lunes, 20 de junio de 2016

Pichichis: Isidro Lángara

Aún quedaba algún ciudadano de la vieja Buenos Aires, vecino de Almagro, que levantaba la cabeza extrañado cuando observaba a cientos de inmigrantes españoles caminando rumbo al estadio de San Lorenzo. Todos acudían en masa para ver al vasco. Ese hombre espigado y de mirada ladina que había decidido quedarse en América cuando en su España natal se había pronunciado el parte de la victoria. Eran tiempos difíciles, el chico había salido de España durante la guerra, junto a muchos otros compañeros futbolistas y ahora temía volver. Temía por su vida.

Para Isidro Lángara, Argentina era su segunda parada. Su estancia en México ya había sido exitosa. Aquel grupo de amigos vascos se habían asentado en la capital mexicana tras cruzar el charco y habían conseguido formar un equipo para jugar en la liga local. Era el Euskadi Club de Fútbol. Habían quedado segundos y él había anota una veinta de goles. Una barbaridad para un campeonato tan corto. Alguien, en Buenos Aires, le habló de él al presidente de San Lorenzo y fletaron un barco para ir a buscarle. Pero aquellos no habían sido sus primeros goles. El suyo, con el gol, era un idilio que había tocado techo vistiendo la camiseta azul del Oviedo, esa ciudad que, con los años, le sigue rindiendo tributo en forma de recuerdo inmortal.

Con tal intensidad brillaba su aureola en la capital asturiana que, cuando regresó, por fin, en 1946, lo hizo en loor de multitudes. Volvía el hijo pródigo y las calles se llenaron para recibir al héroe de la preguerra. El hermano de un ministro del gobierno le había pedido, en una comida nacional, que interpelase ante el Franco para que Lángara pudiera regresar a España sin represalias. La orden se firmó con los dientes prietos y la ciudad lo entendió como un gesto de buena voluntad. El ministro y su hermano, que eran ovetenses, presidieron el cortejo de bienvenida y en el estadio del equipo se vistió de corto, una vez más, el tipo que tantas veces les hizo soñar.

Cuando aún no se había formado la liga de fútbol, el Oviedo ganó hasta en cinco ocasiones el campeonato de Asturias con Lángara como principal estrella. Su abanico de remates era inmenso y sus recursos en el área interminables. Se generó la liga y el Oviedo quedó encuadrado en la segunda división. Allí permaneció tres años y Lángara hizo tantos goles que se ganó la llamada de la selección absoluta. Allí dejó cifras aún no igualadas; diecisiete goles en doce internacionalidades. Una media imposible de superar en los tiempos modernos.

Cuando debuta, por fin, en primera, es un ciclón. Se convierte en máximo goleador de la categoría durante tres campañas consecutivas y, gracias a sus goles, el Oviedo se acomoda en los puestos altos de la tabla. Es el primer jugador en anotar un triplete en tres jornadas consecutivas, un hito que repetirá en dos ocasiones, los estadios se llenan para verle y en Oviedo no queda ni una entrada por vender. Cada partido merece la pena.

Con ese recuerdo regresó Lángara a Oviedo, pero habían pasado diez años desde su último partido y la edad no le permitía regresar al descaro de la juventud. Fue otro Lángara, más sabio, más astuto, pero más pesado. Había perdido velocidad y, aunque dejó un puñado de goles, su intento por regresar a la selección española se vio truncado con la llegada de Telmo Zarra al combinado nacional. Fueron dos años buenos, pero no espectaculares. Tras aquello, preso de su deseo de seguir disfrutando, regresó a México y despidió a Oviedo entre lágrimas. Allí le esperaban con los brazos abiertos y allí encontró su retiro dorado. Colgó las botas, se convirtió en entrenador y el fútbol perdió un goleador para ganar un sabio.

Los viejos hinchas de San Lorenzo aún recuerdan el día que vieron debutar a Lángara. Los niños de entonces son hoy ancianos de vivo recuerdo y huesos entumecidos. Les dijeron que en aquel barco que arribaba a puerto llegaba un vasco que hacía goles como rosquillas. Muchos le siguieron hasta Almagro. Aquella tarde, El Cuervo jugaba contra River. Al vasco le habían inscrito pero había llegado demasiado tarde para poder jugar. O eso creían. Se vistió de corto, saltó al campo y en veinte minutos hizo cuatro goles. Cuando salió entre aplausos, todos sabían que habían fichado a un tipo inmortal.

Aquel fue el techo de su aventura americana porque San Lorenzo era un equipo grande, con aspiraciones y con una gran masa social que le adoraba. Un techo que él creia haber alcanzado ya cuando había fichado por el Real Club España de México. Con este equipo ganaría los que serían sus únicos títulos. Un palmarés muy ralo para un tipo tan imborrable. Aunque es cierto que cuando se deja huella en los corazones, los títulos, en muchas ocasiones, solo son premios añadidos a la satisfacción.

Podía haber ganado más. Concretamente, podía haber alcanzado la gloria más absoluta. En su mejor momento viajó a Italia para disputar el mundial con la selección española. Tras un duro enfrentamiento contra el anfitrión, cayó lesionado y no pudo disputar el partido de desempate. Los que vieron aquello saben que fue un asalto a mano armada. El árbitro permitió una masacre y el parte de guerra dejó tantos heridos que España no supo afontar en condiciones el encuentro de repetición. Ganó Italia y los españoles regresaron llorando a casa sabiendo que se les había escapado la mayor oportunidad para tocar el cielo. Lo que no sabían es que lo que verdaderamente les esperaba era el infierno.

En julio de 1936 el ejército toma las cortes y se inicia una cruenta guerra entre hermanos que dividió a España en dos. Los futbolistas, en mitad del conflicto, hubieron de tomar partido por una de las dos facciones. Lángara regresó a su país vasco natal y, aunque en un principio luchó junto al ejército republicano, fue captado por una selección de jugadores para cruzar la frontera y jugar partidos amistosos en pos de reivindicar su soberanía. La selección de Euskadi llegó a París el veinticinco de abril de 1937 y un día después fueron alertados de una tragedia sin precedentes. La aviación del bando nacional había bombardeado Guernica hasta reducirla en escombros. Muchos lloraron de dolor. Muchos más de impotencia. Y todos juraron luchar por sus ideas más allá de una España que se desquebrajaba cubierta en sangre y lágrimas.

Llorar por Euskadi le dolió en el corazón. Él era un asturiano de adopción futbolística, pero su alma era vasca porque había nacido allí y allí había pasado su infancia. Cuando al presidente Carlos Tartiere, alma del Oviedo de preguerra, le hablaron de aquel muchacho de Pasajes, viajó para verlo golear. Pagó diez mil pesetas como compensación por el fichaje y se lo llevó bajo el brazo camino de Oviedo. Allí jugó durante casi diez años divididos en dos etapas. Entre todos, jugó más de un centenar de partidos y marcó ciento veintisiete goles. Los que le recordaron durante toda su vida aseguraron que había sido el mejor delantero español de la historia.

Durante la disputa del mundial de 1934, aquel en el que terminaría lesionado por la agresividad del combinado italiano y la permisividad del árbitro, la gente hablaba maravillas de un delantero brasileño llamado Leónidas. Aquel genio que había goleado con hermosura en las rondas previas, provocó un alboroto en el país transalpino. La gente acudió al campo a verle jugar en el partido de octavos de final frente a una España casi desconocida. Habían ido a ver a Leónidas y terminaron sorprendidos por la variedad de Lángara en el remate. Dos goles y Brasil en la lona. Podía haber esperado más gloria, pero las circunstancias, siempre las circunstancias, volvieron a interponerse en su camino.

Cuando arribó a puerto, en la lejana Buenos Aires, antes de aquel recital ante River, equipo ante el que mostró especial saña goleadora, la gente desconocía la procedencia de aquel espigado vasco, pese a que ya había sido máximo goleador en España y en México. Terminada la temporada, y conseguido el hito de convertirse en máximo artillero en tres campeonatos diferentes, la gente terminó rendida a sus pies y la afición de San Lorenzo, abnegada ante su talento, le susurraba cánticos de sirena en pos de conseguir que jamás se alejase de su orilla.

Pero al lugar qué el añoraba no podía regresar. Había desplantado a Franco huyendo de españa para enrolarse en un equipo de claro carácter republicano. Había desplantado ya a Mussolini cuando no habían levantado el brazo en honor al himno italiano en el ya tan recordado mundial. Había desplantado a tantos porteros que no eran pocas las aficiones que deseaban no tenerle como contrario. Pero nunca se desplantó a sí mismo ni a sus principios.

Desde que debutara en primera división con el Oviedo, había salido máximo goleador en seis temporadas diferentes y con tres equipos distintos. Anotó veintisiete, veintisés y veintisiete goles en sus tres primeras temporadas en la máxima categoría. Fue máximo goleador en México con treinta y tres. Y anotó veintisiete y cuarenta goles las dos temporadas que fue máximo artillero de la liga argentina. Números de auténtico depredador. La anticipación de aquellos hombres que, con el tiempo, se conocieron como cracks.

Los hombres de honor necesitan un obstáculo para demostrar su valor, necesitan de la épica para entrar en la historia y necesitan de la admiración general para convertirse en leyenda. La historia del fútbol español está repleta de grandes goleadores, pero siempre habrá uno que fue el primero de todos. Isidro Lángara no fue un goleador cualquiera, fue el primer tipo, junto a Zamora, que puso a España en el mapa. El primer hombre de honor en perder una guerra contra el fascismo y ganar una guerra contra la palabra. Ganador de su propia guerra, se mantuvo en la élite mientras pudo y en los corazones de quienes le recordaron mientras duraron sus historias.

Aún hoy, algún viejo anciano de Buenos Aires, le comenta a su nieto que hubo un día en el que los inmigrantes españoles acudían al barrio de Almagro para ver golear al vasco. La inmortalidad se gana así, de boca en boca. De generación en generación.

jueves, 25 de febrero de 2016

Dixie

El día que el delantero estrella del Everton recibió una patada tan fuerte que le hizo perder un testículo, el chico fue consciente de que mantenerse en la élite no solamente iba a ser un trabajo conducido por la ilusión, sino que iba a necesitar grandes dosis de audacia y carácter si quería sobrevivir en la jungla.

Dixie Dean comenzó pateando ratas junto a las vías del tren para practicar el chut con ambas piernas. En tiempos de penuria, aquellos pequeños animales eran lo más parecido a una pelota en movimiento que el joven podía encontrar. Más allá de hacer carrera con un balón, la trascendencia de Dean fue mayor aún que su leyenda. Anotó cientos de goles, pero sobre todo dejó la impronta de un tipo al que había que imitar. Lo malo para el Everton fue que, en su caso, Dean se había convertido en un futbolista inimitable, por más que él hubiese pasado sus últimos años intentando peregrinar su palabra de oído en oído, haciendo el esfuerzo para que los jóvenes supiesen qué significado tenía la camiseta que vestían cada domingo.

