Siempre admiré de un centrocampista que supiese ocupar correctamente los espacios. No me refiero a la literal obediencia de un soldado de campo si no a la correcta utilización de las dos armas con las que cuenta un buen futbolista: la cabeza y los pies.miércoles, 13 de octubre de 2010
Ocupando los espacios
Siempre admiré de un centrocampista que supiese ocupar correctamente los espacios. No me refiero a la literal obediencia de un soldado de campo si no a la correcta utilización de las dos armas con las que cuenta un buen futbolista: la cabeza y los pies.miércoles, 6 de octubre de 2010
Cuando la Masía era un caserío y no una factoría
Hubo un tiempo, y no hace demasiado de ello, que la Masía no fabricaba productos de primer nivel. Si acaso, y en un intento más de reinventarse que de realmente aprovechar los recursos, de vez en cuando sus valedores viajaban a algún torneo y descubrían al que, para ellos, iba a ser la perla del futuro.jueves, 23 de septiembre de 2010
La santísima trinidad
Resulta increíble conocer como la vida regala tantas oportunidades para regenerarse. Algunas veces, el ser humano, sus circunstancias y la audacia son capaces de aprovechar segundas oportunidades y, aunque existen ocasiones en las que la gente no se entera del sonido del tren que está pasando junto a su puerta, a nosotros nos gusta recordar, y convertir en épica, los momentos en los que la vida convierte un momento en magia.
El fútbol, como parte de la vida, también ofrece revancha y a ese clavo ardiendo se agarró el Manchester United durante los diez años que transcurrieron desde que un accidente aéreo terminó con sus intenciones, hasta que volvieron a enfrentarse a la grandeza futbolística con serias aspiraciones de tocar la gloria.
Del prometedor equipo que se dejó la vida en Munich una gélida noche de 1958 tan solo quedaban el entrenador, Matt Busby, el jefe de la defensa, Billy Foulkes, y el capitán, Bobby Charlton. Busby había regenerado el equipo con tesón y las mejores intenciones, gracias a sus ideas, su paciencia y su trabajo consiguió reunir un grupo irrepetible capaz de sentirse importante tanto dentro como fuera del terreno de juego. Foulkes, que se jugaba la vida en cada cruce con un rival, sentía que tenía una deuda con la historia y cada partido lo vivía como si fuese una final, porque conocía de memoria las patadas que podía propinarle el destino. Y Charlton era el jugador referente del equipo, un centrocampista ofensivo que acaparaba sobre sus espaldas toda la categoría del club, una leyenda viva del balompié que había logrado imponer el respeto allá donde jugase un partido.
Pero el grupo de Busby iba más allá de un par de supervivientes de una catástrofe. El equipo comenzaba en Stepney, puro carácter debajo de los palos, y terminaba en Best, bautizado como “El quinto Beatle” el día que se propuso liquidar al Benfica en su propio feudo.
Precisamente iba ser el Benfica el rival a batir en la final de la Copa de Europa de 1968. Los aficionados portugueses aún tenían pesadillas con las cabalgadas de George Best y eran incapaces de olvidar aquella afrenta que les había situado frente al ridículo por primera vez en muchos años. Ni ellos, ni el mismo Eusebio, iban a ser capaces de dejarse vencer de nuevo de aquella manera tan humillante, por lo que ganar al Benfica pasaba por dar todo el fútbol que cabía en sus botas y aportar en cada lance todas las ganas del mundo.
Aquel Manchester contaba, además, con los goles de Dennis Law como punta de lanza de cada jugada. Law era un jugador frío, de tremenda potencia y depurada técnica a la hora de rematar, sus goles le habían convertido en ídolo de Old Trafford y sus participaciones se habían considerado como imprescindibles para el equipo. Pero Law no podría jugar la final y aquello suponía un hándicap que habrían de superar con un esfuerzo extra. Y no podría jugar porque a su tremenda facilidad para anotar goles habría de añadirse a sí mismo la tremenda facilidad que tenía para sufrir lesiones y hacía ya unas semanas que su físico le había dicho basta por enésima vez y tendría que conformarse con ver la final desde la tribuna del místico estadio de Wembley.
