miércoles, 19 de febrero de 2020

Contra la casualidad

No es fácil vivir con una etiqueta. No es fácil llegar a un lugar lleno de gente, llamar la atención entre los más talentosos y pretender marcharte sin que nadie te etiquete de una manera despectiva. Los más incautos, esos que se ilusionan con cualquier nuevo truco de magia, te seguirán por mil recodos para irte abandonando a medida que les vas desilusionando. Por ello, el puñetazo en la mesa no es suficiente para sentarse a comer con los más poderosos, hace falta comerse el asado, beberse el vino, eructar como buen macho alfa y, después, brindar con cerveza mientras el resto de capitanes vikingos escuchan lo que pretendes contarles.

Lo que les quiere contar este nuevo vikingo llegado desde Noruega para golear es que lo suyo no es la típica aparición fulgurante que, con el tiempo, termina siendo tachada con el calificativo de casual. Porque Haaland no es ya el niño que anotó nueve goles a Honduras en el mundial sub 20, ya no es el joven que anotó nueve goles en la primera fase de la Liga de Campeones, ya no es el chico que anotó cinco goles en sus primeros dos partidos con el Borussia Dortmund. Erling Haaland es un asombro constante con el gol en la cabeza y el remate en los pies.

Los dudosos, aquellos que siempre viven por delante porque prefieren la razón por encima de la lógica, esperaban al chico con los brazos cruzados porque decían que aún no le había marcado a nadie. Pero el chico no entiende de colores y, mucho menos de rivales, más allá del juego sólo entiende de momentos y cada momento no es más que una excusa para sacar a pasear sus virtudes. No es el más ágil, no es el más hábil, no es el más coordinado, pero corre como un rayo, ve la portería como un arcoiris y le pega a la pelota como los mejores cañoneros.

Ayer fue el Paris Saint Germain como bien podría haber sido el Liverpool, el Bayern Leverkusen o cualquier equipo de la liga austriaca donde se paseó sin piedad. Porque quien vive del gol no entiende de colores, quien vive del gol no entiende de dudosos, ni de etiquetas, ni, mucho menos, de casualidades.

lunes, 17 de febrero de 2020

Román

"Dios ya no vive aquí, ahora hace milagros en Barcelona". Con tan contundente declaración de amor, recibió la hinchada de Boca a su equipo en el primer partido sin Juan Román Riquelme. Tan invadidos por la pena, tan atacados por la nostalgia, los hinchas de La Bombonera tocaron palmas y recordaron a su ídolo, porque su ídolo no era otro que el tipo que les había llevado a alcanzar la gloria jugando a la pelota como un artista de circo.

Riquelme fue un tipo apegado a sí mismo, a su mirada, a su estilo, a su propia condición física. Era lento y a veces pesado, pero cuando recibía la pelota lo hacía con la convicción de quien sabe que va a ejecutar un pase perfecto, un regate elegante, un disparo certero. Pensaba rápido y pensaba bien y en el virtuosismo de sus acciones vivía la magia de un tipo que nació para vivir rodeado de creyentes. Aquel que no creyese en él se vería abocado al infierno.

Y Van Gaal no creyó en él. Y de repente, el que se vio abocado al infierno fue Riquelme, convertido en parche innecesario, en bulto sospechoso, en una constante duda sobre un sistema de juego que no encajaba con sus características. Le acusaron de frío, de distante, de tímido, de raro. Y el tipo se vino abajo mientras añoraba los días en los que La Bombonera coreaba su nombre y celebraba sus títulos.

Ávido de fútbol, cansado de esperar y loco por jugar, Riquelme marchó a Villarreal para volver a disfrutar del fútbol y para reencontrarse con sí mismo. Aquel fue el mejor Villarreal de la historia, lo apodaron Submarino Amarillo porque su fútbol era una partitura pop y a Riquelme lo rebautizaron como ídolo porque hacía jugadas de ensueño y filtraba pases de maravilla.

Cuando Román pisaba la pelota, el mundo se paraba. Como un jugador de fútbol sala, se deslizaba por la hierba con la pelota bajo los tacos y el cuerpo por delante del defensor, de espaldas, como un funambulista en una cuerda floja sólo que sin un vacío al que caer. Pero con una gloria que alcanzar. Podía regatear en estático, tirar un caño, salir airoso sobre la línea de cal y encontrar siempre al compañero mejor colocado. Jugaba lento, sí, pero jugaba muy bonito.

Tan bonito lo hizo que dejó un recuerdo inolvidable junto a la Costa del Azahar a pesar de ser el tipo que convivirá con la maldición de haber fallado aquel penalti en el último instante. La gente dice que aquel penalti hubiese llevado al Villarreal a la final y lo cierto es que lo hubiese llevado a la prórroga. Nadie sabe lo que hubiese ocurrido allí. Lo que sí se sabe es que aquel equipo no hubiese llegado tan alto si no hubiese tenido en sus filas a Riquelme y si no hubiese contratado al uruguayo Forlán para generar, junto a Román, una de las parejas más efectistas que ha dado el fútbol español.

Aquello fue gloria sobre un campo de fútbol. Paredes imposibles, centros inapelables, goles increíbles, celebraciones certeras. Aquellos dos tipos fueron felices juntos y eso jamás lo olvidará una afición que años antes había nacido para viajar a campos de tierra y ahora veía como su equipo se ganaba un puesto en la gloria más absoluta contra los mejores equipos del continente.

Pero en todo cuento de hadas la carroza, al final, termina convirtiéndose en calabaza. Se marchó Forlán y se fue el gol, se marchó Riquelme y se fue el fútbol. Todo acabó para el Villarreal pero todo volvió a empezar para Boca. Porque Román nunca necesitó correr para sentirse hombre, nunca necesitó gritar más de lo debido para sentirse respetado. Vistió la franja amarilla, tomó la pelota y la orquesta empezó a tocar, de nuevo, al son de sus vicisitudes.

Una nueva Libertadores, en el crepúsculo de su carrera, terminó por glorificar una figura ya ensalzada de antemano y endiosada en la postrimería. Porque el Boca Juniors del siglo XXI es el Boca Juniors de Juan Román Riquelme. Porque nunca dejó de jugar al fútbol como un niño en el potrero de su barrio, ya fuese en Barcelona, en Villarreal o en La Bombonera. Dios regresó a su casa y volvió el fútbol en forma de milagro.


martes, 11 de febrero de 2020

El Tata

Brazo. El brazalete anudado sobre el bíceps derecho, la ascendencia sobre el resto, el grito firme, la salida impetuosa, el esfuerzo innegociable. Dos copas de pincharrata, ocho años de rojo y blanco, capitán de barco, bilardista por convicción, futbolista por vocación.

Rodilla. El cartílago hace crack, el tipo cae al suelo preso por el dolor, al alma baja al infierno presa de la desesperanza. El Deportivo Español le dice adiós en diciembre, nos valías como futbolista pero no nos vales como cojo. Bilardo se acerca a él y le dice "Usted tranquilo, Tata", va a estar en el mundial. Y el Tata Brown trabaja. Pasan los meses, llega mayo y está listo. Un tipo con carisma. El líbero de "El Narigón".

Estómago. El teniente general de la zaga no aguanta la altura mexicana. Le ataca La Venganza de Moctezuma. Saltan las alarmas. Pasarella no deja de ir al váter, tiene el estómago vació, la garganta seca, la angustia siempre presente. Necesita hospital. Necesita regresar a casa. El tipo del carácter indomable ha caído y Bilardo le dice a Brown que será su hombre libre en el mundial. Defensa de tres. Cucciuffo y Ruggieri. Y Brown de hombre escoba.

