
Y es que la de Xavi es la historia de un tipo que no siempre tuvo el elogio cargado en la espalda. Hubo un inicio, cuando el chaval llegó con una maleta de ilusiones y le dijeron que debía ocupar el puesto de Pep Guardiola, en el que le convirtieron en cabeza de turco de los esperpentos de su club. Eran años en los que el Gasparismo devoraba proyectos, el barcelonismo devoraba uñas y en las portadas se devoraba a todo ser viviente que vistiese de azulgrana. En foros, tertulias y debates se decía que el chico no tenía carácter, que solamente servía para los bailes de salón y que en la guerra se difuminaba como un azucarillo en el café. Lo que ellos no sabían es que el fútbol no se vende con la palabra si no con los pies y, sobre todo, que todo el fútbol y la resurrección del equipo seguía estando en la cabeza del maestro Hernández.
Bastó un giro de tuerca, un cambio de concepto, media docena de fichajes competentes y, sobre todo, un cambio de posición, para que Xavi pudiese despegar todo el fútbol que llevaba dentro. Desde entonces, Xavi ya no hubo de ser Guardiola si no Xavi, simplemente él, simplemente el fútbol. Resguardado por un sistema que le favorecía a la perfección, el de Tarrasa se convirtió en el mito que tanto tiempo llevaba esperando el Camp Nou. De sus pies salió la mejor partitura, de su forma de jugar se fraguó la mejor orquesta y de su capacidad de liderazgo, desde el más discreto de los silencios, se compuso la mejor pieza musical que pudo crear el fútbol. Armonía, compás, tempo y estilo. Elaboración, desmarque, pase al hueco y gol. Así es el Barça, así es España, así es Xavi Hernández.