jueves, 23 de mayo de 2019

La rodilla del hombre récord

El Atlético de 1992, entrenado por Luis Aragonés, era un portento de vigor y contragolpe. Allí estaban Futre, el estilete más querido, Schuster, el ingeniero del juego y Manolo, el tipo que alcanzó el Pichichi con sus goles de oportunista. En un sprint final de liga, después de un comienzo más que dubitativo, se presentó con los galones suficientes como para disputarle el título a los dos grandes, y si no lo hizo es porque medió una rodilla y un golpe de mala suerte.

El catorce de mayo de 1992 el Barcelona, segundo en la clasificación, se presentó en el Vicente Calderón con la esperanza de no perder el tren de la liga. El Madrid, que había cambiado a Antic por Beenhaker, seguía al frente de la clasificación y esperaba una victoria del Atlético para ampliar su ventaja. El Atlético era tercero y venía de una racha de cinco partidos ganados y quería recuperar terreno después de un invierno difícil.

Tan sólo una temporada antes, ambos equipos habían quedado primero y segundo en la clasificación. Fue el año en que se empezó a descomponer el Madrid de la Quinta del Buitre y comenzó a emerger el mejor Barça de Cruyff, meses después bautizado con Dream Team. En su intento de regeneración, el Madrid se había puesto en manos de Antic y Antic se había puesto en manos de Fernando Hierro, otrora defensa y ahora convertido en centrocampista goleador. Las victorias se sucedían mientras Barça y Atlético se iban quedando atrás y con la lengua fuera.

Ocurrió que alguien convenció a Ramón Mendoza de que el Madrid debía jugar mejor y Ramón Mendoza prescindió de Antic. Sumido en un mar de dudas, el equipo blanco comenzó a perder partidos al tiempo que Barcelona y Atlético los iban ganando. La liga entraba en su tramo final y la clasificación se apretaba. Si los azulgranas ganaban en el Calderón, descartaba a un rival, si lo hacía el Atlético, tendría todo el derecho del mundo a soñar con lo más grande.

El partido fue un monólogo del Atlético durante la primera parte. Intensidad, juego profundo, presión alta, contragolpe y dos goles de Manolo después de un pase magistral de Schuster y una carrera sin freno de Toni Muñoz. El Manzanares era una caldera y Jesús Gil se frotaba las manos consciente de que estaban dando un golpetazo en el centro de la mesa.

La segunda parte empezó con dudas, que se acrecentaron después de que Nadal batiese a Abel tras un pase profundo de Eusebio. Abel era uno de los grandes porteros de la liga, el año anterior había batido un récord mundial de imbatibilidad estableciéndolo en mil doscientos setenta y cinco minutos; catorce partidos sin recibir un gol. Su gran especialidad eran los mano a mano, aprendidos de su mentor, Ubaldo Fillol, y, aunque no era un gran especialista en el juego aéreo, su gran agilidad y valentía le permitía llegar a lugares difíciles.

Y aquel balón largo, hacia ninguna parte, era el balón más fácil del mundo. Abel lo vio llegar, lo dejó botar y, por algún extraño suceso, le golpeó en la rodilla cuando se disponía a acolcharlo entre los brazos. Bakero, que pasaba por allí por se caía algo, se encontró la pelota suela y burló al portero para hacer el empate a puerta vacía.

Aquella jugada terminó con el partido. El Atlético, que había tenido dos ocasiones muy claras en botas de Manolo, prefirió guardar la ropa antes que seguir nadando, y el Barça, que jugaba con diez por expulsión de Stoichkov, decidió que aquel no era el mejor día para seguir arriesgando. De esta manera, ambos equipos quedaban a expensas de lo que hiciese el Real Madrid en Logroño. Y perdió, y ese empate dio vida a ambos y los tres se enfrascaron en una lucha que terminaría el siete de junio cuando el Madrid perdió en Tenerife dos goles de ventaja, la liga y la moral.

Sin aquel gol de Bakero cuando el Atlético controlaba el partido, los tres equipos hubiesen empatado a cincuenta y cuatro puntos y el triple empate le hubiese dado la liga a los rojiblancos. Pero todo eso es fútbol fícción; la verdad es que hubo un Atleti muy grande durante un par de años al que le dio tiempo a batir un récord del mundo y a conquistar el Bernabéu en la final de Copa y hubo un Barça mucho más grande aún pues no solamente conquistó la Liga y la Copa de Europa sino que conquistó la memoria y, sobre todo, conquistó un estilo.


lunes, 20 de mayo de 2019

La belleza de lo salvaje

El fútbol inglés mantiene un halo primitivo en su juego que lo convierte en tan impredecible como apasionante. Equipos que, generalmente, han jugado al tú contra mí sin más complejos que el que muestre la propia pelota y sin más miedo que el que muestren los momentos de duda. Nada escapa al control porque nada, generalmente, está controlado de antemano.