Cabeza. El balón tocado por Burruchaga, bombeado sobre el área alemana, lejos de Schumacher quien falla en la salida y vía libre para el cabezazo de El Tata Brown. Por delante la pelota, pero también Maradona. El capitán, el genio, el hombre. Diego se agacha, intuyendo el imposible y Brown se apoya en su espalda para tomar impulso. Conecta limpio, fácil, directo a gol. Es a puerta vacía, pero hay que marcarlo. Y hay que celebrarlo. Es la final de un mundial. Es un sueño más que cumplido.

Hombro. Un choque contra un alemán fornido. Todos los son. Como rocas, como bloques de hormigón. Chocan en cada saque de esquina, en cada balón cruzado, en cada carrera hacia ninguna parte. Y en uno de esos choques siente un dolor punzante. El hombro está fuera de su sitio, pero El Tata le grita al médico "Ni se le ocurra sacarme, yo me quedo aquí". Y se queda. Muerde la camiseta, hace un agujero a la altura del ombligo e introduce el pulgar de su mano derecha. Es un cabestrillo improvisado. Y dolorido y desencajado ve como van a ganar, ve como les empatan, ve como van a perder y ve, extasiado por el dolor y el cansancio, como Burruchaga anota el tercero y Argentina vuelve a ser reina del universo.

Corazón. El tipo regresa a casa como un héroe. Peregrina por el mundo con los pies y la memoria. Dice adiós con orgullo e intenta plasmar sus conocimientos en los chicos más jóvenes. Sus amigos serán siempre sus héroes y su recuerdo irá ligado siempre a un cabezazo en la final de las finales. En una resistencia numantina, con el hombro dislocado, ante unos alemanes altos como torres y duros como piedras.

Cerebro. De repente, puñetera vida, el tipo se olvida de todo. Es carne de hospital, de camilla, de silla de ruedas. Le cuentan quien fue, qué hizo, cómo celebró. Pero ya no se acuerda. Y se tumba, fuera del mundo, en una cama fría que le presentará a la muerte. La caída es triste, injusta como todas, dolorosa. Se marchó El Tata Brown víctima del Alzheimer, un delantero alemán, alto, fornido, imparable, que le golpeó a la salida de un córner y no le dejó tiempo para recuperarse.

miércoles, 5 de febrero de 2020

El silencio de Chila

En Mayo de 2002, en el hotel de concentración donde se hospedaba la selección paraguaya, un micrófono se acercó a José Luis Chilavert para preguntarle, entre otras cosas, por la selección española, equipo al que Paraguay habría de enfrentarse unas semanas más tarde en la segunda jornada del mundial de fútbol a celebrar el Corea y Japón. Animado por la presencia de las cámaras y prendido por la arrogancia, Chilavert puso su mejor cara de chico malo y declaró que España era una selección del montón.

Era la historia de un desencuentro que había comenzado años atrás, cuando, en la previa de otro enfrentamiento mundialista, el portero paraguayo se encargó de calentar el ambiente para, durante el partido, rematar la faena con continuas provocaciones a las jugadores españoles. "España no estaría en el mundial si tuviera que jugarse en los grupos de clasificación de sudamérica", añadió, para, por último, apostillar: "Le voy a marcar un gol de falta a Cañizares".

Lo que no imaginaba Chilavert es que, semanas después, Cañizares se caería de la convocatoria por culpa de absurdo accidente doméstico y que la única falta que tuvo opción de chutar durante el partido fue hacia ningún lugar.

Pero volvamos al origen de los hechos. El mundial de Francia había empezado de la peor manera posible para España. Después de haberse adelantado durante dos ocasiones ante Nigeria, terminó perdiendo el partido viéndose abocado a ir a remolque durante el resto de la fase de grupos. Paraguay, por su parte, había empatado a cero frente a Bulgaria y se presentaba al partido ante España sin demasiadas urgencias. El objetivo era no perder y, para ello, Chilavert sacó la cara y la palabra. Menospreció el poder de la selección española y, durante el tiempo que duró el partido se dedicó a sacar de quicio a cada uno de los delanteros de la roja.

Pérdidas de tiempo, miradas amenazadoras, ademanes provocadores, sonrisas sarcásticas... Todo lo que pudo haber sido utilizado fue usado por Chilavert para desesperar a los futbolistas españoles. Aquel cero a cero dejó a España al borde del precipicio; dos puntos y una sensación de impotencia desesperante porque donde no estaba Chilavert estaban Ayala y Gamarra despejándolo todo una y otra vez. Para más inri, la mejor ocasión del partido llegó a cargo del paraguayo Benítez con un tirazo desde lejos que despejó milagrosamente Zubizarreta.

Acabado el partido y ante las declaraciones de Javier Clemente diciendo que Paraguay era un equipo muy poco ambicioso, Chilavert salió al trapo para decir que ellos no necesitaban ganar y que si alguien había sido poco ambicioso había sido España, jugando todo el partido con balones largos sin ningún plan concreto en el juego.

Aquel diecinueve de junio de 1998, España se había fiado en demasía de la mala trayectoria de Paraguay en los partidos de preparación para el mundial. Después de completar la hazaña de quedar segunda en el grupo sudamericano, viajó a Europa para preparar la cita y perdió, casi consecutivamente, contra Italia, República Checa, Holanda, Rumanía y Bélgica. Parecía una cenicienta, pero Julio César Carpegiani supo hacer una roca de un equipo plagado de defensas férreos y delanteros veloces. Con un juego defensivo y transiciones rápidas, supo amarrar dos empates en sus dos primeros partidos, para rematar la faena en la última jornada ante una Nigeria ya clasificada y dejando, con ello, a España eliminada en la primera fase del mundial. Todo un fiasco para una selección que, como siempre, llegaba cargada de sueños y, como siempre, también, se marchaba rociaba de lágrimas.

Quiso el destino que sus caminos se cruzasen, otra vez, cuatro años más tarde en una nueva fase de grupos de un mundial. Entonces jugaban en Corea y entonces España optó por un plan distinto para abordar la línea férrea paraguaya. Dirigidos por José Antonio Camacho y conducidos por un talentoso centro del campo formado por Luis Enrique, Baraja, Valerón y De Pedro, España optó por la circulación de la pelota en lugar del pelotazo frontal. Si cuatro años antes, el plan había sido enviarle pelotas largas a Pizzi para que se pelease contra la pareja de centrales paraguaya, esta vez fueron Raúl  y Tristán los encargados de sacarles de zona con sus continuos desmarques. Pero a este partido, como aquel, le faltaba la presencia de un goleador de rachas.

En 1998, ante Paraguay, no había jugado de inicio Morientes a pesar de haber terminado la temporada como delantero titular del Real Madrid campeón de Europa por delante del croata Davor Suker. En 2002 tampoco fue de la partida, pero tras el descanso, Camacho le incluyó, junto a Helguera, en el once que habría de disputar la segunda parte. Aquel cambio resultó decisivo porque casi en el primer balón que tocaba, empataba el partido. Y es que España había empezado perdiendo el partido merced a un gol en propia meta de Puyol en el minuto diez. Parecía que iban a aparecer viejos fantasmas, pero esta España llegaba al partido sin la necesidad del noventa y ocho y este Chilavert era un viejo fanfarrón que había perdido agilidad y había ganado peso.

