jueves, 19 de octubre de 2017

Chus

La clase, ese respeto hacia la pelota que vive entre el empeine y el dedo, corresponde a los tipos que nacen con la calidad bajo el brazo. Esa manera de pegarle, templado, suave, buscando las telarañas, esa manera de pasar el balón al compañero, tocando música, silbando al aire, recitando a ras de césped. Había un tipo que jugaba andando y pensaba corriendo; sus pases, casi a cámara lenta, hacían moverse al equipo de costado a costado, y sus lanzamientos de falta, por contener melodías de seducción, eran un pasaporte permanente hacia el país de los deseos cumplidos. Castellano de nacimiento, castizo de adopción, aprendió la alta competición con una camiseta azulgrana que le tejieron demasiado grande. Cuando regresó a Madrid, casi de vuelta, era más futbolista y mejor pensador. Impartió cátedra y arropó a una hornada de chicos que crecieron a su lado. Cuando la idiosincrasia del club explotó en mil pedazos, le quisieron cargar un muerto que no le correspondía. Terminó despedido y vilipendiado por obra y arte del tipo que mató la esencia de un club que se había forjado desde la pasión. Pero sobre el césped del Calderón, por más que los millones podridos de Gil intentasen tapar el grueso de sus errores, muchos aficionados de bota de vino y bocata de jamón, seguían añorando el temple y la clase de Jesús Landáburu.


martes, 5 de septiembre de 2017

Entre dudas y certezas

Silencio. El alma en pie para aplaudir al genio, la garganta seca para buscar un nuevo trago de realidad, la palabra escondida en el pasado y la rectificación que, por más presurosa que llegue, no deja de ensuciar una verdad que, por culpa del talento, terminó convirtiéndose en mentira. Dijimos, algunos, que Isco no era el tipo peculiar que merecía titulares, que gustaba de la galería, del efectivismo por encima del efectismo y de la condescendencia por encima de la tributación física. Pero resulta que el chico escondía otras seis vidas, que resucitó de entre los incomprendidos y que se destapó como un artista de festival. Más allá de la sospecha se encontraba un jugador de verdad, más allá del presente se vislumbra un futuro cargado de highlights.

Inquietud. Al aficionado del Barça le puede el desasosiego, se le infecta el alma ante la duda, se le
contrae la mirada, sueña con lo que ya no es. Vive arropado en la nostalgia y se niega a creer que quien fue adalid del fútbol planetario se vaya condenando, poco a poco, a convertirse en comparsa de su mayor enemigo. Lo peor, más allá de la incertidumbre, es que aún queda cera y aún hay una llama resplandeciendo sobre el umbral de la tristeza. A Bartomeu le comen las verdades y a Robert le come la inoperancia. Han fichado poco y mal y tan solo se decidieron a dar palos de ciego cuando se vieron con la soga anudada en el cuello. Aún al borde del abismo, tienen una esperanza iluminando las sombras como el resuello encontrado al final de una carrera; el clavo ardiendo, la punta del iceberg, es ese fenómeno interplanetario llamado Lío Messi y que ha convertido en viva ilusión los pocos sueños que aún perviven en el ideario del colectivo culé.


Mentira. Así habría de catalogarse el sinfín de interpretaciones que, como consecuencia de la maniobra contractual que efectuó el año pasado Simeone, perpetraron sobre nuestros oídos los dueños de la palabra mediática. Hablaron de traición, de maniqueísmo, de desenlace dramático y de una estacada donde ya nos veíamos cada uno de los aficionados del Atlético. Pero más allá de sus palabras está la palabra de un tipo que no ha empeñado ningún verbo desde que es capitán de la nave rojiblanca. Se ha permitido renegociar su contrato porque él fue quien renegoció todas nuestras ilusiones. En un mundo hiperglobalizado e hipersubvencionado, en la época del fair play, el negocio y los petrodólares, el tipo del traje negro se ha declarado fiel a su causa y nosotros, que no sabemos hacia dónde vamos pero sí sabemos de dónde venimos, nos hemos empeñado en quererle porque, más allá de los valores, de los resultados y de los cánticos a garganta abierta, sabemos que sin él no existiría ninguno de nuestros sueños.

