jueves, 8 de noviembre de 2018

Cosa de egos

En el juego de egos el talento suele promulgar su crédito, pero la suerte, en ocasiones, es un factor intrínseco que, caprichoso por naturaleza, termina de desvirtuar una balanza que, a priori, creíamos inclinada hacia el lado más lógico. Ocurre, en ocasiones, que la desesperanza, mezclada con la necesidad, convierte a los hombres en temerarios y es cuando no tienen nada que perder, en ese momento en el que dejan de temerle a derrota, cuando desarropan sus sentidos y aparcan el miedo para lanzarse hacia la gesta.

Durante ochenta minutos, los que fueron desde el pitido inicial hasta que la Juve concedió una falta innecesaria en el borde del área, los italianos fueron superiores a un United que se conformaba con que los minutos pasasen sin obtener ningún rasguño. Fueron varias las veces en las que la Juventus pudo haberse adelantado, pero los grandes escenarios siempre esperan los mejores goles. La Juve, con Cristiano, ha ganado en gol, pero con el regreso de Bonucci ha recuperado una jugada que, durante años, practicó a la perfección, la de los balones largos del defensor italiano a la espalda de la zaga contraria.

Huelga decir que el centro de Bonucci era excelente, pero que Cristiano lo convirtió en magistral. Bastó mirar la pelota un segundo en carrera, acomodar el cuerpo y saber el momento exacto en el que el balón iba a caer en sus pies. Fue un golazo en toda regla, de los mejores que le he visto marcar. Puro talento. El chico, como si estuviese en la oficina, lejos de volverse loco, corrió hacia el fondo para presumir de abdomen. Cosa de egos.

Cuando todo está perdido, la desesperación nos conduce al frenesí. No pensamos en el plausibe dolor que puede acontecer tras la derrota y, apretamos los dientes porque nos conduce la rabia y, ante todo, el orgullo. Sucedió que el United tenía un pie fuera de la competición y que la derrota le mandaba, un año más, al abismo de la duda. Sucedió que empató y se lo creyó y sucedió también, que la Juve, aparte del mejor goleador, ha perdido al mejor portero. Demasiados sucesos como para no tenerlos en cuenta. Demasiados análisis para un partido que debería haber tenido un sólo ganador y terminó con Mourinho celebrando su gesta particular con la mano en el oído. Pidiendo cuentas, una vez más, después de la victoria. Cosa de egos.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

La parada del autobús

Las comparaciones, tan odiosas como letales, suelen situar a los futbolistas en un lugar de partida tan adelantado que no saben en qué momento deben mirar atrás. Los listones, tan altos como lo dictan las expectativas, se convierten en escollos y, cuando aparecen los primeros fallos, no sabemos perdonar el error porque, para nosotros, el aprendizaje ya viene de serie.

Son muchas las historias de chicos que se iban a comer el mundo y terminaron engullidos por la responsabilidad. La de Josh McEachran no es sino una historia más en la leyenda negra de los tipos que quisieron ser leyenda y hubieron de vivir acostumbrándose a ser, simplemente, buenos futbolistas.

Porque la excelencia es un lugar donde sólo habitan los elegidos y donde solo aguantan los decididos. La virtud, más allá de llegar, consiste en aguantar el pulso y en saber que el fútbol, además de un juego, se ha convertido en una competición de presiones donde el más fuerte se come la tostada. McEachran era talentoso, descarado y vistoso; a priori, el futbolista ideal sobre el que depositar la esperanza de una entrada, el jugador sobre el que soñar un futuro perfecto.

Lampard le ponderó, Ancelotti le fue dando cancha y la prensa, tan ávida de ídolos como quien busca un nuevo pedazo de carroña, lo situó en el altar de las futuras glorias. Pero el talento, sin físico, no es más que un soplo en mitad de un vendaval. El fútbol a mil por hora del nuevo siglo terminó devorando sus expectativas y el chico voló de casa para enfrascarse en pequeños proyectos en los que sólo dejó gotas de esencia perdida.