Fue el partido de los penaltis. Dos fallados, uno por cada equipo, y otro anotado, por Hierro, en los estertores del partido. Aquel partido sirvió de venganza fría contra un tipo que quiso ponerse un país en contra y terminó siendo leyenda de un país que, gracias a él, alcanzó las cotas más altas de su historia. Un tipo que llegó hablando como un loro y terminó callando como una jirafa. Tanto España como Paraguay terminaron pasando de grupo, pero ninguno de las dos llegaron demasiado lejos. Los guaraníes cayeron ante Alemania en la siguiente ronda y España cayó en cuartos ante la anfitriona después de sufrir un arbitraje sibilino por parte de un egipcio llamado Al Ghandour. Curiosamente, el mismo árbitro que había pitado aquel España - Paraguay correspondiente a la segunda jornada de la fase de grupos.


jueves, 30 de enero de 2020

El factor de la derrota

           Era una tarde como cualquier otra. Una nube gris amenazaba con inquietar la cita y una bolsa de gas, irremediablemente generada por los nervios, se había instalado en la boca del estómago. Dicen que los hombres somos esclavos de nuestras expectativas. Generalmente, vamos acumulando puntos, como en uno de esos coleccionables de supermercado, e intentamos subir el nivel de nuestros logros. Generalmente, sin embargo, más allá de los sueños más antropólogos, logramos relanzar una nimiedad a la categoría de prueba vital porque, para nosotros, vale más el orgullo que la pureza.
            Las reuniones las hacíamos en torno a una pelota y las conversaciones eran un ritual de alabanza continua según de qué pie cojeásemos cada uno. Al blanco le gustaba el ímpetu, al azulgrana la exquisitez, el rojiblanco abogaba por el contragolpe y al verdiblanco le supuraba la pasión. Y así, entre latas de cerveza vacías, dejábamos pasar la tarde antes de que los más pequeños nos dejaran pista libre y nos apostáramos la última ronda a una pachanga sin más final que nuestro propio agotamiento.
            El fútbol de barrio tenía el aroma de los clásicos más populares; una zapatilla desgastada, un balón duro como una piedra, la camiseta de la equipación de los años anteriores, algún mote como nombre en la espalda y, generalmente, el número de algunos de nuestros futbolistas favoritos. Los partidos tampoco iban mucho más allá; si acaso, nos podíamos insultar o protestar porque lo que para unos era una disputa limpia, para otros había sido una falta flagrante, pero nunca hicimos que la sangre llegara al río. Y si alguna vez había llegado, habíamos partido peras y no habíamos permitido que alguno de los ínclitos regresara con nosotros a las pistas del barrio. Porque hay códigos intangibles que sólo conocemos los que hemos pisado desde niños los campos de hormigón.
            La tarde del día tres de octubre, habría sido, como dije antes, una tarde como cualquier otra, y lo habría sido si a ninguno de nosotros le hubiese dado por alargar la mano en dirección a los bancos del patronato.
            Allí estaba Luis. Listo como ninguno, rápido como un gamo, certero como un cazador profesional. Entonces no conocíamos ni su nombre, ni sus ademanes y, mucho menos, su manera de jugar al fútbol. Pero éramos nueve y nos faltaba uno para completar el cinco contra cinco.
            Velasco nos había fallado. El jodido Velasco. El tipo que organizaba torneos infinitos y que no se perdía un solo partido de entrenamiento. No hacía mucho que habíamos perdido la final municipal ante los de la Conserjería y aún nos escocía el alma y parte de la materia. Necesitábamos entrenar más para ser un poco mejores y afrontar el campeonato con serias aspiraciones. Algo que no conseguiríamos si el cagón de Velasco se quedaba en casa cada vez que su madre le castigaba por un cuatro setenta y cinco.
            Nos habían destronado y debíamos recuperar el norte y el prestigio. Para ello debíamos conseguir que los partidos de entrenamiento de los sábados por la tarde se convirtieran en nuestro trampolín hacia la conquista. Largo, Unamuno, Coque, Rubio, Tras, Gonzo, Rusti y yo le vimos llegar con paso lento y una media sonrisa que nos confundió la mirada. Le dimos la pelota e hizo malabares. Buen comienzo. Quién nos diría entonces que el final no iba a ser tan memorable.
            Nos chuleó a todos. Dio igual el reparto de equipos. Jugamos tres partidos de quince minutos y en todos, con diferentes compañeros, ganó el equipo de Luis. Era tan fascinantemente bueno que resultaba imposible no quedar boquiabierto aun cuando era uno mismo la víctima de sus regates. Llevaba dos días en el barrio, su padre era comercial de lanchas motoras y no tenía equipo con el que jugar. Le fichamos al instante. Ya le habíamos convencido cuando le habíamos preguntado, mano en alto, si quería apuntarse a nuestra pachanga.
            La liga comenzó en noviembre y en diciembre ya éramos líderes destacados. La competición no era muy compleja. Nos dividíamos por barrios y podía apuntarse quien quisiera. En el nuestro, La Maternidad, nombrado así por la cantidad de mujeres embarazadas que lo poblaron en cuanto estuvo construido, éramos ocho equipos. Jugábamos a ida y vuelta desde noviembre hasta febrero y a partir de marzo empezaban los playoffs contra equipos de los nueve barrios restantes. Un todos contra todos anual que paralizaba los campos de tierra del pueblo cada sábado por la mañana.
            Éramos siete contra siete y jugábamos, en algunos lugares, partidos en simultáneo. Huelga decir que nosotros éramos buenos, pero que, con Luis, éramos los mejores. Lo jugaba todo, no le rotábamos nunca y le dejábamos siempre en punta de ataque para que se desgastara lo mínimo. De tocar el balón veinte veces en cada jugada de ataque, cambiamos la táctica para reducir el tiempo de posesión e incrementar el factor sorpresa. Ensayábamos las jugadas una y otra vez; Coque o Rubio pivotaban en el centro y descargaban hacia el hombre libre, generalmente Gonzo y este, inmediatamente, en profundidad hacia la carrera de Luis. Daba igual si no le dejábamos sólo, él siempre se las apañaba. Driblaba por condición antes que por consideración. Y definía siempre al lugar más alejado para el portero.
            Parecíamos el mejor equipo del mundo o, al menos, así nos sentíamos, pero nada de lo bueno dura para siempre y nada de lo bonito termina sin caer a un pozo de lodo. Era una mañana fría cuando Luis se presentó al partido y nos dijo que sería el último. No era un tipo demasiado dado a la broma, pero nuestra primera reacción fue tan espontánea que se nos cayó por la incredulidad. Creímos, al instante, que nos estaba vacilando. Pero no. Hablaba tan en serio que, por un instante, nos vimos descosidos por dentro y rotos por fuera. El rostro desencajado, el corazón helado, el estómago a punto de estallar en vómito.
            Velasco, que se ilusionaba con el vuelo de una mosca, perdió la ilusión por gobernar su banda. Largo, que se hacía gigante en cada despeje, se convirtió en un enano que no alcanzaba ni a un mosquito. Unamuno, siempre tan eficaz en el juego, comenzó a errar como un niño torpe. Coque perdió la fantasía, Rubio perdió la fuerza y Tras se encontró sin velocidad. Gonzo olvidó jugar de espaldas y Rusti olvidó que los goles se marcaban hasta con la espinilla. Yo, que en mis días de insomnio volaba como un pez de río, comencé a encajar goles como el portero del peor equipo del mundo. Me quedé sin manos, sin muelles, sin valor.
            Aquella fue nuestra primera derrota. Luis jugó su último partido y, por instantes, se contagió de nuestra apatía. Hubo de buscarse las jugadas, los espacios, los goles. Anotó tres, pero yo encajé cuatro. Huelga decir que el equipo contrario celebró como si hubiese ganado la Copa de Europa y que nuestro orgullo se sintió tan resentido que no fuimos capaces de articular palabra durante el camino de regreso a casa. No nos pudimos despedir de Luis, no fuimos capaces ni de mirarle a los ojos.