España. Esa roja que nos perdía en debates absurdos, que nos enfrentaba en barras de bar, en
vertederos de papel, en descampados de piedra y arena, nos ha vuelto a unir, más allá de los entredichos, para hacernos saber, una vez más, que sin talento no hay gloria, que sin sentido común no hay resultados y que sin centrocampistas no hay fútbol. Las vicisitudes, esas que terminan colocando las realidades por encima de las aspiraciones, pueden convertirse en el eje de la justicia y hacer que los sueños se despeñen en un acantilado ruso, pero más allá de las verdades, de las realidades y de las aspiraciones, están las percepciones. Está la situación y está, por encima de todo, el balón. Y el balón dice que quiere estar en los pies de Iniesta, que quiere circular entre Isco y Asensio, que sigue enamorado de Silva y que no encuentra mejor cerrojo que el estilo clásico de Busquets. El tiempo colocará un podio y los titulares se encargarán de ensoñar o de jugar al oportunista barato, pero más allá del tiempo, y más allá de Alemania y Brasil, no encontramos una mayor favorita al éxito que la roja de nuestros desvelos.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Cemento en las botas

El tiempo es el único juez capaz de dictar sentencias de continuidad. Es el único ingrediente capaz de
alterar el producto, el único motivo por el que sentirnos nostálgicos, el camino más corto entre el recuerdo y la memoria. El tiempo es tan cruel que cuando queremos añorar los éxitos nos damos cuenta de que aquellos héroes de carne y hueso ahora se han convertido en señores de cartón piedra que apenas pueden dibujar un regate sobre el pasto.

Al Atleti le han pasado muchas cosas buenas durante los últimos seis años. Llegó Simeone y se recuperó el esfuerzo, la fe y la competitividad. El equipo ascendió hacia arriba y se mantuvo en la nube hasta que los recursos y la mala gestión de sus dirigentes le pusieron un palo entre las ruedas. Resulta difícil crecer si están machacando continuamente con un martillo en la cabeza. Resulta difícil consolidarse si lo máximo a lo que puedes aspirar es a jugar con un ídolo caído y varios tipos que, aunque admirables, ya no saben cómo vaciar sus botas de cemento.

El problema más grande que tiene Simeone es tanto de fe como de agradecimiento. Sigue sumido en el mismo sistema de trabajo con el que alcanzó la gloria y sigue confiando en el mismo bloque que le alzó hasta el cielo. Pero el bloque, debido al tiempo y las filtraciones, se desquebraja, poco a poco, como ese insensato ermitaño que sigue pretendiendo sobrevivir a la soledad con un vaso de agua y un mendrugo de pan.

A Juanfran Torres la espalda se le convierte en un erial; cada carrera hacia detrás es una competición consigo mismo y cada cruce tardío es el estío de quien fue primavera y hoy se va convirtiendo en un otoño sin remisión. A Gabi, por su parte, las jugadas le pasan de largo como lo hace la vida con los contemplativos. Duele verle así, porque él ejemplificó el modelo y él ha dignificado cada uno de nuestros sentimientos. Duele verle perder el norte porque sobre su brújula de acero se asentaban los valores de un equipo que picaba piedra como un coloso. Fernando Torres, por su parte, va camino de convertirse en un ídolo caído por su propia mitificación. No busca, no alcanza, no asusta. Le han ponderado tanto cada gol anotado que aún cree que puede sobrevivir a base de rentas y escudos protectores, pero la realidad es que, con él en el campo, el equipo juega con menos profundidad y menos mordiente, y esos son dos pecados que, generalmente, te condenan al infierno.

Podría, y debería, ser un renovarse o morir si los dos tipos que dictan los designios del club no se hubiesen empeñado en emponzoñar el trabajo, digno e impoluto, de un cuerpo técnico que ha devuelto al equipo al lugar que le corresponde. No se puede fichar y ni siquiera se puede aspirar. No hay un nueve porque vendieron a todos los que funcionaron, no hay un mediocentro porque obviaron el momento en el que Tiago dijo adiós a las armas, no hay un fantasista porque el equipo se ha acomodado en la trinchera y prefiere verlas venir antes que recurrir a la heroica.

