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martes, 7 de julio de 2020

Le petit Zizou

Se movía como él, gesticulaba como él, conducía como él e incluso encorvaba la espalda en los controles como lo hacía él. Pero no era él. Y nadie le puede culpar de ello porque solamente Zidane puede ser Zidane igual que solamente hubo un Maradona, un Messi o un Di Stéfano. La comparaciones, cuando sirven para etiquetar, son una espada de doble filo cuando la moral es más frágil que la expectativa, porque siempre habrá un dedo para acusarte y siempre habrá, sobre todo, un "ya lo sabía yo" que te mandará al infierno de los fracasados.

Hay dos maneras de asumir el fracaso cuando este viene dado por imposición en lugar de por propia frustración; o bien te dedicas a hacer lo que sabes de la mejor manera que sabes o bien te dedicas a reprocharte a ti mismo por cosas que jamás podrás llegar a conseguir. A Yoann Gourcuff le dijeron que tenía que ser como Zidane cuando sólo tenía diecisiete años y deslumbró en Francia jugando para el Lorient. Las promesas, flores de primavera que conduce a una ilusión, se convirtieron en plato de obligación cuando el chico deslumbró en el europeo juvenil de 2005 y el Milan se apresuró a ficharlo para convertirlo en su nuevo estilista. Jugó un año más en Rennes, a gran nivel, y aterrizó en un Milan donde Kaká era capitán general. Empezó bien, porque todas las bombillas lucen con ánimo cuando están recién compradas, pero poco a poco se fue hundiendo entre peleas consigo mismo, falta de compromiso y una vida disoluta que le encaminó a un calvario de lesiones.

Como el hijo pródigo que regresa a casa para ser feliz junto a los suyos, Gourcuff se reencontró con el fútbol y consigo mismo en la temporada 2008-2009. El Girondins de Burdeos, dirigido desde el banquillo por Laurent Blanc, y comandado en el campo por el pequeño Zidane de Ploemeur, ganó la liga francesa después de diez años con un fútbol de salón. Todo eran parabienes, sin embargo, lo peor aún estaba por venir. Sus buenas actuaciones en Burdeos le valieron para ser convocado por Francia para el mundial de Sudáfrica y para ser fichado por el Olympique de Lyon, por aquel entonces, el mejor equipo de la liga francesa.

Resultó que en su cruz ya llevaba su estigma. Francia había perdido a Zidane, el gran estandarte de la mejor selección tricolor de la historia y el Lyon había perdido a Juninho Pernambucano, el gran comandante de un equipo que ganó la liga francesa durante siete temporadas consecutivas. Y Gourcuff, ya lo sabemos, no era Zidane, y tampoco era Juninho. Era un jugador más frágil; estilista, con sentido del juego y detalles de calidad, pero su cabeza jugaba aparte y su cuerpo, castigado por las lesiones, terminó jugando con él. Francia fracasó en Sudáfrica y el Olympique de Lyon no volvió a ganar la liga francesa. Y mitad del huracán, Gourcuff, sospechoso habitual, fue señalado y engullido por el viento.

Tras el calvario regresó a Rennes, el lugar donde un día quiso ser feliz, pero ni su padre, entrenador del equipo, pudo detener su caída en picado. Tras la aventura del regreso, probó a jugar en Dijon, pero su cuerpo dijo basta después de ocho partidos y unas míseras estadísticas. Tras el huracán, quedan los restos de un tipo que hoy mira el fútbol desde la tribuna pensando si merece la pena volver o quizá haya llegado el momento de decirle adiós a todo y a todos. Quizá en algún momento, en el patio de su casa, vuelva a sentirse Zidane y controle la pelota con el pecho para conducirla con elegancia y salvar a un rival con una ruleta, porque a todos los niños les gusta imitar a su ídolo, el problema llega cuando el ídolo sigue estando arriba y a ti no dejan de reprocharte que no seas capaz de salir de abajo.

lunes, 6 de mayo de 2019

El hombre que nunca estuvo allí

En "El hombre que nunca estuvo allí", Billy Bob Thornton interpreta a un triste barbero que cree alcanzar su momento de gloria cuando consigue diez mil euros a través de un chantaje. Es el momento cénit de un tipo sin pasado y sin futuro, un tipo que aparece un instante, fruto de un subidón inspiracional, y desaparece con el polvo a medida que el mundo va descubriendo cada uno de sus errores.

