miércoles, 16 de agosto de 2017

La edad de los excesos

Los 90 fueron los años de la alegría y del todo vale. Ningún país tan dispar como Italia pudo haber sido la cuna perfecta del blanqueo y la especulación. Ante la llamada del dinero fácil, grandes empresas surgidas de la nada se convirtieron en imperios todopoderosos y que mejor lugar común que el fútbol para marcar músculo y repartir felicidad. 

A la sombra de la improbable Parmalat, creció un equipo que, de la noche a la mañana pasó de pequeño a gigante. En aquel Parma jugaban campeones del mundo, grandes promesas y firmes candidatos al balón de oro. Todo era felicidad durante el año aunque en el momento decisivo el equipo no terminase de dar el paso definitivo. Con un par de Uefas y una Recopa en su palmarés, el Parma, como outsider imperfecto, no terminaba de dar el paso definitivo en el Scudetto, siempre por detrás de la Juventus o el Milan de turno. 

Algo parecido le ocurriría a Hernán Crespo. Técnico, veloz, coordinado y trabajador como pocos, se veía siempre relegado por el eficiente Batistuta en el corazón de los argentinos. Por todo ello, cada enfrentamiento ante un gigante significaba, para Parma en general, y para Crespo en particular, un momento idóneo para la reivindicación. Nada podía hacer más felices a los parmesanos que ver como una contra desarbolaba al mejor equipo del mundo y como su delantero estrella, Valdanito Crespo, rompía en añicos la cintura del gran Ciro Ferrara.

martes, 4 de julio de 2017

El cambio alemán

Aprender a perder es el paso primordial a la hora del regenerarse en el aprendizaje. Uno cree siempre saber hacia dónde va, pero muchas veces olvida de donde viene. Bien por comodidad o bien por altivez, solemos renunciar al aprendizaje por el mero hecho de sabernos poseedores de la fórmula mágica. Si algo funciona para qué cambiarlo, nos dicen. Y así, mientras vamos azotando el aire con nuestros palos de ciego, tardamos demasiado tiempo en comprobar como quienes sí han hecho... los deberes terminan por adelantarnos y proyectarnos con un severo golpe en la cabeza.

Por ello, contar con un plan alternativo, no solamente supone una ventaja contra el conformismo, sino que nos sitúa dos pasos por delante de nuestros enemigos a la hora de encarar futuras afrentas. Algo así debió pensar Joachin Low después de ser vencido por España en sus últimos enfrentamientos trascendentales. El estilo, ese librillo tan saludable al que recurrir en caso de emergencia, no sólo sitúa a los mejores en perspectiva sino que los encumbra en el largometraje de la memoria.

Cuando había perdido todo atisbo de esperanza, cuando las derrotas se hacían eco en la llaga del orgullo y cuando creyeron que mirar atrás era de valientes, fue cuando Alemania dejó de ser Alemania. Y entonces recuperaron la esperanza, y las derrotas hicieron eco en la cicatriz del orgullo y, para ser valientes, miraron hacia adelante. Y España, ese conjunto de pequeños magos y disidentes del contragolpe, se convirtió en un ejemplo, no solamente a admirar, sino también a imitar. Y los laterales empezaron a sentirse centrocampistas, y los defensores sacaban el balón como laterales, y los centrocampistas cambiaron el choque y la conducción por el pase y el desmarque y los delanteros, más dispuestos al juego que al mero resultado proporcional, se vistieron de gala para culminar un estilo que había roto con los cánones de la austeridad.

Y así, mientras ganaron un mundial ajeno después de perder el propio, y tras atisbar un magnífico porvenir en una injusta semifinal parisina, la Mannschaft ha regresado a la gloria en un verano de entreguerras arrebatándole un sueño juvenil a España y un sueño confederado a Chile. Y es que para ganar, no siempre sirve la tradición, pero casi siempre servirá el estilo.

viernes, 26 de mayo de 2017

El equipo por encima del método

La capacidad para asombrar es el recurso exclusivo de los que cuentan con la capacidad de generar
magia. El talento, el trabajo y, sobre todo, el genio, son elementos diferenciadores a la hora de distinguir a los muy buenos de los mejores. Existen en el mundo un ramillete de grandes equipos pero solamente uno, el Real Madrid, ha conseguido alcanzar, a base de inversión y cierta dosis de trabajo, esa excelencia irredenta que lo ha convertido en el mejor equipo del mundo. Un Dream Team en toda la extensión de la palabra contra el que nadie puede competir fuera del campo pero que, en el mismo, sigue ganando batallas gracias a sus dosis de talento y, por qué no, un poquito de suerte.