Hoy busca su lugar en la segunda división del fútbol inglés, acomodado en Brendtford, busca la pelota sin presión y la entrega sin condiciones. Ya no es una promesa, ahora es un futbolista más dentro de un mundo que devora niños antes de vomitarlos como hombres. Un mundo que no entiende de esperas porque la parada del autobús está llena de tipos dispuestos a empujar para ser los primeros en coger sitio.

martes, 6 de noviembre de 2018

El descenso del Sinaí

La magia, como extrapolación del arte más conceptual, se pierde cuando se apaga la luz. Cuando las lesiones acechan, el miedo es sólido y las expectativas insuperables, es cuando llegan las dudas y con ellas, la incapacidad. Muchas veces hemos soñado tan grande que no somos conscientes de que hemos alcanzado nuestro tope y cuando nos piden un paso más somos incapaces de darlo porque sabemos que, otra zancada y nos espera el precipicio.

Cuando el Barcelona amenazó con generar tendencia y encumbrar un equipo de leyenda, Florentino regresó al Madrid como un elefante lo hace en una cacharrería; mucho ruido y, a ser posible, las mejores nueces. Llegaron Xabi Alonso, Albiol y Arbeloa como referentes del núcleo ganador de la selección española, llegó Benzema como representante del fútbol del futuro y llegaron, en loor de multitudes, Cristiano Ronaldo y Kaká, como dos muescas más en esa carrera particular por fichar a todo balón de oro viviente.

El portugués, por carácter y propensión, era una apuesta casi segura, pero si alguien ilusionaba de verdad a la parroquia blanca era Ricardo Izecson dos Santos Leite. Dibujante de sueños y aparejador de élite en el gran Milan de Ancelotti, Kaká había sido el gran sueño mojado del defenestrado presidente Calderón, aquel que le hizo ganar sus elecciones y el mismo que, al mismo tiempo, le hizo perder el crédito ante la imposibilidad de afrontar tamaña operación.

El dinero, cuando es por castigo, es el mejor conducto de comunicación global. Cuando Florentino llamó a San Siro, sabía que le abrirían las puertas que le cerraron a su antecesor y sabía, también, que de un plumazo se quitaba dos fantasmas; el de su propio fracaso y el de la duda generada por el "golpe de estado" asestado al anterior presidente. De golpe, volvían a abrirse las aguas del mar rojo y el madridismo volvía a soñar con su particular Sinaí.

Lo que ocurrió después fue la historia de un fracaso inusitado por más que se quisiera edulcorar la trayectoria. Kaká nunca encontró la dinámica, ya fuese por lesiones, ya fuese por falta de confianza. De repente, el chico de la zancada prodigiosa y la conducción maravillosa, se había convertido en un hombre timorato que no sabía qué opción elegir. Cuando creía que los fantasmas eran el eco de una primera y difícil temporada, llegó Ozil para terminar de comerle la tostada y mandarle al ostracismo de las operaciones fallidas.

Rebotado por incomparecencia y sumido en el miedo de las dudas, terminó regresando al lugar donde encontró el amor sin saber que su corazón ya no era el de un apuesto caballero. Intentó reencontrar su sitio más su fútbol se había perdido en algún callejón cercano a San Siro. En su camino hacia atrás voló hacia norteamérica y quiso encontrar acomodo en la glamourosa MLS. Nada salió como esperaba. Los años dorados se habían apagado como un sol otoño, cuando el recuerdo de un bonito verano no es más que la nostalgia de lo que podríamos haber llegado a ser.

Kaká fue muy grande, y así lo reconoció el mundo, pero la grandeza, como parte del éxito, es una condición que obliga a la excelencia. Y camarón que se duerme, como dice el refranero, se lo lleva la corriente.

lunes, 5 de noviembre de 2018

La extraponderación del talento

Vivir en la época del clickbait, en la era del highlight, nos ha convertido en bobos solemnes consumidores de momentos. Nada vive del análisis, nada se autoafirma por sí sólo si no ha pasado por el tamiz de la consideración. El trabajo, como fuente de inspiración, ha quedado relegado al plano de lo inócuo y la vistoso, por escaparatista, ha conseguido ganar enteros hasta situarse en la cima de la pretensión.

