viernes, 24 de febrero de 2017

La memoria



La memoria, en el fútbol, es un sueño etéreo que dura lo que aguanta el resultado. La memoria no tiene sonrisa ni perdón, no tiene agradecimiento y, sobre todo, no tiene paciencia. La memoria es traicionera porque generalmente nos sitúa en el lugar erróneo al que nos conduce la idealización, nos sitúa en el lugar equivocado y en el momento equivocado y desde ahí, cuando aún pensamos que somos los mejores sin saber asumir que no somos más que lo que realmente estamos capacitados para ser, tomamos la peor decisión posible porque la autoexigencia, al fin y al cabo, se nos vuelve en nuestra contra.

La destitución de Ranieri es una broma de mal gusto. Hay que bucear mucho en los ancestros de la historia del fútbol para encontrar una epopeya parecida a la que protagonizó el Leicester durante la temporada pasada. Ser campeón de la Premier cuando los pronósticos te situaban en la Championship es uno de esos milagros que, por falta de cotidianeidad, nos reconcilian con la vida y, sobre todo, con el fútbol. Cuando tu nivel real no es el previsto sino el provisto, es cuando nos saltan las alarmas y perdemos la memoria. A un punto del descenso y a un gol de la clasificación para octavos de final de la Champions League. Es posible que algunos, allá en su trono de vanidad, hubiesen esperado mucho más, pero el nivel del equipo es este y los milagros, por su condición de extraordinarios, raramente se repiten.

miércoles, 22 de febrero de 2017

¿A quien le gusta la perfección?

Los cantos al fútbol son odas de imprecisión y magia. Los partidos imperfectos, por estar cargados de errores, son los menos comunes pero los más divertidos, son los menos deseados por el entrenador pero los más añorados por el espectador neutral, ese sabelotodo de barra de bar y despacho lleno de pensamientos que gusta de redifundir opiniones con la soltura de quien conoce los secretos del juego.

Manchester City y Mónaco demostraron que el fútbol puede ser una locura, que la cordura, en ocasiones no está reñida con el espectáculo y que ir y venir puede tener maravillosas consecuencias de cara al espectador. Ocho goles y una veintena clara de ocasiones, un partido que pudo haber acabado mal para el City y que, sin embargo, terminó poniendo bajo las cuerdas a un Mónaco que dibujó media hora de fútbol precioso en casa de su rival. En pleno Etihad, con todos sus millones desparramados por el campo y con toda la táctica de Guardiola intentando impedir el desastre que estuvo a punto de acaecerle.

Pero si el fútbol es hermoso por muchos detalles, uno de ellos es porque siempre ofrece una oportunidad para la redención. Ningún otro deporte en el mundo da oportunidades igual a quien está jugando mal. Todos tienen su momento y a todos su rival se le puede terminar acogotando. Le pudo ocurrir lo mismo al Atlético en Leverkusen, dominador implacable durante setenta minutos y sufriendo como un perro abandonado durante los últimos veinte. Algo así pudo ocurrirle al Mónaco, que debió marcharse de Manchester pensando qué diablos habían hecho mal para merecer un castigo semejante. Y es que cuando los grandes jugadores se ponen el traje de superhéroe, es muy difícil contener su aliento feroz. Silva, Agüero, Sané y Sterling se juntaron, no solo para amortiguar el golpe, sino para poner en la mesa un mandamiento implausible en esta competición; vas a tener que hacer las cosas mucho mejor si quieres ganarme.

Y como el Mónaco no podía hacerlo mejor porque ya lo había hecho todo de manera maravillosa, no le quedó otra que acogotarse atrás y esperar a que el temporal no le llevase por delante. Y lo que se llevó a casa fue un mal resultado y la esperanza de un buen rato que le hace soñar con una remontada que tendrá que ganarse por derecho. El fútbol a tumba abierta no es perfecto pero ¿A quién le gusta la perfección?

lunes, 30 de enero de 2017

Lev Yashin

Poco antes de empezar el encuentro, el joven Lev Yashin se calzó unos raídos guantes de cuero. Los presentes, entre indecisos y sorprendidos, observaban al chico grandote y se preguntaban qué debía temer para calzarse unos guantes antes de jugar. Hacía frío, sí, pero no menos que cualquier día otoñal en la vieja Rusia. Y el balón era pesado, sí, pero no menos de lo que podía llegar a serlo en aquellas noches en las que la lluvia y la nieve calaba hasta los huesos del alma.

