
Las reuniones las hacíamos en torno
a una pelota y las conversaciones eran un ritual de alabanza continua según de
qué pie cojeásemos cada uno. Al blanco le gustaba el ímpetu, al azulgrana la
exquisitez, el rojiblanco abogaba por el contragolpe y al verdiblanco le
supuraba la pasión. Y así, entre latas de cerveza vacías, dejábamos pasar la
tarde antes de que los más pequeños nos dejaran pista libre y nos apostáramos
la última ronda a una pachanga sin más final que nuestro propio agotamiento.
El fútbol de barrio tenía el aroma
de los clásicos más populares; una zapatilla desgastada, un balón duro como una
piedra, la camiseta de la equipación de los años anteriores, algún mote como
nombre en la espalda y, generalmente, el número de algunos de nuestros
futbolistas favoritos. Los partidos tampoco iban mucho más allá; si acaso, nos
podíamos insultar o protestar porque lo que para unos era una disputa limpia,
para otros había sido una falta flagrante, pero nunca hicimos que la sangre
llegara al río. Y si alguna vez había llegado, habíamos partido peras y no
habíamos permitido que alguno de los ínclitos regresara con nosotros a las
pistas del barrio. Porque hay códigos intangibles que sólo conocemos los que
hemos pisado desde niños los campos de hormigón.
La tarde del día tres de octubre,
habría sido, como dije antes, una tarde como cualquier otra, y lo habría sido
si a ninguno de nosotros le hubiese dado por alargar la mano en dirección a los
bancos del patronato.
Allí estaba Luis. Listo como
ninguno, rápido como un gamo, certero como un cazador profesional. Entonces no
conocíamos ni su nombre, ni sus ademanes y, mucho menos, su manera de jugar al
fútbol. Pero éramos nueve y nos faltaba uno para completar el cinco contra
cinco.
Velasco nos había fallado. El jodido
Velasco. El tipo que organizaba torneos infinitos y que no se perdía un solo
partido de entrenamiento. No hacía mucho que habíamos perdido la final
municipal ante los de la Conserjería y aún nos escocía el alma y parte de la
materia. Necesitábamos entrenar más para ser un poco mejores y afrontar el
campeonato con serias aspiraciones. Algo que no conseguiríamos si el cagón de
Velasco se quedaba en casa cada vez que su madre le castigaba por un cuatro
setenta y cinco.
Nos habían destronado y debíamos
recuperar el norte y el prestigio. Para ello debíamos conseguir que los
partidos de entrenamiento de los sábados por la tarde se convirtieran en
nuestro trampolín hacia la conquista. Largo, Unamuno, Coque, Rubio, Tras,
Gonzo, Rusti y yo le vimos llegar con paso lento y una media sonrisa que nos
confundió la mirada. Le dimos la pelota e hizo malabares. Buen comienzo. Quién
nos diría entonces que el final no iba a ser tan memorable.
Nos chuleó a todos. Dio igual el
reparto de equipos. Jugamos tres partidos de quince minutos y en todos, con
diferentes compañeros, ganó el equipo de Luis. Era tan fascinantemente
bueno que resultaba imposible no quedar boquiabierto aun cuando era uno mismo
la víctima de sus regates. Llevaba dos días en el barrio, su padre era
comercial de lanchas motoras y no tenía equipo con el que jugar. Le fichamos al
instante. Ya le habíamos convencido cuando le habíamos preguntado, mano en
alto, si quería apuntarse a nuestra pachanga.
La liga comenzó en noviembre y en
diciembre ya éramos líderes destacados. La competición no era muy compleja. Nos
dividíamos por barrios y podía apuntarse quien quisiera. En el nuestro, La
Maternidad, nombrado así por la cantidad de mujeres embarazadas que lo poblaron
en cuanto estuvo construido, éramos ocho equipos. Jugábamos a ida y vuelta
desde noviembre hasta febrero y a partir de marzo empezaban los playoffs contra
equipos de los nueve barrios restantes. Un todos contra todos anual que paralizaba
los campos de tierra del pueblo cada sábado por la mañana.