            Una semana más tarde ya jugaba con la camiseta de la Conserjería. Tenía bemoles la cosa. Entre todos los barrios del pueblo no podía haber escogido otro al que cambiarse a vivir. No tardó en fichar por el mejor equipo de allí, actual campeón y rival enconado. Algunos sábados coincidíamos en horario y mirábamos de reojo al campo de al lado cada vez que los escuchábamos celebrar un gol. Iban como un tiro y nosotros, mientras tanto, en caída libre.
            Ellos ya tenían un buen equipo desde que el año anterior habían incorporado al Negro Martínez. El tipo era un tanque imposible de defender. Jugaba de espaldas como un pívot de baloncesto y las ganaba por arriba sin necesidad de saltar. Para convertirse en incontrolable, necesitaba un alter ego y Luis fue, para él, como el Robin que necesitaba todo Batman para conseguir instaurar la justicia en la ciudad perdida de Gotham.
            Todos los demás no fueron, sino víctimas perfectas de sus ejecuciones imparables. Nos hubiésemos alegrado por Luis, al fin y al cabo, siempre fue un buen tipo, pero había caído en un equipo de impresentables. Arrogantes como un gallo que se contonea delante de todo el corral, los chicos de la Conserjería brillaban por su prepotencia y poco tacto a la hora de celebrar. Cada gol a favor era un puño en la cara, una sonrisa de burla, una palabra sibilina por debajo del oído. Cada gol en contra era una protesta al árbitro, una amenaza de muerte, una promesa de ya volverás por aquí. Pegaban con ímpetu, pero lo hacían con tal disimulo que casi ningún árbitro era capaz de leer sus tretas. Animados desde el banquillo por un tipo que les arengaba como si fuesen a la guerra, disputaban cada partido con el hambre de quien busca sangre y ganaban por convicción, por calidad y, generalmente, porque los equipos rivales ya estaban muertos de miedo a los dos minutos de partido.
            Nosotros no teníamos entrenador. Realmente, casi ningún equipo del campeonato lo tenía. Aquello había nacido como un torneo entre grupos de amigos que había evolucionado hacia un campeonato municipal donde poníamos todo el rigor necesario, pero, también, toda la poca seriedad posible. Los primeros años, sin duda, fueron los mejores. Jugábamos donde podíamos y, tras cada choque, terminábamos todos en el bar de siempre bebiendo cañas de cerveza. Era la mejor manera de quitar importancia a las derrotas y de felicitar al vencedor sabiendo que los mismos que pagábamos  la ronda una semana podríamos ser los invitados a la semana siguiente.
            Todo cambió el año que aparecieron los chicos de la Conserjería. Un año atrás se habían entregado las llaves de las nuevas casas de los bloques que se habían construido donde antiguamente se había levantado la Conserjería Militar. El alcalde, pelotazo mediante, había recalificado el terreno y lo había vendido a un constructor para que levantase catorce bloques y llenase el pueblo de nuevos ricos dispuestos a cambiarnos la vida y las costumbres.
            Pronto nos dimos cuenta de que no eran como nosotros. Pronto nos dimos cuenta, también, de que no querían ser como nosotros. Jugaban en otra liga; eran estúpidos, maleducados y tenían un punto de arrogancia difícil de soportar. Pero, eso sí, eran muy buenos.
            Nos ganaron el primer año. Nosotros seguíamos creciendo y por fin logramos alcanzar la final después de tres años consecutivos cayendo en semifinales. Pero nos barrieron. Aquello debió servirnos para reflexionar, pero vista su manera de celebrar el éxito, sólo nos sirvió para aumentar nuestra sed de venganza. Todos los equipos acudimos a la fiesta anual de fin de temporada, excepto ellos, que prefirieron quedarse en su barrio, bebiendo agua carbonatada y ensayando disparos a la escuadra. Tan increíblemente perfectos que irritaban.
            El año siguiente jugamos como nunca. No recuerdo un año mejor en cuanto a concepción del juego. Ensayamos nuevas tácticas, nuevas jugadas y nos posicionamos de manera distinta. Convertimos en sagrado el partidillo del sábado por la tarde, o del viernes si era el sábado el día en el que jugábamos, y nos perdíamos en rondos interminables antes de regresar a casa pensando siempre en ese último pase al espacio que nos permitiese quedar mano a mano con el portero rival.
            Fue nuestro mejor año. Volvimos a quedar primeros en la liguilla de distrito y ganamos en cuartos y en semifinal con solvencia. En la final a cinco partidos ganamos los dos primeros y rematamos en el cuarto. Festejamos con moderación porque para nosotros el respeto seguía siendo prioridad antes que postergación, pero ellos no supieron aceptar la derrota y se enfrascaron en una pelea que nos convirtió, para siempre, en enemigos acérrimos.
            No iba a ser fácil alcanzar una nueva final. Realmente, jugábamos tan desanimados que ni nosotros mismos nos veíamos capaces de afrontar la vida más allá del siguiente duelo. Caímos en picado, derrota tras derrota, y a punto estuvimos de perder nuestra posición de privilegio si un gol fortuito de Rusti no nos hubiese sacado del letargo. Era el último partido de la liga regular y los chicos del Patronato Sport nos ganaban por uno a cero. Ellos ya no se jugaban nada y nosotros nos jugábamos la vida. Nos valía el empate para ser primeros, pero la derrota nos abocaba al peor de los escenarios. Lo peor de todo es que habíamos perdido hasta el orgullo. No sé de qué manera, Rusti metió la pierna en aquel último centro al área y no sé de qué manera la pelota, dando saltos sobre la arena, se coló mansamente junto al poste derecho del portero. No supimos si celebrar o caer rendidos a la evidencia. Lo que menos nos apetecía en aquel momento era enfrentarnos a una ronda de cinco partidos con el equipo de la Conserjería. Eran demasiado buenos, demasiado fuertes y demasiado fanfarrones. Perder no era un drama. Perder contra ellos, sin embargo, era una tragedia. Lo peor de todo es que intuíamos que nos iban a masacrar.
            El sistema de cruces era simple. Se tomaba al mejor primero de grupo y se le enfrentaba al peor de los primeros y así equitativamente. Se dibujaba un cuadro y se jugaban los cuartos de final, las semifinales y la semifinal. Todo al mejor de cinco partidos. Aquellos play off se convertían, por derecho, en una fiesta para el municipio. Los padres acudían con sus hijos, los adolescentes con sus amigos y los jugadores de los equipos eliminados acudían para apoyar al equipo de su barrio. Todo el lenguaje festivo y distendido se apagaba cuando entraban en escena los de la Conserjería.
            Huelga decir que nos tocó jugar contra ellos en la primera ronda eliminatoria. En condiciones normales, Luis presente y ánimos enervados, hubiésemos terminado como los mejores primeros y nos los hubiésemos encontrado en la final a cinco, pero nuestra desidia y nuestro desánimo nos condujeron al desastre. Los vimos aparecer con sus cuerpos esculturales, su sonrisa de superioridad y su mirada asesina. Jugaban realmente bien y eran duros como piedras. Nos ganaron cinco a cero a la primera.
            Que Luis no celebrase ningún gol era señal de que nos tenía respeto, pero a aquellas alturas nosotros queríamos morir de la manera más rápida y cruel, no nos importaba el respeto, ni siquiera habíamos apelado al orgullo.
            El segundo partido fue aún peor. Nos metieron siete y se rieron en nuestra propia cara. Fue el día en el que nos dimos cuenta de que la victoria no impera en el marcador sino en el esfuerzo. “Quien lo da todo, no pierde nada”, nos dijo el padre de Gonzo. Nuestros vecinos nos miraban avergonzados, nuestros padres nos miraban con lástima. “Prefiero que me tengan miedo a que me tengan lástima”, me había dicho mi padre una mañana fría antes de un partido en categoría infantil. “Pero, sobre todo, has de conseguir que te tengan respeto”. A nosotros ya no nos respetaba nadie.
            Justo antes del tercer partido, el Negro Martínez se acercó a Luis para poner la pelota en juego desde el círculo central y le espetó unas palabras que sonaban a orden antes que a deseo.
-          Hoy también ganamos ¿Eh?
-          Fácil. – Contestó Luis.