El primer portero en usar guantes era ruso y no había practicado fútbol hasta los diecisiete años. Días antes de aquel debut, defendía la portería del equipo de hockey hielo de la fábrica de herramientas y, acostumbrado a llevar sus manos protegidas, solicitó un par de guantes para sentirse más seguro en la portería. Aquellos que le habían mirado de manera extraña fueron los mismos que le admiraron durante muchos años después. Ya nadie debatía sobre sus guantes, sino sobre su capacidad para asombrar al mundo. Disputó cuatro mundiales y, terminado el siglo XX, le otorgaron el galardón de mejor portero de la historia.

Pero los grandes estatus no se alcanzan por casualidad. Uno debe ser un gran hombre, un tipo insaciable y un deportista inabarcable para ser considerado el mejor. Cuando debutó con el Dinamo de Moscú nadie podía imaginar que aquel chico dubitativo iba a estar más de veinte años defendiendo la meta del equipo del ejército. No fue hasta que comenzó a vestirse de negro cuando fue tenido en consideración de leyenda. Le apodaron "la araña negra" porque parecía un antrópodo capaz de sacar ocho brazos ante cualquier circunstancia. Su entrega y dedicación le valieron el título de coronel del ejército. Toda una institución en un país donde la supremacía se ganaba a base de trabajo y miedo.

Pero no todo fueron rosas en el jardín de infancia. Hubo un día en el que regresó a Rusia como culpable y las sospechas se cebaron sobre su sombra. Fue después del mundial de Chile, disputado en 1962, cuando la gran Unión Soviética, vigente campeona de Europa, sucumbió contra el equipo local después de que su portero encajase dos goles inverosímiles. Durante una tarde, quizá la más importante de su carrera, el ángel que le acompañaba voló hacia la grada y prefirió sentarse para disfrutar de su humillación pública. Murió de pie y aprendió de rodillas. La sorna y la duda le hicieron más fuerte, más rápido, más perspicaz.

Y es que aquel mundial de Chile no había empezado con buen pie. En el partido de la fase previa ante Colombia, cuando los soviéticos vencían por cuatro goles a uno decidieron relajarse y darle alas al rival. El empate a cuatro final fue visto con sonrojo en Moscú. Y aún más lo fue aquel gol desde el córner que el colombiano Coll anotó ante la mirada impasible de Yashin. Nunca en la historia de los mundiales se había anotado un gol olímpico y él tuvo la mala fortuno de ser el primero en encajarlo. Pese a las críticas y los infortunios, el tiempo terminó olvidando el desastre porque fueron muchos más los milagros que sobrevinieron que los errores que le recordaron. Por su trayectoria admirable, la FIFA decidió que el premio al mejor portero de cada mundial llevase su nombre. Un digno reconocimiento a quien dedicó gran parte de su vida a hacer de su oficio un monumento al asombro.

Fue en el año 1946 cuando le instaron a probar suerte en el fútbol. Le gustaba el hockey y se sentía feliz siendo un dechado de reflejos. Era joven e insensato. Decidió probar suerte ante la lesión del portero del equipo de la fábrica y se quedó para siempre. Le picó un gusanillo difícil de apartar. Aquel campo de visión le otorgaba mayor libertad de pensamiento, aquel balón tan grande le ayudaba a la hora de interpretar los disparos, aquellas porterías tan anchas le obligaban a ser más ágil.

Cuando el chileno Leonel Sánchez anotó uno de los goles más importantes en la historia de su país; el locutor Julio Martínez, gritó una de las frases más famosas en la historia de los relatos deportivos. "¡Justicia divina!". Chile le estaba ganando a la URSS en partido de cuartos de final del mundial y Yashin ya sabía que la justicia divina no iba a recaer a su favor. Pero si existe un ente que imparte justicia con la divinidad de los hechos, es el tiempo. El mismo que encarece mitos y levanta estadios. El único capaz de otorgar reconocimientos más allá de los logros. Meses después de recibir aquellos goles frente a Chile, la revista France Football le otorgó el premio al mejor jugador europeo del año. Un hito sin precedentes que no ha tenido parangón en la historia del fútbol. Desde entonces ningún otro portero se ha asomado a los estudios del periódico francés para fotografiarse con tan preciado galardón.

