miércoles, 30 de julio de 2008

Significó tanto que no lo supieron vender

Cuando se pone el honor por encima del logro, la política por encima del deporte y la bandera por encima de la camiseta, las victorias quedan empañadas porque no se habla de héroes sino de revanchas y a la calle llega la voz de que la copa no sacia nuestra esperanza sino nuestro orgullo.

Ahora que el recuerdo concreto se ha puesto de moda y hemos tirado de nostalgia para justificar el sentido de la selección española, conviene recordar que el partido final que vació las calles de España y nos aupó al triunfo europeo en 1964 pudo jugarse porque fue nuestro país quien acogió el evento. Cabe recordar que cuatro años antes, cuando la primera Eurocopa viajaba hacia su fase final, antes de ver París, nuestro equipo se negó a jugar en la Unión Soviética aludiendo rivalidad política y miedo a la inseguridad. Pero lo cierto es que una derrota, un escarnio y una eliminación a manos de los soviéticos hubiese herido tanto el orgullo patrio como la sensación ante sentirse enano ante una potencia tan irreverente.

Afortunadamente, la URSS no devolvió la afrenta y si viajó a España para mostrar en hipócrita orgullo un escudo de reivindicaciones que escondía miles de afrentas y opresiones. Viajó primero a Barcelona para eliminar a Dinamarca y viajó después a Madrid para jugar la final del segundo campeonato europeo de selecciones nacionales. Ellos eran los campeones, defendían título y se amparaban en la leyenda del mejor portero de la historia.

Yashin ya era un mito casi convertido en Dios. De tanto escuchar su nombre, sus paradas imposibles y su centenar de milagros, la gente pensaba que iba a ver un gigante con dentadura metálica, cabeza de roca y ocho brazos como un pulpo. Pero Yashin era humano. Un fenómeno, pero humano. Un humano que encabezaba, con el pecho erguido y la mirada fría, la expedición de una Unión Soviética con el aurea mística de equipo invencible y la realidad más o menos gloriosa que le ofrecían los resultados.

El estadio de Chamartín presentaba una entrada espectacular. Desde el régimen se había publicitado la llegada del ogro comunista. Había ganas de demostrar que la furia española era capaz de devorar el telón de acero. Querían vender la madre patria como ejemplo de corrección y disciplina. La gente coreaba a España y España entera se sentó junto a su viejo transistor. Era una selección mixta, representativa de todos los equipos y todos los lugares de la geografía; no se discutió centralismo, ni caprichos, ni ausencias. Estaban Iríbar, Rivilla, Olivella, Calleja, Zoco, Fusté, Amancio, Pereda, Marcelino, Suárez y Lapetra. Athletic, Atlético, Barcelona, Real Madrid y Zaragoza. Guipúzcoa, Ávila, Barcelona, Palencia, Navarra, Lérida, La Coruña, Burgos y Zaragoza. Faltaban equipos. Faltaban regiones. Pero toda España estuvo presente aquella cálida tarde del recién estrenado verano de 1.964

Como cuatro años antes España se había quedado con las ganas de demostrar su potencial, aprovechó la condición de local para impulsar de un solo tiro toda su energía. Para alcanzar aquella final habían tenido que eliminar a Hungría unos días antes en un partido casi dramático. Tras una épica remontada redondeada con el gol de Amancio en la prórroga, España se anunció como la anfitriona de una final irrepetible. Se enfrentaban dos países encerrados en su ideología, pero mucho más importante, se enfrentaban dos equipos de fútbol plagados de magníficos jugadores.

No tardó Pereda en poner el ánimo de la algarabía en lo más alto. Como los grandes jugadores que no esperan el gol sino que lo encuentran, el fino interior del Barça recogió un rechace y batió por alto a Yashin, a bocajarro. Los brazos en alto, el júbilo exteriorizado y las carreras de sus compañeros en busca del abrazo denotaban la importancia del gol. Uno a cero con el partido casi empezado y la certeza de que lo que tocaba era más sufrir que disfrutar.