Ya se habían tenido que jugar la vida y la historia en semifinales en un enfrentamiento épico frente al Real Madrid. El equipo blanco, que buscaba reverdecer viejos laureles, había conseguido dar una llamada de ánimo a su público y el Santiago Bernabéu estaba a rebosar aquella noche de magia y Copa de Europa. El Manchester traía la mínima ventaja de un gol del partido de ida y todos, en las inmediaciones del Paseo de la Castellana, se frotaban las manos ante el presente glorioso que se les presentaba. El Manchester jugaría sin Law y los goles de aquel trío bautizado como “La Santísima Trinidad” se quedarían en la despensa del vestuario de Old Trafford. En aquella Santísima Trinidad Charlton era el padre, hacedor del fútbol y dueño del balón, prometedor de pases imposibles y trabajador incansable en busca de un milagro que les pusiese rumbo a la historia de los vencedores. Best era el hijo; el hijo pródigo que había regresado desde Belfast para ser aplaudido como si de un dios se tratase y que también obraba milagros en forma de jugadas irrepetibles y carreras inalcanzables. Y Law era la representación del Espíritu Santo, el final perfecto para cada jugada que Charlton lanzaba y Best sinceraba desde la línea de fondo. Una Santísima Trinidad que se había convertido en referencia de miles de niños en Inglaterra y que en aquel partido de semifinales se había mermado desde su vértice más letal.
El Real Madrid había tomado rápido una ventaja de dos goles y todo el estadio cantaba, alborozado, los acordes sencillos de la canción que había popularizado Massiel y que había otorgado a España, unos días antes, su primera victoria en el Festival de Eurovisión por delante del sonriente cantante inglés Cliff Richards. “La, la, la” repetía una y otra vez el estribillo de la canción ganadora y “la, la, la” repetía una y otra vez un público alborozado por sentirse de nuevo con el derecho a disputar la final de la Copa de Europa. Pero el Manchester aún tenía que jugarse la carta de Busby, porque para Busby nada la encendía más que motivar a sus muchachos de cara a conseguir una épica victoria y aquella, que incluía además la dificultad añadida de una remontada, pasaba por convertirse en la victoria más épica de la historia del club.
Porque el Real Madrid era el único rival contra el que Duncan Edwards y el resto de jugadores que acabaron sus vidas en el aeropuerto de Munich no habían tenido oportunidad de revancha. El Real Madrid de entonces había sido el rival a batir en el continente y que se había visto huérfano de un rival de verdad cuando la desgracia había visitado de frente al Manchester United. Y Real Madrid de ahora, menos mágico pero más intenso, se había convertido en la última piedra en el camino hacia una final que vestiría al equipo con el tul de la gloria diez años después de haberse encontrado en la miseria. Y fue por Busby, por Duncan, por la afición que abarrotaba Old Trafford cada domingo y por la cuenta pendiente que el equipo tenía con aquella competición, que el equipo remontó aquel partido para lanzarse hacia una final más que merecida. El sonido “la, la, la” de Massiel dejó de escucharse en el viento cuando Zoco marcó en su propia portería y ponía la clasificación en las manos del rival y le sustituyó el sonido que marcaba el estribillo de la derrotada canción de Cliff Richards y que decía “Congratulations”. Congratulations, felicidades, por la victoria, por la clasificación y por haber conseguido que el público del Bernabéu hubiese cerrado su garganta después de muchos años.
La Santísima Trinidad del Manchester vivió la final de manera dispar en cada uno de sus miembros, los tres con la pasión encendida, pero cada uno en un lugar distinto poniendo su energía y su deseo por el bien de la victoria. Charlton la vivió desde el centro del campo, dirigiendo y ordenando, recuperando y pasando, llegando y obrando milagros. Best la vivió en la delantera, pegado su banda de siempre y aclarando cada jugada con una finta colosal, un amago asombroso y un centro cargado de peligro. Y Law la vivió desde la grada, comiéndose los nervios y explotando suspiros contra el aire, animando y encogiéndose en cada ataque del equipo rival.
Y los tres se encogieron cuando, después de ver pasar los noventa minutos del partido, con el empate a uno en el marcador, vieron quedarse a Eusebio con el balón controlado delante de Stepney y en franca posición para anotar el gol de la victoria. Se encogieron Charlton, Best y Law y se encogieron el resto de jugadores del equipo y de la misma manera se encogieron todos los miembros del banquillo y todo el público inglés que abarrotaba Wembley en aquella noche de primavera. Todos se echaron las manos a la cabeza y escribieron una misma frase en el borde de su pensamiento: “Eusebio no dejará pasar esta oportunidad”.