Y es que, más allá, de la búsqueda infinita, es posible que no exista el equipo pluscuamperfecto. Es por ello que la Juve, próximo rival del Madrid en su camino hacia la leyenda infinita, cuente con el derecho propio, adquirido gracias a un bloque sólido y un ramillete de títulos, a soñar con lo muchos creen considerar como imposible. Porque, aunque en el cuerpo a cuerpo, es posible que los italianos salgan perdiendo, es el valor de la estrategia y la táctica donde puede jugar su carta ganadora.

La Juve ya no es el típico equipo italiano al uso porque, más allá de los tópicos, ya casi no existen los equipos italianos al uso. Desde que el país refundó su fútbol, sus instituciones y su estilo, en Italia se juega un fútbol más divertido y más extemporáneo. Es cierto que muchos equipos carecen de ese rigor táctico que les caracterizó en el pasado, pero este fútbol sin corsés es mucho más lícito y, sobre todo, está sirviendo para que el Calcio vaya creciendo exponencialmente en materia competitiva. Son muchos los que piensan que la Juventus se está paseando en su campeonato año tras año, pero más allá de logro, pervive un trabajo intenso con el que el equipo bianconero sobrevive en lo más alto salvando trampas y quebrantando emboscadas.

Y es aquí donde sobresale la figura de Massimiliano Allegri. Tras la marcha de Conte, muchos temieron al vacío y a la desazón. Pero lo que hizo la directiva juventina fue mover ficha de la manera más inteligente. Para ponderar la figura de Allegri, hace falta viajar unos años atrás en el tiempo. El trece de diciembre de 2011 un Milan en pleno proceso de autodestrucción deportiva, visitaba el Camp Nou para dirimir un duelo, en principio desigual, ante el mejor equipo del planeta. Aquel Barça, liderado por Xavi y coronado por Messi, era una máquina casi perfecta que ganaba por confección y por convicción. Lo que encontró aquel día, ante un equipo venido a menos, fue una tela de araña que terminó por ahogarle. No fue la primera vez que aquel Barça se atragantó ante el Milan en aquella temporada. En el segundo partido del grupo, el Barça tuvo que tirar de arrestos para levantar un partido que se le había puesto a cara de perro y en el cruce de cuartos de final, necesitó de dos penaltis para derribar el muro que había diseñado Allegri. De alguna manera, y sin que el mundo casi no se hubiese dado cuenta, el entrenador italiano había conseguido el antídoto para detener al mejor equipo de la última década. Si Mourinho logró aquella liga fue porque, más allá del método, contaba con los jugadores ideales para conseguirlo.

Es posible que la Juve eche de menos algunos aspectos del método Conte. Es posible que el ex futbolista del equipo sea tipo más metódico y experto en el trabajo anímico, pero nadie puede poner en duda el valor estratégico de Allegri. Un tipo que estudia cada enfrentamiento como una partida de ajedrez y que sitúa sus piezas en el tablero de una manera casi perfecta. El hombre que ha conseguido que el equipo sobreviva a la marcha de sus tres centrocampistas emblema; Pirlo, Vidal y Pogba, y haya sabido recomponer el sistema con jugadores tan dispares como Pjanic, Khedira y Cuadrado. Algo que habla de la versatilidad de su trabajo; el equipo por encima del método y los jugadores por encima de las necesidades. La mala noticia para el Real Madrid es que ya sabe que tendrá que jugar muy bien para ganar la final. La funesta para la Juve es que ya sabe que cuando el Madrid de Zidane ha buscado la excelencia, generalmente la ha encontrado.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Y entonces el Atleti dijo no