Pero el fútbol también es un juego macabro. Como si de un ejercicio de imitación se hubiese tratado, Fusté y Olivella jugaron a la incomprensión y dejaron muerto el balón a Jusainov para que anotara el empate. Era una devolución de favores y un infortunio fortuito que se aplicaba en la norma no escrita que dice que el fútbol es un juego de errores y aciertos, una ocasión furtiva, una búsqueda constante y una oportunidad en aras de ser aprovechada.

Resultaba más demoledor el error cometido comprobando como tanto Fusté como Olivella se conocían, admiraban y entendían desde hacía años. Unos dijeron que fue simple mala suerte, otros achacaron el error a esas cosas que siempre nos pasan a nosotros. Iríbar también pudo haber hecho más, pero no era hora de pedir cuentas porque de la misma manera que los zagueros blaugranas eran un seguro de vida, El Chopo era uno de los guardametas más seguros del continente. Así que simplemente tocaba empezar de nuevo. Como tantas otras veces.

El partido fue tenso y poco vistoso. Se habían visto mejores partidos en aquel escenario, más acostumbrado a los paseos en blanco que a los sufrimientos en rojo. El público jaleaba porque se sentía cómplice de un objetivo y testigo de una promesa irrepetible. Desde el palco de honor, Franco miraba más por su imagen que por el resultado. Eran tiempos de cerrojo y silencio. Tiempos de enemistad exterior cuyo peor enemigo vestía con una hoz y un martillo cosidos sobre el corazón. Dos regímenes austeros, dos recelos, mucho que callar y poco de lo que presumir, y como fondo, un partido de fútbol con veintidós héroes en busca de su parcela de gloria y de un balón que viajaba de un campo a otro inerme a los recelos e ignorante ante el odio. El gol como objetivo, el deporte como único motor. Pocos sabían que aquello no era una guerra sino un simple partido de fútbol.

Lo que sucedió en las postrimerías nos lo han contado tantas veces y hemos creído vivirlo otras tantas que una descripción detallada resultaría más un ejercicio de repetición que de aclaración. Rivilla rebaña un balón, sube la banda como una flecha, combina con Pereda quien regatea a su par y centra al primer palo donde Marcelino cabecea a la red. Parece sencillo pero fue un escorzo dificilísimo; el balón a media altura, la recepción a contrapié y el cuerpo hacia el suelo. Yashine hizo la estatua y el estadio se convirtió en una fiesta.

Y la fiesta continuó. Fue una fiesta austera, porque los límites no ofrecían más. Durante mucho tiempo quisieron hacernos creer que aquella fue la victoria de una raza de hombres buenos contra el ogro comunista. No fue así. Con el tiempo y la conciencia ambos regímenes pasaron al olvido. Llegó el progreso, llegaron las democracias y llegó el dinero. Y como el tiempo ha ido regalando más decepciones que logros, hemos sido conscientes de que aquella victoria no fue ninguna venganza sino un título de valor trascendental.

lunes, 21 de julio de 2008

Hablando del Barça con Juanjo

Juanjo Mateos es un aspirante a periodista, gran redactor y administrador del blog "El jugador nº 12". Aficionado al fútbol y en especial al Barça, cada post suyo es un viaje trepidante a la actualidad, con un estilo locuaz y un verbo concreto, Juanjo se ha convertido en una referencia de la blogsfera y a él nos hemos acercado para charlar sobre el Barça.

El Fútbol de Pablo: Hola Juanjo ¿Por qué eres del Barça?
Juanjo: Supongo que culpa de ello la tiene Ronaldo. Cuando comencé a ver fútbol fue con su único año en el Barça. Me enamoré de su juego y, conjuntamente, de aquellos colores.

EFDP: ¿Toda tu familia es culé?
J: Sólo mi tío. No hay mucha afición en mi familia a esto del fútbol.

EFDP: ¿Cuál es tu primer recuerdo como barcelonista?
J: Las ligas de Van Gaal. Aquel equipo repitió dos títulos ligueros consecutivos.