Maris Verpakovskis jugó en muchos equipos, pero a veces parece que no estuvo en ninguno de ellos. Su momento cumbre lo vivió en Portugal cuando en la Eurocopa de 2004 se presentó en sociedad con la camiseta de Lituania y volvió loca a la defensa alemana con sus desmarques y su velocidad. Unos días antes le había anotado un gol a la República Checa tras un contragolpe perfecto y el mundo creyó haber descubierto a un tipo que vivía a mil por hora y pedía una oportunidad al tiempo que derrumbaba una puerta de una patada.

Para entonces jugaba en el Dinamo de Kiev, quien le había fichado el verano anterior y aún seguía esperando ver cumplidas las promesas que había hecho mientras goleaba con la camiseta del Skonto de Riga. Aquella Eurocopa le ofreció una segunda oportunidad, pero tres años y muchas suplencias después, el equipo ucraniano se decidió a hacer caja con su otrora jugador estrella. Fue entonces cuando volvimos a escuchar su nombre después de tres años sin conocer detalles sobre su paradero. Mediada la temporada 2006-2007, el Getafe le presentó como flamante refuerzo invernal.

Hoy pocos lo recuerdan, pero Maris Verpakovskis jugó sesenta y tres minutos del partido de semifinal de Copa del Rey en el que el Getafe derrotó al Barcelona por cuatro goles a cero y certificó su pase a la gran final del Bernabeu. Allí, hizo pareja con Güiza en la punta de ataque y dejó que su compañero se llevase toda la gloria mientras él pasaba todo el partido tirando desmarques que nunca encontraban su destino.

Harto de verle correr y no encontrarse, el Getafe decidió desprenderse de él después de ver como dejaba de jugar al tiempo que el equipo crecía exponencialmente con otros delanteros como Manu y Albín. Viajó a Croacia para jugar un año en el Hadjuk y hacer creer a la gente que en España había triunfado a pesar de haber sido capaz de anotar tan sólo dos goles. Fue entonces cuando le fichó el Celta de Vigo y fue entonces cuando todos nos dimos cuenta que sí, que definitivamente aquella aparició en Portugal había sido un espejismo y que Verpakovskis, como Billy Bob Thornton, realmente nunca había estado allí. Seguía siendo un tipo anodino, sin demasiadas condiciones, con alguna buena característica pero sin más pena que gloria.

Cuando dejó España para no volver, se enroló en las filas del Ergotelis griego e inició un periplo por las ligas griega y azerbayana que terminó, como al principio, en su Lituania natal. Verpakovskis jugó hasta 2016 en las filas del FK Liepaja, justo hasta que decidió decir adiós y colgar las botas asumiendo, como Billy Bob Thornton en la película, que no era más que un tipo mediocre que quiso encontrar la gloria en un momento determinado. Muchos creen recordarle aún en lo más profundo de la memoria, pero realmente él nunca estuvo allí, tan sólo era la sombra de un recuerdo que nos hizo creer que quizá, pero sólo quizá, había nacido un buen futbolista en lo que tan sólo fue un espejismo de verano.

jueves, 6 de septiembre de 2018

El chico al que compararon con Messi

Deslumbrar, en un momento puntual, puede llegar a ser fácil. Basta con que se den los condicionantes y el escenario sea el propicio para demostrar una valía. Chicos de tu edad, promesas en el hilo de su cumplimiento, potencia en las piernas, descaro en el alma. Cuando Quincy Owusu Abeyie disputó el mundial sub 20 de 2005, los expertos, aquellos tipos que rellenan libretas con datos y suelen excederse en el análisis, le pronosticaron una carrera exitosa y unas comparaciones sobredimensionadas.

En un campeonato en el que Messi gobernó con pie de plomo, el joven Quincy regaló un repertorio de detalles dignos del mejor malabarista. Acostado en la zona izquierda del ataque, el extremo de la selección holandesa fue un quebradero de cabeza para cada uno de sus rivales. Aquel campeonato lo terminó ganando Messi, pero para Owusu Abeyie se abrió un mundo de probabilidades tan extenso que ni el mismo supo abarcar.

