había conocido hasta entonces. El fútbol, como espectáculo de masas, jamás había alcanzado el siglo XX. Demasiadas tragedias para tan pocas soluciones. La puerta doce del Monumental, Ibrox Park, Bradford, Heysel y Hillsborough obligaron a tomar medidas contra la tragedia. La muerte se había convertido en algo demasiado común para un espectáculo que pretendía ser una fiesta.

El grito desesperado del aficionado frente a Alan Hansen significó el grito de una multitud que se había visto abocada a la muerte por la incompetencia de las autoridades. Años después, demasiado tiempo para haber dejado sin cicatrizar una herida demasiado latente, el gobierno británico reconoció su responsabilidad en el desastre. Cuando llegó la mano sobre la espalda, en Anfield ya hacía años que los ramos de flores se amontonaban haciendo sonar sobre las conciencias el más desgarrador sonido del silencio. Justice for the 96. Con aquel lema, durante años, los aficionados del Liverpool suplicaron que se reconociera a los muertos con la dignidad que merecían y no como la basura como la que habían sido tratados.

Cada quince de abril el fútbol se paraliza, Anfield mira hacia el cielo y el pasado vuelve en forma de lágrima encendida. Ni la justicia ha podido apagar el dolor. Steve Gerrard, alma del Liverpool durante las dos últimas décadas, perdió a su primo Jon Paul Gilhooley en el desastre. La avalancha humana acabó con cientos de sueños. "Yo juego al fútbol por Jon Paul", llegó a declarar Gerrard. Noventa y seis Jon Paul necesitan que se siga jugando al fútbol por ellos. Olvidar es abocarse a repetir el desastre. Recordar es aprender que la muerte no debe hacerse compañera habitual de un juego que siempre necesitó su parte lúdica para seguir existiendo.

miércoles, 25 de marzo de 2015

El Niño

El proceso vital obliga a dejar huella a todos aquellos a los que han señalado desde pequeños como elegidos para el éxito. A muchos, la responsabilidad les pesa tanto que no son capaces de soportar la losa y terminan derrotados en la cuneta del fracaso, relamiendo la oportunidad perdida y añorando los sueños perdidos. Otros, más voraces consigo mismo y más aptos para la ocasión estelar, conviven con el elogio hasta el día en el que la crítica hace su aparición para aplicar su zarpazo más dañino. Ese es el momento crítico de los que deciden dar el paso o quedarse en el camino de las promesas pendientes de cumplir.

Fernando Torres apareció por vez primera ante los ojos del mundo una mañana fría de diciembre mientras un grupo de alevines se disputaban la gloria en un torneo internacional. El niño pecoso con el número nueve evitaba rivales con el balón cosido al pie y anotaba goles desde cualquier ángulo. No fueron pocos los que se atrevieron a vaticinar el advenimiento de un nuevo Mesías. Era arriesgado. Estar en lo cierto pronosticando el éxito futuro de un niño de once años es tan complicado como jugar a ganador con un boleto cualquiera de lotería. Gustar en una primera impresión puede llegar a ser fácil; basta con ser uno mismo, enseñar las cualidades y contar con la suerte de que todo salga bien. Otra cosa es mantener el nivel y aumentar la exigencia para alcanzar las cotas que los aduladores llegaron a prometerte.

Desde su debut en la élite, Fernando Torres se ha tenido que enfrentar a los dos extremos de la crítica. El peaje que deben pagar los que no generan indiferencia es el de saber convertir en energía positiva el defecto y en tener mano izquierda para manejar los excesos. Las mareas generadas por tipos como Torres son capaces de llevarse por delante cualquier carrera. Los que le admiraron lo hicieron tan exageradamente que nos vendieron un buen Wolkswagen como un Ferrari. Los que le criticaron lo hicieron tan ferozmente, que vieron un seiscientos donde había mucha más carrocería y mucho más motor. Al término medio, ese que, en frío, termina poniendo cada capacidad en su lugar, no se acercó prácticamente nadie.