Cuando acabó su carrera, la gente hablaba de un hombre que mantuvo su portería a cero en casi trescientos partidos. Exageración o no, lo cierto es que el mito se fue haciendo más grande a medida que el portero iba pasando por los años sin que los años pasasen por él. Era sobrio, ágil y omnipresente. En el año 1970 ganó su quinta copa de soviética diecisiete años después de ganar la primera. Era la guinda a una carrera trufada de grandes momentos. Una carrera ganada a pulso, a guantazos y carreras hacia el borde del área. Tan inmensa fue su fama que allende las fronteras soviéticas la gente esperaba la llegada de un ogro gigante. Pero aquella araña era un hombre de carne y hueso afincado en el milagro cotidiano. Cuando ganó para la URSS la primera edición de la Eurocopa de naciones, el régimen le convirtió en un símbolo del comunismo. Aquí está nuestro hombre, y Yashin se paseaba por Rusia como el salvador del bolchevismo. Por ello, resultó hasta curioso comprobar como su muerte, en 1990, coincidía con el fin del Guerra Fría y la fulminación de la perestroika rusa. Moría el mito. El niño que comenzó a jugar al hockey mientras se dejaba las manos en un torno fabricando herramientas para que su país pudiese defenderse de los ataques alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

Aquel hombre trufado de premios para mayor gloria del comunismo. La Orden Olímpica, la Orden de Mérito de la FIFA y, sobre todo, el prestigioso Balón de Oro concecido por la revista France Football en 1963. Aquellas muescas ayudaron a fabricar un mito inalcanzable. Jugar contra él era como jugar contra Dios. Quizá fue por ello que los rivales se sentían intimidados y los compañeros se sentían tan seguros como en un búnker. El hecho es que, más allá de la mística, Yashin se convirtió en un gran portero porque se anticipó a los tiempos. Se puede decir que fue uno de los primeros porteros modernos, esos que ya no se quedaban necesariamente bajo los palos a esperar la llegada del equipo rival, sino que prefería adelantar su posición, salir fuera del área a despejar o incluso a convertir la portería en diminuta para el atacante.

En su periplo en el Dínamo de Moscú, único equipo en el que jugó a lo largo de su carrera, a excepción de la selección soviética, Yashin disputó trescientos veintiséis partidos de liga para ganar cinco campeonatos a los que sumar a las tres Copas de Rusia logradas y al campeonato de Europa de naciones. Además, se consagró como un consumado para penaltis capaz de detener casi un tercio de las penas máximas que le lanzaron y que, en diecinueve años de carrera, fueron casi cuatrocientas.

Como casi todas las grandes carreras, la suya fue la del tipo que supo estar en el momento preciso y en el lugar adecuado. Durante meses, cuando aún era un joven imberbe aspirante a portero titular, tuvo que guardar reposo obligado en el banquillo de suplentes mientras veía como el portero titular, Alexei Jomich, apodado "El tigre", se hacía con el cariño de la gente a base de paradas milagrosas. Pero el verdadero milagro, para Yashin, llegó en forma de lesión. Jomich se rompió el brazo y el joven Lev saltó al campo y ya nunca más se marchó. Se olvidaron del tigre y nació la araña. Siempre vestido de negro, como un color fetiche que le ayudaba a imponer su presencia por delante del mundo, Yashin se convirtió el leyenda después de ser el primer futbolista ruso en disputar cuatro campeonatos del mundo. Más allá del profesionalismo, además, como el jugador amateur que siempre fue en su Rusia natal, pudo disputar los juegos olímpicos disputados en Melbourne en 1956 y alzarse, a su paso, con la medalla de oro. Una carrera de gloria que comenzaba con la mayor gloria.