Propiedad del Arsenal en aquel momento, el chico no supo aprovechar la oportunidad que Wenger le ofreció en sus primeros minutos. Celta de Vigo, primero, y Málaga después, se hicieron con su cesión, pero empezó a quedar claro que el fútbol de los mayores le venía grande a un chico que pareceía querer seguir siendo un niño. El peregrinaje le llevó a Rusia, a Inglaterra, a Gales, a Grecia y, de nuevo, de vuelta a Holanda intentando reverdecer aquel laurel que floreció en Amsterdam cuando era un mero imberbe.

Las promesas, en ocasiones, son palabras huecas que desviste el tiempo y congela la memoria. Las promesas, cuando son a lo grande, se convierten en cristales rotos cuyos resquicios se van desparramando por el suelo a medida que encontramos un recuerdo puntual. Echando la vista atrás, rresulta difícil no sorprenderse con aquellos regates espectaculares. Echando al vista adelante, conviene guardar prudencia ante la próxima aparición. No muchos pueden ser estrellas. Casi ninguno puede ser Messi.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Estrella fugaz

La fama es, en ocasiones, una estrella fugaz cuya estela arrasa hasta los cimientos de la ilusión. En el recuerdo queda el breve destello, la promesa eterna y el momento mágico de la elevación. Jugar a especular es peligroso porque el futuro es tan incierto como la brasa de un cigarrillo bajo la lluvia; puede durar una calada o puede esfumarse en medio segundo tras las cenizas de la desesperación.

Cuando el infinito Ferguson hizo debutar a Federico Macheda en el primer equipo del Manchester United, los más audaces quisieron adivinar condiciones de hombre boya capaz de bajar la pelota al pasto, aguantar las embestidas y trufar sus condiciones con remates de ensueño. Todas aquellas propuestas se pusieron sobre la mesa aquel día en el que, jugándose la Premier, y acuciado por el resultado, le anotó un gol al Aston Villa en el último segundo. Para él fueron las portadas y para él fueron las promesas. Repitió el chaval siete días más tarde después de anotarle un gol al Sunderland apenas un minuto después de pisar el terreno de juego.

Los aficionados del Manchester se frotaban los ojos y los italianos suspiraban emocionados. Unos creían haber encontrado a su delantero perdido, otros creían haber recuperado el gol. Nada más lejos de la realidad. Las promesas, al igual que el viento, también se las lleva el fútbol. Entre lesiones, malas decisiones y un olvido fraguado a golpe de partidos discretos, la llama se fue apagando poco a poco hasta dar con los huesos de Macheda en el abismo de la mediocridad.

Cesiones, intentos de recuperación y más cesiones hasta terminar perdido en las divisiones inferiores. No funcionó en su Inglaterra de adopción ni lo hizo en su Italia natal. Tampoco le fueron bien las cosas en Alemania y tuvo que bajar hasta Gales para intentar redimirse. Tampoco fue su destino soñado. Hoy en día, mientras añora sus cinco minutos de fama y sigue respondiendo preguntas sobre aquel gol en el descuento, intenta disfrutar del fútbol en la Serie B italiana. Allí, entre gol y gol, entre oportunidad y oportunidad, sigue intentando sentirse futbolista una vez ha llegado a la conclusión de que jamás será una estrella.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El chico que dio la puntilla

Las instantáneas eternas son aquellas que quedan reflejadas en la memoria colectiva. Son esas señas de identidad que definen a ciertas personas y detallan el sentimiento de ciertos personajes. Son esos momentos esotéricos a los que la gente se apunta y gusta de decir "yo estuve allí" porque muchas veces la historia es irrepetible y no da una segunda oportunidad de volver a sentirla.

Los gestos más icónicos, por conceptuales, son aquellos que pasan el tamiz del tiempo y se colectivizan en la liturgia. El primer conato de arrebato lo arrancó Piqué desde el sentimiento el día que levanto la mano al cielo y le dijo a la afición rival que sí, que lo habían vuelto a conseguir y habían vuelto a anotarle cinco goles que dolían como cinco puñales en el corazón del madridismo. Desde entonces hasta aquí, el Madrid aprendió a combatirle al Barça cerrándole los espacios y Piqué tuvo que buscar en las redes sociales su lugar común para deshojar las margaritas sentimentales. Pero de aquel día, más allá del baño memorable y la palma de la mano girando sobre una muñeca encendida, quedó la imagen de un chico en carrera frenética contra el córner celebrando lo que sería, a la postre, su última gran aparición a nivel internacional.