Quizá por ello, para no ver más como aquella camiseta se ensuciaba de mala manera, el que fue considerado mejor jugador de la historia del Everton, decidió marcharse para siempre una tarde de marzo de 1980. El Liverpool había anotado el definitivo uno a dos en Goodison Park y el corazón de Dean decidió decir basta. Allí quedo su último suspiro, en la misma grada desde las que había escuchado las mayores ovaciones de su vida.

Y es que Dean siempre fue de emociones fuertes. El día que un directivo del Everton llamó a su trabajo para comunicarle que querían firmarle un contrato, corrió las cuatro millas que le separaban del hotel Woodside para no hacer esperar a sus firmantes. Tales eran sus deseos de triunfar en el Everton que peleó durante toda su vida y contra las indicaciones médicas. Por ello, el día que, después de sufrir una fractura craneal le dijeron que se olvidase del fútbol, puso todo su empeño para volver a lo grande. Y lo hizo. Cuando se retiró había sumado treinta y siete tripletes. Nadie ha repetido semejante hazaña en el fútbol inglés.

Su despedida se tiñó acuosa por la cantidad de lágrimas derramadas. Dean era un hombre sensato y sabía que podía seguir jugando al fútbol, pero también sabía que ya no podía seguir dándole toda su calidad al Everton. Firmó por el Notts County y se dispuso a disfrutar sus últimos años sin la presión de verse como líder de un equipo obligado a ganarlo todo.

Dean había tirado la toalla pocos meses antes como jugador del Everton. En un duro partido disputado contra el Tottenham en FA Cup, había luchado como siempre pero había estado más desacertado que nunca. Las cosas cambiaron cuando, en el partido de desempate cedió su lugar a Tommy Lawton. El chico tardó pocos minutos en volver loca a la defensa rival y en sentenciar la eliminatoria. Aquel día, Dean se dio cuenta de que sus días en el Everton habían tocado a su fin y que había que darle el relevo a Lawton. Fue el día que rememoró su infancia, sus aficiones más reprochables y sus logros como futbolista.

Recordó el día que entró a trabajar en Wirral Ferrocarril acompañado de su padre. Tenía once años y tenía el convencimiento de que jamás tendría la oportunidad de ser un jugador de fútbol. Recordó aquellos días previos a un derbi cuando enviaba misivas a Leesh Scott, portero del Liverpool, preguntándole si era capaz de dormir sabiendo que se iba a enfrentar al mejor delantero del campeonato. Y recordó aquellas ocasiones, más de las reconocidas, en las que terminó la jugada regalando un gol al compañero mejor colocado. Fue un gran goleador, pero nadie debía olvidar que había sido también un magnífico asistente.

En su primera temporada en el Everton ya se había convertido en el ídolo de la gente. Su carácter, siempre competitivo, y su amor al color azul, le hicieron ser el tipo más querido de la ciudad. Educado en la calle y en la fábrica de ferrocarriles, no tuvo reparos en admitir que su escuela fue el fútbol. Allí aprendió a valorar el cariño, la fe y los logros. Quizá fue por ello que el día que anotó el gol que le convertía en el máximo goleador de la historia en una sola temporada, el estadio rugió como no lo había hecho nunca antes. Y hablamos de un club que, por aquel entonces, ya se había habituado al éxito no circunstancial.

El mayor susto de su vida lo tuvo en 1926 cuando un accidente de moto le causó una severa fractura en el cráneo. Lo primero que hizo tras volver a jugar fue anotar un gol de cabeza. Quería dejar claro que su testa no conocía el dolor y que su ímpetu no tenía barreras. Corrió el rumor, durante un tiempo, ante la incredulidad de que el tipo que días antes se había fracturado el cráneo, fuese capaz de seguir cabeceando pelotas con la firmeza de un titán, de que los cirujanos le había dejado incrustrada una placa de acero en la cabeza. Pero ya se encargó él de desmitificar la leyenda y dejar claro que lo suyo era ímpetu y no ciencia ficción.

En 1930, durante un amistoso disputado en Colonia, se fracturó dos dedos y su mayor pesar no fue el de no poder disputar partidos de fútbol, pues él daba por hecho que sería capaz de jugar sin un brazo, sino que se molestó por no poder echar sus vespertinas partidas de cartas. Lo banal, también, a veces, por encima de lo trascendental. De esta manera se convirtió en el tipo más querido al lado azul de la ciudad. Un hombre anuncio al que las marcas acudían y al que los aficionado adoraban cada vez que iba a anotando, uno a uno, hasta sumar diecinueve, los goles en los partidos disputados ante el Liverpool, archienemigo, siempre a batir, al otro lado de la ciudad.

A pesar de la rivalidad, Dean se ganó el respeto de toda la afición red. Tal fue así, que a su muerte, el míto Bill Shankly llegó a decir que Dixie Dean formaba parte de la clase de gente importante como Beethoven, Shakespeare o Rembrandt. Casi nada. Y es que Dean principalmente encauzó su lucha con el objetivo de convertirse en leyenda del equipo al que aprendió a amar desde que era solamente un niño. Era un delantero fuerte, pero no exento de buenos movimientos. Se movía como los ángeles y se anticipaba como un demonio. Nadie olvidará la tarde en la que hizo un hat-trick al Arsenal para establecer, así, el record aún perdurable de sesenta goles en una sola liga.

Aparte de ser un enamorado de la camiseta que vestía, Dean era un hombre de principios firmes. Quizá fue por ello que no quiso firmar su primer contrato amateur con el New Brighton AFC, el equipo que presidían los dueños de Wirrar Ferrocarril, ya que se negaba a servir a los mismos jefes en el trabajo y en el ocio. Y fue por eso por lo que tendió una mano al joven Tommy Lawton cuando este subió al primer equipo del Everton en 1936. Eran los años del ocaso y Dean descubrió en Lawton unas magníficas condiciones con las que poder triunfar en el fútbol. Le adoptó bajo su manto protector y le enseñó sus mejores secretos para que, el día que él decidiese salir del club, el chico estuviese suficientemente preparado para sustituírle.

Sus principios, su fútbol y sus increíbles saltos, aún rememorados en la consciencia de quienes escucharon las historias de boca de sus abuelos, también se traducieron en títulos. Uno no solamente se convierte en leyenda de un club a base de esfuerzo y goles. En 1933 el Everton se alzó con la Copa Inglesa por segunda vez en su historia. Pero la mayor gloria se consigue en los escenarios más desfavorecedores. Poco antes, el equipo había descendido a la segunda división y, lejos de marcharse en busca de más fama y fortuna, Dean permaneció fiel a sus colores. Anotó más goles que partidos jugó en la segunda categoría y el equipo regresó a la élite con más fuerza. Muchos de aquellos goles fueron con la cabeza, y fueron los que le hicieron más famoso, pero Dean contaba, además, con un cañón en la pierna derecha. Quizá por ello, cuando, con sesenta y nueve años, tuvo que verse forzado a la amputación de la misma, alguien llegó a sugerir que ella extremidad no podía quedarse en manos de la ciencia sino que debería formar parte de un museo futbolístico.

El declive definitivo le condujo a la ciudad de Asthon. En la pequeña ciudad inglesa aún le recuerdan con cariño. Jugó un par de años, lento y pasado de peso, pero lo hizo por amor y diversión. Y por seguir siendo un padre para los más jóvenes. Antes, justo después de abandonar el Everton, se había enrolado en las filas del Sligo Rovers, un modesto equipo irlandés al que condujo a ganar el doblete en 1939. Era una muesca más con la que engrosar su leyenda. Aunque la verdadera leyenda la había escrito nueve años antes, cuando el Everton había descendido a segunda y Dean se había negado a abandonar el equipo a pesar de contar con numerosas y cuantiosas ofertas para permanecer en la primera división inglesa. Allí descubrió el lado más oscuro del fútbol; jugadores renegados por haber perdido el tren que jugaban con fiereza y pocas miras. Dean recibió mucho a lo largo de su carrera, pero era tal su ímpetu que jamás consiguieron amilanarle. Es más, cuanto más le pegaban mejor jugaba. Una personalidad tan brutal que caló en lo más hondo de los aficionados rivales. Una vez preguntado Bill Shankly por Dixie Dean, dejó claro su posición: "Fue, sin duda, el mejor delantero de la historia".

Un delantero que dejó una marca de trescientos diez goles en liga inglesa aún no alcanzado hasta el día de hoy. El tipo que, cuando ganaba títulos, dejaba su impronta y se hacía valer por encima de sus compañeros. Aquellos que le llamaban "Dixie", primero en tono despectivo y más tarde cariñoso, al ser su parecido físico al de los inmigrantes de color llegados de norteamérica en los años de la depresión y que eran conocidos como dixies por el populacho inglés. Aquel hombre de tez morena y pelo ensortijado, ganó casi en solitario la FA Cup de 1933, anotando al menos un gol en todos los partidos, incluído el doblete de la final ante el Manchester City. El hombre que, mientras anotaba goles, iba haciendo gala de su personalidad y sus principios, siendo uno de los pocos futbolistas que, en el amistoso disputado en Alemania ante el Colonia, se negó a realizar el saludo nazi cuando las autoridades germanas aparecieron en el palco.

Realmente nunca le gustó el apodo de "Dixie", más que nada, porque cada vez que se lo decían, notaba más desprecio que cariño en la palabra. Siempre le gustó pelear contra lo que no le gustaba y, casi siempre, fue capaz de lograr sus retos. Se apostó a anotar un gol en cada partido internacional jugado con la camiseta de Inglaterra y logró dieciocho tantos en dieciséis internacionalidades. Se apostó a batir el record de goles en una temporada y si para ello era necesario anotar nueve goles en las tres últimas jornadas, lo hizo después de marcarle dos al Aston Villa, cuatro al Burnley y tres al Arsenal en una épica jornada final. Y, sobre todo, se apostó con si mismo el seguir viviendo después del terrible accidente de moto que le tuvo inconsciente durante treinta y seis horas.

Un accidente tras el cual, los tabloides, ávidos de carnaza, llegaron incluso a anunciar su muerte. Pero él regreso de entre los muertos y en sus primeros partidos le anotó un gol al Arsenal y otro al Newcastle. El depredador había vuelto y ahora era más fuerte porque no le tenía miedo a nada. Otro mito de los banquillos ingleses, Sir Matt Busby, declaró después de su retirada que "jugar contra él era al mismo tiempo un placer y una pesadilla". Placer por ver jugar al mejor. Pesadilla por tener que sufrirle.

