miércoles 20 de agosto de 2008

La final de los postes

Cuando la temida selección húngara de los años cincuenta, conocida como “Los Mágicos Magiares”, se deshizo por motivos políticos, y personales, todos tuvieron que recorrer Europa en busca de una nueva ficha como futbolista y una nueva carrera que terminase de alzar su mito hacia el pedestal de los jugadores inolvidables.

De esta manera llegaron Kocsis y Czibor al Fútbol Club Barcelona. Y allí se encontraron con Kubala, otro húngaro que había huido de las leyes marciales del comunismo soviético y había sido acogido en Cataluña con honores de héroe nacional.

Aquella inolvidable delantera había sido definida en su calidad con la llegada de Tejada y de un joven gallego llamado Luis Suárez, un jugador de pausa venenosa y ejecución letal. Habían conseguido disputar su primera Copa de Europa gracias al título de liga conseguido el año anterior y se habían plantado en la final tras dejar en el camino al Real Madrid, Hradec Kralove y Hamburgo, tres rivales de categoría superior que habían engrosado el nivel de méritos de un equipo que empezaba a construirse para ganar títulos de verdad.

Sin duda alguna, la eliminatoria que más expectativas había creado y más había ensalzado su categoría había sido la que les había enfrentado ante el Real Madrid. Disputaron dos partidos apasionantes ante el que, hasta el momento, había sido considerado como el mejor equipo del momento y, tras haber salido vivos del primer envite en el Santiago Bernabéu con un agónico empate a dos, un espectacular cabezazo de Evaristo, que había quedado reflejado en una maravillosa foto que dio la vuelta al mundo, había puesto el dos a uno definitivo en el partido de vuelta en el Camp Nou y había terminado por darles el pase a la siguiente ronda, quitándose del medio y de un plumazo, al rival más difícil de cara a conquistar el título.

Sandor Kocsis llegó a Barcelona de la mano de Czibor. Debido a su poderoso remate de cabeza tenía el honor de ser conocido como “Cabeza de Oro”, y es que en cada balón que llegaba desde un extremo, Sandor era capaz de mantenerse en el aire de manera perpetua hasta conseguir un remate limpio y cargado de gol. Él había sido el centro delantero de aquella mágica Hungría de los años cincuenta y él había participado con goles en las dos victorias más sonadas de la historia hasta el momento; los dos enfrentamientos ante una Inglaterra que quería seguir presumiendo de imbatibilidad en los partidos disputados en su viejo estadio de Wembley. Pese a todos aquellos logros, Kocsis tenía una espina clavada en lo más hondo de su recuerdo y no era otra que la derrota que habían sufrido en el estadio Wankdorf de Berna ante Alemania y que les había privado de ser campeones del mundo y rubricar un extraordinario ciclo que les mantuvo más de cuatro años como invictos y temidos por todas las selecciones a las que se enfrentaron. Kocsis jugó aquel fatídico partido en el Wankdorf, anotó un gol y Hungría estrelló tres balones contra los postes. Kocsis estaba jugando de nuevo, siete años después, en el Wankdorf, para ganar la final de la Copa de Europa frente al Benfica, había anotado un gol y el Barcelona había estrellado cuatro balones contra los postes.

Zoltan Czibor llegó a Barcelona de la mano de Kocsis. Debido a su imparable juego de caderas llegó a ser considerado como el mejor extremo izquierdo del mundo, y es que en cada balón que jugaba, Zoltan era capaz de regatear a cuantos rivales le salieran al paso hasta conseguir el espacio suficiente para aportar a sus delanteros un preciso centro hacia el gol. Él había sido el extremo izquierdo de aquella mágica Hungría de los años cincuenta y él había participado con jugadas imposibles en las dos victorias más sonadas del momento; los dos enfrentamientos ante una Inglaterra que tras enfrentarse a ellos dejó de presumir de imbatibilidad en los partidos disputados en su viejo estadio de Wembley. Pese a todos aquellos logros, Czibor tenía una espina clavada en lo más hondo de su corazón y que tenía nombre de derrota ante la Alemania de Fritz Walter en el estadio Wankdorf de Berna, una derrota que les había arrebatado la gloria de un campeonato del mundo y que puso fin a un inolvidable ciclo de cuatro años sin perder en los que se pasearon por Europa con la cabeza alta y el orgullo intacto. Czibor jugó aquel fatídico partido en el Wankdorf, no anotó ningún gol y sus compañeros estrellaron tres balones contra los postes. Y Czibor, enfundado con la camiseta del Barcelona, estaba jugando de nuevo, siete años después, en el Wankdorf, intentando ganar la final de la Copa de Europa frente al Benfica portugués, había anotado un gol y sus compañeros habían estrellado cuatro balones contra los postes.

El tercer húngaro del equipo era Ladislao Kubala. Él no había disputado un campeonato del mundo pero era el más querido de los tres. Él no había sido reconocido mundialmente pero era el mejor de los tres. Él no había ganado nunca una Copa de Europa para el Barcelona pero sí había conseguido ganarse a la ciudad tras once años en el club. Él había provocado que el viejo estadio de “Les Corts” se quedase pequeño y el club se viese obligado a construir el imponente Camp Nou, donde, cada domingo, más de ciento veinte mil espectadores esperaban impacientes la magia futbolística de su jugador favorito. Kubala era delantero centro, interior y extremo, Kubala era goleador y asistente, Kubala era el santo y seña de un equipo que buscaba la gloria ante el Benfica portugués en el estadio Wankdorf de Berna. Kubala no había jugado su mejor partido y no había anotado ningún gol. Kubala había intentado marcar por todos los medios pero los postes habían evitado en cuatro ocasiones que tanto sus disparos, como los de sus compañeros, se convirtiesen en gol y en victoria.

Cuando el Benfica inició su último contragolpe tras el enésimo disparo al palo de los jugadores del Barcelona, Kocsis y Czibor pudieron volver a ver una jugada que tenían bien grabada en su recuerdo. Recordaron aquel momento en el que un tiro al poste inició un contraataque; el Benfica salió disparado al igual que habían salido los alemanes en aquella fatídica tarde del cincuenta y cuatro, igual que en el partido ante Alemania, cuando el balón llegó al área, el inexpugnable portero Grocsis había resbalado y Rahn había podido rematar a gol y conseguir una victoria que nadie esperaba. Contra el Benfica, cuando el balón llegó al área, el portero Ramallets, ídolo del barcelonismo, también había resbalado y se había metido en su propia portería un gol que coronaba al Benfica como un campeón por el que nadie había apostado una moneda.