Todo se había puesto de cara. El ambiente, el marcador, la fe y hasta la congoja del rival. Los platos estaban puestos sobre la mesa, solamente faltaba degustar el banquete y entonces, como un chiquillo que se aburre de su juguete favorito, el Atleti dijo que no, que cambiaba de juego y que, además, no le apetecía sentarse a cenar. Y entonces regaló el balón, y traspasó la fe a su rival, y apareció Isco, y se acabaron los sueños. Por un momento, sólo por un momento, más de un...o nos vimos de pie en lo más alto de una cima llena de sueños. Nos han vuelto a eliminar. Si tiras de lógica, es sensato reconocer que ha sido hasta lo más lógico; son mejores, tienes más recursos, más poder y más pegada. Pero más allá de reconocimientos y felicitaciones, joder, qué bonito ha sido soñar aunque solo haya sido durante un rato. Qué bonito es sentirse orgulloso de tu equipo de fútbol aun cuando no ha conseguido el objetivo. Muchos buscan ganar. Es lógico. Es hermoso y gratificante. Es hasta extasiante. Pero más allá del logro final, somos muchos los que pedimos a nuestro equipo que no caiga, que siga en pie y que compita. El gol se compra con dinero y las copas se ganan con talento, pero el orgullo tiene un precio tan barato que a veces hasta causa sonrojo perderlo. Nos han vuelto a apear del camino y sin embargo lo sigo manteniendo. Hemos sido eliminados y sin embargo me voy a la cama sin una lágrima.

martes, 9 de mayo de 2017

La quintaesencia

La energía tiende a fluir. Se sostiene sobre la naturaleza y sin lógica alguna se va desparramando por el cosmos de tal manera que nos permite sobrevivir agarrados a su condición desprogramada. La materia, más allá de las causalidades, se distingue por su condición alimentadora. Tierra, agua, fuego y aire. Hubo quien quiso descubrir un quinto elemento, una quinta forma de materia que, convertida en energía, sería capaz de responder a muchas de las preguntas sobre el universo.

Cuando Kevin Keegan abandonó Liverpool, todos los que habían contemplado, gozosos, el ascenso imparable del equipo, quedaron desolados. Se marchaba el principal motor, el hombre que convertía en oro los contragolpes y el pilar sobre el que se sustentaban las aceleraciones finales. Un alquimista impaciente que decidió marcharse a Alemania para dar un empuje a un fútbol que amenazaba con conquistarlo todo una vez más. Pero más allá de la materia, perduraba la energía. Desde Glasgow, como un gaitero celta ávido de güisqui y cerveza de malta, llegó el tipo que cambiaría para siempre el rumbo del club.

Kenny Dalglish no sólo era rápido y hábil, sino que era listo. El Liverpool perdió un referente en ataque pero ganó un delantero con alma de centrocampista. Combinaba con frenesí en el centro del campo, peleaba cada pelota como si fuese el último premio del mundo y dibujaba definiciones magistrales en cada aparición en el área. Suyo fue el gol que le dio al equipo la primera Copa de Europa. Suyos fueron siendo los goles que fueron encumbrando al Liverpool como el mejor equipo del mundo y de sus botas nació la energía necesaria para convertir a los reds en una tormenta perfecta de tierra, agua, fuego y aire. Más allá de los elementos, la gente se agarraba el tipo que les hizo soñar en grande porque suya fue la gran responsabilidad de liderar a un grupo de grandes futbolistas. Neal, Kennedy, Souness, Rush, Case y Highway le buscaban porque él era la materia oscura sobre la que gravitaba aquel universo. La quintaesencia.


lunes, 8 de mayo de 2017

El pie derecho de Dios

Para jugar bien al fútbol hay que contar con varias e imprescindibles cualidades. A los mejores se les exige a medida que van aportando soluciones sencillas ante problemas complejos. Los buenos de verdad saben pensar y jugar y hay muchos que con algún buen recurso ejecutado a la perfección son capaces de hacerse un hueco en la élite. Un buen pie, una visión periférica y el esfuerzo denodado de quien no se siente inferior al resto fueron recursos más que suficientes para convertir a David Beckham en un estupendo jugador de fútbol. Muchos, con esa tácita memoria que nos convierte a veces en esclavos de nuestras mentiras, quieren recordar a Beckham como el futbolista que servía goles desde la banda y clavaba en las escuadras los lanzamientos de falta, pero realmente el icono inglés del siglo XXI fue mucho más que un tipo con un buen pie. Sabía recorrer el campo de punta a punta ofreciendo esfuerzo y solidaridad. Sabía jugar siempre con el compañero mejor colocado y, sobre todo, sabía encontrar el espacio ideal en las inmediaciones de la portería contraria.