Cuando la liga inglesa introdujo los números en la camiseta para distinguir las posiciones de los equipos, Dixie Dean se convirtió en el eterno número nueve del Everton Football Club. Eternidad definitiva que alcanzó después de aquella gloriosa jugada en la que coronó con un espléndido cabezazo un imperial centro de Alec Troup. Con aquel gol al Arsenal firmaba su diana número sesenta y, aunque la afición ya había celebrado el título de liga un par de jornadas antes, Goodison Park estalló de júbilo al comprobar como su jugador fetiche era capaz de batir un record aún hoy inalcanzable. A su retirada, estableció otro record casi imposible, al sumar trescientos cincuenta y tres goles en doce temporadas. Una media de veintinueve goles por temporada. Una barbaridad.

Tal magnitud alcanzó su fama que la estrella del beisbol americano, Babe Ruth, solicitó conocerle en persona. Cuando se vieron se admiraron mutuamente. Era muy difícil no admirar a Dean. Un tipo duro que apenas sufrió lesiones dentro del terreno de juego y que fue capaz de jugar tras dos graves incidentes. En 1999, en votación popular, fue elegido como el mejor futbolista de la historia del Everton. La gran mayoría de los que le eligieron no le habían visto jugar, pero resultaba imposible resistirse a la épica de las historias que les habían relatado sus abuelos.

Porque Dean, además de futbolista fue leyenda y personaje público. Generó dinero en una época donde el amateurismo impedía a los jugadores enriquecerse. El Everton pagó la friolera de tres mil libras de la época para hacerse con sus servicios. Y lo hizo fichándolo de un equipo casi de regional. Más tarde, cuando ya era una celebridad, se convirtió en hombre anuncio. Famosa durante décadas fue su frase para una marca de cigarrillos: "Los jóvenes futbolistas no se quejarían de que fumar interfiere en su aptitud su fumasen cigarrillos Wix". Cómo ha cambiado el mundo.

Y cómo había cambiado la historia. El niño que durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial, había repartido cigarrillos en las casas de los soldados que marchaban a filas, ahora era el hombre que se encargaba de hacerles publicidad. Era la trascendencia del ídolo. El mismo que, a día de hoy, está inmortalizado a las puertas de Goodison Park en forma de estatua de bronce.

Pero no solamente en Goodison impartió cátedra. Lejos de allí, y siendo un juvenil prometedor, se enroló en las filas del Tranmere Rovers tras su adiós al equipo de su infancia. No hubo tiempo de derrochar lágrimas y sí de anotar más goles. El equipo estaba en la parte baja de la tabla cuando él llegó. Treinta partidos después y veintisiete goles mediante, el equipo ascendía de categoría. Todo un ídolo de carne y hueso. El ídolo que visitó Goodison por vez primera en 1915 y se hizo una promesa. Tenía ocho años. En diez más, a mucho tardar, debía volver allí. Esta vez como futbolista. Y lo cumplió. Lo hizo con creces, tanto que casi un siglo después fue uno de los primeros futbolistas en ingresar en el salón de la fama del fútbol inglés.

Porque lo suyo era fama casi mundial. Tanto pánico generaba en los entrenadores rivales que decidían, casi por unanimidad, un férreo marcaje indiviual sobre él. Famosa fue aquella vez en la que un defensor no le dejaba ni respirar y se giró para decirle; "Oye, me voy a mear ¿Te vendrás conmigo?". Era el carácter de un tipo forjado en las fábricas de ferrocarril donde trabajaba duro durante toda la noche para, por el día, poder jugar al fútbol y cumplir sus sueños. El carácter del soldado que defendió a su país en la campaña de Italia durante la Segunda Guerra Mundial. El carácter del hombre que pidió que le retirasen la placa de metal de la cabeza antes de tiempo porque quería seguir marcando goles. El carácter del jugador que se hartó de que un espectador le recriminase por su color de piel y le propinó un balonazo en la cara en el transcurso de un partido.

El carácter del chico que rechazó jugar en el equipo de Winrral Ferrocarril porque no quería jugar para aquellos que le pagaban el sueldo por ejercer su trabajo. El chico que creció como futbolista en el Pensby United antes de consolidarse en el Tranmere Rovers previo salto al Everton. El chico que leyó mal la hoja de su contrato y creyó que iban a pagarle trescientas libras semanales cuando tan sólo eran treinta. El chico llamado William Ralph Dean quien, pese a no creerse rico siendo un joven futbolista, luchó más que nadie para, con la ayuda de su talento, convertirse en el mejor jugador de su país.

Se retiró tarde, sobrepasando la cuarentena. Le costó dejar el fúbol. Le costó empezar una vida nueva. Cuando dijo adiós montó un pub en Liverpool que se convirtió en lugar de peregrinación para la hinchada del Everton. Domingo tras domingo tras domingo llenaban el local. Igual que llenaban Goodison en aquellas tardes de gloria donde brindaba goles por doquier. Como en su tarde más famosa. Aquella en la que batió el record que George Camsell había establecido solamente una temporada atrás. El Everton ya era campeón de liga, pero Goodison Park se llenó expresamente para ver a William Dean marcar su gol número sesenta. La tarde en la que el equipo jugó en exclusiva para él y él respondió, como siempre, regalándoles la felicidad suprema. Aquella temporada había comenzado como un cañón y la había terminado como un misil. Anotó en los nueve primeros partidos de liga. Nueve. Anotó nueve goles en los tres últimos partidos de liga. Nueve. La gente aclamaba a su número nueve. Nueve.

Nueve vidas pasarán para que Goodison vuelva a disfrutar de un jugador igual. Muchos, en cambio, se resignan a creer que Dean es irrepetible. Si así fuese pueden estar satisfechos; solamente ellos le disfrutaron.

viernes, 30 de octubre de 2015

Cuando Medina Cantalejo redimió los errores de Byron Moreno

Citar el nombre de Byron Moreno en Italia significa poco más que citar el nombre del mismísimo diablo. Aquel tipo rechoncho que les arbitró en el partido de octavos de final del mundial celebrado en 2002, fue el hombre que cercenó la ilusión de millones de italianos.

Para ponernos en antecedentes, hemos de visualizar aquel mundial más como un escándalo que como una competición deportiva. De no haber mediado Ronaldo, es posible que hoy estuviésemos hablando más de un complot que de un mundial de fútbol. Una de las anfitrionas, Corea, fue pasando rondas hasta alcanzar las semifinales, contando con favores arbitrales tan descarados que resultaría imposible no pensar en una mano negra tras cada decisión. Nosotros ya recordamos sobradamente al egipcio Al-Ghandour y sus drásticas decisiones en perjucio del combinado español. Pero antes de alcanzar los cuartos de final, Corea del Sur se jugó la vida a cara o cruz contra la temible Italia y, contra todo pronósitico, la moneda cayó del lado deseado. Aunque son muchos los que sospechan que aquella debía ser una moneda con dos caras.

Cuando se designó el árbitro para el partido, nadie reparó en el currículum del tal Byron Moreno. Se sabía que era un árbitro ecuatoriano con una corta trayectoria internacional y que, como el resto de colegiados designados para arbitrar en el campeonato, debía tener una inmaculada hoja de servicios. Pero en aquel momento, Moreno ya cargaba sobre sí las sospechas por algunos curiosos arbitrajes dentro de la liga de su país. Ocurrió entonces lo que ocurre generalmente con las cosas que se consideran como banales, se ignoraron. Al fin y al cabo, a quien iba a interesarle un puñado de resultados sospechosos dentro de la liga ecuatoriana.

Lo que ocurrió en aquel Corea - Italia se convirtió en noticia de la crónica de sucesos más que en noticia deportiva propiamente dicha. Byron Moreno anuló dos goles legales a Italia y expulsó injustamente a Francesco Totti al tiempo que permitía que los coreanos se aplicaran con especial vehemencia. En el tiempo reglamentario, el coreano Hwan Jung cruzó un cabezazo a la red y el mundo comtempló, con asombro, como la cenicienta se cargaba a una de las grandes favoritas.

El recorrido de Corea del Sur en el tornero fue a más a costa de una nueva víctima y los rumores sobre la teoría de la conspiración se convirtieron en un globo sonda que alcanzó a los más altos estamentos del fútbol. El problema fue a más cuando el propio Byron Moreno reconoció errores puntuales a lo largo de su carrera, pero en aquel momento, el ya exárbitro se había convertido en un esperpento y en un personaje creado desde sí mismo, declarando desde un frío calabozo después de haber sido detenido por tráfico de drogas.

La historia de la selección italiana, lejos de paralelizar con la de Bayron Moreno, continuó en la preparación para el siguiente mundial. Fue un borrón y cuenta nueva; a rey muerto, rey puesto. Olvidada Corea, quedaba Alemania. Y en Alemania se plantó Italia después de una cómoda fase de clasificación con Noruega y Escocia como principales rivales. En diez partidos cosechó siete victorias con diecisiete goles a favor y ocho en contra. Números discretos de un grandísimo favorito pero un trabajo bien hecho. Volvía la Italia favorita de toda la vida.

La primera fase no tuvo demasiada historia. Fiel a su estilo, el equipo ganó dos partidos y empató uno. Pasó primera de grupo con cinco goles a favor y uno en contra y fue poco a poco encontrando el equipo con Pirlo como eje timón y Gattuso como perro de presa. La fórmula que había funcionado en el Milan extrapolada a la selección nacional. Tocaba esperar rival y cayó Australia. Parecía un partido fácil, pero tuvo mucha historia.

En realidad la historia del partido fue corta porque tuvo poco fútbol, pero llegado el momento culminante, surgió la figura del español Medina Cantalejo. Para ponernos en antecedentes, debemos decir que el árbitro sevillano se había encontrado muy presionado por los jugadores italianos después de que hubiese decidido expulsar a Materazzi por una dura acción recién comenzada la segunda parte.

Corría el minuto noventa y dos y medio, se habían añadido tres por lo que el partido expiraba. Pirlo puso una pelota fantástica al costado izquierdo del ataque y Grosso entró como una moto ganando la espalda del interior australiano. La jugada se complicó para Australia cuando el lateral italiano no solo ganó la línea de fondo sino que pudo pisar el área. Al rescate acudió Neill, quien cometió el error de ir al suelo demasiado pronto. Aquella muestra de impaciencia del lateral australiano fue aprovechada por Grosso para ir al suelo nada más ver como la espalda del número dos de Australia resbalaba en dirección a sus piernas.

