lunes, 20 de diciembre de 2010

El principito

Había un tipo con la cadera ancha, las piernas poderosas y una pierna izquierda que era un regalo de los dioses. Solía arrancar desde la línea de tres cuartos y, generalmente, terminaba la aventura en la celebración de sus propios goles. Fue santo en Zaragoza, patrón celeste en Roma y rey neroazurro en Milán. No había medias palabras en su juego, solamente verdades, disparos a la escuadra, redes tambaleantes y carreras inalcanzables.

Parecía físicamente poco dotado pero cuando se le veía parar la pelota era cuando nos dictaba el texto de nuestra equivocación. Muchas veces le admiramos y muchas más veces le consideramos como el tipo con el que siempre habíamos soñado. Después de batir a Urruti con aquel disparo lejano y después de pasear su gloria ante los aplausos sinceros de la afición zaragocista, emigró a Italia para hacer fortuna allá donde los grandes tipos se ganaban el pan, el prestigio y los galones.

Le apodaron "El principito" porque en su tierra ya había un principe. Él no era Francescoli, no tenía su ingenio a la hora de pensar en espacios cortos, la inventiva del pase, la iniciativa del sosiego en el centro del campo. Pero más allá de las comparaciones, el tipo supo hacer fortuna sobre los terrenos de juego. Era más que un centrocampista, era un huracán que arrancaba desde la segunda punta, un torbellino que regateaba en largo y disparaba a los ángulos como un delineante de celebraciones. Han pasado ya algunos años desde que alzó la mano para despedirse y los que le vimos sabemos que resultará muy difícil olvidarse de él.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Vivir en el área

Trece goles en seis partidos de un mundial es una cifra lo suficientemente brillante como para acaparar titulares y tramitar mitologías de records inalcanzables. Cuando Just Fontaine anotó su cuarto gol ante Alemana Federal en el partido por el tercer y cuarto puesto, todo el estadio y parte del mundo se puso de pie para aplaudir una gesta que muchas generaciones seguirán teniendo como auténtica referencia a superar.

El fútbol, en cuanto a concepto, no ha cambiado tanto desde sus orígenes. Una cosa bien distinta es que a medida que los años han ido aportando color le han llenado tanto de miedos que ahora resultaría imposible reconocerlo. Aquel dos-tres-cinco de los cincuenta no es más que una involución del cuatro-cuatro-dos, bien amarradito, que tanto gusta a los catedráticos de la actualidad.

Entonces, más que ahora, como había cinco tipos que se empeñaban en filtrar huecos por cualquier defensa, siempre había uno de ellos que podía permitirse el lujo de vivir en el área. Generalmente vestía el número nueve y estaba flanqueado, desde atrás, por los dos armadores del juego, el ocho y el diez.

El número diez de la Francia que jugó en Suecia en 1958 era Raymond Kopa. Un genio bajito, apodado Napoleón, que fue designado mejor futbolista del mundial que descubrió a Pelé. Kopa era un delantero fino, de velocidad endiablada y regate letal que gustaba más de regalar goles que de celebrar los suyos propios.

Y el número nueve era Just Fontaine. En una época, la actual, en la que nos hemos acostumbrado a delanteros que deben defender como centrales y combinar como centrocampistas, resultaría difícil asimilar a un tipo que cuanto más se alejaba de la jugada más problemas provocaba en el equipo contrario.

Fontaine, marroquí de nacimiento y francés de corazón, jugó siete temporadas a primer nivel antes de que un jugador del Sochaux le rompiese la tibia y el peroné. Tenía entonces veintisiete años, había jugado doscientos partidos en la liga francesa y había anotado ciento sesenta y un goles. Cuando quiso regresar, un par de años más tarde, su pierna le dijo basta y volvió a quebrarse para obligarle a decir adiós.

Fue una dolorosa despedida para un tipo que jugó un fútol sin ambages, que fue ídolo en Francia y temido en el extranjero. Un genio del gol que perdió su particular final contra el Madrid de la época, igual que lo había hecho su amigo Kopa o igual que lo harían artistas de la talla de Schiaffino o Julinho. Fontaine, igual que ellos, tuvo la oportunidad de lucirse ante el universo en un campeonato mundial. Y vaya si lo hizo. Trece goles en seis partidos. Todo ello sin salir apenas del área. El fútbol no miente; quien no sabe defender no busca el balón, quien no sabe combinar no interceden en la jugada, quien sabe marcar goles vive siempre cerca del área.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Jugar en el Ajax

Hasta aquel día nunca había conseguido disputar un solo minuto con la camiseta del Ajax, y él siempre había deseado jugar al fútbol vistiendo la camiseta del Ajax.

Jugador rápido, eléctrico y de débil aspecto, había recorrido el mundo pegado a un balón y cociendo en sus instintos un único deseo; jugar en el Ajax. Había nacido en Walkenburg, una pequeña ciudad al norte de Holanda donde cada chiquillo tenía su sueño personal. Muchos pedaleaban a toda pastilla por las sinuosas calles soñando con correr algún día el Tour de Francia, otros patinaban sobre el hielo deseando ser artistas sobre dos cuchillas, otros palmeaban la pelota buscando en el volley una vía de salvación y él, Richard Van Buyten, siempre había soñado con ser futbolista y ganar títulos vistiendo la camiseta del Ajax.

Ahora que contaba con treinta y dos años y echaba la vista atrás para rememorar todas sus patadas, solamente sentía un pequeño escozor en el alma y ese era el no haber podido jugar nunca en el Ajax.

El Ajax. Recordó la primera vez que vio un partido del fútbol. Corría el año mil novecientos ochenta y un joven talento deslumbraba sus ilusiones; se llamaba Marco Van Basten y anotaba goles como quien recita versos. Siempre quiso ser como él; fuerte, ágil, hábil y oportunista, el típico fruto de la cantera de un club que había hecho de sus jóvenes talentos una pura filosofía de vida. El Ajax era algo así como la majestad del fútbol, por más que perdiese patrimonios nunca iba a rechazar a la máxima consigna, aquella misma que le había llevado a lo más alto y que lo había situado como un ejemplo a imitar en el universo del deporte; jugar al fútbol.

Jugar al fútbol no significaba en el Ajax un regreso a la tradición de golpe y tentetieso; el fútbol en el Ajax significaba balón. Balón, balón y balón. Circulación, desmarque y gol. Y todas aquellas consignas habían situado el amor por el fútbol del pequeño Richard Van Buyten en lo más alto de su escala de valores. El fútbol, el balón y Marco Van Basten.

Nunca pudo adquirir las mejores características del gran delantero que hizo del Milan el mejor equipo del mundo, pero sí alcanzó condiciones óptimas para convertirse en un buen jugador de fútbol. E hizo carrera. Desde pequeño realizó multitud de pruebas y multitud de veces ofreció sus servicios al club de Ámsterdam, pero nunca había conseguido vestir aquella camiseta en la que el rojo y el blanco se combinaban para dar un aspecto de solemnidad total. Unas veces por falta de condiciones y otras veces por exceso de talentos, siempre se había visto fuera de su gran sueño.

Pero nunca desistió en su empeño de ser futbolista, el Ajax siempre estaría en la recámara pero el balón nunca le daría oportunidades de regresar si lo abandonaba por el mero ejercicio de la frustración. Y así, tras pasar por las categorías inferiores del Feyenoord, el gran rival del equipo de sus amores, consiguió debutar al fin en la primera división holandesa vistiendo los colores del Utrech cuando contaba tan sólo con diecisiete años. Pensándolo irónicamente, aquel dato significaba que llevaba media vida jugando profesionalmente al fútbol, media vida gastada buscando un sueño. No pudo sino sonreír. Tampoco le había ido tan mal.

Su primera temporada había sido excelente. Había jugado veinticinco partidos, catorce de ellos completos y había anotado doce goles. No era Van Basten, no tenía sus condiciones y ni siquiera jugaba como delantero centro. Era más bien un segundo punta, un jugador de compañía, de fácil regate y un interesante punto de velocidad. Aprendió a usar la cabeza antes que los pies y supo así que para marcar un gol primero es imprescindible desmarcarse y que para avanzar, a veces, un solo toque elimina a más rivales que un par de quiebros. Rápidamente interesó a todos, pero el Ajax nunca quiso mover ficha por él.

En su segunda temporada con el Utrech no cumplió con las expectativas que se habían generado en torno a su figura de joven promesa. Comenzó de titular y acabó defenestrado. Superado por la presión y agotado por las alabanzas sus dieciséis partidos como titular y sus doce como suplente acabaron con la pírrica cifra de un único gol marcado a la desesperada y a puerta vacía.

Un frío vacío comenzó a inundar sus ánimos y se replanteó seriamente la idea de seguir jugando al fútbol. Fue cedido a un mísero equipo de la segunda división holandesa donde no cabía ni su talento ni sus posturas de jugador enclenque. Tuvo que luchar contra la dureza, la adversidad y contra la realidad, aquella que le escribía en renglones de oro que su sueño de vestir la camiseta del Ajax se estaba rompiendo para siempre.

La segunda división defenestró sus inquietudes y le convirtió en un joven huraño en busca de su título personal. El Utrech rompió su contrato y un jugador rival estuvo a punto de romper sus ilusiones para siempre. En aquel momento era un simple jornalero del fútbol que gastaba sus mejores momentos jugando partidos de competiciones regionales. Quebraba a los rivales con los mismos escrúpulos que la vida había tenido en él en cada uno de sus quiebros. En uno de ellos y mientras avanzaba frenéticamente hacia la portería rival, un defensa de aspecto rudo y cercano a los cien kilos de peso se había lanzado con violencia buscando el balón y encontrando su pierna por el camino. El diagnóstico reflejaba rotura de tibia y peroné y el tiempo le convertía, a sus veinte años, en una vieja gloria con inexistentes sueños de grandeza.

Aprendió a soñar despierto y a conformarse con haber podido ser alguien. Disfrutó con los partidos del Ajax pegado a su televisor y agarrado a sus sueños de niñez, y se convirtió en un aficionado más de la máquina de Ámsterdam.

