
Cuando el Barça fichó a Eto’o aún era un equipo medio a la deriva que se agarraba con uñas y dientes al poder mágico de un Ronaldinho eclosionante. Contaba con los dedos de una mano las temporadas en blanco y Laporta vivía su primera reválida de verdad auspiciando éxitos con el dudoso Rijkaard en el banquillo y un par de chavales de la cantera en la capitanía. Llegó Márquez y apuntaló la defensa, llegó Deco y propició el manejo de los tiempos, llegó Eto’o y todos aquellos goles que habían quedado en el limbo regresaban al cajón de las celebraciones más entusiastas. El Barça volvía a ganar y volvía a recuperar el estilo. El Camp Nou volvía a postrarse.
Llegaron entonces los días de los coleccionistas de cromos. Quien adoraba a Eto’o le situaba en el altar de las consagraciones deportivas. Hubo quien pidió para él Balones de Oro que se ganó en el campo y perdones velados por lo que se iba ganando fuera de él. El chico marcó un gol en la final de la Copa de Europa y el mundo dejó de acordarse de aquellos días recientes en los que el equipo hilaba pero no apuntillaba. Eto’o y Ronaldinho eran la nueva gloria del barcelonismo.
Como no existe otro equipo tan propenso a desfigurar a sus mitos como lo hace el Barça, los coleccionistas de cromos no tardaron en romper el cartón de Ronaldinho una vez que comprobaron que el brasileño se había bajado del pedestal del cielo para irse de fiesta a los infiernos. Y como en las escaramuzas el equipo perdió ligas y respeto, a los compra sobres les cansó el estigma polémico del hermano Eto’o. No tardaron en pedir su cabeza y buscar en el sobre un nuevo fichaje que pegar en las últimas páginas de su álbum.
Resulta que el chico siguió marcando goles como quien pega estampas en un papel pero el cromo ya estaba bastante manoseado. Dejó treinta goles en una liga irrepetible y nuevo gol en una final de ensueño ante el Manchester United, pero hacía tiempo que era un rey muerto y el populacho ansiaba con ganas proclamar de nuevo un “Viva el rey”.
Y el populacho ya tiene su rey. Un nuevo cromo flamante y espectacular. Un fichaje de esos que, cuando lo conseguías, te temblaba la mano a la hora de poner el pegamento. Ibrahimovic es técnica e imaginación envasados en un musculoso cuerpo de dos metros. Un jugón de los que levantan estadios y hacen soñar a los coleccionistas de ilusiones. En sus sonrisas de ayer pudimos descubrir la ilusión de un tipo que viene a España a disfrutar del fútbol y en la sonrisa de los presentes pudimos descubrir la satisfacción de quien sabe que ha roto un cromo y ha regresado a casa con un nuevo fichaje en el interior del sobre.
Que nadie se engañe, pasarán los meses y el cromo volverá a estar obsoleto. El camerunés seguirá marcando goles y la gente seguirá, nostálgica, observando aquellos viejos álbumes en los que un tipo negro celebraba goles con los ojos en blanco. El álbum del presente será mucho más espectacular y divertido, el nuevo fichaje dará colorido y motivos para presumir, yo como coleccionista de sueños, seré el primero en encender el álbum colorido de mi televisor para verle inventar en su página de sueños, pero aquellos goles del cromo que nos abandona quedarán para siempre presentes en el cajón de las celebraciones más entusiastas.