
No logró dejar un legado como tantas otras veces hizo. Acuciado por los dueños y enfrentado a las dudas de quien debió creer en él y no lo hizo, volvió a dar un portazo, esta vez para marcharse de casa y volar de nuevo a la isla. De nuevo hizo grande al Mallorca y enseñó al mundo a un africano hambriento que, bajo su tutela aprendió a golear y con los años no se cansó de ganar. En sus legados viven sus mejores acreditaciones; no hace mucho, España entera dudaba de su capacidad y a día de hoy aún nos faltan palabras para agradecerle lo que hizo por nuestra selección de fútbol. Este equipo que hoy juega como los ángeles también es obra suya, porque él acabó, de una vez por todas, con todos los complejos.
Pero antes del personaje hirsuto, antes del entrenador lapidario hubo un jugador de fútbol que se curtió de chico en los campos de la tercera división madrileña y tuvo que resistir al rechazo del Real Madrid para buscar fortuna en equipos de media tabla. Cuando fichó por el Atleti encontró en poco tiempo el hábitat que tantas veces había buscado. Vistiendo de rojiblanco se hizo grande y en sus zancadas y amagos de tipo hosco se agarró el Atlético para seguir creciendo hasta el infinito. En la mejor época de la historia del club, Luis vistió el número ocho durante más de una década y eso aún no ha habido colchonero que lo olvide.
El entrenador, el tipo que todos conocemos y reconocemos con el gesto feo, el semblante oscurecido y el instante preciso siempre en el corazón, tocó el techo de su fama cuando el niño al que vio nacer en el mismo regazo en el que él se crió, rompió con un desmarque arrebatador todo el mal fario que nos había convertido en cenizo y comparsa. Aquel fue el culmen de una carrera que había empezado mucho antes; justo una fría mañana otoñal en la que Vicente Calderón le llamó a su despacho y le propuso sustituir al Toto Lorenzo como entrenador del primer equipo del Atleti. Luis, que hasta hacía unos minutos había estado preparando el siguiente partido junto a sus compañeros de equipo, se quitó el pantalón corto y se puso el chándal para sentarse en el partido. Quien un día antes era compañero, se había convertido en entrenador. Dejó de tutear a sus amigos para llamarles de usted y comenzó a sentar cátedra en un equipo que ya vivía sus primeras crisis.
En el Atlético aguantó ceses y dimisiones, despedidas y reenganches, adioses y vueltas a empezar, siempre siendo él, el que cuajó a un equipo de jóvenes de la casa porque no había dinero para comprarlos fuera, el que batió records de permanencia y, cuando se encontró en el paro, fue reclamado por un Barcelona alicaído y en pleno proceso de golpe de estado interno, para hacerle campeón de copa. Allí estuvo seis meses, intentando remendar un descosido, encerrándose con los futbolistas en el hotel Hesperia de Barcelona interpelando a sus derechos fiscales frente al club. Cumplió su cometido y fue despedio por amotinarse, como a otros trece jugadores. Tras él llegó Cruyff, con un vestuario limpio y una directiva con las barbas remojadas; casi un lustro más tarde, el Barça reinaba en Europa.
El tipo rudo de barrio nunca dejó de parecer lo que quisieron etiquetarle, un tipo feo, fuerte y formal que se sabía el librillo del fútbol de memoria. Sus jugadores confiaban en él porque sabían que siempre tenía el antídoto contra el equipo rival, porque sabían que él sacaría lo mejor de ellos, porque sabían que entendía el fútbol como un juego donde siempre gana el más listo. Por sus planteamientos de mariscal le apodaron “El sabio de Hortaleza”, y aunque él siempre renunció al cumplido, no pudo evitar ser etiquetado de por vida como un maestro del oficio.
En sus periplos de equipo chico logró temporadas excelsas con Oviedo, Espanyol y Mallorca, con él en el banquillo, el Sevilla jugó en Europa en una época difícil y el Valencia rozó hasta el último partido el sueño de la liga. Fue en Valencia donde consagró a Mijatovic como un delantero de primer nivel, su particular Futre de cada equipo, su Eto'o, su Hugo Sánchez, su Fernando Torres; siempre explotando la velocidad como cátedra del contragolpe, siempre incidiendo en un estilo tan capaz como vistoso, tan válido como agradecido. Eran pequeñas esquelas, secretos de trabajo de un tipo que ha pasado una vida viviendo del fútbol, desde que debutó en primera, allá por finales de los cincuenta, vistiendo la zamarra del Oviedo, desde que se hizo mito imborrable clavando una falta de las suyas en la escuadra de Sepp Maier, desde que se marchó del vestuario para volver a entrar sin despedidas ni bienvenidas, sin alusiones ni reproches, sin palabras ni silencios.
Y fue en el desarrollo del oficio cuando sufrió Luis su peor episodio como técnico de fútbol. En un error de esos que solamente caza la tecnología, en una salida de tiesto dentro de una confidencia, osó a retar a Reyes a plantar cara a su compañero de equipo Henry aludiendo al significado de su color de piel. Cuando el mundo se tiró a su yugular y los puristas se apresuraron para segar su pescuezo, salieron al atril sus amigos para desmentir suposiciones. Jones, Eto'o, Finidi; los tres negros y los tres eternamente agradecidos al sabio.
Los números dicen que Luis Aragonés se ha sentado durante setecientas cincuenta y siete veces en un banquillo de primera división y que aún nadie ha sido capaz de igualar la cifra, el palmarés dice que sus pocos títulos los celebró, casi todos, entrenando al Atleti al que tanto dio como jugador, la añoranza dice que más allá de la Intercontinental del setenta y cinco y la liga del setenta y siete, queda el recuerdo de un Atleti que ya no existe, el raulismo dice que en su rencor vive su cobardía, el fútbol dice que hay pocos que consiguen llegar a los setenta y mantenerse en la élite y la realidad dice que hasta este verano éramos un país comparsa y ahora somos referencia. Todo esto es Luis Aragonés, sabio y discutible, pasional y polémico, criticable y supervivente, ganador, perdedor y, ante todo, una página, aún abierta, de la historia del fútbol español.