
La ilusión es el sentimiento que le sirve de cremallera a los sueños. Más que una sensación es un motivo, es el motor de arranque que nos permite situarnos al pie de nuestras promesas, por eso, cuando nos quedamos estancados en el intento y el fracaso se cierne sobre nuestra cabeza, solemos arrojarnos por el balcón de la desdicha y aferrarnos a un olvido que solo nos regalará el tiempo. En fútbol, la ilusión es el convencimiento de conseguir un hito, el deseo de una victoria desconocida que mueve a las masas hacia el apoteosis. Por eso, resulta más fácil encontrar un resquicio de ilusión en el corazón de los jugadores de equipos menores, porque a ellos, a parte del fútbol, les mueve la fe por conseguir lo que habitualmente no están en disposición de alcanzar.
El empeño es más convencimiento que fantasía, es la voluntad que permite hacer realidad cada uno de nuestros deseos. Sin empeño, sin la capacidad mental suficiente para afrontar la misión, es posible que nos quedemos en el camino de los perdedores, y aunque muchas veces nos quedemos a mitad del viaje, es el desarrollo de nuestro propio empeño el que nos permite dormir con la conciencia más o menos tranquila. Como el fútbol también tiene misiones, los equipos más empeñados en conseguirlas suelen obtener el premio de la recompensa, y aunque la mayoría de las veces es el mismo fútbol el que hace caer la balanza hacia uno u otro lado, de vez en cuando nos encontramos con la agradable sorpresa de un David que celebra gozoso su victoria contra el arrogante Goliat.
Espanyol y Osasuna tenían más ilusión que sus rivales en la víspera del partido. Ninguno de ellos está acostumbrado a verse en situaciones semejantes, ninguno ha conseguido nunca más premio que el aportado por su propia humildad. Sus rivales, más acostumbrados al vértigo de los grandes acontecimientos, afrontaron la situación con el espíritu relajado y el conocimiento de sus capacidades, ambos saben jugar al fútbol pero ninguno de ellos lo hizo con empeño.
El empeño, el convencimiento y la capacidad de superación fue anoche propiedad privada de los equipos locales y en el ejercicio de sus voluntades nos regalaron dos auténticos partidazos, dos motivos más que suficientes para situarles en el escenario de nuestros aplausos. Los catalanes dejaron la eliminatoria pendiente de un "deja-vu" que quisieran exorcizar para siempre bajo la noche alemana. Los navarros, aún sabiendo que lo tienen más difícil, terminaron el partido con el convencimiento de que el Sevilla deberá jugar muy bien para ganarles. Eso, e igualar su capacidad para ilusionarse y el mérito de su empeño.