Venía pasando con Coutinho. Sus goles y sus regates puntales venían escondiendo el verdadero problema de juego que viene mostrando durante sus meses como jugador del Barça. Futbolista de destellos, gusta esconderse en la cal para recibir más allá de tres cuartos. Raramente se le ve en el barro de la creación y más raramente se le ve en la confrontación. Se le fichó como sustituto de Neymar, y sin necesidad de ponderar a este para desmerecer a aquel, cabe decir que la diferencia entre ellos es que uno busca el balón y el otro espera que le llegue.

Pero la desproporción ha llegado en forma de difamación informativa con el caso Vinicius. No voy a poner en duda la valía del jugador brasileño del Real Madrid, nada más lejos de mi intención. Es posible que los pronósticos se terminen cumpliendo y el chico marque una época, pero no es, para nada, ni medio normal, que se dibuje como un jugador de ensueño a un futbolista que lanzó un disparo que iba a fuera de banda y, de rebote, consiguió un gol casi ridículo. Un chico que sólo había jugado tres minutos en primera y que, de la noche a la mañana, tras un buen partido ante un Segunda B, ya era el salvador del madridismo.

La prensa, como licuadora de emociones y predistigitadora de sueños, ha determinado, en más de una ocasión, la carrera de futbolistas que nunca llegaron a cuajar. Y lo hacen para esconder la verdad, para vender ilusión y, sobre todo, para bombardear con humo sobre el peligro de una crisis. Porque saben que la risa siempre vende más que el llanto.

lunes, 29 de octubre de 2018

Regalar un tiempo

Los análisis en caliente conllevan reacciones extrapolables. Uno puede mirar al resultado y hacerse cruces con la pataleta o puede analizar las fases del partido y encontrar un motivo para la esperanza. El gran error del Madrid, más allá del desborde mental de los últimos minutos, fue el de regalar cuarenta y cinco minutos. Más allá del arranque de furia y orgullo de los primeros veinte minutos del segundo tiempo, jugar a remar contra uno de los mejores equipos del mundo es como salir a correr después de haberte disparado en el pie. El Barça, durante el primer acto, entendió el juego de presión como el camino de baldosas amarillas. Inocuo en el juego y extrañamente incompetente, el Madrid miraba e intentaba buscar a Bale sin saber, aún, si el galés entró en el partido. Pero, más allá de la manita, quedaron veinte minutos de apogeo en los que el equipo arrancó el cuajo y soltó la anarquía. El problema de jugar a cara o cruz contra el Barça es que, por más que domines, siempre habrá un momento en el que te encuentren la espalda. Valverde interceptó el éxtasis con los cambios y supo que, si había que correr hacia adelante, nadie mejor que Dembelé para dar frenesí al ataque. Era un cara o cruz. Modric y Suárez dispararon al palo, Benzema cabeceó fuera en posición favorable y Suárez cabeceó dentro en posición forzada. Los días, como los bombones de la caja de la película, son dispares y caprichosos. El día que entran, entran. Hace días comenté, ante el mal estado de forma de Suárez, que los futbolistas se recuperan jugando. El uruguayo había reencontrado las sensaciones y ayer reencontró el gol. El marrón de Lopetegui acabó en el peor escenario posible. Pero los que hemos visto muchas veces esta película sabemos de sobra que, cuanto peor está el Madrid en noviembre, más favorito se convierte de cara a marzo.

viernes, 26 de octubre de 2018

El Maradona de los Cárpatos

La anarquía es la condición esencial de cualquier espíritu libre. El motor de arranque desde el que depositar los sueños y, sobre todo, las pretensiones. El lugar común donde, si se cruzan el talento y la condición, implosionan los entusiasmos. Porque al tipo que juega para ser feliz no se le puede pedir nada más que una sonrisa.

