
jueves, 19 de julio de 2007
La sonrisa del que se sabe superior

lunes, 16 de julio de 2007
Gotas de actualidad


- Este título de


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- Volviendo al


- En cuanto a los fichajes, el pueblo llano nos debatimos en una tertulia que se repite cada verano y que es la que se pregunta qué equipo ha fichado mejor, Real Madrid o Barcelona. Mientras muchos se paran en soñar con los goles de Henry y los cortes limpios de Pepe, me bajo yo hacia el sur y aplaudo al Sevilla porque siguen sin abandonar su posición de alternativa seria y están fichando sin hacer ningún ruido, pero muy bien. Ole por Monchi.
viernes, 13 de julio de 2007
Goles que quitan el sueño

Para alcanzar la información y haceros llegar mis humildes textos, tengo que aprovechar los pequeños momentos furtivos que me brinda la conexión de mi lugar de trabajo. Amén de todo ello, y de una manera extraña y sobre la que no estoy dispuesto a investigar, a mi hogar de prestado llega la señal alemana del canal deportivo Eurosport, y es aquí donde comienza una pequeña historia que se fraguó a cientos de miles de kilómetros de distancia, pero que yo relamí desde la mullida y cómoda posición que me otorgabá el sofá.
Era tarde, demasiado tarde para un tipo que, como yo, debe pelearse cada mañana con el sonido infame del despertador, pero la emisión del Argentina - Polonia del mundial de fútbol juvenil me obligaba a mantenerme luchando contra los azotes del sueño. Si aguanté despierto no fue tanto por mi cariño hacia el fútbol como porque, en el fondo, esperaba que sucediese algo. Y sucedió.
A veces, los grandes jugadores realizan jugadas tan inverosímiles, que te obligan a pestañear durante un par de ocasiones para terminar por cerciorarte de que lo que has visto es real. La jugada del Kun de anoche reúne la clase, la precisión y el talento de los tipos que han nacido para jugar al fútbol de verdad. Por un momento viajé a Sevilla, ocho años atrás, y contemplé a Mendieta ridiculizando a la defensa del Atleti. Un instante después, Agüero ya celebraba su envite y su regalo. Por goles así, merece la pena sufrir por un latigazo de sueño.
Cuando contemplas a estos tipos pequeños, capaces de plasmar en el verde, lo que tú tantas veces imaginaste en sueños, te sientes satisfecho de amar al fútbol por encima de todas las cosas. Cuando celebras inconscientemente estos goles por sentirte testigo estelar de la oportunidad, te sientes en deuda con el destino por haberte hecho partícipe de un momento inolvidable. Cuando terminas por ser consciente de que el jugador que te hizo vibrar juega en tu equipo, no te queda otro remedio que el de esbozar una sonria infinita y volver a ilusionarte, una vez más, por lo que está por venir y nunca llega y por las malditas promesas que nunca se cumplen.
miércoles, 11 de julio de 2007
El chico maravilla