Poco a poco, paso a paso, partido a partido, el tiempo va dictando sentencias de continuidad, va alterando el producto y nos va haciendo confundir recuerdo con memoria. Hay mimbres, sigue habiendo sueños y, sobre todo, el futuro sigue estando en manos del principal valedor moral de la hinchada. Lo único que falta es que el tipo que nos devolvió al cielo se decida a cambiar el chip y que el mes de enero, amén de Vitolo, nos regale un nueve competente. Igual así, con juventud, renovación y ganas, el equipo deje de hacer ridículos tan espantosos como el que perpetró el sábado frente al Girona.

miércoles, 16 de agosto de 2017

La edad de los excesos

Los 90 fueron los años de la alegría y del todo vale. Ningún país tan dispar como Italia pudo haber sido la cuna perfecta del blanqueo y la especulación. Ante la llamada del dinero fácil, grandes empresas surgidas de la nada se convirtieron en imperios todopoderosos y que mejor lugar común que el fútbol para marcar músculo y repartir felicidad. 

A la sombra de la improbable Parmalat, creció un equipo que, de la noche a la mañana pasó de pequeño a gigante. En aquel Parma jugaban campeones del mundo, grandes promesas y firmes candidatos al balón de oro. Todo era felicidad durante el año aunque en el momento decisivo el equipo no terminase de dar el paso definitivo. Con un par de Uefas y una Recopa en su palmarés, el Parma, como outsider imperfecto, no terminaba de dar el paso definitivo en el Scudetto, siempre por detrás de la Juventus o el Milan de turno. 

Algo parecido le ocurriría a Hernán Crespo. Técnico, veloz, coordinado y trabajador como pocos, se veía siempre relegado por el eficiente Batistuta en el corazón de los argentinos. Por todo ello, cada enfrentamiento ante un gigante significaba, para Parma en general, y para Crespo en particular, un momento idóneo para la reivindicación. Nada podía hacer más felices a los parmesanos que ver como una contra desarbolaba al mejor equipo del mundo y como su delantero estrella, Valdanito Crespo, rompía en añicos la cintura del gran Ciro Ferrara.

martes, 4 de julio de 2017

El cambio alemán

Aprender a perder es el paso primordial a la hora del regenerarse en el aprendizaje. Uno cree siempre saber hacia dónde va, pero muchas veces olvida de donde viene. Bien por comodidad o bien por altivez, solemos renunciar al aprendizaje por el mero hecho de sabernos poseedores de la fórmula mágica. Si algo funciona para qué cambiarlo, nos dicen. Y así, mientras vamos azotando el aire con nuestros palos de ciego, tardamos demasiado tiempo en comprobar como quienes sí han hecho... los deberes terminan por adelantarnos y proyectarnos con un severo golpe en la cabeza.

Por ello, contar con un plan alternativo, no solamente supone una ventaja contra el conformismo, sino que nos sitúa dos pasos por delante de nuestros enemigos a la hora de encarar futuras afrentas. Algo así debió pensar Joachin Low después de ser vencido por España en sus últimos enfrentamientos trascendentales. El estilo, ese librillo tan saludable al que recurrir en caso de emergencia, no sólo sitúa a los mejores en perspectiva sino que los encumbra en el largometraje de la memoria.

Cuando había perdido todo atisbo de esperanza, cuando las derrotas se hacían eco en la llaga del orgullo y cuando creyeron que mirar atrás era de valientes, fue cuando Alemania dejó de ser Alemania. Y entonces recuperaron la esperanza, y las derrotas hicieron eco en la cicatriz del orgullo y, para ser valientes, miraron hacia adelante. Y España, ese conjunto de pequeños magos y disidentes del contragolpe, se convirtió en un ejemplo, no solamente a admirar, sino también a imitar. Y los laterales empezaron a sentirse centrocampistas, y los defensores sacaban el balón como laterales, y los centrocampistas cambiaron el choque y la conducción por el pase y el desmarque y los delanteros, más dispuestos al juego que al mero resultado proporcional, se vistieron de gala para culminar un estilo que había roto con los cánones de la austeridad.

Y así, mientras ganaron un mundial ajeno después de perder el propio, y tras atisbar un magnífico porvenir en una injusta semifinal parisina, la Mannschaft ha regresado a la gloria en un verano de entreguerras arrebatándole un sueño juvenil a España y un sueño confederado a Chile. Y es que para ganar, no siempre sirve la tradición, pero casi siempre servirá el estilo.

viernes, 26 de mayo de 2017

El equipo por encima del método

La capacidad para asombrar es el recurso exclusivo de los que cuentan con la capacidad de generar
magia. El talento, el trabajo y, sobre todo, el genio, son elementos diferenciadores a la hora de distinguir a los muy buenos de los mejores. Existen en el mundo un ramillete de grandes equipos pero solamente uno, el Real Madrid, ha conseguido alcanzar, a base de inversión y cierta dosis de trabajo, esa excelencia irredenta que lo ha convertido en el mejor equipo del mundo. Un Dream Team en toda la extensión de la palabra contra el que nadie puede competir fuera del campo pero que, en el mismo, sigue ganando batallas gracias a sus dosis de talento y, por qué no, un poquito de suerte.