Éramos siete contra siete y
jugábamos, en algunos lugares, partidos en simultáneo. Huelga decir que
nosotros éramos buenos, pero que, con Luis, éramos los mejores. Lo jugaba todo,
no le rotábamos nunca y le dejábamos siempre en punta de ataque para que se
desgastara lo mínimo. De tocar el balón veinte veces en cada jugada de ataque, cambiamos la táctica para
reducir el tiempo de posesión e incrementar el factor sorpresa. Ensayábamos las jugadas una
y otra vez; Coque o Rubio pivotaban en el centro y descargaban hacia el hombre
libre, generalmente Gonzo y este, inmediatamente, en profundidad hacia la
carrera de Luis. Daba igual si no le dejábamos sólo, él siempre se las apañaba.
Driblaba por condición antes que por consideración. Y definía siempre al lugar
más alejado para el portero.
Parecíamos el mejor equipo del
mundo o, al menos, así nos sentíamos, pero nada de lo bueno dura para siempre y
nada de lo bonito termina sin caer a un pozo de lodo. Era una mañana fría
cuando Luis se presentó al partido y nos dijo que sería el último. No era un
tipo demasiado dado a la broma, pero nuestra primera reacción fue tan
espontánea que se nos cayó por la incredulidad. Creímos, al instante, que nos
estaba vacilando. Pero no. Hablaba tan en serio que, por un instante, nos vimos
descosidos por dentro y rotos por fuera. El rostro desencajado, el corazón
helado, el estómago a punto de estallar en vómito.
Velasco, que se ilusionaba con el
vuelo de una mosca, perdió la ilusión por gobernar su banda. Largo, que se
hacía gigante en cada despeje, se convirtió en un enano que no alcanzaba ni a
un mosquito. Unamuno, siempre tan eficaz en el juego, comenzó a errar como un
niño torpe. Coque perdió la fantasía, Rubio perdió la fuerza y Tras se encontró
sin velocidad. Gonzo olvidó jugar de espaldas y Rusti olvidó que los goles se
marcaban hasta con la espinilla. Yo, que en mis días de insomnio volaba como un
pez de río, comencé a encajar goles como el portero del peor equipo del mundo.
Me quedé sin manos, sin muelles, sin valor.
Aquella fue nuestra primera derrota.
Luis jugó su último partido y, por instantes, se contagió de nuestra apatía.
Hubo de buscarse las jugadas, los espacios, los goles. Anotó tres, pero yo
encajé cuatro. Huelga decir que el equipo contrario celebró como si hubiese
ganado la Copa de Europa y que nuestro orgullo se sintió tan resentido que no
fuimos capaces de articular palabra durante el camino de regreso a casa. No nos
pudimos despedir de Luis, no fuimos capaces ni de mirarle a los ojos.
Una semana más tarde ya jugaba con
la camiseta de la Conserjería. Tenía bemoles la cosa. Entre todos los barrios
del pueblo no podía haber escogido otro al que cambiarse a vivir. No tardó en
fichar por el mejor equipo de allí, actual campeón y rival enconado. Algunos
sábados coincidíamos en horario y mirábamos de reojo al campo de al lado cada
vez que los escuchábamos celebrar un gol. Iban como un tiro y nosotros,
mientras tanto, en caída libre.
Ellos ya tenían un buen equipo desde
que el año anterior habían incorporado al Negro Martínez. El tipo era un tanque
imposible de defender. Jugaba de espaldas como un pívot de baloncesto y las
ganaba por arriba sin necesidad de saltar. Para convertirse en incontrolable,
necesitaba un alter ego y Luis fue, para él, como el Robin que necesitaba todo
Batman para conseguir instaurar la justicia en la ciudad perdida de Gotham.