EFDP: ¿Y el mejor?
J: La Champions del 2006. La final era el mismo día que mi cumpleaños. El encuentro se ponía cuesta arriba con el gol del Arsenal. Sufrí, grité, aplaudí y lloré. Hoy de ese equipo sólo quedan los restos. Una pena.

EFDP: ¿Y qué momento, como aficionado, borrarías de tu memoria?
J: La era Gaspart. Fue una época en la que el Barça dio una imagen lamentable dentro y fuera del terreno de juego. Fichajes sin sentido, salidas de tono innecesarias, un presidente sin seriedad, una paupérrima gestión... Gaspart sumió al club en una de las crisis más graves de su historia.

EFDP: Cuando Belletti coló el balón entre las piernas de Almunia, sentiste...
J: Sentí que el Barça me había dado el mejor regalo de cumpleaños posible. Sentí que tocábamos el cielo con la yema de los dedos. Sentí alegría y lo mostré con llanto.

EFDP: ¿Y cuándo Messi marcó ante el Getafe después de regatear medio equipo?
J: Que estaba ante, posiblemente, uno de los mejores jugadores que había visto jamás. Él y el Kun son los dos jóvenes que aspiran a la hegemonía futura del fútbol.

EFDP: ¿Qué ha significado Rijkaard?
J: Un señor. Nunca una palabra más alta que otra. Siempre tranquilo, dialogante y serio. Los problemas que ha tenido en el vestuario han sido provocados por ser tan buenazo. Aunque le faltó mano dura después de conseguir la Champions, lo cierto es que no le podemos reprochar nada a un técnico que nos dio tanto. Espero que triunfe allí donde vaya.

EFDP: ¿Cual es el jugador más importante de la historia del Barça?
J: Ésta es complicada. Muchos dirán que Cruyff sin dudarlo, pero yo soy reticente a darle tal honor. Quizás sea Ronaldinho por lo que ha significado y transmitido. De todas formas, hay que recordar que han estado grandes como Romario, Ronaldo o Maradona. Ha habido muy buenos futbolistas que no tuvieron la suerte de contar con un buen equipo alrededor.

EFDP: ¿Y el mejor que hayas visto?
J: Zidane, magia pura.

EFDP: Un jugador que haya sido especial para tí
J: Guardiola. No vi nunca mejor director de orquesta.

EFDP: Háblame de la cantera del Barça
J: Es muy buena. Han salido muchas perlas como Xavi, Puyol, Messi, Motta, Cesc, Iniesta, etc. El problema es que en los últimos tiempos el Barça no ha sabido valorarla. Me explico. El Barça ha dejado marchar a gente como Cesc o Piqué, que ahora pretende fichar (el segundo es un claro ejemplo). En su tiempo el Barça pagó por Gerard 4.000 millones de las antiguas pesetas, cuando lo había tenido en las inferiores y había pasado de él. Los clubes cómo Barça y Madrid deberían confiar más en lo que tienen detrás.

EFDP: ¿Qué le pasó a Ronaldinho?
J: Pues que ha tocado techo. Ha perdido la ilusión, se ha acomodado. Parece que es un gen que llevan la mayoría de brasileños: hay un instante en el que la apatía se adueña de ellos y ahí se acaba todo. ¿Recuperable? Sí, pero para el fútbol, no para el Barça. Puede que en el Milan, quien sabe. Quizás se fue demasiado benevolente con él.

EFDP: ¿Venderías a Eto'o?
J: Sí. Se puede sacar mucho dinero por el camerunés. Aporta mucho dentro del campo, pero fuera debería morderse un poco más la lengua.

EFDP: ¿Es Guardiola la mejor apuesta para el banquillo?
J: Eso lo deben decir los resultados. A priori conoce el club, la cantera, etc. Eso debe contrarrestar su corta experiencia como técnico.

EFDP: ¿Cuál ha sido el gran error de Laporta?
J: Querer politizar al club, pretender fichar cromos en vez de necesidades reales, hacer caso a todo lo que Cruyff vomita en sus columnas, etc.

