viernes, 14 de septiembre de 2018

La banalización del milagro

La verdad sólo tiene un camino y las derivaciones siempre confluyen en lo cierto. Las exigencias, más allá del listón, tienen la condición de poner a cada uno en su sitio y de aclarar el camino de las dudas. Pero, más allá de la exigencia, el peligro es cuando existe un interés sibilino por la imposición. Un día te dicen que no vales y al día siguiente te dicen que has de estar a la altura de los mejores, y solamente porque has crecido unos centímetros o porque has perdido unos kilos.

La plantilla del Atlético de Madrid es excelente, nadie lo puede negar. Cuenta con dos jugadores por puesto, todos ellos de sobradas garantías y tiene, sobre todo, alternativas diversas en el eje de ataque. Griezmann es, sin duda, una de las estrellas del momento y, por detrás, aparecen nombres como Saúl, Costa o Lemar. Tipos de características dispares que enriquecen el juego y ofrecen alternativas. Todo ello conjugado con otra media docena de tipos que serían titulares en la gran mayoría de los grandes equipos europeos.

Pero aquí habríamos de detenernos ¿Cuántos futbolistas del Atlético serían titulares en el Real Madrid o en el Fútbol Club Barcelona? Viene la reflexión a colación para poner en su debido cauce las exigencias emitidas sobre el Atlético y, por encima de él, sobre su entrenador. Exigido por el sueldo, por el pasado y por la inversión, a Simeone le obligan estar a la altura del Real Madrid y el Barcelona. Seamos claros y concisos, el Atlético, como bien dijo Simeone, puede quedar tercero perfectamente y eso no debería ser considerado como un fracaso ya que, porque mucho y bien que se haya reforzado, sigue teniendo por delante a los dos mejores equipos del mundo.

Está bien exigir, está bien poner el listón alto y está bien hacer saber a la plantilla que, más allá de los hechos, existen unos objetivos y que estos deben ajustarse siempre a la realidad. Que el Atlético de Madrid es un equipazo es algo que nadie pone en duda, que ganarle la liga al Madrid y al Barça es un milagro, también. Y quien diga lo contrario, miente.

jueves, 13 de septiembre de 2018

El cesto

Lo novedoso, por necesario, es, en ocasiones aliviador, por cuyuntural, es, en ocasiones, evocador y por estructural es, en ocasiones, conciliador. Todos nos agarramos a la novedad porque la novedad, cuando viene con aire fresco, nos convierte en tipos más soñadores, más consensuadores, menos críticos. El momento esperado es, generalmente, el lugar donde vive nuestro deseo y cuando observamos un resultado muy favorable queremos creer que sí, que por fin hemos retomado el camino correcto.

En esta nueva España de Luis Enrique se atisban los conceptos de un tipo que gusta vivir en la libre interpretación. Como el loco suicida que vive en su interior, sus equipos se visten desde arriba y juegan sin concesiones. Nada de balances ni basculaciones, presión alta, apoyos rápidos y balones directos. Jugando así, construyó un Barça fantástico que remató un triplete. Jugando así, quiere construir una España que se rubrique como memorable.

El camino, como todos, es largo y los rivales, como siempre, irán aumentando su nivel a medida que las exigencias vayan aumentando, pero algunos preceptos han quedado claros. No se va a dejar de buscar la portería rival, pero los veinte toques en el medio, si es posible, se van a convertir en cinco y los interiores, en lugar de encajarse en la línea de flotación, serán alfiles que jueguen a dar jaque con sus diagonales hacia el área.

El fútbol, más allá de los estilos, vive en los futbolistas. Es menester del buen entrenador el convertir a sus equipos en conjuntos de asociación. No todo depende del sistema sino de los jugadores con los que cuentes para ejecutar el mismo. La suerte del seleccionador es el amplio abanico del que puede disponer, su mejor virtud, por lo tanto, debe ser saber quienes son los mejores y hacer fluir sus mejores características. El cuatro, tres, tres, está claro, las piezas claves están señaladas y el camino se ha empezado con el pie correcto. Si todos creen en el proyecto, el proyecto puede ser ilusionante porque, aun sin los genios que ya se han ido, España sigue teniendo mimbres para construir un bonito cesto.

Vino bendecido

El aspecto físico, en muchas ocasiones, sirve como hilo conductor del reconocimiento. En esta nueva era en la que el Arsenal ha de rediseñar su estilo y viajar en busca de su identidad perdida, son muchos los que comenzamos preguntándonos quien era ese tipo de aspecto circense y pelo abultado que juega en el centro del campo de los gunners.

Matteo Guendouzi es un tipo improbable en un fútbol de avasalladores. No es el más rápido, ni el más fuerte, ni siquiera el más preciso, pero tiene una cualidad y es que sabe posicionarse. Al más puro estilo del mediocentro de toda la vida, ofrece una salida limpia de la pelota con la simple elección de colocarse en una posición entre los centrales. Ahí comienza a jugar, generalmente en corto y ahí comienza su juego de desahogos.