Todos los demás no fueron, sino
víctimas perfectas de sus ejecuciones imparables. Nos hubiésemos alegrado por
Luis, al fin y al cabo, siempre fue un buen tipo, pero había caído en un equipo
de impresentables. Arrogantes como un gallo que se contonea delante de todo el
corral, los chicos de la Conserjería brillaban por su prepotencia y poco tacto
a la hora de celebrar. Cada gol a favor era un puño en la cara, una sonrisa de
burla, una palabra sibilina por debajo del oído. Cada gol en contra era una
protesta al árbitro, una amenaza de muerte, una promesa de ya volverás por
aquí. Pegaban con ímpetu, pero lo hacían con tal disimulo que casi ningún árbitro
era capaz de leer sus tretas. Animados desde el banquillo por un tipo que les
arengaba como si fuesen a la guerra, disputaban cada partido con el hambre de
quien busca sangre y ganaban por convicción, por calidad y, generalmente,
porque los equipos rivales ya estaban muertos de miedo a los dos minutos de
partido.
Nosotros no teníamos entrenador.
Realmente, casi ningún equipo del campeonato lo tenía. Aquello había nacido
como un torneo entre grupos de amigos que había evolucionado hacia un campeonato
municipal donde poníamos todo el rigor necesario, pero, también, toda la poca
seriedad posible. Los primeros años, sin duda, fueron los mejores. Jugábamos
donde podíamos y, tras cada choque, terminábamos todos en el bar de siempre
bebiendo cañas de cerveza. Era la mejor manera de quitar importancia a las
derrotas y de felicitar al vencedor sabiendo que los mismos que pagábamos la ronda una
semana podríamos ser los invitados a la semana siguiente.
Todo cambió el año que aparecieron
los chicos de la Conserjería. Un año atrás se habían entregado las llaves de
las nuevas casas de los bloques que se habían construido donde antiguamente se
había levantado la Conserjería Militar. El alcalde, pelotazo mediante, había
recalificado el terreno y lo había vendido a un constructor para que levantase
catorce bloques y llenase el pueblo de nuevos ricos dispuestos a cambiarnos la
vida y las costumbres.
Pronto nos dimos cuenta de que no
eran como nosotros. Pronto nos dimos cuenta, también, de que no querían ser
como nosotros. Jugaban en otra liga; eran estúpidos, maleducados y tenían un
punto de arrogancia difícil de soportar. Pero, eso sí, eran muy buenos.
Nos ganaron el primer año. Nosotros
seguíamos creciendo y por fin logramos alcanzar la final después de tres años
consecutivos cayendo en semifinales. Pero nos barrieron. Aquello debió
servirnos para reflexionar, pero vista su manera de celebrar el éxito, sólo nos
sirvió para aumentar nuestra sed de venganza. Todos los equipos acudimos a la
fiesta anual de fin de temporada, excepto ellos, que prefirieron quedarse en su
barrio, bebiendo agua carbonatada y ensayando disparos a la escuadra. Tan
increíblemente perfectos que irritaban.
El año siguiente jugamos como nunca.
No recuerdo un año mejor en cuanto a concepción del juego. Ensayamos nuevas
tácticas, nuevas jugadas y nos posicionamos de manera distinta. Convertimos en
sagrado el partidillo del sábado por la tarde, o del viernes si era el sábado
el día en el que jugábamos, y nos perdíamos en rondos interminables antes de
regresar a casa pensando siempre en ese último pase al espacio que nos
permitiese quedar mano a mano con el portero rival.
Fue nuestro mejor año. Volvimos a
quedar primeros en la liguilla de distrito y ganamos en cuartos y en semifinal
con solvencia. En la final a cinco partidos ganamos los dos primeros y
rematamos en el cuarto. Festejamos con moderación porque para nosotros el
respeto seguía siendo prioridad antes que postergación, pero ellos no supieron
aceptar la derrota y se enfrascaron en una pelea que nos convirtió, para
siempre, en enemigos acérrimos.