Competir, extendida la definición a un término pasional, se convierte en un ejercicio de fe cuando la pelota rueda y el público se vuelca, incesante, en ese laberinto de pasiones que representa el juego. Anfield encendió su mecha para remolcar a su equipo hacia la proeza, no necesitó de su gente el Tottenham para grabarse a fuego su condición de gladiador y pelear cada balón como si fuese el último. Cuando lo fue, la incredulidad pintó la mirada de los jugadores del Ajax y el éxtasis dibujó sonrisas de asombro en cada uno de los Spurs, porque tan sólo una hora antes eran carne de cañón y, gracias a la fe, terminaron convirtiéndose en héroes por derecho propio.

Esa tormenta perfecta que descargó el Liverpool sobre la moral azulgrana y ese torrente de idiosincrasia que derramó el equipo de Pochettino sobre el Amsterdam Arena no fueron sino la confirmación más palpable de que la Champions es el torneo de los torneos, que la gloria espera al más fuerte y que, más allá de la vistosidad, existe una competitividad tan salvaje que convierte en bello cualquier lance, porque nada nos gusta más que ver derrochar a cualquier tipo hasta la última gota de su sudor.

jueves, 9 de mayo de 2019

El cisne de Utrecht

La elegancia es un concepto abstracto en la concepción, pero muy vistoso en la percepción. Porque de la elegancia nace el asombro; la espalda erguida, la boca abierta y el aplauso siempre en el hilo de la posibilidad. Quien es elegante no lo es por perseverancia sino que lo es por naturaleza, porque quien porta la etiqueta de elegancia es siempre alguien dispuesto a hacerse notar por propia condición; nunca forzando, siempre, sencillamente, ejecutando.

A Marco Van Basten se le rompieron los tobillos de tanto danzar sobre ellos en el césped. Lo suyo era un baile original patentado por su propia habilidad para proteger la pelota de espaldas. La jugada, de tan simple, se convertía en hipnótica siempre que la ejecutaba con esa sencillez que le otorgaba la técnica; balón al pecho y, de repente, la cámara lenta apareciendo para hacernos cómplices de la maniobra. Pecho, rodilla, tobillo, giro y descarga. Así de fácil, así de complejo.

Y siempre, después, el desmarque y, por último, para asombrar al mundo con un repertorio interminable, el remate. Porque Van Basten jugaba como un centrocampista en tres cuartos pero era un delantero total en el área. Nunca fue el más rápido, ni el más fuerte, pero era el más listo y, sobre todo, era el más hábil. Sabía rematar de cabeza, de volea, de chilena, de tacón, y sabía definir, siempre, hacia el lugar donde el portero jamás podía llegar. Porque su oficio fue goleador impenitente, pero no un goleador cualquiera, sino un tipo que dibujaba los goles que nosotros habíamos soñado previamente en nuestras noches de asombro.

Fruto de la interminable escuela del Ajax, Van Basten dejó Holanda, Recopa en mano, para enrolarse en las filas de un Milan en el que haría historia. Seis temporadas de ensueño en las que lo ganó todo y en el que todos se fijaron en él. Hasta él, los delanteros jugaban al choque, desde él, los delanteros jugaron a la recepción. Hubo muchos que perfeccionaron el juego de espaldas, pero ninguno lo hizo con la misma elegancia que Marco Van Basten.


miércoles, 8 de mayo de 2019

La interpretación del fracaso

A menudo me sorprende la ligereza con que se utiliza la palabra fracaso, generalmente utilizada por tipos que, seguramente, hayan tenido que conformarse con una vida con la que no soñaron de pequeño. El fracaso, como signo de medida ante una derrota, puede calificar en diferentes niveles, pero, generalmente, se ceba en el ente más intrínseco, porque lo superfluo no cuenta a la hora de medir responsabilidades. Suele ocurrir que nos duelen tanto las victorias de los rivales que siempre andamos con un ojo pendientes de su derrota para sacar el hacha a relucir. Y esperamos a la vuelta de la esquina para resolver cuentas pendientes; siempre con el calor del resultado, claro está. Y siempre con la intención de convertir en nimio cualquier éxito ajeno, porque para nosotros fracasar significa siempre perder, sin analizar que quizá, en cada derrota, haya un elemento de seducción que tendemos a obviar para derribar nuestros propios muros psicológicos; cuando alguien lo hace muy mal, el error, generalmente, viene conducido porque el otro lo hizo muy bien.

