lunes, 23 de noviembre de 2020

Pichichis: Manuel Badenes

Cuando Antonio Puchades, ídolo y estrella del Valencia, conducía la pelota, gustaba de mirar al área y encontrar al compañero mejor desmarcado. Éste, casi siempre, era Manuel Badenes, algo tosco, pero alto y fornido, solía cazar las pelotas al vuelo y colarlas con la facilidad pasmosa del que ha nacido con el gol en la sangre. Con el Valencia sumó un centenar y en total, en primera división, fueron ciento treinta y nueve dianas las que este delantero, nacido en Castellón, logró anotar en sus catorce temporadas como profesional, una cifra nada desdeñable para una época en la que se jugaban menos partidos y para un jugador que apenas tuvo oportunidades en los equipos punteros de la liga española.

Porque Manuel Badenes jugó en el Barcelona y, a pesar de haber engrosado allí su palmarés con dos campeonatos de liga, jamás se sintió útil y se supo minusvalorado. Por eso aceptó la propuesta del Valencia, porque tenía ya poco más que perder y porque creía que podía borrar el recuerdo del incomparable Waldo. Fue difícil, pero durante momentos hasta lo consiguió, sobre todo con la llegada de Faas Wilkes al equipo ya que con el holandés errante formó una pareja tan compenetrada que fueron muchos los aficionados valencianistas que se volvieron a ilusionar. Juntos jugaron durante dos temporadas, el tiempo que tardó en secarse el grifo y saber aceptar una oferta a la baja de un equipo de menor rango. Pero cuando creía que ya no quedaba gol, llegó el trofeo Pichichi. En Valladolid jugó dos años, en un anotó dieciséis goles y en el otro diecinueve, cifras de auténtico depredador que, sin embargo, no sirvieron para evitar que el equipo pucelano se marchase a segunda. Comenzó entonces su particular calvario de frustraciones, tras Valladolid fue a Gijón y tras Gijón marchó, de nuevo, a su Castellón natal, pero durante aquellas tres temporadas sufrió tres descensos consecutivos de categoría que le hicieron plantearse su valía para el fútbol de élite.

Y es que un goleador, a parte de marcar quiere siempre que sus goles sirvan para ganar puntos y, cuando no es así, un puede sentir la conciencia tranquila pero el alma estará siempre vacía. Y es que, Badenes ya había sufrido el fracaso en su etapa como jugador del Barcelona, jamás se supo tan inútil como en aquellos últimos años de su carrera, porque cuando jugaba de azulgrana era joven y sabía que la vida de debía revancha, pero aquellos años en Gijón y Castellón sabía que el fútbol era una vela derretida que se apagaba poco a poco dentro de sus piernas y su corazón.

En sus dos años como barcelonista tan sólo participó en catorce encuentros anotando la considerable cifra de seis goles; casi un gol cada dos partidos para un tipo que no contaba para nadie. Tras aquello, marchó a Valencia para convertirse en el mejor goleador, según estadísticas, de la historia del club, culminando una excelente temporada 1955-56 en la que anotó veintidós dianas en los dieciséis partidos que disputó. Aquellas cifras le han colocado, con el tiempo, como el vigesimoséptimo máximo goleador histórico de la liga, cifra nada despreciable para un tipo cuya valía jamás fue tenida verdaderamente en cuenta por la opinión pública.

Y es que, pese a haber sido convocado en dos ocasiones para jugar con la selección española B y haber anotado cuatro goles en cada partido, jamás fue tenido en cuenta para formar parte de la nacional absoluta, a pesar de saber que era un delantero sin piedad, sin recursos técnicos pero con una capacidad goleadora demasiado estimable como para no haber sido tomada en cuenta. No en vano, aún es hoy el sexto goleador histórico del Valencia, un club centenario en el que han jugador muchas de las estrellas atacantes de la historia de la liga.

Badenes, quien se fue haciendo hombre a base de buscarse la vida, hubo de sobrevivir, como toda la generación de postguerra, en la calle y en la obediencia. Con diecisiete años ya era jugador de fútbol por derecho y con dieciocho ya estaba fuera de Castellón jugando para el Barcelona. Con veinte, en pleno servicio militar en Zaragoza, el Barça permitió al club maño fichar al futbolista durante una temporada en la que jugó veinticuatro partidos y anotó veintiún goles ¿Y este jugador no le vale al Barcelona? Se preguntaban en La Romareda un domingo tras otro. Algo parecido debieron preguntarse en Valencia cuando decidieron ir a por él. Allí jugó hasta 1956 cuando, tras una enconada discusión con la directiva a cuenta de los pocos minutos que su hermano estaba teniendo en el filial, decidió hacer las maletas y marcharse a otros lugares. Curiosamente, tres años después, y ya en el ocaso de su carrera, terminó jugando con su hermano en el Castellón, pero ni uno ni el otro fueron capaces de evitar el desastre.