Jeffren Suárez era un niño de ascendencia venezolana que había aprendido a jugar al balón en un descampado de las Islas Canarias. Asombrados por su velocidad y su finísimo regate, los ojeadores de los grandes equipos de la liga no tardaron en tender sus redes pero finalmente fue el Barcelona quien pescó en río revuelto. En la Masía fue quemando etapas hasta asentarse como titular en el equipo filial. Fue entonces cuando le llegó la gran oportunidad. En un equipo cuyo mecanismo funcionaba con la precisión de un reloj suízo, la aparición de cualquier extremo rápido y con sentido del juego era acogida con cariño por el resto del plantel porque la consigna seguía siendo la misma. Los laterales apretaban, el mediocentro iniciaba y los interiores ponían la pelota en el lugar exacto. Alves, Xavi, Busquets, Iniesta y Abidal. Cinco tipos con cerebro de director y pies de artista que empujaban al equipo rival hasta ponerlo de espalda a su propia portería. Como un grupo condenado ante el pelotón de fusilamiento.

 La sublimación de aquel equipo se finalizó el día que le anotaron cinco goles a su máximo rival y consiguieron dejar a Mourinho con la boca cerrada y las ganas de vengarse bien sujetas en la solapa. Aquella noche, mientras el público jaleaba su entusiasmo ante el soberbio recital de fútbol, Guardiola dio entrada a Jeffren para hacerle partícipe de una fiesta con muy pocos precedentes. El chico, ansioso por agradar y ávido por sumarse al festín, encontró el área en un desmarque de ruptura y vació el quinto gol contra las mallas de un Casillas que, durante horas, hubo de quedarse cariacontecido mientras intentaba analizar los errores que le habían llevado a una de sus peores noches como guardameta.

Aquel estruendo en el Camp Nou fue silenciándose en la memoria de Jeffren a medida que tiempo fue siendo cruel carcelero de sus ilusiones. Buscó una salida para tomar empuje y creyó que en Lisboa todos le adorarían como la perla azulgrana que, realmente, jamás consiguió ser. Allí había vivido a la sombra de Pedro y aquí habría de vivir ante la sombra de su propio pasado. Terminó decepcionando tanto que buscó una cesión en el Valladolid y en Pucela volvió a visitar el fondo del pozo y soñando más con vivir que con triunfar del fútbol busca su penúltima salida en la segunda división belga. Los designios
son así de duros; un día estás en la punta del iceberg y cuando quieres despertar te has hundido con todos tus sueños. A Jeffren le quedará el regusto eterno de haberse sabido protagonista ante los ojos del mundo de una de las noches más mágicas en la historia reciente del fútbol.




lunes, 20 de febrero de 2012

Cambio de escenario

Pocos futbolistas pueden resumir su vida futbolística en una caida tan picada desde lo más alto hacia lo más bajo como Gaizka Mendieta. El hijo de un antiguo portero del Castellón debutó en Primera División con el Valencia a mediados de la década de los noventa como un lateral discreto. Parecía un tipo correcto, con un buen pie, no demasiada velocidad pero mucho oficio para desenvolverse en su zona. Poco más. Pero había más, mucho más.

La llegada de Ranieri supuso una revolución para un Valencia que vivía sus peores días después del mandato de Paco Roig. Con un equipo desnaturalizado, una afición desencantada y unos objetivos perdidos en el baúl del olvido, Ranieri reinventó un equipo que, como por arte de magia, comenzó a ganar. Quizá algunos recuerden aquel tres a cuatro en el Nou Camp en uno de aquellos partidos del lunes que transmitían en Antena 3. Fue una remontada gloriosa, y ahí arrancó el gran Valencia que culminó en el doblete de Benítez. Pero allí arrancó algo más, arrancó en grande un futbolista rubio, antes lateral y que ahora, sin saber de dónde había salido, se comía el campo. En el cinco, dos, tres de Ranieri, Mendieta podía ocupar cualquier posición en el campo. Eran Mendieta y diez más. Un día carrilero derecho, otro día izquierdo, otro día cerebro, otro mediapunta y otro extremo. En todos los partidos era el mejor. Que se lo rifaran los grandes de Europa era cuestión de tiempo, claro. Como así fue.