Aquel dos a uno en la final olímpica ante Alemania supuso su presentación a nivel internacional. En Rusia, como el amo del destino del Dínamo, ya era una celebridad, pero pocos, allende las fronteras, habían podido admirar sus capacidades y sus reflejos. El cénit de su carrera llegó en el mundial de Inglaterra celebrado en 1966 cuando la Unión Soviética alcanzó las semifinales. Un hito sin precedentes para un fútbol en continua necesidad de gloria. Por ello, el día que se marchó del fútbol, le hicieron un homenaje a medida y una selección compuesta por los mejores jugadores del mundo viajaron al hermético Moscú para enfrentarse a la URSS. Tras el partido y los agasajos, Yashin, con la misma mirada de aquel niño que con siete años había soñado un final así después de ver la película "El Portero", tomó un micrófono y dejó dos palabras escuetas para la eternidad. "Gracias, público".

lunes, 26 de septiembre de 2016

Pichichis: Victorio Unamuno

A las oficinas del Athletic llegó un tipo que hablaba maravillas de un chico que jugaba en el Alavés. Era un imberbe de diecisiete años que iba al balón con la fe de los suicidas y remataba con la precisión de los cañoneros. Se llamaba Victorio, aunque todos le conocían por Unamuno. Un ilustre apellido vasco que, más allá de las letras, se había extendido hacia el fútbol.

De aquel niño que llegó desde Vitoria al hombre que se marchó a Sevilla seis años más tarde, habían sucedido cientos de partidos y decenas de goles. No tardó en convertirse en el delantero titular del Athletic Club de Bilbao, el, por entonces, mejor equipo del país y no tardó en conquistar la gloria vistiendo la camiseta con la que todos los niños vascos soñaban desde la cuna. Ganó dos ligas y cuatro copas y, poco a poco, se fue introduciendo en el imaginario colectivo de una afición que tendía a convertir a sus futbolistas en auténticos dioses.

Unamuno I, llamado así para distinguir su nombre de Vicente Unamuno, otro ilustre futbolista de la época rojiblanca, tuvo el honor de formar parte del primer once del Athletic de Bilbao en liga. Jugó como titular indiscutible durante un par de temporadas, hasta que apareció Bata; más rápido, más hábil, más expresivo, y la grada, y el club, se vieron obligados a elegir a uno de los dos. El ganador fue Bata y Unamuno hubo de marcharse al sur. Se consagró como futbolista vistiendo la camiseta del Betis y aún hoy vive algún hombre que, siendo niño, vivió el día en el que los verdiblancos se proclamaron campeones de liga con un triplete de su delantero centro. No resultó extraño, pues, que no tardase en convertirse en ídolo de aquel equipo, apodado Euskobetis debido a la cantidad de jugadores vascos que cohabitaron en la plantilla y entre los que Unamuno encontró su hábitat adecuado para sentirse como en casa.

No era el delantero más hábil de la liga pero era listo y sabía donde aparecer. Gustaba de jugar fuera del área por lo que no era extraño verle dar tantas asistencias como goles anotaba. Precisamente, aquellas fueron las cualidades que le convirtieron en un célebre juvenil del Deportivo Alavés y gracias a las cuales aterrizó en su querido Athletic. Allí comenzó a hacer historia el día que conquistó el primer doblete en la historia del club. Era la temporada 1930/31 y el Athletic dominaba el país con puño de hierro. Un dominio que prosiguió durante un par de temporadas más y tras el que el Unamuno se vio obligado a emigrar al sur. Se decidió por el Betis porque allí ya jugaban Urquiaga, Lecue, Larrinoa y Arqueta. Nunca se arrepintió de ello porque en Sevilla fue más ídolo que en Bilbao y porque allí sentó cátedra para darle al club la primera y única liga de su historia.

Todos los recuerdos se agolpaban en la vieja memoria de un tipo que, un día antes de cumplir los setenta y nueve, dijo adiós postrado en una cama y con su famosa pierna derecha amputada por encima de la rodilla. Víctima de la edad y la diabetes, el gran Unamuno se marchó dejando para ell recuerdo unas cifras de impresión. Ciento cuarenta y un partidos en liga y ciento un goles. Tres ligas y cuatro copas. Y un trofeo de máximo goleador de la liga que ganó en su regreso a casa.