No iba a ser fácil alcanzar una
nueva final. Realmente, jugábamos tan desanimados que ni nosotros mismos nos
veíamos capaces de afrontar la vida más allá del siguiente duelo. Caímos en
picado, derrota tras derrota, y a punto estuvimos de perder nuestra posición de
privilegio si un gol fortuito de Rusti no nos hubiese sacado del letargo. Era
el último partido de la liga regular y los chicos del Patronato Sport nos
ganaban por uno a cero. Ellos ya no se jugaban nada y nosotros nos jugábamos la
vida. Nos valía el empate para ser primeros, pero la derrota nos abocaba al
peor de los escenarios. Lo peor de todo es que habíamos perdido hasta el
orgullo. No sé de qué manera, Rusti metió la pierna en aquel último centro al
área y no sé de qué manera la pelota, dando saltos sobre la arena, se coló
mansamente junto al poste derecho del portero. No supimos si celebrar o caer
rendidos a la evidencia. Lo que menos nos apetecía en aquel momento era
enfrentarnos a una ronda de cinco partidos con el equipo de la Conserjería.
Eran demasiado buenos, demasiado fuertes y demasiado fanfarrones. Perder no era
un drama. Perder contra ellos, sin embargo, era una tragedia. Lo peor de todo
es que intuíamos que nos iban a masacrar.
El sistema de cruces era simple. Se
tomaba al mejor primero de grupo y se le enfrentaba al peor de los primeros y
así equitativamente. Se dibujaba un cuadro y se jugaban los cuartos de final,
las semifinales y la semifinal. Todo al mejor de cinco partidos. Aquellos play
off se convertían, por derecho, en una fiesta para el municipio. Los padres
acudían con sus hijos, los adolescentes con sus amigos y los jugadores de los
equipos eliminados acudían para apoyar al equipo de su barrio. Todo el lenguaje
festivo y distendido se apagaba cuando entraban en escena los de la
Conserjería.
Huelga decir que nos tocó jugar
contra ellos en la primera ronda eliminatoria. En condiciones normales, Luis
presente y ánimos enervados, hubiésemos terminado como los mejores primeros y
nos los hubiésemos encontrado en la final a cinco, pero nuestra desidia y
nuestro desánimo nos condujeron al desastre. Los vimos aparecer con sus cuerpos
esculturales, su sonrisa de superioridad y su mirada asesina. Jugaban realmente
bien y eran duros como piedras. Nos ganaron cinco a cero a la primera.
Que Luis no celebrase ningún gol era
señal de que nos tenía respeto, pero a aquellas alturas nosotros queríamos
morir de la manera más rápida y cruel, no nos importaba el respeto, ni siquiera
habíamos apelado al orgullo.
El segundo partido fue aún peor. Nos
metieron siete y se rieron en nuestra propia cara. Fue el día en el que nos
dimos cuenta de que la victoria no impera en el marcador sino en el esfuerzo.
“Quien lo da todo, no pierde nada”, nos dijo el padre de Gonzo. Nuestros
vecinos nos miraban avergonzados, nuestros padres nos miraban con lástima.
“Prefiero que me tengan miedo a que me tengan lástima”, me había dicho mi padre
una mañana fría antes de un partido en categoría infantil. “Pero, sobre todo, has
de conseguir que te tengan respeto”. A nosotros ya no nos respetaba nadie.
Justo antes del tercer partido, el
Negro Martínez se acercó a Luis para poner la pelota en juego desde el círculo
central y le espetó unas palabras que sonaban a orden antes que a deseo.
-
Hoy también ganamos ¿Eh?
-
Fácil. – Contestó Luis.
“Fácil”. Maldita fuese nuestra estampa. Nos habíamos dejado amilanar por
nuestro propio miedo y habíamos perdido hasta el orgullo. “Fácil”, aquello fue
el resorte que necesitábamos para despertar de nuestro letargo. Aquel “Fácil”
se clavó en nuestro orgullo y nos encendió el corazón al instante. Íbamos a
perder, sí, era más que probable, pero les íbamos a demostrar que quien lo daba
todo no perdía nada.