Eusebio, que durante todo el partido había sido vigilado de cerca por el incansable Stiles, el máximo representante de la escuela más sucia del fútbol, se encontró de cara con la historia tras recibir aquel maravilloso pase de Simoes que le situaba solo frente al portero rival. Todo el mundo supo que aquello iba a ser gol, todo el mundo excepto Alex Stepney, el mismo portero que años más tarde desencajaría su mandíbula al gritarle a un compañero, quien aguantó estoico el amago de la Pantera Negra y atajó contra su estómago un balón lanzado con fuerza. Todos los corazones de Manchester volvieron a latir y en ese mismo instante, cada jugador del equipo supo que aquella final no se les iba a escapar.
La prórroga encumbró a un equipo inolvidable. El partido terminó con un contundente cuatro a uno y cada uno de los protagonistas encendió su mente para dejar pasar un millar de pensamientos por segundo.
Eusebio se encontró de nuevo cabizbajo en el estadio que le estaba regalando los peores momentos de su vida, ya había perdido allí dos finales de la Copa de Europa, y allí mismo se había quedado a las puertas de la final más grande de todas, apenas dos años antes, vistiendo la camiseta de su Portugal de adopción; estaba a punto de añadir el nombre de Wembley junto al de Bela Guttman, en su lista de exorcismos pendientes.
Charlton se apuntó a la victoria con dos goles, el que había abierto el partido con un remate inteligente en el primer palo, y el que había cerrado la goleada con un soberbio cabezazo en el centro del área. Una vez más se había consumado como líder del equipo y como jugador referencia en el mundo del fútbol dos años después de haber ayudado a Bobby Moore a levantar la Copa Jules Rimet.
Best había roto el marcador con el segundo gol del equipo. Cuando la prórroga discurría con el miedo y la incertidumbre recorriendo el sistema nervioso de cada uno de los jugadores, el quinto Beatle había tomado el balón con aplomo cerca del área rival y había encarado al portero con la determinación de los mejores. Regateó al guardameta y por un segundo soñó con cumplir el sueño que visitaba sus noches de gloria desde que era un pequeño niño con aspiraciones de golearle al mundo delante de un estadio lleno: avanzar hasta la línea de meta, parar el balón, agacharse y anotar con la cabeza. Un segundo más tarde sonrió y se decidió a dejar su sueño aparcado porque ganar el partido era más importante que ganar una apuesta consigo mismo. Y un segundo después chutó despacio y comprobó como el balón avanzaba poco a poco hacia la portería rival y se convertía en el gol que rompía el partido para siempre.
Y Law había participado a su manera, desde arriba y con el ánimo a punto de estallar. Reventó de júbilo cuando comprobó como sus compañeros le convertían en campeón de Europa y supo que había participado de alguna manera en la goleada cuando vio a Kidd, el joven delantero que había saltado al partido para sustituirle, marcar el tercer gol de su equipo y aportarle a todo el mundo la seguridad de la victoria.
Law había recibido el Balón de Oro que le coronaba como mejor jugador de Europa, en 1964, Charlton lo había recibido en 1966 y aquel 1968 esperaba a Best como nuevo príncipe y señor de un fútbol que vestía de rojo. “La Santísima Trinidad”. Nunca un tridente ofensivo había recibido tanta gloria en tan poco tiempo.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Derribando la puerta
lunes, 13 de septiembre de 2010
Cuando el sentimiento se convierte en eficacia
No hay nada que emocione más al aficionado que el sentimiento. No hay nada que satisfaga más al aficionado que la eficacia. En el primero encontramos el hilo de conexión entre nuestro corazón y nuestros sueños, en la segunda es donde hayamos la seguridad de nuestros pronósticos. Cuando el sentimiento y la eficacia alcanzan su valor más alto en la bolsa de valores cotizables del resultado, es cuando encontramos la realidad que tantas veces dibujamos y en la que tantas otras no encontrábamos el color exacto en la que darle forma.