Porque él ya había visto la muerte de cerca, al igual que todos los jugadores de su generación. La Guerra Civil, que estalló cuando tenía veintiséis años y se encontraba en el mejor momento de su carrera, le obligó a regresar a casa. Luchó y sobrevivió. Muchos no pudieron decir lo mismo. Cuando terminó el conflicto regresó la competición. Había mucho dolor, pero se guardaron muchos silencios. Unamuno ya no era rápido, pero seguía siendo listo. Regresó a San Mamés para volver a vestir la camiseta del Athletic y fue entonces cuando ganó su título de máximo goleador. Ya no era el mismo equipo. La guerra lo había roto y le estaba costando recomponerse. Unamuno sumó goles mientras el resto intentaban sumar juego. Por allí seguía Gorostiza, antes de salir repudiado camino de Valencia, aparecieron Gárate y Elizondo. Se intentaba resurgir, pero costó más de lo que hubieran deseado.

Pese a su rendimiento, jamás consiguió ser internacional. No era fácil serlo en aquella época en la que apenas había partidos internacionales y no se permitían las sustituciones. Luis Regueiro era el delantero de moda en España y cuando Bata le tapó el hueco en su club, terminó haciéndolo también en la selección. No le sirvió tampoco ser un héroe en Sevilla. Pero él sabía que había mucho fútbol más allá de la camiseta de la selección. Rindió como pocos y aún hoy, en Sevilla, es considerado uno de los mejores jugadores que pasaron por la entidad. Allí fue capitán y emblema. No era la primera vez. Ya había sido emblema en el Aurrerá Vitoria, donde llegó recién cumplidos los quince años. Se batía el cobre contra los mayores y casi siempre ganaba sus duelos. Lo fue en el Alavés y también en el Athletic. Hasta que una competencia brutal le obligó a marcharse camino a una nueva aventura.

En una mirada alegre, recordó siempre el día que se proclamó campeón ante el Racing. En una mirada triste, recordó siempre como la Guerra Civil acabó con la mejor generación de futbolistas vascos. En una mirada global, el fútbol recordará para siempre al primo lejano de Don Miguel de Unamuno que eligió el fútbol en lugar de las letras. Nunca podría haber eclipsado a su pariente. Para el fútbol se necesita ingenio. Para las letras, además, hace falta ser un genio. La cátedra y la catedral son dos lugares diferentes. Uno combatió a las desigualdades y el otro, Victorio, solo fue un buen futbolista. Con menos se hubiese conformado más de uno.

lunes, 20 de junio de 2016

Pichichis: Isidro Lángara

Aún quedaba algún ciudadano de la vieja Buenos Aires, vecino de Almagro, que levantaba la cabeza extrañado cuando observaba a cientos de inmigrantes españoles caminando rumbo al estadio de San Lorenzo. Todos acudían en masa para ver al vasco. Ese hombre espigado y de mirada ladina que había decidido quedarse en América cuando en su España natal se había pronunciado el parte de la victoria. Eran tiempos difíciles, el chico había salido de España durante la guerra, junto a muchos otros compañeros futbolistas y ahora temía volver. Temía por su vida.

Para Isidro Lángara, Argentina era su segunda parada. Su estancia en México ya había sido exitosa. Aquel grupo de amigos vascos se habían asentado en la capital mexicana tras cruzar el charco y habían conseguido formar un equipo para jugar en la liga local. Era el Euskadi Club de Fútbol. Habían quedado segundos y él había anota una veinta de goles. Una barbaridad para un campeonato tan corto. Alguien, en Buenos Aires, le habló de él al presidente de San Lorenzo y fletaron un barco para ir a buscarle. Pero aquellos no habían sido sus primeros goles. El suyo, con el gol, era un idilio que había tocado techo vistiendo la camiseta azul del Oviedo, esa ciudad que, con los años, le sigue rindiendo tributo en forma de recuerdo inmortal.

Con tal intensidad brillaba su aureola en la capital asturiana que, cuando regresó, por fin, en 1946, lo hizo en loor de multitudes. Volvía el hijo pródigo y las calles se llenaron para recibir al héroe de la preguerra. El hermano de un ministro del gobierno le había pedido, en una comida nacional, que interpelase ante el Franco para que Lángara pudiera regresar a España sin represalias. La orden se firmó con los dientes prietos y la ciudad lo entendió como un gesto de buena voluntad. El ministro y su hermano, que eran ovetenses, presidieron el cortejo de bienvenida y en el estadio del equipo se vistió de corto, una vez más, el tipo que tantas veces les hizo soñar.