Cuando terminó el partido y vio a los jugadores portugueses celebrando su victoria abrazados en el centro del campo, Kocsis tuvo muy claro el motivo de aquel desenlace y así se lo hizo saber a su amigo Czibor mientras rodeaba su cuello con el brazo. “Todo está claro”, concluyó, “Este campo guarda una maldición contra todo húngaro que lo pise”.

jueves 14 de agosto de 2008

El síndrome de Poncio Pilatos

Cuentan que cuando Jesus fue llevado ante Poncio Pilatos, el Gobernador de Judea, temeroso de decidir sentencia popular contra un líder y provocar con ello una revuelta popular, pidió una jofaina y mientras se lavaba las manos decidió quitar de en medio su palabra y dejar la decisión en manos del pueblo. La gente, obligada ante la falta de arrestos de su Gobernador, tuvo que elegir entre mandar a la cruz al ladrón Barrabás o al alborotador Jesús; el loco profeta que se hacía llamar “Rey de los Judíos”.

En una época en la que dioses y profetas solamente son fruto de las quimeras institucionales, Cristiano Ronaldo se encontró obligado a decidir entre dos de los barrabases de nuestro tiempo. Y como Pilatos que huye de cualquier reproche, dejó la decisión en manos de un silencio que no aclaró amores ni posturas. Como si de un cuento de la lechera se tratase, Ronaldo luce palmito al sol con el cántaro de la fama bien amarrado a la cabeza; sueña, intuye y se regodea, y mientras Real Madrid y Manchester se mueren por sus huesos, él sonríe tímidamente ajeno a las consecuencias que provocaría un resbalón del cántaro de leche.

Al hombre de negocios le gusta que le digan que sí mirándole a los ojos y sellar cada promesa con un firme apretón de manos. Al director de una empresa le gusta que sus empleados piensen en producir, que expriman su talento al máximo y que no pierdan un ápice del entusiasmo con el que llegaron a su puesto de trabajo. Mientras Ronaldo se tambalea como un funambulista de baja categoría, olvida que en fútbol, negocio y empresa se comprimen en un solo dueño: la afición. Y mientras Calderón esperaba un guiño de sinceridad y Ferguson esperaba un guiño de compromiso, las aficiones de Manchester United y Real Madrid seguían mordiéndose las uñas y revolcándose en la cama porque sabían que en la decisión residía parte de su futuro.

En su nueva versión del cuento, Ronaldo dice sí al Manchester sin decir no al Madrid. Quizá el año que viene, quizá al otro; lo que hace presumir que cuando llegue el próximo mes de mayo seguiremos a vueltas, una vez más, con un culebrón cansino, anodino y sin final aparente.

Si el cántaro de Ronaldo llegase a caer, cada añico quedaría clavado en el corazón de todos aquellos a los que esquiva la mirada. El final, al contrario que en aquel clásico popular, no tendría final infeliz porque esta lechera tiene para montar un negocio de cántaros, leche, ovejas y pastos, pero las consecuencias serían igual de dolientes para todas las partes. Para el Madrid, porque tendría que lidiar contra sus promesas e intentar remontar sus dosis de credibilidad en una prensa que lleva meses vendiendo un pastel que aún no estaba en el horno; para el Manchester, porque tendría que aguantar el tipo con un jugador que no siente identificación con los colores que le sustentan; y el propio Ronaldo porque terminaría de concienciarse de que muchas veces, ni con cuatro reyes de mano, uno no es capaz de ganar un órdago.

Y mientras Ronaldo sigue dale que te pego ante su jofaina y saca lustre al esplendor de sus anillos, las aficiones se desesperan por una palabra suya. Los blancos porque sueñan con un equipo que vuelva a irrumpir en todos los escenarios, los rojos porque ya habían hecho suyo el ídolo que todo lo abarca. En cada sacudida de manos y cada vez que el agua resbala por las muñecas, Ronaldo calla y calla, olvidando que la gente, además de la palabra de un hombre, quiere a un hombre de palabra.

lunes 11 de agosto de 2008

Cuando en África hablaban de un tal Pelé

A menudo, entre las palabras de los hombres más sabios, encontramos las conversaciones más sencillas y, al mismo tiempo, más trascendentales de nuestra historia. “He descubierto a un joven que es una maravilla”; José Carlos Bauer hablaba con la voz tranquila mientras el barbero remojaba su barba y miraba, reflejado en el espejo, a su viejo amigo Bela Guttman. “¿En África?”. “Sí. A mí no me dejarían probarlo en Brasil, ya que allí tenemos cientos como él, pero seguro que a ti te vendría muy bien”. “Habrá que ir a buscarlo”. “No lo dejes escapar”.

En Portugal se hablaba de un joven portento africano y en África solamente hablaban de un brasileño prestigioso, goleador y mágico al que llamaban Pelé. Nadie había visto jugar jamás a Brasil y mucho menos a Pelé, pero las historias que corrían de boca en boca y las maravillas que se contaban como si de leyendas se tratasen, convertían en vidrio soñador la mirada de cada uno de aquellos flacuchos niños que jugaban al fútbol en las playas y barbechos con los pies descalzos y persiguiendo una raída pelota de trapo.

Al joven portento le gustaba pintarse un número diez en el reverso de su camiseta. Sus vecinos, rivales y compañeros le jaleaban cada vez que le veían golpear la descosida pelota. “Pelé, Pelé, Pelé”. Hablaban de un chico negro, fuerte, ágil, goleador. Hablaban de él. Tras el último partido, empapado en sudor y con la camiseta rota echada sobre su hombro vio acercarse hacia él a un señor de mediana edad, paso lento y mirada caída. Le tendió una mano y le habló en portugués. No le costó entenderlo pese a su complejo acento norteño. “Me manda el señor Bela Guttman. Quiero que vengas conmigo”, se presentó al tiempo que sujetaba firmemente su mano. “Yo soy Eusebio Da Silva Ferreira”.

Era muy bueno. Rápido, fuerte, lo suficientemente hábil como para llegar al área con ventaja y con un golpeo brutal del balón. Le ayudó a hacer el petate, le prometió la gloria, dio un par de explicaciones a su padre y volaron desde Mozambique hasta Lisboa para esconderle, entrenarle y enseñarle a jugar al fútbol.

El veintiuno de junio de 1961, con el verano en pleno nacimiento y el cielo de París tintado de azul, Santos de Brasil y Benfica de Portugal se enfrentaron en la final del prestigioso torneo parisino. Aunque se trataba de un torneo amistoso, la calidad de los equipos que allí se presentaban un año tras otro, había convertido el trofeo en un suculento caramelo lleno de fama y opulencia. En el Santos jugaba aquel Pelé del que tanto se hablaba en África y al que tanto se adoraba en el resto del planeta. En el Benfica no jugaba Eusebio porque Bela Guttman aún no había querido enseñárselo al mundo.

El primer tiempo fue un monólogo del Santos. Los brasileños no jugaban tan rápido como lo hacían los grandes equipos europeos, pero eran muy precisos y, técnicamente, eran inigualables. En sus vueltas al mundo habían ganado fama y leyenda; una delantera mágica formada por Dorval, Coutinho, Pelé y Pepe que jugaban de una manera distinta a lo visto hasta entonces. Los defensas portugueses los buscaban y los encontraban siempre un segundo más tarde. Se recreaban, venían y volvían, salían hacia un lado y regresaban al centro, combinaban, driblaban y disparaban. Y sobre todo goleaban. Tres a cero al descanso y la sensación de que el Benfica, pese a ser el campeón de Europa en vigencia, no era equipo suficiente para enfrentar al gran Santos.