Hubiese sido una juagada complicada de pitar en el caso de que el árbitro estuviese mal colocado. El problema es que Medina Cantalejo seguía la jugada de cerca y no dudó un instante en señalar la pena máxima. Los australianos no protestaron demasiado, quizá en una demostración de carácter menos racial, de haber dsido la decisión tomada en el sentido contrario, seguramente el carácter latino se habría comido al colegiado. O quizá era que ya le había comido el carácter desde el momento que había decidio expulsar a Materazzi y en el fondo sentía que les seguía debiendo una. Y se la cobró.

Totti anotó el penalti con la seguridad del genio y Medina Cantalejo pitó el final de manera casi inmediata. Italia pasó de ronda y allí se encontró con Ucrania a quien ganó cómodamente por tres goles a cero en una noche mágica de Luca Toni. Después llegaron la inolvidable prórroga ante Alemania y la mano salvadora de Buffon en la tanda de penaltis contra Francia. Italia se proclamó campeón veinticuatro años después y fueron muchos los que se asombraron de la capacidad competitiva de tipos como Cannavaro, Gattuso o Camoranesi. Pero fueron pocos los que se preguntaron qué hubiese pasado si Medina Cantalejo no hubiese pitado aquel penalti en el tiempo de descuento del partido que les enfrentó a Australia. Un partido que hubiese ido a la prórroga contra un rival más entero y afrontando media hora más con un hombre menos.

Pero el fútbol siempre da otra oportunidad. El ciclo del deporte da más revanchas que el de la vida. Podía haber sido Totti el que hubiese redimido los errores de Byron Moreno con un golazo desde fuera del área, o Luca Toni con un cabezazo o el propio Pirlo con una falta majestuosa. Pero hubo de ser otro árbitro el que hiciese justicia poética. Desde entonces Australia también busca una redención, pero en cada deporte existe un gobierno y unos ciudadanos. Italia es de los que gobiernan y quienes mandan, generalmente, tienen más oportunidades de llevarse el premio.

martes, 20 de octubre de 2015

El lado oscuro de la expectativa

Una expectativa demasiado alta implica un gran grado de mentalización. El gen ganador vive en la institución antes que en el jugador. El futbolista sabe, por activa antes que por pasiva, hasta donde pueden llegar las limitaciones y hasta donde le pueden llevar las exigencias. Para los grandes retos se necesitan grandes cabezas, solamente quien sabe lidiar con ello sabrá atesorar su talento porque para ganar hacen falta dos cosas; ser muy bueno y ser consciente de que lo eres.

Decía aquella manida frase de la no menos célebre película de superhéores que un poder conlleva una gran responsabilidad. En el deporte colectivo, poder siginifica dinero y este se otorga en pos del palmarés, las aspiraciones reales y la masa social. Teniendo en cuenta que nuestro campeonato ha estado gobernado durante el último medio siglo por dos gigantes con puño de acero, resulta extremadamente peligroso considerar como alternativas serias a aquellos equipos que, pese a su buen desempeño en tramos concretos de una temporada, aún no se han medido en la verdadera grandeza durante más de cinco temporadas consecutivas.

Para Villarreal y Celta, este principio de temporada está sirviendo como recompensa a un trabajo excelentemente planificado. Suele decirse, y además es tan cierto como que el tiempo pasa y el agua es líquida, que cuando las cosas se hacen bien suelen obtenerse buenos resultados. Estos dos equipos apostaron desde un principio por varias premisas a la hora de implantar su crecimiento; talento, paciencia y apuesta por futbolistas de progresión. Por ello, resulta reconfortante ver a tipos como Nolito, Orellana, Nahuel o Trigueros, trenzar jugadas de ensueño porque en su ilusión y su talento vive la verdadera esencia del espectáculo. Gustarse para gustar.

Jugar con red aumenta la confianza y desarrolla la intuición. Villarreal y Celta saben que, en caso de caer a las posiciones intermedias de la tabla, no habrá una voz que reproche su intento ni una letra que exija un palmo más de terreno. Para otros equipos, sin embargo, el error se convierte en una amenaza acusatoria de difícil digestión. Todo lo logrado pasa siempre a ser pasado y la exigencia se centra en lo pendiente por lograr. Valencia y Sevilla, por ejemplo, han debido aprender a vivir en el filo del alambre; se les exige ganar como si fueran los mejores y nadie perdonará sus errores cuando jueguen como los peores. Sus casos son explícitamente genuinos pues ninguno de los dos tiene un palmarés de órdago y, sin embargo, han generado una expectativa tan brillante que, a poco que escalaron la montaña, se les exigió llegar los primeros a la cima.

Mucho más traumático está resultando el ejercicio de transición para Sevilla y Valencia. Ambos equipos vienen rebotados desde el fracaso después de haber conocido el éxito. Una vez han vuelto a acostumbrar a sus fieles a los puestos nobles de la tabla, se les ha vuelto a etiquetar con el cartel de favoritos a todo. El error consiste en creer que el nombre del envase vale más que el contenido. Ambos equipos, instituciones acostumbradas al éxito relativo y a la pelea constante, han visto, de golpe, como un aluvión de elogios se han precipitado sobre su condición. Llevarse a engaño es la manera más vil de engañar a quien realmente te exige. Las aficiones de Sevilla y Valencia exigen, por encima de todo, esa dosis de esfuerzo extra que permite a los terrenales codearse con los dioses del olimpo. Cuando aparece la exigencia extrema es cuando aparecen las dudas. Ante la vicisitud existen dos lugares comunes. Competir contra uno mismo y competir contra los demás. Siempre una opción por delante de la otra. Si se olvidan las esencias se olvidan las necesidades.

En un lugar más incierto se encuentra el Atlético de Madrid. Durante años se reconoció en sí mismo como un equipo contra el que jugar era un dolor de cabeza. Su centro del campo apretaba en cada lance y su defensa era firme como el hormigón. Cuando había dudas, siempre aparecía el delantero de turno para poner las cosas en su sitio. Reinventarse obliga a cambiar conceptos y a vivir fuera del costumbrismo. Para un equipo con unos automatismos establecidos, cambiar parte del equipo titular, supone un nuevo reto ante el que hay que demostrar arrojo y confianza. Cuando una de los dos obligaciones fallan, es cuando se encuentra un equipo indefinido. Y la indefinición es lo que menos conviene hoy en día a un equipo que cree haber olvidado el desierto y creyó haberse establecido para siempre en el oasis de la felicidad.

La expectativa tiene un lado oscuro sobre el que hay que saber salir con valentía. El arrojo y la fé en uno mismo es el mejor motor para seguir hacia adelante. Si en el momento del primer tropiezo creemos que hemos errado en todo y hemos defraudado todas las esperanzas depositadas en nosotros, es porque en el fondo no somos capaces de afrontar el reto. Todo cambio requiere paciencia, la paciencia invita al trabajo y el trabajo bien hecho suele generar resultados. Y nada es más satisfactorio que hacer algo sabiendo que nadie te va a reprochar por no haberlo intentado.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Monsieur

No hay mejor ejercicio para la emoción que evocar la nostalgia. Disfrazamos la añoranza de deseo y nos ponemos a recordar aquellos momentos que, en nuestra infancia, nos encontraron con los ojos bien abiertos y el corazón encogido. Para un aficionado al fútbol no hay mayor motor pasional que recordar aquellos tiempos en los que, siendo un niño, descubrió a sus futbolistas de fantasía.

El día que España jugó la final de la Eurocopa de 1984 yo tenía ocho añitos y aún no sabía que en el ámbito deportivo internacional éramos un país de muchos sueños y más derrotas. Por ello, aquel partido se había convertido en un acontecimiento capaz de paralizar a todas las ciudades del estado. Yo, de fútbol, sabía de mi afición al Atleti, de mi simpatía por la Real Sociedad, que el Athletic era el mejor equipo de España y que Santillana saltaba más que nadie. También hablaban de Arconada como un ser casi mitológico; un pulpo de ocho brazos capaz de detener disparos a bocajarro con la agilidad de un gato montés.

Precisamente fue Arconada quien pasó de héroe a antihéroe en el periodo de tiempo que transcurrió entre el minuto cincuenta y cinco y el cincuenta y siete. El árbitro concedió una falta al equipo francés, el meta colocó mal la barrera y el número diez lanzó el balón, suave, por el palo del  portero. Lo que parecía una parada fácil se convirtió en un estigma que persiguió durante toda su carrera al que probablemente haya sido uno de los tres o cuatro mejores porteros de nuestra historia. Pero la historia, más allá de los errores, se escribe en base a los grandes aciertos y nadie para embellecer el logro como los jugadores de época.

El tipo que lanzó la falta, el que vestía el número diez, es uno de los futbolistas más elegantes que ví en mi vida. Quizá sean muchos lo que le identifiquen con ese señor algo pasado de peso y sonrisa bobalicona que se sienta en el palco de las grandes finales en calidad de presidente de la UEFA. Pero antes de dirigir desde los despachos, dirigió desde el césped como un mariscal de campo. Platini recibía en tres cuartos, levantaba la cabeza y la jugada, como por arte de magia, terminaba despejándose. Para él no existían secretos, para él no existía un estadio imposible de conquistar.

Fue cisne de belleza incomparable en Nancy, reeditor de éxitos en Saint Ettiene, estrella mundial en la Juventus y punta de lanza de una selección francesa que ganó pocos títulos pero conquistó el corazón de millones de espectadores. Aquel equipo jugaba casi de memoria, con tres centrocampistas de corte ofensivo y un delantero con cuerpo de centrocampista. Ya lo dijo en una ocasión: "No soy un nueve, pero tampoco soy un diez. Soy más bien un nueve y medio". Quizá aquella calificación, aparte de definirle estratégicamente, también podría definirle como futbolista porque él fue siempre un jugador sobresaliente.

Manejaba el espacio como pocos, sabía llegar desde atrás, casi siempre indescifrable, manejaba el arte del remate a la perfección. En los tiempos de gloria del Calcio, salió máximo goleador en tres ocasiones. Pero más allá de su capacidad de golear, Platiní destacaba por su capacidad para gobernar. Y es ahí donde se talla su incomparable figura como jugador. De una técnica exquisita, Platini aparecía para hacerse dueño de la pelota cuando su equipo más lo necesitaba. En aquella Juve de Trapattoni, quizá la mejor de la historia, se hicieron famosas las victorias por un gol a cero. Aquellos logros seguramente no hubiesen sido posibles sin la presencia del número diez francés. Él era quien atraía a los rivales, quien escondía la pelota, quien distribuía el juego y quien, cuando el defensor rival menos lo esperaba, aparecía en el área para ejecutar el partido con un gol casi siempre de bella factura.