Cuando aún no se había formado la liga de fútbol, el Oviedo ganó hasta en cinco ocasiones el campeonato de Asturias con Lángara como principal estrella. Su abanico de remates era inmenso y sus recursos en el área interminables. Se generó la liga y el Oviedo quedó encuadrado en la segunda división. Allí permaneció tres años y Lángara hizo tantos goles que se ganó la llamada de la selección absoluta. Allí dejó cifras aún no igualadas; diecisiete goles en doce internacionalidades. Una media imposible de superar en los tiempos modernos.

Cuando debuta, por fin, en primera, es un ciclón. Se convierte en máximo goleador de la categoría durante tres campañas consecutivas y, gracias a sus goles, el Oviedo se acomoda en los puestos altos de la tabla. Es el primer jugador en anotar un triplete en tres jornadas consecutivas, un hito que repetirá en dos ocasiones, los estadios se llenan para verle y en Oviedo no queda ni una entrada por vender. Cada partido merece la pena.

Con ese recuerdo regresó Lángara a Oviedo, pero habían pasado diez años desde su último partido y la edad no le permitía regresar al descaro de la juventud. Fue otro Lángara, más sabio, más astuto, pero más pesado. Había perdido velocidad y, aunque dejó un puñado de goles, su intento por regresar a la selección española se vio truncado con la llegada de Telmo Zarra al combinado nacional. Fueron dos años buenos, pero no espectaculares. Tras aquello, preso de su deseo de seguir disfrutando, regresó a México y despidió a Oviedo entre lágrimas. Allí le esperaban con los brazos abiertos y allí encontró su retiro dorado. Colgó las botas, se convirtió en entrenador y el fútbol perdió un goleador para ganar un sabio.

Los viejos hinchas de San Lorenzo aún recuerdan el día que vieron debutar a Lángara. Los niños de entonces son hoy ancianos de vivo recuerdo y huesos entumecidos. Les dijeron que en aquel barco que arribaba a puerto llegaba un vasco que hacía goles como rosquillas. Muchos le siguieron hasta Almagro. Aquella tarde, El Cuervo jugaba contra River. Al vasco le habían inscrito pero había llegado demasiado tarde para poder jugar. O eso creían. Se vistió de corto, saltó al campo y en veinte minutos hizo cuatro goles. Cuando salió entre aplausos, todos sabían que habían fichado a un tipo inmortal.

Aquel fue el techo de su aventura americana porque San Lorenzo era un equipo grande, con aspiraciones y con una gran masa social que le adoraba. Un techo que él creia haber alcanzado ya cuando había fichado por el Real Club España de México. Con este equipo ganaría los que serían sus únicos títulos. Un palmarés muy ralo para un tipo tan imborrable. Aunque es cierto que cuando se deja huella en los corazones, los títulos, en muchas ocasiones, solo son premios añadidos a la satisfacción.

Podía haber ganado más. Concretamente, podía haber alcanzado la gloria más absoluta. En su mejor momento viajó a Italia para disputar el mundial con la selección española. Tras un duro enfrentamiento contra el anfitrión, cayó lesionado y no pudo disputar el partido de desempate. Los que vieron aquello saben que fue un asalto a mano armada. El árbitro permitió una masacre y el parte de guerra dejó tantos heridos que España no supo afontar en condiciones el encuentro de repetición. Ganó Italia y los españoles regresaron llorando a casa sabiendo que se les había escapado la mayor oportunidad para tocar el cielo. Lo que no sabían es que lo que verdaderamente les esperaba era el infierno.