“Fácil”. Maldita fuese nuestra estampa. Nos habíamos dejado amilanar por nuestro propio miedo y habíamos perdido hasta el orgullo. “Fácil”, aquello fue el resorte que necesitábamos para despertar de nuestro letargo. Aquel “Fácil” se clavó en nuestro orgullo y nos encendió el corazón al instante. Íbamos a perder, sí, era más que probable, pero les íbamos a demostrar que quien lo daba todo no perdía nada.
En la primera entrada vieron claro cuáles eran nuestras intenciones. No lo iban a tener fácil y, si nos iban a ganar, que fuese por su calidad antes que por nuestra desidia. Codos arriba, pierna fuerte, rodilla por delante, tacos afilados. Jugar así, en el campeonato, se había ganado un nombre con denominación de origen; era jugar “a lo conserjería”.
Marcamos un gol en una jugada trabada. Velasco cambió el juego hacia Tras y este centró raso, cruzado, para la llegada de Gonzo. Remató desde el suelo, con la espinilla, ante la salida de su portero. La pelota hizo un extraño y se elevó por encima antes de entrar mansamente y dando pequeños botes, dentro de la portería. Celebramos con rabia y defendimos con ímpetu. Por primera vez, dada nuestra fiereza en el juego, vimos la duda en sus ojos.
Se marcharon con la cabeza baja y sin estrecharnos la mano. Desde el vestuario, con tabiques contiguos, escuchamos su rabia y su frustración. Se conjuraron para derrotarnos por goleada durante el siguiente partido, pero nosotros ya sabíamos, que, tal y como había pronosticado Luis, aquello no iba a ser fácil.
El problema es que ya habíamos gastado el factor sorpresa por lo que no nos quedaba otra que reinventarnos. Lo hicimos variando el juego y el sistema, optamos por retrasar a Gonzo y dejar sólo a Rusti en punta haciendo marcajes mixtos a Luis y al Negro Martínez. Nos costó un mundo, pero sabíamos que solamente seríamos capaces de ganarles si seguíamos jugando “a lo conserjería”. Así que no dejamos de tener ni el codo alto, ni la pierna fuerte, ni la rodilla por delante, ni el taco afilado. Y marcamos a balón parado, mediada la segunda parte, cuando Rubio remató picado un centro largo de Unamuno. Aquella vez no vimos duda, por vez primera vimos miedo en sus ojos.
Nos embistieron con furia y casi nos empatan en la arremetida. Ahí fue donde puse mi granito de arena. Un balón largo hacia la carrera de Luis y un centro medido a la cabeza del Negro Martínez. El remate fue violento, arriba, con la testa, franco, limpio, y el balón salió como un cohete rumbo a la escuadra de mi portería. Volé como un ángel, como un enviado del cielo para devolver a aquellos demonios al infierno. Puse la manopla recta, estiré los dedos y punteé la pelota por encima del larguero. En el córner posterior, el Negro, frustrado por la oportunidad perdida, me embistió con violencia y anotó a puerta vacía. El árbitro señaló falta y el golpe le tumbó en el suelo. La expulsión nos alivió, pero mucho menos que saber que el Negro, la peor pesadilla en nuestras noches de insomnio, no iba a jugar el quinto y definitivo partido.
Era el día de Luis, el día para demostrar si, realmente, era tan buen jugador como se presuponía o solamente se escudaba en su calidad mientras jugaba rodeado de buenos jugadores. Sin el Negro en el campo, solamente Luis daba el toque de distinción porque, quitándole a él, nosotros no éramos peores que ninguno de ellos.
La nuestra era la única eliminatoria de cuartos que se había ido al quinto partido. Nos mandaron a jugar al municipal de deportes, un campo de césped con una grada para mil personas que estaba a reventar. En los aledaños al terreno de juego no cabía un alfiler y la gente se agrupaba en filas conglomeradas sobre la barandilla que delimitaba el rectángulo verde. Todos, o casi todos, iban con nosotros. No iban a permitir que aquellos estúpidos arrogantes volviesen a ganar el torneo porque ello significaría el final definitivo de un ciclo donde la paz y la armonía se habían impuesto sobre las malas artes.
Ellos no tenían demasiado apoyo. Apenas una decena de vecinos que, más avergonzados que entusiasmados, apenas se dejaban oír. Cada lance era un murmullo que crecía hasta la protesta. Pronto, el árbitro se puso nervioso y ellos fueron perdiendo la compostura. Quien siembra vientos, les dijo Largo, recoge tempestades.
Pero, de alguna manera, ellos encontraron su propia tempestad. Luis, que durante los dos últimos partidos había sido una sombra de sí mismo debió entender que si quería encontrar la gloria no tenía más remedio que buscarla. Y la buscó con ahínco. Hizo trabajar a Coque como un esclavo y tuvo a Velasco de cabeza durante casi todo el partido. Jugaba como lo hacía cuando estaba con nosotros; con el Negro ausente, se situó en punta y, arrancando desde el costado izquierdo, dibujaba diagonales de fantasía. Terminamos la primera parte por debajo, dos a cero. Aquello, definitivamente, parecía finiquitado. No teníamos mucho que reprocharnos; habíamos vendido cara la derrota. Era lo mínimo exigible para un equipo de nuestro nivel.
Nada más comenzar el segundo tiempo llegó la jugada que podía haberlo cambiado todo. Luis encontró una rendija y me encaró mano a mano. Conocía sus amagues, pero, generalmente, eran casi imposibles de descifrar. Tal y como situó el cuerpo supe de inmediato que intentaría regatearme hacia su perfil bueno. Son cosas del instinto, puedes jugar mil partidos y recibir mil goles y en un instante entiendes que cada segundo de miseria no ha sido más que un camino de aprendizaje. Aguanté de pie y fingí comerme el engaño, cuando inició el regate saqué la manopla y toqué la pelota. Cayó al suelo, en parte por la inercia, en parte por la frustración. Como no sabía protestar, noble como era, se levantó con presura, pero entonces Largo ya había despejado a fuera de banda.
Ellos reclamaron el penalti, claro está. Todos sabían que había sido inexistente, pero, por alguna extraña manera, el árbitro cayó en la trampa y señaló el punto fatídico. No podía ser. Aquello se había terminado.
-          ¡No seamos como ellos! – Exclamé fuera de mí.

Aquella voz resonó en el recinto y, durante un par de segundos hubo un silencio que precedió a una ovación atronadora. No, no debíamos ser como ellos. No debíamos caer en la tentación de protestar al árbitro, de buscar la intimidación, de encontrar la victoria por la vía de la protesta.
Mis compañeros se separaron del árbitro y dejaron el área despejada. Si había que perder, lo haríamos, pero con estilo.
-          Sabe tirarse. – Añadí. – Veremos si también sabe tirar penaltis.

