martes, 28 de julio de 2009

Cambio de cromos

Recuerdo que, cuando de pequeño, coleccionaba cromos, sentía una emoción inmensa cada vez que descubría la estampa de mis jugadores favoritos una vez había roto el sobre. Como niños sensorialmente moldeables que éramos, jugábamos a ser el mejor jugador de la liga con una pelota de reglamento descosida y dos chaquetas en el suelo a modo de portería. Pasaban las temporadas y nuevos y relucientes fichajes asomaban por las últimas páginas del álbum, en su pose de prometedor ilusionista del césped veíamos un nuevo motivo para arrancar un duelo al sol de media tarde y una nueva muesca en el olvido hacia los ídolos anteriores. Era el poder irrebatible de la novedad, el fichaje nuevo que nos hacía olvidar al anterior, la arrogante sensación de tener entre las manos a la figura del futuro.

Cuando el Barça fichó a Eto’o aún era un equipo medio a la deriva que se agarraba con uñas y dientes al poder mágico de un Ronaldinho eclosionante. Contaba con los dedos de una mano las temporadas en blanco y Laporta vivía su primera reválida de verdad auspiciando éxitos con el dudoso Rijkaard en el banquillo y un par de chavales de la cantera en la capitanía. Llegó Márquez y apuntaló la defensa, llegó Deco y propició el manejo de los tiempos, llegó Eto’o y todos aquellos goles que habían quedado en el limbo regresaban al cajón de las celebraciones más entusiastas. El Barça volvía a ganar y volvía a recuperar el estilo. El Camp Nou volvía a postrarse.

Llegaron entonces los días de los coleccionistas de cromos. Quien adoraba a Eto’o le situaba en el altar de las consagraciones deportivas. Hubo quien pidió para él Balones de Oro que se ganó en el campo y perdones velados por lo que se iba ganando fuera de él. El chico marcó un gol en la final de la Copa de Europa y el mundo dejó de acordarse de aquellos días recientes en los que el equipo hilaba pero no apuntillaba. Eto’o y Ronaldinho eran la nueva gloria del barcelonismo.

Como no existe otro equipo tan propenso a desfigurar a sus mitos como lo hace el Barça, los coleccionistas de cromos no tardaron en romper el cartón de Ronaldinho una vez que comprobaron que el brasileño se había bajado del pedestal del cielo para irse de fiesta a los infiernos. Y como en las escaramuzas el equipo perdió ligas y respeto, a los compra sobres les cansó el estigma polémico del hermano Eto’o. No tardaron en pedir su cabeza y buscar en el sobre un nuevo fichaje que pegar en las últimas páginas de su álbum.

Resulta que el chico siguió marcando goles como quien pega estampas en un papel pero el cromo ya estaba bastante manoseado. Dejó treinta goles en una liga irrepetible y nuevo gol en una final de ensueño ante el Manchester United, pero hacía tiempo que era un rey muerto y el populacho ansiaba con ganas proclamar de nuevo un “Viva el rey”.

Y el populacho ya tiene su rey. Un nuevo cromo flamante y espectacular. Un fichaje de esos que, cuando lo conseguías, te temblaba la mano a la hora de poner el pegamento. Ibrahimovic es técnica e imaginación envasados en un musculoso cuerpo de dos metros. Un jugón de los que levantan estadios y hacen soñar a los coleccionistas de ilusiones. En sus sonrisas de ayer pudimos descubrir la ilusión de un tipo que viene a España a disfrutar del fútbol y en la sonrisa de los presentes pudimos descubrir la satisfacción de quien sabe que ha roto un cromo y ha regresado a casa con un nuevo fichaje en el interior del sobre.

Que nadie se engañe, pasarán los meses y el cromo volverá a estar obsoleto. El camerunés seguirá marcando goles y la gente seguirá, nostálgica, observando aquellos viejos álbumes en los que un tipo negro celebraba goles con los ojos en blanco. El álbum del presente será mucho más espectacular y divertido, el nuevo fichaje dará colorido y motivos para presumir, yo como coleccionista de sueños, seré el primero en encender el álbum colorido de mi televisor para verle inventar en su página de sueños, pero aquellos goles del cromo que nos abandona quedarán para siempre presentes en el cajón de las celebraciones más entusiastas.

martes, 21 de julio de 2009

La alegría del pueblo

Quizá el tiempo no sea más que un filtro para los más osados, puede que no sirva tanto de aprendizaje como de baúl constante de recuerdos, puede que más allá de los logros se sienten los pequeños momentos o que estos se vean acrecentados con el toque sutil de quien sabe contarlos porque en cada anécdota de boca en boca nacen las leyendas y cuando los hombres mueren, en la mayoría de las ocasiones, es cuando nacen los mitos.

