Me gusta escuchar la radio durante mi jornada laboral; alterno música, noticias y deportes e intento estar al tanto de todo. En mis trayectos de ida y vuelta, juego con las emisoras que tengo memorizadas en el coche y el martes tocó Onda Madrid. Eran las siete y pico de la tarde y Poblador emitió un corte de la presidenta del Rayo. Doña María Teresa se vanagloriaba del crecimiento de su club mientras asistía a la inauguración de la nueva ciudad deportiva del rayito. Fue en esas que soltó una perlita que me hizo reflexionar seriamente; algo así como "Nuestro objetivo, con el tiempo, es poder ponernos a la altura del Atleti. A la altura del Madrid no podremos llegar, pero a la del Atleti sí". Inmediatamente comencé a imaginarme la cantidad de mensajes que los oyentes rojiblancos comenzarían a enviar en contra de María Teresa Rivero. Pero ella no tiene la culpa de nada. Nos empequeñeció de palabra, sí, pero los que realmente deben pagar nuestra ira son los que nos han empequeñecido de hecho. Intenté componer un post mientras la radio seguía sonando de fondo y simplemente se me ocurrió comparar el Atleti del que yo me enamoré con el Atleti que hoy no enamora a nadie.
El Atleti de mi infancia era raza, lucha, pundonor, juego y sacrificio. Al menos esos son
los valores que me enseñaron a amarlo y es lo que representaban el grupo de futbolistas que nos defendían por el hecho de mantener cosido de por vida, el escudo del Atleti en el lado del corazón. El Atleti de mi infancia era contragolpe y gol, cal y canto, grito y abrazo. El Atleti de mi infancia era la herencia de Heredia y Ayala, de Pereira y Leivinha, por eso, el Atleti de mi infancia era carácter y fútbol, dientes apretados y sonrisa confiada.
El Atleti de mi infancia era Arteche y Landáburu y Marina y Rubio y Pedraza. Recuerdos de álbumes de cromos a medio rellenar y de partidos de domingo donde jugar en el Calderón era una baza segura. El Atleti de mi infancia jugaba por la gente, sufría con orgullo y ganaba por constancia. El Atleti de mi infancia rozó una liga, ganó una Copa y perdió una Recopa. El Atleti de mi infancia era un equipo de cantera, de sentimiento, de goles insistentes y de alineaciones de memoria.
El Atleti de mi infancia era Navarro (o Mejías), Votava, Ruiz, Arteche, Quique Ramos, Pedraza, Landáburu, Julio Prieto, Rubio, Marina y Hugo Sánchez. A veces jugaba Balbino y otras veces jugaba Mínguez. Por allí también estaban Robi y Juanjo y el virtuoso Dirceu. El Atleti de mi infancia era Luis Aragonés con el pelo plateado enojándose en el banquillo y José Luis García Traid exclamando impotencia por el robo de una liga. El Atleti de mi infancia eran derbis de infarto, victorias locales y asaltos visitantes. El Atleti de mi infancia era una camiseta de algodón llena de pelotas y con un número nueve de escai cosido a la espalda.
El Atleti de mi infancia era Don Vicente Calderón llegando al rescate de la nave y Alfonso Cabeza hablando más que logrando e insultando más que ganando. El Atleti de mi infancia era la mirada de mi padre prendida de ilusión con su viejo transistor pegado a la oreja. El Atleti de mi infancia era escuchar a mi hermano pequeño recitar de carrerilla goles y alineaciones. El Atleti de mi infancia fue un equipo, un motivo y una coartada perfecta para volver a clase cada lunes con una sonrisa de satisfacción.
El Atleti de hoy está descolorido, irreconocible, se ha olvidado de lo que un día fue y no sabe qué debe volver a ser. Está representado por una nueva generación de aficionados que, moldeados por el gilismo, están convencidos de que el mundo conspira en nuestra cuenta, que perder es divertido y que somos el pupas. El Atleti de hoy ni juega ni gana, ni promete ni engancha, ni celebra ni sueña. El Atleti de hoy es Agüero y Forlán, y por detrás, un grupo de futbolistas que ni saben a lo que juegan ni conocen el escudo que llevan cosido en su camiseta.
El Atleti de hoy no tiene espíritu ni memoria. Un presente indigno aferrado al sueño de una ronda previa que aún no sabemos que deparará. El Atleti de hoy no es un seguro de vida ni una vida asegurada. El Atleti de hoy no es pleno, no es contagioso, no es racional. El Atleti de hoy no sabe por qué juega, hace mucho que no ve pasar un título de cerca y ya no disputa finales. El Atleti de hoy no cuida su base, contrata mercenarios y nadie es capaz de jugarse el pellejo por un signo suyo en la quiniela.
El Atleti de hoy viene de vuelta de mil fracasos; sorbe la mediocridad que implantaron futbolistas de medio pelo, perdona a quienes lo ficharon y mira con aplomo la vida pasar. A Luis García y a Reyes se les olvida jugar al fútbol y cada defensa fichado es un motivo para la mofa. El Atleti de hoy han sido decenas de entrenadores que no cuajaron, decenas de ideas que soliviantaron y decenas de derrotas que empequeñecieron al club. El Atleti de hoy no sabe lo que es ganar un derbi, ni entiende lo que es un derbi, ni se pone en la piel de un aficionado el lunes después de un derbi. El Atleti de hoy es el recuerdo de Torres representado en un puñado de camisetas que lloran la ausencia y el engaño de quienes lo vendieron sin explicar por qué.
El Atleti de hoy son Gil Marín y Enrique Cerezo; la venta del estadio y un proyecto tras otro arrojado al cubo de la basura. El Atleti de hoy son las canas de mi padre representando cada disgusto y los puntapiés de mi hermano al aire cada vez que un partido acaba en nada. El Atleti de hoy se busca y no se encuentra, se tiene y no se sujeta, da un paso y se trastabilla. El Atleti de hoy tiene mi sonrisa y mis lágrimas, mis sueños y mis pasiones, mis inspiraciones y mis palabras, mi vida y mi muerte. El Atleti siempre fue nuestro, debemos recuperarlo.