No son pocos los madridistas que conservan en formol, dentro de su memoria, aquella noche en Old Trafford en la que el Real Madrid, después de varios vaivenes, se reencontró consigo mismo en un partido en el que todo lo que tenía que salir bien le salió bien. Pero son pocos los que recuerdan que, regate de tacón de Redondo aparte, el auténtico golazo del partido lo anotó ese tipo de mirada fruncida, sonrisa perfecta y cabeza rapada que regresaba a Preston en cada cruce, levantaba los “oooh” en cada centro y seguía soñando con ser el mejor en cada disparo a portería.


miércoles, 3 de mayo de 2017

El chico que dio la puntilla

Las instantáneas eternas son aquellas que quedan reflejadas en la memoria colectiva. Son esas señas de identidad que definen a ciertas personas y detallan el sentimiento de ciertos personajes. Son esos momentos esotéricos a los que la gente se apunta y gusta de decir "yo estuve allí" porque muchas veces la historia es irrepetible y no da una segunda oportunidad de volver a sentirla.

Los gestos más icónicos, por conceptuales, son aquellos que pasan el tamiz del tiempo y se colectivizan en la liturgia. El primer conato de arrebato lo arrancó Piqué desde el sentimiento el día que levanto la mano al cielo y le dijo a la afición rival que sí, que lo habían vuelto a conseguir y habían vuelto a anotarle cinco goles que dolían como cinco puñales en el corazón del madridismo. Desde entonces hasta aquí, el Madrid aprendió a combatirle al Barça cerrándole los espacios y Piqué tuvo que buscar en las redes sociales su lugar común para deshojar las margaritas sentimentales. Pero de aquel día, más allá del baño memorable y la palma de la mano girando sobre una muñeca encendida, quedó la imagen de un chico en carrera frenética contra el córner celebrando lo que sería, a la postre, su última gran aparición a nivel internacional.

Jeffren Suárez era un niño de ascendencia venezolana que había aprendido a jugar al balón en un descampado de las Islas Canarias. Asombrados por su velocidad y su finísimo regate, los ojeadores de los grandes equipos de la liga no tardaron en tender sus redes pero finalmente fue el Barcelona quien pescó en río revuelto. En la Masía fue quemando etapas hasta asentarse como titular en el equipo filial. Fue entonces cuando le llegó la gran oportunidad. En un equipo cuyo mecanismo funcionaba con la precisión de un reloj suízo, la aparición de cualquier extremo rápido y con sentido del juego era acogida con cariño por el resto del plantel porque la consigna seguía siendo la misma. Los laterales apretaban, el mediocentro iniciaba y los interiores ponían la pelota en el lugar exacto. Alves, Xavi, Busquets, Iniesta y Abidal. Cinco tipos con cerebro de director y pies de artista que empujaban al equipo rival hasta ponerlo de espalda a su propia portería. Como un grupo condenado ante el pelotón de fusilamiento.

 La sublimación de aquel equipo se finalizó el día que le anotaron cinco goles a su máximo rival y consiguieron dejar a Mourinho con la boca cerrada y las ganas de vengarse bien sujetas en la solapa. Aquella noche, mientras el público jaleaba su entusiasmo ante el soberbio recital de fútbol, Guardiola dio entrada a Jeffren para hacerle partícipe de una fiesta con muy pocos precedentes. El chico, ansioso por agradar y ávido por sumarse al festín, encontró el área en un desmarque de ruptura y vació el quinto gol contra las mallas de un Casillas que, durante horas, hubo de quedarse cariacontecido mientras intentaba analizar los errores que le habían llevado a una de sus peores noches como guardameta.