A mí, que me gusta analizar siempre el fútbol desde la victoria, que desde el ventajismo de la derrota, prefiero pensar que el éxito sonrió a un Liverpool que siempre creyó en sí mismo y que si el Barça perdió fue porque no pudo con el empuje y moralidad física de un equipo que siempre supo tener al alcance una gesta que ayer le glorificó, una vez más, como club de fútbol. El calor del resultado nos hace soltar improperios y desclasificar viejos fantasmas, pero lo cierto es que el éxito ajeno raramente suele ser fuente de interpretación para calificar nuestras decepciones. Hablar de fracaso en una semifinal de Champions, con varias ligas en el zurrón y un lustro jugando finales de Copa, me parece una barbaridad. Está claro que fue una decepción, una de las más grandes, pero lo fue porque en esta sociedad que hemos creado en la que sólo nos sirve alcanzar el máximo, no somos capaces de concebir que quizá nuestros equipos no estén capacitados para ciertas afrentas. El Barça lo intentó en su medida en el partido de ida y no consiguió frenar el vendaval que le llegó en el partido de vuelta.

Los recuerdos futbolísticos de mi infancia están marcados por un equipo que se paseó por España sin ser capaz de saltar la barrera de las semifinales en la Copa de Europa. Si a alguien le decimos hoy que el Madrid de la Quinta del Buitre fue un fracaso, se echaría las manos a la cabeza con razón, en cuanto está instalado en nuestra memoria como una fuente de buen fútbol del que bebieron generaciones posteriores. Al Barça de Messi, que, por cierto, ha ganado cuatro Champions, se le quiere archivar con la etiqueta del fracaso porque no ha sido capaz de sostener buenos resultados en rondas finales de la máxima competición. Si la Champions la ganasen varios equipos al año, entonces podríamos exigir una oportunidad de verse en el olimpo, pero todos los títulos son tan selectivos que sólo permiten un ganador por temporada. Esto pone en sintonía el éxito del último Real Madrid, pero no tiene porque ser motivo para despreciar a un equipo y, mucho menos, a un futbolista que ha sostenido el nivel de nuestra liga durante la última década. El fracaso, con semejante derroche de jugadores y presupuesto, sería no jugar la Champions, porque sería no cumplir un objetivo mínimo, pero quedarse a las puertas de una final en un torneo que sólo concede un ganador al año no puede ser un fracaso porque entonces estamos poniendo un nivel de exigencia por encima de las expectativas.

Porque cada uno tiene que ser consciente de su capacidad antes de exigir un nivel en las capacidades ajenas. El fracaso es caer en la ignominia, no conseguir algo es, simplemente, una decepción. Y las hay pequeñas, de las que salimos indemnes, con una esquirla en la memoria, y las hay grandes, como Roma o Liverpool, en las que salimos tocados y creyendo que, quizá, la próxima sí puede ser la nuestra.

lunes, 6 de mayo de 2019

Pichichis: Ferenc Puskas

Dicen que la historia la escriben los ganadores. Dicen que los que vencen son los que roban la memoria al resto porque gustan de dejar impronta en papel de la memoria. Pero los que verdaderamente dejan huella son aquellos que pasan por la vida dejando un legado de asombrosa peculiaridad. Belleza y templanza, vencer y convencer, caerse y, siempre, volverse a levantar.

Ferenc Puskas fue el líder de los dos mejores equipos del fútbol húngaro y dos de los mejores equipos de la historia del fútbol. El Hondved, previamente Kispest de Budapest, fue pionero en un estilo de juego donde primaba la combinación por encima de la dirección. Un estilo que el gran Gusztav Sebes trasladó a la selección húngara y que, apoyado por las estrellas del Hondved y un puñado de grandes futbolistas más, estuvo más de tres años invicto contabilizando un total de treinta y dos partidos. En una época donde no existía la palabra "amistoso" y cualquier encuentro entre selecciones nacionales era una llamada a la defensa y el compromiso con la patria.

Entre aquellas exhibiciones contínuas, destacó la doble victoria ante Inglaterra en 1953. El tres a seis en Wembley en el que se bautizó como "El partido del siglo" y el siete a uno en Budapest en un festival de juego ofensivo. Porque aquella Hungría era así, un festival de fútbol continuo en el que cada partido era un motivo de aplauso.

Pero el currículum de Puskas no se remitió a la mejor selección de fútbol de los años cincuenta, sino que, una vez hubo abandonado su país y sus miedos, decidió enrolarse en las filas del mejor club de fútbol de la década. Allí, en el Real Madrid, le acogieron como a un niño grande con los brazos abiertos, le apodaron "Cañoncito Pum" como homenaje a su colosal pierna izquierda y él mismo se encontró tan agusto que fijó en Madrid su residencia hasta que, dos décadas más tarde, el gobierno húngaro le permitió volver a pisar su tierra.