Inexplicablemente, Pelé no había estado. Sí en presencia, pero no en aportación. Parecía como si la afrenta no le motivase lo suficiente como para lanzarse a demostrar su valía. Una escueta participación en algún gol, alguna pincelada furtiva y par de regates marca de la casa; pero del futbolista decisivo del que todos hablaban, nada de nada. Y Eusebio lo veía todo desde el banquillo. A él le llamaban Pelé en su Mozambique natal; no podía ser que aquel futbolista fuese el Pelé del que tanto le habían hablado. Recordó sus partidos de barrio en los que formaba equipos con sus amigos y siempre se hacían llamar Brasil, sus remates imposibles imaginando que imitaba al gran Pelé del que todos hablaban, su número diez pintado en la espalda, sus intentos por regatearse al mundo entero. Pero aquel no era el futbolista del que le habían hablado; parecía bueno, pero no era mágico.

La segunda mitad comenzó como había terminado la primera. Un baile a cámara lenta, un espectáculo de salón, un ejercicio constante de precisión. Un gol más y Guttman con el velo del ridículo pintado en su mirada. Media vuelta y dirección al banquillo; “Caliente”. Eusebio se levantó del banco y recorrió la banda en dos interminables carreras; se moría por jugar. Su entrenador, sabio como pocos y laureado como el que más, sabía que aquel baño no podía continuar durante mucho más tiempo. Corría el minuto veinte de la segunda parte y pidió el cambio. El público vio saltar al joven Eusebio y comparó el perfil con el del número diez del equipo del Santos. Este, blanco impoluto, deambulaba por el campo con la cabeza distraída y el cuerpo inmóvil. Aquel, vestido de rojo, ancho de espaldas y de mirada asesina, giraba la cabeza sobre su cuello y pataleaba el terreno con el ansia del que sueña triunfar desde el primer minuto.

Guttman había guardado a la joven perla en el cajón de sus mejores secretos. Pulió su técnica con entrenamientos durísimos y lecciones constantes. Había fichado un atleta y no cesó hasta convertirlo en un jugador de fútbol. Cuando había estimado que era hora de presentarlo en sociedad le instó a hacer las maletas y hacer que acompañase a París al resto del equipo. Y allí, frente a Pelé y su grupo de impresionantes compañeros, el preparador húngaro lanzó a Eusebio hacia el vacío, confiando que sus condiciones se impondrían por encima de cualquier adversidad. En tan solo diez minutos el marcador se ajustó tan al límite que los espectadores pensaron estar viendo una película de misterio y agónico suspense. Eusebio tomó el balón tres veces cerca del área y con tres zapatazos marca de la casa anotó tres goles que pusieron en vilo a todo el Santos y en alerta al mismo Pelé.

Pelé había estado ausente y desmotivado hasta entonces. Contempló atónito los tres goles de Eusebio, analizó aquel conato de remontada y por fin sonrió. Alguien a su medida, una horma para su zapato. Ya era hora. Necesitaba demostrar que era el mejor jugador del mundo y no pensaba permitir que aquel muchacho se entrometiese en su reinado y, mucho menos, le quitase protagonismo en los lances de aquel partido. Si hasta entonces se había dedicado a descuidar el balón y asumir su rol de mero espectador, sería desde aquel momento cuando se viese al auténtico Pelé. Un Pelé de quince minutos. En su primera intervención se le vio imparable, tocado por el ánimo, inquieto por resurgir. Eusebio predijo que se vería otro Pelé, motivado por su presencia, ansioso por demostrar al mundo que el día que le habían apodado como “O Rei” no se habían equivocado.

Condujo el balón con maestría, combinó con elegancia y definió como el artista que realmente era. En un momento anotó dos goles y dejó servida una sentencia que debió haberse cerrado mucho antes. Por unos instantes había parecido que nacía un nuevo rey para el fútbol mundial; instantes después, el fútbol mundial fue consciente de que tenía rey para mucho tiempo. Mientras Pelé se retiraba del campo observó como el joven africano se dirigía hacia él con el paso rápido y la mirada nerviosa. Ambos sonreían, ambos estaban satisfechos, ambos ignoraban que el siguiente número de France Football, impresionado ante el espectáculo mostrado, titularía en letras grandes “Eusebio 3, Pelé 2”. Ambos se tendieron la mano y se saludaron deportivamente. El brasileño no dejaba de sonreír, el africano, dominado por la nostalgia y el recuerdo de las historias que había escuchado en su Mozambique natal, no pudo sino afirmar la verdad: “Realmente, eres tan bueno como me habían contado”.

martes 5 de agosto de 2008

¿Cómo decirle que tiene cosas por aprender?

Como los vinos de cosecha inmejorable, los buenos futbolistas saben captar el paso del tiempo para ganar en cuerpo, experiencia y calidad. En la virtud está la clave y en la clave está el éxito. Los que saben jugar con los pies, saben que el fútbol de verdad, el que conduce directamente al salón de la fama, vive en la cabeza. Con los regates, amagos y carreras imposibles se levanta al público de sus asientos; pero solamente con los goles, los últimos regates, los pases decisivos y los desmarques inteligentes se levantan las copas de campeón.

En la velocidad de ejecución reside la mayor virtud de Lionel Messi. El pequeño delantero argentino es capaz de driblar a la misma velocidad que va imaginando la jugada. En su fornido tren inferior reside el gran secreto de su resistencia a las caídas; pueden darle patadas, empujones o agarrones, pero Messi raramente cae al suelo por voluntad de la inercia. Y mientras continúa en su carrera viva hacia el gol, sigue produciendo ovaciones al tiempo que los aplausos se van acumulando en los cajones del tiempo. Primero la admiración con la arrancada, después el ánimo con la carrera y, por último, el jaleo fruto del gol. Messi es tan bueno que ni los que le conocen son capaces de adivinar su límite, Messi es tan decisivo que hasta los que le conocen saben que tienen la obligación de enseñarle a jugar al fútbol.

Guardiola debe sentirse como el profesor que intentaba explicarle a Einstein los secretos de la física. Enseñar a jugar al fútbol a un mago del balón debe ser como enseñar a hacer la guerra a un general sin campaña. “Tienes las condiciones, te faltan los conceptos”. Durante los dos últimos años, los puristas del análisis afirmaron que, sin Giuly, el Barça había ganado en lentitud y había perdido en profundidad. Los que quieran comparar a Giuly con Messi se llevarán las manos a la cabeza y la certeza de que no existe comparación alguna a nivel técnico entre los dos futbolistas, pero si algo debe entender Messi es que el balón no es propiedad privada de ningún futbolista y que, muchas veces, alejarse a lugares insospechados crea más peligro que acercarse al balón por pura hambre de cabalgata.