No obstante, pese al final convulso, su estancia en Valencia fue positiva, saldándose con un título, la Copa del Generalísimo del cincuenta y cuatro, y decenas de tardes en las que Mestalla fue un volcán en erupción. Y eso que sus comienzos no fueron nada fáciles, tardando diez partidos en anotar su primer gol, pero cogiendo una abrupta carrerilla para terminar con dieciséis goles aquel primer acto. Y es que, gracias a sus características, Badenes brilló en el Valencia porque, al alejarse lo suficiente de la jugada, dejaba que tipos más finos y estilistas como Puchades o Wilkes, pudiesen dar rienda suelta a sus virtudes. En el Barça tuvo la competencia insalvable del eterno César, pero de allí en adelante se sintió el delantero titular allá donde fue, incluso en su último año, ya pasado de años y kilos en un Oliva decadente donde no pudo salir de la tercera división. Aquello era poco menos que una despedida crepuscular, un poco darle un último gusto al cuerpo antes de colgar las botas, un volver a los orígenes del fútbol regional después de haber dado sus primeros pasos en equipos de barriadas de Castellón como el Jari Jauja o el Peña Ribalta. Desde allí recordaba, había dado el salto al Castellón aún en edad juvenil después de haber pasado la adolescencia ayudando a su padre en el negocio familiar. Más tarde, con dos títulos de liga cargados en la mochila, regresó a la Comunidad Levantina para formar parte de un Valencia que había perdido a Mundo a la delantera eléctrica y que, pese a la depresión, logró un meritorio subcampeonato de liga. Después, ya en Valladolid, había conquistado el deseado trofeo Pichichi después de una gran temporada en la que igualó a tantos con Ricardo Alós, el tipo que, curiosamente, había llegado al Valencia para sustituirle. Y es que los designios, por más que los busquemos, siempre aparecen agarrados de la mano de la casuística.

Los datos de Badenes se cimentan en una estadística, con sus ciento treinta y nueve goles superó, en su día, los ciento treinta y ocho que el mítico y alabado Ladislao Kubala anotó en liga con la camiseta del Barcelona, un dato nada desdeñable para un tipo que nunca fue considerado figura del fútbol español. Su perfil era bajo y su fútbol no era el más apetecible de ver, pero metía muchos goles, tantos como para haber sido tomado medianamente en cuenta. Uno de sus goles más celebrados fue el que le anotó al Barça en la final de la Copa del Generalísimo ganada por el Valencia en 1954, era su manera de reivindicarse ante aquellos le habían considerado como no apto para jugar en su club.

En Valladolid, por su parte, aún se recuerda su asociación con el delantero Murillo. Aquellas dos temporadas con Murillo y Badenes en la punta de lanza, en Pucela se disfrutaron tardes muy buenas y, aunque el equipo terminó descendiendo a segunda, el jugador sigue siendo historia allí al haber sido el primero en haber conseguido un título de máximo goleador vistiendo la camiseta blanquivioleta. Y es que los verdaderos profesionales son aquellos que dejan huella en cualquier lugar, son los únicos que, con el paso del tiempo, dejan el poso del recuerdo imborrable porque el fútbol son goles pero para el aficionado, ante todo, el fútbol es ver como un jugador se deja la piel por defender un escudo.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Malos tiempos para la lírica

Se apagó el fogón, ya no queda nada, se secó el río de la abundancia y la travesía por el desierto nos

pilla sin provisiones, sin agua y con algún recibo acumulado en la estantería. Las liras suenan hoy desafinadas, las cuerdas del piano buscan un pianista y el director de orquesta vive jubilado en algún paraje en las afueras. No hay música de cámara, no hay, ni siquiera, un rock and roll, pegadizo, no hay instrumentos ni compositores. Son malos tiempos para la lírica.