Aquella frase, aunque no era de mi estilo, provocó justo el efecto que yo quería. Habíamos jugado muchos partidos con Luis como para saber de qué manera tiraba los penaltis. Dolido por la duda y picado por el reto, tomo el balón mientras le dejaba ver mi sonrisa. Iba a tirar él. Parecía algo suicida, pero era justamente lo que yo quería.
A lo largo del campeonato, Luis había tirado cinco penaltis con nosotros y otros cinco con La Conserjería. Y los había anotado todos. Lo que sí había variado era su manera de lanzar según la dificultad que en cada momento hubiese tenido el partido. Si era un partido apretado o considerado como importante, lanzaba a su zona de seguridad; con la pierna derecha hacia la derecha del portero. Si, por el contrario, era un partido resuelto o ante un rival que podría considerar menor, lanzaba hacia el lado izquierdo del portero. Yo lo tenía claro; el partido iba a resolverse en aquel penalti y, dado que ellos nos consideraban el gran rival a batir, estaba seguro de que me lo iba a lanzar a mi derecha.
No dudé. No quise dudar, mejor dicho. Le interrogué con la mirada y él esquivó cualquier contacto visual. Mejor. Estaba perdiendo aquella batalla y seguramente no quería demostrarlo. Tomó mucha carrerilla y chutó fuerte, hacia su lado de seguridad, antes de verle golpear la pelota yo ya me había vencido hacia mi derecha. Que fuese lo que Dios quisiera. Alcancé a tocar la pelota con la yema de los dedos y, casi con violencia, se estrelló contra el poste antes de regresar a mi cara y golpear mi nariz. Dolía mucho. De repente me olvidé del rechace y me centré en el dolor. Si alguien llegaba, aquello era gol y si aquello era gol, sería, también, el final.
Un pie apareció de repente; era una bota negra, con tacos alineados y medias azules. No me dio tiempo a reaccionar, recé en voz baja y sentí el golpe. De nuevo la pelota en mi rostro y, de nuevo, la intriga en el aire. Se escuchó un sonoro “ooooooh” y un catacrack que nos dejó con el alma helada. Había sangre entre el sudor y las lágrimas. Había un balón despejado y dos chicos, en el suelo, retorciéndose de dolor.
Yo había parado el penalti, el balón había salido rebotado desde mi guante hacia el poste y desde el poste hacia mi cara, Rubio y Luis había peleado el rechace y entre ambos habían golpeado el balón que había hecho un extraño para acabar de nuevo en mi cara y, por un momento, a media altura, lugar desde el que lo despejó Largo de manera defectuosa, de manera que quedó muy en el aire, lugar hacia el que Rusti había saltado para buscarlo con la mala suerte de topar con la cabeza de un rival. El golpe fue brutal, su jugador tuvo una pequeña conmoción, pero Rusti se llevó la peor parte, brecha incluida y pérdida de conciencia.
Se los llevaron rápido al hospitalillo. Nos tocaba jugarnos la clasificación sin nuestro hombre de referencia en ataque y todos intuimos que aquello era, de nuevo, el principio del fin.
Pero, inesperadamente, algo cambió en el estado de ánimo de Luis y, con él, de todo el equipo de La Conserjería. Apocado por el error, dejó de tirar desmarques y dejó que Rubio le ganase todos los duelos. En uno de ellos, nuestro hombre de cierre sacó la pelota con clase y se plantó en la línea de tres cuartos. Abrió hacia el desmarque de Largo y este puso la pelota rasa hacia el interior del área donde apareció Coque para poner el uno a dos. Joder, de repente, había partido.
Nos gritamos a la cara y nos animamos con golpes en la espalda. No, no estaba todo perdido. Empezamos a intuir las pelotas cruzadas, a intuir todos los desmarques rivales y a ganar las segundas jugadas. Tras una de ellas, Gonzo le pegó con el alma desde veinte metros y el balón entró por toda la escuadra. Dos a dos y la sensación, en el alma, de que las tornas habían cambiado.
A ellos dejaron de salirles las cosas y a nosotros comenzó a salirnos todo. Sinceramente, creo que nunca, antes, habíamos jugado como lo hicimos en aquellos últimos quince minutos y, desde luego, nunca volvimos a jugar a así. En alguna ocasión habíamos realizado jugadas precisas y seguimos marcando goles bonitos, pero la facilidad para trenzar fútbol que alcanzamos aquel día ha quedado en la memoria colectiva como algo único.
No sólo marcamos el tercero, sino que también anotamos el cuarto y el quinto. Cuando el árbitro señaló el final del partido estábamos tan desatados que amagamos con una protesta. Queríamos más; pero no por la humillación, sino porque nos estábamos divirtiendo como nunca lo habíamos hecho.
El pueblo estaba alborozado. Nos llovieron las felicitaciones y los pormenores. Ellos, los de la Conserjería, ni se acercaron. Para qué hacerlo. Sabían, como nosotros, que habíamos completado una gesta, pero no lo iban a reconocer. No iban a perder un segundo en hincar la rodilla y rendir pleitesía. Rendirse, más aún fuera que dentro del campo, era de débiles.
Lo que no habían previsto, ni ellos, ni nadie, es que aquella sería su última oportunidad de alcanzar la gloria. La suya y la nuestra. Las nuevas generaciones fueron creciendo y la liga municipal se fue enriqueciendo. A nosotros nos eliminaron en la siguiente ronda. Parecía que, cumplido el objetivo, nos faltaba motivación. Les habíamos bajado los humos a una pandilla de arrogantes y el objetivo de ser campeones, en nuestra cabeza, había pasado a segundo plano. Al menos emocionalmente.
No es que no nos fastidiase la eliminación, desde luego que queríamos ganar el torneo, pero nos faltó tensión y frescura, aparte, claro está, de que el equipo rival tenía una calidad superlativa. No en vano, terminaron siendo campeones. Y no sólo lo hicieron ese año, sino que repitieron durante tres años consecutivos. Fue un cambio de ciclo en toda regla. Nosotros nos hicimos mayores, alcanzamos alguna que otra semifinal, pero jamás volvimos a rozar la gloria. El equipo de la Conserjería se terminó deshaciendo ese mismo verano. Al Negro le fichó un equipo juvenil de División de Honor y a Luis le incorporó en su cantera un equipo grande. Ninguno hizo carrera; al Negro le vieron hace poco como camionero en un bar de carretera, estaba gordo y calvo, aunque seguía manteniendo su característico tono de piel tostado. Luis llegó a jugar en Segunda División B y tuvo su día de gloria cuando se enfrentó a un Primera División y le hizo dos goles en un partido de Copa del Rey. Tuvo su reseña en el periódico y una entrevista de radio en la que habló de la liga municipal. Todo un detalle por su parte.
Siempre fue un buen tipo, la verdad, pero se dejó corromper, de alguna manera, por las malas artes de sus compañeros de barriada. Nunca bajaron los humos y si algo pretendieron, generalmente, fue bajarle los humos a los demás. Uno de ellos, a quien llamaban el chato, ahora es el alcalde del pueblo. Se presentó tres veces y solamente a la tercera, campaña demagógica incluida, consiguió ocupar el sillón. Lleva tres meses investigado por la fiscalía. Y como siempre, no lo está sabiendo asumir. Se ha convertido en el hombre más mediático del país. Tirar de la manta lo llaman.
Lo miro ahora desde el televisor, con mi nostalgia de cuarenta y cinco años, las manos gastadas de trabajar y la mente cansada de tanto imaginar paradas imposibles. Dejé el campeonato hace más de quince años, justo el día en el que me di cuenta de que ya no era capaz ni de intuir los penaltis. Mis compañeros corrieron suerte dispar. Velasco trabaja de encargado en un supermercado, Largo es director de sucursal bancaria, Unamuno se dedica a la enseñanza (no podría hacer otra cosa con semejante apellido), Coque es mecánico en un taller de camiones, Rubio trabaja como administrativo en una multinacional y Tras como administrativo en una gestoría, Gonzo, que siempre fue el más listo de todos, sacó su carrera de ingeniería y ahora gana una pasta como técnico de aeronáutica, y Rusti se ahogó en el mar una tarde de septiembre con el cantábrico picado y los ánimos en todo lo alto.
Hace diez años que nos dejó. Y en conmemoración suya hemos vuelto a quedar, de nuevo, en el bar de siempre. Donde nos tomábamos las cervezas después de los partidos, donde nos reuníamos para analizar los errores y, ya con el cuerpo caliente, conjurarnos para seguir ganando. Pero no siempre se gana. Veo a Gonzo entrar por la puerta y levanto la mano para que me vea. Elegante como ninguno, el porte siempre presente. Observo la foto de Rusti, su compañero en el ataque y pienso qué hubiese sido de él si no se hubiese adentrado en el océano con dos copas de más. Y creo que, en la mayoría de las veces, por más que nos fijemos un objetivo y por más empeño que pongamos por conseguirlo, siempre habrá un factor que provoque que acabemos perdiendo.