Tras una exquisita temporada, ya con Cúper en el banquillo, en la que juega de interior derecha y conduce al Valencia a la final de la Copa de Europa, llega la mareante oferta del Real Madrid. Una oferta irrechazable para cualquier equipo salvo, quizá, para Valencia y Atlético (recuerden el reciente caso Kun Agüero). Con el futbolista loco por la música y el Valencia temeroso de sufrir una revuelta popular, se acepta una buena oferta del Lazio italiano que obligaría al futbolista a reinventarse una vez más. Pero no lo consiguió. No fue el único miembro de aquel inolvidable centro del campo del Valencia que emigró ante el poder del dinero. Farinós y Kily González marcharon al Inter y Gerard López al Barcelona. Todos recordamos cómo les fue a los cuatro.

Pero lo de Mendieta fue más sonado porque él era la gran esperanza del fútbol español. Tanta era su aureola que el presidente del Valencia, Pedro Cortés, llegó a decir que él era el murciélago del escudo del Valencia. Casi nada. Presentado como la gran estrella de nuestra selección en la Eurocopa del año 2000, tuvo que claudicar, manos en la cadera y mente en su futuro reto, ante la Francia de Zidane y compañía. No hizo un mal torneo, lo peor de todo, y lo que él no se esperaba, es que sería su última gran aparición a nivel internacional.

En Roma sufrió un calvario. Si en Valencia había sido capaz de adaptarse a cualquier posición, en el Lazio no fue capaz de ubicarse en ninguna. Ni organizador, ni interior, ni mediapunta, ni segundo delantero. Ni siquiera como lateral. Ya no era un futbolista especial, ni siquiera un futbolista cumplidor. Su escarceo fallido con el Madrid, la presión añadida por el precio de su fichaje y un fútbol que no le convenía, terminaron por mermar la cabeza de un talento incomparable. Dejó de funcionar la cabeza y dejaron de funcionar las piernas. Pudo haber encontrado un oasis de paz en su regreso a la liga española jugando como cedido en el Barcelona, pero ni por esas fue capaz de reecontrarse.

Su retiro dorado llegó en Middlesbrough. Allí volvió a ser un tipo discreto, un centrocampista cumplidor que sabía dar pases en largo y llegar a gol desde segunda línea. Ganaba algún partido, perdía algunos más y jugaba alguna final como aquella de la Uefa contra el Sevilla. La prensa ya no se acercaba a él y ningún otro equipo estuvo dispuesto a ofrecer de nuevo cinco mil millones de las antiguas pesetas. Se acababa el fútbol y comenzaba una nueva vida.

Acomodado en la pequeña localidad inglesa de Yarm junto a su novia, Mendieta cambió el balón por los vinilos. Descubridor de bandas sonoras desconocidas en cada uno de los vestuarios por los que pasó, la música le debía de nuevo un lugar en el olimpo. Todo empezó con una canción de Los Planetas ("he puesto la tele y había un partido y Mendieta ha marcado un gol increíble..."), y continuó, com punto y seguido, con su intervención ante la masa que abarrotaba la última edición del Festival Internacional de Benicassim. Si alguien, mientras baila, ve sobre el escenario a un tipo rubio, equipado con unos cascos y moviendo las manos con soltura en una mesa de mezclas, que no olvide que durante unos meses fue el jugador más importante de Europa. Ha cambiado de escenario. Entonces era un todoterreno con un número seis a la espalda, ahora se le conoce por DJ Mendieta.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Cianuro como antídoto

Cualquier enfermo sabe que su curación pasa por un cambio en los hábitos de consumo, por un descenso en los excesos y por los efectos de la medicina correspondiente. En estos casos, actuando bajo prescripción facultativa, buscamos un diagnóstico, una receta o una solución en manos de un galeno. Actuando bajo la presunción de libre conciencia, nos tomamos cada consejo y cada solución como un acto de mejora, pues no son pocas las veces en las que confiamos en la profesionalidad del especialista.

El problema suele devenir en riesgo cuando se deja la salud en manos de un matasanos sin carrera y sin profesionalidad. El mundo, en medicina, en banca o en fútbol, suele estar atestado de iluminados que ven más allá de lo necesario y que, cuando dejan un cadáver caliente por el camino, toman la dirección contraria para frotarse las manos, recoger las ganancias y tomar las de Villadiego. Si te he visto, no me acuerdo.