EFDP: ¿Y su mejor virtud?
J: Echar a los violentos del Camp Nou

EFDP: ¿Cómo valoras, en general, su gestión?
J: Positiva. Si fuese una nota sería un 8.

EFDP: ¿Qué cambiarías del Barça actual?
J: La directiva. Creo que ha sido por dónde ha empezado el problema. Si en la cúpula hay malos rollos al final termina afectando a todo y a todos.

EFDP: ¿Y qué es lo que más echas de menos de épocas anteriores?
J: La garra que imprimían algunos al escudo.

EFDP: El Dream Team fue...
J: Posiblemente el mejor equipo que ha visto Barcelona en toda su historia. Aunque los dos años de esplendor del Barça de Rijkaard le podrían hacer sombra perfectamente.

EFDP: Y Puyol significa...
J: Garra, sacrificio, pundonor, nobleza, capitanía... es el símbolo del Barça. Harían falta diez más como él.

EFDP: ¿Guardiola o Xavi?
J: Guardiola, es el maestro.

EFDP: ¿Laudrup o Ronaldinho?
J: Ronaldinho.

EFDP: ¿Stoichkov o Messi?
J: Messi.

EFDP: ¿Romario o Eto'o?
J: Romario. Cómo dijo Valdano: 'un jugador de dibujos animados'.

EFDP: ¿Seguirías optando por el 4-3-3?
J: No. No soy partidario de vivir anclado en un sistema. Las categorías inferiores seguían utilizando el 3-4-3 de Cruyff hasta no hace muchos años. Hay que pasar página y la mejor manera de hacerlo es un cambio radical en el dibujo. Hay muchos sistemas válidos.

EFDP: ¿Está fichando bien el Barça?
J: Sí y no. Comprar tres defensas como Alves, Cáceres y Piqué por tanto dinero me parece exagerado, aunque sean buenos.

EFDP: ¿Te atreves a darme una alineación histórica del Barça?
J: Ramallets, Puyol, Koeman, Rexach, Guardiola, Xavi, Luis Enrique, Laudrup, Cruyff, Ronaldinho, Ronaldo.

EFDP: Y la alineación ideal a día de hoy sería...
J: Valdés, Alves, Puyol, Márquez, Sylvinho, Keita, Iniesta, Xavi, Messi, Bojan, Eto’o. Con los jugadores que aún son de la plantilla.

EFDP: ¿Cruyff o Rijkaard?
J: Rijkaard

EFDP: ¿Te hubiese gustado ver a Mourinho en el banquillo del Camp Nou?
J: No me hubiese disgustado. Lo veo un tío muy inteligente y con las cosas claras.

EFDP: ¿Cruyff hizo del Barça un gran equipo o el Barça hizo de Cruyff un gran entrenador?
J: Las dos cosas. Al final es una relación recíproca.

EFDP: ¿Crees que Laporta hace bien en seguir sus consejos?
J: No, rotundamente. Parece que Laporta sea una marioneta de un ex entrenador que no ha tenido la valentía de dirigir a más equipos y que se dedica a criticar y decidir desde el sofá de casa.

EFDP: ¿Volverá Cesc?
J: Quizás, pero costará un ojo de la cara. Habiéndolo tenido en casa...

EFDP: ¿Barça o Selección Española?
J: Selección, sin duda.

EFDP: Cuando gana el Madrid sientes...
J: Indiferencia. Nunca he entendido que algunos culés o madridistas se alegren casi más por una derrota del eterno rival que por una victoria propia. Incluso soy de los que se alegra de una victoria blanca en Europa, siempre que no sea ante el Barça.

EFDP: ¿A qué jugador del Madrid ficharías?
J: Casillas. Yo le llamo el 'tongoportero'.

EFDP: ¿Y a qué otro jugador del resto del mundo?
J: Kaká

EFDP: ¿Messi es el mejor del mundo?
J: Creo que sí, lo que pasa es que el equipo no le ha ayudado a tener ese reconocimiento mediático que tiene, por ejemplo, Cristiano Ronaldo. A veces se nos olvida que éste juega con gente como Rooney, Tévez, Scholes o Giggs, que no son precisamente cojos...