En la espalda del defensor reside el terreno fértil de cara a la definición, el espacio necesario para encontrar la victoria, la situación de ventaja y la búsqueda del santo grial del fútbol. Cuando un futbolista conquista ese territorio consigue, a partes iguales, poner en ventaja a su equipo y conseguir que el equipo rival de dos pasos hacia atrás rendido por sus propios miedos. La diferencia entre arrancar a veinte metros del área de hacerlo a cincuenta metros está en el ahorro de esfuerzo físico, en la situación de ventaja ante una defensa desguarnecida y en la posibilidad impagable de no hacer más regates de los necesarios. Cuando Messi aprenda todo esto no solamente será el mejor jugador del mundo sino uno de los cinco o seis mejores jugadores de la historia.

miércoles 30 de julio de 2008

Significó tanto que no lo supieron vender

Cuando se pone el honor por encima del logro, la política por encima del deporte y la bandera por encima de la camiseta, las victorias quedan empañadas porque no se habla de héroes sino de revanchas y a la calle llega la voz de que la copa no sacia nuestra esperanza sino nuestro orgullo.

Ahora que el recuerdo concreto se ha puesto de moda y hemos tirado de nostalgia para justificar el sentido de la selección española, conviene recordar que el partido final que vació las calles de España y nos aupó al triunfo europeo en 1964 pudo jugarse porque fue nuestro país quien acogió el evento. Cabe recordar que cuatro años antes, cuando la primera Eurocopa viajaba hacia su fase final, antes de ver París, nuestro equipo se negó a jugar en la Unión Soviética aludiendo rivalidad política y miedo a la inseguridad. Pero lo cierto es que una derrota, un escarnio y una eliminación a manos de los soviéticos hubiese herido tanto el orgullo patrio como la sensación ante sentirse enano ante una potencia tan irreverente.

Afortunadamente, la URSS no devolvió la afrenta y si viajó a España para mostrar en hipócrita orgullo un escudo de reivindicaciones que escondía miles de afrentas y opresiones. Viajó primero a Barcelona para eliminar a Dinamarca y viajó después a Madrid para jugar la final del segundo campeonato europeo de selecciones nacionales. Ellos eran los campeones, defendían título y se amparaban en la leyenda del mejor portero de la historia.

Yashin ya era un mito casi convertido en Dios. De tanto escuchar su nombre, sus paradas imposibles y su centenar de milagros, la gente pensaba que iba a ver un gigante con dentadura metálica, cabeza de roca y ocho brazos como un pulpo. Pero Yashin era humano. Un fenómeno, pero humano. Un humano que encabezaba, con el pecho erguido y la mirada fría, la expedición de una Unión Soviética con el aurea mística de equipo invencible y la realidad más o menos gloriosa que le ofrecían los resultados.

El estadio de Chamartín presentaba una entrada espectacular. Desde el régimen se había publicitado la llegada del ogro comunista. Había ganas de demostrar que la furia española era capaz de devorar el telón de acero. Querían vender la madre patria como ejemplo de corrección y disciplina. La gente coreaba a España y España entera se sentó junto a su viejo transistor. Era una selección mixta, representativa de todos los equipos y todos los lugares de la geografía; no se discutió centralismo, ni caprichos, ni ausencias. Estaban Iríbar, Rivilla, Olivella, Calleja, Zoco, Fusté, Amancio, Pereda, Marcelino, Suárez y Lapetra. Athletic, Atlético, Barcelona, Real Madrid y Zaragoza. Guipúzcoa, Ávila, Barcelona, Palencia, Navarra, Lérida, La Coruña, Burgos y Zaragoza. Faltaban equipos. Faltaban regiones. Pero toda España estuvo presente aquella cálida tarde del recién estrenado verano de 1.964

Como cuatro años antes España se había quedado con las ganas de demostrar su potencial, aprovechó la condición de local para impulsar de un solo tiro toda su energía. Para alcanzar aquella final habían tenido que eliminar a Hungría unos días antes en un partido casi dramático. Tras una épica remontada redondeada con el gol de Amancio en la prórroga, España se anunció como la anfitriona de una final irrepetible. Se enfrentaban dos países encerrados en su ideología, pero mucho más importante, se enfrentaban dos equipos de fútbol plagados de magníficos jugadores.

No tardó Pereda en poner el ánimo de la algarabía en lo más alto. Como los grandes jugadores que no esperan el gol sino que lo encuentran, el fino interior del Barça recogió un rechace y batió por alto a Yashin, a bocajarro. Los brazos en alto, el júbilo exteriorizado y las carreras de sus compañeros en busca del abrazo denotaban la importancia del gol. Uno a cero con el partido casi empezado y la certeza de que lo que tocaba era más sufrir que disfrutar.

Pero el fútbol también es un juego macabro. Como si de un ejercicio de imitación se hubiese tratado, Fusté y Olivella jugaron a la incomprensión y dejaron muerto el balón a Jusainov para que anotara el empate. Era una devolución de favores y un infortunio fortuito que se aplicaba en la norma no escrita que dice que el fútbol es un juego de errores y aciertos, una ocasión furtiva, una búsqueda constante y una oportunidad en aras de ser aprovechada.

Resultaba más demoledor el error cometido comprobando como tanto Fusté como Olivella se conocían, admiraban y entendían desde hacía años. Unos dijeron que fue simple mala suerte, otros achacaron el error a esas cosas que siempre nos pasan a nosotros. Iríbar también pudo haber hecho más, pero no era hora de pedir cuentas porque de la misma manera que los zagueros blaugranas eran un seguro de vida, El Chopo era uno de los guardametas más seguros del continente. Así que simplemente tocaba empezar de nuevo. Como tantas otras veces.

El partido fue tenso y poco vistoso. Se habían visto mejores partidos en aquel escenario, más acostumbrado a los paseos en blanco que a los sufrimientos en rojo. El público jaleaba porque se sentía cómplice de un objetivo y testigo de una promesa irrepetible. Desde el palco de honor, Franco miraba más por su imagen que por el resultado. Eran tiempos de cerrojo y silencio. Tiempos de enemistad exterior cuyo peor enemigo vestía con una hoz y un martillo cosidos sobre el corazón. Dos regímenes austeros, dos recelos, mucho que callar y poco de lo que presumir, y como fondo, un partido de fútbol con veintidós héroes en busca de su parcela de gloria y de un balón que viajaba de un campo a otro inerme a los recelos e ignorante ante el odio. El gol como objetivo, el deporte como único motor. Pocos sabían que aquello no era una guerra sino un simple partido de fútbol.

Lo que sucedió en las postrimerías nos lo han contado tantas veces y hemos creído vivirlo otras tantas que una descripción detallada resultaría más un ejercicio de repetición que de aclaración. Rivilla rebaña un balón, sube la banda como una flecha, combina con Pereda quien regatea a su par y centra al primer palo donde Marcelino cabecea a la red. Parece sencillo pero fue un escorzo dificilísimo; el balón a media altura, la recepción a contrapié y el cuerpo hacia el suelo. Yashine hizo la estatua y el estadio se convirtió en una fiesta.