Aquel estruendo en el Camp Nou fue silenciándose en la memoria de Jeffren a medida que tiempo fue siendo cruel carcelero de sus ilusiones. Buscó una salida para tomar empuje y creyó que en Lisboa todos le adorarían como la perla azulgrana que, realmente, jamás consiguió ser. Allí había vivido a la sombra de Pedro y aquí habría de vivir ante la sombra de su propio pasado. Terminó decepcionando tanto que buscó una cesión en el Valladolid y en Pucela volvió a visitar el fondo del pozo y soñando más con vivir que con triunfar del fútbol busca su penúltima salida en la segunda división belga. Los designios
son así de duros; un día estás en la punta del iceberg y cuando quieres despertar te has hundido con todos tus sueños. A Jeffren le quedará el regusto eterno de haberse sabido protagonista ante los ojos del mundo de una de las noches más mágicas en la historia reciente del fútbol.




martes, 2 de mayo de 2017

Volver a levantarse

El dolor se expresa con lágrimas, con fuego en la garganta, con un silencio frustrante, con un gesto de incoherencia, con una patada al aire, una caricia en el alma, una ensoñación interrumpida. La rabia se expresa sin argumentos, sin frenesí, sin raciocinio, sin silencios. La rabia es un gol en el último minuto, un fuera de juego no pitado, un penalti fallado, una expulsión innecesaria. El dolor no se agarra a nada porque busca una coartada y no encuentra más que la verdad. Toca volver a llorar, toca volver a ver esa asquerosa sonrisa de superioridad. Toca volver a asumir que no estuvimos a la altura. O asumir que quizá esta no es nuestra altura. Y toca, otra vez, volver a levantarse.

jueves, 6 de abril de 2017

El verdadero valor del logro

Regenerarse es un ejercicio demasiado complejo como para tratarlo como una banalidad. Muchas veces alcanzamos el éxito e incluso la excelencia y no nos proponemos mirar hacia otro lado porque la felicidad nos impide mirar más allá de nuestro ombligo. Pero en este mundo globalizado en el que el fútbol se ha convertido en el aparato de poder de mercaderes y operadores de cable, el mejor postor, al final, termina por llevarse a las piezas más codiciadas.

Resulta complicado, pues, para equipos cuyo lugar en la élite es más circunstancial que perenne, conseguir encauzar un ciclo ganador y saber superar las crisis con el ánimo de quien se sabe poderoso. Los cambios son traumáticos y si conllevan una revolución, aunque sea por obligación, lo son mucho más. No sólo no es fácil llegar, lo realmente difícil es mantenerse.

Durante meses nos hablaron del Sevilla como el adalid del fútbol moderno. Un equipo vigoroso, pleno de entusiasmo y con un entrenador con vocación ofensiva. Los mimbres, en principio, sonaban de manera excelente. Tocaban tambores de guerra y el Sánchez Pizjuán era un fortín. No sólo eso, sino que el equipo recuperó algo que había perdido durante sus últimas temporadas; la fiabilidad en los partidos de fuera de casa. Lo que ocurría, más allá de los augurios, es que el equipo, aparte de un buen grupo, era un compendio de futbolistas que jamás se habían visto en vicisitudes similares.

El Sevilla sigue siendo un muy buen equipo más allá de las caídas competitivas. Sus futbolistas son excelentes, su entrenador sigue siendo el mismo loco feliz que aplaudíamos en diciembre y sus aspiraciones, más allá de boutades fuera de contexto, siguen siendo las mismas con las que comenzó la temporada. A estas alturas no está ni más cerca ni más lejos de lo que debería estar; en cuarta posición y a tres puntos de la tercera ¿Qué ha ocurrido, pues, para que hayan saltado las alarmas en torno al Sevilla? Más allá de la realidad, ha ocurrido lo de siempre; la alta expectativa que se genera en torno a los resultados y el optimismo exacerbado implícito en la misma.