Fue allí, en Hungría, donde se hizo hombre y futbolista monumental. Siempre de la mano de su inseparable Jozsef Boksic, capitán de la selección, y a quien conoció siendo un niño, se coronó como rey del fútbol en una época donde el deporte tenía sus príncipes. Jugó ochenta y cinco partidos con Hungría y anotó ochenta y cuatro goles, uno de ellos en la final del mundial de 1954 que terminaron perdiendo ante Alemania, y otro más, dos años antes, en la final de los Juegos Olímpicos en la que terminaron derrotando a Yugoslavia.

Aquella final ante Alemania le jugó mermado porque en el partido de la fase de grupos jugado ante la misma selección, el defensor Werner Liebrich le propinó una fuerte patada que le lastimó el tobillo. Acortó los plazos y jugó la final, pero no pudo dar de sí lo que el fútbol hubiese querido. Tal era su capacidad para anotar goles, muchos de ellos inverosímiles, que en la actualidad la FIFA homenajea el mejor gol del año nombrándolo como Premio Puskas. Y es que Puskas fue un futbolista técnicamente exquisito y un goleador excelso que fabricó su historia a base de goles decisivos.

Ya desde pequeño, cuando formaba parte del equipo infantil del Kispest, los aficionados del club construyeron un camino que iba desde su casa hasta el campo de entrenamiento. Tal era la devoción que causaba ya con doce años que sus propios aficionados le facilitaban el acceso a las instalaciones deportivas. Por ello, por saberse siempre protegido por los suyos, Puskas tendió al descuido siempre que se vio fuera de los terrenos de juego. Cuando fichó por el Real Madrid después de dos años sin jugar oficialmente, el técnico Carniglia corrió a quejarse a Santiago Bernabéu: "Presidente, me ha traído a un futbolista al que le sobran veinte kilos ¿Dígame qué puedo hacer con él?". Pero el mesías blanco fue certero al espetar a su entrenador: "¿Y usted me lo pregunta? Póngale en forma, ese es su trabajo, y deje de quejarse".

Puskas llegó a Madrid con treinta y un años y en sus primeras apariciones parecía un ex futbolista. Gordo, ajado y lento, el público comenzó a sospechar de él hasta que él decidió apagar sus dudas. Le llamaron "Pancho" de manera cariñosa y se quedó ocho años en el club hasta que decidió marcharse rondando los cuarenta y con cientos de goles en la mochila. Si en Hungría había sido el líder del equipo, aquí fue la guinda de un pastel espectacular. Porque el equipo ya tenía un líder y ya sabía ganar, pero con Puskas ganó de manera aún más rotunda. Más espectacular.

Al "Mayor galopante" sólo le pudo el Alzheimer cuando ya rondaba los ochenta años. No se acordaba de nada, pero el mundo le recordaba por todo. Atrás dejó una cifra de más de quinientos goles en primera división, repartidos entre las ligas húngara y española y una exigua carrera como entrenador que comenzó de forma exitosa en Panathinakos y terminó de forma desastrosa en Murcia. En Grecia, un año después de retirarse, se proclamó campeón de liga para, en el año siguiente, plantar al equipo en la final de la Copa de Europa. Como si de un guiño del destino se tratase, allí sucumbió ante el incipiente Ajax de un Johan Cruyff que prometía gobernar el fútbol. Aquella noche se juntaron la esencia más pura de las dos selecciones más bellas; la Hungría del cincuenta y cuatro y la Holanda del setenta y cuatro. Dos finalistas honorables, dos equipos que perdieron ante Alemania y que, aún así, pervivieron para siempre en la memoria colectiva como dos ejemplos para la imitación.

Porque en Suiza, Hungría asombró al mundo hasta que en la final se encontró con sus peores fantasmas. Arrasó a todos los equipos en la primera fase y fue excelso y competitivo para eliminar a Brasil y Urugay en las rondas eliminatorias. En la final, con Puskas mermado y los alemanes enérgicamente motivados, Alemania remontó un cero dos inicial para firmar una de las derrotas más tristes de la historia. Dicen que la historia la ganan los ganadores. Dicen. Pero aquel mundial será, para siempre, el mundial de Hungría.