Nunca dejó de amar al fútbol pero aprendió a convencerse que nunca volvería a ser lo poco que fue. Superó la lesión y se apartó del balón. Habían pasado cinco años desde que debutara por vez primera en la primera división holandesa y ya se había convertido en un ex futbolista. Emigró a Ámsterdam y encontró un trabajo en un comercio de ropa. Comenzó a asistir al Louis de Knuip cada vez que el Ajax disputaba un partido como local y aprendió de cerca los mejores conceptos del fútbol; la presión, el toque, el desmarque y el gol. El fútbol, en el Ajax, se convertía en un ejercicio facilísimo.

Nunca podría olvidar una templada tarde de septiembre de mil novecientos noventa y cinco; tenía veintidós años, toda una vida por delante y un montón de sueños incumplidos amén de los millones de sueños que le quedaban aún por cumplir. Sintió pronunciar su nombre tras él y se giró para descubrir quien era el artífice de aquella llamada de atención. De jugador de fútbol célebre en su ciudad se había convertido en un ciudadano anónimo en Ámsterdam y era por ello que sentía extrañeza por haber sido reconocido por un extraño. El hombre tenía aspecto de bonachón. Fumaba un habano de tamaño considerable y sonreía a medida que acompañaba el movimiento de su prominente barriga. Su cabello, totalmente blanco, le daba un aspecto de hombre interesante y su voz, firme y convincente, le convertía, a primera vista, en un personaje bastante fiable. Se llamaba Antoine Regard y hablaba con un pronunciado acento francés. Le contó sus recuerdos y sus propósitos. Le habían encandilado aquellos partidos de Richard con el Utrech y le había reconocido minutos antes entre la estremecida afición que poblaba las gradas del estado del Ajax de Ámsterdam. Se había hecho con el poder de un club de la segunda división suiza y buscaba talentos para situarlo en lo más alto de las clasificaciones de aquel país. Le prometió fútbol, dinero y respeto y aquellas promesas hicieron reverdecer en él viejos laureles. Se estrecharon la mano y se citaron para dos días después en un pequeño despacho situado en un céntrico edificio de Ámsterdam.

Firmó un nuevo contrato y abandonó su vida sedentaria; volvía a ser un nómada del balón. Durante aquellos largos meses de reflexión había aprendido de la vida tanto como del fútbol. Estaba cerca de cumplir los veintitrés años cuando vistió por vez primera los colores del Thun suizo. Hizo un partido memorable. Volvió a sentir como sus pelos se erizaban al tiempo que las gradas coreaban su nombre vistiendo su ánimo de pura ilusión. Hizo tantos goles como partidos disputó aquella temporada, en total veintiocho, por primera vez en su vida se sintió futbolista de verdad y fue consciente por vez primera de las enormes consecuencias de su talento. El Thun ascendió a la primera división del fútbol suizo y dos temporadas, un título y cuarenta y nueve goles después fue vendido por tres millones de libras al Liverpool inglés.

Jugar en un grande no pudo con sus ánimos de jugador inquieto. Ya había aprendido que fracasar es sólo para los tímidos así que se propuso ser líder en Liverpool, en Inglaterra y en el mundo entero. Tres años en el Liverpool le convirtieron en el mejor jugador de la Premier League y en un fijo en las convocatorias del seleccionador holandés. Se había convertido en un jugador grande en el terreno y admirado fuera de él. Nunca perdió la humildad que aprendió mientras se arrepentía de sus egos pasados postrado en un sillón y con su pierna derecha cubierta por una escayola. Pero tampoco volvió a arrojar su toalla al precipicio de los cobardes. Cada partido jugado se convertía en un signo de admiración y cada gol era festejado como el último y recordado como el primero.

Aprendió a ser un ídolo y se comportó como tal, recibió multitud de ofertas y aunque su reojo siempre miraba al remitente antes de rechazar cualquier propuesta, siempre sintió deseos de ser pretendido por una vez en la vida por el Ajax de Ámsterdam, el mismo club con el que aprendió a amar el fútbol hacía ya más de veinte años.

Tres años, dos títulos y noventa y ocho goles después de fichar por el Liverpool, abandonaba Inglaterra para fichar por el Real Madrid. Después de haber sido alzado a la categoría de ídolo por parte de los hinchas “reds”, subía un peldaño más en su ascenso hacia la gloria fichando por el club más importante del mundo. Atrás quedaban las desdichas, los triunfos y los goles, atrás quedaban sus sueños de grandeza vistiendo la equipación del Ajax y frente a él se presentaban los últimos años de su carrera formando parte de la historia del mejor club de todos los tiempos.

Su llegada a Madrid estuvo bendecida por un halo de entusiasmo. En el club merengue se le esperaba como el agua del mes de mayo como el engranaje perfecto para una máquina a pleno funcionamiento. No le resultó demasiado fácil adaptarse a su nueva situación en la que el compromiso con la victoria iba más allá de un simple reto. Hubo de soportar unas semanas de banquillo que acicatearon en parte sus humos; no había llegado tan lejos como para rendirse a las primeras de cambio, así que no cambió ni un ápice su fórmula del éxito: constancia, trabajo, ilusión y unas gotas de demagogia. Nada mejor para levantar a un público acostumbrado a lo más grande.

Richard Van Buyten jugó por vez primera como titular vistiendo la camiseta del Real Madrid en el Nou Camp de Barcelona el cuatro de noviembre del año dos mil y aquella misma noche salió aclamado por la prensa como el mejor jugador del mundo. Su exquisita aportación y sus ganas de triunfar hicieron una parte, su talento inmenso y sus dos goles anotados hicieron el resto. A nadie le quedó una ínfima duda de la realidad; rendirse a su talento o morir.

Con la camiseta del Real Madrid alcanzó sus cotas más altas. Lo ganó todo y se hizo con el balón de oro, un premio que le reconfortó tanto que por instantes creyó verse libre de su gran sueño y que seguía siendo el de jugar en el Ajax.

Sumo tantas temporadas como títulos jugando en el Real Madrid, un total de cuatro, en las que sumó doscientos cuatro partidos y ciento doce goles. Se convirtió en un mito, en un ídolo y en la personificación de los premios de la vida a quien busca la fortuna detrás de cada esquina.

Pero nunca olvidaría la tarde del veintiuno de marzo de dos mil cuatro. El Bernabéu, colosal y mágico, como de costumbre, estaba a rebosar. Se jugaba un partido clave de cara a afrontar las verdaderas aspiraciones hacia el título y sus quiebros tenían emocionados a los más de setenta mil espectadores que abarrotaban las gradas, sus intenciones eran las más directas y sus genialidades se estaban convirtiendo en películas de las mejores memorias. Pero olvidó, por un instante, que el hombre, como ser tozudo y despistado, es el único ser vivo que tropieza dos veces con la misma piedra y así, olvidó que quien entra con quietud puede entrar también con violencia si el respeto y la furia se descontrolan por completo. Así, incapaz de ver al defensa central que aparecía desde su flanco izquierdo, hizo amago de continuar y frenó buscando a un compañero a quien regalarle la delicia del gol, pero lo único que halló fue una dura patada que lo mandaba para varios meses a la enfermería. De nuevo, la misma tibia y el mismo peroné se rompían para ofrecer una imagen macabra y dolorosa, un gesto torcido por el dolor y una baja que significaba un adiós casi definitivo a la temporada.

Como ya se había olvidado de llorar decidió sonreír, al fin y al cabo, la vida le había llegado a tratar mucho peor de lo que lo estaba haciendo entonces. Regresó a su país y tomó con calma su recuperación. Al contrario de lo que se hubiese podido esperar, su equipo no le echó de menos. Quizá había llegado la hora de ceder su lugar a nuevas hornadas y dar la razón a todos aquellos que auspiciaban el fin de su carrera. Hacía ya unos meses que venía sintiéndose más lento y más pesado, con menos brillo y más peso, con menos ganas y más canas en el pelo. Debía de ser verdad aquello de que se estaba haciendo viejo.

En Holanda, mientras sus huesos soldaban y su corazón recuperaba la monotonía, volvió a sentir de cerca el cariño de sus seres más queridos, volvió a pasear por las calles que le habían acogido durante los peores días de su juventud, volvió a respirar el aire frío que tanto añoraba y volvió a ver al Ajax.

Primero fue una visita por compromiso, después fue una visita por curiosidad y por último, pisar las gradas del Ámsterdam Arena, el nuevo estado del Ajax, cada dos semanas, se había convertido en poco más que una obligación. Sintió como un profundo ánimo abrigaba su corazón y sintió, por enésima vez en su vida, la eterna nostalgia que producía el único gran deseo que jamás consiguió hacer realidad en su vida; jugar al fútbol con la camiseta del Ajax.

Él, que había nacido una tarde de mayo de mil novecientos setenta y tres, cuando el Ajax levantaba su tercera Copa de Europa, y que siempre se había sentido ligado, por entusiasmo, concordancia y obligación a la filosofía futbolística del mejor club de Holanda, estaba a punto de poner fin a su carrera como futbolista sin llegar a vestir los colores que siempre amó. Parecía insólito, pero una solitaria lágrima resbaló por su mejilla y le hizo añorar todo aquello por lo que luchó de niño; había alcanzado todos sus sueños, pero por más que intentó cabalgar las bandas del Ámsterdam Arena vistiendo la camiseta del Ajax, nunca había conseguido más que vestir aquella camiseta en algún partido de patio de colegio o en algún paseo por un parque o una playa, añorando y, por otra parte, consiguiendo, sueños de grandeza.

Volvió al fútbol y regresó a un Bernabéu repleto. Pronto se notó que Richard Van Buyten no era el jugador energético que dejó el estadio en camilla por última vez hacía más de seis meses. Sus piernas añoraban sus mejores tiempos y su cabeza añoraba los tranquilos paseos por las calles de Ámsterdam. Era posible que se estuviese convirtiendo en esclavo de sus propios sueños. Sintió por vez primera la dureza del Bernabéu en forma de silbidos una noche de diciembre de dos mil cuatro, la misma noche en la que hizo la maleta para irse y no regresar jamás. Estaba cansado de fútbol, de viajar y de sobrevivir corriendo, driblando y chutando. Sintió deseos de obtener oxígeno y replanteó todas sus dudas en apenas cinco minutos. Dos días después le estaba diciendo adiós al Real Madrid con su carta de libertad en la mano y apenas una hora después toda la ciudad añoraba la marcha de quien, durante cuatro temporadas había sido un ídolo, un ejemplo y un cúmulo de talento irrepetible. Los que le habían aplaudido lloraban por fuera y los que le habían silbado lloraban por dentro, arrepintiéndose de sus actos y pidiendo al cielo de la gloria el perdón inmediato a todos sus pecados.