Gica Hagi gobernó Rumanía con una pierna izquierda colosal. Tan impresionante fue su aparación que, comparaciones mediante, los más aplicados le bautizaron como "El Maradona de los Cárpatos". No tenía el genio precursor del Diego, ni la milimetricidad en su pierna izquierda, pero allí vivía un cañón y de su cañón vivió gran parte de su leyenda. Conducía la pelota con la cabeza alta, filtraba pases de cuarenta metros y ejecutaba goles desde larga distancia.

No supo gobernar en Madrid porque su condición no era la de un líder al uso. Necesitaba sentirse arropado, protegido, casi mimado. Por ello, tampoco supo encajar en el esquema pragmático que Cruyff quiso dibujar para él, porque él no quería asociarse a una posición, sino a un lugar llamado libertad. Por ello, más allá de su aventura en Brescia, donde realmente supo ser feliz fue en Turquía.

Porque allí no le dieron galones, le dieron la pelota. Y Hagi, con la pelota, era el hombre más feliz del mundo. Llegó siendo casi un señor mayor, pero, probablemente, el Ali Sami Yen jamás vio un futbolista igual. Su legado vive en la memoria de Sisli, el distrito turco donde impartió clases de magia y fabricó goles, aún hoy, inolvidables.

Porque al tipo anárquico hay que darle libertad. Al hombre libre hay que darle una pelota. Y al hombre feliz, sólo hay que dejarle dibujar una sonrisa.

jueves, 25 de octubre de 2018

Balones de oro: Florian Albert

El hijo del herrero se convirtió en futbolista y el futbolista terminó convirtiéndose en estrella. Lo que nadie pronosticaba es que la estrella, con el tiempo, terminaría convirtiéndose en leyenda. La vida de los humildes está trufada de pequeños momentos que, gota a gota, van rellenando el vaso de la mitificación. Florian Albert no ganó nada con su selección, es más, jamás pasó de los cuartos de final de un mundial y, sin embargo, sigue siendo idolatrado como el mejor jugador de la historia del Ferencvaros. Allí, donde jugó desde su adolescencia, se retiró con honores mientras las alabanzas recorrían cada rincón del planeta. Le conocían como "El Emperador", y como un César en tierra magiar, supo gobernar su ego convirtiendo su fútbol en denominación de origen.

Albert tenía doce años cuando Hungría perdió la final del mundial de Suiza. Aquel día decidió ser futbolista de verdad. Aprendió a moverse sobre el campo como lo hacía Hidegkuti, el tipo que volvía loco a los defensas con sus movimientos improbables. Tras la huída a occidente de la mayoría de estrellas de aquella selección, el fútbol húngaro se quedó huérfano de estrellas. Entonces apareció Albert, casi adolescente, con la camiseta verde del Ferencvaros. En el lugar idóneo y el momento preciso. Allí ganó cuatro ligas pero, sobre todo, ganó el respeto de la mayoría de aficionados al fútbol. Verle jugar era como disfrutar del mejor espectáculo de baile.

Así lo expresaron los aficionados ingleses, aquellos que ya habían quedado asombrados por la magia húngara en el inolvidable partido del siglo de 1953, el día que Hungría derrotó a Brasil en Goodison Park. Cuando Albert dio la tercera asistencia de gol, la gente se puso en pie y comenzó a corear su nombre. Quedaba claro que, Pelé ausente, el fútbol más espectacular se jugaba en los pies de aquel chico húngaro.

Pero Albert ya había jugado un mundial antes de aquel de 1966, había sido en Chile, cuatro años antes y, pese a no superar la barrera de los cuartos de final, había terminado el torneo como máximo goleador. Y es que Albert, un futbolista fino y elegante como muy pocos, había sido, ante todo, un magnífico goleador. Era un diez que goleaba como un nueve, un jugador que conocía los espacios y atacaba desde atrás. Avanzaba tirando paredes y con conducciones vertiginosas y, generalmente, era el finalizador de sus propias jugadas gracias a su terrible disparo con ambas piernas. Tan impresionante fue su legado que, poco después de retirarse, el estadio de Ferencvaros fue rebautizado con su nombre.