No fueron pocos los años en los que la Real Sociedad se mantuvo en los últimos escalones que daban acceso al privilegio futbolístico de nuestro país. Entonces, mientras disputaba ligas y levantaba copas, el club se puso en manos de verdaderos especialistas en pediatría balompédica. Fue allí donde nacieron, se vacunaron y se criaron como a pequeños hombres, a un grupo de chavales imberbes, con el gen del Sanse incubado en cada arteria y con la cabeza fría para demostrar que el fútbol se juega desde la pasión y se disfruta desde el atrevimiento. Fueron días de clínica exitosa en los que el equipo se hizo un sitio, vendió estrellas, se renovó, volvió a vender y se reafirmó. Daba igual que perdiese un órgano vital porque siempre encontraba un antídoto con el que poder regenerarse.

Pero el éxito mal digerido, como un mal fracaso, también es un tortuoso camino para llegar hacia el desastre. Los especialistas fueron sustituidos por comisionistas, la fábrica de talentos se convirtió en un lupanar y la llegada del huracán les pilló a todos sin ropa con la que protegerse y sin techo bajo el que cubrirse. Fue entonces cuando llegó el matasanos, chasqueó los dedos y recetó cianuro como antídoto para el enfermo.

Del lejano oriente llegó un futbolista que ni conocía Zubieta, ni conocía la historia, ni sabía por dónde volaba el balón. Se le quiso adiestrar y en el pecado llevaba la penitencia; no había nivel para su constancia. Lee Chun Soo, así se llamaba el falso mesías, fue señalado con el dedo acusador con el que pagan sus penas los culpables, pero él no tenía la culpa, la tenían quienes le recetaron como remedio y después desaparecieron como canallas. El club ya estaba herido; cianuro sólo y sin leche, arsénico sin compasión, aguarrás contra pintura reseca.

De futura estrella pasó a convertirse en estrellado. Lee Chun Soo, coreano vitoreado en su tierra y oriental vilipendiado por la crítica occidental, tomó su coche para conducir hacia el sur. Llegó a Soria dónde aún se le recuerda por nada y regresó a su país pensando que las segundas oportunidades solamente llegan allí donde se encuentran sonrisas y abrazos de bienvenida. Si quiso ser algo, apenas fue nada. Tras un par de años Ulsan, ciudad que le vio nacer como futbolista, quiso resurgir con fuerza tomando nombre en el Feyenoord de Rotterdam. Otro error. Quien un día le vendió como un buen remedio, debió de olvidar las contraindicaciones del prospecto; al chaval le faltaba velocidad para jugar como extremo y le faltaba conocimiento para jugar como delantero. El vigor y la fogosidad no son nada si el talento no acompaña. No jugó mucho en Holanda y regresó a Corea para iniciar un periplo que aún no ha culminado; Suwon Samsung Bluewings y Chunnam Dragons en su tierra, un año en Arabia Saudita después, para recalar, no hace más de una temporada, en el Omiya Ardija de la liga japonesa. Seguirá cayendo y seguirá sin ser culpable de sus derrotas.

La Real, como Lee Chun Soo, terminó en los infiernos. Hoy busca reconducirse con unos nuevos doctores y una nueva oportunidad en la fábrica de talentos que un día le catapultó hasta la gloria. Desaparecieron los venenos de las estanterías de medicamentos y se promulgó por no olvidar jamás el sabor de aquel cianuro. Saben que quien olvida su historia está condenado a repetirla.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Cuando la Masía era un caserío y no una factoría

Hubo un tiempo, y no hace demasiado de ello, que la Masía no fabricaba productos de primer nivel. Si acaso, y en un intento más de reinventarse que de realmente aprovechar los recursos, de vez en cuando sus valedores viajaban a algún torneo y descubrían al que, para ellos, iba a ser la perla del futuro.

En estas circustancias llegó Samuel Okunowo al Fútbol Club Barcelona. Avalado por Quique Costas y Oriol Tort, Okunowo encontró aposento, comida y botas de fútbol en la casa de los canteranos azulgrana. Tenía diecisiete años, había ganado la Meridian Cup con Nigeria y llegaba para ser el sustituto del inefable Michael Reiziger. Palabras mayores.