Torres ha regresado a casa en un punto de no retorno. Los que le afean el curriculum desconocen que sus números son tan buenos como los de cualquier gran delantero histórico. Los que engrosan sus logros desconocen que su humanidad se reduce a apariciones fulgurantes en momentos puntuales. Ni el paquete que nunca aperece, ni la estrella que lo devora todo. Torres sigue siendo el muchacho de ojos vivos que sueña con levantar un título con el club de sus amores. Sigue viviendo de sus virtudes y ahora, con la edad, se le notan aún más los defectos, pero en cada balón que persigue sigue vigente la feroz competitividad de quien sabe que en esta vida nadie le ha regalado nada y que todo lo que ha conseguido le ha costado el doble que a los demás porque sus méritos, a pesar de lo que muchos opinan, no se reducen a un gol en la final de una Eurocopa. El cariño, la fe y el trabajo mueven montañas y a Torres aún le queda un último gol que brindar a su gente.

miércoles, 18 de marzo de 2015

El tipo que dominó la Premier

Dominar un partido es factible. Hace falta ser muy bueno, tener carácter, aptitud y una visión global del juego. Puede resultar factible, también, dominar el juego en una racha positiva; aunque para ello haga falta saberse un líder y agarrarse el arnés del carro a la cintura. Más difícil es dominar un campeonato porque para ello se requiere ser una estrella con mayúsculas. Para dominar toda una Premier League durante todo un siglo, el vocablo de estrella se queda corta y podríamos utilizar, sin reparos, la palabra genio.

Los aficionados del Arsenal no debieron esperar demasiado de aquel chico espigado que se presentaba ante ellos con los ojos encendidos de ilusión. Venía de ganar la liga francesa demasiado pronto y había sido colamdo de elogios demasiado rápido. Campeón del mundo, mejor jugador joven y gran contrato en Italia, como casi todas las grandes estrellas del momento. Pero el sueño italiano quedó en nada y Wenger, como el antiguo maestro que sigue creyendo en su pupilo, reclamó sus goles para un equipo que jugaba muy bonito pero al que le faltaba velocidad.

Lo que vino después forma parte del imaginario colectivo de cualquier aficionado al fútbol. El chico espigado se conviritió en el mejor jugador de la historia del Arsenal y cada partido se convirtió en una pieza de museo. Su condición le permitía recibir en el centro del campo, avanzar, combinar, regatear y marcar. Lo hacía tan fácil que parecía plausible, pero nadie más era capaz de repetir sus hazañas. Mientras Manchester United, Chelsea y Liverpool se confabulaban para derrotar en base a la fuerza grupal, el trabajo, la competitividad y el ánimo, al Arsenal le bastaba con darle la pelota a Thierry Henry. Él se ocupaba de resolverlo todo.

El Arsenal de Henry es el equipo que gana dos Premier y tres FA Cup en plena dictadura fergusionana, el Arsenal de Henry es el equipo que derrota en el Bernabéu al Real Madrid galáctico camino de su primera final de la copa de Euorpa, es el equipo de los goles maravillosos, de las goleadas a los grandes equipos, del juego de memoria, de la velocidad infernal, el campeón de liga invicto, el del gol a Barthez y el taconazo imponente ante el Charlton Athletic. Henry marcó doscientos treinta y siete goles con el Arsenal, pero más allá de las cifras, quedó la sensación de ser el máximo ejecutor del famoso artículo treinta y tres por el que Andrés Montes hizo famoso a Shaquille O'Neal; hago lo que quiero, cuando quiero y donde quiero.

jueves, 26 de febrero de 2015

Un chico del barrio

Su aspecto era el de un mozo de almacén fuerte y aplicado. De hecho, allí fue donde pasó sus últimos días, y eso lo supimos gracias a que un programa de televisión nos lo mostró de cara abierta. La mirada resplandeciente del pasado, los carrillos henchidos y el cuello fuerte, casi inexistente, sobre unos hombros que habían aterrizado un millón de veces sobre la línea de cal. El chico de barrio había regresado a la normalidad después de que la fama, esa injusta calibradora de aspectos, le hubiese situado durante algunos años en los álbumes de cromos de los niños del país.

La infancia de los nostálgicos suele ser bella en los detalles y triste en las realidades. Los más necesitados son aquellos que, normalmente, sueñan más fuerte y terminan conduciendo su pasión hacia el camino del éxito. Wilfred Agbonavbare quiso ser portero, cruzó el mar, vivió el frío y entrenó durante meses sin entender el idioma de los que le exigían el éxito. Pero sus vuelos hablaban por sí solos, su arrojo delataba hambre, su sonrisa de niño terminó por conquistar el corazón de los chicos que acudían cada domingo al estadio de Vallecas.