EFDP: ¿Volverá este año la afición a bañarse en Canaletas?
J: Ojala lo supiese. Pienso que no, pero que se estará luchando por todo.

EFDP: ¿Has visto algún partido en vivo en el Camp Nou?
J: Nunca he tenido esa suerte. Pero me lo imagino y ya se me ponen los pelos como escarpias.

Pues ojala cumplas tu sueño. Un saludo, maestro y muchas gracias.

Ha sido un placer Pablo. Un honor ocupar contribuir con este post a "El Fútbol de Pablo". Un abrazo

martes, 15 de julio de 2008

El primer partido de mi vida

No hace mucho que el gran Stubbins me pasó esta foto. Me calificó como Dieguista debido a mi admiración futbolística por el Diez y me instó a ingeniar un texto sobre la imagen. Me evocó grandes recuerdos y grandes nostalgias. Era el fútbol de mi niñez y aquel fue el primer partido del que tengo recuerdo.

Recuerdo las palomas sobrevolando el Camp Nou, una marea de gente simbolizando la paz sobre el césped y la aparición del que decían era el mejor jugador del mundo. Maradona había fichado por el Barça y todo el mundo hablaba de él. Yo no conocía el fútbol más allá de unas efímeras patadas a un balón de goma que me había comprado mi abuela. No conocía la existencia de tantos países, tantas banderas y tantos buenos futbolistas. El verano del ochenta y dos cambió mi vida.

El Diego hubiese sido capaz de regatearlos a todos. Entonces no lo sabía. Viví aquel partido junto a mi padre y por sus expresiones de asombro comprendí que la victoria belga fue toda una sorpresa. Argentina había sido campeona la edición anterior y se marchó de España con más pena que gloria. Aprendí a citar a jugadores como Kempes, Ardiles o Passarella. Matador, pitón y cacique. También lo fueron Rossi, Zico y Platiní. Aunque más bruto fue Schumacher rompiendo el alma de Battiston y más brutal fue el partido entre Italia y Brasil cuyos goles pude cantar de emoción frente al televisor en color de la casa de mis vecinos.

Los chicos que crecieron con ese mundial aprendieron a soñar de otra manera. En las calles, los niños queríamos volver a ser Platiní, Zico y Rossi. Los del Madrid jugaban a cabecear como Santillana y los del Atleti íbamos al suelo como Arteche. Entonces Hugo goleaba de rojiblanco y los partidos nocturnos de la UHF me descubrieron a un escocés de mirada astuta y pelo alborotado que vestía de rojo y se llamaba Kenny Dalglish. Mi barrio era un descampado y jugábamos un gol regañao o una eliminatoria por parejas. Si iba con Óscar él era Valdano y yo Maradona. Si iba con Chemi, él era Cabrera y yo Hugo Sánchez. Como el Madrid nos robó al goleador, tuvimos que optar por Paco Llorente y Polilla Da Silva, justo antes de que los blancos volviesen a dejarnos sin nuestro mejor extremo.

Mis padres me compraron un balón Mikasa serigrafiado con el nombre de Luiz Pereira. Durante años lo guardé como un tesoro hasta que desapareció con el rastro de los muebles viejos. Con él jugábamos a las faltas cuando plantaron dos porterías en el descampado. Los partidos allí eran conglomerados de confusión entre los que nos distinguíamos por instinto. En cada portería tres porteros y en el campo treinta y tantos niños jugando tres partidos distintos e ingeniándonos para no confundirnos de compañero. Cada gol se celebraba buscando al amigo y entonces no existían las camisetas levantadas ni el dedo en la boca. La pegabas fuerte y te anulaban el gol porque no valía tirar a trallón. Si la portería eran dos montones de chaquetas de chándal y el portero era más bajito de lo normal no podías tirar a más de metro y medio de altura porque te la cantaban como alta. Las faltas las pitábamos nosotros mismos y nadie protestaba, protestábamos al más chupón y cada golazo era repetido con el balón volando sobre una mano e imitando una cámara lenta.

