El francés, defensa algo torpe y pesado durante su poco exitosa carrera como futbolista, siempre jugó al tanteo de talentos y a aprenderse alineaciones de carrerilla. El espigado alsaciano, astuto y audaz, de verbo sencillo y ánimo directo, no fue un gran jugador, mal que le pesara, pero el tiempo le convirtió en un entrenador de época.
El holandés, por su parte, había sido otra cosa dentro del
terreno de juego. Fuerte físicamente y bien dotado técnicamente, había sabido
utilizar sus armas para hacerse respetar. Se le recordaba como un cerebro
mandón, insistente y competitivo, un tipo de la zona trasera del campo que
sabía achicar y salir, conducir y llegar.
Pero él también quería ser un gran entrenador y en ese
aspecto, el francés ya le llevaba varios metros de ventaja. Y es que Wenger era
ya toda una institución en Londres donde había llegado desde Francia, vía
Japón, para sacar al Arsenal de su peor mediocridad. Enclaustrado en el estilo
más clásico, al Arsenal empezaban a vérsele las costuras de la tradición del
balón largo, la prolongación agónica y la búsqueda del rechace que, durante
muchos años, había convertido en seña de identidad tanto propia como ajena,
pues más allá de Highbury, era conocido como uno de los equipos más aburridos
de Inglaterra. El Boring Arsenal.
Rijkaard había llegado a Barcelona en un peor momento, si
cabe, pero al menos se había encontrado con un estilo más definido. Le costó
mucho encontrar la tecla, pero cuando fue capaz de cerciorarse de que el legado
de Cruyff habría de marcarle el camino, terminó por apostarlo todo al frenesí.
Un cuatro, tres, tres que se convirtió en santo y seña de una afición que,
gracias a él, reaprendió a mirar al mundo sin complejos y sin creer en conjuras
ni en cavilaciones. El buen juego hizo olvidar persecuciones y las finales,
como aquella, ayudaron a volver a recordar lo que un día fueron.
Wenger tenía a Henry y Rijkaard tenía a Ronaldinho. El
francés era una onda expansiva, técnica pura a mil por hora y garantía de gol
en el momento preciso. El brasileño era talento puro, imaginación absoluta y
auténtico espectáculo. Ambos luchaban por ese galardón simbólico y que suele
saciar tanto el orgullo como el interés y que el boca a boca venía a llamar
como “mejor jugador del mundo”.
Eran tantos los motivos y tantas las expectativas
generadas, que el gran estadio de Francia se quedó pequeño para tanto deseo de
felicidad. París era para Henry la ocasión de regresar a casa, de volver a
jugar en el escenario que le convirtió en gigante, la oportunidad de volver a
demostrar que el fútbol mundial giraba en torno a un futbolista francés. Para
Ronaldinho, en cambio, París significaba la oportunidad de volver a la ciudad
que le había dado la bienvenida a Europa, de regresar al cielo de los inmortales
donde había recogido el Balón de Oro, la ocasión de decirle a los franceses que
no se habían equivocado otorgándole semejante honor.
Pero había otros partenaires invitados a la fiesta. Robert
Pires era un tipo elegante de conducción majestuosa y golpeo eficaz, que había
hecho carrera gloriosa en los gunners tras iniciarse como promesa en la liga
francesa. Regresaba al hogar donde había dejado una infancia pegado a un balón
en una familia enamorada del fútbol. Su padre, portugués, y su madre, española,
habían enseñado al pequeño Robert a soñar en grande pateando una vieja pelota
en las vetustas calles de Lens.
Samuel Eto’o era una devorador de momentos. En el área era
un león que imponía el mandato de su reinado, fuera del campo era un tipo
difícil que encontraba más polémica de la que buscaba y en el vestuario era un
líder difícil porque su camino era único e inescrutable. Verbo directo,
complexión atlética, reflejos de oro que convertían en gol todo lo que
encontraba.
Cuando comenzó el partido, pocos fueron conscientes de la
magnitud del espectáculo que se presentaba. Aquel partido era más una
reivindicación que una final en sentido propio. Dos estilos, dos estilismos.
Dos maneras de conseguir la ansiada sonrisa de satisfacción en el rictus del
espectador.
El Arsenal era el paradigma de la velocidad. Gustaba de
defender con orden, sin perder ninguna premisa, haciendo constar el ejercicio
de su paciencia. Robar y salir como motos. Y cuando hacían constar el ejercicio
de su paciencia, robaban y salían como motos convirtiéndose en una nueva
dimensión del séptimo de caballería; batallón de ataque. Delanteros en banda,
centrocampistas en el área, defensores en segunda línea. Imparables.
El Barça era otra cosa. Ni menos bella ni menos práctica,
pero, de alguna manera, más rimbombante. El Barça era una apuesta por la
posesión y el lujo. Eran pases en corto de manera constante, búsqueda del
espacio, desmarques en diagonal. Salida aseada, centrales fuertes y ágiles y
laterales de largo recorrido. En su haber se distinguían los aplausos
cosechados y las portadas inolvidables. Aquella final, en definitiva, se
presentaba como un choque de estilos propios y se pintaba como inolvidable.