Aquella Hungría, como el Hondved, murió deportivamente en 1956. El Hondved lo hizo en San Mamés, después de un partido en la Copa de Europa en la que el Athletic pasó de ronda y los húngaros pasaron a la historia. La noticia de que los tanques soviéticos habían invadido Budapest para solventar el conato de revolución, provocó el miedo y la furia en los integrantes del equipo. El plantel, en su mayoría, decidió no regresar a casa y pidió asilo político en España. Antes que Puskas, Czibor y Kocsis ficharon por el Barcelona, lo que animó a Ferenc a aceptar la oferta del Real Madrid. Había estado dos años sin jugar, sancionado por la FIFA ante las acusaciones de desertor del gobierno de su país. La inactividad le hizo ganar kilos, pero no consiguió que se le olvidase jugar al fútbol. En aquel Madrid liderado por Di Stéfano, Puskas se sintió libre y goleó por doquier. En total, a lo largo de su carrera, disputó setecientos veinte partidos y anotó setecientos nueve goles. No en vano, fue nombrado mejor goleador del siglo XX por la IFFHS.

En el Madrid formó parte de una delantera gloriosa que, aún hoy, se recita de carrerilla: Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento. Los mejores del mundo en el mismo equipo. El mejor equipo en el mejor momento. Tanto destacó en el frente de ataque que marcó siete goles en dos finales de la Copa de Europa; cuatro ante el Eintrach en la ganada en 1960 y tres ante el Benfica en la perdida en 1962. Y es que el oficio de golear en las finales era el ejercicio preferido de Ferenc Puskas. 1952, final de los Juegos Olímpicos (ganada), gol. 1954, final del mundial (ganada), gol. 1960, final de la Copa de Europa (ganada), cuatro goles. 1960, final de la Copa del Rey (perdida), gol. 1960, partido de vuelta de la Copa Intercontinental (ganada), dos goles. 1961, final de la Copa del Rey (perdida), gol. 1962, final del copa de Europa (perdida), tres goles. 1962, final de la Copa del Rey (ganada), dos goles.

Después de semejantes exhibiciones dejó seca su pólvora en las finales y solamente jugó una más al alto nivel, fue en 1964, en el último partido de Di Stéfano con el Madrid, en la que el equipo blanco sucumbió ante el Inter de Helenio Herrera y tras la cual, Puskas se acercó a Sandro Mazzola para intercambiar con él su camiseta. "Tu padre estaría orgulloso", le dijo. "Eres digno de él".

Entre todos los años gloriosos de su carrera, ninguno se acercará excelsamente a lo que logró en 1960. Aquel año marcó veintiseis goles en liga en la que el Madrid sería segundo, doce en la Copa de Europa, incluídos tres en semifinales contra el Barcelona y los cuatro de la final, que el Madrid terminó ganando, diez goles en la Copa del Rey, incluido uno en la final que el Madrid perdió frente al Atlético y dos goles en el partido de vuelta de la Copa Intercontinental en el que el Madrid derrotó por cinco goles a uno a Peñarol de Montevideo. En total fueron cincuenta goles, la mayoría de ellos decisivos, que no le sirvieron para ganar el Balón de Oro.

La historia ha demostrado que, en el fondo, los premios no son más que un trozo dorado que no siempre se instalan en el estante de la memoria. Florian Albert fue el único húngaro en ganar el Balón de Oro y, sin embargo, nadie duda de que Puskas ha sido, de largo, el mejor futbolista en la historia del país. El goleador excelso, el artista que jugaba con la pausa y desaparecía con la aceleración. Un pie izquierdo celestial que marcó treinta y cinco goles en sus treinta y siete aparciones en la Copa de Europa. El hombre que lideró a unos magiares que llamaron mágicos por su manera de trenzar el fútbol, el delantero que le anotó dos hat-trick al Barcelona en 1961 y apuntilló así una revancha que llevaba tiempo ideando. Aquel Barça post Herrera que le había ganado dos ligas al Madrid y al que Puskas goleaba una y otra vez sin piedad que le frenase. El mismo tipo que, en 1962, y después de dos finales perdidas, goleó de nuevo en el Camp Nou para jugar una nueva final de Copa y marcar el tanto decisivo que le dio el triunfo a su equipo. Porque así era él, pertinaz, goleador y decisivo. Una máquina de hacer goles que llegó tarde a Madrid y se fue demasiado rápido por tanto como se le disfrutó.