Aquellos cuatro goles en Chile provocaron que su nombre fuese apuntado en todas las agendas. La Copa de Ferias de 1965 ganada en un inolvidable partido a la Juventus bajo la lluvia de Turín, le consagró como un futbolista importante. Y la exhibición ante Brasil en la fase de grupos del mundial de Inglaterra terminó de consagrarle como ídolo. De aquella manera, era sólo cuestión de tiempo que la fortuna del reconocimiento terminase llamando a su puerta. En vísperas de la Navidad de 1967 una llamada le anunció que iba a ser galardonado con el Balón de Oro que le acreditaba como mejor jugador europeo del año. Y es que, pese a la ausencia de grandes logros, Albert dignificaba el juego como pocos sabían hacerlo. Decían que se arrugaba ante los duros marcajes y que, en muchas ocasiones, los grandes escenarios le superaban, pero cando tenía el día bueno era un auténtico escándalo. Conocía el juego y lo jugaba como nadie. Dormía la pelota y la manejaba como ninguno.

Jugó en setenta y cinco ocasiones con la camiseta de su país, con la que anotó treinta y un goles, a sumar a los doscientos cincenta y cinco que anotó con Ferencvaros en los dieciocho años que vistió su camiseta. Con dichos números, es difícil no imaginar por qué se convirtió en ídolo. Pero su legado llegó más allá de las estadísticas. Fue un caballero de la pelota que jamás fue expulsado y, por su forma de jugar, el diario inglés  "The Independient", le bautizó como "el aristócrata del deporte".

Su estrella se fue apagando, poco a poco, desde que el Leeds le ganase al Ferencvaros la final de la Copa de Ferias de 1968, pero atrás quedaba el recuerdo de las grandes noches europeas cuando, cada vez que un equipo visitaba el estadio de Ferencvaros, asistía, asombrado, a la exhibición imponente de un tipo que entendía el fútbol como un juego y que hacía del juego un espectáculo. El hombre que sacó a Hungría de su letargo después de que la nostalgia sumiese al país en un amago de depresión.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Ausencias

La costumbre conduce a la saciedad de tal manera que creemos que la voluntad social durará para siempre, porque siempre estará ahí ese tipo capaz de ponernos en el asombro, porque siempre estará ahí ese talento que conseguirá hacernos saltar de nuestros asientos. Cuando el tiempo pasa y los ídolos se marchan, es cuando somos conscientes de que lo que creíamos costumbre era tan sólo un maravilloso ciclo que, como todos, termina perdiéndose en las entrañas del pasado.

Tanto habíamos hablado, en los pronósticos de preaviso, del primer clásico sin Cristiano en las últimas diez temporadas que, al final, por las vicisitudes del juego y la causalística del destino, terminaremos asistiendo a un clásico sin Cristiano y sin Messi. Hablar de ausencias, muchas veces, conduce al camino fácil de la excusa. No podemos extrapolar este caso al de las pérdidas sencillas, pues hablamos, sin ninguna duda, de los dos jugadores más influyentes de lo que llevamos de siglo.

Cristiano le aportó al Madrid en gol con mayúsculas, pero, sobre todo, le aportó una dosis de competitividad sobre la que cimentó muchos de sus grandes éxitos. El tipo fue creciendo desde la expectativa y terminó convirtiéndose en la pieza angular donde se cimentaban los proyectos, porque en sus pies estaba siempre el remedio contra el fuego. En un Madrid monocromático de otoños fríos e inviernos desoladores, siempre aparecía el mago de la primavera para sacar los conejos de sus chisteras. De sus goles surgió la fortuna de un equipo que no se cansó de ganar a lo grande.

