Año tres mil doce, la Tierra, asolada por el
pasado y reconstruida por varios presentes, vive momentos de calma tras años de
guerra en la que todos buscaron su parte y sólo algunos encontraron su idea. La Tierra sigue siendo
amalgama de circunstancias y ruinas con historia, el hombre es cada vez más
sofisticado y la vida es cada vez más larga, pero las tradiciones y las
memorias siguen siendo las mismas de siempre; la emoción le sigue pudiendo a la
mentira y la pasión sigue pegada a un balón de cuero.
Llora Godie Donamara la
incertidumbre que aferra su alma a las travesuras del destino. Quien le niega
una palabra le niega la verdad que tanto desea saber y como tal, cree vivir en
el engaño de sus cualidades y en la fé rota de sus pretensiones. Su talento va
más allá de la sujeción y sus maneras de jugar, regatear y pegarle al balón son
pura fantasía con nombre propio. Godie nació sin nada y creció con todo, se le
entregó un don y lo explotó con tanta fe que ya no existen defensas capaces de
detener semejante torrente de calidad.
Harrison Laponte sonríe
complaciente. Él fue el descubridor de Godie y el mentor de su fútbol en la Tierra y en el cielo. Si
por él hubiese sido, habría sido capaz de bajar hasta el mismo infierno para
venderle al diablo el alma de su mejor discípulo. Cuando adoptó a Godie bajo su
protección era consciente de que sus cualidades empezaban a ser asombrosas y
cuando le dio placer a sus instintos pudo ser capaz de localizar todos los
puntos fuertes de aquel pequeño cuerpo fabricado a la medida para jugar al
fútbol.
En tres mil doce no
existen países como tales. El mundo es una confederación de naciones en una
misma capacidad de convivencia. La globalización ha alcanzado su punto límite y
lo que ayer eran España, Francia o Portugal hoy son solo pequeñas partes de una
Europa que avanzó en política hasta convertirse en precursora de un nuevo mundo
en el que, guerras aparte, ningún dominio podría enterrar el espíritu de
libertad y ningún capricho podría ensombrecer una obra maestra.
El fútbol, como deporte
de masas, ha crecido tanto como su fama. Atrás quedaron todos los jugadores que
convirtieron este deporte en la sal y la pimienta de las conversaciones del
mundo entero. Ya no existe el soccer que competía en parrillas con los nuevos
inventos norteamericanos, ahora solamente existe un deporte global, con una
competición definida y muchos sueños, como siempre, pendientes del hilo de una
afición. En las calles se comenta que un día existieron equipos llamados Real
Madrid, Milan, Juventus y Manchester United que dominaron el planeta y que
acapararon tanta fama y dinero que nadie pretendió llegar a más sin imitarlos.
Hoy, aquellas definiciones de equipo han pasado a la historia y las ciudades se
engloban por sí mismas en crear, de cara al mundo, un único equipo competitivo
para hacer historia planetaria y descubrir un palmarés de oro.
Harrison Laponte dirige
el Club Madrid de Fútbol Internacional. Su pantalón es rojo y su camiseta es
blanca, frutos ambos, de una herencia que en el pasado dejaron el Real Madrid y
el Atlético de Madrid antes de renunciar a sus pasiones y fundirse en una unión
que, visto como avanzaba el planeta, no era sino beneficiosa para todos.
Harrison creció bajo los instintos de un aficionado de barrio e hizo fortuna
apostando a ganador. Como trabajador consiguió confianzas y como empresario
consiguió tanto dinero como sus cuentas corrientes pudieron acaparar. En una
época en la que la Tierra
estaba cubierta de satélites y los cables invadían el subsuelo, invertir en
comunicación era un negocio tan seguro como la decisión de suicidarse con un
disparo en la sien.
Cuando Harrison adoptó a
Godie, no contó a nadie la flor del secreto que abrigaba semejante operación.
Solamente él había sido capaz de descubrir el lugar donde descansaba el éxito
eterno y daba fe, con sus ojos, de que quienes le hablaron del pasado no se
equivocaban en venerar a ídolos que, más de un milenio atrás, habían dado al
fútbol los momentos más espectaculares de su historia.
En tres mil doce primaba
la fuerza sobre la técnica y un jugador veloz era más importante que un jugador
imaginativo. Eran cosas del instinto, o podías con el rival o morías y
sobrevivir pasaba por correr y correr pasaba por triunfar. Pero todo cambió
cuando apareció Godie Donamara. Debutó en el campeonato universal con catorce
años y dos años después ya era considerado el mejor jugador del mundo. Su
pierna izquierda era un prodigio total y su capacidad para ver el fútbol antes
que nadie era la nota que señalaba al jugador como el profeta que todos habían
esperado de por vida.