Pero nadie era el culpable de aquella despedida. Richard necesitaba un espacio para acomodar sus ideas y aquel estaba lejos de los terrenos de juego. Regresó a Ámsterdam y adquirió una bonita casa en el centro. Adquirió nuevas costumbres y no olvidó ninguna de sus costumbres anteriores, sobre todo, la de ir a animar al Ajax cada dos domingos, a las gradas del Ámsterdam Arena.

Dos meses después volvía a saltar a los terrenos de juego. Había cuajado una rápida negociación. Una llamada, docenas de lágrimas y una sonrisa que ya nunca se iba a borrar de su rostro. El veinte de febrero de dos mil cinco, Richard Van Buyten volvía al fútbol, a su infancia y a sus mejores galas debutando como jugador del Ajax en el Ámsterdam Arena.

Sonrió de nuevo. Le había costado treinta y dos años alcanzar su mayor sueño. De nuevo vestido de corto y con varias canas decorando su cabello jugó a recordar y volvió a sonreír. Sonrió por haber logrado ser quien era, pero sobre todo sonrió por la seguridad que le daba el saber que por primera vez en su vida estaba a punto de jugar de verdad al fútbol.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La temporada en dos meses

Resulta un tanto curioso analizar la zona crucial de la temporada de un equipo extrapolándola a la mitad de la temporada. Cuando aún faltan más de cinco meses para que los campeones salgan a pasear sus copas por su ciudad, hay equipos que, por no haber sabido sumar correctamente una suma de dos más dos ahora se ven abocados a una reválida de medio curso. En los exámenes de invierno se juega el Atleti gran parte de su ser o no ser de cara a la colección primavera-verano del próximo año.

En unas horas, cuando el tímido sol, que durante estos días está alumbrando Madrid con remilgos, se ponga, el estadio Calderón volverá a acoger un partido de esos que de pronóstico tan monótono no terminan de rezumar la verdadera importancia que conllevan. De no ganar al Aris, el equipo se verá abocado a un milagro en tierras alemanas y a un cara a cara aterrador ante un equipo que hoy se juega media vida en Noruega. Si el Atleti resultara eliminado tan pronto de la Europa League, miles de los corazones que durante el pasado mes de mayo latieron de exaltación, se verían apagados como una estrella que pierde su Navidad.

En el periodo de seis semanas, mientras la nieve vaya condicionando los terrenos de juego y los ánimos se vayan congelando poco a poco a medida que la cuesta de enero vaya haciendo estragos en el ánimo de cada voz, el equipo se jugará el resto en un fin de primera vuelta que, a priori, le tiene reservado lo más fácil del calendario. No resulta sencillo hacer pronósticos de un equipo que ya ha pasado por el tamiz de los más poderosos de nuestra liga; después de morder el polvo en Sevilla, Madrid y Villarreal y apurar un punto en Valencia, se espera al equipo que ganó en San Mamés y Anoeta para visitar los estadios de Levante, Málaga y Hércules. Cualquiera sabe. Si el Atleti pierde la comba de los puestos de Champions antes de que empiece la segunda vuelta, muchas de las esperanzas que en verano eran fundadas, se convertirán en desazón amarga y coloquios destructivos. Como casi todos los años.

Dentro de unas semanas, cuando las fiestas de diciembre sean un motivo para el recuerdo más que una espera para la reunión familiar de cada año, la Copa del Rey, ese precioso torneo tan denostado por la RFEF, alzará su telón definitivo para aclarar el camino de la final con unas eliminatorias finales de lo más llamativas. Como el fútbol siempre da una oportunidad para redimir las afrentas, el Atleti recibirá al Espanyol con vistas a enfrentarse al Real Madrid si es que termina pasando la eliminatoria. Convendría no pensar en el siguiente cruce antes de haber recorrido el primer tramo del camino. El Espanyol ha demostrado hace bien poco que le hace falta muy poquita motivación para morder sin piedad y la gente del Atleti, aunque sigan teniendo en la memoria aquellas finales de Copa que le encendieron el alma, hará bien en tomarse la eliminatoria de octavos como una final contra el destino. Si el Atleti cayase ante el Espanyol antes de creer demostrar lo que podría ser capaz de hacer ante el vecino, muchas de las apuestas que hoy siguen pendientes de un hilo se desplomarían a un abismo de incertidumbre.

Dos meses para jugar diez partidos, diez partidos para jugarse una temporada, una temporada de color incierto, un año más agarrándose a las urgencias. Si el tren descarrila en este tramo no habrá medidas de salvación que mejoren a este enfermo. Hagan juego, señores. En sus pies queda el destino.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La recompensa al sufrimiento

Se acaba el año y, como en tantas y tantas ocasiones, toca ese crucial, cara a la galería, ejercicio de rememorar todo aquello que nos puso el corazón en pie. Bien fuese por mal o por bien, siempre hay momentos que nuestra memoria gusta de seleccionar con el fin de colocarlos en el lugar más apropiado de la libreta de nuestros recuerdos. Basta con buscar la página y encontrar el momento.

En el instante de mirar hacia atrás es cuando nos ponemos en situación de relevancia, intentamos hacer inventario de nuestras palabras y buscamos, como locos, el recuerdo más nítido de cada uno de los gestos regalados por todos aquellos que nos rodean.

Yo ahora me veo en Neptuno, preso de la emoción, del desahogo y del orgullo. Han pasado muchos años desde que el Atleti paseó por las calles de Madrid aquel doblete que, a la larga le causó un dolor a la memoria que fue directamente proporcional al daño que los directivos le iban haciendo al equipo por mor de sus habilidades para falsear cifras y jugar con los corazones de la gente. No estoy solo, junto a mi, un puñado de atléticos alternan momentos de ilusión, recuerdo, nostalgia y esperanza. Las lágrimas se mezclan con el júbilo y las promesas que saben que no se cumplirán se convierten en un grito de reivindicación ante el mundo. "Volveremos", dicen. Ya volvimos. Las heridas del camino no duelen cuando se llega triunfante al final del trayecto. Toca emprender nuevas aventuras y toca no cometer los mismos errores. Si queremos ser grandes, conviene actuar como tal. Si queremos seguir soñando, conviene saber que seguimos maniatados por dos tipos que gustan de actuar como bufones y que, cuanto más pequeñitos nos hacen, más relamen la consecución de cada territorio perdido.

Viajo ahora hacia mi barrio. Ha pasado un mes y medio. Cientos de niños y adultos con mirada infantil se arremolinan bajo el chorro incesante de una fuente aderezada para la ocasión. Casi todos visten de rojo e incluso yo mismo soy consciente de que lo que no me ha matado me ha hecho más fuerte. Tantos años agarrado al asa de la decepción que parezco no creerme tanto júbilo por algo gordo de verdad. Campeones del mundo. Un paño de emoción inunda mi mirada, soy partícipe de algo que soñamos todos juntos en aquellas tardes de desengaño en las que volvíamos a casa con la cabeza agachada y la esperanza puesta en el próximo campeonato. Arrojo al agua de la fuente el gol de Armstrong, el penalti de Eloy y el fallo de Salinas. Ya no existen pájaros de mal agüero ni existen mentiras a medias que, de tanto recordarlas se convierten en verdades.

Soy campeón de Europa y soy campeón del mundo. Y junto a mi lo fueron todos aquellos que lloraban su alegría como contraprestación al dolor. Es fácil apuntarse a la fiesta cuando la victoria se alumbra como el lugar más propenso para la alegría. Lo realmente difícil era seguir allí, acorralado por los críticos mientras la desazón iba comiendo las ilusiones. Para todos aquellos que aguantamos y supimos desclavar las rodillas de la tierra antes de decir "basta", estos títulos son un poquito más nuestros que del resto porque sin fe no se mueven las montañas.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El cabezazo que impidió un record

Si hubo un equipo francés que algún día fue grande de verdad, este fue el Olympique de Marsella del primer lustro de la década de los noventa. En aquellos años alcanzó dos finales de la Copa de Europa con distinta suerte; en la primera, se estrellaron en la tanda de penaltis ante el Estrella Roja del deslumbrante Prosinecki y en la segunda tocaron el cielo después de superar al imponente Milan de Fabio Capello.

Eran tres grandes equipos. El Estrella Roja porque contaba con lo más selecto de la última gran generación del fútbol yugoslavo. Era un equipo que representaba a un país en descomposición y, como tal, no tardó mucho tiempo en descomponerse. Allí deslumbraban el citado Prosinecki, un rubio de zancada fina y regate fulgurante que terminaría estrellándose en el Real Madrid; Savicevic, un extremo de soberbia conducción y clase a raudales; Mihajlovic, un zurdo de pegada descomunal; Jugovic, un centrocampista de largo recorrido que terminó haciendose un sitio entre los más granado del fútbol italiano; y Pancev, un demoledor del área que una vez hubo conseguido su bota de oro se fue difuminando en la misma medida en la que el olvido fue siendo injusto con aquel equipo.

El Milan de Capello era otra cosa. Durante la temporada 1992-93, después de cumplir una sanción impuesta por la UEFA tras haberse retirado en pleno partido de cuartos de final de la máxima competición ante el Olympique de Marsella, había demostrado que había regresado a la élite para destrozar todos los registros. Tras más de un año invicto en el Calcio, se presentó en la final de la Copa de Europa dispuesto a pulverizar todos los registros históricos; desde que el mes de septiembre había comenzado la competición, el Milan había ganado a todos y cada uno de sus rivales en todos y cada uno de los partidos disputados. Era un equipo demoledor, no demasiado vistoso más sí muy eficaz y que contaba en la punta de lanza con un Van Basten en estado de Gracia y un Papin que durante un año estuvo buscando el lugar que había dejado olvidado en algún rincón del sur francés.