En la primera entrada vieron claro cuáles eran nuestras intenciones. No
lo iban a tener fácil y, si nos iban a ganar, que fuese por su calidad antes
que por nuestra desidia. Codos arriba, pierna fuerte, rodilla por delante,
tacos afilados. Jugar así, en el campeonato, se había ganado un nombre con denominación
de origen; era jugar “a lo conserjería”.
Marcamos un gol en una jugada trabada. Velasco cambió el juego hacia Tras
y este centró raso, cruzado, para la llegada de Gonzo. Remató desde el suelo,
con la espinilla, ante la salida de su portero. La pelota hizo un extraño y se
elevó por encima antes de entrar mansamente y dando pequeños botes, dentro de
la portería. Celebramos con rabia y defendimos con ímpetu. Por primera vez,
dada nuestra fiereza en el juego, vimos la duda en sus ojos.
Se marcharon con la cabeza baja y sin estrecharnos la mano. Desde el
vestuario, con tabiques contiguos, escuchamos su rabia y su frustración. Se
conjuraron para derrotarnos por goleada durante el siguiente partido, pero
nosotros ya sabíamos, que, tal y como había pronosticado Luis, aquello no iba a
ser fácil.
El problema es que ya habíamos gastado el factor sorpresa por lo que no
nos quedaba otra que reinventarnos. Lo hicimos variando el juego y el sistema,
optamos por retrasar a Gonzo y dejar sólo a Rusti en punta haciendo marcajes
mixtos a Luis y al Negro Martínez. Nos costó un mundo, pero sabíamos que
solamente seríamos capaces de ganarles si seguíamos jugando “a lo conserjería”.
Así que no dejamos de tener ni el codo alto, ni la pierna fuerte, ni la rodilla por
delante, ni el taco afilado. Y marcamos a balón parado, mediada la segunda
parte, cuando Rubio remató picado un centro largo de Unamuno. Aquella vez no
vimos duda, por vez primera vimos miedo en sus ojos.
Nos embistieron con furia y casi nos empatan en la arremetida. Ahí fue
donde puse mi granito de arena. Un balón largo hacia la carrera de Luis y un
centro medido a la cabeza del Negro Martínez. El remate fue violento, arriba,
con la testa, franco, limpio, y el balón salió como un cohete rumbo a la
escuadra de mi portería. Volé como un ángel, como un enviado del cielo para
devolver a aquellos demonios al infierno. Puse la manopla recta, estiré los
dedos y punteé la pelota por encima del larguero. En el córner posterior, el
Negro, frustrado por la oportunidad perdida, me embistió con violencia y anotó
a puerta vacía. El árbitro señaló falta y el golpe le tumbó en el suelo. La
expulsión nos alivió, pero mucho menos que saber que el Negro, la peor
pesadilla en nuestras noches de insomnio, no iba a jugar el quinto y definitivo
partido.
Era el día de Luis, el día para demostrar si, realmente, era tan buen
jugador como se presuponía o solamente se escudaba en su calidad mientras
jugaba rodeado de buenos jugadores. Sin el Negro en el campo, solamente Luis
daba el toque de distinción porque, quitándole a él, nosotros no éramos peores
que ninguno de ellos.
La nuestra era la única eliminatoria de cuartos que se había ido al
quinto partido. Nos mandaron a jugar al municipal de deportes, un campo de
césped con una grada para mil personas que estaba a reventar. En los aledaños
al terreno de juego no cabía un alfiler y la gente se agrupaba en filas conglomeradas
sobre la barandilla que delimitaba el rectángulo verde. Todos, o casi todos,
iban con nosotros. No iban a permitir que aquellos estúpidos arrogantes
volviesen a ganar el torneo porque ello significaría el final definitivo de un
ciclo donde la paz y la armonía se habían impuesto sobre las malas artes.
Ellos no tenían demasiado apoyo. Apenas una decena de vecinos que, más
avergonzados que entusiasmados, apenas se dejaban oír. Cada lance era un
murmullo que crecía hasta la protesta. Pronto, el árbitro se puso nervioso y
ellos fueron perdiendo la compostura. Quien siembra vientos, les dijo Largo,
recoge tempestades.