Ahora que nadie es capaz
de bajar el balón al piso sin mirar hacia detrás, Godie marcó los tiempos en
cada jugada, apoyó cada balón con dulzura y enseñó a cada uno de sus compañeros
que ganar era cuestión de creer en él. Y tanto le dieron el balón que Godie se
hinchó a marcar goles, a fabricar regates de ensueño y a levantar estadios en
gritos de ánimo inolvidables.
Y Godie no comprende el
por qué de tanta diferencia con el mundo. No comprende por qué, siendo tan
afortunado en el deporte, la vida le negó una infancia calurosa. Nadie le contó
jamás que había pasado con sus padres y nada le hizo averiguar cada paso que
dio en pos de una investigación. Nunca descubrió atisbo alguno de la existencia
de una familia Donamara y aunque dejó muchos días intentando averiguar dónde
estaba su pasado lo único que encontraba eran las palabras amables de su
mentor, Harrison Laponte, en un guiño amistoso y cargado de paternalismo.
Godie tiene veinticinco
años y ha ganado tantos campeonatos como los que ha jugado. Es tan bueno que
nadie sabe de dónde le vienen sus facultades. Todos se preguntan cuál es el
secreto de tanto prodigio técnico y nadie encuentra una razón para
despreciarlo. Todos le adoran porque Godie juega al fútbol como los ángeles.
Los estadios, que ahora se sustentan bajo lonas de fibra y se rellenan de
almidón, cuero y aire, están empezando a dejar de ser un teatro para
convertirse en un circo de sueños cada vez que Godie pasa por allí para tocar
el balón como los dioses. Nadie ha visto nunca un jugador igual, nadie sabe de
la existencia de alguien semejante y todos piensan, mientras frotan sus ojos
ante la perplejidad, que jamás volverán a ver a otro jugador parecido.
Y Harrison Laponte sonríe
porque se sabe ganador de sus instintos. Sonríe porque gana tanto dinero como
prestigio cada vez que Godie alcanza a tocar el balón. Y sabe que su tesoro
será eterno mientras dure su carrera porque nadie se atreverá a tocarle un pelo
antes de ver la furia de la grada en su contra. Todos adoran a Godie y nadie
duda en gastar sus ahorros para asistir a verle en directo. Godie es una
máquina de fabricar dinero, pero él no busca el dinero, ni el éxito y ni
siquiera una fortuna deportiva. Lo que Godie quiere es conocer su origen y lo
que Harrison sabe es que tendrá que ocultar durante toda su vida las artes que
utilizó para desenmascarar el cuerpo de Godie ante los ojos del mundo, pues
para ello cometió delito y en su delito está la falta y en la falta está su
silencio y nadie jamás sabrá cómo llegó Godie a sus manos de protector
infalible.
Harrison le cuenta a la
gente que Godie apareció un día en la puerta de su casa. Harrison dice que lo
acogió como a uno más de sus hijos y que todos sus hijos le criaron como a un
hermano en el hogar. A Godie nunca le ha faltado el cariño, ni en la familia
que le acogió, ni en los amigos de los estudios, ni en el corazón de los
aficionados. Pero Godie tiene palabra y valor para alzarla. Godie nunca ha
querido callar sus contradicciones y como tal ha alzado la voz cada vez que
algo le ha parecido incorrecto. Como aquella vez en la que, en video rueda de
prensa, puso en alza el espíritu del deporte criticando las maneras de uno de
los árbitros que dirigió un encuentro decisivo. O como aquella vez en la que
insultó a un rival ante los ojos del mundo para después negarle un perdón por
la propia faz del orgullo.
Y todo eso lo sabía
Harrison porque todo eso se lo habían advertido. Lo que había adquirido, además
de una fuente inagotable de talento era una fuente inagotable de problemas y
como tal, debía acomodar la educación de su ahijado por la parte de afuera del
conflicto. Pero Godie tenía ideas, palabra y voto de grandeza. Godie es rebelde
por naturaleza y reivindicativo por un destino ya pactado, porque Godie ha
existido antes y eso nadie lo sabe.
Juega hoy Godie su último
partido de la temporada. Todos le conocen como Donamara, como el genio que vino
de la nada para aportarle al fútbol toda la grandeza que perdió entre los conflictos.
Cuando la Tierra
se empeñó en fabricarle fronteras al odio y a la sonrisa, el fútbol perdió todo
el encanto que lo había convertido en la fiebre eterna de todas las pasiones.
Pero el fútbol nunca ha muerto y nunca morirá. Llegaron otros para hacerlo más
rápido y entre todos lo convirtieron en trepidante. Muchos se acordaban del
gran Lift Garrigan, maestro de miles de jugadas y autor de cientos de goles.