Y es que, más allá, de la búsqueda infinita, es posible que no exista el equipo pluscuamperfecto. Es por ello que la Juve, próximo rival del Madrid en su camino hacia la leyenda infinita, cuente con el derecho propio, adquirido gracias a un bloque sólido y un ramillete de títulos, a soñar con lo muchos creen considerar como imposible. Porque, aunque en el cuerpo a cuerpo, es posible que los italianos salgan perdiendo, es el valor de la estrategia y la táctica donde puede jugar su carta ganadora.

La Juve ya no es el típico equipo italiano al uso porque, más allá de los tópicos, ya casi no existen los equipos italianos al uso. Desde que el país refundó su fútbol, sus instituciones y su estilo, en Italia se juega un fútbol más divertido y más extemporáneo. Es cierto que muchos equipos carecen de ese rigor táctico que les caracterizó en el pasado, pero este fútbol sin corsés es mucho más lícito y, sobre todo, está sirviendo para que el Calcio vaya creciendo exponencialmente en materia competitiva. Son muchos los que piensan que la Juventus se está paseando en su campeonato año tras año, pero más allá de logro, pervive un trabajo intenso con el que el equipo bianconero sobrevive en lo más alto salvando trampas y quebrantando emboscadas.

Y es aquí donde sobresale la figura de Massimiliano Allegri. Tras la marcha de Conte, muchos temieron al vacío y a la desazón. Pero lo que hizo la directiva juventina fue mover ficha de la manera más inteligente. Para ponderar la figura de Allegri, hace falta viajar unos años atrás en el tiempo. El trece de diciembre de 2011 un Milan en pleno proceso de autodestrucción deportiva, visitaba el Camp Nou para dirimir un duelo, en principio desigual, ante el mejor equipo del planeta. Aquel Barça, liderado por Xavi y coronado por Messi, era una máquina casi perfecta que ganaba por confección y por convicción. Lo que encontró aquel día, ante un equipo venido a menos, fue una tela de araña que terminó por ahogarle. No fue la primera vez que aquel Barça se atragantó ante el Milan en aquella temporada. En el segundo partido del grupo, el Barça tuvo que tirar de arrestos para levantar un partido que se le había puesto a cara de perro y en el cruce de cuartos de final, necesitó de dos penaltis para derribar el muro que había diseñado Allegri. De alguna manera, y sin que el mundo casi no se hubiese dado cuenta, el entrenador italiano había conseguido el antídoto para detener al mejor equipo de la última década. Si Mourinho logró aquella liga fue porque, más allá del método, contaba con los jugadores ideales para conseguirlo.

Es posible que la Juve eche de menos algunos aspectos del método Conte. Es posible que el ex futbolista del equipo sea tipo más metódico y experto en el trabajo anímico, pero nadie puede poner en duda el valor estratégico de Allegri. Un tipo que estudia cada enfrentamiento como una partida de ajedrez y que sitúa sus piezas en el tablero de una manera casi perfecta. El hombre que ha conseguido que el equipo sobreviva a la marcha de sus tres centrocampistas emblema; Pirlo, Vidal y Pogba, y haya sabido recomponer el sistema con jugadores tan dispares como Pjanic, Khedira y Cuadrado. Algo que habla de la versatilidad de su trabajo; el equipo por encima del método y los jugadores por encima de las necesidades. La mala noticia para el Real Madrid es que ya sabe que tendrá que jugar muy bien para ganar la final. La funesta para la Juve es que ya sabe que cuando el Madrid de Zidane ha buscado la excelencia, generalmente la ha encontrado.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Y entonces el Atleti dijo no

