He vuelto a reconocer mi cara. Durante toda la semana, mi primer examen frente al espejo, mientras desperezaba mis párpados y dejaba asomar mi garganta en un bostezo, ha sido una tarea de regresión hacia los momentos más emprendedores de mi vida.
No es que haya sido yo el adalid de la valentía y el arrojo suicida, ni mucho menos, pero como cada ciudadano al que le enseñan a crecer por las vías de la costumbre, he ido quemando etapas a medida que conseguía crecer unos centímetros más.
En mi cara del lunes reconocí aquella expresión de mi infancia que llegó para sacudir mis entrañas el día que a mi padre se le antojó que yo debía aprender a montar en bicicleta. Para un niño de nueve años, su primera bici es como ese sueño que siempre se quiso tener cerca pero que nunca deseó que llegase el día para afrontarlo. Sabía que me iba a caer, sabía que si no conseguía enlazar una docena de pedaladas en un plazo de dos días iba a conseguir que la mirada de mi padre descendiese hacia la desilusión, sabía que si lo conseguía me convertiría en mi propio héroe y obtendría la libertad para dejar de considerarme como esclavo de mis temores.
En mi cara del martes descubrí el gesto apretado y la afrenta viva de aquellos partidos de quinceañero contra el mejor equipo del barrio. La noche anterior ya las pasaba en un duermevela que anunciaba grandes detalles y mucha rivalidad. Desde que me levantaba, miraba el balón como intentando embrujar su válvula con la mirada. Era difícil, la mayoría de las ocasiones la función terminaba mascando una derrota que me enfundaba la mandíbula en una mezcla de rabia e incomprensión. Masticaba sin hambre el cocido del sábado, pero siempre terminaba intercambiando un par de sonrisas con el pensamiento porque sabía que una semana después, la palabra y la intención me regalaría una nueva ocasión para la revancha.
El miércoles repetí ante el espejo la mirada de acongojo del que sabe que se enfrenta a una prueba vital. Cuando mi adolescencia dio permiso a mi juventud para que se hiciese dueña de cada rincón de mi cuerpo y mi pensamiento, me convertí en un estudiante de vicio criticable y desgana continua. Por ello, cada vez que me enfrentaba a un examen importante sabía que ponía en juego mi prestigio y mi futuro. Era la misma mirada del estudiante que años atrás aprobaba por los pelos y, de vez en cuando, obtenía el justificante perfecto para autoflagelar su ánimo. Nada hay más angustioso que enfrentarse a tus nervios y no saber cómo puede terminar la función.
El jueves rememoré los mejores momentos y a la vez los más angustiosos de mi vida. Frente a mí volví a encontrarme con la incertidumbre del galán que siempre quise ser y la naturaleza no me permitió. Era la cara compungida del que salía los sábados a conquistar y la mayoría de veces regresaba a casa con las orejas agachadas pero la moral intacta de cara al siguiente asalto. Sentí ese cosquilleo de asaltador de carmines y pronunciador de discursos incoherentes. Como en definitiva, nada estaba en mi mano, toda la colonia y toda la gomina gastada no eran más que fuegos de artificio, pero a ilusión no me podía ganar nadie. Igual que ahora.
Porque esta mañana he sido consciente de todo. La mirada afrontadora del lunes, la retadora del martes, la angustiosa del miércoles y la ilusionada del jueves son la misma mirada de un aficionado dispuesto a presenciar uno de los partidos más importantes de su historia. Como rojiblanco de corazón he vivido mil penurias y una decena de alegrías de verdad. Pero como azulón de garganta en carne viva y nervio dibujado para animar, este es el primer gran reto (ascenso aparte) de mi época de abonado. Es el equipo de mi pueblo, es el equipo de mi barrio, es la amante con la que me he permitido poner los cuernos al Atleti sin perder el amor a los colores. Desde las gradas del Coliséum he descubierto que siendo aficionado de un equipo pequeño, los pequeños logros se convierten en catedrales de la felicidad, porque al que más le cuesta escalar le sabe mejor llegar a la cima.
Con mi entrada a buen recaudo, mis bufandas dobladas, mi camiseta del ascenso en el cajón de la esperanza y los bocadillos de tortilla en el pensamiento, me preparo hoy para un día histórico mientras intento compartir mi ilusión con aquellos que algún día esperaron un momento como este, con los que ya lo han vivido y con los que ya están saciados de gloria. Tiendo mi mano a la afición del Sevilla y le reto a un duelo de cánticos sin perder la educación aún en el conocimiento de que esa es una batalla dificilísima de ganar. También será difícil la batalla del césped, porque el rival es un equipazo, porque nuestra historia delata debilidad, porque en fútbol, Goliat ha terminado comiéndose a David en la mayoría de las ocasiones. Nosotros ya hemos cargado nuestras hondas y esperamos el milagro. Esperamos el fútbol. Cómo nada es imposible nos inclinamos ante el vocablo taurino y recitamos. Que Dios reparta suerte.