Como los productos realmente extasiantes, el fulgor de Platini se apagó antes de lo que nos hubiese gustado. En 1987, con treinta y dos años, y dos temporadas después de haber sido galardonado con el último de sus tres balones de oro, decidió dejarlo todo y pelear por su sueño de presidir la FIFA. El Platini de los despachos es un hombre recio y no exento de polémica. Como a nosotros nos gusta el fútbol por encima de las corbatas, recordaremos por siempre a ese futbolista que era capaz de levantar de su asiento a todo un estadio. Y esas cosas, en realidad, son propiedad privada de los elegidos.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

El penúltimo milagro

El fútbol se parece demasiado a la épica como para no encumbrarlo en hipérboles y elegías. Uno habla de futbolistas y los compara con semdioses tan sólo porque son héroes de carne y hueso que logran, con un momento mágico, asombrarnos y, en el mejor de los casos, colmar toda nuestra felicidad al ser los precursores del hechizo que todos imaginamos en sueños.

Los milagros, en fútbol, se recuentan en paradas imposibles y en goles inesperados a última hora. Hay otros de igual belleza pero menor intensidad, como cuando un pez chico se pone el mundo por montera y le da por merendarse al grande. Pero como aquí, igual que en la vida, el poderoso caballero es aquel que pone las piezas en su lugar, al final, como en los malos cuentos, el poderoso termina siempre comiéndose hasta el tuétano del hueso de las perdices.

Los grandes equipos viven de grandes actuaciones. Los mejores jugadores, a su vez, son aquellos que anotan el gol decisivo en el momento clave. Si de milagros hablamos, será imposible de olvidar para aquellos que lo vimos, aquella casi improbable remontada del Liverpool ante el Milan en la final de la Copa de Europa de 2005.

Tras una primera parte dominada de cabo a rabo por el Milan y con una exhibición de Kaká como pocas veces se había visto a un futbolista en un escenario similar, el Liverpool se aferró a sus historia, a su afición y a su momento para dibujar una hazaña cuyos ecos aún resuenan en la memoria de los mejores aficionados. Y sin embargo, aquel milagro de Estambul no hubiese sido posible de no haber mediado, unos meses antes, otro milagro, perpetrado a orillas del río Mersey y cuyo protagonista fue el gran Steve Gerrard. Fue por cosas como aquella por lo que le terminaron apodando "El Dios de Anfield".

En un grupo que se le terminó complicando, el Liverpool se enfrentó a Mónaco, Olympiakos y Deportivo La Coruña. No era un grupo sencillo y el Liverpool no era, ni mucho menos, el gran favorito. El Mónaco, finalista de la anterior edición, se destacó desde el principio y el Depor, semifinalista también en 2004, terminó desinflándose antes de tiempo. El segundo puesto quedó en disputa, pues, entre Liverpool y Olympiakos. Los reds venian dando una de cal y otra de arena. Habían perdido en Atenas y, para poder pasar a la ronda clasificatoria de octavos de final, debían vencer a los griegos por dos goles de diferencia. Aquella era una empresa complicada.

El Olympiakos era un equipo capitaneado por el incombustible Djordevic y donde jugaban los ex azulgrana Rivaldo y Giovani. También jugaba Gabi Schurrer, viejo conocido de la afición española, y algunos buenos futbolistas locales como Stoltidis y Anatolakis. No era el mejor equipo de Europa pero tampoco un equipo fácil de golear. Menos aún para un Liverpool que llegaba plagado de dudas y con la espada de Damocles balanceando sobre la cabeza de Rafa Benítez.

Benítez había llegado a Liverpool como el salvador después de la tormentosa estancia de Houllier, cargada de luces y sombras. Sin embargo, tras sus primeros meses en el equipo, el globo se había desinflado y, ya en noviembre, solamente le quedaba la Champions como tabla de salvación. Y aquella salvación pasaba por ganarle al Olimpiakos y hacerlo por más de un gol de diferencia.

La empresa se complicó bastante cuando Rivaldo anotó el cero a uno en el minuto veintisiete. Había que hacer tres goles y el equipo no estaba jugando demasiado bien. Con ventaja por la mínima se llegó a descanso y hubo quien pensó que era el momento idóneo para regresar a casa, tumbarse a lo calentito y olvidarse del fútbol al tiempo que se ahorraba la media hora de rigor atrapado en el atasco de salida del estadio.

Nadie imaginaba que el equipo que saldría a jugar en la segunda parte sería mucho más intenso, mucho más convencido, mucho más identificado con la afición. Sinama Pongolle apenas tardó dos minutos en anotar el empate y de ahí hasta el final el partido se convirtió en un acoso constante sobre la portería de Nikopolidis. Todo parecía perdido hasta que Mellor, a diez minutos del final, anotó el dos a uno. Quedaba una decena de minutos y la impresión de que la épica podía llegar a escribirse. Pero nadie imaginaba quien sería el héroe que completase la gesta.

Los héroes, como los padres, aparecen cuando realmente esperas algo de ellos. La mirada de un niño pequeño, siempre busca la mano protectora de su padre cuando presiente que un peligro acecha sobre su aventura. Esa mano protectora que la hinchada del Liverpool encontraría en su verdadero ídolo de masas. La jugada fue larga y algo embarullada. Minutos antes, Steve Gerrard había roto la bola con un disparo fabuloso, pero el español Mejuto González había anulado el tanto por falta previa de Milan Baros. Aquel, sí pero no, aún corría como un runrrún por la grada de Anfield. Por ello, cuando el balón llegó de nuevo al bueno de Steve en el borde del área no hizo sino lo que mejor supo, una vez más. La ejecución fue más ortodoxa pero mucho más eficaz. El obús entró a la izquierda de Nikopolidis que, pese a su buena estirada, no pudo hacer nada por alcanzar la pelota.

La locura, la gloria y la memoria dependen de hechos heroicos como este que acontenció en Anfield. Cuarenta y cinco minutos antes, el Liverpool tenía pie y medio fuera de la Champions League. Aquel gol de Gerrard fue la primera piedra de un edificio que terminó forjándose con hormigón armado. Cayeron el Bayer Leverkusen, la Juventus y el Chelsea. Y en la final, cuando todos daban por muerto al equipo de Benítez, los reds se conjuraron para obrar el último milagro. El penúltimo, el que les puso de pie hacia el camino que llevaba a Estambul, ya había obrado forma desde el pie derecho de Steve Gerrard. Sin aquel gol invernal, no hubiesemos dormido arropados por el asombro aquella noche de primavera del año 2005.

martes, 21 de julio de 2015

Illa, Illa

Había un estadio que lo había vivido todo y casi todo había sido lo más grande. Había un público que había aprendido a ganar, a celebrar y a disfrutar. Había una gente que no se acordaba de llorar, quizá porque hacía demasiado que no lo hacían, quizá porque no lo habían hecho nunca. Y hubo un tipo, de aspecto tosco y piernas pequeñas, que les hizo sentir un torrente de emociones. El puño en alto, la garganta desgañitada, el césped como escenario y la carrera frenética como despedida.

El día que se marchó Juanito se nos marchó la infancia. Habíamos crecido pegados a la radio, escuchando goles y remontadas imposibles. Aquellos que lo amaban sintieron el orgullo intacto y la tristeza tan al fondo que no supieron si llorar o no querer nunca dejar de recordar. Los que le sufrimos, seguimos sabiendo que, aún en la rivalidad, el aplauso siempre corresponde a aquellos que miran de cara en la victoria y en la derrota. Juanito tenía arrugas de hombre serio y alma de niño. Hablaba de frente y goleaba como un mago sin chistera; todo inspiración, todo imaginación.

Las piernas arqueadas, la provocación en la sonrisa, el regate en corto, el disparo seco, elegante, curvado, certero. Y pase magistral. Siempre en el momento preciso. Dijeron que era un Guadiana, pero el día que el río llevaba agua era un torrente de genialidad. Le costó hacerse un hueco con la selección y el mundo le conoció con un botellazo que hizo honor a su fama pero no fue justo con su fútbol. Los niños bajaban al barrio con un número siete cosido en una camiseta blanca. Aquel fútbol de entonces honraba a sus héroes. Hoy, mientras observamos la triste despedida de un portero que nos lo dio todo, no imaginamos a Juanito marchándose sin honores. Sin embargo, todos sabemos que de aquel fútbol de patio de colegio no queda ni la educación.


miércoles, 15 de julio de 2015

El Kaiser


Nuestros padres nos hablaban de un tipo que jugaba con la cabeza levantada, que ponía el balón donde ponía el ojo, que barría la zona defensiva y sacaba el balón con elegancia, que disparaba a puerta con frecuencia y con más frecuencia aún realizaba cambios de juego que desorientaban al rival. Excelente toque de balón con el empeine, regate aseado y presencia física. Era tan elegante que amilanaba, nadie quería interrumpir su camino y el barro apenas manchaba su camiseta porque no necesitaba ir al suelo para arrebatar una pelota.

El recuerdo de nuestros padres se vio refrescado por aquello últimos años como comandante en la zaga, pero "El Kaiser" alemán fue mucho más que un extraordinario hombre libre. Cuando jugaba más adelante, era el mejor centrocampista jamás visto hasta entonces. Dotado de técnica, zancada y espléndido toque de balón, el número cinco alemán recorría el campo, de área a área, sorteando rivales con combinaciones precisas. Sabía disparar a las escuadras como el mejor y sabía dejar al compañero, en el área, en la situación más idónea para hacer un gol.

Franz Beckenbauer fue una de las más importantes estrellas en la historia de los mundiales, ese escaparate plagado de purpurina de cuyos sucesos vive la memoria más rutilante del aficionado. En 1966, pese a haber sido obviado por la historia, oculto entre la exhultante condición de Charlton y los asombrosos goles de Eusebio, Beckenbauer fue, posiblemente, el mejor jugador del campeonato. Sólo tenía veintiún años, pero le sobraba jerarquía e inteligencia. Dotado de aquella excelente técnica, poco más le hacía falta de encumbrarse.

En 1970, el primer mundial tecnicolor, nos enseñó a un Beckenbuer a cámara lenta; el hombre que gobernaba el juego y el guerrero sin antifaz que saltó al campo con el brazo sujeto al pecho con una venda para entregar el alma al diablo italiano. Su consagración, ya como defensa libre, se culminó en 1974, cuando un equipo tan eficaz como sobrio, ganó a la gran Holanda en la final y el recién nombrado presidente Havelange, puso la copa de campeón del mundo en sus manos levantandola hacia el cielo en una foto inolvidable.

