
Tenía desconfianza ya desde el sorteo. Nada más salir la bola del Schalke mi móvil pitó dos veces: “Adiós a la Champions”, “Lo tenéis muy jodido”. Para más inri, conecto el Messenger y el saludo de bienvenida de Christian se reduce a un “te acompaño en el sentimiento”. No pintaba bien la cosa. Con tantos malos augurios pensaba yo si realmente nos había caído en suerte el Schalke 04 o lo había hecho el Santos de Pelé. Aún no había rodado el balón y ya estábamos sentenciados.
El monstruo de la desconfianza terminó por hacerme preso después del partido de ida. En mis análisis post partido, más cuando es el Atleti quien pone en el asador carne y sentimientos, suele salirme un pataleo mayor cuando perdemos que cuando nos ganan. La diferencia es sencilla; te ganan cuando son mejor que tú, pierdes cuando no haces nada para ganar. El Atleti en Alemania no hizo ni la mínima intención de jugar un poquito al fútbol. Uno a cero y muchas gracias. Y a esperar al Kun, repetía mi hermano.
Comencé a cavilar sobre la proporción de ventaja que podría darnos el regreso de Agüero para el partido de vuelta cuando las cábalas me jugaban una nueva mala pasada; por más que intentaba recordar la última vez que el Atleti había levantado un resultado en contra en el Calderón, no había un partido que asomase a mi cabeza. Mal asunto. Como para no ser pesimista. Empecé a repasar blogs, foros, enciclopedias… Groningen, Timisoara, Fiorentina, Osasuna, Valencia, Bolton… ¡Aquí está! Temporada 1991/92: Atlético de Madrid 5 – Oviedo 0. Temporada 1998-99: Atlético de Madrid 4 – Real Sociedad 1. Pues no ha llovido ¿Qué más quieres? Peor es nada ¿O acaso no has escuchado a tu padre una y mil veces recordarte aquella remontada ante el Cagliari de Gigi Riva? ¡Pero si de eso hay llovido aún más! Sí, pero ese es el Atleti que nunca debimos dejar de ser.
Se apaga la llama de mi pesimismo y me siento, junto a mi padre, a ver el partido en televisión. Parecen otros, esto no va a ser lo de Alemania. O sí. Pasan los minutos y la ausencia de ocasiones comienza a provocarme una angustiosa desazón ¡Vamos chicos! Apenas ha pasado un cuarto de hora y ya ha quedado claro que el chollo está en el flanco derecho de los alemanes, este Westermann es bastante lento y le cuesta recuperar la posición. “¡Balones a Simao, por favor!
Nada, como quien oye llover. En vez de a Simao se la dan a Perea, compruebo que el cordón de mi zapatilla está desatado y pienso que es un buen momento para agacharme a hacer el nudo; cuando levante la cabeza Perea ya habrá mandado el balón al segundo anfiteatro. Escucho un “bien” ahogado salir de la garganta de mi padre y, atacado por la sorpresa, levanto mi vista hacia la pantalla, Forlán la para con el pecho, deja en el suelo a un defensor y chuta con toda su alma. “¡No puede ser!” Exclamo mientras veo como un alemán mete la cabeza en la línea de gol. El rechace regresa a Perea ¿Vuelvo a intentar atar la zapatilla? Para eso estoy yo ahora, con lo que nos estamos jugando. Centro al primer palo y el Kun, un tipo de 1,70, remata en el primer palo rodeado de cuatro alemanes. Ni que fuera nuestra defensa. Estallo en un grito incontrolable y compruebo, a través de la puerta de la terraza, como el vecino de enfrente asoma una cabeza extrañada desde la ventana ¿Pero este loco no había abandonado ya la casa de sus padres?
Queda un mundo. Cabeza, chicos, cabeza. Cabeza y un poquito de presión que me estáis condenando en vida. Cada alemán que coge el balón puede conducirlo durante más de treinta metros sin que nadie le entre al paso. Maniche en el suelo, Raúl en la semiluna del área, Maxi corriendo, Simao en la cal y aquí no roba una pelota ni Dios. Menos mal que el Schalke este no es nada del otro jueves, aún así, cada rechace, cada balón dividido y cada despeje desesperado va a caer a sus pies. Volvemos a las andadas y no tengo ganas de volver a repetir lo del director de juego que necesitamos, al fin y al cabo, terminarán fichando a Coupet para apretarle los guantes a Leo Franco.