Con un parcial de siete a cero, se deshicieron del Olympia Lubljana en primera ronda; en la segunda se deshicieron del Slovan de Bratislava por un compendio de cinco a cero; ya en la fase de grupos ganaron todos sus partidos tras enfrentarse a Gotteborg, PSV Eindhoven y Oporto. Solamente faltaba la victoria sobre un equipo francés para marcar con última última muesca su revólver y firmar una Copa de Europa completamente inmaculada.

Precisamente era ese equipo francés el mismo ante el que habían atentando contra el espíritu de la competición un par de años antes. Había sido en un partido de vuelta, el equipo de Sacchi, en pleno estertor antes de su defunción definitiva como equipo cíclico, se jugaba la honra y el pase a semifinales en el Velodrome ante un equipo de incipiente talento y hambre voraz. Corría el minuto noventa y virtualmente eliminado por el marcador en contra que reflejaba el marcador, el Milan decidió retirarse del campo una vez la luz del estadio se apagó por completo. Lo que supuestamente había sido un fallo técnico, ellos lo tomaron como una trampa; la peor manera de frenar sus últimas y desesperadas acometidas.

Sea como fuere, tras aquella eliminatoria nacieron dos equipos campeones de Europa. Uno de ellos, el francés, se fraguó gracias a la fuerza de su línea defensiva y a la creativa genialidad de su tridente de ataque. El otro, el italiano, resucitó de la mano de un Capello menos romántico pero más efectivo que Sacchi. Dos equipos, dos estilos y un puñado de grandes jugadores enfrentados por el máximo segundo de gloria.

Y fue Basile Boli, el defensa francés, oriundo de Costa de Marfil, quien, con un cabezazo certero a la salida de un córner, destrozó los pronósticos y dejó al Milan de Capello con dos cuartos de narices y el deseo de un record inmaculado en el baúl de los asuntos pendientes. El Olympique, que ganó aquella copa terminó autodestruyéndose por culpa de un presidente que, de tanto desear el éxito, terminó ahogándose en sus propias miserias. Y el Milan, que salió derrotado, siguió creciendo un año más hasta demostrarle al mundo que no había equipo invencible por muy sublime que fuese y terminó despedazando al Barcelona de Cruyff en una de las finales más inolvidables de la Copa de Europa. Pero esa, como tantas otras, es otra historia.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Una copa prostituída

Recitaba el gran poeta del Siglo de Oro, Don Francisco de Quevedo, aquel estribillo que se estableció en el vocabulario popular y que rezaba aquello de "poderoso caballero es don dinero". "Madre, yo al oro me humillo...", "Grandes clubes de nuestro fútbol, vuestros deseos sean órdenes". Aquello es lo que cantaba el poeta y esto es lo que parecen decir los dirigentes de una Federación que han dejado que una de las competiciones más antiguas y bonitas del mundo caiga en la deshonra.

"Madre, yo al oro me humillo...". Mirando hacia la expansión futbolística del continente, miramos (algunos) con envidia la maravillosa liturgia que, tradicionalmente, se ha organizado en torno a los torneos coperos de las principales potencias. Huelga hablar de esa FA Cup en la que el vencedor consigue tanta gloria como el campeón de liga o de esa copa alemana en la que, a menudo, un cabeza de ratón se escurre entre los tablones del vagón de las sorpresas. En Francia, el torneo sigue respirando aquel aire romántico que ni el drama de Furiani pudo deshacer, un torneo de cientos de equipos, profesionales y aficionados, en busca de un bocado de gloria y esperanza.

"Él es mi amante y mi amado...". No hace mucho de aquellas eliminatorias en el frío otoño español en las que un pequeño campesino con maza de hierro destrozaba al poderoso ejército de un general poderoso. Aquellas humillaciones, más que servir como ejemplo y motivo de admiración, fueron tenidas en cuenta como castigo a evitar. "Qué no vuelva a suceder", dijeron los jefes de la guardia real. Y no sucedió jamás.

"Pues de puro enamorado, de continuo anda amarillo...". Eliminatorias a doble vuelta en campo del grande, equipos de primera con el privilegio de entrar a jugar en las últimas rondas, diferencias económicas y deportivas insalvables, sueños rotos a media noche, ilusiones en el pozo de la cruel realidad.

"Que pues doblón o sencillo hace todo lo que quiero...". Lograron sus propósitos los grandes, la Federación prostituyó la Copa del Rey, el Madrid goleó al Murcia, el Barcelona arrasó al Ceuta, el Sevilla humilló al Real Unión de Irún y al Atleti le sobró un partido ante el Universidad de Las Palmas. Solamente Betis y Córdoba defendieron el orgullo de la Segunda División e hicieron saltar la caja, con un aplauso, aparte, merecido para un Portugalete que se marcha a casa sin perder ningún partido y dejando la sensación de que el Getafe estuvo más cerca del ridículo que de la misión cumplida.

Es lo que hay y es lo que seguirá habiendo. No habrá más finales entre el Mallorca y el Recreativo que colmen los sueños de dos ciudades fabricadas de una materia futbolística de bajas aspiraciones, no habrá más semifinalistas de segunda, ni más segundas b que gusten de emular el sueño de aquel Numancia del noventa y seis. Habrá un Barcelona, un Madrid, un Atleti, un Valencia, un Sevilla que engorden su palmarés. Ellos engordan con el dinero y los demás no tienen ni migajas. "Poderoso caballero es don dinero". Y que usted lo diga, Don Francisco.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El vulgo entre la nobleza

Hubo una época, en plena Edad Media, en la que una serie de ciudadanos, agrupados en burgos (o lo que posteriormente se conocería como ciudades) y formada por comerciantes, artesanos libres y personas no sometidas a la jurisdicción señorial, reclamaron su lugar en una sociedad que avanzaba a pasos demasiado cortos. Ellos, a medio camino entre el populacho obligado a cumplir su jornal y pagar su diezmo y la nobleza que se enriquecía del sudor del campesino y el jornalero, decidieron someterse al juicio de los libros de historia y pasaron a ser conocidos como burguesía. Eran gente acomodada que comerciaba su propio dinero, se atrevían a manifestarse políticamente y movían el capital de las ciudades.

El fútbol, a medida que ha ido progresando en cuanto a negocio por encima del sentimentalismo, se ha convertido también en una sociedad injusta en la que, como aquella, los nobles hacen pagar su diezmo a los pobres vulgares a base de fichajes de estrellas, goleadas implacables y una atención mediática desorbitada. Ocurre a veces que algún jornalero, harto de ver su espalda quebrada al sol del feudalismo, se rebela contra el noble y pide un hueco en la burguesía. A menudo son sueños de grandeza incontrolable, anécdotas de abuelo cebolleta, momentos para recordar y aplausos en la memoria. En cada gran liga europea, inmiscuido entre el poder de la firme mano de hierro de los grandes, hay un pequeño burgués o un minúsculo campesino que sueña durante un par de meses con la magia de la grandeza del fútbol. Porque ellos también forman parte del juego.

En Inglaterra, el West Bromwich Albion, un recién ascendido con más de cien años de historia, se ha colado entre los grandes con un fútbol donde la fe ha conseguido mover más de una montaña. Situada en la región de Sandwell, la ciudad de West Bromwich se convirtió en uno de los puntos álgidos durante la segunda revolución industrial. Allí la ingeniería y la química tienen un lugar prioritario como motor económico y sus ciento cuarenta mil habitantes pueden volver a soñar con aquellos felices años veinte en los que el equipo consiguió el que, a día de hoy, es su único título de liga. El equipo, que ya ha derribado la puerta del Emirates Stadium y de Old Trafford, marcha en sexta posición, a diez puntos del imparable Chelsea e igualado a puntos con el incipiente Tottenham Hotspur. Allí jugaron tipos como Cunningham, Zoltan Gera o el aclamado Brian Robson y allí patea hoy la pelota nuestro paisano Pablo Ibáñez que, al igual que el equipo, intenta regresar al lugar donde una vez estuvo.

En España, un lugar donde el bipartidismo se ha convertido en costumbre por encima de la noticia, un pequeño equipo vestido de amarillo intenta llamar la atención con un fútbol de precisión y entusiasmo. En realidad su aporte al campeonato no es novedad sorpresiva puesto que el Villarreal lleva jugando, para bien, con la felicidad de sus aficionados durante varias temporadas. Situado en plena zona de La Plana Levantina, el municipio de Villarreal, de apenas cincuenta mil habitantes, se situó en el primer plano de la pirámide económica del país gracias a su colosal industria azulejera. En unos años en los que la crisis económica se ha llevado por delante miles de sueños y de empleos, a los habitantes del municipio aún les queda la esperanza de pedirle a San Pascual Bailón por un puñado de alegrías convertidas en goles. El equipo, sujetado por la maravillosa conexión formada por Cazorla, Rossi y Nilmar, está situado en la tercera posición de la tabla, a dos puntos del brillante Barcelona de Guardiola y a tres del arrebatador Madrid de Mourinho. Atrás quedaron los inolvidables años de Pellegrini, las semifinales de Champions y la dupla Riquelme - Forlán. Hace muy poco de aquello pero nadie puede pararse a añorar porque la nostalgia es el camino más directo hacia el olvido.

En Italia, el Lazio intenta, a base de un fútbol clásico, arrebatarle el protagonismo a los tres grandes del país. El equipo que ya ganó Scudettos, Coppas y títulos europeos antes de que el imperio de Cragnotti se fuera al traste, intenta reverdecer viejos laureles apoyado en las genialidades de Hernanes, Zárate o Rocchi. De momento aguanta el tirón y, tras un impresionante arranque de temporada, lidera la clasificación con cuatro puntos por encima del Inter, cinco por encima del Milan y siete por encima de la Juventus. Ahora la gente no mira a Roma solamente para citar el Colisseum, el imperio o el Vaticano. A la que fue capital del mundo le ha costado mucho ser referencia futbolística y este año, a los más de cuatro millones de habitantes de la capital de la República, no les basta con discutir por una rivalidad centenaria; la Roma sigue siendo un equipo inconstante el Lazio ya no es solamente aquel equipo donde jugaron Chinaglia, Giordano, Signori y Crespo, ahora mismo es el lider del Calcio.