Está demasiado verde, no lo vamos a negar, aún no tiene asimilados los conceptos defensivos que requiere un tipo en su posición y debe ganar en fortaleza para convertirse en el amo de los balones divididos. Pero todo jugador tiene un comienzo. El de Guendouzi comienza con la confianza de un entrenador que ha obviado el fichaje de Torreira para confiar en un imberbe de diecinueve años. Su experiencia no iba más allá de un puñado de partidos en la segunda división francesa. Y ahora, de repente, se ve como titular en la élite de la élite. Como dijeron los sabios: algo tendrá el vino cuando lo bendicen.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

El conducto de la memoria

Las ausencias, como los recuerdos, son cantos de evocación que aparecen en los momentos de necesidad. Cada vez que aplicamos el conducto de la memoria, es cuando aparecen las sonrisas de apariencia porque, más allá de los logros, quedará el regusto de saber que se han conseguido de la manera más poética posible.

Entretenidos como estamos con la excelencia goleadora de esta nueva España de Luis Enrique, corremos el riesgo de tender a la exageración y obviar el análisis. Los partidos importantes, como los trascendentales, se juegan con el corazón, pero primero ha de primar la cabeza. Nos vanagloriamos ante el regreso de una furia goleadora que nos había querido dar la espalda cuando quizá no hemos querido a parar a analizar las causas antes que las consecuencias.

Aquella España de Lopetegui, grandes resultados mediante, era un poquito peor que la España de Del Bosque y Luis. Y lo era porque, en mitad del camino, varios de sus caballos había optado por regresar a sus cuadras. Nos quedamos, de repente, si los milagros de Casillas, el liderazgo de Puyol, la sobriedad de Xabi Alonso, la dirección de Xavi Hernández y la definición de Villa.

Quisimos sobrevivir a nuestros antepasados y lo hicimos con ilusión. En aquel equipo de entreguerras, liderado por las nuevas generaciones, Isco mediante, aún sobrevivía el aliento de tres tipos que insuflaron energía y destilaron fútbol por los cuatro costados.

Todo será vino y rosas mientras los soldados de Luis Enrique sean capaces de ejecutar el plan. Ya sea Inglaterra, Croacia o, quien sabe, menesteres superiores. Pero no debemos olvidar la etiqueta de favoritos con la que llegamos al último mundial y el trastazo que nos dimos para tener en cuenta que la prudencia, en muchas ocasiones, es más valiosa que la euforia.

Por ello, más allá de la ilusión, no debemos obviar que este equipo de Luis Enrique, al igual que aquel de Lopetegui, también es un poquito peor, porque, de buenas a primeras, nos hemos quedado sin la persoanalidad de Piqué, la magia de Iniesta y la capacidad asociativa de Silva. Las leyendas, al igual que los hombres, tienen un final. La diferencia con el resto de los mortales es que ellos tendrán un espacio en la memoria colectiva y sabremos recurrir a ellos cuando apliquemos, una vez más, el conducto de la memoria.

