
Cuando Rafinha Alcántara eligió el amarillo de Brasil, la crítica se precipitó para acusarle de renegado. Le pusieron el ejemplo de su hermano Thiago y le quisieron comparar tomando la coherencia como factor de relevancia. En la decisión del chico se encontraron motivos lógicos y sentimentales. Por un lado, es posible que viese una competencia imposible de superar en el futuro de la roja. Por el otro, deberíamos tener en cuenta de que no toda persona debe sentirse español por más que el pasado se haya forjado a fuego bajo el sol de Iberia. Nadie le preguntó el por qué y muchos no quisieron preguntarse a sí mismos. No sabíamos cómo jugaba el chico y ya le habíamos lapidado porque creíamos que se nos había escapado un crack y era tan sólo una promesa.
La promesa se va convirtiendo en realidad en forma de futbolista. Existe mucha distancia con el largo plazo como para sentenciar ahora si Rafinha tomó o no la decisión correcta. Lo cierto es que el jugador comienza a encontrar su lugar en el mundo y somos muchos los que estamos descubriendo una zancada potente, una conducción elegante, una visión coherente y una llegada incisiva. No es demasiado, teniendo en cuenta que durante la última década hemos disfrutado de la flor y nata de la historia de nuestro fútbol, pero no es menos cierto que los ojos agradecen el talento y la emoción agradece la osadía. Pocos futbolistas llegan al Bernabéu con ganas de poner el mundo patas arriba, más allá de los logros, queda el reconocimiento al valor. Hoy en día, hace falta ser mucho más que un buen futbolista para ganarle al Madrid en su campo, pero con ser un buen futbolista basta para sentir en la espalda el eco del reconocimiento. Rafinha juega consigo mismo y lucha por conseguir el sueño que un día se fijó apartando sus pasos en la encrucijada del destino. Su hermano eligió el rojo y el optó por el amarillo. Su sueño termina en Maracaná, su camino empieza en Balaídos. Allí ha encontrado, al fin, un lugar en el mundo desde donde despegar.