En Alemania, la hermosa ciudad de Maguncia ha dejado de ser, provisionalmente, y de manera única, la cuna del mejor vino alemán. Los doscientos mil habitantes de la que fue capital del primer estado democrático en territorio alemán, pueden hoy presumir de un equipo joven, veloz, atrevido y descarado. Ahí está el sello del entrenador Thomas Tuchel, un tipo que se ha atrevido a mirar de tú a tú a los más grandes y les ha intentado decir que la osadía, en el fútbol, puede ser un camino hacia el éxito y no solamente hacia la locura. En Renania, hoy saben que el Mainz 05 es más una referencia que una casualidad y es por ello que sueñan con lo imposible. Desde la segunda posición de la tabla, a un punto del Dortmund y con nueve de ventaja sobre el Bayern Munich, ven la vida desde el lugar donde se acomoda la felicidad. Allí recuerdan las mejores tardes de Pekovic, Subotic y Voronin. Pequeños ídolos de una pequeña ciudad, pequeños pilares de un sueño muy grande que hoy intentan mantener con un equipo joven donde destacan, entre otros, los conocidos Polanski y Szalai, dos tipos que salieron de nuestra liga en busca de un lugar donde aprender a ilusionarse.

En Francia, el Stade Brestois 29 ha sorprendido a propios y extraños después de colocarse en el primer lugar de la clasificación. La ciudad de Brest, situada en la Bretaña francesa, se convirtió en el principal puerto militar de Francia después de haber sido arrasada durante la Segunda Guerra Mundial. Lo que no podían haber imaginado sus ciento cincuenta mil habitantes es que la reconstrucción iba a ir acompañada de la reanimación de un equipo sin palmarés, de esos que viven entre dos divisiones y que no destacan más que por su juego ordenado. A este juego hoy le han sumado la ilusión y la velocidad y con un equipo plagado de jugadores nacionales está haciendo sonreir a una pequeña ciudad que ya en su día fue cuna de inolvidables genios como David Ginola o Franck Ribery.

En Holanda, el Twente intenta (y consigue) hacerle creer al mundo que su triunfo en la Eredivisie de la temporada anterior no fue fruto de la casualidad. La ciudad de Eschende, de apenas ciento cincuenta mil habitantes y lugar de nacimiento (cuento esto a modo de anécdota) del secretario general de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, lleva muchos lunes consecutivos despertándose con el pecho erguido gracias a su equipo de fútbol. La ciudad industrial, capital de Overijssel, es hoy también ciudad futbolística y referencia europea. Haciendo gala de un contragolpe brutal, el Twente se ha situado primero en la tabla por encima de los poderosos Ajax y PSV Eindhoven y amenaza, un año más, con cortarles las alas en su camino hacia el título. Allí, los Ruiz, Janko, Collins y Bruggink intentan, y consiguen, hacer olvidar a los no hace mucho tiempo ídolos Elía, Engelaar o Nkufo.

Y en Portugal, ante el dominio casi abrumador de un Oporto retozado, es el Vitoria de Guimaraes el que se ha empeñado en hacer sombra al Benfica en su lucha por el segundo puesto. En el corazón de la región de Braga, Guimaraes es una ciudad donde la nobleza tuvo demasiado poder y donde la burguesía prefirió obviar el camino de la prosperidad. Zona rural, cuna y patria de los Duques de Braganza, la ciudad también copa su parcela de pasión futbolística. En un país dividido en dos y con la aportación pasional de un Sporting que cada año cojea de un pie distinto, los cincuenta mil habitantes de Guimaraes han de decidir si su corazón es azul, rojo o blanco. De momento, el equipo es casi brasileño y como tal actúa en el terreno de juego intentando demostrar que el carioca es un estilo inmortal. Tras la venta de Bebé al Manchester United el equipo se reforzó con jugadores de samba y el estilo les ha llevado al tercer lugar de la tabla. Hay mucha liga y poco objetivo; ser campeón es quimera, ser segundo una proeza.

lunes, 25 de octubre de 2010

La Peña Atlética de mi barrio

La Peña Atlética de mi barrio lleva unos días encendiendo el frío de su nostalgia. Se encuentra huérfana de padre, añora aquellas tardes de autocar aclamando a un tipo de bigote y busca en el baúl de los viejos recuerdos un par de fotos con el que desempolvar el olvido.

La Peña Atlética de mi barrio se encuentra en un bar de los de caña dominguera, partido vespertino y celebración con calimocho. A la Peña Atlética de mi barrio bajábamos los niños en busca de un autógrafo, de una Fanta de naranja o de un puñado de chapas con el que confeccionar nuestros mejores equipos. En los míos nunca faltaban los colores rojo y blanco y el número cuatro de aquel tipo alto al que dábamos la mano un par de veces al año.

La Peña Atlética de mi barrio está a media vuelta de manzana desde el portal donde viven mis padres. Allí crecí soñando ser futbolista y allí tuve que conformarme con ver los sueños pasar de largo mientras aprendía a emocionarme con los partidos del equipo que había aprendido a amar. También fue allí, en mi barrio y en su Peña Atlética, donde conocí al capitan de ese equipo, al baluarte de un grito que hoy suena más apagado de ayer, al tipo que decían que doblaba espinillas y se partía la cabeza por defender sus colores.

A la Peña Atlética de mi barrio le falta hoy el apellido. A todos nos falta un tipo y todos nos aferramos al recuerdo. Ha pasado un cuarto de siglo desde que estreché su mano por vez primera, han pasado dos semanas desde que se marchó con el himno del Atleti sonando en su alma. La Peña Atlética Arteche, mi barrio y todos los atléticos jamás le olvidaremos. Él era parte de nuestra religión.

martes, 19 de octubre de 2010

Suscribiendo a Larry Bird

Hace unos años, un periodista, acalorado ante las espectaculares actuaciones del jugador alemán de los Dallas Mavericks, y en un afán desmedido por la comparación destemplada, preguntó al gran Larry Bird por el juego de Dirk Nowitzki. El rubio ex jugador de los Celtics, probablemente el mejor alero de toda la historia de la NBA, respondió sin tapujos: "Es más alto que yo, es más ágil que yo, es más fuerte que yo y tira mejor que yo. Pero es peor jugador que yo".

Todo ello sin borrar la sonrisa de ganador bajo su hoy casi imperceptible bigote rubio, todo ello sin mentir, todo ello sin hacer sentir al espectador que aquellas palabras estaban cargadas de la realidad más sensata.

Desde hace meses viene sobrevolando una absurda teoría que dice que Gonzalo Higuaín no sirve para jugar en el Real Madrid. La base de esta tesis se sustenta en que el delantero argentino aún no le ha marcado un gol realmente importante a nadie. Puede que sea cierto, pero ni en los años en los que jugó escorado a la derecha ni en los que lo hace escoltado por el huracán Ronaldo, ninguno de sus compañeros de ataque ha logrado completar esta reprochada misión. Higuaín, por ejemplo, le ha marcado al Barça los mismo goles en los mismos partidos que Cristiano Ronaldo, es decir, cero.

No sirve la comparación para minusvalorar a un Ronaldo que significa tres cuartas partes del oxígeno atacante de un equipo cada vez más fabricado para él, sirve el símil para dejar de enjuiciar a un tipo que sabe moverse en las inmediaciones del área como el mejor depredador de la selva. Como el león que busca su gacela, Higuaín flota entre los defensas sin hacer ningún ruido, casi en silencio, casi sin buscar el balón. Su participación en la elaboración es testimonial, pero es cuando menos se le espera cuando más aparece. Su capacidad para encontrar unos contra uno ante el meta rival es casi incomparable en el fútbol actual. Puede que falle más de las que tenga y puede que, más que eso, haya fallado las más cruciales, más su instinto de goleador y su capacidad para leer a las defensas rivales son apenas existentes en un fútbol de delanteros voraces como es el actual. Es un jugador imperceptible, es un tipo imprescindible.

Como si de un ejercicio de alabanza hacia el poder se tratase, los poderes fácticos andan empeñados en situar a Benzema por encima de Higuaín, por la simple condición de haber sido una apuesta personal del presidente del Madrid. El francés es un tipo de condiciones innatas, chispazos de emoción y sensaciones ilusionantes, pero es más que posible que algún día a Higuaín le pregunten por él y diga: "¿Benzema? Es más alto que yo, es más ágil que yo, es más fuerte que yo y tira mejor que yo. Pero es peor jugador que yo". Y yo lo suscribiría.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Ocupando los espacios

Siempre admiré de un centrocampista que supiese ocupar correctamente los espacios. No me refiero a la literal obediencia de un soldado de campo si no a la correcta utilización de las dos armas con las que cuenta un buen futbolista: la cabeza y los pies.

En la cabeza reside el fútbol y desde los pies se ejecutan todos los impulsos nerviosos que llegan desde el centro de transmisión de ideas. Aquí la veo, aquí te la pongo. Aquí me necesitas, aquí estoy.

Hace años que la cantera del Fútbol Club Barcelona apuesta por tipos dinámicos, de cabeza fría, fútbol inteligente y pies prodigiosos. Amigos de sus amigos que son capaces de prestar ayuda durante los noventa minutos del partido. Aquella escuela que empezó, discretamente, en Luis Milla, se glorificó en Guardiola y encontró su punto culminante en Xavi Hernández, nos muestra hoy a uno de esos tipos que, de solo verles jugar, apetece seguir a su equipo todos los días.

Thiago Alcántara es uno de esos futbolistas de ida y vuelta, inteligente, de sutil toque de balón, asociación intuitiva y mando en plaza que tantas buenas tardes le ha dado al fútbol español. Si el barcelonismo y, por extensión, el aficionado español tiene alguna inquietud en cuanto al sustituto de Xavi, no deben fijar únicamente sus miras en el fabuloso Cesc Fábregas. En el filial del Barça hay chico de tez morena que también sabe hacer del fútbol un arte.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Cuando la Masía era un caserío y no una factoría

Hubo un tiempo, y no hace demasiado de ello, que la Masía no fabricaba productos de primer nivel. Si acaso, y en un intento más de reinventarse que de realmente aprovechar los recursos, de vez en cuando sus valedores viajaban a algún torneo y descubrían al que, para ellos, iba a ser la perla del futuro.

En estas circustancias llegó Samuel Okunowo al Fútbol Club Barcelona. Avalado por Quique Costas y Oriol Tort, Okunowo encontró aposento, comida y botas de fútbol en la casa de los canteranos azulgrana. Tenía diecisiete años, había ganado la Meridian Cup con Nigeria y llegaba para ser el sustituto del inefable Michael Reiziger. Palabras mayores.

