jueves, 2 de marzo de 2017

Los carasucias



A Doval le llamaban “El loco” porque gustaba de la extravagancia. Provocador, genio e histriónico, igual piropeaba a los porteros rivales que avergonzaba con caños a los más fieros defensores. Era retórico y locuaz, ingenuo e insensato, canchero y hablador. Arrancaba por la derecha y, desde allí, jugaba con la pelota como quien juega con la propia vida. Amagaba, buscaba, gambeteaba. Era el ídolo de una grada que le perdonaba los errores porque siempre encontraban el encantamiento detrás de cualquier esquina. Como cualquier héroe de tragedia romántica, murió de noche, ebrio y agotado, con un disparo en el pecho a la salida de una discoteca.

A Areán le llamaban “El Nano” y era el más listo de la clase. Tenía la cancha en la cabeza y un prodigio en las piernas. Tocaba la pelota como lo podría haber hecho un ángel y se apoyaba en el medio como el metrónomo que realmente era. Tenía cuerpo y, sobre todo, tenía cabeza. Un entrenador, un adelantado, un tipo de fiar. Avanzaba con la cabeza alta y el mundo se paraba, filtraba un pase de gol y la grada se asombraba. Como el tipo abnegado que era, murió en la carretera, mientras viajaba en busca de nuevos talentos con los que sorprender al mundo. “Murió como quiso”, declaró su propio hijo, “trabajando para San Lorenzo”. 

A Casa le llamaron “El Manco” después de que una ráfaga de metralleta le inutilizase el brazo derecho. Ingenuo como era, aparcó su coche en zona militar para intercambiar besos con una chica. Un soldado, alertado por la presencia del vehículo, abrió fuego. La historia, más triste que épica, se fue convirtiendo en el principio del fin. “A los carasucias los mató el disparo de un militar” apostilló Petón en su libro “El fútbol tiene música”, y es que Casa era el más hábil de todos. Jugaba en punta y gustaba de buscar en el medio, arrancaba con soltura y driblaba. Driblaba hasta que a los defensores les dolía la cintura, driblaba hasta que a los espectadores le dolían los ojos, driblaba hasta que al orgullo patrio le dolía el alma. Veira declaró alguna vez que le avergonzaba celebrar los goles fabricados por Casita porque el último toque simplemente había venido precedido de una genialidad que solamente obligaba a la reverencia. Como el genio tímido que era murió sin hacer ruido, cuando un infarto detuvo su corazón en casa, mientras soñaba genialidades pasadas.

A Telch le llamaban “La Oveja” por su pelo ensortijado y porque, como una res de pura cepa, era el más abnegado de todos. Era el tipo que vestía ropa de labor y hacía el trabajo de los demás. Fuerte, bajito y cabezón, gustaba de levantar la voz y correr por el pasto; apretaba y empujaba, robaba y jugaba, corría y abroncaba. Ídolo de una generación y mito de Boedo, murió sin hacer ruido después de haber perdido la primera gran batalla de su vida contra la maldita enfermedad. Cuentan que un día abroncó a Veira porque se había negado a perseguir una pelota y este, abigarrado como era, le espetó la verdad que definió a un equipo inolvidable “Corré vos que os acostáis a las ocho de la tarde”. 

Veira era “El Bambino”, el wing izquierdo que jugaba a mirar a los ojos al defensa rival. Encaraba con una sonrisa y arrancaba con ese deje cansado que le caracterizó durante toda su carrera. “La semana que había un clásico me acostaba a la una de la mañana y entonces, sí, era un fenómeno”. Su filosofía de vida era la sonrisa antes que la victoria y la conciencia antes que la subversión. Es el único de los cinco que sigue vivo y el único que, tras abandonar las botas, hizo una notable carrera como entrenador. Quien le iba a decir al perezoso Veira que sería campeón de todo vestido con una corbata.

Doval, Areán, Casa, Telch y Viera. Muchos los recuerdan, algunos los evocan y el tiempo los ha glorificado como la más grande conjunción de estrellas que jamás se juntó en el barrio de Boedo. Del Ciclón al cielo y de San Lorenzo a la memoria. Jugaban de tal manera, asemejando su estilo a la de aquellos niños que, de tanto patear la pelota en el potrero, regresaban a casa con la cara manchada de polvo, que les apodaron “Los Carasucias”. Y como tales pasaron a la historia después de haber consagrado a aquel San Lorenzo como uno de los mejores equipos argentinos de siempre.