Una partida de cartas

Tener una naranja como mascota indica el atisbo de infelicidad de un país que vivía en transición y respiraba humos de vientos lejanos. España se estructuraba, poco a poco, después de una desestructuración social y política y jugaba a desperezarse después de cuarenta años de silencio. En octubre del ochenta y dos se celebrarían las terceras elecciones de la nueva etapa democrática, la Constitución cumpliría cuatro años y en las calles seguía escuchándose el runrún del miedo después del golpe de estado fallido durante el año anterior.
En junio, mientras las familias planeaban las vacaciones, miles de entusiastas llegarían al país desde diversos rincones del mundo para enarbolar banderas, ondear bufandas y enseñar mil gritos. Empezaba el mundial de fútbol y Naranjito, con su bizarra hoja suspendida en la cabeza, animaba a la juventud a practicar un deporte sano y respetuoso.
El mundial se jugaría en cuatro fases; dos de grupos, una elimatoria y la decisiva final. Un premio gordo para uno de los veinticuatro participantes cuyas aficiones llenaron las calles días antes del espectáculo. El partido inugural se programó para el día trece de junio; Argentina, como vigente campeón, se jugaría el orgullo ante Bélgica en un partido trampa. Tan traumática fue la preparación, que el equipo terminó perdiendo. Un día antes del partido, todas las selecciones ya descansaban en sus respectivos hoteles. España era fútbol y para ello se ideó una ceremonia de inauguración que mezcló lo hortera con lo innovador. Un desastre rematado por Plácido Domingo y su canto al mundo desde el centro del Camp Nou. Siempre nos quedaría, al menos, Pepe Da Rosa y su estrambótico canto a un país dormido.
Un día más tarde, el gobierno argentino presentó armas y se rindió ante Gran Bretaña en su desigual lucha por reconquistar el territorio de las Islas Malvinas. La derrota militar, unida a la humillación futbolística, sumió al país en una depresión de la que tardarían cuatro años en salir, Maradona mediante. El mismo Tango que había dado nombre al balón del mundial porteño, dio denominación a la pelota oficial del mundial de España. Adidas obtenía, así, una supremacía deportiva por encima de sus rivales y repartía beneficios al ritmo de las ventas de un balón de costuras impermeables.
Fueron más los que compraron el balón que los que acudieron a España para contemplar la primera fase de grupos. Salvo el anfitrión, con un par de llenos al que correspondieron con un fútbol discreto, ningún país logró reventar una taquilla en espera, quizá, de momentos mejores que llegarían con el paso de los días. Entre los más bulliciosos se encontraban los italianos, siempre tan pasionales y tan dados al ánimo cuando se trata de animar a los suyos en el camino hacia un sueño. Los tifosi venían de secar el agua de un cuello que habían puesto a remojo después de verse contra la cuerdas en un partido de clasificación ante Yugoslavia. Las dudas, como en todo gran campeonato, viajaron en el equipaje de los italianos como una mascota incómoda de la que no se pueden deshacer. Bearzot llevaba siete años en el cargo y aún había una mayoría que no creía en él. Y eso que el tipo aguantó estoicamente y se mantuvo en el cargo hasta que Francia le devolvió a la tierra en el césped mexicano, pero en su contra había demasiados malos recuerdos como para considerarle un tipo de fiar.
Los más viejos del lugar aún recordaban a aquel tipo silencioso que jugó varias temporadas en el Torino como defensa central. Un tipo correcto como jugador, un tipo correcto como entrenador. Nada más. Muchos acuciaban su falta de méritos para echarle en cara su suerte a la hora de obtener un caramelo tan jugoso como el puesto de seleccionador italiano. Pero el tipo, viejo zorro, callaba y callaba. No había sido un futbolista recordado, pero estaba seguro de que podía llegar a ser un buen entrenador. Y para ello contaba con una buena base; ni más ni menos que la del mejor equipo de Italia. Poco a poco, la columna vertebral de la Juventus de Turin se fue haciendo un hueco en el equipo nacional. Los comienzos fueron esperanzadores, con un buen cuarto puesto en el mundial disputado en Argentina en 1978, pero la desesperanza hundió al país en el pesimismo después de la desastrosa participación del equipo en la Eurocopa de 1980 en la que Italia acudió en calidad de anfitrión. Un ridículo así, y más ante tu gente, no es una buena carta de presentación de cara a todo un mundial de fútbol. Pero Bearzot aguantó el tirón y siguió contando con su bloque de acero. Peleó contra viento y marea y desoyó mil consejos; volvió a convocar a Paolo Rossi, a pesar de que el delantero llevaba dos años apartado del fútbol por un escándalo de apuestas ilegales, prescindió de Pruzzo, el delantero más querido del momento y se vio obligado a dejar en casa a Roberto Bettega, víctima de una grave lesión. Vistos los precedentes, era casi normal que cundiera el desánimo entre los aficionados italianos. Pero llegada la hora, como siempre, los tifosi no fallaron y anduvieron detrás de su equipo hasta el fin de los días.
Los primeros días dejaron goles y golpes. Los goles llegaron por parte de Hungría que, con su diez a uno a El Salvador del por entonces desconocido Mágico González, estableció la marca, aún vigente, de mayor goleada de la historia de los mundiales. Y los golpes llegaron por parte de la policía que, tras cada partido de Inglaterra, hubo de emplearse a fondo para apaciguar los más que encendidos ánimos de los hooligans.
Perú empató a cero con Camerún e hizo saltar la primera sorpresa en el grupo de Italia. Parecía que el camino iba a ser distinto al esperado si aquellos correosos africanos mostraban el mismo entusiasmo en cada partido. Bearzot dispuso un sistema en el que otorgaba libertad a sus tres hombres en punta e imponía una disciplina férrea para los siete hombres que formaban la defensa y el centro del campo. Marcajes individuales, balones largos, defensa protegida y contraataque fugaz. No dejaba de ser una variante del catenaccio de toda la vida. Y aquello no dio para mucho. Tres empates en la primera ronda que pusieron al equipo contra las cuerdas. Cero a cero contra Polonia en el primer partido. Uno a uno contra Perú en el segundo, despúes de pedir la hora y buscar resuello en el vestuario. No era un buen presagio. Camerún volvió a empatar con Polonia y dejaba el grupo abierto. Si Polonia ganaba a Perú, bastaba un empate con goles para eliminar a Camerún. Y Polonia ganó a Perú por cinco goles a uno desatando una furia que le llevaría hasta las semifinales.