No duró mucho su periplo aunque, para honor propio e historia impresa del club, quedará como el tipo que jugó como titular en el lateral derecho el día que el Barcelona celebró sus cien años de existencia. Galas de sábado noche que dirían los antiguos rememorando viejos programas de televisión.

Una vez que Van Gaal había sacado lustre a su currículum, Okunowo abandonó el Barça para recorrer el mundo sentado en la grupa de la ilusión. No fue mucho lo que dejó su estela. Doce partidos con el Benfica, media temporada en el Badajoz, dos partidos en el Ionikos griego y otros dos partidos en el Dínamo de Bucarest.

Pasaban los años y Okunowo se iba convirtiendo en nómada como aquellos corresponsales de prensa que saltan de un país a otro en busca de un bocado de actualidad. En Albania y en Ucrania se relamieron los labios imaginando en sus equipos a un ex futbolista del Barça. Nada menos que un ex futbolista. Eso es lo que habían fichado. Si es que acaso lo había sido en alguna ocasión.

Con más kilómetros que velocidad en sus piernas y con el saco de las ilusiones rotas se puso a prueba en el Bryne noruego primero y en el Vilanova del Lamí de la regional catalana después. En ninguno de los equipos pasó el periodo de adaptación. Así pues, volvió a cargar las maletas, tomó un nuevo avión y pensó que qué mejor manera que dignificar sus ahorros que invertirlos en bonitas playas paradisiacas.

Actualmente, y sin que se tengan nuevas noticias sobre su paradero, juega al fútbol en las Islas Malvinas y de vez en cuando recuerda lo que pudo haber sido y no fue. En aquellas tardes de verano también habían llegado al Barça tipos como Rustu, Rochemback o Zenden. Gracias para el fútbol que la Masí dejó de ser un caserío para convertirse en una factoría. Tras Okunowo llegó Carles Puyol, tras Rustu llegó Víctor Valdés, tras Rochemback llegó Xavi Hernández y tras Zenden llegó Andrés Iniesta. Casi siempre es preferible mirar lo que se tiene en casa antes que ir a buscar afuera.

jueves, 23 de septiembre de 2010

La santísima trinidad

Resulta increíble conocer como la vida regala tantas oportunidades para regenerarse. Algunas veces, el ser humano, sus circunstancias y la audacia son capaces de aprovechar segundas oportunidades y, aunque existen ocasiones en las que la gente no se entera del sonido del tren que está pasando junto a su puerta, a nosotros nos gusta recordar, y convertir en épica, los momentos en los que la vida convierte un momento en magia.

El fútbol, como parte de la vida, también ofrece revancha y a ese clavo ardiendo se agarró el Manchester United durante los diez años que transcurrieron desde que un accidente aéreo terminó con sus intenciones, hasta que volvieron a enfrentarse a la grandeza futbolística con serias aspiraciones de tocar la gloria.

Del prometedor equipo que se dejó la vida en Munich una gélida noche de 1958 tan solo quedaban el entrenador, Matt Busby, el jefe de la defensa, Billy Foulkes, y el capitán, Bobby Charlton. Busby había regenerado el equipo con tesón y las mejores intenciones, gracias a sus ideas, su paciencia y su trabajo consiguió reunir un grupo irrepetible capaz de sentirse importante tanto dentro como fuera del terreno de juego. Foulkes, que se jugaba la vida en cada cruce con un rival, sentía que tenía una deuda con la historia y cada partido lo vivía como si fuese una final, porque conocía de memoria las patadas que podía propinarle el destino. Y Charlton era el jugador referente del equipo, un centrocampista ofensivo que acaparaba sobre sus espaldas toda la categoría del club, una leyenda viva del balompié que había logrado imponer el respeto allá donde jugase un partido.

Pero el grupo de Busby iba más allá de un par de supervivientes de una catástrofe. El equipo comenzaba en Stepney, puro carácter debajo de los palos, y terminaba en Best, bautizado como “El quinto Beatle” el día que se propuso liquidar al Benfica en su propio feudo.

Precisamente iba ser el Benfica el rival a batir en la final de la Copa de Europa de 1968. Los aficionados portugueses aún tenían pesadillas con las cabalgadas de George Best y eran incapaces de olvidar aquella afrenta que les había situado frente al ridículo por primera vez en muchos años. Ni ellos, ni el mismo Eusebio, iban a ser capaces de dejarse vencer de nuevo de aquella manera tan humillante, por lo que ganar al Benfica pasaba por dar todo el fútbol que cabía en sus botas y aportar en cada lance todas las ganas del mundo.

Aquel Manchester contaba, además, con los goles de Dennis Law como punta de lanza de cada jugada. Law era un jugador frío, de tremenda potencia y depurada técnica a la hora de rematar, sus goles le habían convertido en ídolo de Old Trafford y sus participaciones se habían considerado como imprescindibles para el equipo. Pero Law no podría jugar la final y aquello suponía un hándicap que habrían de superar con un esfuerzo extra. Y no podría jugar porque a su tremenda facilidad para anotar goles habría de añadirse a sí mismo la tremenda facilidad que tenía para sufrir lesiones y hacía ya unas semanas que su físico le había dicho basta por enésima vez y tendría que conformarse con ver la final desde la tribuna del místico estadio de Wembley.

Ya se habían tenido que jugar la vida y la historia en semifinales en un enfrentamiento épico frente al Real Madrid. El equipo blanco, que buscaba reverdecer viejos laureles, había conseguido dar una llamada de ánimo a su público y el Santiago Bernabéu estaba a rebosar aquella noche de magia y Copa de Europa. El Manchester traía la mínima ventaja de un gol del partido de ida y todos, en las inmediaciones del Paseo de la Castellana, se frotaban las manos ante el presente glorioso que se les presentaba. El Manchester jugaría sin Law y los goles de aquel trío bautizado como “La Santísima Trinidad” se quedarían en la despensa del vestuario de Old Trafford. En aquella Santísima Trinidad Charlton era el padre, hacedor del fútbol y dueño del balón, prometedor de pases imposibles y trabajador incansable en busca de un milagro que les pusiese rumbo a la historia de los vencedores. Best era el hijo; el hijo pródigo que había regresado desde Belfast para ser aplaudido como si de un dios se tratase y que también obraba milagros en forma de jugadas irrepetibles y carreras inalcanzables. Y Law era la representación del Espíritu Santo, el final perfecto para cada jugada que Charlton lanzaba y Best sinceraba desde la línea de fondo. Una Santísima Trinidad que se había convertido en referencia de miles de niños en Inglaterra y que en aquel partido de semifinales se había mermado desde su vértice más letal.

El Real Madrid había tomado rápido una ventaja de dos goles y todo el estadio cantaba, alborozado, los acordes sencillos de la canción que había popularizado Massiel y que había otorgado a España, unos días antes, su primera victoria en el Festival de Eurovisión por delante del sonriente cantante inglés Cliff Richards. “La, la, la” repetía una y otra vez el estribillo de la canción ganadora y “la, la, la” repetía una y otra vez un público alborozado por sentirse de nuevo con el derecho a disputar la final de la Copa de Europa. Pero el Manchester aún tenía que jugarse la carta de Busby, porque para Busby nada la encendía más que motivar a sus muchachos de cara a conseguir una épica victoria y aquella, que incluía además la dificultad añadida de una remontada, pasaba por convertirse en la victoria más épica de la historia del club.

Porque el Real Madrid era el único rival contra el que Duncan Edwards y el resto de jugadores que acabaron sus vidas en el aeropuerto de Munich no habían tenido oportunidad de revancha. El Real Madrid de entonces había sido el rival a batir en el continente y que se había visto huérfano de un rival de verdad cuando la desgracia había visitado de frente al Manchester United. Y Real Madrid de ahora, menos mágico pero más intenso, se había convertido en la última piedra en el camino hacia una final que vestiría al equipo con el tul de la gloria diez años después de haberse encontrado en la miseria. Y fue por Busby, por Duncan, por la afición que abarrotaba Old Trafford cada domingo y por la cuenta pendiente que el equipo tenía con aquella competición, que el equipo remontó aquel partido para lanzarse hacia una final más que merecida. El sonido “la, la, la” de Massiel dejó de escucharse en el viento cuando Zoco marcó en su propia portería y ponía la clasificación en las manos del rival y le sustituyó el sonido que marcaba el estribillo de la derrotada canción de Cliff Richards y que decía “Congratulations”. Congratulations, felicidades, por la victoria, por la clasificación y por haber conseguido que el público del Bernabéu hubiese cerrado su garganta después de muchos años.

La Santísima Trinidad del Manchester vivió la final de manera dispar en cada uno de sus miembros, los tres con la pasión encendida, pero cada uno en un lugar distinto poniendo su energía y su deseo por el bien de la victoria. Charlton la vivió desde el centro del campo, dirigiendo y ordenando, recuperando y pasando, llegando y obrando milagros. Best la vivió en la delantera, pegado su banda de siempre y aclarando cada jugada con una finta colosal, un amago asombroso y un centro cargado de peligro. Y Law la vivió desde la grada, comiéndose los nervios y explotando suspiros contra el aire, animando y encogiéndose en cada ataque del equipo rival.

Y los tres se encogieron cuando, después de ver pasar los noventa minutos del partido, con el empate a uno en el marcador, vieron quedarse a Eusebio con el balón controlado delante de Stepney y en franca posición para anotar el gol de la victoria. Se encogieron Charlton, Best y Law y se encogieron el resto de jugadores del equipo y de la misma manera se encogieron todos los miembros del banquillo y todo el público inglés que abarrotaba Wembley en aquella noche de primavera. Todos se echaron las manos a la cabeza y escribieron una misma frase en el borde de su pensamiento: “Eusebio no dejará pasar esta oportunidad”.

Eusebio, que durante todo el partido había sido vigilado de cerca por el incansable Stiles, el máximo representante de la escuela más sucia del fútbol, se encontró de cara con la historia tras recibir aquel maravilloso pase de Simoes que le situaba solo frente al portero rival. Todo el mundo supo que aquello iba a ser gol, todo el mundo excepto Alex Stepney, el mismo portero que años más tarde desencajaría su mandíbula al gritarle a un compañero, quien aguantó estoico el amago de la Pantera Negra y atajó contra su estómago un balón lanzado con fuerza. Todos los corazones de Manchester volvieron a latir y en ese mismo instante, cada jugador del equipo supo que aquella final no se les iba a escapar.

