
Es algo que pude entender en tipos como Maldini, Gerrard o Puyol. También en aquellas lágrimas sinceras de Terry después de escurrirse justo en el momento de lanzar aquel último penalti. Son tipos, como Iker Casillas, como Fernando Torres o como Raúl Tamudo, que desde pequeños mamaron una afición y se dieron cuenta de mayores lo grande que era defender la camiseta de sus sueños. Los hay, condicionados por el miedo a defraudar a su gran amor, que prefieren marcharse por la puerta de atrás antes que ser repudiados por su propio público, como aquel Michael Robinson que reconocía haber dejado el Liverpool, temiendo hacerle daño, por el intenso amor que le profesaba.
La alegría de estos tipos, que lloran como aficionado lo que han logrado como jugador, puede hacerse extensible a otros ámbitos del fútbol, como bien puede ser el puesto de entrenador. Nadie puede dejar de reconocer que tras los éxitos de Vicente Del Bosque en el Madrid se encontraba el espíritu de un tipo que amaba su casa o que cada vez que Luis Aragonés se ha hecho cargo del Atlético el equipo ganaba un plus de emotividad. Es por ello que hoy comprendo las lágrimas de Pep Guardiola porque a mí me habría pasado lo mismo.
Seguramente no hubiese llorado Guardiola de haber conseguido todos sus éxitos sentado en el banquillo de otro equipo. Porque él no lloraba como Pep, ni como entrenador, sino como aficionado del Barça. Sentir algo a flor de piel desde la más tierna infancia y darse cuenta de que has sido partícipe del éxito que siempre soñaste debe ser algo así como terminar de conquistar a la chica de tus fantasías más platónicas. En las lágrimas de Guardiola descubrí el sentimiento de quien logró, como aficionado, todos los sueños que se contaban los unos a los otros cualquier mañana de primavera en un patio de colegio. "Ahora mismo yo soy el Barça", debió pensar Pep. Imaginaos en la misma situación, cada uno con el equipo de sus amores. Como para no llorar.