lunes, 27 de enero de 2020

El Flaco

Hubo una vez un tipo que nació para cambiar el juego. Con quince años ya era una estrella emergente y con veintiuno presentó credenciales en una final de la Copa de Europa que terminó perdiendo. Cualquier derrota, más allá del dolor, debe servir para forjar cimientos y corregir errores. Aquel equipo, bisoño entonces, creció exponencialmente hasta convertirse en una trituradora humana. ¿El sistema? Le preguntaron; no hay sistema. Y el niño flacucho y con pinta de romperse tras cada control, lideraba a aquel grupo de innovadores que habían empezado a jugar a otra cosa.

Presión alta, defensa adelantada, jugadores que intercambiaban su posición, un hombre libre que era un cuarto centrocampista y un tipo que arrancaba de nueve y jugaba donde le daba la gana. El líder. Aquí se hace lo que yo diga, decía con la mirada y los demás jugaban en sinfonía para que él rematase con el estruendo final. Un regate eléctrico, un pase entre líneas, un gol decisivo. La fascinación fue tal que media Europa se pegó por ver jugar al fenómeno y media Europa sucumbió a las virtudes del niño que puso a Holanda en el mapa futbolístico mundial.

Aquellas redenciones ante los equipos italianos en finales de Copa de Europa, aquel verano alemán que le encumbró aun en la derrota, aquella manera de acabar con los sueños madrileños, aquel primer año en Barcelona donde lo cambió todo para después no cambiar nada. En el haber de Cruyff viven momentos puntuales que condujeron al éxtasis; la distinción, la innovación, el liderazgo. En su debe vive el fracaso prematuro y aquel acomodamiento que le condujo a la cuneta cuando aún tenía todo por ofrecer.

El hambre, ese sustento moral que conduce al futbolista sobre la nube del éxito, le abandonó el día que se supo Dios antes que humano. Cuando perdió aquella final en Munich, aún tenía veintiséis años y todo el fútbol del mundo en sus botas, pero se dejó llevar por la vida, por el éxito y por el ego. Jugó a ser mito en un país de dioses y poco a poco fue apagando su luz mientras su equipo regresaba al hastío y su país regresaba a la derrota. Le quedó un último cartucho, en Rotterdam, dando la mayor lección moral de su vida y demostrando al mundo que los genios no mueren por más que ellos mismos se empeñen en matarse.


miércoles, 22 de enero de 2020

Así fue, así fuimos - Por Manuel Jabois


Volví al Bernabéu después de un año y, acto seguido, a un karaoke después de diez. De este modo en una noche pude rozar de nuevo las partes amputadas de mí mismo por falta de talento y de constancia, aquello que imaginé que algún día sería y que se quedó latiendo, expectante, dentro de mi cuerpo mientras el cuerpo crecía: delantero del Real Madrid e Isabel Pantoja.
La experiencia del fútbol es conocida y más parece un simulador de juego que otra cosa: uno sigue las jugadas como si fuese el atacante, amagando incluso los desmarques, y cuando la pelota llega al área se dan pataditas al aire o saltitos ridículos en pos de una pelota que está en el otro extremo. En el campo, con el olor a césped, la grada gritando y el sonido de golpeo de balón, uno se mete de tal forma en el cuerpo de su jugador preferido que, si lo relevan, también me voy del estadio palmeando a los compañeros de grada y abrazándome, ya en la puerta del estadio, al primer vigilante calvo y francés que encuentre.
Pero el karaoke, ¡ah! El karaoke te arranca los cables del muñeco inservible que creías que eras ante un micrófono y te sirve una oportunidad de demostrar otra vez si el sueño está a tu altura. Es una experiencia devastadora porque uno cantando se esfuerza en hacer emerger al niño que quiere comerse el mundo a voces y saca de los pelos algo parecido a un señor amortizado dando alaridos de auxilio. “¿En serio vas a subir otra vez? No das tregua a la belleza”, dijo mi amigo. Habíamos ido dos parejas en la madrugada de un miércoles de Champions, cuando el karaoke estaba ya vacío y a punto del cierre. Unos elegían canciones de Piratas y yo a Joan Manuel Serrat, Isabel Pantoja y Joaquín Sabina, tres esquinas del cuadrilátero sentimental de un niño cuya infancia transcurrió en los casetes de un 131 Mirafiori.
No sorprendió Pantoja, pues romper el Así fue forma parte de una oscura tradición vampírica, pero sí Mi niñez, esa canción de Serrat que puedo recitar dormido pero jamás me había atrevido a cantar en público. Pedí estar solo (el karaoke estaba vacío, si bien yo me refería al escenario pues es tan común que salte gente al micrófono en los karaokes que yo no sé cómo en Quién sabe dónde no tenían uno) y me puse a cantarla no imitando a Serrat, sino imitando la estrella que yo soñé algún día que iba a ser, antes de quedarse en el camino como todo. Como la vida, que es ir soltando cosas creyéndolas lastre sin sospechar que son las versiones que nunca podrás alcanzar de ti mismo.
Y quizá por eso, esas reflexiones tan histéricas que me empezaron a asaltar en medio de mi sobria ejecución de Mi niñez, la canción no funcionó lo bien que debiera. Nada lo hace, sólo los minutos en los que parece posible no solo cantarla a la perfección, sino haberla escrito. Y quizá esos dos deseos tan grandes como para estrellarse una y otra vez en el ridículo (¿quién no lo hace?, ¿quién no paga con el ridículo el precio de aspirar una vez más a lo que ya no puede ser?), merecen la pena porque queda el consuelo, así lo dije en ese karaoke del que huyeron hasta las ratas cuando empezó mi tema, de que hay canciones que no podemos cantar porque ya las hemos vivido antes. Como Mi niñez.

Publicado en "El País".

viernes, 17 de enero de 2020

Que Viva el Rey

Sobrevive en el gen del ser humano un instinto de supervivencia que le obliga a adaptarse al medio por más que el medio se vuelva salvaje y cruel. En el tiempo de las prisas, de las exigencias y de la necesidad de verse en las portadas del éxito, el dirigente futbolístico ha perdido, no sólo la paciencia, sino también la compostura. De esta manera, se explica esa actitud, tan comprometida con los tiempos que corren, que ha tenido la directiva del Barcelona con su último entrenador antes de despedirlo por los buenos servicios prestados.

Porque Valverde no fue un gato de siete vidas sino que gastó su única oportunidad en Roma y, desde entonces, no fue sino gastando los créditos de una renta ganada por el respeto del vestuario y por el comando obtenido en el campeonato de Liga. El problema, más allá del fútbol, llegó desde la exigencia etérea, porque no sólo contaba con lo que el Barça no podía hacer, sino con todo aquello que su rival sí hizo. Por ello, cualquier campeonato doméstico fue devaluado, cualquier récord de permanencia en el primer puesto fue puesto en duda, cualquier asalto al Bernabéu fue devaluado.