Pero la realidad es mucho más dura que la expectación. La realidad es que, Real Madrid y Barcelona aparte, a cualquier equipo de la liga le resulta extremadamente difícil mantener una regularidad de nueve meses por más ilusión que pongan en el empeño. Porque es una liga de dos poderosos que gobiernan con puño de hierro, que debilitan las plantillas de los demás fichando sus mejores jugadores y porque, gracias a ello, mantienen, año a año, dos auténticos All Star en liza con los que saber y poder competir durante toda una temporada. La caída del Sevilla durante el último mes no tiene por qué hablar mal de su plantilla y de su entrenador. Estar cuarto y con aspiraciones de ser tercero a ocho jornadas del final es una posición excelente vista con perspectiva. Si algo pone en valor, sobre todo, es el extraordinario mérito de la liga ganada por el Atleti hace tres años. Porque subirse a la barba de Atila y Alarico no sólo no es fácil siendo un simple guerrillero, es una hazaña de valía colosal.

martes, 4 de abril de 2017

La victoria del cruyffismo

El Barça ha sido durante muchos años un club a la deriva, rodeado de una masa social con un pesimismo recalcitrante y con tantos complejos que no era capaz de mirar hacia el frente y buscar las ciento una oportunidades que tenía frente a sus ojos. En sus dos mayores agonías, un tipo huesudo, de mirada intuitiva y andares chulescos llegó a la ciudad para salvar la catástrofe. Primero llegó como jugador y abrió los ojos al aficionado. La segunda vez lo hizo como entrenador e instauró un monumento en el Camp Nou. Porque aquella manera de jugar el fútbol se convirtió en una patente tan particular que, durante años, no hubo equipo capaz de imitar el estilo.

La revolución iniciada por Cruyff se explica mejor desde la derrota que desde la victoria. Hoy todos los clásicos mencionan al Ajax de los setenta y el cero a cinco en el Bernabéu como los principales puntos de inflexión del fútbol en general, primero y, segundo, del Barcelona en particular. Pero el camino se inicia el mismo día que Alemania le gana la final de la Copa del Mundo a Holanda y el planeta termina de soñar con utopías.

El modelo de fútbol total holandés fue engullido por un grupo de alemanes que, justo ese año, empezaron a dominar la Copa de Europa. En el setenta y ocho, la aguerrida argentina volvió a vencer a Holanda justo en el momento en el que el fútbol británico, tan directo y emocional, empezó a dominar el continente. Cuando la década de los ochenta llegaba a su fin, y los equipos italianos se habían apoderado del fútbol convirtiéndolo en un aburrido ejercicio sin lugar a la improvisación, no quedaba ningún vestigio de aquella revolución que había comenzado en Amsterdam un par de décadas antes.

Para entender el Cruyffismo, habremos de situarnos en una de las fechas claves de la historia del fútbol moderno. Una simple final de Copa podría haberlo cambiado todo. El presidente Núñez había llegado a un acuerdo para el regreso de Venables y la cabeza de Cruyff, ya entrenador del Barcelona, pedía del hilo del resultado. Una derrota en aquel partido contra el Madrid, y el holandés regresaría a casa como un loco iluminado que fracasó en el intento. Y aquel no era un Madrid cualquiera, era el mismo equipo que había arrasado en la liga anotando ciento siete goles e igualando el récord de cinco ligas ganadas de manera consecutiva. Prácticamente invencible en España.

El resultado final de aquel partido ha quedado en el tiempo como una mera anécdota comparado con las consecuencias del mismo. El Barcelona no solamente ganó un título, sino que ganó un estilo. Cruyff se mantuvo en el banquillo e impuso un magisterio que aún, a día de hoy, impera en el libro de estilo del Fútbol Club Barcelona. Un estilo al que agarrarse en los malos momentos, un estilo que pasa por la circulación del balón, la apertura del campo y la presión alta. Un estilo que ha convertido al Barça en el club más reconocible a nivel mundial.

Pero el camino hacia la excelencia no fue fácil. Mientras el Barça plasmaba en el césped una manera de ver el fútbol menos superficial de lo que estábamos acostumbrados a ver, en las grandes competiciones, los rudos alemanes y los precavidos italianos seguían dominando el fútbol. Para colmo de males, el tradicionalmente exquisito Brasil vulgarizó su juego y aquel paso atrás le sirvió para ganar su cuarto campeonato mundial. Como para no creer en el juego de precaución y choque. Mientras Barcelona se convertía en la aldea de Astérix, el fútbol mundial viraba hacia un lugar muy efectivo pero mucho más antipático.