Messi, más que el gol, le aportó al Barça el alma. El chico de cubría el frente de ataque en sus primeros años, hubo de reciclar su juego y, además de hacer de él mismo, hubo de obligarse a hacer de Messi e incluso de Iniesta. Su radio de influencia se hizo más grande y consiguió que el equipo terminase dependiendo exclusivamente de él; porque él no sólo ponía el juego, sino que también ponía el gol. De esta manera, cualquier mal partido de Messi, terminaba con el Barça en la lona y cualquier ausencia terminaba convirtiéndose en un drama incluso antes de llamar a la esperanza.

Y así andan las aficiones a cuatro días de su partido más importante. Unos, desangelados por la falta de gol y otros desesperanzados por la falta de su líder. Más allá de las percepciones, deberíamos cerrar los ojos e intentar simular un partido. No saldrá como imaginamos porque al final entran en juego mil conceptos y, sobre todo, el talento individual. Dicen que el Madrid está depresivo. Puede ser cierto. Pero si en algún momento puede ser capaz de recuperar su estima es enfrentándose a su gran rival contando con la ausencia del único futbolista capaz de hacerle sentirse superior.

martes, 23 de octubre de 2018

El maquinista de la general

El fracaso es el punto de partida idóneo para afrontar cualquier revancha, para dictarse una reivindicación, para ahuyentar un fantasma, porque desde el fracaso se aprende a perder, pero se aprende, sobre todo, a saber ganar. Porque nadie que no haya tragado barro, escupido arena o resbalado sobre césped sintético, sabe realmente el valor que tiene un gol en la élite.

Sólo los obstinados son capaces de derribar un muro cuando les han emparedado en la prisión de las ligas inferiores. Son muchos los ejemplos de grandes futbolistas que quedaron en el camino y que no tuvieron ese punto de encuentro que les permitió ingresar en el club de los elegidos. Otros sin embargo, no supieron aprovechar su oportunidad, y entre el pequeño grupo que tuvo la suerte de reingresar al lugar mágico, destacan aquellos que hicieron de la humildad virtud y del trabajo su modo de vida.

José Luis Morales es un ejemplo más de aquellos batalladores que hubieron de curtirse en campos de tierra. Como el niño que sigue jugando en su barrio, sigue eliminando rivales con la cabeza siempre pendiente del balón. No es el más veloz, ni el más técnico, ni el más goleador, y sin embargo juega a cien por hora, viste los espacios de ocasión y se ha convertido en el mejor estilete de su equipo. Porque sabe que el fútbol, como cualquier juego, no se puede dejar al azar y, por ello, nada mejor que conocer el detalle para enfrentar el momento.

En un estado de forma descomunal y en una edad en la que muchos comienzan a ver las orejas al lobo, Morales ha confirmado el ejemplo de la cultura del esfuerzo. No dejar nunca de creer y, sobre todo, aprovechar las oportunidades. Su tren llegó tarde, pero supo subirse en marcha y ahora se ha convertido en el maquinista de la general. El sábado silenció el Bernabéu, aquel campo en el que soñó jugar de niño y que le despidó con honores el día que terminó de convertirse en hombre.

lunes, 22 de octubre de 2018

El Real Madrid entra en barrena - por Juanma Trueba

Hay tres protagonistas. El primero es Lopetegui. Su continuidad en el cargo depende de la agilidad del club para encontrar un sustituto. Y no es un presagio, sino una deducción. Su destitución ya se barajó después de perder contra el Alavés y ahora cuesta imaginar un repentino ataque de paciencia; la pistola ya está cargada. El siguiente actor principal fue José Luis Morales. No se recuerda un náufrago tan entusiasta ni un fugitivo tan animoso. Morales se bastó para poner en jaque a la defensa del campeón de Europa (ganó la copa hace cuatro meses, aunque parezcan cuatro años), quién sabe si con la íntima motivación del niño que no fue seleccionado cuando hizo las pruebas para entrar en el Real Madrid. El último papel le corresponde a Oier Olazábal, un guardameta criado en el Barcelona y que en abril de 2015 recibió nueve goles en el Bernabéu, entonces como portero del Granada. También él ajustó cuentas con el pasado.