La prórroga encumbró a un equipo inolvidable. El partido terminó con un contundente cuatro a uno y cada uno de los protagonistas encendió su mente para dejar pasar un millar de pensamientos por segundo.

Eusebio se encontró de nuevo cabizbajo en el estadio que le estaba regalando los peores momentos de su vida, ya había perdido allí dos finales de la Copa de Europa, y allí mismo se había quedado a las puertas de la final más grande de todas, apenas dos años antes, vistiendo la camiseta de su Portugal de adopción; estaba a punto de añadir el nombre de Wembley junto al de Bela Guttman, en su lista de exorcismos pendientes.

Charlton se apuntó a la victoria con dos goles, el que había abierto el partido con un remate inteligente en el primer palo, y el que había cerrado la goleada con un soberbio cabezazo en el centro del área. Una vez más se había consumado como líder del equipo y como jugador referencia en el mundo del fútbol dos años después de haber ayudado a Bobby Moore a levantar la Copa Jules Rimet.

Best había roto el marcador con el segundo gol del equipo. Cuando la prórroga discurría con el miedo y la incertidumbre recorriendo el sistema nervioso de cada uno de los jugadores, el quinto Beatle había tomado el balón con aplomo cerca del área rival y había encarado al portero con la determinación de los mejores. Regateó al guardameta y por un segundo soñó con cumplir el sueño que visitaba sus noches de gloria desde que era un pequeño niño con aspiraciones de golearle al mundo delante de un estadio lleno: avanzar hasta la línea de meta, parar el balón, agacharse y anotar con la cabeza. Un segundo más tarde sonrió y se decidió a dejar su sueño aparcado porque ganar el partido era más importante que ganar una apuesta consigo mismo. Y un segundo después chutó despacio y comprobó como el balón avanzaba poco a poco hacia la portería rival y se convertía en el gol que rompía el partido para siempre.

Y Law había participado a su manera, desde arriba y con el ánimo a punto de estallar. Reventó de júbilo cuando comprobó como sus compañeros le convertían en campeón de Europa y supo que había participado de alguna manera en la goleada cuando vio a Kidd, el joven delantero que había saltado al partido para sustituirle, marcar el tercer gol de su equipo y aportarle a todo el mundo la seguridad de la victoria.

Law había recibido el Balón de Oro que le coronaba como mejor jugador de Europa, en 1964, Charlton lo había recibido en 1966 y aquel 1968 esperaba a Best como nuevo príncipe y señor de un fútbol que vestía de rojo. “La Santísima Trinidad”. Nunca un tridente ofensivo había recibido tanta gloria en tan poco tiempo.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Derribando la puerta

Dijo Camacho, el día que fue presentado como entrenador del Real Madrid, que el canterano que quisiera jugar en el primer equipo debía ser capaz de derribar la puerta. Hacía referencia al nivel de exigencia del equipo y al ejemplo de los únicos tres tipos que se habían acomododado en el once titular del equipo en el transcurso de los últimos años; tipos con talento, con fe y con una idea muy clara de lo que era jugar en la élite.

En el rival, unos años antes, había debutado un chaval de rostro imberbe, pecoso y ojos de niño travieso. Entre dudas y odas, entre promesas y realidades, el niño fue quemando etapas con el hambre de quien desea poner encima de la mesa todas las cartas ganadores sin haber revisado antes el estado de la partida. Su carta de consagración, su plan definitivo de choque, se presentó una soleada tarde de otoño en el estadio Ruiz de Lopera de Sevilla. Se acuñó hacia el borde del área, levantó la mano y pidió el balón. Le llegó un centro de quaterback e hizo lo que su cabeza le pidió que hiciera. Ideas así merecen admiración, remates así merecen asombro.


lunes, 13 de septiembre de 2010

Cuando el sentimiento se convierte en eficacia

No hay nada que emocione más al aficionado que el sentimiento. No hay nada que satisfaga más al aficionado que la eficacia. En el primero encontramos el hilo de conexión entre nuestro corazón y nuestros sueños, en la segunda es donde hayamos la seguridad de nuestros pronósticos. Cuando el sentimiento y la eficacia alcanzan su valor más alto en la bolsa de valores cotizables del resultado, es cuando encontramos la realidad que tantas veces dibujamos y en la que tantas otras no encontrábamos el color exacto en la que darle forma.

En los momentos de crisis deportiva, que suelen ocurrir cuando el equipo pierde toda su identificación con el pasado, no existe mejor antídoto que mirar hacia adentro, analizar los defectos y buscar en casa el sentimiento que obligue al grupo a recuperar los valores. El importe real del sentimiento se mide en el compromiso, en la vergüenza ante el ridículo y en el deseo de ganar. Y es cuando se recupera la confianza, factor agregado a la victoria, cuando la eficacia pasa a ser objeto común en cada uno de los partidos disputados.

No hace ni un año cuando todos (y yo el primero) auguraban un final de temporada en los infiernos para el Atlético de Madrid. El equipo no jugaba, no ganaba y, lo que es peor, no transmitía. Abel fue lanzado al coso de los leones y se contrató a un Quique al que le costó bastante encontrar la tecla que debía hacer funcionar al equipo. Como al equipo le sobraba calidad y se le desparramaban las dudas, terminó buscando el sentimiento en el lugar donde se cuecen todos los sueños de un niño pequeño, las categorías inferiores.

De Gea asumió el rol de portero titular sin titubear un solo momento. Resultaba admirable comprobar como un chaval de dieciocho años y una delgadez extrema, era capaz de enfrentarse a cada balón aéreo con la frialdad de quien sabe ejecutar el oficio a la perfección. De repente, el runrún que había recorrido la grada durante varios meses, se convirtió en suspiro de alivio y el suspirio de alivio terminó convirtiéndose en aplauso. El chaval, aparte de serenar a una defensa que no conseguía taponar sus escapes de agua, se metió al vestuario en el bolsillo y comenzó a forjar una temporada que le convirtió en héroe y en un futuro capitán.

Domínguez, por su parte, asumió el rol de jefe de la línea defensiva después de haberse visto señalado con el dedo acusador. Durante la temporada anterior, Aguirre le había dado y quitado galones con la misma indiferencia que un mal maestro suspende al alumno brillante pero que da la nota en clase. Como nadie había querido concluir que nadie nace enseñado, que la inexperiencia suele provocar más dudas que aciertos y que el futbolista de élite se fabrica jugando, el mexicano primero y Abel después le condenaron a un ostracismo que no había merecido. Cuando llegó Quique la defensa del Atleti era un desastre histórico, desde que juega Domínguez la línea defensiva del equipo es una franja demasiado dura de pelar.

No hacía mucho se hablaba del Atleti en términos burlescos. En la mayoría de las ocasiones era porque su juego no había dado lugar a las alabanzas. Ahora la gente se lo toma en serio, incluso se apuntan a la barbaridad de situarlo como candidato a un título de liga que aún le queda un poco grande. La realidad es que el equipo ha cambiado por completo, la realidad es que el equipo ha recuperado el sentimiento y la realidad es que el equipo ha encontrado la eficacia.

La realidad, y no la casualidad, es que dos chicos que saben lo que es este escudo le han enseñado al resto qué significa querer ganar. Y cuando se quiere, se puede.

viernes, 6 de agosto de 2010

El sueño de una tarde de verano

Dijo Andy Warhol que todo el mundo debería tener sus quince minutos de fama a lo largo de la vida. Los hay tan famosos que, por pura repetición, terminan resultando agotadores, y los hay tan anóminos que, por excasa definición, terminan muriendo sin dejar un epitafio que recordar. Otros, los fugaces, por mera adhesión al paradigma de Warhol, irrumpen en escena con la fogosidad del ansioso y hacen mutis por el foro con el silencio de los olvidados.

Hubo un tipo que vivió en sus carnes los flashes del momento una soleada tarde de finales de agosto y cuyo recuerdo se fue esfumando a medida que iba pasando al ostracismo junto al aroma del pasado. De lo que pudo ser a lo que no fue medió solamente un partido, una titularidad, una convocatoria, un gol. No hubo nada más.

José Antonio Serrano Ramos debutó con la camiseta del Getafe el mismo día que el equipo hacía su primera aparción como club de la máxima categoría. Era el veintinueve de agosto de dos mil cuatro. El chaval acababa de cumplir veinte años y La Romareda de Zaragoza se había vestido de gala para recibir a su equipo en aquella primera jornada de liga. El conjunto maño ganó tres a uno y la gente regresó tan feliz a su casa. Los zaragocistas porque habían asistido a una holgada victoria de su equipo, los getafenses porque habían cumplido el sueño de ver a su equipo en lo más alto y José Antonio porque había inaugurado el marcador escribiendo una página de la historia donde se reflejará para siempre que suyo fue el primer gol del Getafe en Primera División.

Aquello es lo que fue. Lo que no pudo ser vino después. Tras cuatro temporadas respirando el polvo de campos de tierra y vistiendo la camiseta del filial, José Antonio se marchó al Toledo. De allí pasó al Colmenar Viejo con el que jugó media temporada antes de fichar por el Marbella. Media temporada después y a punto de cumplirse seis años de aquel gol que le convirtió en rey por un día, José Antonio llega al Navalcarnero con muchos sueños pendientes de cumplir y un bonito recuerdo para contar. Nunca será recordado por ser un famoso futbolista, pero será recordado para siempre por ser el autor de un famoso gol.


miércoles, 28 de julio de 2010

Los rescoldos del capitán

Después de una despedida siempre queda una lágrima amarga que no se quiere secar, siempre queda una deuda eterna que no se puede compensar, siempre queda un rescoldo tras la capa de ceniza gris que resulta casi imposible de apagar. Después de una despedida queda un pasado y se dibuja un recuerdo. En el pasado viven los hechos tal y como fueron, en el recuerdo viven los momentos tal y como los vivimos. El pasado de Raúl es admirable para todos, el recuerdo de Raúl sólo es verdaderamente admirable para unos pocos.