Aquella Hungría inolvidable se apagó en 1956 con aquella desbandada planificada en Bilbao, pero deportivamente ya había tocado a su fin cuando Checoslovaquia les había derrotado en un trepidante partido después de otros dos años sin conocer la derrota. Era el fin de una era y el comienzo de una emigración que llevó a sus integrantes a distintos puntos del continente. Cuando Bernabéu comentó a Samitier su intención de fichar a Puskas, el secretario técnico se negó en redondo. Le había visto jugar pachangas y sabía que estaba viejo y fuera de forma. "Entonces serás tú quien debas irte", respondió el presidente blanco al tipo que había gestionado los fichajes de Di Stéfano y Kopa. Y se fue. Y llegó Puskas y, andando y pateando, dio clases magistrales de fútbol de salón. Tan efusiva fue su estancia en España que, aún con treinta y tres años encima, se nacionalizó español para formar parte del plantel que debía jugar con España el mundial de Chile. Por unos momentos, los españoles quisieron soñar con algo grande. Di Stéfano y Puskas juntos, aquello era una llamada a la esperanza. Pero Di Stéfano no estuvo y Puskas rindió al nivel que solían hacerlo los futbolistas de la época cada vez que se vestían de rojo. Con el Madrid les podía la ilusión, con España les podía la responsabilidad. Y aunque la selección fue campeona de Europa tres años más tarde, por entonces, Puskas, que aún seguía goleando, había pasado a formar parte del recuerdo patrio para un equipo que vivía en continuo proceso de renovación.

En su primera temporada de blanco, anotó cuatro tripletes y en la última, se despidió de la Copa de Europa con un partido apoteósico ante el Feyenoord al que anotó cutaro goles en el Bernabéu rondando los cuarenta años. Cuando se marchó, vencido por la edad y los dolores, se sentó en el banquillo del Panathinaikos y lo condujo a la final de la Copa de Europa en tan sólo dos temporadas. Después entrenó en España, en Chile, en Arabia, en Egipto, en Paraguay y hasta en su Hungría natal, donde abandonó la vocación y se quedó a vivir para siempre en paz consigo mismo. Ningún fracaso como entrenador empañó su gloria como jugador y así se le reconoció en el año 2011 cuando la FIFA lo incluyó en el Salón de la Fama de la Historia del Fútbol. Un jugador así no podía tener un menor reconocimiento.

El hombre que nunca estuvo allí

En "El hombre que nunca estuvo allí", Billy Bob Thornton interpreta a un triste barbero que cree alcanzar su momento de gloria cuando consigue diez mil euros a través de un chantaje. Es el momento cénit de un tipo sin pasado y sin futuro, un tipo que aparece un instante, fruto de un subidón inspiracional, y desaparece con el polvo a medida que el mundo va descubriendo cada uno de sus errores.

Maris Verpakovskis jugó en muchos equipos, pero a veces parece que no estuvo en ninguno de ellos. Su momento cumbre lo vivió en Portugal cuando en la Eurocopa de 2004 se presentó en sociedad con la camiseta de Lituania y volvió loca a la defensa alemana con sus desmarques y su velocidad. Unos días antes le había anotado un gol a la República Checa tras un contragolpe perfecto y el mundo creyó haber descubierto a un tipo que vivía a mil por hora y pedía una oportunidad al tiempo que derrumbaba una puerta de una patada.

Para entonces jugaba en el Dinamo de Kiev, quien le había fichado el verano anterior y aún seguía esperando ver cumplidas las promesas que había hecho mientras goleaba con la camiseta del Skonto de Riga. Aquella Eurocopa le ofreció una segunda oportunidad, pero tres años y muchas suplencias después, el equipo ucraniano se decidió a hacer caja con su otrora jugador estrella. Fue entonces cuando volvimos a escuchar su nombre después de tres años sin conocer detalles sobre su paradero. Mediada la temporada 2006-2007, el Getafe le presentó como flamante refuerzo invernal.

Hoy pocos lo recuerdan, pero Maris Verpakovskis jugó sesenta y tres minutos del partido de semifinal de Copa del Rey en el que el Getafe derrotó al Barcelona por cuatro goles a cero y certificó su pase a la gran final del Bernabeu. Allí, hizo pareja con Güiza en la punta de ataque y dejó que su compañero se llevase toda la gloria mientras él pasaba todo el partido tirando desmarques que nunca encontraban su destino.

Harto de verle correr y no encontrarse, el Getafe decidió desprenderse de él después de ver como dejaba de jugar al tiempo que el equipo crecía exponencialmente con otros delanteros como Manu y Albín. Viajó a Croacia para jugar un año en el Hadjuk y hacer creer a la gente que en España había triunfado a pesar de haber sido capaz de anotar tan sólo dos goles. Fue entonces cuando le fichó el Celta de Vigo y fue entonces cuando todos nos dimos cuenta que sí, que definitivamente aquella aparició en Portugal había sido un espejismo y que Verpakovskis, como Billy Bob Thornton, realmente nunca había estado allí. Seguía siendo un tipo anodino, sin demasiadas condiciones, con alguna buena característica pero sin más pena que gloria.