En verano jugábamos sin camiseta y nos llenábamos de tierra. Mucho más negras se ponían las rodillas cuando jugábamos con entusiasmo nuestras liguillas de chapas. Durante el otoño, recién empezada la liga, nos dedicábamos a recortar los cromos que nos sobraban de la colección después de redondear la cabeza de los futbolistas con una moneda de cinco duros. Buscábamos las chapas más lisas para hacer un equipazo y no dudábamos en ir al bar a pedirle al Chano un puñado de chapas. La de Pepsi molaba un montón, la de Mirinda se convirtió en un clásico y la de tónica Finley era la estrella. Durante el verano, la estrella era el Tour de Francia. A mí siempre me gustó pedirme el Reynolds y mientras hacíamos carreteras con dos manos sobre la arena dibujábamos un circuito y soñábamos con hacer la ruleta perfecta con la chapa de José Luis Laguía o Ángel Arroyo. Y ya se sabía de antemano; pique por fuera es fuera.

Otros juegos populares eran los tejos; donde ponías en juego el orgullo y buen taco de cromos repetidos, las canicas; donde tener una bola de nácar te convertía en rey, y la peonza; donde romper el trompo de un rival de juego era tan excitante como comprobar quien había decorado mejor su pieza y tenía una forma más artística a la hora de bailar. Para ello valía colorearla con rotuladores Pelikán, con témperas o con aquel pintauñas rosita claro de tu madre. Los bocatas del recreo eran de chorizo Pamplona y los de la tarde eran de Nocilla. A los que teníamos madres ahorradoras nos engañaban con Pralín cuyo sabor, con el tiempo, hemos llegado a mitificar. Nos daban sólo un Petit-Suise porque costaban muy caros y los donuts se compraban en la tienda de la Felisa donde se distinguían entre blancos y negros y los envolvían en un papel marrón que igual servía para un donut, como para un cuerno o una pistola de pan.

A los que veíamos la tele por la tarde en familia y por la noche a escondidas, nos sonaba igual de familiar un “adentro” de Luis Miguel López que un “ding, dong” de Ramón Trecet. La NBA era un duelo eterno entre los Lakers de Magic y los Celtics de Bird, un pique brutal entre Michael Jordan y Dominique Wilkins en los concursos de mates y una aventura esporádica del gran Fernando Martín. Las finales ACB eran Madrid contra Barcelona y la Cibona de Petrovic maravillaba tanto como la Jugoplastica de Kukoc. Aquella plata de Los Ángeles nos retrae a las carreras imposibles de nuestro José Manuel Abascal contra el monarca Sebastián Coe, a los records imposibles de Carl Lewis y a las carreras de vallas de Edwin Moses.

Nuestra pista de atletismo era el barrio de San Isidro y cronometrábamos excitantes vueltas a la manzana. El más rápido se convertía en un ídolo y siempre te le pedías para tu equipo de rescate si ganabas la apuesta de pares o nones. Unaaa, dooos y tres. Nos manteníamos en forma porque crecimos en la calle. Los niños de aquella generación supimos después que los buenos futbolistas crecían en descampados como el nuestro, que los mejores amigos se hacían en el barrio y que los mejores partidos se jugaban doce contra doce y aunque perdieses siempre había una nueva tarde en la que pedirle la revancha al líder de la pandilla rival.

Aquel partido de la foto me sabe a fútbol auténtico, a ídolos de verdad, al mundial de España y a promesas cumplidas. Como esta que hoy cumplo con Stubbins. Para él, su Liverpool fue aquel que empezaba en Bruce Grobelaar y terminaba en John Barnes. Para mí, mis sueños empezaban en Arconada y terminaban en Hugo Sánchez. Todos teníamos ídolos y todos bajábamos a la calle para imitarlos. Era el fútbol de verdad, porque el fútbol, cuando lo sueñas es mucho más bonito que cuando lo despiertas. Porque el fútbol visto con la ilusión es mucho más bonito que el fútbol visto con el resultado.

jueves, 10 de julio de 2008

El arte del remate

Quienes no hayan visto jugar a ese señor espigado, algo entrado en kilos por el paso del tiempo, de pelo corto, entrecanoso y gesto serio que se sentó durante la Eurocopa en el banquillo de la selección holandesa, se ha perdido a uno de los mejores futbolistas de la historia.