lunes, 9 de julio de 2007
El fútbol de Christian
Recuerdo también que unos años antes mi padre me regaló una colección de pins que le dieron comprando el periódico. Habían algunos bastante feos, ninguno me llamaba demasiado la atención. Sólo uno tuvo ese encanto especial que se requiere para enamorar a un niño de 6 o 7 años. Era un óvalo, era blanco y negro, tenía un caballo rampante y una inscripción que decía Juventus. Ese me gustó y, sin saber de qué era o qué representaba, lo hice mío. Entonces llegó un día que traía lo que ahora llamaríamos noche de Champions. Jugaba el Real Madrid. Mi padre y mi hermano se sentaban prestos en el sofá delante de la tele para abducirse por la ilusión que te da el ver a tu equipo. Realmente yo me abstuve, además jugaban contra un equipo con una camiseta que me parecía horrorosa, azul con unas estrellas en los hombros, no lo llegaba a entender. Pero en un momento dado, al inicio del partido, mi hermano me recordó que jugaba el equipo de mi pin, que aún no sabía a qué pertenecía. Me senté en el sofá y la camiseta que minutos antes me parecía horrenda me embelesó. Los ‘míos’ le dieron un baño al Real Madrid. Mi hermano estaba molesto, muy molesto. Yo no lograba entender el porqué de tanto enfado, pero el Madrid había caído eliminado en Champions League a costa de un equipo al que aprendí a querer en ese momento. Había un chavalín en ese partido que mi hermano maldecía continuamente, le hacía la vida imposible a su equipo. Ese jovencito era Alessandro Del Piero, el primer nombre que me aprendí, y desde entonces mi único ídolo.
Después crecí, ese mismo año la Juventus ganó la Copa ante el Ajax en el partido donde descubrí lo que eran los penaltis. Crecí con una quinta no tan famosa como las de los sesenta o los ochenta. No había súper Ajax, ni Liverpool, ni Real Madrid glorioso. Tampoco había rastro de los Di Stefano, Gento, Maradona, Pelé, Cruyff, Beckenbauer, Platini o Van Basten. No. Yo crecí viendo jugar a otros como Zidane, Vialli, Kluivert, Desailly, Zola, Sheringham, Michel, Kahn, Herny, Maldini, Shevchenko, Butragueño, Buffon, Zamorano o mi ídolo Alex Del Piero. Puede que no sean tan famosos ni estén tan reconocidos. Pero son con los que he crecido y con quienes he aprendido a amar el balón.
Como en todo, he vivido momentos buenos y momentos malos en el fútbol. Una balanza no sé hacia a qué lado se decantaría, pero así, a bote pronto, diría que caería al lado de los buenos, aunque son más frescos los momentos de agonía. La Real me ha dado muchos momentos malos, pero me siento muy orgulloso de ser de la Real, todos estamos orgullosos de animar a los txuri urdin. Con ellos he vivido, sin duda, el peor momento de mi vida. Hace tres semanas, sin ir más lejos, un equipo irreconocible abandonaba la Primera División tras cuarenta años de gloria en la máxima categoría. También me ha hecho vibrar. Si antes decía que tuve el honor de asistir de manera inconsciente al mejor partido que he visto en mi vida. Cada una de las veces que lo he visto me ha hecho sentirme más grande y más orgulloso. Para mí ese partido es la máxima expresión del fútbol. Quizá me guste tanto porque la falta de fútbol ahora me obliga a sobre valorar lo de antes. Pero ese 5-0 al Athletic en Anoeta con hat-trick de Meho Kodro no lo olvidaré en mi vida. Y yo estuve allí. Después la Real empezó un declive gradual que disimulaba la caída. Un proceso de descomposición integral. Hubo un momento de volver a ser la Real hace ya 5 años. La Real me hizo vivir uno de los momentos más tensos de mi vida. Milagrosamente el equipo de Denoueix se encaramó a los puestos altos de la tabla. Tras caer en Valladolid con un cierto ridículo llegábamos a la última jornada con la posibilidad de ganar la Liga. La Real jugó su partido, lo ganó, pero el Madrid de Del Bosque también lo hizo y nos arrebató un título que aún muchos consideramos nuestro. Al año siguiente la suerte me sonrió y deparó un choque entre mis equipos en competición europea. Viajé a Turín con la esperanza de que la Real fuera la de Denoueix y no se asustara ante la Signora. Pero no. Llegué al impresionante Delle Alpi unos minutos tarde. Unos minutos que pasé en un atasco preso por los nervios, había ido hasta Italia para ver jugar a la Real y no podía verlos. Llegué en el minuto 7 de partido. La Real ya perdía 2 a 0. Como decía he vivido para mí muchos momentos mágicos, pero también muchos trágicos. Ya con toda mi madurez futbolística viví el Mundial de Corea. España ilusionaba, a mi me ilusionaba. No sabía ni cual era el nivel real de nuestra selección, pero pensaba que lo ganábamos. Después un egipcio se cruzó en nuestro camino y nos hizo llorar lágrimas de rabia e impotencia a partes iguales. Helguera era España.
Como estos tengo mil momentos que podía recordar. El renacimiento del Chelsea, el Arsenal invencible, la Juve de Capello, el Manchester campeón de Europa en el descuento. Son momentos que nunca olvidaremos. Cada uno cogemos lo que nos gusta. Es evidente, nos gusta el fútbol, y nos gusta mucho. Todos mis recuerdos se relacionan con él. Mi tío me regaló aquella camiseta albi-azul cuando yo no sabía lo que era un balón. Posiblemente para él el fútbol también fuera lo más grande.
jueves, 5 de julio de 2007
El año que morimos peligrosamente