Bastaba un empate a uno para pasar a la segunda fase e Italia comenzó haciendo los deberes con el gol de Graziani en el minuto sesenta. Quedaba media hora para guardar la ropa y empató Camerún cuando solamente había transcurrido un minuto. Una larga agonía bajo el sol vigués. Pero no ocurrieron más cosas; Italia se defendió, Camerún no supo atacar y los años pusieron en duda aquel empate que puso a la escuadra azzurra en la segunda fase de grupos. Los periodistas Roberto Chiodi y Oliviero Beha destaparon un rumor tan solo un año más tarde: aquel empate con Camerún pudo estar pactado de antemano. El asunto, que no llegó a mayores por las amenazas de la Federación Italiana, puso en entredicho un mundial que ya estaba manchado por la ignominia del absurdo empate entre Austria y Alemania en Gijón. A partir de entonces, todos los partidos decisivos de la fase de grupos se jugarían en simultáneo, dejando al margen cualquier atisbo de duda y cualquier denuncia por agravio.
No se libraron los futbolistas italianos, de igual modo, de ser procesador por delito fiscal una vez hubieron regresado a tierras transalpinas. Pero las anécdotas extrafutbolísticas quedan al margen de una historia que se había detenido en Vigo y que transcurrió tormentosa por los azares de la crítica. El fútbol había sido tan pobre que resultaba imposible no detenerse a analizar el simulacro de ridículo que había rozado Italia. Los periodistas, que se preguntaban qué hacía Pruzzo en Roma mientras Rossi no era capaz de generar una sola ocasión de gol, sumieron al equipo en un estado de sitio del que no salieron hasta el día en el que pudieron sacar pecho. El caos se hizo dueño de la situación, un titular exclamó "Putiferio Italia" tras uno de los empates y la plantilla se puso seria de puertas para adentro para no permitir una sola declaración de puertas para afuera.
Los más puntillosos quisieron ver el principio del fin en aquella apertura de fronteras que había derivado en la internacionalización del Calcio un par de años atrás. Se culpó una decisión que atrajo buenos futbolistas extranjeros, adujendo que aquellos le habían cerrado el sitio a los jugadores locales. La apertura que hubo de hacerse por sentencia del tribunal europeo, importó en el Calcio a una docena de fabulosos futbolistas que hicieron creer que otro juego era posible. Pero ese no era el juego de la Italia de Bearzot, más preocupado de no encajar un gol que de hacerlo en la meta rival. No revolucionario ni involucionario. El italiano de toda la vida.
Pero la tradición solamente gusta en Italia cuando se gana. Cuando se pierde, se tiende a señalar un culpable y hacer pasear su cabeza por el foro. Pero los jugadores de Italia no estaban dispuestos a permitir que se mancillase el nombre de su seleccionador. Amotinados en un hotel de vigo, el capitán, Dino Zoff, con el gesto compungido que siempre le había caracterizado, hizo saber que la plantilla rompía todas las relaciones con la prensa. Bearzot, respaldado por su plantilla, salió a la palestra y se dejó ningunear mientras sabía que, tras cada crítica, él se iba haciendo más fuerte. Y es que Bearzot era lo más parecido a un padre que aquellos jugadores tenían a mano. Bérgomi aún recordaba el día en el que celebró gol que cerraba una goleada ante un equipo inferior; le llamó al orden y le explicó la humildad como elemento esencial de la condición humana: "Hay que respetar a todos, en especial a los más débiles". Y Bearzot era el más débil en aquellos momentos ¿Cómo no protegerle ante la animadversión? Causio tomó las riendas e hizo de enlace entre la plantilla y la prensa. Era un tipo respetado, ídolo de la Juventus y futbolista venido a menos que aglutinaba sobre sus hombros todas las frustraciones del vestuario. "No le peguen más al entrenador", suplicó. "Si esto no sale adelante, nosotros seremos los culpables".
Mientras las portadas asomaban con el esperpéntico espectáculo del jeque de Kuwait o el pasteleo ofrecido entre Alemania y Austria en la denominada "vergüenza de Gijón", Italia lamía sus heridas y miraba al frente encontrando el horizonte más oscuro posible; en la segunda fase quedaría encuadrada con Argentina y Brasil. Ni más ni menos que la actual campeona por un lado y la máxima favorita por el otro. Tocaban los clarines y las faenas se presentaban en un ominoso cartel.
El equipo viajó a Barcelona tocado pero no hundido. Aún quedaban esperanzas en el equipaje y una buena ración de fármacos de los que hicieron uso en los días previos a las grandes citas. La caritina les permitiría aguantar una hora y media de esfuerzo bajo el insolente sol español. Había que buscar un medio y encontraron un modo. Aquello, la táctica y el talento. Todo cuenta, claro está. Sin talento no vale lo demás. Y eso lo sabía Bearzot quien, con su inseparable pipa, divisaba a sus jugadores analizando cual sería la manera más sencilla de desesperar al rival. No hubo descanso del guerrero. Mientras algunas selecciones aprovecharon el día de parón para hacer turismo, los italianos se encerraron en el césped de Sarriá y se comprometieron a ganar a costa de perder el último aliento.
Ante Argentina, Bearzot alineó el equipo base que el mundo terminó aprendiendo de carrerilla: Zoff, Gentile, Collovati, Scirea, Cabrini, Oriali, Tardelli, Antognoni, Graziani, Rossi y Conti. Los goles los marcaron Tardelli y Cabrini, pero el partido se ganó en el vestuario con una orden que terminó en leyenda negra para uno de los más duros marcadores de la historia del fútbol. "No te separes de Maradona", le dijo Bearzot a Gentile. Y Gentile se lo tomó a pecho. Persiguió a Maradona, le cuerpeó, le pegó, le insultó y le anuló después de comerle la moral bocado a bocado. El dos a uno final representó la realidad de dos equipos; uno quería ganar, el otro tenía miedo de perder.