Si mentir es desdibujar la realidad, entonces no podríamos dormir con la conciencia tranquila si dijésemos que Raúl no ha sido el jugador más importante del Real Madrid durante los últimas cuatro décadas. Cuando el llegó, el equipo ya coleccionaba ligas como el crío que guarda sus canicas en su particular bote de conquistas, pero hacía casi treinta años que no alzaba la Copa de Europa, un trofeo que, durante varios años, creyó tener en legítima propiedad. Durante su estancia, el equipo siguió coleccionando ligas y levantó al cielo de Europa su copa más preciada en tres ocasiones. Si este dato invita a dudar podríamos añadir los doscientos veintiocho goles en liga y los sesenta y seis goles en Copa de Europa, los dos goles en tres finales de Champions, aquel gol en la Intercontinental ante Vasco o la cifra, aún no superada, de cuarenta y cuatro goles como internacional absoluto.

Datos. Si los datos contienen toda la verdad, entonces no podríamos negarnos a reconocer su grandeza. Pero más allá de los datos existe el espíritu y en Raúl no hemos podido reconocer simplemente a un goleador implacable y a un voraz coleccionista de títulos, si no que, además de ganador, ha sido líder. O quizá fue una cosa la que llevó a la otra y todo a la vez lo que le convirtió en leyenda.

Ahora, más allá de los datos, de los títulos y del espíritu ¿Qué queda? El recuerdo y la realidad. En el recuerdo queda la memoria de unos años innegables, de un siete imparable, de un inventor de goles, de un chico listo que sabía vivir dentro y fuera del área. En la realidad queda la crudeza de unos años a la sombra de las rentas, bajo el manto protector de la prensa y ofuscado pese al cariño incondicional de su prole más fiel.

Dijimos que mentir puede significar desdibujar la realidad. Bajo esta premisa podríamos volver a afirmar que Raúl ha sido el jugador más importante del Real Madrid durante los últimos cuarenta años y no encontraríamos muchos aficionados que nos rebatiesen. Pero, bajo esta premisa, decir que Raúl ha sido el jugador más importante de la historia del fútbol español, es dejarse llevar por el forofismo.

Quién sabe lo que hubiese sido el mejor Raúl dentro de este irrepetible grupo que forma la actual selección española. Es posible que hubiese vivido feliz con los centros de Xavi, que hubiese dibujado desmarques para Iniesta y que hubiese fusilado a los porteros en más ocasiones de Villa. Es posible. Pero eso sería jugar al fútbol ficción. La realidad dice que desde que él se fue el grupo creció, que desde que él no está el grupo deslumbró, que desde que él dejó de ser convocado el equipo empezó a jugar como los ángeles y a ganar como los auténticos campeones. Eso también es un dato, y los datos contienen toda la verdad.

jueves, 22 de julio de 2010

El jugador que mandó a Junior a la izquierda

Cuando se habla de Junior con los seguidores del Flamengo, es más que posible que observen como más de uno se pone en pie como símbolo reverencial. Hablar de Leovigildo Lins de Gama es hablar del jugador que más veces ha vestido la camiseta rojinegra, es hablar del maravilloso lateral que asombró al mundo en el ochenta y dos, es hablar de uno de los mejores laterales izquierdos de la historia del fútbol. Lo que pocos saben es que Junior era diestro y lo que casi ya nadie recuerda es que la culpa de aquel cambio de ubicación la tuvo un chico de piernas arqueadas y andares cómicos que respondía al nombre de José Leandro De Souza Ferreira y que, para los aficionados que abarrotaban Maracaná cada domingo de partido, era simplemente Leandro. El ídolo.

Muchos aficionados, los que aún retienen en la memoria el asombro palpitante de aquella selección brasileña que bailó la samba en el verano español de 1982, recordarán a Leandro como aquel lateral vestido de amarillo que ocupaba todo el costado derecho, subiendo y bajando, atacando y defendiendo, regateando y regalando, ganando con autoridad y perdiendo con belleza.

Pudo haber tenido una carrera memorable, autoritaria, casi inigualable, pero siempre fue víctima de sus rodillas antes que de las derrotas. Arrastrando una artritis crónica desde que cumplió veinticuatro años, en 1985, seis años después de debutar como símbolo del Flamengo, hubo de reconvertirse a defensa central, ya no era aquel tipo fuerte de sus primeros años, ya no podía correr sin parar, pero podía seguir dando clases magistrales y como comandante de la zaga, guió al Flamengo al campeonato carioca de 1987. Fue casi la penúltima reseña de un tipo nacido para la gloria y que hubo de conformarse con quedarse sin conocer el final del camino.

Los que le vieron, o quizá los que más le adoraron, afirman que durante sus primeros años se había convertido en el mejor lateral derecho que había dado la historia de Brasil. Las palabras no serían tan mayores si no hablásemos del país que parió a Djalma Santos, a Carlos Alberto y que, más adelante, hubo de aplaudir la arrebatadora carrera de Cafú. De lo que no cabe duda, es que fue, y sigue siendo, el mejor lateral derecho en la historia del Flamengo, equipo del que formó parte cuando, a principios de los ochenta, y comandados por el genial Zico, lograron ganar todos los títulos posibles a nivel de clubes. Se puede decir que Leandro formó parte, durante un lustro, del mejor equipo de América y prácticamente del mundo.

Y aquello no fue, más allá de un camino hacia la gloria, si no un sueño cumplido. Desde su humilde residencia de Cabo Frío, Leandro acudía cada semana a Maracaná, acompañando a su padre, para disfrutar de los partidos del Flamengo. Los triunfos pues, se saborean mucho más, cuando se logran en el club que has aprendido a amar desde pequeño. Y fue aquel hincha del club, el joven José Leandro, quien, cuando hubo cumplido treinta y un años y cansado de arrastrar sus rodillas acuciado por el dolor, puso en pie a Maracaná el día que dijo adiós al mundo del fútbol vestido con sus colores de siempre. Habían pasado once años desde que llegó, había sido en 1979 y se había colado como titular en equipo casi invencible. Y se despedía en 1990, como un anciano de treinta años, leyenda de un equipo que se había forjado como inolvidable. Después de vestir durante cuatrocientas once ocasiones la camiseta del Flamengo y durante veintisiete la camiseta de Brasil, se marchó un lateral inolvidable que cedió los trastos a otro tipo inolvidable. Tras Leandro llegó Jorginho, el lateral que revolucionó al mundo con su velocidad. Fue un cambio de cromos, el de un genio por otro. La diferencia entre ambos es que Jorginho abandonó la nave en cuanto se dejó seducir por el poder de los marcos alemanes, solamente Leandro fue One Club Man, el único en la larga historia del Flamengo.

lunes, 12 de julio de 2010

En la cima de los sueños

Nada puede superar las expectativas generadas cuando alguien es solamente un niño. Es en esa época cuando la ilusión, la esperanza, los momentos y los ídolos se convierten en legendarios mitos dorados a los que aprendemos a adorar gracias al exagerado ejercicio al que sometemos a nuestra memoria. Es entonces cuando se aprende a soñar, cuando se quiere aprender a vivir y cuando la risa, por espontánea e inocente, le sabe mucho mejor a quienes nos rodean.

Cuando yo era sólo un niño vi una procesión de cabezas caídas remontando las avenidas de mi barrio. El mundial, algo que yo veía como un espectáculo colorido en el que se practicaba un juego de once contra once y al final ganaba Italia, se jugaba en casa. Hubo quienes quisieron creer que por tener condición de anfitriones íbamos a ser capaces de ponernos el mundo por montera y ligar pases de faena memorable. No fue así, y más que cortar oreja nos cortaron las alas y regresaron los toreros a la enfermería con una cornada en el orgullo de trayectoria casi mortal.

Decían que era nuestro destino. Los mayores, mientras apagaban las colillas de sus cigarros con la punta del zapato, hablaban de un tal Cardeñosa, del espíritu de un tal Pirri y de lo fácil que nos resultaba perder. No debía ser tan feo aquello de perder porque jamás les vi llorar, simplemente resignarse.

Aprendimos a vivir asombrados por las mejores leyendas de nuestro fútbol. En ellas era el Real Madrid quien aparecía siempre por delante de los demás, alguna vez nos contaban alguna victoria del Barça o nos relataban aquella hermosa derrota del Atleti a manos de unos alemanes que, como Atila, no hacían crecer la hierba allá por donde pasaban.

Alemanes, italianos, brasileños. Supimos enseguida que aquello de los mundiales era propiedad privada de un puñado de elegidos. Salvo genios como Maradona o Zidane, ningún otro fue capaz de meterse en mitad del club de los privilegiados. Aquella copa quedaba lejos y nosotros seguíamos jugando a ser campeones en un descampado o en interminables partidos de chapas. Los mayores no dejaban de pronunciar la palabra "cojones" y los que ya habíamos aprendido a distinguir los vocablos prohibidos dentro del diccionario popular no éramos capaces de asociar los atributos masculinos a un deporte que giraba en torno a un balón.

Quizá era algo parecido a lo que mostraron aquellos alemanes que nos aburrieron en el noventa o a lo que jugaron los brasileños que nos dejaron fríos como témpanos de hielo en el noventa y cuatro. Yo, que ya había aprendido a ser un romántico sin remedio, seguía prefiriendo el fútbol a aquello que llamaban "cojones". Por algo me había quedado prendado de la Francia de Platiní y de la Brasil de Zico en aquel verano español del ochenta y dos. Por algo seguí soñando con que algún equipo consiguiese alzar la copa del mundo jugando al fútbol como lo hacían aquellos tipos vestidos de amarillo; bailando la samba, moviendo el balón, ganando con una sonrisa en los labios.

Porque nada puede generar las expectativas generadas cuando eres solo un niño, porque hemos ganado como lo hacía la brasil de antes de los dungas, porque hemos despreciado los cojones para agarrarnos al fútbol, porque ya no nos resignamos a perder si no que nos convencemos de ganar. Porque somos los campeones del mundo, permitidme seguir llorando. Alegrías como esta, orgullos semejantes solamente erizan la piel una vez en la vida. Nosotros estamos en ese momento. Somos los reyes del mundo. Somos un sueño alcanzado. Somos el fútbol. Somos España.