Cuando dejó España para no volver, se enroló en las filas del Ergotelis griego e inició un periplo por las ligas griega y azerbayana que terminó, como al principio, en su Lituania natal. Verpakovskis jugó hasta 2016 en las filas del FK Liepaja, justo hasta que decidió decir adiós y colgar las botas asumiendo, como Billy Bob Thornton en la película, que no era más que un tipo mediocre que quiso encontrar la gloria en un momento determinado. Muchos creen recordarle aún en lo más profundo de la memoria, pero realmente él nunca estuvo allí, tan sólo era la sombra de un recuerdo que nos hizo creer que quizá, pero sólo quizá, había nacido un buen futbolista en lo que tan sólo fue un espejismo de verano.

martes, 23 de abril de 2019

Fin del proyecto Abelardo

La palabra proyecto lleva implícitos ciertos matices de consideración. Un proyecto implica continuidad, expectativas y factibilidad. La certeza de que el trabajo podrá ser continuado con los derroteros extraídos, la viabilidad de un objetivo sensato y, sobre todo, la causalidad, derivada del apoyo, que provoca la unión entre el trabajo y el éxito. Cuando el líder no está seguro de poder cumplir los objetivos y poder dar rendimiento a su plantilla, suele pegar el portazo y decir adiós sin más miramientos. Lo hicieron Guardiola, Luis Enrique y hasta el mismo Zidane. A menor escala y mucha menor repercusión, lo va a hacer Abelardo en el Alavés.

El Alavés ha sido, durante las tres últimas temporadas, un pequeño milagro dentro de una liga donde la competencia, del cuarto hacia debajo, se paga con precio de oro. Dieciocho equipos para ganarse el pan en un campeonato donde los despistes se pagan con el coma deportivo. En la primera temporada, después de haber vivido en el ostracismo durante más de una década, el equipo alcanzó la final de Copa y se puso el listón tan alto que el sucesor de Pellegrino no fue capaz de aguantar los primeros envites.

Fue entonces cuando llegó Abelardo. Su verbo fuerte y su estilo directo habían calado en el Sporting de Gijón. Aquel regreso a la élite se había trufado con actuaciones heróicas y terminó apagándose cuando el proyecto se vino abajo entre bajas y falta de expectativas. Dicen que el hombre aprende de los errores y quizá sea que Abelardo haya empezado a olerse una tostada que ya se comió en Gijón con la mandíbula prieta. Algo ha debido intuir para haber dicho no a un proyecto que parece consolidado y algo ha debido percibir para haber dicho adiós a una ciudad que lo ha acogido con los brazos abiertos.

Cuando se acaba el amor es cuando empiezan los reproches. El juego del y tú más que ayer comenzó Querejeta en su rueda por las radios nocturnas no es sino la venda sobre una herida que aún no se ha producido. Posiblemente el Alavés sobreviva a Abelardo al igula que sobrevivió a Pellegrino, y si no lo hace, deberá sentirse orgulloso de haber hecho soñar a su parroquia con algo grande. Posiblemente algo se nos escapa; quizá una oferta, quizá un cruce de reproches, quizá una falta de respaldo. Pero más allá de las causas llegan las consecuencias y estas visten de un nuevo proyecto a un equipo que, con todos su palos en las ruedas, no ha dejado de rodar.

miércoles, 17 de abril de 2019

El Bicho

La costumbre nos ha convertido en tipos ávidos de novedad. Normalmente, nos hacemos una idea propia de la fantasía y no valoramos el momento; porque más allá de lo cotidiano, existe lo valorable. Más allá de lo admirable, existe, también, lo extraordinario.

Vivir en la era de Lío Messi hubiese supuesto una claudicación por la vía de lo elemental; nadie puede con este tío, nadie puede sobreponerse a su éxito. Sin embargo, la ambición, entendida como un camino hacia la superación, ha supuesto un motor de aguante en la carrera ceremoniosa de Cristiano Ronaldo. Lo que podría haber sido una carrera trufada de goles, se ha convertido en una carrera trufada de éxitos porque el tipo no se conformó con ser el segundo. Y aunque lo terminase siendo, no podría soportar que le achacasen que no lo hubiese intentado.

Cristiano se cree el mejor jugador del mundo y está en su derecho de hacerlo. Nadie ha hecho más por la competitividad de sus equipos que él, nadie ha entendido los espacios y el remate como lo ha hecho él. Porque su juego no se basa en la virtuosidad de la combinación, sino en la explosión de sus características, y por más que nos quieran vender, Cristiano no es un tipo bruto que sólo busca la portería rival sino que entiende el juego de ataque como una partida de ajedrez donde ocupa la posición del alfil; siempre tirando la diagonal apropiada y siempre encontrando el lugar exacto para el remate.