Van Basten fue una maravilla que revolucionó el puesto de goleador. Hasta él, el delantero vivía de los balones colgados y el remate sistemático. A partir de él, los delanteros aprendieron, además, a jugar al fútbol. Y es que Van Basten era delantero en el área y centrocampista fuera de ella. Como era listo, sabía buscar la espalda para ofrecer su repertorio. Como era muy bueno, sabía como golpear la pelota cada vez que se encontraba en disposición de hacer gol. Como era eficaz, sabía que el porcentaje de terminar gritando al cielo y alzando los brazos en signo de victoria, sería más alto de lo presupuesto.

Los que le recuerden vagamente, los que hayan oído hablar de él y quienes hayan disfrutado sus goles a posteriori sabrán que Van Basten ayudó a hacer aún más grande al Milan. Llegó al equipo italiano en su peor etapa y lo catapultó con goles hacia lo más alto. Allí se hizo leyenda, ganó Copas de Europa y Balones de Oro. Pero antes, Van Basten había jugado en el Ajax, porque Van Basten fue otro de los grandes productos de la mejor cantera de Europa. Y hubiese hecho tan grande al Ajax como hizo con el Milan de no haber sido por el nacimiento de la época de las grandes ligas. En un tiempo en el que el Calcio lo devoraba todo, Van Basten abandonó Ámsterdam rumbo a Italia dejando en el recuerdo una Recopa de Europa y decenas de goles. Goles de todas las facturas; con la izquierda, con la derecha, de cabeza, de alma y de corazón. Y ninguno de ellos tan bonito como este:


viernes, 4 de julio de 2008

Cuando Pirlo y Gattuso eran un mismo jugador

Hubo un tiempo en el que el fútbol nació como parte de una evolución. Muchos se cansaron de la mecánica del rugby e intentaron reescribir las normas para ingeniar un nuevo juego. Balón y pie dieron con la fórmula sencilla del fútbol y en sus albores los futbolistas lo jugaron como jugadores de rugby.

Que el fútbol pasase de ser un juego en el que el más hábil fuese el driblador a ser un juego en el que el pase prevaleciese sobre el regate, es algo que debemos a los escoceses. Desde entonces, decenas de buenos y generosos futbolistas se empeñaron en modernizar el juego, fijar las zonas de precisión y trasladar el balón a las zonas de peligro. Escoceses primero, sudamericanos después y desde aquí, hasta el sur de Europa donde Italia se convirtió en el principal imitador del estilo argentino de las primeras décadas del siglo XX.

Tras la estela y la tutela del gran Luisito Monti, creció uno de los mejores mediocentros que ha dado el fútbol italiano. Michele Andreolo nació en Uruguay y al igual que había hecho Monti desde su Argentina natal, Andreolo viajó a Italia para triunfar, enseñar y dejar para el recuerdo una manera distinta de entender el fútbol.

Se puede decir que la verdadera vida deportiva de Michele Andreolo comenzó una tibia tarde de 1935. Por aquella época eran frecuentes los viajes intercontinentales entre los más prestigiosos preparadores europeos. En uno de tantos, el profesor Fedullo hizo escala en Montevideo antes de llegar a su destino en Buenos Aires. Su primera visita dentro de la capital uruguaya fueron los campos de entrenamiento de Nacional, donde esperaba encontrar a su viejo amigo, el maestro Héctor Scarone. Scarone, convertido en un mito viviente, le contó los progresos del fútbol uruguayo desde el campeonato mundial obtenido cinco años antes, le habló de los jóvenes valores de Nacional y recalcó un nombre por encima de todos: Miguel Andreolo.