En el fútbol, los héroes de hoy son aquellos señores de mirada inquietante, dientes apretados y medias altas que celebran un gol consigo mismo como si en su último golpeo hubiesen redimido todos sus retos. Hubo tiempo en el que los héroes también eran de trapo y jugaban con la sonrisa puesta, ejemplo palpable de que el amor por el juego iba por delante del amor por el dinero. Si hablásemos de héroes torturados, cómicos de pelota cosida y piernas de bufón, sería imperdonable que nos olvidásemos del gran Mané Garrincha.

Como un niño que analiza con incredulidad su último regalo de reyes, Garrincha miraba cada tarde la pelota sabiendo que dentro del campo sería por siempre su más leal compañera. Con sus pies de goma torcida, si espalda arqueada y su mirada de niño malo, embestía de un lado a otro engañando al defensa en cada amago. De dentro hacia afuera y de afuera hacia dentro, una y otra vez, en la arrancada dejaba el aroma intacto del fútbol de callejón y descampado, como cuando era un niño y los chavales de su barrio le perseguían como locos, la hinchada de Botafogo celebraba alborozada cada regate porque cada quiebro era el preludio de una clara ocasión de gol.

Le apodaron Garrincha por un pájaro feo que anidaba con soltura sobre las ramas frondosas que adornaban los jardines vecinos. Como él, el pequeño Mané caminaba con desgarbo, como si de un payaso de circo se tratase; una inoportuna poliomielitis le había deformado las piernas y la espalda y hubo de sobrevivir, durante muchos años, sabiendo que ni los más crédulos eran capaces de verle vestido de corto dentro de un campo de fútbol.

Con su columna desviada, sus piernas arqueadas y sus pies torcidos, manejaba las telas del almacén textil en cuya cancha improvisada dio sus primeras lecciones como semiprofesional. Recomendado por astutos aficionados al partido de los domingos, recorría las canchas de entrenamiento de los mejores equipos de Río y en cada una de las líneas de cal recibía el mismo “no” por respuesta.

Hasta que llegó el día en que probó en Botafogo y el capitán Nilton Santos replicó al técnico que le hizo la prueba; “Nos lo quedamos”. Y en aquella frase nació la leyenda del tipo de pies de trapo y corazón de peluche. Los estadios, acostumbrados hasta entonces a la monotonía de un juego sin iniciativas, comenzaron a llenarse para ver jugar al joven Garrincha. Alborozados, los hinchas de Brasil no tardaron en aclamarle como héroe popular y la prensa comenzó a bautizarle como “La alegría del pueblo”. No había partido que jugase Garrincha y que acabase sumido en la nada.

Desde entonces jugó más de quinientos partidos con Botafogo y medio centenar de encuentros vistiendo la amarelha de Brasil. Ganó dos mundiales y solamente perdió un partido. Fue el día que los portugueses ajusticiaron a Pelé y Brasil perdió el crédito de los sueños imperecederos. Aquel día murió una generación y nació una nueva llena de tipos que habían crecido mirando como Garrincha inventaba quiebros, amagos, disparos y goles de fantasía.

Tras aquella aventura inglesa y cuando su palmarés reflejaba más gloria que desencanto, el chico de la mirada perdida, ya convertido en hombre de frases incongruentes, decidió operarse las rodillas y en su peregrinaje por los quirófanos se dejó la magia, el contagio y las sensaciones de domingo inolvidable.

Botafogo le despidió cuando comprobó que su velocidad ya no era la de una gacela, los equipos de Brasil por los que pasó terminaron por señalarle con el dedo como culpable de sus desgracias y en sus andanzas por el mundo no encontró un lugar donde regresar a los días de vino y rosas.

En sus noches de soledad devoraba botellas de alcohol y en cada mirada distraída abría la puerta para que una nueva mujer se adentrase en su vida. Las fue abandonando a todas igual que lo hizo con consigo mismo. Y al tiempo que fue olvidándose de lo que un día fue, el pueblo, aquel de cuya alegría se hizo partícipe en sus regates, también fue olvidándole hasta dejarlo morir en una esquina, con el hígado destrozado y una botella de alcohol en las manos, como la última imagen de un héroe desterrado por sus propias miserias.

En los lamentos de cada brasileño pudo leerse el arrepentimiento de quien sabe que dejó morir a un tipo inolvidable. Nadie se hizo más mal que él mismo; “Yo no vivo la vida”, había dicho, “la vida me vive a mí”. Y le vivió hasta que se ahogó en sus mejores recuerdos. Del extremo derecho imparable ya no quedaba nada y aún así todo Río de Janeiro salió a la calle para darle un último adiós.

Murió el hombre y nacieron las leyendas. Muchas de ellas le vistieron de hombre infantil con cerebro retrasado. Quizá no fue el tipo más lúcido, pero tampoco el más ignorante. Le exprimieron cuanto pudieron y la última gota de jugo fue apurada por sus propios lamentos. Fue feliz mientras quiso y eso es algo que ni los más acaudalados, los más inteligentes y los más precavidos son capaces de lograr.