Nadie olvida aquellos conciertos memorables, aquellas notas interpuestas que formaban melodías abrumadoras, aquellas tardes de sofá y cerveza, aquellos puños en alto, aquella garganta viva, aquella manera de sentirse espectador privilegiado de una época que no iba a volver. Sólo que nosotros creíamos que perviviría para siempre, que la gloria es eterna en carne, pero que sólo se convierte en leyenda dentro del pensamiento, sólo cuando el recuerdo la hornea dentro del molde de la nostalgia.

Ya no hay seguridad en el cuarteto de cuerda, ni saxofonistas que den el tempo, ni siquiera un batería que lo barra todo en el área de castigo. La generación espontánea se lo llevó todo; las copas, los honores y una manera de jugar al fútbol que ha terminado impresa en las bibliotecas. Hoy apenas quedan supervivientes de aquel naufragio que comenzó en Brasil y hoy sigue escupiendo cadáveres en nuestras costas del deseo. La roja, aquella que decían era ejemplo de juego y admiración, hoy es sólo un quiero y no puedo plagada de buenos y correctos jugadores, pero no de aquellos extraordinarios peloteros que coincidieron en tiempo y forma para crear una obra de arte que pervivirá en los anales de la memoria.

La selección española se juega su ser o no ser ante una Alemania incierta pero con las cosas claras y, sin embargo, el corazón de la desesperanza no late por un mero partido a vida o muerte en una competición sin sentido, no, el corazón de la agonía late por comprobar como aquel equipo donde los pasajes se compraban con sangre y excelencia es hoy una banda de tipos que intentan jugar a algo y no son capaces de generar ilusión porque las puertas del comercio están abiertas de par en par y puede colarse cualquiera a tratar de dar unas patadas al mismo balón de siempre. El problema es que, aunque el balón no haya cambiado, aunque el palo de la batuta sea el mismo, los futbolistas entran por defecto y los músicos se fueron marchando desde el exceso.

martes, 10 de noviembre de 2020

Imperator

Cualquiera que se haya asomado al fútbol italiano durante los últimos años habrá descubierto que el

juego, más allá de lo tradicionalmente especulativo, se ha convertido en atractivo, rápido, de ida y vuelta, en un entretenimiento tan sorprendentemente agradable que hemos sido muchos los que hemos tenido que pestañear más de dos veces para afrontar la realidad de un fútbol que, desde que perdió poder económico, ganó en voluntad de juego.

Curiosamente, a medida que el Calcio fue ganando en entretenimiento fue perdiendo en competitividad. Esta ecuación de proporción inversa viene dada, sobre todo, a que Italia ya no es la NBA del fútbol, ya no es el país donde, como en los noventa, acudían los mejores futbolistas del planeta y, sobre todo, se ha adaptado a una manera moderna de jugar al fútbol donde prima el espectáculo por encima de la especulación.

En su camino hacia la reconquista del imperio, Italia va ofreciendo beneficios fiscales a los millonarios extranjeros que quieran asentarse en el país y el fútbol va haciendo un esfuerzo para, poco a poco, volver a situarse como opción preferencial en los hogares del mundo. Muy lejos de la Premier y perdida, de momento, la batalla contra la liga, su misión prioritaria es consolidarse en el podio como lugar preferencial y, a partir de ahí, ir creciendo exponencialmente al tiempo que sus equipos se van consolidando, de nuevo como potencias europeas.

El ejemplo más claro de la decadencia del fútbol europeo es el Milan. El equipo que gobernó Europa durante casi dos décadas, con ocho finales de Champions y varios Scudettos, es hoy una sombra que quiere renovar el aire y volver a iluminar su camino. Una sombra pisoteada por los excesos y por haberse convertido en la marioneta de un tipo con mucha grandilocuencia y pocos escrúpulos. Cuando el fútbol se convirtió en una ruina, Berlusconi se echó a un lado y el Milan comenzó su peregrinación por los infiernos.

Su último título de liga data de hace diez temporadas y entonces, en la capital de Lombardía, reinaba por encima de todos, un futbolista que ya había dominado el Calcio durante el lustro anterior: Zlatan Ibrahimovic. El emperador sueco abandonó Milan para ganar petrodólares y aplausos en París. Durante estos diez años, ha sido dueño del área parisina, amo de los destinos americanos y un infructuoso mago en el secarral de Manchester. Con la madurez más que sobrepasada y el retiro llamando a la puerta, Zlatan se niega a claudicar y quiere dejar para eternidad y un último baile asombroso. Es el máximo goleador del campeonato, es el jugador diferencial del líder, es el futbolista que está sacando las castañas del fuego a un equipo que juega a la remontada histórica pero que aún tiene algún complejo guardado en la mochila.