Pero, de alguna manera, ellos encontraron su propia tempestad. Luis, que
durante los dos últimos partidos había sido una sombra de sí mismo debió
entender que si quería encontrar la gloria no tenía más remedio que buscarla. Y
la buscó con ahínco. Hizo trabajar a Coque como un esclavo y tuvo a Velasco de
cabeza durante casi todo el partido. Jugaba como lo hacía cuando estaba con
nosotros; con el Negro ausente, se situó en punta y, arrancando desde el
costado izquierdo, dibujaba diagonales de fantasía. Terminamos la primera parte
por debajo, dos a cero. Aquello, definitivamente, parecía finiquitado. No
teníamos mucho que reprocharnos; habíamos vendido cara la derrota. Era lo
mínimo exigible para un equipo de nuestro nivel.
Nada más comenzar el segundo tiempo llegó la jugada que podía haberlo
cambiado todo. Luis encontró una rendija y me encaró mano a mano. Conocía sus
amagues, pero, generalmente, eran casi imposibles de descifrar. Tal y como
situó el cuerpo supe de inmediato que intentaría regatearme hacia su perfil
bueno. Son cosas del instinto, puedes jugar mil partidos y recibir mil goles y
en un instante entiendes que cada segundo de miseria no ha sido más que un
camino de aprendizaje. Aguanté de pie y fingí comerme el engaño, cuando inició
el regate saqué la manopla y toqué la pelota. Cayó al suelo, en parte por la
inercia, en parte por la frustración. Como no sabía protestar, noble como era,
se levantó con presura, pero entonces Largo ya había despejado a fuera de
banda.
Ellos reclamaron el penalti, claro está. Todos sabían que había sido
inexistente, pero, por alguna extraña manera, el árbitro cayó en la trampa y
señaló el punto fatídico. No podía ser. Aquello se había terminado.
-
¡No seamos como ellos! – Exclamé fuera de mí.
Aquella voz resonó en el recinto y, durante un par de segundos hubo un
silencio que precedió a una ovación atronadora. No, no debíamos ser como ellos.
No debíamos caer en la tentación de protestar al árbitro, de buscar la
intimidación, de encontrar la victoria por la vía de la protesta.
Mis compañeros se separaron del árbitro y dejaron el área despejada. Si
había que perder, lo haríamos, pero con estilo.
-
Sabe tirarse. – Añadí. – Veremos si también sabe tirar
penaltis.
Aquella frase, aunque no era de mi estilo, provocó justo el efecto que yo
quería. Habíamos jugado muchos partidos con Luis como para saber de qué manera
tiraba los penaltis. Dolido por la duda y picado por el reto, tomo el balón
mientras le dejaba ver mi sonrisa. Iba a tirar él. Parecía algo suicida, pero
era justamente lo que yo quería.
A lo largo del campeonato, Luis había tirado cinco penaltis con nosotros
y otros cinco con La Conserjería. Y los había anotado todos. Lo que sí había
variado era su manera de lanzar según la dificultad que en cada momento hubiese
tenido el partido. Si era un partido apretado o considerado como importante,
lanzaba a su zona de seguridad; con la pierna derecha hacia la derecha del
portero. Si, por el contrario, era un partido resuelto o ante un rival que
podría considerar menor, lanzaba hacia el lado izquierdo del portero. Yo lo
tenía claro; el partido iba a resolverse en aquel penalti y, dado que ellos nos
consideraban el gran rival a batir, estaba seguro de que me lo iba a lanzar a
mi derecha.