En julio de 1936 el ejército toma las cortes y se inicia una cruenta guerra entre hermanos que dividió a España en dos. Los futbolistas, en mitad del conflicto, hubieron de tomar partido por una de las dos facciones. Lángara regresó a su país vasco natal y, aunque en un principio luchó junto al ejército republicano, fue captado por una selección de jugadores para cruzar la frontera y jugar partidos amistosos en pos de reivindicar su soberanía. La selección de Euskadi llegó a París el veinticinco de abril de 1937 y un día después fueron alertados de una tragedia sin precedentes. La aviación del bando nacional había bombardeado Guernica hasta reducirla en escombros. Muchos lloraron de dolor. Muchos más de impotencia. Y todos juraron luchar por sus ideas más allá de una España que se desquebrajaba cubierta en sangre y lágrimas.

Llorar por Euskadi le dolió en el corazón. Él era un asturiano de adopción futbolística, pero su alma era vasca porque había nacido allí y allí había pasado su infancia. Cuando al presidente Carlos Tartiere, alma del Oviedo de preguerra, le hablaron de aquel muchacho de Pasajes, viajó para verlo golear. Pagó diez mil pesetas como compensación por el fichaje y se lo llevó bajo el brazo camino de Oviedo. Allí jugó durante casi diez años divididos en dos etapas. Entre todos, jugó más de un centenar de partidos y marcó ciento veintisiete goles. Los que le recordaron durante toda su vida aseguraron que había sido el mejor delantero español de la historia.

Durante la disputa del mundial de 1934, aquel en el que terminaría lesionado por la agresividad del combinado italiano y la permisividad del árbitro, la gente hablaba maravillas de un delantero brasileño llamado Leónidas. Aquel genio que había goleado con hermosura en las rondas previas, provocó un alboroto en el país transalpino. La gente acudió al campo a verle jugar en el partido de octavos de final frente a una España casi desconocida. Habían ido a ver a Leónidas y terminaron sorprendidos por la variedad de Lángara en el remate. Dos goles y Brasil en la lona. Podía haber esperado más gloria, pero las circunstancias, siempre las circunstancias, volvieron a interponerse en su camino.

Cuando arribó a puerto, en la lejana Buenos Aires, antes de aquel recital ante River, equipo ante el que mostró especial saña goleadora, la gente desconocía la procedencia de aquel espigado vasco, pese a que ya había sido máximo goleador en España y en México. Terminada la temporada, y conseguido el hito de convertirse en máximo artillero en tres campeonatos diferentes, la gente terminó rendida a sus pies y la afición de San Lorenzo, abnegada ante su talento, le susurraba cánticos de sirena en pos de conseguir que jamás se alejase de su orilla.

Pero al lugar qué el añoraba no podía regresar. Había desplantado a Franco huyendo de españa para enrolarse en un equipo de claro carácter republicano. Había desplantado ya a Mussolini cuando no habían levantado el brazo en honor al himno italiano en el ya tan recordado mundial. Había desplantado a tantos porteros que no eran pocas las aficiones que deseaban no tenerle como contrario. Pero nunca se desplantó a sí mismo ni a sus principios.

Desde que debutara en primera división con el Oviedo, había salido máximo goleador en seis temporadas diferentes y con tres equipos distintos. Anotó veintisiete, veintisés y veintisiete goles en sus tres primeras temporadas en la máxima categoría. Fue máximo goleador en México con treinta y tres. Y anotó veintisiete y cuarenta goles las dos temporadas que fue máximo artillero de la liga argentina. Números de auténtico depredador. La anticipación de aquellos hombres que, con el tiempo, se conocieron como cracks.

Los hombres de honor necesitan un obstáculo para demostrar su valor, necesitan de la épica para entrar en la historia y necesitan de la admiración general para convertirse en leyenda. La historia del fútbol español está repleta de grandes goleadores, pero siempre habrá uno que fue el primero de todos. Isidro Lángara no fue un goleador cualquiera, fue el primer tipo, junto a Zamora, que puso a España en el mapa. El primer hombre de honor en perder una guerra contra el fascismo y ganar una guerra contra la palabra. Ganador de su propia guerra, se mantuvo en la élite mientras pudo y en los corazones de quienes le recordaron mientras duraron sus historias.

Aún hoy, algún viejo anciano de Buenos Aires, le comenta a su nieto que hubo un día en el que los inmigrantes españoles acudían al barrio de Almagro para ver golear al vasco. La inmortalidad se gana así, de boca en boca. De generación en generación.