Zlatan saca la chistera, alza el bastón de mando y se autocorona de laureles. Aquí estoy yo, Imperator y conquistador. Con él, el Milan tiene menos miedo, con él, el Milan quiere saberse, de nuevo, el equipo más importante de la ciudad más importante del país.


martes, 3 de noviembre de 2020

Plan de futuro

La consciencia racional es el primer paso hacia la sensatez. Hacer inventario de elementos y posibles concreciones, revisar las probabilidades, pasar la palabra al lado del raciocinio y saber que el futuro pasa por el presente aunque la actualidad no pinte de rosa un cuadro en matices grises y negros. El Barça, Koeman mediante, sabe que este puede no ser su año pero que el futuro del club pasa por tomar decisiones drásticas que implique empeñar una temporada para arrancar desde cero en futuros compromisos.

El mayor activo de un club es su juventud. La apuesta por futbolistas jóvenes y de calidad es el mejor motor de arranque cuando la crisis deportiva agudiza el alma y estrangula el entusiasmo. Más allá de las certezas, quedan algunas dudas por despejar, como quien heredará el carril izquierdo, quien será el nuevo Busquets y, sobre todo, quien tapará el hueco de Messi cuando el argentino decida que su etapa en el Barcelona ha tocado a su fin.

Todos sabemos que el hueco sentimental, estadístico y deportivo que deje Messi será irremplazable, por ello, el Barcelona está obligado a trabajar desde la sensatez para conseguir que, cuando Messi se marche, el nuevo proyecto ya haya arrancado y no dependa en exclusiva de los goles salvadores del diez de Rosario sino de la coral que el entrenador sea capaz de conjuntar en el terreno de juego. Es por ello que Koeman, con más sensatez que miedo y más aplomo que urgencia, ha tomado dos decisiones que, presente mediante, pueden terminar condicionando el futuro que vive una urgencia histórica desde el día en el que la exigencia se instaló en el entorno acompañada de la figura de Johan Cruyff.

Cruyff dotó al Barça de dos factores que, aún hoy, identifican al club como un paradigma de cara el mundo: el estilo y la necesidad de ganar. Fuera el victimismo histórico del discurso institucional, el Barça creció exponencialmente hasta lograr dieciséis ligas y cinco copas de Europa en los últimos treinta años. Una quimera en los arranques de la década de los noventa y un discurso cargado de exigencia a día de hoy, porque al Barça, desde entonces solo le vale un camino; o la excelencia o nada.

Para alcanzar el hito, el Barça siempre ha necesitado jugadores de buen pie y de incisivo juego profundo. Sublimado en el éxtasis con la presencia de Xavi, Iniesta y Messi, cada proyecto ha intentado derivar aquel momento con futbolistas dotados y futbolistas incisivos. Así, con aquellos, con Neymar, Suárez y algunos otros fuera de la ecuación, Koeman se ve obligado a reinventar el juego sin perder la mácula del estilo, para ello ha de apostar por tipos que comanden durante una década y decidan durante noventa minutos.

Por ello, la apuesta de hipotecar una temporada para ganar un equipo, es más que acertada porque en el plan de futuro de Koeman se sustenta el verdadero proyecto del Barça, porque darle galones a Pedri y a Ansu Fati, significa dar de comer a un equipo que necesita creer en alguien y que ha encontrado en dos adolescentes a sus verdaderas piedras filosofales. Porque los niños aún no deciden campeonatos, aún no comen en la mesa de los balones de oro, aún no gobiernan el fútbol con puño de hierro, pero en la confianza de su fútbol sobrevive la esencia de las mejores virtudes del juego, ese que pasa por el balón y se concreta en el espacio. Pedri es fútbol visionado con microscopio y Fati es vértigo asumido como forma de vida. En la cabeza de uno y en los pies del otro se ha dibujado un esquema cuyo verbo se conjuga en tiempo pluscuamperfecto.