No dudé. No quise dudar, mejor dicho. Le interrogué con la mirada y él
esquivó cualquier contacto visual. Mejor. Estaba perdiendo aquella batalla y
seguramente no quería demostrarlo. Tomó mucha carrerilla y chutó fuerte,
hacia su lado de seguridad, antes de verle golpear la pelota yo ya me había
vencido hacia mi derecha. Que fuese lo que Dios quisiera. Alcancé a tocar la
pelota con la yema de los dedos y, casi con violencia, se estrelló contra el
poste antes de regresar a mi cara y golpear mi nariz. Dolía mucho. De repente
me olvidé del rechace y me centré en el dolor. Si alguien llegaba, aquello era
gol y si aquello era gol, sería, también, el final.
Un pie apareció de repente; era una bota negra, con tacos alineados y
medias azules. No me dio tiempo a reaccionar, recé en voz baja y sentí el
golpe. De nuevo la pelota en mi rostro y, de nuevo, la intriga en el aire. Se
escuchó un sonoro “ooooooh” y un catacrack que nos dejó con el alma helada.
Había sangre entre el sudor y las lágrimas. Había un balón despejado y dos
chicos, en el suelo, retorciéndose de dolor.
Yo había parado el penalti, el balón había salido rebotado desde mi
guante hacia el poste y desde el poste hacia mi cara, Rubio y Luis había
peleado el rechace y entre ambos habían golpeado el balón que había hecho un
extraño para acabar de nuevo en mi cara y, por un momento, a media altura,
lugar desde el que lo despejó Largo de manera defectuosa, de manera que quedó
muy en el aire, lugar hacia el que Rusti había saltado para buscarlo con la
mala suerte de topar con la cabeza de un rival. El golpe fue brutal, su jugador
tuvo una pequeña conmoción, pero Rusti se llevó la peor parte, brecha incluida
y pérdida de conciencia.
Se los llevaron rápido al hospitalillo. Nos tocaba jugarnos la
clasificación sin nuestro hombre de referencia en ataque y todos intuimos que
aquello era, de nuevo, el principio del fin.
Pero, inesperadamente, algo cambió en el estado de ánimo de Luis y, con
él, de todo el equipo de La Conserjería. Apocado por el error, dejó de tirar
desmarques y dejó que Rubio le ganase todos los duelos. En uno de ellos,
nuestro hombre de cierre sacó la pelota con clase y se plantó en la línea de
tres cuartos. Abrió hacia el desmarque de Largo y este puso la pelota rasa
hacia el interior del área donde apareció Coque para poner el uno a dos. Joder,
de repente, había partido.
Nos gritamos a la cara y nos animamos con golpes en la espalda. No, no
estaba todo perdido. Empezamos a intuir las pelotas cruzadas, a intuir todos
los desmarques rivales y a ganar las segundas jugadas. Tras una de ellas, Gonzo
le pegó con el alma desde veinte metros y el balón entró por toda la escuadra.
Dos a dos y la sensación, en el alma, de que las tornas habían cambiado.
A ellos dejaron de salirles las cosas y a nosotros comenzó a salirnos
todo. Sinceramente, creo que nunca, antes, habíamos jugado como lo hicimos en aquellos
últimos quince minutos y, desde luego, nunca volvimos a jugar a así. En alguna
ocasión habíamos realizado jugadas precisas y seguimos marcando goles bonitos,
pero la facilidad para trenzar fútbol que alcanzamos aquel día ha quedado en la
memoria colectiva como algo único.
No sólo marcamos el tercero, sino que también anotamos el cuarto y el
quinto. Cuando el árbitro señaló el final del partido estábamos tan desatados
que amagamos con una protesta. Queríamos más; pero no por la humillación, sino
porque nos estábamos divirtiendo como nunca lo habíamos hecho.
El pueblo estaba alborozado. Nos llovieron las felicitaciones y los
pormenores. Ellos, los de la Conserjería, ni se acercaron. Para qué hacerlo.
Sabían, como nosotros, que habíamos completado una gesta, pero no lo iban a
reconocer. No iban a perder un segundo en hincar la rodilla y rendir pleitesía.
Rendirse, más aún fuera que dentro del campo, era de débiles.