Y la fiesta continuó. Fue una fiesta austera, porque los límites no ofrecían más. Durante mucho tiempo quisieron hacernos creer que aquella fue la victoria de una raza de hombres buenos contra el ogro comunista. No fue así. Con el tiempo y la conciencia ambos regímenes pasaron al olvido. Llegó el progreso, llegaron las democracias y llegó el dinero. Y como el tiempo ha ido regalando más decepciones que logros, hemos sido conscientes de que aquella victoria no fue ninguna venganza sino un título de valor trascendental.

lunes 21 de julio de 2008

Hablando del Barça con Juanjo

Juanjo Mateos es un aspirante a periodista, gran redactor y administrador del blog "El jugador nº 12". Aficionado al fútbol y en especial al Barça, cada post suyo es un viaje trepidante a la actualidad, con un estilo locuaz y un verbo concreto, Juanjo se ha convertido en una referencia de la blogsfera y a él nos hemos acercado para charlar sobre el Barça.

El Fútbol de Pablo: Hola Juanjo ¿Por qué eres del Barça?
Juanjo: Supongo que culpa de ello la tiene Ronaldo. Cuando comencé a ver fútbol fue con su único año en el Barça. Me enamoré de su juego y, conjuntamente, de aquellos colores.

EFDP: ¿Toda tu familia es culé?
J: Sólo mi tío. No hay mucha afición en mi familia a esto del fútbol.

EFDP: ¿Cuál es tu primer recuerdo como barcelonista?
J: Las ligas de Van Gaal. Aquel equipo repitió dos títulos ligueros consecutivos.

EFDP: ¿Y el mejor?
J: La Champions del 2006. La final era el mismo día que mi cumpleaños. El encuentro se ponía cuesta arriba con el gol del Arsenal. Sufrí, grité, aplaudí y lloré. Hoy de ese equipo sólo quedan los restos. Una pena.

EFDP: ¿Y qué momento, como aficionado, borrarías de tu memoria?
J: La era Gaspart. Fue una época en la que el Barça dio una imagen lamentable dentro y fuera del terreno de juego. Fichajes sin sentido, salidas de tono innecesarias, un presidente sin seriedad, una paupérrima gestión... Gaspart sumió al club en una de las crisis más graves de su historia.

EFDP: Cuando Belletti coló el balón entre las piernas de Almunia, sentiste...
J: Sentí que el Barça me había dado el mejor regalo de cumpleaños posible. Sentí que tocábamos el cielo con la yema de los dedos. Sentí alegría y lo mostré con llanto.

EFDP: ¿Y cuándo Messi marcó ante el Getafe después de regatear medio equipo?
J: Que estaba ante, posiblemente, uno de los mejores jugadores que había visto jamás. Él y el Kun son los dos jóvenes que aspiran a la hegemonía futura del fútbol.

EFDP: ¿Qué ha significado Rijkaard?
J: Un señor. Nunca una palabra más alta que otra. Siempre tranquilo, dialogante y serio. Los problemas que ha tenido en el vestuario han sido provocados por ser tan buenazo. Aunque le faltó mano dura después de conseguir la Champions, lo cierto es que no le podemos reprochar nada a un técnico que nos dio tanto. Espero que triunfe allí donde vaya.

EFDP: ¿Cual es el jugador más importante de la historia del Barça?
J: Ésta es complicada. Muchos dirán que Cruyff sin dudarlo, pero yo soy reticente a darle tal honor. Quizás sea Ronaldinho por lo que ha significado y transmitido. De todas formas, hay que recordar que han estado grandes como Romario, Ronaldo o Maradona. Ha habido muy buenos futbolistas que no tuvieron la suerte de contar con un buen equipo alrededor.

EFDP: ¿Y el mejor que hayas visto?
J: Zidane, magia pura.

EFDP: Un jugador que haya sido especial para tí
J: Guardiola. No vi nunca mejor director de orquesta.

EFDP: Háblame de la cantera del Barça
J: Es muy buena. Han salido muchas perlas como Xavi, Puyol, Messi, Motta, Cesc, Iniesta, etc. El problema es que en los últimos tiempos el Barça no ha sabido valorarla. Me explico. El Barça ha dejado marchar a gente como Cesc o Piqué, que ahora pretende fichar (el segundo es un claro ejemplo). En su tiempo el Barça pagó por Gerard 4.000 millones de las antiguas pesetas, cuando lo había tenido en las inferiores y había pasado de él. Los clubes cómo Barça y Madrid deberían confiar más en lo que tienen detrás.

EFDP: ¿Qué le pasó a Ronaldinho?
J: Pues que ha tocado techo. Ha perdido la ilusión, se ha acomodado. Parece que es un gen que llevan la mayoría de brasileños: hay un instante en el que la apatía se adueña de ellos y ahí se acaba todo. ¿Recuperable? Sí, pero para el fútbol, no para el Barça. Puede que en el Milan, quien sabe. Quizás se fue demasiado benevolente con él.

EFDP: ¿Venderías a Eto'o?
J: Sí. Se puede sacar mucho dinero por el camerunés. Aporta mucho dentro del campo, pero fuera debería morderse un poco más la lengua.

EFDP: ¿Es Guardiola la mejor apuesta para el banquillo?
J: Eso lo deben decir los resultados. A priori conoce el club, la cantera, etc. Eso debe contrarrestar su corta experiencia como técnico.

EFDP: ¿Cuál ha sido el gran error de Laporta?
J: Querer politizar al club, pretender fichar cromos en vez de necesidades reales, hacer caso a todo lo que Cruyff vomita en sus columnas, etc.

EFDP: ¿Y su mejor virtud?
J: Echar a los violentos del Camp Nou

EFDP: ¿Cómo valoras, en general, su gestión?
J: Positiva. Si fuese una nota sería un 8.

EFDP: ¿Qué cambiarías del Barça actual?
J: La directiva. Creo que ha sido por dónde ha empezado el problema. Si en la cúpula hay malos rollos al final termina afectando a todo y a todos.

EFDP: ¿Y qué es lo que más echas de menos de épocas anteriores?
J: La garra que imprimían algunos al escudo.

EFDP: El Dream Team fue...
J: Posiblemente el mejor equipo que ha visto Barcelona en toda su historia. Aunque los dos años de esplendor del Barça de Rijkaard le podrían hacer sombra perfectamente.

EFDP: Y Puyol significa...
J: Garra, sacrificio, pundonor, nobleza, capitanía... es el símbolo del Barça. Harían falta diez más como él.

EFDP: ¿Guardiola o Xavi?
J: Guardiola, es el maestro.

EFDP: ¿Laudrup o Ronaldinho?
J: Ronaldinho.

EFDP: ¿Stoichkov o Messi?
J: Messi.

EFDP: ¿Romario o Eto'o?
J: Romario. Cómo dijo Valdano: 'un jugador de dibujos animados'.

EFDP: ¿Seguirías optando por el 4-3-3?
J: No. No soy partidario de vivir anclado en un sistema. Las categorías inferiores seguían utilizando el 3-4-3 de Cruyff hasta no hace muchos años. Hay que pasar página y la mejor manera de hacerlo es un cambio radical en el dibujo. Hay muchos sistemas válidos.