Terminado su periplo por el escaparate inigualable del campeonato mundial, comenzó su era de tiranía europea como capitán del Bayern de Munich. Aquel era un equipo tan poco espectacular como tremendamente práctico. Un rodillo que ganaba a su velocidad de crucero. Hasta tres copas de Europa levantó aquel que ya habían bautizado como Kaiser. Dos balones de oro y la sensación de satisfacción después de batirse el cobre contra el mejor Borussia Moenchengladbach en el campeonato casero. Un jerarca incomparable, el hombre que aterrizó en Hamburgo para hacerlo campeón y retirarse en la gloria que nunca dejó de abrazarle. Para aquellos hombres que hoy son abuelos, Beckenbauer significó una perfección táctica tal que aún no han encontrado un tipo a quien poder compararle.

martes, 9 de junio de 2015

Polos opuestos

Cuando Jesús Gil cesó a César Luis Menotti como entrenador del Atlético de Madrid en la primavera de 1988, el primer hombre en el planeta en esbozar una sonrisa de satisfacción fue Carlos Salvador Bilardo. Aquella era la última bala que le quedaba a Menotti para demostrar que podía ser un técnico de valía en la élite. Bilardo, por su parte, masticaba el éxito que le había reportado el mundial ganado casi dos años antes y se situaba en la cúspide de los entrenadores más valorados del planeta.

Fuera de los banquillos, Menotti se convirtió en enemigo íntimo de Bilardo. El daño que no pudo hacerle desde el juego se lo inflingió desde la palabra. Cada columna de análisis era un misil hacia la línea de flotación de un equipo que durante el periodo entre mundiales vivió de la fama y no supo practicar buen fútbol. Pero aquella enemistad ya había nacido años antes. En lugar de respetarse mutuamente como los únicos tipos capaces de llevar a Argentina al triunfo final en el mundial de fútbol, se pasaron la vida tirándose dardos envenenados. Para que alabarse si odiarse era más divertido.

Todo comenzó en la primavera de 1983. Argentina regresaba a España, lugar de escarnio y tumba de Menotti como seleccionador, para enfrentarse al Valladolid en el estadio de Zorrilla. La derrota fue sonora y la imagen lamentable. Aquello fue aprovechado por Menotti para lanzar su primera estocada desde una columna de Gráfico. Bilardo, que tenía una fé irreductible en su método, se guardó la página para automotivarse en los grandes duelos. Ya conocía a Menotti de antes, pero nunca se habían enfrentado públicamente. De hecho, su relación había sido de un respeto cordial.

La primera vez que se vieron las caras fue en 1973. Menotti entrenaba al mejor Huracán de la historia y Bilardo intentaba renacer a un Estudiantes del que ya era una leyenda. Tanto se quisieron el club y él que incluso llegó a postularse como presidente. La competitividad con la que se enfrentaron ambos equipos hacía presagiar una carrera plagada de éxitos para ambos técnicos. Pero el espejismo se fue consumando desde que ambos levantaron la copa de campeón del mundo. De allá hacia aquí sus carreras como técnico de club fueron de fracaso en fracaso.

La frontera que abre el camino en el que ambos técnicos se cruzan se consolidó en el partido ante Brasil en mundial de 1982. Una gran Argentina, con el bloque que había quedado campeón cuatro años atrás, más la incorporación del mágico Maradona, terminó desquicidada ante la fabulosa Brasil dirigida por Telé Santana. Muchos achacaron a Menotti su falta de mano izquierda y, a su regreso a Argentina no tardó en ser destitudo de su cargo con el consiguiente nombramiento de Carlos Salvador Bilardo.

Desde entonce se generó una cultura de debate en torno a dos estilos contrapuestos. El balón como prioridad contra la condición física. Quizá, desde ellos, ningún entrenador como Marcelo Bielsa haya comprendido que, quizá, la clave del éxito está en el híbrido de los dos estilos. Todos al ataque y todos mordiendo; balón, sí, pero cuantas más ida y vuelta mejor.

En un sentido único, ambos entrenadores han sido influyentes en posteriores técnicos con diferente desenlace frente al éxito. De la fuente de Menotti sorbieron entrenadores como Valdano, Cappa o Gallego. Por el lado opuesto, se recuerdan equipos campeones de Ruggieri, Batista o Simeone con un fútbol mucho más físico. Como nadie tiene el secreto del éxito, digamos que al final quien terminó impusiendo su palabra fue aquel que fue triunfando en su momento dado. De esta manera, los estilos, más que un lugar común para el debate, se han convertido en folklore dentro de la propia tradicion futbolística argentina.

Antes de ser seleccionadores, ambos habian cumplido una premisa; habían triunfado a temprana edad como técnicos de club.

Lo de Menotti fue mucho más llamativo más por el contenido que por el cometido. Obsesionado por acaparar la pelota y atacar a través de la posesión, ideó un sistema de presión en cancha ajena y defensa zonal adelantada que bautizó como "achique". Se trataba de asfixiar al rival en campo ajeno, aunque para ello se necesitase un grado de implicación y de nivel técnico superior de los jugadores.

Su compromiso fue el de hacer feliz a la gente. La estética por encima de la ética. "El gol debe ser un pase a la red", llegó a decir. En su borrachera de felicidad llegó a calarse una gorra, peluca y gafas de sol para mezclarse con la gente que celebraba la victoria mundial en el obelisco de Buenos Aires. Si alguien creía reconocerle él se escabullía entre la multitud. No quería vanagloriarse, sólo disfrutar de la felicidad colectiva.

El populismo de Bilardo siempre fue más elocuente. Lo primero que promulgó es que lo importante era ganar. Como si el resto de mortales jugasen siempre a perder. Aunque matizó que no importaba la manera. Aquello revolvió el estómago de los más eruditos. Lo práctico, decían, siempre fue menos bello. Y en esa disputa entre practicidad y belleza se involucró el aficionado llegando todos a la misma conclusión; ganar es lo más importante. Y ganar bello es mucho más reconfortante.

Una de las revoluciones de Menotti se basó en la eliminación del clásico hombre libre. Obligando a sus jugadores a defender en zona y a tirar la linea defensiva muy arriba, necesitaba un portero rápido y con un buen juego de pies. Él sería el auténtico hombre libre. Menotti se decidió por Fillol, un maestro en el mano a mano, pese a que Gatti siempre fue el preferido del pueblo. Un histriónico que gustaba jugar contra los delanteros desafiándoles dentro y fuera del área. Cuando Bilardo tomó las riendas del equipo nacional, Menotti no entendió que no convocase a Gatti. Creyó que, ahora sí, había llegado su hora.

Pero Bilardo gustaba de otro tipo de arquero. Defendiendo mucho más junto y mucho más atrás, el mayor peligro llegaría en los balones aéreos al obligar a sus rivales a colgar balones al área para hacer frente a su muralla. Por ello, Pumpido se consolidó como el campeón del mundo en Argentina y dejó a Gatti sin el tesoro que todos creían que había merecido el mejor portero de su generación.

Si hay un equipo que definió a Menotti de por vida, este fue el Huracán del año setenta y tres. Con Babington, Brindisi y Houseman en sus filas, Huracán campeonó haciendo un fútbol vistoso y aún recordado por los viejos del lugar. Lejos de los cánones establecidos hasta entonces, Huracán compitió acaparando la pelota, asfixiando al rival y culminando jugadas de ensueño. Tanta exigencia requería de demasiada entrega. Aquel equipo, como su recuerdo, se convirtió en irrepetible, aunque efímero.

Con esta concepción del fútbol estaba claro que a Menotti no le iban a convencer las medias tintas. Por ello cuando, con el paso del tiempo, la selección española, arrastrada por el estigma de la furia, coleccionaba fracasos en las grandes citas, pronunció aquella disyuntiva que dividió al país: "España debe decidir si quiere se toro o torero". Se trataba de convencer al país de que el camino de la furia no iba a dar resultados y que el futbolista español estaba más dotado para jugar que para correr. El tiempo, como se vio, terminó por darle la razón.

La disyuntiva que dejó Bilardo en España fue mucho menos poética. Los que recuerdan su paso por el banquillo del Sevilla jamás podrán olvidar aquel famosos "Pisalo, pisalo" con el que animaba al masajista de su equipo a no atender a un futbolista del equipo rival. Así era él. "Al enemigo ni agua". Hay frases que retratan.

Cuando le preguntaron a Bilardo por enésima vez si se sentaría a tomar un café con Menotti él contesto que aquello sería imposible. Realmente nadie sabe donde está el germen, pero el quiste se hizo tan grande que terminó en convirtiéndose en tumor.

Hay quien dice que Bilardo viajó a Barcelona en 1982 para pedir consejo a Menotti de cara a la primera convocatoria que debía hacer como seleccionador argentino. Resultó curioso, pero de todos los nombres que citó Menotti, Bilardo no llamó a ninguno. "No sé para qué me pide consejo si hace lo contrario de lo que le digo", declaró Menotti, molesto. Después vino la derrota en Valladolid, la columna de opinión y una enemistad que ha tomado tintes de épica.

La leyenda de Bilardo venía de lejos. Fiel discípulo de Osvaldo Zubeldia, de quien llegó a decir que cambió el fútbol, era uno de los líderes del Estudiantes de La Plata de los años sesenta que lo ganó todo y llegó a atemorizar a sus rivales. De ellos contaban tantas cosas que muchas llegaron a convertirse en mitos. Entre ellas, afirmaban que salían al campo con agujas para clavarlas en la espalda de los defensores en las jugadas a balón parado. Aquella forma de ganar abrió debates. Los que siguieron la corriente de Menotti nunca disfrutaron de aquello, los que predicaba la justificación de los medios, enaltecieron la figura de Osvaldo Zubeldia.

A uno, Menotti, le apodaron "el flaco" debido a su liviana constitución física; aspecto huesudo, piernas esqueléticas y ojos profundos. Al otro, Bilardo, le apodaron "el narigón" por su prominente apéndice nasal. Este predicó ganar de cualquier manera. Aquel se lamentó de que le hubiesen robado el fútbol a la gente. Porque, cómo explicó en alguna ocasión, la búsqueda de lo bello no debe extenderse sólo al fútbol, sino a la vida.

Por cosas así, a Menotti le acusaron de romántico. El líder de la contrarrevolución, Bilardo, era mucho más práctico en el discurso y más obsesionado en la preparación. Su obsesión, a cambio, conllevaba un desgaste mental extremo. Antes de la final de México, organizó las marcas individuales del equipo y ordenó a Ruggieri seguir de cerca a Rummenigge durante el partido. Rummenigge era la estrella rival y Bilardo no quería un partido cómodo para él. Para tener alerta a Ruggieri le repetía una y otra vez, en los entrenamientos, en los descansos, en las comidas, en los vestuarios... "Ruggieri ¿A quién marcas?" "A Rummenigge", respondía el cabezón. Y así una y otra vez. La noche antes de la final se acercó a la habitación de Ruggieri y golpeó la puerta con fuerza. Era tarde y el defensor se asustó. Con cara de sueño se asomó por la puerta y observó a Bilardo con los dientes apretados. "Ruggieri, ¿A quién marcas?" "A Rummenigge". Cerró la puerta y ambos se fueron a dormir. Uno satisfecho. Él otro, conmocionado. Así era Bilardo.