miércoles, 28 de octubre de 2020

El falso nueve

En la nomenclatura del fútbol moderno nos hemos acostumbrado a asociar ciertos aspectos del juego a estructuras posicionales, de esta manera, definimos al falso nueve como ese talento que juega en tierra de nadie y rompe las líneas desde la mediapunta para aparecer en el área como un goleador impúdico. Pero hubo un tiempo, un entrenador y un equipo que rompieron los moldes e iniciaron un proceso de reconversión que, como tuvo mácula de ganador, cambiaron los conceptos preestablecidos. Bill Shankly, además del padre de media docena de frases convertidas en ritos históricos, fue un magnífico entrenador que puso al Liverpool en el panorama internacional. Con él, los conceptos preestablecidos, eran simplemente eso, conceptos sin ningún arraigo personal. Por ello, en su cuatro, tres, tres, en su concepción del juego y en su ambición desmedida por mirar siempre hacia adelante con la pelota a favor, invirtió las pautas posicionales y colocó a sus hombres no por un número concreto en su camiseta sino por una cuestión de intuición propia. De esta manera, el número diez era el delantero centro, el once era un interior izquierdo o el seis era un pivote posicional. El número nueve no era, pues, más que una cábala a seguir y una posición a ocupar, en este caso la de extremo izquierdo con tendencia a enamorarse de cualquiera de las líneas de cal.

En un tiempo donde los jardineros no tenían tiempo para arreglar desaguisados y la meteorología era inclemente durante todo el invierno, Steve Heighway, con el nueve a la espalda, aprendió a conducir una pelota que no dejaba de dar saltos, a pisar un césped que se convertían en barro, a driblar a unos defensas que no hacían prisioneros. No era el más rápido, ni el más fuerte, ni el más goleador, pero manejaba las piernas y la cintura con la solvencia de un bailarín profesional. Lo suyo era regatear y lo hacía constantemente, durante todo el partido. Confiaba tanto en su habilidad que, al contrario que el resto de extremos que le hacían competencia internacional, no pedía la pelota al espacio sino al pie. Una vez con la pelota en su poder, encaraba, regateaba e iniciaba una carrera y una vez en marcha sus famosos zigzags terminaban atormentando a los cientos de defensas que trataban de pararle.

En una época donde la tecnología ha terminado dilapidando el recuerdo de las charlas de nuestros padres y la inmediatez la ha ganado al reposo, cualquiera que se atreviese a hacer una alineación histórica del Liverpool seguramente obviaría a aquellos tipos que, durante poco más de un lustro, levantaron cuatro Copas de Europa y seguramente no introducirían, como extremo titular, a ese tipo que llevaba el número nueve pero nunca jugó como delantero centro.

lunes, 26 de octubre de 2020

Producto interior bruto

El valor monetario de un país se mide en base a su producto interior bruto, en base a la evolución en el

valor de mercado de sus bienes y productos, en base a una confianza externa sobre aquellos valores que te identifican como economía y te posicionan como posible potencia o variable aspirante. Del valor monetario de un país dependen sus evoluciones, sus salidas hacia adelante y, sobre todo, sus progresos.

El valor identitario de un equipo se mide también en base a su producto interior bruto, pero este se cimenta, exclusivamente, sobre una base de sentimiento y responsabilidad individual que tiene código genético en la cantera de cada club. Porque está muy bien que tu equipo esté lleno de grandes jugadores, pero está mucho mejor que tu equipo esté lleno de grandes jugadores de la casa porque con ellos sabes que puedes ir hasta el fin del mundo.

Hubo una época en la que el ampuloso lago azul se convirtió en un árido secarral sin expectativas de cosecha. Fueron los años de Rosattos, Lees o Bonillas. Años en los que la Real Sociedad miraba siempre hacia afuera y tendía a despreciar su producto interior bruto. Mientras las medianías llenaban las alineaciones, los tipos que estuvieron a punto de ganar una liga se fueron retirando o marchando y las nuevas generaciones se escapaban por el desagüe camino a una carrera en primera división o, lo que era más doloroso, al calor de la camiseta roja y blanca del Athletic de Bilbao.

Hubo de suceder lo peor para que la Real abriese los ojos y se diese cuenta de que, para crecer, debía mirar hacia adentro y obviar las medianías que invadían desde afuera. Libre de negacionistas como Astiazarán o populistas como Badiola, la Real Sociedad se encomendó al sentido común y comenzó a sacar frutos de aquel lugar dónde pertenecían los sueños cumplidos: Zubieta. De esta manera el equipo se asentó en Primera con jugadores como Carlos Martínez, Xabi Prieto, Griezmann o Agirretxe.

