
Termina el año de las luces. El que se encargó de iluminar nuestro presente y marcar, por fin, los designios de nuestro futuro. Desde este dos mil ocho, hacia adelante, sabremos, esta vez sí, como debemos jugar, cual es el estilo correcto y por qué el mundo, por una vez, se ha parado y ha vuelto la cabeza para seguir nuestro ejemplo. Fue el año de la Eurocopa, de Cristiano Ronaldo, del renacido que moría de desidia y del resucitado que apagaba sus cenizas. Barça y Madrid, Madrid y Barça, siempre como un columpio de vaivenes en el que dos niños se empeñan en alcanzar la misma altura y solamente el que está abajo puede contemplar cuán alto puede volar su enemigo.
Como tendemos más a relamernos que a desquitarnos, sería inútil hacerle este escueto resumen al año sin incidir en lo que fue oro y se convirtió en tierra y en la ecuación viceversa que da sentido a las teorías de vasos comunicantes que convierten al fútbol en el más prodigioso deporte del planeta. Quizá, allá, por el horizonte, nadie alcance a recordar a dónde fueron a parar aquellas palabras de consejo dictadas por los hombres fuertes del vestuario madridista y que le recomendaban a Ramón Calderón no romper el equipo que se había convertido en campeón. Que las palabras fuesen más consejo o miedo a perder el sitio no pudo quedar patente, más en el error de incidir en el cumplimiento a rajatabla del mismo, Calderón y sus adláteres se dejaron en verano todos los deberes sin hacer y aquella carta ganadora por la que apostó todo el mundo terminó siendo un maldito farol que les condenó al más absoluto de los ridículos. Donde estaba Schuster ahora está Juande y desde el mismo patíbulo al que subieron al alemán, tendrá que manejar el manchego una nave con más vías de escape que aquel Titanic que se hundió en el ártico y se mitificó en el cine.
Precisamente es Juande uno de esos condenados por el poco valor de la memoria y el exceso énfasis en la mitificación y desmitificación de especies. Primero mago de los banquillos y después condenado al cadalso del fracaso, tuvo tiempo de expiar sus culpas y sentarse de nuevo en el banquillo del Bernabéu para volver a empezar su leyenda. Decisiones así se comparan más con actos de fe que con actos de convencimiento; aunque en el fondo, entrenar al Madrid y buen puñado de euros son dos razones más que suficientes para convencer a cualquiera. Y quien le dejó el puesto ni supo estar ni supo irse y, ni mucho menos, supo convencer a los más crédulo que, quizá tenían razón cuando, a principios de verano, le señalaban como el hombre que devolvería al Madrid la tan añorada excelencia.
El mayor problema derivado de esa misma excelancia es, para los blancos, que desde hace más de dos décadas, aquella ha tendido a sentarse más veces en la mesa del enemigo. Como el enemigo, blaugrana y estilista, fue diseñado desde el vértigo, suele desconfiar a veces del peligro de las alturas y, cuando cae, lo hace con tanto estrépito que sus ruinas quedan esparcidas por todos los estratos sociales de Cataluña. Como recomponerse le cuesta tan poco como volver a poner en marcha el mecanismo preconcebido de su plan, no debe resultar extraño que, en poco más de un año, hemos pasado de ver a un equipo calamitoso a volver a ver al mejor equipo del mundo. Todo es cuestión de mover las fichas adecuadas, cambiar alguna pieza por otra y mantener el mismo plan de ataque y el mismo tablero de combate.
Un año, como los demás, lleno de vencedores, vencidos y guerreros de vieja escuela con firmes promesas de regreso a la élite. El año en el que el Manchester United volvió a ganarlo todo, el año en el que el Inter de Milan empezó a cerrar su particular caja de Pandora, el año en el que la Premier se convirtió en santo y seña del fútbol más enérgico jamás visto, el año en el que el Atleti, la Juve y el Liverpool quisieron decir que los viejos rockeros nunca mueren. El año del santo Casillas parando penaltis que nos llevaron a la gloria, el año del gol de un niño Torres que se hizo mayor junto a las verdes praderas alpinas, el año que consagró a Xavi como el centrocampista perfecto, el año que diseñó en Cristiano Ronaldo el prototipo de futbolista perfecto y el año que nos presentó a Messi como el verdadero artista del futuro.
En el futuro está la vida y en nuestra vida seguirá estando el fútbol. Termina y año y empezará otro; con más de Casillas, más de Torres y más de Xavi para nuestro disfrute. Con más de Ronaldo y Messi para el disfrute general. Y con más apariciones, victorias y goles para alivio de este enfermo aficionado que hoy escribe estos párrafos y que, gracias a los futbolistas, encuentra cada semana una excusa perfecta para sentarse a escribir delante de su ordenador. Feliz año nuevo a todos.