Garrigan había jugado en el London Internacional Group entre dos mil
setecientos setenta y dos y dos mil setecientos ochenta y siete y había dejado
tantos recuerdos como buenos detalles. Pero a Garrigan, a Finti, que jugó antes
y a Ismac, que jugó después, y que eran considerados los pilares del último
fútbol, los había eclipsado la llegada de Godie Donamara al universo del
balompié.
Y Godie juega en Madrid,
donde lo ha hecho siempre. La misma ciudad que había dominado el fútbol más de
un milenio atrás era ahora el hogar familiar y deportivo del gran Donamara, el
genio que llegó de la mano del magnate Laponte, amo del mundo, del fútbol y de
la ciudad, para enseñarle a la gente los secretos de un buen regate.
Y Godie comienza el
partido con la misma ilusión de siempre. Se acerca al balón y cuando lo
consigue lo pone donde quiere, ahora en el pie de un compañero, ahora en la
cabeza de este otro, ahora bajo las piernas de un contrario, ahora en la
escuadra, ahora junto al poste. Godie ha marcado dos goles y su equipo ha
vuelto a salir victorioso. Godie juega bien porque le sale, no le hace falta
motivación alguna para hacerlo, el fútbol vive en su sangre y la genialidad
duerme dentro de cada una de sus ideas, aunque quisiese jugar mal no podría
hacerlo. Y siente como es aclamado de nuevo, y como sus compañeros le toman en
volandas y le convierten de nuevo en ídolo de todas sus celebraciones, y cuando
entra en el vestuario y se encuentra con Harrison Laponte, se funde en un
abrazo con él y le ofrece su mirada en compensación a todos los cuidados. Y
Harrison Laponte ya no puede pedirle más porque ya se lo ha dado todo,
efectivamente, nadie, en su recomendación, había errado el pronóstico; hacerse
con el chico había sido una apuesta segura hacia el éxito.
Godie vuelve a su casa
con la satisfacción del deber cumplido. Le criaron para jugar al fútbol y juega
al fútbol como nadie, le criaron para ganar y gana más que nadie. A menudo se
pregunta porque le habían prohibido cualquier acceso hacia los excesos. Nunca
le dejó Harrison Laponte acercarse al tabaco, al alcohol y mucho menos a
cualquier tipo de droga. Harrison se lo ha dicho siempre de forma muy clara:
“Si tú pruebas la droga, yo me mato”. Y Godie, que ama a Harrison Laponte y no
desea su muerte, no se acerca a los vicios y vive en prosperidad, no se calla
una injusticia y lucha siempre a favor de la causa perdida, es un
revolucionario dentro del deporte, pero es el mejor y todos se lo perdonan.
Y Harrison Laponte
también perdona sus palabras. Estaba avisado y al igual que el destino ha
cumplido su palabra quiere él dar rienda suelta a los instintos de su pupilo.
Frustrar su alma sería condenarlo al abismo de la incertidumbre y su condena le
llevaría al infierno de la corrupción y de allí viajaría hacia la
autodestrucción y hacia el final de un mito fabricado a base de goles y regates
de ensueño.
Harrison Laponte se
acerca hacia su habitación y le ve dormir. Se satisface viendo el descanso del
guerrero y se soporta a sí mismo creyéndose el auténtico precursor de la fama.
Godie es una mina que explotará mientras el físico se lo permita, lo que ocurra
después solamente Dios y los recuerdos serán capaces de dictarlo. Pero mientras
tanto, acogerá a Godie en su casa como el banco de petróleo que le reporta
todos sus mayores beneficios. Acogerá a Godie en su casa porque Godie es para
él su mayor proyecto, su única apuesta segura y el más secreto de sus delitos.
Porque, a parte de él y de las cuatro personas que
le ayudaron en su proyecto, nadie sabe que en una época en la que la clonación,
como máxima responsable de las más cruentas guerras que habían azotado a la
tierra durante los últimos siglos, está castigada con la pena de muerte,
Harrison Laponte descubrió, tras intensas investigaciones, el lugar donde
descansaban los restos del mejor jugador de fútbol de la historia. Nadie sabe
que aquel viaje a la antigua Argentina que había realizado años atrás no había
sido para proyectar la imagen de su empresa por las metrópolis del hemisferio
sur, sino que había sido ideado para robar un hueso, una muestra de ADN y
fabricar de nuevo al jugador perfecto. Nadie sabe de aquellas existencias
porque nadie quiere hoy estudiar los principios del fútbol, y por ello,
Harrison Laponte clonó, mil veintiséis años después de su mejor verano, al
número uno del fútbol y que el nombre de Godie Donamara, es realidad, una
ligera transformación, a sílabas cambiadas, del nombre de Diego Maradona.