El problema con el gol se había solucionado, el problema con el delantero seguía vigente. Nadie podía entender qué seguía haciendo Rossi en el equipo titular cuando adolecía de una falta de instinto asesino más que preocupante. Uno miraba a los otros delanteros del campeonato y se asombraba con la pasmosa facilidad del alemán Rummenigge para generar pánico en las defensas rivales. A simple vista, había una gran diferencia entre uno y otro.

Pero el problema defensivo ya estaba más que ajustado. Allí el líder era Scirea y aquel era uno de aquellos mandamientos de equipo y que no se debía romper por nada del mundo. Scirea era listo, fuerte, elegante. Un líder silencioso que barría su zona, jugaba con la facilidad de un centrocampista y de vez en cuando se incorporaba al ataque para hacer goles por sorpresa. En el banquillo, como si de un máster acelerado se tratase, un joven Franco Baresi asistía asombrado a las clases de brillantez que exhibía el mejor defensor de Europa. Más allá, el viejo Bearzot, pipa en ristre, sonreía satisfecho seguro de sí mismo por contar en sus filas con semejante talento defensivo.

El siguiente partido, ante Brasil, significó la explosión del frágil y vilipendiado Paolo Rossi. Más allá de aquel campeonato, Rossi no había demostrado muchas más cualidades que la de ser el típico oportunista; un ratón del área que rehusaba el cuerpo a cuerpo pero que buscaba las espaldas sibilinamente. Un buen puñado de goles en área chica le catapultaron al puesto de titular en la selección azurra y no fue hasta aquella tarde de Sarriá cuando vacunó tres veces al portero Valdir Peres cuando alcanzó la categoría de leyenda mundial. Los niños que crecimos un verano asombrados por la samba futbolística brasileña, quedamos aterrorizados ante el nombre de un tipo flaco que marcaba goles con la facilidad del ejecutor impío. Una parada a bocajarro de Dino Zoff a Paulo Roberto selló el final de un equipo fabuloso que perdió un partido ante Italia pero que ganó el mundial de millones de corazones. Los que habían dudado de la capacidad competitiva de Italia se iban a comer, una vez más, los puños y las palabras. Roma entera se echó a la calle, el resto de Italia le siguió en su fiesta y las tras las gafas oscuras de Enzo Bearzot, reflejando un estadio bajo un sol de justicia, se escondía la mirada de orgullo del padre que ve crecer a sus hijos.

Con la eliminación de los favoritos Argentina y Brasil a manos de la, a priori, débil Italia, el mundial quedó en manos de los equipos europeos. Igual que ocho años antes, en Alemania, lo que indicaba un cambio de tendencia en el mundo futbolísitco. La agresividad, el orden, la táctica y la técnica le estaban ganando al toque, la improvisación, la libertad, el baile. El feo le estaba ganando al bueno. Solamente faltaba saber si el vencedor final iba a ser el más malo. Y entre los malos destacaban la hosca Alemania y la eficaz Italia. Más allá del Brasil fantástico, el mundo se había enamorado de la bella Francia comandada por Platini. Pero los sueños de grandeza siguen siendo sueños rotos si se despierta antes de tiempo. Alemania le ganó a Francia en el último asalto e Italia le ganó a la loca Polonia por k.o. técnico. De nuevo apareció Paolo Rossi y aquella tarde del Camp Nou pocos dudaron ya de que se encontraban ante el mejor delantero del campeonato. El rodillo alemán tendría rival en la dudosa Italia que había llegado desde el infierno con visos de querer alcanzar el cielo. De menos a más, como un Ave Fénix, con furia de león y carácter de campeón.

Gentile había anulado a Maradona y a Zico. Quedaba una santidad para hacerse con el poder de la trinidad. No tenía Alemania un armador específico pero sí un tipo que aglutinaba el talento en las incursiones de último pase. Bearzot iluminó su pizarra para cumplir el sueño de una noche de verano y puso el nombre de Littbarski en el lugar de las prioridades. Gentile captó el mensaje y supo que Alemania sufriria si quería reivindicar sus aspiraciones a ser campeón del mundo. En la tele refulgía el verde del partido por el tercer y cuarto puesto. Polonia le dio la puntilla a una afligida Francia y el mundo se preparó para el final del espectáculo.