Lo que no habían previsto, ni ellos, ni nadie, es que aquella sería su
última oportunidad de alcanzar la gloria. La suya y la nuestra. Las nuevas
generaciones fueron creciendo y la liga municipal se fue enriqueciendo. A
nosotros nos eliminaron en la siguiente ronda. Parecía que, cumplido el
objetivo, nos faltaba motivación. Les habíamos bajado los humos a una pandilla
de arrogantes y el objetivo de ser campeones, en nuestra cabeza, había pasado a
segundo plano. Al menos emocionalmente.
No es que no nos fastidiase la eliminación, desde luego que queríamos
ganar el torneo, pero nos faltó tensión y frescura, aparte, claro está, de que
el equipo rival tenía una calidad superlativa. No en vano, terminaron siendo
campeones. Y no sólo lo hicieron ese año, sino que repitieron durante tres años
consecutivos. Fue un cambio de ciclo en toda regla. Nosotros nos hicimos
mayores, alcanzamos alguna que otra semifinal, pero jamás volvimos a rozar la
gloria. El equipo de la Conserjería se terminó deshaciendo ese mismo verano. Al
Negro le fichó un equipo juvenil de División de Honor y a Luis le incorporó en
su cantera un equipo grande. Ninguno hizo carrera; al Negro le vieron hace poco
como camionero en un bar de carretera, estaba gordo y calvo, aunque seguía
manteniendo su característico tono de piel tostado. Luis llegó a jugar en
Segunda División B y tuvo su día de gloria cuando se enfrentó a un Primera
División y le hizo dos goles en un partido de Copa del Rey. Tuvo su reseña en
el periódico y una entrevista de radio en la que habló de la liga municipal.
Todo un detalle por su parte.
Siempre fue un buen tipo, la verdad, pero se dejó corromper, de alguna
manera, por las malas artes de sus compañeros de barriada. Nunca bajaron los
humos y si algo pretendieron, generalmente, fue bajarle los humos a los demás.
Uno de ellos, a quien llamaban el chato, ahora es el alcalde del pueblo. Se
presentó tres veces y solamente a la tercera, campaña demagógica incluida,
consiguió ocupar el sillón. Lleva tres meses investigado por la fiscalía. Y
como siempre, no lo está sabiendo asumir. Se ha convertido en el hombre más
mediático del país. Tirar de la manta lo llaman.
Lo miro ahora desde el televisor, con mi nostalgia de cuarenta y cinco
años, las manos gastadas de trabajar y la mente cansada de tanto imaginar
paradas imposibles. Dejé el campeonato hace más de quince años, justo el día en
el que me di cuenta de que ya no era capaz ni de intuir los penaltis. Mis
compañeros corrieron suerte dispar. Velasco trabaja de encargado en un
supermercado, Largo es director de sucursal bancaria, Unamuno se dedica a la enseñanza (no
podría hacer otra cosa con semejante apellido), Coque es mecánico en un taller
de camiones, Rubio trabaja como administrativo en una multinacional y Tras como
administrativo en una gestoría, Gonzo, que siempre fue el más listo de todos,
sacó su carrera de ingeniería y ahora gana una pasta como técnico de
aeronáutica, y Rusti se ahogó en el mar una tarde de septiembre con el
cantábrico picado y los ánimos en todo lo alto.
Hace diez años que nos dejó. Y en conmemoración suya hemos vuelto a quedar, de nuevo, en el bar de siempre. Donde nos tomábamos las cervezas después de los partidos, donde nos reuníamos para analizar los errores y, ya con el cuerpo caliente, conjurarnos para seguir ganando. Pero no siempre se gana. Veo a Gonzo entrar por la puerta y levanto la mano para que me vea. Elegante como ninguno, el porte siempre presente. Observo la foto de Rusti, su compañero en el ataque y pienso qué hubiese sido de él si no se hubiese adentrado en el océano con dos copas de más. Y creo que, en la mayoría de las veces, por más que nos fijemos un objetivo y por más empeño que pongamos por conseguirlo, siempre habrá un factor que provoque que acabemos perdiendo.