Todo se había puesto de cara. El ambiente, el marcador, la fe y hasta la congoja del rival. Los platos estaban puestos sobre la mesa, solamente faltaba degustar el banquete y entonces, como un chiquillo que se aburre de su juguete favorito, el Atleti dijo que no, que cambiaba de juego y que, además, no le apetecía sentarse a cenar. Y entonces regaló el balón, y traspasó la fe a su rival, y apareció Isco, y se acabaron los sueños. Por un momento, sólo por un momento, más de un...o nos vimos de pie en lo más alto de una cima llena de sueños. Nos han vuelto a eliminar. Si tiras de lógica, es sensato reconocer que ha sido hasta lo más lógico; son mejores, tienes más recursos, más poder y más pegada. Pero más allá de reconocimientos y felicitaciones, joder, qué bonito ha sido soñar aunque solo haya sido durante un rato. Qué bonito es sentirse orgulloso de tu equipo de fútbol aun cuando no ha conseguido el objetivo. Muchos buscan ganar. Es lógico. Es hermoso y gratificante. Es hasta extasiante. Pero más allá del logro final, somos muchos los que pedimos a nuestro equipo que no caiga, que siga en pie y que compita. El gol se compra con dinero y las copas se ganan con talento, pero el orgullo tiene un precio tan barato que a veces hasta causa sonrojo perderlo. Nos han vuelto a apear del camino y sin embargo lo sigo manteniendo. Hemos sido eliminados y sin embargo me voy a la cama sin una lágrima.

martes, 9 de mayo de 2017

La quintaesencia

La energía tiende a fluir. Se sostiene sobre la naturaleza y sin lógica alguna se va desparramando por el cosmos de tal manera que nos permite sobrevivir agarrados a su condición desprogramada. La materia, más allá de las causalidades, se distingue por su condición alimentadora. Tierra, agua, fuego y aire. Hubo quien quiso descubrir un quinto elemento, una quinta forma de materia que, convertida en energía, sería capaz de responder a muchas de las preguntas sobre el universo.

Cuando Kevin Keegan abandonó Liverpool, todos los que habían contemplado, gozosos, el ascenso imparable del equipo, quedaron desolados. Se marchaba el principal motor, el hombre que convertía en oro los contragolpes y el pilar sobre el que se sustentaban las aceleraciones finales. Un alquimista impaciente que decidió marcharse a Alemania para dar un empuje a un fútbol que amenazaba con conquistarlo todo una vez más. Pero más allá de la materia, perduraba la energía. Desde Glasgow, como un gaitero celta ávido de güisqui y cerveza de malta, llegó el tipo que cambiaría para siempre el rumbo del club.

Kenny Dalglish no sólo era rápido y hábil, sino que era listo. El Liverpool perdió un referente en ataque pero ganó un delantero con alma de centrocampista. Combinaba con frenesí en el centro del campo, peleaba cada pelota como si fuese el último premio del mundo y dibujaba definiciones magistrales en cada aparición en el área. Suyo fue el gol que le dio al equipo la primera Copa de Europa. Suyos fueron siendo los goles que fueron encumbrando al Liverpool como el mejor equipo del mundo y de sus botas nació la energía necesaria para convertir a los reds en una tormenta perfecta de tierra, agua, fuego y aire. Más allá de los elementos, la gente se agarraba el tipo que les hizo soñar en grande porque suya fue la gran responsabilidad de liderar a un grupo de grandes futbolistas. Neal, Kennedy, Souness, Rush, Case y Highway le buscaban porque él era la materia oscura sobre la que gravitaba aquel universo. La quintaesencia.


lunes, 8 de mayo de 2017

El pie derecho de Dios

Para jugar bien al fútbol hay que contar con varias e imprescindibles cualidades. A los mejores se les exige a medida que van aportando soluciones sencillas ante problemas complejos. Los buenos de verdad saben pensar y jugar y hay muchos que con algún buen recurso ejecutado a la perfección son capaces de hacerse un hueco en la élite. Un buen pie, una visión periférica y el esfuerzo denodado de quien no se siente inferior al resto fueron recursos más que suficientes para convertir a David Beckham en un estupendo jugador de fútbol. Muchos, con esa tácita memoria que nos convierte a veces en esclavos de nuestras mentiras, quieren recordar a Beckham como el futbolista que servía goles desde la banda y clavaba en las escuadras los lanzamientos de falta, pero realmente el icono inglés del siglo XXI fue mucho más que un tipo con un buen pie. Sabía recorrer el campo de punta a punta ofreciendo esfuerzo y solidaridad. Sabía jugar siempre con el compañero mejor colocado y, sobre todo, sabía encontrar el espacio ideal en las inmediaciones de la portería contraria.

