
El séptimo arte lloró la pérdida de Vittorio de Sica y mientras el gobierno franquista ejecutaba a Salvador Puig Antich, las salas de cine estrenaban la gran obra maestra de Francis Ford Coppola, "El Padrino II". En el plano deportivo, el Barça ganaba la liga tras catorce años de sequía y Mohammed Alí se citaba con George Foreman en Kinshasa para disputar el combate del siglo. Miles de kilómetros al norte, las figuras del fútbol mundial se concentraban en Alemania para disputar el décimo mundial de fútbol.
Fue un mundial en el que no estuvo Albania. Realmente nunca estuvo en uno, pero en su fase de clasificación había dejado una histórica victoria frente a Finlandia consiguiendo, así, la primera victoria en sus cuarenta y tres años de práctica futbolística. También hizo historia, pero de manera más negativa, Baldomero Gigán, presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, quien en puertas del mundial decidió prescindir del eterno Sívori por desavenencias, para tomar del brazo a Vladislao Cap y hacerle firmar su nuevo contrato como seleccionador en una pequeña oficina situada tras las boleterías del Teatro Ópera de Mar del Plata.
Fue un mundial desastroso para Argentina en todos los conceptos y una tumba infinita para "el polaco" Cap, quien, semanas antes de viajar a Alemania dirigía los destinos del América de Cali y de buenas a primeras se encontró con un grupo de jugadores cuyas personalidades desconocía y con quienes le faltó mano izquierda e ideas orientativas.
Adidas irrumpió en el fútbol derribando muros y tradiciones. Monopolizó el balón, la ropa y el comercio. Incluyó, por vez primera, el número de cada jugador inscrito en el pantalón y fabricó para la ocasión un balón impermeable, con lo que los partidos con lluvia dejarían de ser tan pesados. Equipamiento que, junto a futbolistas, periodistas, aficionados y hasta los conjuntos folklóricos que actuaron en la inauguración, quedaron aseguradas, por vez primera, por una póliza millonaria y es que toda precaución era poca una vez que la acción terrorista de "Septiembre Negro" en las olimpiadas celebradas dos años antes, había dejado el recuerdo más triste en las ciudades alemanas.
Pero el único recuerdo negro que dejó el mundial fue el de la participación de dos selecciones exóticas que pusieron guinda, color y globalización a un deporte que llevaba años dominando cabezas, almas y corazones. Una de ellas fue Zaire, quienes tras caer derrotados ante Escocia en su esperado debut, decidieron convocar una asamblea de brujos, pagarles billete de avión y alojarles en el mismo hotel en el que se encontraban los jugadores para permitirles idear un conjuro que les condujese hacia la victoria en su siguiente enfrentamiento contra Yugoslavia. Como daba la casualidad de que Vidinic, el seleccionador de Zaire, era yugoslavo y no creía en fantasías, denegó el acceso de los brujos a sus jugadores consiguiendo la cólera de aquellos y la pública acusación de traicionar los valores de quienes le pagaban para favorecer a los de sus paisanos. Finalmente, sin brujos, sin conjuro y sin motivación y en medio de una disputa interna, Yugoslavia venció por nueve a cero y poco más se volvió a saber de Vidinic y sus futbolistas.
La otra selección exótica fue Haití, quien tuvo en Enmanuel Sannon a su héroe nacional. Tras batir a Italia y a Polonia, las derrotas cosechadas habían quedado en simple anécdota, y en plena felicidad participativa, se enfrentaron a Argentina para juzgar la capacidad de los albicelestes de cara a clasificarse para la siguiente ronda. Argentina ganó y esperó que Polonia hiciese lo mismo con Italia para sacar el billete que le alejase de la deploración.
Y en el deseo nació otra historia. Cuando el partido llegó al descanso con victoria polaca por dos goles a cero, varios jugadores azurri se acercaron a sus rivales para ofrecer diez mil dólares por un empate. No fue la dignidad lo que causó el rechazo polaco sino una mejor oferta recibida horas antes, según la cual recibirían un montante de veintidos mil dólares por la victoria. El acuerdo lo habían sellado el delantero polaco Grzegorz Lato y la AFA utilizando como intermediario a un reportero gráfico del diario "La Razón". Polonia ganó el partido, pero pasaron los años y ningún jugador recibió la cantidad prometida. Algunos dicen que el reportero se marchó con el dinero y nunca más se supo de su presencia. Hay otros que señalan a Lato como el dueño del negocio y el guardián definitivo de la prima.
Pero no llegaron más lejos las intenciones Argentinas. En parte porque se encontraron con Brasil pero, sobre todo, porque se encontraron con Holanda. Y es que Holanda era fútbol puro jugado a toda velocidad, exigente con cada lance y espectacular en cada concepto. Ante el asombro general, hubo quien se atrevió a preguntar a Cruyff por aquel nuevo y revolucionario sistema y Cruyff fue claro al tiempo que conciso; "No hay sistema". No había sistema porque cada jugador ocupaba el lugar preciso en el momento correcto, no había sistema porque no había táctica capaz de acaparar tanta precisión a tanta velocidad, no había sistema porque cada futbolista era un espíritu libre en ataque y un perro de presa en defensa. Holanda borró a Argentina y mientras un pequeño país celebraba sus días de vino y rosas, un gran país lloraba un nuevo fracaso. Y ya eran demasiados.
Y si en la victoria habían tenido que celebrar el pase a regañadientes por una velada acusación de incentivación ajena, en la derrota hubieron de sufrir la noticia de la muerte de quien, durante décadas, fue líder político y espiritual del país. Desde luego, no fue un mundial tranquilo para Argentina y mientras algunos futbolistas, como Houseman, lloraban la muerte del general Perón, a otros el disgusto les llegó más por el velo que por la pérdida. Cuentan que Babington y Perfumo jugaban un disputado partido de ping pong y en pleno empate a veinte puntos alguien vino a avisarles de que debían abandonar la concentración para guardar luto y honor a su presidente. "El Mariscal" apretó los puños y escupió una maldición incómoda; "La puta. Ya no podremos terminar la partida".
En la final, a la asombrosa Holanda le esperaba la rocosa Alemania Federal. Era un enfrentamiento entre dos estilos; entre lo clásico y lo moderno y, en un análisis mucho más mediático, entre Johan Cruyff y Franz Beckenbauer. Ganó Alemania y ninguno de ellos fue héroe. De Cruyff recordaremos su omnipresencia y de Beckenbauer su dirección ejemplar, pero la final la ganó Gerd Müller quien, con su gol ratonero, daba el título a su país y batía un record de dieciséis años. Nunca nadie había conseguido anotar catorce goles en fases finales de un mundial y hasta el pasado año, de nuevo en Alemania, cuando Ronaldo anotó su gol número quince, nunca nadie lo había logrado superar. Aunque para hablar del delantero brasileño necesitaremos redactar otro capítulo de estas curiosas historietas de la historia.