De Gea asumió el rol de portero titular sin titubear un solo momento. Resultaba admirable comprobar como un chaval de dieciocho años y una delgadez extrema, era capaz de enfrentarse a cada balón aéreo con la frialdad de quien sabe ejecutar el oficio a la perfección. De repente, el runrún que había recorrido la grada durante varios meses, se convirtió en suspiro de alivio y el suspirio de alivio terminó convirtiéndose en aplauso. El chaval, aparte de serenar a una defensa que no conseguía taponar sus escapes de agua, se metió al vestuario en el bolsillo y comenzó a forjar una temporada que le convirtió en héroe y en un futuro capitán.
Domínguez, por su parte, asumió el rol de jefe de la línea defensiva después de haberse visto señalado con el dedo acusador. Durante la temporada anterior, Aguirre le había dado y quitado galones con la misma indiferencia que un mal maestro suspende al alumno brillante pero que da la nota en clase. Como nadie había querido concluir que nadie nace enseñado, que la inexperiencia suele provocar más dudas que aciertos y que el futbolista de élite se fabrica jugando, el mexicano primero y Abel después le condenaron a un ostracismo que no había merecido. Cuando llegó Quique la defensa del Atleti era un desastre histórico, desde que juega Domínguez la línea defensiva del equipo es una franja demasiado dura de pelar.
Ahora la gente se lo toma en serio, incluso se apuntan a la barbaridad de situarlo como candidato a un título de liga que aún le queda un poco grande. La realidad es que el equipo ha cambiado por completo, la realidad es que el equipo ha recuperado el sentimiento y la realidad es que el equipo ha encontrado la eficacia.viernes, 6 de agosto de 2010
El sueño de una tarde de verano
miércoles, 28 de julio de 2010
Los rescoldos del capitán
Después de una despedida siempre queda una lágrima amarga que no se quiere secar, siempre queda una deuda eterna que no se puede compensar, siempre queda un rescoldo tras la capa de ceniza gris que resulta casi imposible de apagar. Después de una despedida queda un pasado y se dibuja un recuerdo. En el pasado viven los hechos tal y como fueron, en el recuerdo viven los momentos tal y como los vivimos. El pasado de Raúl es admirable para todos, el recuerdo de Raúl sólo es verdaderamente admirable para unos pocos.jueves, 22 de julio de 2010
El jugador que mandó a Junior a la izquierda
Cuando se habla de Junior con los seguidores del Flamengo, es más que posible que observen como más de uno se pone en pie como símbolo reverencial. Hablar de Leovigildo Lins de Gama es hablar del jugador que más veces ha vestido la camiseta rojinegra, es hablar del maravilloso lateral que asombró al mundo en el ochenta y dos, es hablar de uno de los mejores laterales izquierdos de la historia del fútbol. Lo que pocos saben es que Junior era diestro y lo que casi ya nadie recuerda es que la culpa de aquel cambio de ubicación la tuvo un chico de piernas arqueadas y andares cómicos que respondía al nombre de José Leandro De Souza Ferreira y que, para los aficionados que abarrotaban Maracaná cada domingo de partido, era simplemente Leandro. El ídolo.lunes, 12 de julio de 2010
En la cima de los sueños
Nada puede superar las expectativas generadas cuando alguien es solamente un niño. Es en esa época cuando la ilusión, la esperanza, los momentos y los ídolos se convierten en legendarios mitos dorados a los que aprendemos a adorar gracias al exagerado ejercicio al que sometemos a nuestra memoria. Es entonces cuando se aprende a soñar, cuando se quiere aprender a vivir y cuando la risa, por espontánea e inocente, le sabe mucho mejor a quienes nos rodean.lunes, 3 de mayo de 2010
El canto del cisne
Existía una vieja leyenda, aclamada por los románticos como un símbolo explicativo de la belleza que para ellos representaba la maldición del fracaso, que decía que el cisne cantaba una sola vez en su vida y lo hacía en el instante exacto que antecedía a su muerte. En realidad, el cisne no canta nunca si no que emite un ligero ronquido, realmente no lo hace ni a la hora de morir, pero aquel detalle mitificado quedó para siempre como frase organizativa de una verdad disfrazada; se decía que la última gran obra de un maestro de las artes debía ser definida como su “canto del cisne”. A raíz de él, la caída hacia los infiernos no haría más que engrandecer su leyenda y subrayar la bella trama de su maldición. Jamás volverían a ser lo que fueron.El fútbol, como buen arte que se precie, también tiene sus artistas y, por ende, también tiene sus momentos para la adoración, sus leyendas y sus cantos de cisne particulares. Si la poesía tuvo a sus malditos, no se puede negar que el fútbol, y sobre todo la palabrería que lo encubre, está dispuesto a crear los suyos propios y es ahí donde aparecen leyendas de pupas, equipos que son así y cantos de cisne personales, como el que atribuyen al Atlético de Madrid en aquella soleada tarde de abril de 1975.