El día fue soleado, más que caluroso, como debiera haber correspondido a cualquier buen día de verano en España. Madrid respiraba fútbol; mitad blanco, mital azul. Alemanes e italianos, antiguos aliados de guerra que volvían a verse las caras para disputarse una batalla deportiva. En el cielo, las nubes flotaban en busca de un sol brillante. En el campo, veintidós valientes formaban con el rictus serio de quien quiere hacer historia. En el palco, Sandro Pertini y Helmut Schmitd, se ajustaban la corbata y franqueaban al rey de España con los nervios a flor de piel y el deseo en la punta de la lengua.

Cabrini falló un penalti. Era la primera vez que aquello ocurría en la final de un campeonato del mundo. Era un preámbulo de pasión que indicaba qué equipo buscaba y qué equipo guardaba. Italia dejaba de ser Italia y Alemania parecía un zorro asustado ante la escopeta de un cazador. El tres a uno final quedó sellado con una carrera inolvidable de Tardelli que aún perdura en el imaginario de todas las celebraciones de la historia del fútbol. Una jugada de Scirea en asociación con el mundo y un disparo con el alma de Marco Tardelli que se coló a la derecha de la portería de Schumacher, convertido días antes en villano del mundial tras un lance terrorífico con el francés Battiston.

No menos ostentosa fue la celebración de Sandro Pertini a medida que los goles iban cayendo uno detrás de otro en el ínfimo espacio de veinte minutos. Don Juan Carlos, atónito, y el señor Schmitd, circunspecto, asistían al baile del simpático presidente de la República italiana que se coló en los corazones de millones de espectadores. Rossi, que volvió a cerrar la boca de los agoreros, y Altobelli, ídolo interista, cerraron un resultado que solamente pudo maquillar Breitner desde el punto de penalti, repitiendo la escena de ocho años antes en Alemania pero con un resultado diametralmente opuesto. Italia, pese a los golpes, las palabras y las dudas, se convertía en la segunda tricampeona del mundo y el capitán Zoff, con su rictus de seriedad, se convertía en el jugador de más edad en levantar una copa de campeón mundial con cuarenta años.

Las controversias del mundial se reflejaron en dos fotografías que indicaban la solemnidad de quien se sabe triunfador en una batalla desigual. Nada más terminar el partido, el defenestrado Bearzot fue levantado en hombros y en su mirada se pudo descubrir la felicidad de quien se sabe poseedor de todos los secretos del triunfo. Meses más tarde, un elegante Paolo Rossi posaba junto a su Balón de Oro y en su mirada se pudo descubrir la satisfacción de quien sabe que ha regresado del infierno pese a que nadie le echó una cuerda para regresar al cielo en una escalada tormentosa. El triunfo de aquel equipo fue el triunfo de la fe, y como tal fue reconocido en un país acostumbrado a la exageración y en el que millones de personas dejaron sus planes para otro día y se echaron a la calle para recibir a los futbolistas que les habían hecho saborear la gloria.

Decenas de capitales del mundo se vieron invadidas por inmigrantes italianos, ávidos de ilusión y empachados de felcidad. Y cientos de ciudades, pueblos y barrios de Italia se llenaron de tifosis; los balcones de banderas, las calles de canciones, las casas de sonrisas, las instituciones de orgullo. Y en el avión de regreso a casa, mientras un grupo de jóvenes brindaban y un grupo de veteranos se hinchaban de satisfacción, cuatro personas se reunían alrededor de una mesa para disputar una partida de cartas que sellaba el final de un viaje con final feliz. Franco Causio, Dino Zoff, Enzo Bearzot y Sandro Pertini miraban sus naipes y los depositaban con la ilusión de quien quiere ganar hasta en los juegos de jardín. Bearzot, el hombre al que habían incapacitado para ganar un solo partido, recogió los naipes en señal de ganador. "Caramba", le espetó el Presidente de la República. "Ni a esto se deja usted ganar". Nadie ganó a Bearzot aquel verano. Nadie pudo con Italia cuando Italia quiso demostrar que no eran una banda sino un equipazo en toda la extensión de la palabra.

martes, 11 de septiembre de 2018

Vuelo sin motor

A menudo necesitamos recurrir a la imagen para intentar explicar lo inconcebible, necesitamos abocar a la epopeya para aludir la leyenda, necesitamos, una vez más, la reafirmación para ser capaces de cerciorarnos de que lo que vimos es igual que lo que creíamos que habíamos visto.