Antes que por el fútbol, el Real Madrid fue vencido por el destino, no hay tozudez como la suya. Todo lo que podía ocurrir sucedió en los primeros 16 minutos. Un gol de Levante, un penalti a su favor poco después tras consulta al VAR y un gol anulado al Real Madrid por el mismo procedimiento. En una frase resulta fluido (relativamente) pero no lo fue en absoluto. Las esperas de cada decisión se hicieron eternas y el partido se dejó de jugar en el Bernabéu para trasladarse a una habituación repleta de televisores. Es fácil imaginar el sofocón de los árbitros en la sala, los cafés derramados y las manos sudorosas. Tampoco es difícil solidarizarse con los aficionados que aguardaban a que alguien les autorizara a celebrar o deprimirse.

El primer gol del Levante fue una descripción de su escueta hoja de ruta: balones largos a Morales. En esta ocasión fue Postigo quien lanzó al delantero, que aprovechó la indecisión de Varane para batir a Courtois. El plan se repitió una y otra vez, y en cada repetición Morales sembró el pánico, porque además de correr sabe esperar, esto le diferencia de los galgos y las avestruces. Oirán que no dejó de dar carreras, pero en realidad no dejó de pensar. Su partido fue espléndido, manejado como lo hacen las grandes estrellas, consciente de las necesidades de su equipo y del paso del tiempo.

Los nervios merecen más líneas. Casi desde el primer instante, el partido estuvo condimentado con esa angustia que atenaza el cuello y luego se instala en los antebrazos, o en las piernas que de pronto sostienen mal. Ni siquiera cuando el Levante consiguió el segundo gol gracias a un penalti catódico existió la sensación de que el partido estaba resuelto; más bien al contrario. El marcador señalaba el nivel del desafío que debía afrontar el Madrid para completar la proeza, no tan lejana porque su rival, con 80 minutos por delante, daba inequívocas señales de ser endeble en defensa, especialmente en los balones altos.

No tardamos en recordar que el Real Madrid no tiene goles porque se los llevó Cristiano. De manera que los asedios deben ser recalculados. Las proezas quedan ahora mucho más lejos. Además, se ha instalado en las mentes de los jugadores una pesadumbre que afecta directamente a la confianza y que se manifiesta en los remates imprecisos y en los postes, en ese infortunio que se confunde con el desacierto sin que sepamos decir quién empezó antes. Y no resto méritos a las paradas de Oier. Aunque estuvo inseguro en el juego aéreo, tanto como sus defensas, repelió el resto de disparos, como si en lugar de nueve heridas hubiera ganado aquella tarde de 2015 nueve vidas que gastar en el Bernabéu.

El gol de Marcelo a falta de 20 minutos hubiera asegurado al menos el empate en cualquier otro momento. Pero ya digo que el pasado ha dejado de ser referente. La opulencia de antes es ahora una sequía que bate récords. El derechazo de Marcelo dejó la racha sin goles en 480 minutos, la más elevada en la historia del club.

Apenas se notó la intervención de Bale, falto de forma, que entró en el descanso por Odriozola. Más reseñable fue la aportación de Benzema, asistente de Marcelo y un peligro constante dentro del área, casi siempre como ideólogo y casi nunca como ejecutor. El problema es que había un muro más alto que el del Levante. Se ha construido en la propia cabeza de los jugadores que, por primera vez en muchos, años, se sienten expuestos a las desgracias que antes sufrían los demás.

Cuando el árbitro pitó el final del partido, el público no supo cómo sentirse, seguramente porque no encontró a quién echar la culpa. El entrenador no ha tenido apenas tiempo para equivocarse. Los jugadores son los de siempre y el delantero reclamado, Mariano, jugó de titular. No faltó actitud ni se bajaron los brazos. Es otra cosa. Algo extraño, indefinible. Tal vez fútbol, la otra cara.