Como inolvidable fue el comienzo arrollador del Arsenal. En
dos ocasiones, Víctor Valdés, se vio obligado a detener las intenciones de
Henry quien ganó la espalda a la zaga y se plantó en condiciones idóneas para
marcar gol. Le costó mucho al Barça tomarle el pulso al partido y apropiarse,
al fin, de la pelota, pero cuando lo hizo fue para decir basta y tratar de
mandar a la lona a su rival. Lo hizo primero mediante una jugada profunda y lo
consiguió, después, por la avidez de un colegiado que pitó antes de mirar.
Fue en un balón profundo en el que Eto’o cayó en la frontal
arrollado por Lehman en su intento por salvar a su equipo y pudo ser otro el
partido si el árbitro no hubiese sufrido un ataque de silbato y hubiese dado
por válido el gol de Giuly en la ventaja y si el Arsenal, por ello, hubiese
podido afrontar el reto de la remontada en igualdad de condiciones. Pero el
empate se inmovilizó en el marcador y los gunners hubieron de jugar durante más
de una hora con un jugador menos.
Ronaldinho lanzó la falta junto al poste y los equipos se
reajustaron para unirse, nuevamente, en un mutuo parecer.
Primero pegó el Arsenal. Un cabezazo de Campbell tras un
saque de falta lateral de Henry y gol. Pegó el Barça después, pero la media
vuelta de Eto’o se estrelló en el palo y la frustración comenzó a aparecer en
las miradas blaugranas. Se tiraron todos de los pelos y el árbitro, de nuevo
convidado de piedra tras su innegable dosis de protagonismo, dio paso al
segundo acto señalando el final de la primera parte.
Para jugar bien al fútbol hay que saber mover la pelota,
pero para jugarlo muy bien hay que saber cómo moverla. Por ello, en el ritmo
anodino y pastelón en el que había caído el Barça tras la expulsión de Lehman,
residía gran parte del fracaso que estaba sufriendo su intento de remontada. Y
fue por ello que Rijkaard recurrió al banquillo con el objetivo de sacar brillo
a la circulación y aprovechar, metiendo una marcha más, una superioridad
numérica que les estaba causando más inconvenientes que ventajas.
Recurrió primero a Iniesta, lúcido centrocampista y alumno
aventajado. Cara de niño inocente y andares desgarbados, aprendió a sortear la
fama desde que era un niño y en plena adolescencia había empezado a entrenar
con el primer equipo hasta convertirse en figura y pilar del equipo, en señal y
referencia dentro de un modelo donde primaban su fútbol, su estilo y su
idiosincrasia.
Recurrió después a Larsson, viejo zorro del área y labriego
histórico del desmarque y el remate a gol. Con él en el campo, el Arsenal,
diezmado y asustado, dio el paso atrás que buscaba Rijkaard y con él en el
campo, el Barcelona dio el paso hacia adelante que le condujo hacia la gloria.
Y recurrió, por último, a Belletti, héroe anónimo y
jornalero a tiempo parcial. Estrella sin consideración en un Villarreal
creciente y desatascador eventual en un Barcelona paradigmático, brasileño de
día y futbolista de noche, defensa con miras de atacante y lateral con alma de
delantero.
Era el momento para los héroes y para los dioses de la
victoria. La grada gunner vivía pendiente de Henry; andanzas y alabanzas, goles
y caramelos, vítores y aplausos. El héroe que tantas veces había sacado sus
castañas del fuego. Podría haber vivido para siempre en un olimpo si no hubiese
enviado al limbo sus dos encuentros, cara a cara, con Víctor Valdés, pero nadie
quiso saber que aquel portero era héroe de días importantes. En la definición
indecorosa, en el cansancio y en la ansiedad, se perdió Thierry Henry camino
del infortunio. El partido seguía. El Arsenal se veía abocado a seguir.
Y siguió, aliento agotado, hasta que golpeó Eto’o. Y
siguió, ya camino de la lona, hasta que golpeó Belletti. Y siguió, totalmente
muerto, mientras millones de espectadores veían con Iniesta manejaba con
soltura, como Larsson asistía con inteligencia y como Belletti sentenciaba con
angustia. Benditos cambios. Bendito Frank. Pobre Arsenal; toda la vida
fabricando un equipo para perder todas las piezas emocionales en los últimos
minutos del partido más importante.
Para la historia quedan las letras doradas del vencedor. Para la emoción queda la carrera enloquecida de Belletti, brazos al aire, espalda mojada sobre el suelo y lágrimas en la comisura de los ojos. Durante años soñó con marcar un gol importante, durante años acumuló gritos de desencanto y ocasiones falladas. Jamás había anotado un gol compitiendo como azulgrana, jamás había anotado un gol importante, pero cuando el destino se pone caprichoso, ni el hombre más inocente es capaz de evitar ser bocado de su propia voracidad.

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