El remate de cabeza es un arte que, en su concepción más estética, se dibuja como una soberbia definición. Un centro medido, una pelota en el corazón del área y un tipo que dibuja saltos imposibles atacando el cuero con la fiereza de un felino. Así era Carlos Santillana, goleador de élite en tiempos de campos de barro y cabeceador impenitente. El tipo que más alto saltaba, el único hombre capaz de golpear de frente con un martillo pilón.

Han pasado los años y han sido muchos los prestidigitadores que han intentado suspenderse en el aire cual helicóptero de precisión, pero pocos, muy pocos, han sido los capaces de emular aquella suspensión aérea, aquella precisión en el golpeo, aquella furia que vivía en las sienes del futbolista que vistió la camiseta del Real Madrid durante diecisiete temporadas.

Alma de guerrero, condición de tanque, piquete arrollador y portador de ese espíritu que convirtió al Madrid en el equipo más temido del mundo. Heredero de una forma de ganar y precedesor de muchos tipos que colmaron su legado. Pero, más allá del presente, queda el recuerdo de un delantero centro en tiempos de fútbol directo. Aquel fútbol donde un balón al área era una batalla aérea y contar con el tipo más fuerte aseguraba, cada vez, una pequeña victoria. Santillana volaba por encima de todos y, generalmente, cabeceaba a gol. Era el seguro aéreo del Madrid. Su bombardero particular.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Dibujando sueños

Una buena pierna izquierda, una velocidad aceptable y una considerable capacidad goleadora son una carta de presentación lo suficientemente plausible como para tener en cuenta a un futbolista en el cuaderno de anotaciones. La mediatización de la promesa, tan dada siempre a la comparación exagerada, suele levantar hacia los altares a chicos que no han jugado contra hombres y a proyectos de hombres que no han jugado contra genios. La verdadera vara de medir, aquella que otorga la competición de alto nivel, es la criba que termina de separar el trigo de la paja, es la balanza que inclina a los elegidos y lanza hacia el pozo a los descartados.

Germán Pacheco llegó a España con quince años y muchos sueños. En el cadete del Atlético de Madrid formó una pareja imponente junto a Borja Bastón. Tanto les ensalzaron que no tardaron en llegar las comparaciones. Uno rápido es el nuevo Messi o el nuevo Fernando Torres, como si los genios, por ciencia infusa, nacieran cada año en cada rincón del planeta. Ambos, más acostumbrados a la glosa que a la crítica, terminaron quedándose por el camino. Borja, al menos, consiguió labrarse una carrera como jugador de Primera División, que no es poco, pero Germán inició un peregrinaje por el mundo que le condujo a media docena de países.

Todo comenzó en un derbi juvenil y se consolidó en un amistoso ante el Arsenal en el mismísimo Emirates Estadium. Ante el juvenil del Real Madrid hizo tres goles de diferente calado conduciendo a su equipo hacia el campeonato, ante el Arsenal fue a más y anotó un gol de bella factura mientras dejaba detalles de crack. Llegó el encumbramiento y llegaron las prisas. El chico quiso correr pero su carrera se quebró cuando llegó al Rayo Vallecano y comprobó que la segunda división es una categoría de tipos curtidos que no regalan caramelos. Pepe Mel no contó con él, el chico quería jugar y voló a Argentina, dos años y tres equipos después, regresó al Atlético, pero ni sus condiciones ni su cabeza eran la misma. Ya no estaba Borja, pero el filial tenía otros nombres y Pacheco no era uno de ellos. Hastiado de esperar se marchó a Rusia y desde Brasil aterrizó en Perú donde se hizo un nombre. Volvió a ser el niño de quince años que jugaba para asombrar, pero una liga menor nunca alcanza la repercusión de la élite. Tras un viaje de ida y vuelta regresó a Perú tras conocer la liga tailandesa y ahora apura sus últimas gotas de sudor en la liga boliviana. La vida de los hombres, a menudo, es la vida de los niños que soñaron en grande y se despertaron en el mundo real. El fútbol dibuja sueños pero solamente los futbolistas son capaces de llegar a cumplirlos.

jueves, 6 de septiembre de 2018

El chico al que compararon con Messi

Deslumbrar, en un momento puntual, puede llegar a ser fácil. Basta con que se den los condicionantes y el escenario sea el propicio para demostrar una valía. Chicos de tu edad, promesas en el hilo de su cumplimiento, potencia en las piernas, descaro en el alma. Cuando Quincy Owusu Abeyie disputó el mundial sub 20 de 2005, los expertos, aquellos tipos que rellenan libretas con datos y suelen excederse en el análisis, le pronosticaron una carrera exitosa y unas comparaciones sobredimensionadas.

En un campeonato en el que Messi gobernó con pie de plomo, el joven Quincy regaló un repertorio de detalles dignos del mejor malabarista. Acostado en la zona izquierda del ataque, el extremo de la selección holandesa fue un quebradero de cabeza para cada uno de sus rivales. Aquel campeonato lo terminó ganando Messi, pero para Owusu Abeyie se abrió un mundo de probabilidades tan extenso que ni el mismo supo abarcar.