EFDP: ¿Está fichando bien el Barça?
J: Sí y no. Comprar tres defensas como Alves, Cáceres y Piqué por tanto dinero me parece exagerado, aunque sean buenos.

EFDP: ¿Te atreves a darme una alineación histórica del Barça?
J: Ramallets, Puyol, Koeman, Rexach, Guardiola, Xavi, Luis Enrique, Laudrup, Cruyff, Ronaldinho, Ronaldo.

EFDP: Y la alineación ideal a día de hoy sería...
J: Valdés, Alves, Puyol, Márquez, Sylvinho, Keita, Iniesta, Xavi, Messi, Bojan, Eto’o. Con los jugadores que aún son de la plantilla.

EFDP: ¿Cruyff o Rijkaard?
J: Rijkaard

EFDP: ¿Te hubiese gustado ver a Mourinho en el banquillo del Camp Nou?
J: No me hubiese disgustado. Lo veo un tío muy inteligente y con las cosas claras.

EFDP: ¿Cruyff hizo del Barça un gran equipo o el Barça hizo de Cruyff un gran entrenador?
J: Las dos cosas. Al final es una relación recíproca.

EFDP: ¿Crees que Laporta hace bien en seguir sus consejos?
J: No, rotundamente. Parece que Laporta sea una marioneta de un ex entrenador que no ha tenido la valentía de dirigir a más equipos y que se dedica a criticar y decidir desde el sofá de casa.

EFDP: ¿Volverá Cesc?
J: Quizás, pero costará un ojo de la cara. Habiéndolo tenido en casa...

EFDP: ¿Barça o Selección Española?
J: Selección, sin duda.

EFDP: Cuando gana el Madrid sientes...
J: Indiferencia. Nunca he entendido que algunos culés o madridistas se alegren casi más por una derrota del eterno rival que por una victoria propia. Incluso soy de los que se alegra de una victoria blanca en Europa, siempre que no sea ante el Barça.

EFDP: ¿A qué jugador del Madrid ficharías?
J: Casillas. Yo le llamo el 'tongoportero'.

EFDP: ¿Y a qué otro jugador del resto del mundo?
J: Kaká

EFDP: ¿Messi es el mejor del mundo?
J: Creo que sí, lo que pasa es que el equipo no le ha ayudado a tener ese reconocimiento mediático que tiene, por ejemplo, Cristiano Ronaldo. A veces se nos olvida que éste juega con gente como Rooney, Tévez, Scholes o Giggs, que no son precisamente cojos...

EFDP: ¿Volverá este año la afición a bañarse en Canaletas?
J: Ojala lo supiese. Pienso que no, pero que se estará luchando por todo.

EFDP: ¿Has visto algún partido en vivo en el Camp Nou?
J: Nunca he tenido esa suerte. Pero me lo imagino y ya se me ponen los pelos como escarpias.

Pues ojala cumplas tu sueño. Un saludo, maestro y muchas gracias.

Ha sido un placer Pablo. Un honor ocupar contribuir con este post a "El Fútbol de Pablo". Un abrazo

martes 15 de julio de 2008

El primer partido de mi vida

No hace mucho que el gran Stubbins me pasó esta foto. Me calificó como Dieguista debido a mi admiración futbolística por el Diez y me instó a ingeniar un texto sobre la imagen. Me evocó grandes recuerdos y grandes nostalgias. Era el fútbol de mi niñez y aquel fue el primer partido del que tengo recuerdo.

Recuerdo las palomas sobrevolando el Camp Nou, una marea de gente simbolizando la paz sobre el césped y la aparición del que decían era el mejor jugador del mundo. Maradona había fichado por el Barça y todo el mundo hablaba de él. Yo no conocía el fútbol más allá de unas efímeras patadas a un balón de goma que me había comprado mi abuela. No conocía la existencia de tantos países, tantas banderas y tantos buenos futbolistas. El verano del ochenta y dos cambió mi vida.

El Diego hubiese sido capaz de regatearlos a todos. Entonces no lo sabía. Viví aquel partido junto a mi padre y por sus expresiones de asombro comprendí que la victoria belga fue toda una sorpresa. Argentina había sido campeona la edición anterior y se marchó de España con más pena que gloria. Aprendí a citar a jugadores como Kempes, Ardiles o Passarella. Matador, pitón y cacique. También lo fueron Rossi, Zico y Platiní. Aunque más bruto fue Schumacher rompiendo el alma de Battiston y más brutal fue el partido entre Italia y Brasil cuyos goles pude cantar de emoción frente al televisor en color de la casa de mis vecinos.

Los chicos que crecieron con ese mundial aprendieron a soñar de otra manera. En las calles, los niños queríamos volver a ser Platiní, Zico y Rossi. Los del Madrid jugaban a cabecear como Santillana y los del Atleti íbamos al suelo como Arteche. Entonces Hugo goleaba de rojiblanco y los partidos nocturnos de la UHF me descubrieron a un escocés de mirada astuta y pelo alborotado que vestía de rojo y se llamaba Kenny Dalglish. Mi barrio era un descampado y jugábamos un gol regañao o una eliminatoria por parejas. Si iba con Óscar él era Valdano y yo Maradona. Si iba con Chemi, él era Cabrera y yo Hugo Sánchez. Como el Madrid nos robó al goleador, tuvimos que optar por Paco Llorente y Polilla Da Silva, justo antes de que los blancos volviesen a dejarnos sin nuestro mejor extremo.

Mis padres me compraron un balón Mikasa serigrafiado con el nombre de Luiz Pereira. Durante años lo guardé como un tesoro hasta que desapareció con el rastro de los muebles viejos. Con él jugábamos a las faltas cuando plantaron dos porterías en el descampado. Los partidos allí eran conglomerados de confusión entre los que nos distinguíamos por instinto. En cada portería tres porteros y en el campo treinta y tantos niños jugando tres partidos distintos e ingeniándonos para no confundirnos de compañero. Cada gol se celebraba buscando al amigo y entonces no existían las camisetas levantadas ni el dedo en la boca. La pegabas fuerte y te anulaban el gol porque no valía tirar a trallón. Si la portería eran dos montones de chaquetas de chándal y el portero era más bajito de lo normal no podías tirar a más de metro y medio de altura porque te la cantaban como alta. Las faltas las pitábamos nosotros mismos y nadie protestaba, protestábamos al más chupón y cada golazo era repetido con el balón volando sobre una mano e imitando una cámara lenta.

En verano jugábamos sin camiseta y nos llenábamos de tierra. Mucho más negras se ponían las rodillas cuando jugábamos con entusiasmo nuestras liguillas de chapas. Durante el otoño, recién empezada la liga, nos dedicábamos a recortar los cromos que nos sobraban de la colección después de redondear la cabeza de los futbolistas con una moneda de cinco duros. Buscábamos las chapas más lisas para hacer un equipazo y no dudábamos en ir al bar a pedirle al Chano un puñado de chapas. La de Pepsi molaba un montón, la de Mirinda se convirtió en un clásico y la de tónica Finley era la estrella. Durante el verano, la estrella era el Tour de Francia. A mí siempre me gustó pedirme el Reynolds y mientras hacíamos carreteras con dos manos sobre la arena dibujábamos un circuito y soñábamos con hacer la ruleta perfecta con la chapa de José Luis Laguía o Ángel Arroyo. Y ya se sabía de antemano; pique por fuera es fuera.