Al igual que Ruggieri, Bilardo había sido un férreo marcador central. Sus enfrentamientos con Charlton, Rivera o Van Hanegem fueron memorables. Les pegaba, ellos volvían y les volvía a pegar. Aquello le ganó fama de duro y la misma fama ganaron sus equipos cuando comenzó su carrera con entrenador. Una carrera que parecía iba ser de éxito contínuo hasta que llegó a la montaña rusa de la selección argentina.

Si hubo un duro trámite que hubo de pasar Bilardo y del que se libró Menotti es el de la fase de clasificación para el mundial. Al haber sido Argentina el anfitrión del campeonato del setenta y ocho, Menotti había tenido tiempo y paciencia para armar un equipo a su gusto. Bilardo fue más de bandazos; se agarró a Maradona y anduvo haciendo pruebas mientras la agonía se hacía eco de su camino hasta el objetivo. Aquella fase de clasificación masacró su ánimo y casi le deja a las puertas del fracaso. Nadie olvidará el gol de Gareca ante Perú en el último minuto del último partido. Sin aquel gol no hubiese habido leyendas de pierna izquierda. Sin aquel gol, Bilardo sería el primero en la lista del salón de los fracasados.

Pero aquel gol fue el primer eslabón hacia uno de los mundiales más recordados. Y si lo fue es porque Maradona así lo quiso. El mismo Maradona en el que Menotti no había confiado para el mundial patrio y que, cuando lo había hecho, no le hizo sentir sentir protagonista. Todo el mundo tiene un debe y un haber. Y aunque Bilardo hizo caso omiso a las recomendaciones de Menotti en su primera entrevista personal, sí tuvo claro desde el primer día que su equipo iba a crecer en torno a Maradona.

Dicen que cada uno entiende el juego en el banquillo igual que lo entendió en el campo. Ya todos sabemos como fue Bilardo como futbolista, pero ¿Quien fue Menotti? Pues un centrocampista organizador de estilo elegante, no muy veloz, pero con mucho criterio para jugar la pelota. No esperábamos menos.

En la espiral de fama que ganó, agarrada al lema de que el fin justifica los medio, Bilardo se convirtió en uno de los futbolistas más odiados del planeta. Famoso fue su duelo contra George Best en la Copa Intercontinental de 1968. En el partido de ida, le pegó tantas veces como pudo. El irlandés, en lugar de arrugarse, le ofrecía la mano y volvía a encarar. Y Bilardo y Aguirre Suárez volvían a pegar. Y Madero y Medina también. Ya les esperaremos en el partido de vuelta, clamaron los ingleses. Y en el partido de vuelta les pegaron más. Hasta que Best, preso de la frustración, se engachó con Madero y fue expulsado. Misión cumplida. El fin justifica los medios.

Son muchos los que han intentado recrear aquel encuentro en Barcelona entre Menotti y Bilardo cuando este recién había sido nombrado seleccionador. Menotti, con su inseparable cigarro colgando de la comisura de los labios, le aconsejó a su manera: "Debes convocar a Tarantini y diez más. Entre esos diez, sería bueno que estuviesen León y Gatti". "¿Y Trossero?", preguntó el Narigón. "Trossero no tiene nivel para jugar en el seleccionado". Dicho y no hecho. La primera convocatoria de Bilardo no contó con Tarantini, ni con León, ni con Gatti, pero sí contó con Trossero. Después vino la derrota en Valladolid y la rabia de Menotti escupida en una columna de opinión. No han vuelto a mirarse a la cara.

Y eso que les ofrecieron dinero. "Mucho dinero", en palabras de Bilardo. Les ofrecieron una fortuna por sentarles en un plató y poder dar rienda suelta a sus egos delante de toda la Argentina. Pero ambos mantuvieron la coherencia y se negaron al juego del morbo. Se vieron una vez, sí, pero fue en los terrenos de juego; corría el año noventa y seis y Boca se enfrentó a Independiente. Ganó Independiente, cero a uno, pero nadie analizó el resultado como el de dos equipos en problemas. El titular fue que Menotti le había ganado a Bilardo. Un tanto en el haber de los que seguían creyendo que Menotti era el dueño de la piedra filosofal.

Como Gatti nunca había perdonado a Bilardo su ninguneo, no desaprovechó la ocasión de criticarle desde la columna del diario As. Bilardo entrenaba a su querido Estudiantes y Gatti empleó la pluma para decir que los equipos de Bilardo no daban espectáculo. Al siguiente partido, en El Monumental, el narigón apareció en el banquillo con una botella de champagne y dos copas. "Para disfrutar del espectáculo", apuntilló. De nuevo un enemigo desde una columna de opinión. Las palabras le dañaban más que los goles en contra.

Tuvo su penúltimo momento de redención el día que fue nombrado director deportivo de la selección argentina. No había lugar al error y la AFA le entregó al equipo a los héroes del ochenta y seis. Maradona en el banquillo, Bilardo en el despacho. Tanto ego revuelto no podía acabar bien. Al final, el choque de trenes terminó con Bilardo fuera de la selección y con Maradona, como siempre, henchido de poder.

Nada hacía presagiar este enfrentamiento cuando ambos celebraron abrazados la victoria en el mundial de México. Los puristas desmitificaron a Bilardo concediéndole una mínima influencia en el resultado. Para él fue fácil, opinan, solamente tuvo que armar un equipo defensivo y dejar que Maradona hiciese el resto. Si tan decisivo era Diego ¿Por qué Menotti no lo citó para el mundial del setenta y ocho? Bilardo intenta defenderse y dice que si Menotti ganó aquel mundial quizá fue porque tuvo la fortuna de jugarlo en casa.

Sea como fuere, ambos entrenadores son historia viva de fútbol argentino. Y lo son por una razón exclusiva: son los únicos capaces de hacer a su país campeón del mundo. Uno con un juego elaborado y otro con un juego directo. Uno conversando con el futbolista y el otro presionándolo hasta la locura. Uno licenciado en Ciencias Químicas y el otro en Ginecología. Se pueden extraer mil diferencias. Son polos opuestos, sí, pero sus victorias dejan claro una cosa y es que, en fútbol, la victoria no es propiedad privada de ningún estilo en particular.

Resulta curioso que finalmente Maradona terminase teniendo mejor opinión de Menotti que de Bilardo. Al problema que rompió relaciones y que terminó con el narigón fuera de la selección, se le suma el grato recuerdo que el pelusa mantiene del mundial juvenil disputado en Japón en 1979. Dirigidos por el flaco Menotti, un puñado de jóvenes argentinos hicieron el mejor fútbol de sus carreras y fascinaron al mundo en dos semanas de fantasía. Allí descubrió el mundo a Maradona. Allí nació la leyenda de un tipo al que un día llamaron Dios.

El milagro de Bilardo, aparte del mundial de México, se consumó en Colombia. Si es un mito en Estudiantes, no podemos decir lo contrario de su relación con la gente de Deportivo Cali. En 1982, meses antes de ser nombrado seleccionador de la albiceleste, Bilardo condujo al equipo a la primera final de su historia en la Copa Libertadores. Todo un hito.

Cuando la Argentina de Bilardo conquistó el campeonato del mundo de 1986, a Menotti le hicieron la misma pregunta que ya le habían formulado en el setenta y ocho, sólo que en esta ocasión con un sentido inverso motivado por el como "¿Es este el nuevo fútbol?" "No existe un nuevo o un viejo fútbol. Solamente existe el fútbol". Dos mundiales ganados con un estilo diferente. Eso es lo que quería decir. El fútbol es tan grande que no admite conceptos ganadores y sí una pluralidad de estilos.

Para uno, lo importante era atacar. Para el otro, lo importante era la seguridad defensiva. Nunca se pusieron de acuerdo. Bilardo tenía muy claro lo que era jugar bien, para él era ganar. Menotti, más soñador que efectista, sorprendió al mundo cuando declaró que "Estudiantes del ochenta y uno jugaba bien". Resultaba curiosa la afirmación, no tanto por la verdad del contenido, sino porque el míster de aquel equipo era Carlos Salvador Bilardo. Lo que afirma Menotti con aquello es que apreciaba el buen fútbol más allá de las enemistades.

Si hubieron dos discípulos que intentaron aplicar los preceptos de Menotti hasta la saciedad, estos fueron Jorge Valdano y Ángel Cappa. El primero había mamado los conceptos del flaco desde sus primeras convocatorias con la selección argentina y pese a que, posteriormente, terminaría siendo campeón del mundo a las órdenes de Bilardo, nunca entendió el fútbol como un hecho conceptual en el que el "qué" valía más que el "cómo". El segundo, Cappa, defensor aguerrido que hizo carrera en Olimpo, ya había acompañado a Menotti en su aventura en Barcelona. Cuando ambos se unieron, fue para hacer del Real Madrid campeón de liga y si por algo se recuerda aquel equipo es porque jugaba muy bien al fútbol.

La selección que midió a ambos entrenadores fue la Italia campeona del mundo del ochenta y dos. Antes de aquello, lo que sería el germen de una gran selección, se enfrentó a la Argentina de Menotti en el mundial patrio consiguiéndola vencer por un gol a cero, victoria que repetirían cuatro años más tarde en su camino hacia el campeonato mundial. A Bilardo, sin embargo, no se le atragantó la selección italiana y, a pesar de empatar en las dos ocasiones que enfrentaron, aquellos resultados le fueron válidos para avanzar en su camino hacia las dos finales consecutivas. Los puristas del resultado achacaron a Menotti su ineficacia ante equipos con oficio, algo por lo que ensalzaron a Bilardo; contra el músculo, más músculo.

El momento decisivo que dio paso al odio fue la entrevista concedida a Gráfico en el número del día veinte de julio de 1983. En ella, Menotti mostraba su disconformidad con el juego y con las decisiones de Bilardo. Este, que creía contar con el apoyo de su antecesor, se sintió traicionado. Se cruzaron palabras a través de terceros y jamás volvieron a juntarse para dirimir sus desavenencias cara a cara. El problema, con el tiempo, pasó a enquistarse y la enemistad se convirtió en odio mutuo.

Bilardo no había esperado aquella crítica. Él había viajado a Barcelona para sentirse seleccionador en la piel de su precedesor. Él creía en el trabajo y, para ello, creía en la necesidad de sentir empatía. La primera crítica no la perdono, sucesivamente, a medida que ambos se iban lanzando puyas, Bilardo, ante cualquier acecho de palabra ajena, suspiraba y sonreía por dentro; "El Flaco. Siempre El Flaco". Repetía.