Con los años ha perdido explosividad pero ha ganado en conocimiento. Es lo que tienen los buenos jugadores de verdad, saben refundirse desde las limitaciones para potenciar sus mejores virtudes. Ya no es el velocista que guardaba carreras interminables ni el regateador que citaba a los laterales en la línea de fondo. Ha encontrado su sitio desde la voluntad y el conocimiento. Y aunque hoy quieran que no sea el día para alabarle quizá sea el día para reconocerle una vez más. Porque el legado de este tipo va más allá de una eliminatoria ganada o perdida, sino que viajará con el tiempo y se instalará en la memoria de todos aquellos que le vimos y de todos aquellos que terminen leyendo sus números de impresión.

lunes, 8 de abril de 2019

Cómplices del odio

Hay un problema de defecto de forma a la hora de excusar ciertos comportamientos. Aquellos que buscan el aplauso antes que la verdad, siempre recurrirán a la tibieza porque prefieren las medias tintas a los chapuzones en negro. Hay más verdad en su silencio que en muchas frases porque, más allá de las consecuencias, las causas suelen derivar de una bolita de nieve que va convirtiéndose en alud a medida que va creciendo y nadie va siendo capaz de pararlo.

Tendemos a la justificación del insulto sólo porque, normalmente, una minoría no representa a una mayoría. Suele ser así, es verdad, pero cada vez que agachamos la cabeza y quitamos importancia porque esos tres tontos no nos representan, estamos dando pábulo a cada una de sus palabras. Pero más allá del altavoz anónimo, es necesario un alatavoz cualificado para poner rostro a la indignación. Si alguien que sí nos representa dice lo que realmente queremos oir, entonces damos por sentado que el debate se aposenta sobre el valor de los cobardes. Más allá del insulto, muchos de ellos se escudan en el poder de la jauría para poder ladrar sin impunidad.

Cuando Moise Kean corrió a celebrar un gol bajo la grada más radical del Cagliari, lo hizo cegado por la ira y conducido por la rabia. Durante el partido, un grupo muy numeroso de hinchas le había abucheado por el simple hecho de tener la piel negra. El hecho, que sería catalogado como indignante por cualquier ciudadano cívico, fue convertido en tibia disculpa después de que Bonucci cargase parte de la culpa en la actitud de su compañero. En la lucha contra estos descerebrados, o estás completamente en contra o no existe disputa social. Porque cuando otorgas una disculpa estás otorgando vía libre a que vuelvan a repetir la estupidez.

La permeabilidad solamente añade permisibilidad a sus actos. Estoy seguro de que Bonucci ha sabido rectificar consigo mismo y, sobre todo, con su compañero, porque de no ser así, se estaría convirtiendo en cómplice de alguien que acude a un recinto deportivo olvidando todos los valores que deben ir implícitos en el deporte. El racismo no es respeto, ni solidaridad, ni deportividad, ni, mucho menos, compañerismo. Todo lo que está fuera del espectro donde conviven estos valores, no es deporte, sino odio. Algo tan vomitivo como triste. Tan desasosegante como desgarrador.

viernes, 5 de abril de 2019

El gol imposible

Barcelona era una ciudad acomplejada futbolísticamente. Atrás quedaban los años de fuego bajo la batuta de Kubala. Quedaba la añoranza y el pesimismo. El aficionado culé comenzó a convertirse en un tipo que nacía escéptico y moría pesimista. No había motivo para la satisfacción y, lo que es peor, apenas quedaba un motivo para la alegría. Pero entonces llegó él; tan flacucho, tan ágil, tan veloz, tan perspicaz. Se presentó en sociedad en la víspera de Nochebuena, hacía frío, pero la gente estaba ansiosa por verle. El rival, el Atlético de Madrid, no era el mejor socio de fatigas. La mayoría se veía regresando a casa con el mismo frío con el que llegaron, pero, además, con una nueva derrota en el zurrón. No había sido un gran comienzo de temporada. Habían perdido mucho y solamente, una semana atrás, habían arrancado una victoria en Granada gracias al trabajo bien culminado por su nueva estrella. Recibieron a Cruyff con aplausos; la expectativa les incitaba a ser optimistas, al menos durante los cinco minutos previos al partido, y le despidieron con vítores; el asombro les había obligado a ponerse un nuevo ídolo por montera. Mediado el partido habían sido testigos de un hecho sin precedentes: un balón largo, a ninguna parte y el salto de un gamo rematando a contracorriente. Lo llamaron “el gol imposible”, y quien tuvo la oportunidad de verlo aún lo sigue aplaudiendo.