Propiedad del Arsenal en aquel momento, el chico no supo aprovechar la oportunidad que Wenger le ofreció en sus primeros minutos. Celta de Vigo, primero, y Málaga después, se hicieron con su cesión, pero empezó a quedar claro que el fútbol de los mayores le venía grande a un chico que pareceía querer seguir siendo un niño. El peregrinaje le llevó a Rusia, a Inglaterra, a Gales, a Grecia y, de nuevo, de vuelta a Holanda intentando reverdecer aquel laurel que floreció en Amsterdam cuando era un mero imberbe.

Las promesas, en ocasiones, son palabras huecas que desviste el tiempo y congela la memoria. Las promesas, cuando son a lo grande, se convierten en cristales rotos cuyos resquicios se van desparramando por el suelo a medida que encontramos un recuerdo puntual. Echando la vista atrás, rresulta difícil no sorprenderse con aquellos regates espectaculares. Echando al vista adelante, conviene guardar prudencia ante la próxima aparición. No muchos pueden ser estrellas. Casi ninguno puede ser Messi.

martes, 4 de septiembre de 2018

Obligatoriedad

Cuando Messi toma la batuta, cuando el genio se da cuerda a sí mismo, cuando el aparato empieza a moverse, cuando el fútbol desborda a la lógica, el Barça, más que un equipo, se convierte en una coral. Cuando se dan las situaciones propias y las ajenas; virtuosismo en la combinación, implicación en la presión, imaginación en la elaboración y aparición de espacios, cualquier equipo menor puede irse a casa con un saco de goles. El Huesca, que jugó alegre pero pecó de bisoñez y osadía, perdió, pero se llevó a casa la sensación de haber obligado al Barça a ofrecer su mejor versión. Hay muchas maneras de morir pero en definitiva, la derrota son cero puntos igual con uno a cero que con ocho a dos. Teniendo en cuenta que en estos partidos no hay nada que perder y mucho que ganar ¿Es mejor jugarse el tipo mirando al monstruo a los ojos y es necesario escabullirse con la mirada baja? Quien no lo intenta, dicen, no lo consigue. El problema es que, ante Messi y la inspiración del talento, hacen falta mucho más que bemoles para conquistar la plaza. Una nueva temporada y la pulga sigue en plan show. Los premios, pensará, se los dejo a otros, el fútbol, sabrá, sigue siendo suyo. El camino de regreso al podio pasa por actuaciones estelares y por el reencuentro del éxito continental. Messi, al igual que el Barça, saben que golear al Huesca es un ejercicio de obligatoriedad, pero deben saber, sobre todo, que pasar el muro de la Roma o la Juventus de turno, es un ejercicio de necesidad.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Las alarmas

Para quien dice que Simeone no recibe críticas, basta con leer los editoriales posteriores a la última derrota. Como todos los estilos, cuando triunfan, el suyo también tiene un séquito de apostadores de la espera que se esconden agazapados tras la esquina del rencor. Nadie es capaz de alcanzar la cota más sublime sin haber pisado terreno escarpado, nadie es capaz de redimirse sin haber pasado antes por la calamidad de la derrota. Lo que necesita el Atlético, más que condiciones, es juego y, sobre todo, saberse en posición de afrontar los retos desde la altura que le corresponde. Desde luego, con este inicio nada prometedor, lo único que parece claro es que las alturas dan vértigo y las responsabilidades producen sordera.

Es preocupante el juego y es preocupante, sobre todo, el estado físico de algunos jugadores. El mismo grupo que hace tres semanas le aguantó un envite a cara de perro al mismísimo Real Madrid, ahora arrastra sus excesos por el césped. El sábado, en un partido sin trueno ni guión, el Celta condicionó el juego y, sobre todo, condicionó el resultado porque supo ser más preciso y, sobre todo, más incisivo. Nadie sabe si la tendencia será a la baja o si, como el analgésico que vive de la efervescencia, el Atleti está pasando por un periodo de baja presión. Es la parte baja del tobogán del éxito, la borrachera es difícil de digerir y los periodos de resaca suelen dejar más suciedad y malestar que advenimiento y concordia. Y este Atleti, como Fuenteovejuna, necesita ir siempre todos a una.

Que nadie se engañe porque la fórmula del éxito perpétuo no está en manos de ningún alquimista. Igualmente, que nadie se alarme, porque la filosofía de Simeone, más allá del fútbol, se extiende a la vida. Jugar como se vive, vivir como se sueña. Trabajo, fe, esfuerzo. Y saber que, tras cada esquina, como le ocurre a los triunfadores del estilo contrario, habrá una pléyade de tipos que, más por inquina que por procedimiento analítico, estarán deseando su fracaso. Porque la vida no es una alfombra mágica sino una montaña rusa. Y cuando se disparan las alarmas, pesan más los miedos que las esperanzas.