Pero en el fondo le encantaba que hablaran de él. El veintiocho de marzo del noventa, Argentina enfrentaba a Escocia en Glasgow. Los partidos previos habían sido tan malos, que la selección estaba a seis minutos de batir la marca de un seleccionado sin anotar un gol. Bilardo se dirigió a sus chicos y les ordenó: "No se les ocurra marcar un gol antes de los seis minutos porque nos quedamos sin record. Nosotros tenemos que estar en todas las conversaciones, en las buenas y en las malas. Después de los seis minutos hagan lo que quieran".

Si a aquella Argentina le faltaba tanto gol era porque el Narigón se negaba a convocar a Ramón Díaz. El Flaco suspiraba por El Pelado, pero ya no se atrevía a reflexionar ni en voz baja. Toda Argentina quería en el mundial de México al tipo que marcaba goles para el campeón de la liga italiana. No hubo manera. Y Argentina ganó el mundial ¿Más reproches? Pidió Bilardo. Con el pecho enchido y la sonrisa satisfecha.

Para ganar el mundial de Italia, Bilardo recurrió a lo civil y a lo criminal. En un durísimo enfrentamiento contra Brasil, el jugador Branco se acercó al banquillo a beber agua en una pausa. El masajista argentino, en un acto de constricción, ofreció su bidón al futbolista brasileño. Parecía extraña tanta generosidad por parte de Bilardo. Y a fé, que lo era. Tal y como declararon años más tarde, aquel bidón contenía un sonnífero que se utilizó para quebrar la intensidad de los futbolistas brasileños. El partido pasó a la historia por las ocasiones malogradas por Brasil y por una fantástica arrancada de Maradona que terminó en el gol de Caniggia. Dios mediante, nadie sabe que pudo haber pasado si los futbolistas brasileños no hubiesen tomado de aquel bidón.

Una vez más, el fin por delante de los medios.

Para aquella época, Menotti ya había sido destituído del Atlético de Madrid. Las ocasiones se perdían en el limbo mientras Bilardo se consolidaba en la cima. El tiempo, juez y parte en los éxitos y las derrotas, terminó poniendo a cada uno en su lugar. "El fútbol es grande", se defendió Menotti. "Tan grande que evitó que Bilardo se dedicase a la medicina".

jueves, 16 de abril de 2015

Abocados a la magia

La optimización de recursos es el trabajo magistral que suelen ejecutar los grandes gestores. Los mejores visionarios han sabido adaptarse a la situación y manejar el equipo humano en base a lo que este le podía aportar, dejando en su segundo plano, lo que él podía aportar al grupo. De esta manera, y priorizando sobre los puntos fuertes, hubo grandes equipos que se formaron en torno a un par de estrellas y nueve cartesianos u otros que, desde un perfil más bajo, supieron mantenerse en la élite gracias al trabajo y una fe capaz de mover montañas.

Tomando como perspectiva el éxito grupal, no existe mejor ejemplo en el fútbol actual que el Atlético del Cholo Simeone. Sin ningún futbolista que destaque sobremanera sobre los demás y con jugadores de notable o notable alto en todas las posiciones, el Atlético ha sabido inventarse como equipo a partir del trabajo y la intensidad. Todos para uno y uno para todos. Once mosqueteros con sable en los dientes que pelean cada centímetro de césped como si en la misión se jugasen la propia vida.

Tomando como ejemplo algún caso menos pasional pero igualmente o más efectivo, podemos hablar del Nápoles de los ochenta, un equipo donde diez jugadores proponían y Maradona disponía. O su gran rival en la década, la Juventus de Trapattoni, donde un grupo de excelentes jugadores tenían claro que debían ocupar un segundo plano para que el francés Platini brillase por encima del resto. Algo semejante a lo que le ocurre al Real Madrid actual; contando con la que posiblemente sea la mejor plantilla de su historia, en muchas ocasiones queda supeditado al brutal rendimiento goleador de Cristiano Ronaldo.

El Barça ha vivido, en su pasado más reciente, épocas de fútbol excelso. Desde que Rijkaard y Ronaldinho resucitaron un cadáver con trazas de hundirse en un pozo sin fondo, el equipo, agarrado a las premisas de la posesión y la presión en campo contrario, ha vivido sus particulares días de vino y rosas con triunfos sonados y recordados porque por una vez no solamente importó el qué sino el cómo.

La decadencia del mejor Barça se precipitó por las decisiones técnicas, por la desgracia y por los años. Nada hacía presagiar la caída cuando Guardiola dijo adiós cansado de su exposición ante la excelencia. Se tenía por cierto que él era el gran artífice del milagro del mejor Barça de la historia, pero el equipo quedaba en manos de su mano derecha. Quedaban, pues, los cimientos y la continuidad del discurso. Nada podía salir mal. Pero salió mal.

Salió mal porque se cruzó la desgracia en forma de enfermedad. Tito Vilanova se vio obligado a dar un paso atrás y el equipo, pese a ganar una liga de cien puntos, empezó a descoserse viéndose desprovisto de un patrón guía. Se reintentó con Martino, pero en el rosarino no creyeron ni sus propios preceptores. Así pues, y con la sensación de que se había tirado un año en el camino a pesar de que el equipo peleó los títulos hasta el mes de mayo, se reintentó una huída mirando hacia atrás y se contrató a Luis Enrique con la esperanza de que el asturiano regresase al cuatro, tres, tres, a la presión alta y al tiki taka fulgurante.

El problema que encontró Luis Enrique es que a los pilares del Barça de Guardiola les alcanzó la edad y las lesiones. El que quizá haya sido el trío de centrocampistas más excelso de la historia del fútbol, ha sufrido las consecuencias del desgaste al que somete la élite y las exigencias. Busquets es esclavo de un pubis que le incapacita para gobernar el juego defensivo, a Iniesta se le ve el cartón en cuanto su limitación física se ha hecho evidente con el paso de los años y Xavi, el jugador que lo cambió todo, es un tipo de treinta y cuatro años que aún brilla como complemento pero al que le falta oxígeno para repetir la excelencia que le convirtió en el dueño de los partidos.

Así pues ¿Qué le queda a Luis Enrique? La pregunta, a bote pronto, parece de perogrullo en cuanto hablamos de uno de los equipos con mayor presupuesto del mundo. Aún así, es necesaria analizado lo anterior y la respuesta es sencilla observando el presente. Le queda la magia.

Teniendo en cuenta sus limitaciones en la creación, Luis Enrique ha convertido el centro del campo en un lugar de tránsito. Ya no se mastican las jugadas a cámara lenta ni se cambia el sentido de la jugada pasando por la rueca de Xavi Hernández. Ahora la fórmula es mucho más sencilla; buscar el desmarque de los de arriba y dejar que estos resuelvan la papeleta.

Entre los de arriba está Neymar; el tipo que se ha acostado en la banda izquierda y vive de latigazos de ingenio. A su falta de continuidad suele responder con alguna diagonal certera o alguna conducción frenética. Vive del desmarque hacia afuera y eso le convierte en indetectable porque al jugar en punta hace trabajar al central y al lateral que guarda la zona. Ha marcado veintiocho goles y ha dado cinco asistencias, lo que significa haber participado en el veinticuatro por ciento de los goles del equipo durante la temporada.

Está Suárez; el añorado goleador al que le costó arrancarse las costuras. Acostumbrado a ser eje principal, hubo de adoptar el papel de secundario en un equipo en el que manda el número diez. Acorralado, en un principio, en un costado izquierdo que limitaba sus aptitudes asesinas, ha ido encontrándose poco a poco hasta convertirse en el futbolista que nos había mostrado en Amsterdam y Liverpool, un hombre voraz que fabrica goles desde la nada. Vive al límite del fuera de juego y tira desmarques por doquier hasta que encuentra la portería de frente. Cuando vive en racha es imparable. Ha marcado dieciocho goles y ha dado trece asistencias, lo que significa haber participado en el veintidós por ciento de los goles del equipo durante la temporada.

Y está Messi.

Messi sigue siendo el mejor jugador del mundo, pese a que todos hayamos percibido un bajón en su rendimiento durante las dos últimas temporadas. El principal problema al que ha tenido que hacer frente Messi es el de tener que reinventarse. Cuando el Barça era una coral de centrocampismo, Messi era un tipo indetectable porque aparecía para aclarar la jugada y desaparecía para buscar el espacio. Ahí, con Xavi e Iniesta por detrás y Pedro como socio en el costado, Messi era una arma de destrucción masiva. El problema es que ese Barça se apagó y a Messi le obligaron a reconstruir su juego. De repente, sin socios por detrás, no encontró el espacio, lo que le obligó a afrontar la jugada, una y otra vez, contra un bosque de piernas. Las lesiones y los problemas personales, hicieron mella en su rendimiento, y aunque su aporte de goles seguía siendo notable, en el mundial se observó la caída del mito al que todo el mundo había prometido encumbrar en lo más alto.

El nacimiento de este nuevo Barça rupturista de ida y vuelta, transiciones rápidas ha obligado a Messi a convertirse en un mediocentro en la banda derecha. Desde allí recibe, casi siempre, sin espacios, y se ve obligado a inventar una jugada con un muro por delante. Además de goleador, se ha convertido en un pasador excelso y milimétricos son sus pases al segundo palo que, generalmente, suele agradecer Neymar. Como, además, es un hombre voraz y sabe jugar al fútbol, suele buscar el desmarque en diagonal para aparecer allí donde todos le esperan salvo los defensas contrarios. Sus cifras siguen dando miedo. Durante esta temporada ha anotado cuarenta y cinco goles y ha repartido veintitrés asistencias, lo que supone una contribución estadística del cuarenta y nueve por ciento total de los goles del equipo. Lean dos veces esta barbaridad para ser conscientes de que la mitad de los goles del Barcelona durante la temporada llevan, directa o indirectamente, el sello de Lio Messi. Como para no tenerle por imprescindible.

Así es este Barça de Luis Enrique. Menos deslumbrante en el aspecto técnico, más demoledor en el aspecto ofensivo. Un arma de doble filo que juega a su favor en los partidos descontrolados y juega en su contra en los partidos de ferreo control. En el último mes le hemos visto resolver un clásico por pegada y dejarse dos puntos en Sevilla por defecto de pausa. La posesion sigue a favor en las estadísticas pero ya no es utilizada como arma destructiva. Antes, los rivales caian por inercia. Ahora caen por contundencia. Es un Barça que depende de la inspiración de su trío de delanteros. Luis Enrique ha sabido optimizar sus recursos dejando atrás principios y rotaciones absurdas. Es equipo abocado a la magia.