No son pocos los madridistas que conservan en formol, dentro de su memoria, aquella noche en Old Trafford en la que el Real Madrid, después de varios vaivenes, se reencontró consigo mismo en un partido en el que todo lo que tenía que salir bien le salió bien. Pero son pocos los que recuerdan que, regate de tacón de Redondo aparte, el auténtico golazo del partido lo anotó ese tipo de mirada fruncida, sonrisa perfecta y cabeza rapada que regresaba a Preston en cada cruce, levantaba los “oooh” en cada centro y seguía soñando con ser el mejor en cada disparo a portería.


miércoles, 3 de mayo de 2017

El chico que dio la puntilla

Las instantáneas eternas son aquellas que quedan reflejadas en la memoria colectiva. Son esas señas de identidad que definen a ciertas personas y detallan el sentimiento de ciertos personajes. Son esos momentos esotéricos a los que la gente se apunta y gusta de decir "yo estuve allí" porque muchas veces la historia es irrepetible y no da una segunda oportunidad de volver a sentirla.

Los gestos más icónicos, por conceptuales, son aquellos que pasan el tamiz del tiempo y se colectivizan en la liturgia. El primer conato de arrebato lo arrancó Piqué desde el sentimiento el día que levanto la mano al cielo y le dijo a la afición rival que sí, que lo habían vuelto a conseguir y habían vuelto a anotarle cinco goles que dolían como cinco puñales en el corazón del madridismo. Desde entonces hasta aquí, el Madrid aprendió a combatirle al Barça cerrándole los espacios y Piqué tuvo que buscar en las redes sociales su lugar común para deshojar las margaritas sentimentales. Pero de aquel día, más allá del baño memorable y la palma de la mano girando sobre una muñeca encendida, quedó la imagen de un chico en carrera frenética contra el córner celebrando lo que sería, a la postre, su última gran aparición a nivel internacional.

Jeffren Suárez era un niño de ascendencia venezolana que había aprendido a jugar al balón en un descampado de las Islas Canarias. Asombrados por su velocidad y su finísimo regate, los ojeadores de los grandes equipos de la liga no tardaron en tender sus redes pero finalmente fue el Barcelona quien pescó en río revuelto. En la Masía fue quemando etapas hasta asentarse como titular en el equipo filial. Fue entonces cuando le llegó la gran oportunidad. En un equipo cuyo mecanismo funcionaba con la precisión de un reloj suízo, la aparición de cualquier extremo rápido y con sentido del juego era acogida con cariño por el resto del plantel porque la consigna seguía siendo la misma. Los laterales apretaban, el mediocentro iniciaba y los interiores ponían la pelota en el lugar exacto. Alves, Xavi, Busquets, Iniesta y Abidal. Cinco tipos con cerebro de director y pies de artista que empujaban al equipo rival hasta ponerlo de espalda a su propia portería. Como un grupo condenado ante el pelotón de fusilamiento.

 La sublimación de aquel equipo se finalizó el día que le anotaron cinco goles a su máximo rival y consiguieron dejar a Mourinho con la boca cerrada y las ganas de vengarse bien sujetas en la solapa. Aquella noche, mientras el público jaleaba su entusiasmo ante el soberbio recital de fútbol, Guardiola dio entrada a Jeffren para hacerle partícipe de una fiesta con muy pocos precedentes. El chico, ansioso por agradar y ávido por sumarse al festín, encontró el área en un desmarque de ruptura y vació el quinto gol contra las mallas de un Casillas que, durante horas, hubo de quedarse cariacontecido mientras intentaba analizar los errores que le habían llevado a una de sus peores noches como guardameta.

Aquel estruendo en el Camp Nou fue silenciándose en la memoria de Jeffren a medida que tiempo fue siendo cruel carcelero de sus ilusiones. Buscó una salida para tomar empuje y creyó que en Lisboa todos le adorarían como la perla azulgrana que, realmente, jamás consiguió ser. Allí había vivido a la sombra de Pedro y aquí habría de vivir ante la sombra de su propio pasado. Terminó decepcionando tanto que buscó una cesión en el Valladolid y en Pucela volvió a visitar el fondo del pozo y soñando más con vivir que con triunfar del fútbol busca su penúltima salida en la segunda división belga. Los designios
son así de duros; un día estás en la punta del iceberg y cuando quieres despertar te has hundido con todos tus sueños. A Jeffren le quedará el regusto eterno de haberse sabido protagonista ante los ojos del mundo de una de las noches más mágicas en la historia reciente del fútbol.