Otros juegos populares eran los tejos; donde ponías en juego el orgullo y buen taco de cromos repetidos, las canicas; donde tener una bola de nácar te convertía en rey, y la peonza; donde romper el trompo de un rival de juego era tan excitante como comprobar quien había decorado mejor su pieza y tenía una forma más artística a la hora de bailar. Para ello valía colorearla con rotuladores Pelikán, con témperas o con aquel pintauñas rosita claro de tu madre. Los bocatas del recreo eran de chorizo Pamplona y los de la tarde eran de Nocilla. A los que teníamos madres ahorradoras nos engañaban con Pralín cuyo sabor, con el tiempo, hemos llegado a mitificar. Nos daban sólo un Petit-Suise porque costaban muy caros y los donuts se compraban en la tienda de la Felisa donde se distinguían entre blancos y negros y los envolvían en un papel marrón que igual servía para un donut, como para un cuerno o una pistola de pan.

A los que veíamos la tele por la tarde en familia y por la noche a escondidas, nos sonaba igual de familiar un “adentro” de Luis Miguel López que un “ding, dong” de Ramón Trecet. La NBA era un duelo eterno entre los Lakers de Magic y los Celtics de Bird, un pique brutal entre Michael Jordan y Dominique Wilkins en los concursos de mates y una aventura esporádica del gran Fernando Martín. Las finales ACB eran Madrid contra Barcelona y la Cibona de Petrovic maravillaba tanto como la Jugoplastica de Kukoc. Aquella plata de Los Ángeles nos retrae a las carreras imposibles de nuestro José Manuel Abascal contra el monarca Sebastián Coe, a los records imposibles de Carl Lewis y a las carreras de vallas de Edwin Moses.

Nuestra pista de atletismo era el barrio de San Isidro y cronometrábamos excitantes vueltas a la manzana. El más rápido se convertía en un ídolo y siempre te le pedías para tu equipo de rescate si ganabas la apuesta de pares o nones. Unaaa, dooos y tres. Nos manteníamos en forma porque crecimos en la calle. Los niños de aquella generación supimos después que los buenos futbolistas crecían en descampados como el nuestro, que los mejores amigos se hacían en el barrio y que los mejores partidos se jugaban doce contra doce y aunque perdieses siempre había una nueva tarde en la que pedirle la revancha al líder de la pandilla rival.

Aquel partido de la foto me sabe a fútbol auténtico, a ídolos de verdad, al mundial de España y a promesas cumplidas. Como esta que hoy cumplo con Stubbins. Para él, su Liverpool fue aquel que empezaba en Bruce Grobelaar y terminaba en John Barnes. Para mí, mis sueños empezaban en Arconada y terminaban en Hugo Sánchez. Todos teníamos ídolos y todos bajábamos a la calle para imitarlos. Era el fútbol de verdad, porque el fútbol, cuando lo sueñas es mucho más bonito que cuando lo despiertas. Porque el fútbol visto con la ilusión es mucho más bonito que el fútbol visto con el resultado.

jueves 10 de julio de 2008

El arte del remate

Quienes no hayan visto jugar a ese señor espigado, algo entrado en kilos por el paso del tiempo, de pelo corto, entrecanoso y gesto serio que se sentó durante la Eurocopa en el banquillo de la selección holandesa, se ha perdido a uno de los mejores futbolistas de la historia.

Van Basten fue una maravilla que revolucionó el puesto de goleador. Hasta él, el delantero vivía de los balones colgados y el remate sistemático. A partir de él, los delanteros aprendieron, además, a jugar al fútbol. Y es que Van Basten era delantero en el área y centrocampista fuera de ella. Como era listo, sabía buscar la espalda para ofrecer su repertorio. Como era muy bueno, sabía como golpear la pelota cada vez que se encontraba en disposición de hacer gol. Como era eficaz, sabía que el porcentaje de terminar gritando al cielo y alzando los brazos en signo de victoria, sería más alto de lo presupuesto.

Los que le recuerden vagamente, los que hayan oído hablar de él y quienes hayan disfrutado sus goles a posteriori sabrán que Van Basten ayudó a hacer aún más grande al Milan. Llegó al equipo italiano en su peor etapa y lo catapultó con goles hacia lo más alto. Allí se hizo leyenda, ganó Copas de Europa y Balones de Oro. Pero antes, Van Basten había jugado en el Ajax, porque Van Basten fue otro de los grandes productos de la mejor cantera de Europa. Y hubiese hecho tan grande al Ajax como hizo con el Milan de no haber sido por el nacimiento de la época de las grandes ligas. En un tiempo en el que el Calcio lo devoraba todo, Van Basten abandonó Ámsterdam rumbo a Italia dejando en el recuerdo una Recopa de Europa y decenas de goles. Goles de todas las facturas; con la izquierda, con la derecha, de cabeza, de alma y de corazón. Y ninguno de ellos tan bonito como este:


viernes 4 de julio de 2008

Cuando Pirlo y Gattuso eran un mismo jugador

Hubo un tiempo en el que el fútbol nació como parte de una evolución. Muchos se cansaron de la mecánica del rugby e intentaron reescribir las normas para ingeniar un nuevo juego. Balón y pie dieron con la fórmula sencilla del fútbol y en sus albores los futbolistas lo jugaron como jugadores de rugby.

Que el fútbol pasase de ser un juego en el que el más hábil fuese el driblador a ser un juego en el que el pase prevaleciese sobre el regate, es algo que debemos a los escoceses. Desde entonces, decenas de buenos y generosos futbolistas se empeñaron en modernizar el juego, fijar las zonas de precisión y trasladar el balón a las zonas de peligro. Escoceses primero, sudamericanos después y desde aquí, hasta el sur de Europa donde Italia se convirtió en el principal imitador del estilo argentino de las primeras décadas del siglo XX.

Tras la estela y la tutela del gran Luisito Monti, creció uno de los mejores mediocentros que ha dado el fútbol italiano. Michele Andreolo nació en Uruguay y al igual que había hecho Monti desde su Argentina natal, Andreolo viajó a Italia para triunfar, enseñar y dejar para el recuerdo una manera distinta de entender el fútbol.

Se puede decir que la verdadera vida deportiva de Michele Andreolo comenzó una tibia tarde de 1935. Por aquella época eran frecuentes los viajes intercontinentales entre los más prestigiosos preparadores europeos. En uno de tantos, el profesor Fedullo hizo escala en Montevideo antes de llegar a su destino en Buenos Aires. Su primera visita dentro de la capital uruguaya fueron los campos de entrenamiento de Nacional, donde esperaba encontrar a su viejo amigo, el maestro Héctor Scarone. Scarone, convertido en un mito viviente, le contó los progresos del fútbol uruguayo desde el campeonato mundial obtenido cinco años antes, le habló de los jóvenes valores de Nacional y recalcó un nombre por encima de todos: Miguel Andreolo.