Llega el descanso y compruebo que tengo la boca seca. Será de tanto gruñir y tanto divagar en voz alta. Un trago de agua fresca y vuelta a las andadas. Un mensaje “No estamos haciendo nada del otro mundo, pero estos alemanes son muy poquita cosa”. Mi hermano tan analista y tan fiable como siempre. Y encima me dice que los del periódico le han mandado hacer el directo del Real Madrid contra el Sporting. Si es que hay que tener mala baba.
Comienza la segunda parte y, por momentos, creo adivinar que la cosa va tomando otro color. Parece que a los del centro les ha dado por juntarse un poco más y que Maxi ha dejado la banda para echar una mano en la creación. El tipo no es un prodigio técnico, pero sin el balón juega como los ángeles. Con todo, la solución a los problemas sigue siendo la misma de antaño, un viejo lema que comienza a convertirse en coletilla habitual en momentos de complicación; “cuando tengas duda, balón al Kun”. Y el Kun se las arregla él solito. Y Forlán también. Son tan buenos que por momentos pienso que juegan a un deporte distinto. Kun, Forlán, Kun, Forlán, disparo cruzado y gol. Qué bien pinta esto. Vuelvo a gritar como un loco y el vecino vuelve a asomarse con cara de pocos amigos. Nunca me lo ha dicho, pero yo creo que es del Madrid.
Pero como en el guión de nuestra excelsa historia se han empeñado en escribir escenas de pánico y sufrimiento, no podríamos hacerle de menos a los mentores del caos si no tuviésemos nuestro ratito de pasarlas canutas. Los alemanes se agrandan, aunque pierden y el Atleti se achica, aunque gana. Es la táctica de Aguirre así que a nadie le extrañe; si empiezas mal, acabas mal, si empiezas bien, echa al equipo hacia atrás y probablemente también acabes mal. Menos mal que la noche no está para tragedias y que esta nueva defensa no tiene nada que ver con la antigua. Viendo anticiparse y despejar a Ujfalusi y viendo sacar la pelota a Heintinga uno se pregunta si a Pablo le estará dando vergüenza ver el partido. Con todo, Leo Franco tiene que sacar las manos en un par de ocasiones. Se masca la tragedia, cada balón colgado es una visita al infierno y cada balón en pies de Perea y Pernía es un padre nuestro que estás en los cielos… Dice un viejo cantar castellano que “alguien vendrá que bueno me hará”. Algo parecido debe estar pensado Antonio López mientras devora diez uñas y una bolsa de pipas sentado en la grada.
En toda película hay un héroe dispuesto a salvar la vida de sus compañeros y conquistar a la chica para siempre. La chica, disfrazada de afición pintada en rojo y en blanco y entregada en apoteosis en pos de la victoria, no puede sino derretirse cuando ve al Kun encarar por penúltima vez a la defensa alemana. Tras dos quiebros y una media verónica le regala a Luis García la estocada definitiva y creo que me va a dar un ataque de felicidad. Grito de nuevo y el vecino ya ni se asoma. “Ya era hora de que tuvieras una alegría”, debe estar pensando.
En la última del partido, Agüero vuelve a citar en corto al alemán y le pone a Simao la sentencia definitiva. Mételo tú que a mí me da la risa. Total, penalti y expulsión, que en momentos así da gustirrinín y hasta cierto cachondeo, recordar al ya ex árbitro asistente, Rafa Guerrero, que si llega a estar aquí este lo mismo nos anula más de un gol; mira que el Kun estaba muy solo en el primero y mira que Forlán ya quería quitarse la camiseta antes de rematar el segundo. Total, que a Aguirre le da un ataque de reconocimiento y ordena mostrar el número diez en el cartelillo luminoso del cuarto árbitro. De ahí a que el estadio se viniese abajo solo era cuestión de una centésima de segundo. “Kun, Kun, Kun, Kun”. “No lo cambio por nadie”, le digo a mi padre. “Ni yo tampoco”, me contesta. Faltaría más.
Maxi redondea la noche marcando el penalti y por primera vez en mucho tiempo compruebo que termino de ver un partido del Atleti con una amplia sonrisa decorando mi rostro. “Qué bonito es ganar”, pienso. Y qué bonito será volver a escuchar esa añorada musiquita de la Champions.