Sucedió aquel año que el Bayern Munich alegó incompatibilidad de fechas para no asistir a su duelo contra Independiente en la Copa Intercontinental, sucedió que el invitado para disputar el torneo fue el Atlético de Madrid y sucedió que en una temporada difícil, los rojiblancos aparcaron la liga para embarcarse en un viaje que terminaría por cambiar su historia.
El Atleti disputó un aburrido partido bajo las gradas de una abarrotada “doble visera” que terminó perdiendo por uno a cero después de ver como Balbuena anotaba un gol casi a la desesperada. El resultado, por corto e incierto, levantó el ánimo de una hinchada que no deseaba dejar de tocar el cielo con las manos y que abarrotó las gradas del Vicente Calderón para clamar a favor de su equipo. Era el día doce de abril de 1975 e Irureta no tardó en empatar la final con un cabezazo casi imposible llegando desde atrás. La ilusión se vistió de fiesta en el momento de besar la red un gol de Ayala y la fiesta se convirtió en leyenda cuando Adelardo levantó al cielo de Madrid la Copa que convertía al Atleti, durante una noche, en el mejor equipo del mundo.
El valor de aquella Intercontinental lo midió el tiempo. En aquellos años, los aficionados atléticos se habían ganado el derecho a soñar con todo y, según fue pasando el tiempo, se vieron obligados a conformarse con cada vez menos. Tras aquella remontada, tras aquella tarde de abril, ambos contendientes comenzaron a vivir más del pasado que del presente, y si bien Independiente aún vivió algunos años agarrado a la magia de Bochini, para el Atlético siguieron años en los que siguió siendo grande pero se fue haciendo más pequeño.
El Atlético cumplió su misión en parte por contar con una plantilla plagada de jugadores talentosos y comprometidos y en parte por tener sentado en el banquillo a un principiante que terminaría convirtiéndose en leyenda. Apenas unos meses antes, Luis, el interior derecho, había colgado en el vestuario las botas de jugador para ponerse el chándal de entrenador y convertirse en Luis Aragonés, el mister.
El mister que habló con sus jugadores, muchos de ellos compañeros, muchos de ellos amigos, y que les recordó lo grande que era aquel equipo. Volvía el Atlético de Luis, el de Gárate, el de Irureta, el del incansable Adelardo, el de las alineaciones de carrerilla. Aquel que un día fue el mejor equipo del mundo, el que durante unos meses llevó la etiqueta colgada del cuello y la paseó con orgullo por todos los campos de España; un Atlético de plata y oro, un Atlético intercontinental.
Dijo Goya, en plena ebullición hacia la locura, que el sueño de la razón produce monstruos. El transcurso de los años y el dolor de los fracasos han provocado más palabras que hechos en el entorno del Atlético de Madrid. Como el olvido es mucho más proclive a la mentira que los hechos tangibles, ha sido la ausencia de estos últimos la que ha colocado al Atleti un peldaño más abajo de sus pretensiones. Sus sueños, cada vez más grandes cuando el equipo se hacía más pequeño, produjeron monstruos muy difíciles de espantar. Primero fue el Pupas, después fue el victimismo arbitral, después fue el Infierno y más tarde la duda; “Papá ¿Por qué somos del Atleti?”. Conviene recordar, ahora que la gloria vuelve a estar tan cercana como lo estuvo antaño, que hubo una vez que cantó el cisne y la gente pensó que aquello era un certificado de defunción. El Atleti está vivo y de confirmarlo se han encargado los gritos nacidos desde lo más profundo del alma. Ahora, un enfermo no se cura con arrebatos de orgullo si no con medicina y cuidados. Los monstruos del equipo siguen vivos, eliminarlos de una vez por todas dependerá de una cuestión trascendental; “¿Seguimos creciendo o nos conformamos?”
Estas dos finales, como aquella del 75, bien pueden significar una redención o bien pueden convertirse un nuevo canto del cisne.