Con los deberes cumplidos y el sueño de la Champions conquistado, el club hubo de tomar una determinación para saber que, antes de crecer, había que saber vender. Las ventas de Griezmann e Illarramendi desposeyeron de calidad al equipo pero le sirvieron de trampolín de cara al futuro. En lugar de dispendiar, trabajaron para llegar a puerto con la mercancía que había en la bodega. Así fueron creciendo los Oyarzábal, Elustondo, Le Normand, Gorosábel o Zubeldía, así se fueron asentando otros como Guevara, Guridi, Zubimendi o, más recientemente, Roberto López. Tipos de pie fino, visión sensata y sentimiento irreprochable. Porque en esta Real que hoy va líder y ha vuelto a jugar en Europa se ven los valores que, antaño, hicieron del equipo Txuri Urdin, una guía de seguimiento. Porque nada da más réditos que el sentimiento; porque nada valoriza más la estructura interna de un equipo que el valor proporcional de su producto interior bruto.


jueves, 22 de octubre de 2020

Segundas partes

La temporada anterior había sido extraordinaria y Paco Roig estaba crecido porque se creía en posesión

de un equipazo y porque, además, tenía la caja llena de billetes después de que el Madrid abonase la cláusula de Mijatovic. Así que el mensaje fue claro: "Voy a fichar a Romario".

El capricho de Paco Roig con Romario venía de atrás. Cuando era directivo de la junta de Arturo Tuzón, Guus Hiddink, entrenador fichado por el Valencia después de hacer campeón de Europa al PSV Eindhoven, le habló de la magia del brasileño al que había entrenado un año. "Con él, seríamos los mejores". Pero el PSV pidió mucho dinero y Romario terminó jugando en el Barça en la temporada en la que todos abrimos la boca por el asombro y el brasileño ganó Liga, Pichichi y Mundial.

La suerte, para Roig, es que Romario se hinchó de éxito y pensó que qué mejor lugar que Brasil para jugar a ser idolatrado. Así que regresó a la patria, disfrutó la noche, el carnaval y la vida; jugó sus pachangas de playa, tomó sus baños de sol y, sobre todo, se ahogó en sus propios baños de gloria. Así que cuando ya había recibido su ración de protagonismo, escuchó la llamada que venía de España y se preguntó ¿Por qué no?

El problema es que el Romario que llegó a Valencia estaba henchido de éxito y hambriento de sí mismo. La noche, en Valencia, es un paraíso que explorar hora a hora, día a día. Sus entrenos eran flojos, sus partidos estaban marcados por la desgana y sus cifras no empezaron a ser las que esperaba. Tan sólo dos meses después, y tras haber roto su relación con Luis Aragonés, Romario estaba pidiendo de rodillas volver a Brasil y regresar al lugar donde todo el mundo le paraba por la calle para darle las gracias en lugar de hacerlo para tirarle un reproche.

El Valencia al que llegó Romario había quedado a medio construir. Tras el exitoso segundo puesto del año anterior, el equipo se quedó sin Mijatovic arriba y sin Mazinho y Arroyo en el medio, que era como si a un dique le abres una brecha de agua. Llegadas las dudas y ante la falta de compromiso, Luis, primero desechó al jugador y luego desechó su plaza. En dos meses, el Valencia no tenía ni a Romario ni a Luis ni siquiera una pequeña aspiración para para volver a repetir su extraordinaria liga anterior. De esta forma el equipo se fue hundiendo en la mediocridad hasta que, en el verano siguiente, Valdano le pidió al presidente Roig que le volviese a traer a aquel jugador de dibujos animados.

Pero lo que pudo haber sido una bonita historia de amor se convirtió en una pesadilla, para Romario primero y para Valdano después. Una inoportuna lesión en pretemporada dejó al brasileño en la enfermería y al equipo huérfano de espontaneidad. Cegado por las dudas y el miedo, el Valencia fue cayendo en picado hasta que Valdano fue destituido después de cometer una boutade en Santander. Cuando Romario se recuperó, el tipo que había en el banquillo era Claudio Ranieri que, ni creía en él ni estaba dispuesto a esperarle. Así pues, tras jugar tan sólo doce partidos oficiales en los que anotó cinco goles, Romario se marchó del Valencia por la puerta de atrás y esta vez lo hizo para no volver. Tras de sí dejaba la estela de un tipo cuyo recuerdo había marcado la adolescencia de miles de aficionados y cuyo crepúsculo se iba a pintar de verde y amarillo en un Brasil que siempre le esperó y siempre le idolatró.



martes, 13 de octubre de 2020

Oro, plata y bronce

La carrera por ser el mejor destapa todo tipo de filias pero, sobre todo, destapa todo tipo de fobias. Siempre hay que posicionarse porque si no lo haces eres un simple tibio o un simple ignorante, pero si lo haces, has de saber que si tienes un elegido, automáticamente estás despreciando a los demás, porque así se mueven ellos, sólo les vale su punto de vista y este, generalmente, está siempre relacionado al color de la camiseta por la que tifan.