No duró mucho su periplo aunque, para honor propio e historia impresa del club, quedará como el tipo que jugó como titular en el lateral derecho el día que el Barcelona celebró sus cien años de existencia. Galas de sábado noche que dirían los antiguos rememorando viejos programas de televisión.

Una vez que Van Gaal había sacado lustre a su currículum, Okunowo abandonó el Barça para recorrer el mundo sentado en la grupa de la ilusión. No fue mucho lo que dejó su estela. Doce partidos con el Benfica, media temporada en el Badajoz, dos partidos en el Ionikos griego y otros dos partidos en el Dínamo de Bucarest.

Pasaban los años y Okunowo se iba convirtiendo en nómada como aquellos corresponsales de prensa que saltan de un país a otro en busca de un bocado de actualidad. En Albania y en Ucrania se relamieron los labios imaginando en sus equipos a un ex futbolista del Barça. Nada menos que un ex futbolista. Eso es lo que habían fichado. Si es que acaso lo había sido en alguna ocasión.

Con más kilómetros que velocidad en sus piernas y con el saco de las ilusiones rotas se puso a prueba en el Bryne noruego primero y en el Vilanova del Lamí de la regional catalana después. En ninguno de los equipos pasó el periodo de adaptación. Así pues, volvió a cargar las maletas, tomó un nuevo avión y pensó que qué mejor manera que dignificar sus ahorros que invertirlos en bonitas playas paradisiacas.

Actualmente, y sin que se tengan nuevas noticias sobre su paradero, juega al fútbol en las Islas Malvinas y de vez en cuando recuerda lo que pudo haber sido y no fue. En aquellas tardes de verano también habían llegado al Barça tipos como Rustu, Rochemback o Zenden. Gracias para el fútbol que la Masí dejó de ser un caserío para convertirse en una factoría. Tras Okunowo llegó Carles Puyol, tras Rustu llegó Víctor Valdés, tras Rochemback llegó Xavi Hernández y tras Zenden llegó Andrés Iniesta. Casi siempre es preferible mirar lo que se tiene en casa antes que ir a buscar afuera.

viernes, 6 de agosto de 2010

El sueño de una tarde de verano

Dijo Andy Warhol que todo el mundo debería tener sus quince minutos de fama a lo largo de la vida. Los hay tan famosos que, por pura repetición, terminan resultando agotadores, y los hay tan anóminos que, por excasa definición, terminan muriendo sin dejar un epitafio que recordar. Otros, los fugaces, por mera adhesión al paradigma de Warhol, irrumpen en escena con la fogosidad del ansioso y hacen mutis por el foro con el silencio de los olvidados.

Hubo un tipo que vivió en sus carnes los flashes del momento una soleada tarde de finales de agosto y cuyo recuerdo se fue esfumando a medida que iba pasando al ostracismo junto al aroma del pasado. De lo que pudo ser a lo que no fue medió solamente un partido, una titularidad, una convocatoria, un gol. No hubo nada más.

José Antonio Serrano Ramos debutó con la camiseta del Getafe el mismo día que el equipo hacía su primera aparción como club de la máxima categoría. Era el veintinueve de agosto de dos mil cuatro. El chaval acababa de cumplir veinte años y La Romareda de Zaragoza se había vestido de gala para recibir a su equipo en aquella primera jornada de liga. El conjunto maño ganó tres a uno y la gente regresó tan feliz a su casa. Los zaragocistas porque habían asistido a una holgada victoria de su equipo, los getafenses porque habían cumplido el sueño de ver a su equipo en lo más alto y José Antonio porque había inaugurado el marcador escribiendo una página de la historia donde se reflejará para siempre que suyo fue el primer gol del Getafe en Primera División.

Aquello es lo que fue. Lo que no pudo ser vino después. Tras cuatro temporadas respirando el polvo de campos de tierra y vistiendo la camiseta del filial, José Antonio se marchó al Toledo. De allí pasó al Colmenar Viejo con el que jugó media temporada antes de fichar por el Marbella. Media temporada después y a punto de cumplirse seis años de aquel gol que le convirtió en rey por un día, José Antonio llega al Navalcarnero con muchos sueños pendientes de cumplir y un bonito recuerdo para contar. Nunca será recordado por ser un famoso futbolista, pero será recordado para siempre por ser el autor de un famoso gol.