Porque la etapa de Valverde tendrá dos puntos de medición: Roma y Liverpool. Porque a Valverde le esperaban con la soga preparada y el patíbulo lleno de espectadores. Por ello, no resultó extraño a los propios que el tipo fuese vilipendiado después de perder un partido en el que jugó extraordinariamente bien durante más de una hora ¿El problema? La acuciante necesidad de sentirse superior a un sólo equipo en el mundo. Un mes atrás, el Madrid bailó en el Camp Nou y dejó al equipo en cueros en cuanto al juego. Le salvó el resultado, pero no le salvó el día que España rememoraba la lección blanca ante el Valencia en semifinales mientras el Atleti dejaba al Barça sin la final que toda Arabia buscaba.

No hay nada que delate la catadura moral de una persona que las formas utilizadas para llevar a cabo un compromiso. Mientras Valverde regresaba a casa con la moral en el suelo pero la ilusión en las nubes, el Barça llamó a Xavi, llamó a Pochettino y tanteó las posibilidades del entrenador del segundo equipo. Como el Barça no encontraba recambio ni a los postres, Valverde seguía formando parte del club mientras su cabeza pendía del hilo de la última llamada. La urgencia tuvo nombre de Quique Setién y, Valverde hubo de verse en el mercado de abastos como el último mono en un puesto de cacharros.

Tengo gran respeto por la forma de juego que propone Quique Setién. Me parece un tipo que tiene más ego que carácter y que tendrá que adaptar su discurso al de un grupo de millonarios. Tendrá que hacerlos creer, de nuevo, en ellos mismos y saber, sobre todo, que ha caído dentro de una jaula de grillos. Sabemos su faceta como encantador de serpientes, ahora habrá que medir su capacidad para domar leones. La oportunidad, única por el momento y por el club, no es más que un caramelo envenenado ante el que tiene que buscar antídoto. El equipo es líder y pelea por todo. No le quedará otra que mantenerse arriba y no dejarse eliminar en Champions. La exigencia es esa, es el Barça y si no cumple ya sabe como allí se las gastan. Patada en el culo, ningún agradecimiento y, si el Rey ha muerto, pues que viva el Rey.

martes, 14 de enero de 2020

El pájaro

Es extraña la capacidad de algunos futbolistas para adecuarse en un entorno, generalmente, seducidos por la falda corta de la sencillez, son muchos los que destacan en equipos menores sin ser capaces de dar el salto cuantitativo porque para ellos, la exigencia no pasa más allá de los meros objetivos. Nada que reprochar, la historia de cada club está llena de auténticos héroes que hicieron carrera en casa o tuvieron que regresar a ella cuando fueron conscientes de que sus capacidades, tanto mentales como competitivas, no casaban con las máximas exigencias.

Otros, sin embargo, quizá los menos, han seguido el camino opuesto sin demasiados traumas. De haber fracasado en su intento de consolidación, han dado el paso al frente con la seguridad de los que saben que las puertas se derriban con aplomo y, sobre todo, con constancia. En este lugar, ningún ámbito ha sido históricamente tan particular como el Real Madrid. Trufado, históricamente, por los mejores talentos que han visto los tiempos, sus espectadores, más ávidos por el mordisco que por la degustación, han encumbrado a tipos que, en principio, parecían de lo más improbables.

Así, entre la omnipresencia de Di Stéfano, la genialidad de Amancio o la asombrosa improvisación de Juanito, sobrevivieron, durante décadas, el trabajo de Zárraga, la incansable consistencia de Pirri o la pierna constante de Camacho. Del Bosque tuvo a su Stielike, La Quinta a su Chendo y hasta los galácticos gozaron del favor de Makelele para que pudiesen flotar mientras él corría. En este Madrid de nuevo cuño ha aparecido un tipo que sube y baja con la cabeza flotante y las piernas incansables y que ha dotado de oxígeno a un centro del campo que respira fútbol desde el vestuario.

La improbabilidad de Fede Valverde radica en su pasado más reciente. Cedido al Deportivo La Coruña hace un par de temporadas, no sólo no fue capaz de derribar la puerta sino que se mostró como un futbolista tímido y sin radio de acción. Le pudo el debut en la élite y le pudo, sobre todo, la desidia de un equipo que caía en barrena hacia el pozo. Con esa carta de presentación no parecía que el Real Madrid tuviese un futbolista apto para su primera plantilla, pero el tiempo, la paciencia y la recuperación anímica del equipo han dado con un futbolista brillante que no sólo brilla sino que hace brillar a todos sus compañeros.

Se adivina en Valverde un despliegue físico que, a simple vista, parece improbable en un jugador de aspecto tan liviano, pero no sólo tiene físico sino que muestra una potencia en la conducción capaz de romper líneas al enemigo. Le apodaron "pajarito" porque, de pequeño, volaba por el campo. De mayor, con mayores alas y mayor rango de alcance en el vuelo, el pajarito es todo un pájaro rapaz que, garras mediante, roba pelotas y las conduce, en vuelo rasante, hacia las inmediaciones del área contraria.

jueves, 9 de enero de 2020

Alma y escudo

Sobrevive en el Real Madrid un áurea de orgullo que lo ha colocado en la cima del mundo y que sirve como gancho guía cada vez que la montaña se derrumba. No existe más drama que el presente y no existe más obligación que el pasado, por ello, más allá de los lamentos existen las aventuras y los renacimientos. A rey muerto, rey puesto, a montaña erosionada, un nuevo Everest.

Los análisis tremendistas en el Madrid no son sino la consecuencia de un devenir histórico marcado por la exigencia. No valen los segundos puestos, no valen las derrotas y, últimamente, ni siquiera valen ya los empates. Por ello, cuando son conscientes de que no siempre se gana y que el deporte es un juego donde la competición aúna hambre con ganas de comer, es cuando, de bruces en el suelo, vuelven a buscar la puerta de salida en el fondo del garito.

Tomar aire, respirar y llenar la cartera de nuevo para pagar nuevas copas. Siempre el más rico del baile, el Madrid se ha acostumbrado al caviar y al champagne francés, pese a ello, cuando las circunstancias indican una contradicción, es cuando suelen levantar la testa, reivindicarse por su propio nombre y tirar de alma y escudo, porque la tradición no se gana en un año y el respeto no se gana en menos de una vida.

La primera temporada post Ronaldo fue tan dramática que el equipo se descompuso cuando fue consciente de que no era capaz de dominar los partidos en el área rival. Acostumbrado a encontrar el oasis en cualquier desierto, fueron muriendo de sed hasta verse despojados de su corona de campeón. Perdió la identidad en Europa y lo perdió todo. Ante la tragedia sólo quedaba redimirse y ante el lamento sólo quedaba reinventarse.

Tiene Zidane varios méritos en su haber, pero ninguno se realza como el de saber levantar al equipo de sus peores siestas. Lo hizo la vez primera y lo ha hecho de nuevo después de verse abocado a sendas transiciones que pusieron a la afición de uñas y al club patas arriba. Puede que el tipo no sea un gran estratega (es lo que dicen), o que no sea un gran lector de partidos (es lo que opinan), pero el trabajo psicológico que ha realizado (y ha repetido) con el equipo está a la altura de los mejores motivadores. Porque más allá del fútbol, que lo tiene, y de la calidad, que le sobra, el Madrid tiene hoy alma y, sobre todo, ha puesto el escudo por encima de todas las propuestas. Y cuando el Madrid juega con alma y escudo es como un tercio de infantería cargando a muerte sobre su rival. Sálvese quien pueda.