Durante varias temporadas hemos disfrutado, en exclusiva, del show interminable de los dos tipos que han devorado las estadísticas del fútbol mundial. Los que se alineaban con Messi por estética eran reprendidos por los fans de Cristiano, quienes, estadísticas en mano, machacaban cualquier intento de defensa de La Pulga. Los que, sin embargo, optaban por admirar a Cristiano por encima del resto, eran considerados unos ineptos. En lugar de alabar las virtudes se dedicaban a destacar los defectos; no gana nada con su selección, sólo mete goles de penalti, no es nadie sin Xavi e Iniesta, sólo sabe empujar balones. Y así, mientras el tiempo devoraba a sus ídolos, se fueron haciendo daño por dentro sin terminar de disfrutar a dos jugadores que jamás volverán a ver.

Para poder meter en el juego a un tercero en discordia y poder, al mismo tiempo, lanzarle al abismo de lo inasumible, el factor mediático se sacó a un Griezmann de la cartera después de que Simeone le hiciese rendir por encima de sus posibilidades. Que aquello era más trabajo de un técnico y exceso de confianza de un jugador, más que talento puro por el juego, se demostró el día en el que el francés dejó Madrid para convertirse en siete de copas de una baraja sin ases. En ese momento, juguete roto por la inmediatez del relato, pasó a convertirse en comparsa de tipos que buscaban a alguien nuevo a quien engrandecer. Con Cristiano fuera del Madrid, Griezmann fuera de juego y Messi fuera de forma, tocaba reinventar el cuento y encontrar nuevas piezas para componer su nuevo podio en el olimpo de los dioses.

Para el reparto de medallas, han fabricado tres ídolos de metal que, en apariencia parecen sólidos y que sólo el tiempo será capaz de dilucidar si son de cartón piedra y terminan abandonados en el basurero del olvido. En el Barcelona asombra Ansu Fati, un príncipe de ébano que aprende a mil por hora y ejecuta sin miedo al vértigo; sabe jugar al espacio y sabe jugar con el espacio, tiene gol, verticalidad y ese toque mágico de los llamados a marcar época. En el Atlético se frotan los ojos cada vez que Joao Félix se apunta al festival del fútbol; mermado por la irregularidad, su juego es tan sencillo que sólo necesita recurrir a la visión de juego para fabricar caramelos en sociedad. En el Madrid, por su parte, siguen incidiendo en la capacidad de desarrollo de Vinicius; un tipo que ha convertido el regate en razón de ser y que, si termina encontrando el gol, gobernará partidos con la camiseta más importante de la historia, lo que no es poca razón de ser.

De tal manera se presenta el podio de lo que puede ser y quizá no sea, porque más allá de lo nuestro no nos interesa nada; no queremos M'bappe, Halaand o De Bruyne que estropee nuestro relato. La Liga necesita vender un producto devaluado y, para ello, centra sus esfuerzos en tres adolescentes con pinta de cañón y pólvora dispuesta. De los tres, Félix saldrá por patas en cuanto el Atleti huela el negocio y Mendes dicte ordeno y mando, pero Fati y Vinicius querrán mantener un mano a mano que volverá a dividir a un país, a dos aficiones y, sobre todo, a una parte de la prensa que está deseando volver a fabricar una trinchera. Ya saben, o conmigo o contra mí, nada de con ambos a la vez.

martes, 6 de octubre de 2020

Carta de presentación

El Betis de Serra Ferrer era un equipo serio, que gustaba de juntarse en línea de tres cuartos y esperar el error para tirar contragolpes certeros. Para ello contaba con tipos como Jarni, Alfonso o Cañas, los encargados de meter el balón en el área para que Pier se gustase con su ritual de remates. Poco a poco se fue fraguando en un equipo fiable, incluso llegó a incorporar a Finidi y, con constancia y contragolpe, se plantó, por pleno derecho, en la final de la Copa del Rey de 1997.