Mis recuerdos de juventud están salpicados por momentos puntuales. Un gol de Futre en una final de copa, un pisotón de Stoichkov a Urízar, una chilena de Hugo y una parada de Wilfred en el Bernabéu. Momentos que forjan recuerdos imborrables. Un profesor de historia, hincha confeso del Madrid, hubo de aguantarnos durante todo un lunes mientras le citábamos al bueno de Wilfred por los pasillos. Lo bello de los detalles es que perduran por encima de las promesas. Aquel penalti parado por Wilfred a Michel me retrotrae a mis años de instituto, a mis primeras salidas, mis primeros escarceos, mis primeras lágrimas de desamor. La muerte del portero del barrio de Vallecas me entristece porque siento que deja atrás una vida, una etapa que cerró la puerta hace ya unos años pero que aún creía que podía volver a abrir. Y creo que, como Wilfred, muchos de nuestros sueños también se han ido para siempre.

martes, 24 de febrero de 2015

La teoría del caos

La teoría del caos dice que pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden implicar grandes diferencias en el comportamiento futuro, imposibilitando la predicción a largo plazo. Dicho de modo coloquial, todo suceso imprevisto puede desbaratar cualquier plan preconcebido.

El factor sorpresa, el verso suelto, el rebelde sin causa suele ser el tipo que desbarata planes por la virtud de la desaparición. El futbolista indetectable tiene ganados dos pulsos contra el rival; el primero es el de convencerles en el subconsciente de que no resulta un problema para ellos, el segundo es hacerles ver que sí es un problema una vez a aparecido allí donde no se le espera.

Saúl Ñíguez es un futbolista disperso, indefinido, desautomatizado. Le quedan por aprender muchos conceptos del juego; la presión organizada, el pase en corto, la ocupación de espacios, la estructuración mental. A su favor cuenta el hecho de no creerse un robot obediente, de saberse un héroe de batalla, de considerarse un tipo capaz de romper los esquemas.

Su fútbol es más parecido a la teoría del caos que al orden preestablecido. Desde un lugar indefinido del centro del campo aparece para tocar y desaparece misteriosamente; en su siguiente aparición, cual fénix resplandeciente, asoma en el balcón del área para conectar un cabezazo imponente, un chut imparable o un remate imprudente. Celebra júbilo, disputa con pasión, juega como un niño de barrio. En la ley del más fuerte, donde la jungla de piernas se convierte en un bosque de minas, Saúl, ejemplo del británico "box to box", se desenvuelve como un león hambriento. Porque lo suyo es devorar espacios, masticar rechaces. Generar el caos.

jueves, 12 de febrero de 2015

El circo

Desde que la información objetiva derivó en opinión subjetiva, desde que la bufanda se impuso al criterio, desde que los índices de audiencia se convirtieron en el mantra sobre el que derivar la programación, desde que la oferta, en su pobre búsqueda de la mediatización, se acopló a una demanda mal relativizada, desde que la acción se centró en lo banal por encima de lo transcendental, el periodismo deportivo pasó de convertirse en un foro de retroalimentación, para convertirse en un circo de transgresión.

Uno puede mirar a los ojos de un buen periodista y encontrar el orgullo herido por la vergüenza ajena en la mirada. Yo, que conozco a un periodista cabal, de los que gustan de informar con objetividad y opinar con la cabeza aunque su corazón rezume las lágrimas de una derrota, no puedo sino sentirme afín a su causa y sentarme al colchón de su consuelo. El desafecto, ese puñal de crédula incredulidad que arrojan los ventajistas y forofos, está convirtiendo al periodismo deportivo en la cloaca de los medios de comunicación. Cuando decidieron bajarse al barro sin preguntar perdieron cualquier atisbo de inocencia. Los culpables, señalados con el dedo de los cuerdos, ríen, gozan y perpetran desde el trono del poder. Mientras que los inocentes, mientras reman contracorriente en pos de un periodismo de calidad, han de morderse las uñas y tragar polvo con el fin de publicar calidad. "Importan las visitas, los pinchazos, las audiencias", dicen algunos. Y otros, que ven en lo banal lo secundario, siguen bajando la mirada y apretando los dientes. El circo tiene muchos payasos, muchas fieras y mujeres barbudas con panza y bufanda. Pero el circo necesita trapecistas que arriesguen, domadores que aplomen y, sobre todo, artistas que conviertan la verdad en el único camino hacia lo correcto.