Fedullo, que tenía poco tiempo y mucha prisa, retrasó su llegada a Buenos Aires con la única intención de ver al fenómeno. Dicen que solamente existe una única oportunidad para causar una buena primera impresión; el dicho, tan exclusivista como puntualmente efectivo, no fue tenido totalmente en cuenta por el técnico italiano puesto que en el siguiente partido que disputó Nacional, Andreolo no formó parte del equipo titular ¿Tan bueno y suplente? Algo fallaba.

Lo que fallaba era una baja forma física y una pérdida de confianza por parte del entrenador del equipo. Fedullo no estaba dispuesto a abandonar Uruguay sin ver a Andreolo y Scarone no estaba dispuesto a quedar como un loco mentiroso. Se organizó un partido amistoso en el Parque Central con Andreolo en la formación titular y el italiano no tardó más de veinte minutos en volverse hacia Scarone y afirmarle: “Me lo llevo”. Aquel joven tenía todas las virtudes de los mejores directores de orquesta.

Andreolo tuvo que elegir. Igual que aquel día que se despidió de su familia en la localidad de Dolores para decir “me marcho a trabajar a Montevideo”, tuvo que volver a dar un portazo a su vida para decir: “me marcho a trabajar a Europa”. Andreolo fichó por el Bolonia y tardó poco en erigirse en estrella y motor del equipo. Aquel conjunto, sin duda el mejor que tuvo la ciudad de Emilia-Romaña durante toda su historia, alcanzó el hito de lograr cuatro campeonatos consecutivos. A Miguel le rebautizaron como Michelle y le ofrecieron la camiseta azzurra de la selección italiana para que sustituyese en su corazón a la celeste de Uruguay. Como eran tiempos en los que el amor de la gente podía con cualquier otro amor patrio, Andreolo accedió a la petición y el seleccionador Vittorio Pozo, toda una institución en el país, no lo dudó un solo segundo; si en 1934 había sido el argentino Monti quien cargase con su espaldas la responsabilidad de hacer jugar al equipo, en 1938 sería el uruguayo Andreolo quien se hiciese cargo de manejar al equipo italiano en el mundial de Francia.

Y Andreolo mejoró a Monti. Parecía difícil pero lo hizo. Su fortaleza defensiva le convertía en un tercer zaguero y su visión de juego le convertía en el mejor lanzador del ataque. Sus centros, tan precisos como efectivos, se hicieron famosos. Andreolo podía poner el balón a treinta metros sin ninguna dificultad; al pie de un extremo, a la cabeza de un delantero, al pecho de un interior. Italia renovó el título mejorando números y aguantando, estoicamente, el odio que le profesaban las aficiones rivales. Era una época en la que el fascismo de Mussolini pretendía conquistar Europa y en la que Italia hizo todo lo posible para triunfar en fútbol. En Francia demostraron que si habían ganado su mundial cuatro años antes había sido, en parte, por los favores recibidos y en parte, porque eran el mejor equipo de Europa. Un equipo en el que Meazza y Piola mandaban en plan general y maestro y en el que Andreolo tenía toda la capacidad constructiva que se podía desear.

Michelle Andreolo alargó su carrera hasta 1950. Tras su retirada se convirtió en una eminencia. Los aficionados tomaron su nombre como una referencia y la prensa acudía a él a menudo para recalar sus opiniones de experto. Tras criar una familia y forjar todos sus lazos en Italia, Andreolo murió en 1981 con el dolor de no haber podido regresar a su Dolores natal para ofrecer una despedida y dejando tras de sí la estela inconfundible de quien hizo escuela en la posición más determinante del terreno de juego. Y ahora que vivimos una época en la que la afición se divide entre los jugones y los currantes, conviene recordar que el fútbol nació como un deporte en el que la pelota tenía un significado especial por encima de cualquier otro detalle y que en aquellos albores existió un futbolista llamado Michele Andreolo que demostró que Pirlo y Gattuso pueden vivir, al mismo tiempo, en un mismo jugador.