Una temporada antes de fraguar aquel maravilloso equipo que quedó cuarto, empatado a puntos con el Súper Dépor de Rivaldo, y que se paseó en el Pizjuán con un memorable cero a tres que aún rechina en la memoria, el Betis quiso soñar en alto después de alcanzar la tercera ronda de la Copa de la Uefa, ganando con autoridad a equipos tan notables como Fenerbahce y Kaiserslautern. El rival, en la siguiente ronda, era el Girondins de Burdeos francés, que había ganado un puesto en la competición vía Copa Intertoto.

Los franceses había eliminado, con algunos apuros, al Vardar de Macedonia y al Rótor de Volgogrado, por lo que no se veía un rival importante para el Betis, pero lo que se encontraron lo sevillanos en Burdeos, el día veintiuno de noviembre, fue un equipo que mordía, que volaba, que combinaba con precisión. Dos a cero final y la sensación de que el resultado había sido hasta corto.  El Girondins de repente, era un equipo serio, un equipo fiable. Y lo era gracias a ese jugador con aspecto encorvado y calva incipiente que bailaba con la pelota y no daba un pase malo. Las cámaras le enchufaron media docena de veces, el locutor le llamaba Zinedine Zidane.

Todas las aspiraciones de remontada se le esfumaron al Betis en el minuto siete del partido de vuelta. Allí, un balón suelto, cayó a la espalda de la línea de flotación y, como un ángel caído, apareció Zidane para pegarla con la zurda con toda su alma. Parecía una locura, y así lo exclamaron todos, pero el balón bajó con nieve y, cuando menos se lo esperaba, Pedro Jaro lo vio dentro de su portería. Aquel gol, aquel zapatazo imposible desde el centro del campo, con su pierna mala, fue la carta de presentación de Zinedine Zidane. Quienes vimos aquel partido ni olvidamos su nombre ni olvidamos su juego. El Girondins avanzó hasta la final que terminó perdiendo contra el Bayern en la tanda de penaltis. De cara a la historia dio igual, aquel equipo había ganado un jugador de leyenda. El tipo que, dos años y medio más tarde, le daría a Francia la mayor conquista de su historia.



viernes, 2 de octubre de 2020

Escuela andaluza

Tuvo siempre algo de arte irreverente la manera que tenían los andaluces de entender el fútbol. Más allá

de la competición, mostraban una especial atención a aquellos detalles que les permitían mostrarse como tipos diferentes, esa vena artística que provocaba que, las miradas, más que al tendido, fuesen directas hacia ellos. Con esa manera tan especial de entender el juego; siempre a uno o dos toques, siempre con finura en el desplazamiento, con elegancia en la conducción y maestría en el regate, hicieron fortuna en la liga un puñado de futbolistas que, si no se retiraron como los mejores, al menos dejaron un poso de inolvidabilidad en el seno de su afición.

Jugadores tan variopintos como Juan Arza, Francisco, Del Sol, Joaquín, Kiko, Juanito o, más recientemente, Isco, la escuela andaluza demostraba los altos vuelos de sus futbolistas que, más allá de las críticas por su mayor o menor compromiso físico, mostraron siempre una pasión extra por el compromiso artístico. Solamente hace falta ir a la hemeroteca para disfrutar de verdaderas obras de arte o, quizá, solamente haga falta acudir a la memoria para relamernos, una vez más, con aquellos instantes precisos que marcaron momentos de nuestra vida.

Un escalón por debajo, pero con todas las pretensiones aún intactas, se encuentra el sevillano José Campaña. En la edad de maduración perfecta y después de haber conocido las vicisitudes más cruentas del fútbol, aquellas que te convierten en mercancía antes que en persona, Campaña se ha consolidado como el eje guía de un Levante que gusta de jugar al fútbol y se pone al servicio de los detalles de su futbolista más talentoso.

Campaña maneja la pierna izquierda con soltura, juega sin alardes y, sobre todo, entiende el juego de manera conceptual. Aparte, tiene esos detalles de distinción que tan famosos hicieron a sus predecesores y que tan buenos resultados ha dado en el barrio de Orriols. Allí ha encontrado el lugar que necesitaba para demostrar su fútbol y, después de haber sido rebotado desde los infiernos y de haber tragado todo el polvo del camino, ha llegado al momento en el que puede sentirse dueño de su destino. Quedan tres días para que se cierre el mercado y el Sevilla quiere a su hijo pródigo de vuelta. Si se da, el cuadro andaluz gana la dosis de talento que perdió con Banega, si no se da, el Levante mantendrá su idea de fútbol vertiginoso empujado por el ideario de José Campaña.