Fedullo, que tenía poco tiempo y mucha prisa, retrasó su llegada a Buenos Aires con la única intención de ver al fenómeno. Dicen que solamente existe una única oportunidad para causar una buena primera impresión; el dicho, tan exclusivista como puntualmente efectivo, no fue tenido totalmente en cuenta por el técnico italiano puesto que en el siguiente partido que disputó Nacional, Andreolo no formó parte del equipo titular ¿Tan bueno y suplente? Algo fallaba.

Lo que fallaba era una baja forma física y una pérdida de confianza por parte del entrenador del equipo. Fedullo no estaba dispuesto a abandonar Uruguay sin ver a Andreolo y Scarone no estaba dispuesto a quedar como un loco mentiroso. Se organizó un partido amistoso en el Parque Central con Andreolo en la formación titular y el italiano no tardó más de veinte minutos en volverse hacia Scarone y afirmarle: “Me lo llevo”. Aquel joven tenía todas las virtudes de los mejores directores de orquesta.

Andreolo tuvo que elegir. Igual que aquel día que se despidió de su familia en la localidad de Dolores para decir “me marcho a trabajar a Montevideo”, tuvo que volver a dar un portazo a su vida para decir: “me marcho a trabajar a Europa”. Andreolo fichó por el Bolonia y tardó poco en erigirse en estrella y motor del equipo. Aquel conjunto, sin duda el mejor que tuvo la ciudad de Emilia-Romaña durante toda su historia, alcanzó el hito de lograr cuatro campeonatos consecutivos. A Miguel le rebautizaron como Michelle y le ofrecieron la camiseta azzurra de la selección italiana para que sustituyese en su corazón a la celeste de Uruguay. Como eran tiempos en los que el amor de la gente podía con cualquier otro amor patrio, Andreolo accedió a la petición y el seleccionador Vittorio Pozo, toda una institución en el país, no lo dudó un solo segundo; si en 1934 había sido el argentino Monti quien cargase con su espaldas la responsabilidad de hacer jugar al equipo, en 1938 sería el uruguayo Andreolo quien se hiciese cargo de manejar al equipo italiano en el mundial de Francia.

Y Andreolo mejoró a Monti. Parecía difícil pero lo hizo. Su fortaleza defensiva le convertía en un tercer zaguero y su visión de juego le convertía en el mejor lanzador del ataque. Sus centros, tan precisos como efectivos, se hicieron famosos. Andreolo podía poner el balón a treinta metros sin ninguna dificultad; al pie de un extremo, a la cabeza de un delantero, al pecho de un interior. Italia renovó el título mejorando números y aguantando, estoicamente, el odio que le profesaban las aficiones rivales. Era una época en la que el fascismo de Mussolini pretendía conquistar Europa y en la que Italia hizo todo lo posible para triunfar en fútbol. En Francia demostraron que si habían ganado su mundial cuatro años antes había sido, en parte, por los favores recibidos y en parte, porque eran el mejor equipo de Europa. Un equipo en el que Meazza y Piola mandaban en plan general y maestro y en el que Andreolo tenía toda la capacidad constructiva que se podía desear.

Michelle Andreolo alargó su carrera hasta 1950. Tras su retirada se convirtió en una eminencia. Los aficionados tomaron su nombre como una referencia y la prensa acudía a él a menudo para recalar sus opiniones de experto. Tras criar una familia y forjar todos sus lazos en Italia, Andreolo murió en 1981 con el dolor de no haber podido regresar a su Dolores natal para ofrecer una despedida y dejando tras de sí la estela inconfundible de quien hizo escuela en la posición más determinante del terreno de juego. Y ahora que vivimos una época en la que la afición se divide entre los jugones y los currantes, conviene recordar que el fútbol nació como un deporte en el que la pelota tenía un significado especial por encima de cualquier otro detalle y que en aquellos albores existió un futbolista llamado Michele Andreolo que demostró que Pirlo y Gattuso pueden vivir, al mismo tiempo, en un mismo jugador.

lunes 30 de junio de 2008

La consecuencia de hacer bien las cosas

A menudo me sorprende lo fácil que es conseguir que la gente se olvide de todo, se entregue a una sonrisa y salga a la calle a celebrar por todo lo alto lo que piensa es el cumplimiento de sus sueños. La vida requiere matices tan sencillos que basta que otros hagan bien su trabajo para que nos sintamos las personas más dichosas del mundo; una parada de Casillas, un penalti marcado por Cesc, una carrera suicida ganada por Torres y todo el mundo a gritarle al mundo que España es la mejor del mundo y que los españoles estamos más contentos que unas pascuas.

Resulta muy común, en nuestra vida de depredadores de momentos, no vivir ajeno a la costumbre. Debe ser por ello que cuando Alemania rompió los pronósticos eliminando a Portugal, la vida permaneció igual en las principales ciudades del país teutón. Los que están acostumbrados a los grandes logros solamente celebran títulos. Otros, menos habituados a la tensión competitivo de las últimas rondas, viven en una continua cuerda floja sin saber controlar su vértigo. Sucede, en la mayoría de las ocasiones, que el oficio de equilibrista le viene grande al valeroso y la caída termina siendo tan espantosa como criticada. Pero cuando apretar los dientes, mantener la distancia y acortar los pasos dan el resultado deseado y se llega al lado opuesto de la cuerda sin sustos ni rasguños, la misión se convierte en heroicidad y las caras se tiñen de rojo y amarillo para dar color a nuestros gestos. No habíamos ganado nada y ya nos sentíamos amos de nuestro propio destino; es lo malo de no haber aprendido a ganar.

Durante años nos entretuvimos tirándonos de los pelos, desvirtuando nuestras mejores características y obviando nuestros defectos con la intención de vender intereses y esconder las verdades. Vivíamos tras el lamento de un codazo sangrante, de un par de penaltis fallados, de un árbitro que no quiso ver un balón que no salía del campo… y lo disfrazamos de maldición. Como aún no está demostrado que la nigromancia sea parte del juego y que el Olimpo tenga su propio favoritismo a la hora de repartir la gloria, hubo unos cuantos que preferimos pensar que nuestro momento no llegaba porque no teníamos los mimbres para alcanzarlo. Se habló de Clemente, de Camacho, de Luis y se crucificó al director de orquesta por el simple hecho de no conseguir lo que otros tampoco habían conseguido. Pensábamos que por tener equipos campeones, nuestra selección también debería serlo y olvidamos que quien gana es porque hace bien las cosas y sabe administrar su talento. Ahora nos sorprendemos de todo aquello porque la fórmula era aún más sencilla de lo que pretendíamos entender y porque ganar, para los que pueden, también resulta sencillo; era lo malo de haberse acostumbrado a perder.