El equilibrio, ese grial tan deseado por miles de entrenadores a lo largo de la historia, para Cruyff significaba tener la pelota. Para ello, apostó por un tipo de jugador que estaba en las antípodas de lo moderno. El tipo pequeño, liviano, con el centro de gravedad bajo que utilizaba la cabeza antes que el cuerpo y ejecutaba lo que le pedía la inteligencia antes de lo que le pedía el corazón. Todo era cuestión de pensar. De saber pensar.

Bajo la premisa de la técnica y la inteligencia antes que el físico, llegaron a la Masía chicos como Iniesta, Cesc o Messi. Pero antes que ellos ya había llegado Xavi. Xavi era, sin saberlo, el más cruyffista de todos los futbolistas. Su batalla, como la de Cruyff, fue la más dura de librar. Cuando subió al primer equipo, el reinado de Guardiola languidecía y todos le señalaron como el nuevo cacique del centro del campo. Con unas condiciones técnicas más dotadas para la libertad que para la sujeción, Xavi sufrió en sus carnes la ira de los predicadores. Ni tenía el físico ni las condiciones para jugar como pivote y, sin embargo, en cada partido se dejaba el alma, daba un clínic con la pelota e intentaba esconder sus defectos con una mal entendida capacidad de sufrimiento.

Las entreguerras nunca fueron un periodo fructífero para el Barça, pero terminan siendo positivas porque le obligan a mirar atrás. Y atrás está Cruyff. Está el estilo. Y Xavi era el alma de ese estilo. Entenderlo solamente era cuestión de encontrar a la persona adecuada. Rijkaard dotó al Barça de ese equilibrio cruyffista del que adoleció durante un lustro e hizo regresar el fútbol por la puerta grande al Camp Nou. Lo que reinició Rijkaard lo sublimizó Guardiola y raramente se hubiese entendido dicha sublimación sin la presencia en el equipo del pequeño Xavi Hernández.

La revolución de los pequeños condujo a la selección española a un cambio de estilo y mentalidad. Dirigidos por el ya consagrado Xavi, una maravillosa sinfonía integrada por tipos antes improbables como Iniesta, Cesc, Cazorla, Mata, Pedro, Silva y Navas, entre otros, consiguieron hacer realidad los sueños imposibles del aficionado español. España no solamente fue campeona de Europa y del mundo, lo fue con un fútbol tan espectacular que enseñó al resto del mundo que aquello que pintaban como una bicoca; lo de jugar bien y ganar, era posible.

Esa España no hubiese sido posible sin Cruyff. Él sentó las bases de un fútbol que, aunque nos parecía quimérico, se convirtió en una seña de identidad. Primero en Barcelona, después en España y, seguidamente, en el resto del mundo. Cuando Alemania perdió frente a España la final de la Eurocopa de 2008, Joachim Low supo que aquel era el estilo a imitar. Durante años el fútbol se había empeñado en el choque y continuación. Un estilo muy respetable. Hubo entrenadores que quisieron imponer la belleza, pero se dieron de golpe contra el pragmatismo. Les llamaban soñadores y románticos. Como si soñar con el romanticismo fuese pecado. Pero cuando los profetas de lo aburrido dejaron de ganar, volvieron la vista hacia lo bello y cayeron en la cuenta de que la funcionalidad no debía estar reñida con la estética.

Entonces, la Alemania que durante años había vivido de la segunda jugada, la que competía cada parcela del centro del campo con un puñado de músculo, la que anotaba un gol tras cada bostezo, la que había ganado a Holanda la final de 1974, se convirtió en campeón del mundo tratando la pelota como si fuese un tesoro, dejando para la historia un uno a siete a Brasil en su propia casa que se convertirá, por derecho, en uno de los tesoros de la Copa del mundo. Díganme ustedes si eso no es una victoria del Cruyffismo.