Pero aparte y en instantes paralelos a algunos de estos acontecimientos, en 1950 se disputó en Brasil el tercer campeonato del mundo de fútbol y para muchos, significó el principio del fin y fin del principio de dos países que durante años lloraron sus fortunas y sus miserias.
No se le pusieron mal los intereses al anfitrión en vísperas de comenzar el campeonato. La mayoría de países del este, encabezados por la Unión Soviética, rechazaron disputar un campeonato que consideraban politizado por occidente. Brasil se quedaba, sin derrochar esfuerzo alguno, libre de disputar sus partidos más difíciles. Comenzaba a limpiarse el camino hacia la gloria.
Un camino en el que pudieron encontrarse a Inglaterra. El país que sirvió de cuna y origen al fútbol, participaba por vez primera en un mundial y lo hacía como un único país; separada del rigor olímpico, dejó atrás cualquier unión con Escocia, Gales e Irlanda, y se presentó en Brasil con la intención de demostrar que nadie le había arrebatado la corona honorífica. Pero Inglaterra se había convertido en una nación desquiciada por una guerra que si bien la había fortalecido estatalmente, había desquebrajado todas sus infraestructuras. Brasil ganó un duelo ficticio en lo competitivo pero alentador en lo moral y continuó firme un camino prediseñado.
Y fue un británico, el árbitro Mervin Griffihs, quien se encargó de aplanar de una manera más sibilina ese camino de rosas que entre todos habían plantado para rendir pleitesía al anfitrión. Instantes antes del partido que enfrentó a Brasil contra Yugoslavia, el medio volante balcánico, Rajko Mitic, golpeó su frente violentamente contra el marco de la puerta de acceso al terreno de juego. Inmediatamente, la sangre manada provocó una alarma general. Las normas de la época, demasiado estrictas para la competición, impedían realizar cambio alguno una vez confirmado el once titular. Los yugoslavos solicitaron una demora de quince minutos, el tiempo suficiente para que su organizador recuperase la conciencia y pudiese estar a punto para disputar el choque. Los brasileños, por su parte, y conscientes de la relevancia que otorgaba Mitic a su rival, impusieron la necesidad de jugar y el colegiado, demostrando un inexistente sentido del decoro, ordenó a los equipos saltar al terreno de juego.
miércoles, 4 de julio de 2007
El fútbol no para




- El Betis anun

martes, 3 de julio de 2007
Cualquier equipo está por encima de un jugador

En los años cuarenta llegó al Atlético un demoledor delantero llamado Pruden. Una temporada, un título de liga y treinta y tres goles después hizo las maletas para regresar a casa. El Atlético no desapareció.
Años después, otro delantero llegó al Metropolitano para rememorar las actuaciones de aquel joven estudiante de medicina que había dejado al club huérfano de gol para retomar sus estudios de medicina. Se llamaba Pérez Payá. Tres años, dos títulos y un centenar de goles después, rompió su ficha de amateur para enrolarse en las filas del Real Madrid. Y el Atlético continuó viviendo.
En los sesenta, en pleno auge y crecimiento, el club contaba con la mejor banda izquierda del continente. Peiró y Collar se encargaban de amargar la tarde a cada uno de los defensores que osaban alcanzar el balón. Les bautizaron como el ala infernal. Tras el título de la Recopa del 62, Joaquín Peiró, al que apodaban "el galgo", se marchó a Italia para seguir prosperando, dejando coja el ala que tanta fama había alcanzado a nivel mundial. Pese a ello, el Atlético siguió creciendo.
Cuando al equipo le acuciaron sus primeras crisis en el plano deportivo, contaba con un matador del área en el que se arropaban los aficionados a la hora de festejar sus pocas alegrías. Se llamaba Hugo Sánchez y pese a ganar el pichichi y un título de Copa, no tardó en dejarse seducir por los cantos de sirena que sonaban en la acera de enfrente. Y el Atlético siguió jugando.
De aquel Atleti de los noventa que tantas veces me hizo vibrar, llorar y temblar de pánico, recuerdo sus partidazos ante los grandes y la figura inalcanzable de Paulo Futre. El portugués, que llegó como un mesías a tierra prometida, fue recibido con los brazos abiertos y despedido con un reguero de lágrimas. Mientras le veíamos en la lejanía del pasado enfundado en la camiseta del Benfica, nos vimos obligados a seguir mirando hacia adelante porque pese a todo el Atlético de Madrid seguía existiendo.
Más allá de lo mucho o poco que haya aportado Fernando Torres al equipo, no es momento hoy de pararse a llorar y mucho menos de afinar la garganta para increpar una decisión que hace tiempo debió haber tomado. Para el jugador, esta nueva experiencia le servirá para obtener las aspiraciones que aquí nunca tuvo. Para el Atleti, el dinero obtenido debe servirle para apuntalar las necesidades que suplica su preocupante agonía. Mirando al sur está el ejemplo; el Sevilla vendió a sus estrellas y no se entretuvo en lamentarse. Y es que el fútbol viaja tan deprisa que apenas unos meses bastan para olvidar todo lo acontecido durante años. Suerte, Fernando.