
El
Barça ha sido durante muchos años un club a la deriva, rodeado de una
masa social con un pesimismo recalcitrante y con tantos complejos que no
era capaz de mirar hacia el frente y buscar las ciento una oportunidades
que tenía frente a sus ojos. En sus dos mayores agonías, un tipo
huesudo, de mirada intuitiva y andares chulescos llegó a la ciudad para
salvar la catástrofe. Primero llegó como jugador
y abrió los ojos al aficionado. La segunda vez lo hizo como entrenador e
instauró un monumento en el Camp Nou. Porque aquella manera de jugar el
fútbol se convirtió en una patente tan particular que, durante años, no
hubo equipo capaz de imitar el estilo.
La revolución iniciada
por Cruyff se explica mejor desde la derrota que desde la victoria. Hoy
todos los clásicos mencionan al Ajax de los setenta y el cero a cinco en
el Bernabéu como los principales puntos de inflexión del fútbol en
general, primero y, segundo, del Barcelona en particular. Pero el camino
se inicia el mismo día que Alemania le gana la final de la Copa del
Mundo a Holanda y el planeta termina de soñar con utopías.
El
modelo de fútbol total holandés fue engullido por un grupo de alemanes
que, justo ese año, empezaron a dominar la Copa de Europa. En el setenta
y ocho, la aguerrida argentina volvió a vencer a Holanda justo en el
momento en el que el fútbol británico, tan directo y emocional, empezó a
dominar el continente. Cuando la década de los ochenta llegaba a su
fin, y los equipos italianos se habían apoderado del fútbol
convirtiéndolo en un aburrido ejercicio sin lugar a la improvisación, no
quedaba ningún vestigio de aquella revolución que había comenzado en
Amsterdam un par de décadas antes.
Para entender el Cruyffismo,
habremos de situarnos en una de las fechas claves de la historia del
fútbol moderno. Una simple final de Copa podría haberlo cambiado todo.
El presidente Núñez había llegado a un acuerdo para el regreso de
Venables y la cabeza de Cruyff, ya entrenador del Barcelona, pedía del
hilo del resultado. Una derrota en aquel partido contra el Madrid, y el
holandés regresaría a casa como un loco iluminado que fracasó en el
intento. Y aquel no era un Madrid cualquiera, era el mismo equipo que
había arrasado en la liga anotando ciento siete goles e igualando el
récord de cinco ligas ganadas de manera consecutiva. Prácticamente
invencible en España.
El resultado final de aquel partido ha
quedado en el tiempo como una mera anécdota comparado con las
consecuencias del mismo. El Barcelona no solamente ganó un título, sino
que ganó un estilo. Cruyff se mantuvo en el banquillo e impuso un
magisterio que aún, a día de hoy, impera en el libro de estilo del
Fútbol Club Barcelona. Un estilo al que agarrarse en los malos momentos,
un estilo que pasa por la circulación del balón, la apertura del campo y
la presión alta. Un estilo que ha convertido al Barça en el club más
reconocible a nivel mundial.
Pero el camino hacia la excelencia
no fue fácil. Mientras el Barça plasmaba en el césped una manera de ver
el fútbol menos superficial de lo que estábamos acostumbrados a ver, en
las grandes competiciones, los rudos alemanes y los precavidos
italianos seguían dominando el fútbol. Para colmo de males, el
tradicionalmente exquisito Brasil vulgarizó su juego y aquel paso atrás
le sirvió para ganar su cuarto campeonato mundial. Como para no creer en el
juego de precaución y choque. Mientras Barcelona se convertía en la
aldea de Astérix, el fútbol mundial viraba hacia un lugar muy efectivo
pero mucho más antipático.
El equilibrio, ese grial tan deseado
por miles de entrenadores a lo largo de la historia, para Cruyff
significaba tener la pelota. Para ello, apostó por un tipo de jugador
que estaba en las antípodas de lo moderno. El tipo pequeño, liviano, con
el centro de gravedad bajo que utilizaba la cabeza antes que el cuerpo y
ejecutaba lo que le pedía la inteligencia antes de lo que le pedía el
corazón. Todo era cuestión de pensar. De saber pensar.
Bajo la
premisa de la técnica y la inteligencia antes que el físico, llegaron a
la Masía chicos como Iniesta, Cesc o Messi. Pero antes que ellos ya
había llegado Xavi. Xavi era, sin saberlo, el más cruyffista de todos
los futbolistas. Su batalla, como la de Cruyff, fue la más dura de
librar. Cuando subió al primer equipo, el reinado de Guardiola
languidecía y todos le señalaron como el nuevo cacique del centro del
campo. Con unas condiciones técnicas más dotadas para la libertad que
para la sujeción, Xavi sufrió en sus carnes la ira de los predicadores.
Ni tenía el físico ni las condiciones para jugar como pivote y, sin
embargo, en cada partido se dejaba el alma, daba un clínic con la pelota
e intentaba esconder sus defectos con una mal entendida capacidad de
sufrimiento.
Las entreguerras nunca fueron un periodo
fructífero para el Barça, pero terminan siendo positivas porque le
obligan a mirar atrás. Y atrás está Cruyff. Está el estilo. Y Xavi era
el alma de ese estilo. Entenderlo solamente era cuestión de encontrar a
la persona adecuada. Rijkaard dotó al Barça de ese equilibrio cruyffista
del que adoleció durante un lustro e hizo regresar el fútbol por la
puerta grande al Camp Nou. Lo que reinició Rijkaard lo sublimizó
Guardiola y raramente se hubiese entendido dicha sublimación sin la
presencia en el equipo del pequeño Xavi Hernández.
La
revolución de los pequeños condujo a la selección española a un cambio
de estilo y mentalidad. Dirigidos por el ya consagrado Xavi, una
maravillosa sinfonía integrada por tipos antes improbables como Iniesta,
Cesc, Cazorla, Mata, Pedro, Silva y Navas, entre otros, consiguieron
hacer realidad los sueños imposibles del aficionado español. España no
solamente fue campeona de Europa y del mundo, lo fue con un fútbol tan
espectacular que enseñó al resto del mundo que aquello que pintaban como
una bicoca; lo de jugar bien y ganar, era posible.
Esa España
no hubiese sido posible sin Cruyff. Él sentó las bases de un fútbol que,
aunque nos parecía quimérico, se convirtió en una seña de identidad.
Primero en Barcelona, después en España y, seguidamente, en el resto del
mundo. Cuando Alemania perdió frente a España la final de la Eurocopa
de 2008, Joachim Low supo que aquel era el estilo a imitar. Durante años
el fútbol se había empeñado en el choque y continuación. Un estilo muy
respetable. Hubo entrenadores que quisieron imponer la belleza, pero se
dieron de golpe contra el pragmatismo. Les llamaban soñadores y
románticos. Como si soñar con el romanticismo fuese pecado. Pero cuando
los profetas de lo aburrido dejaron de ganar, volvieron la vista hacia
lo bello y cayeron en la cuenta de que la funcionalidad no debía estar
reñida con la estética.
Entonces, la Alemania que durante años
había vivido de la segunda jugada, la que competía cada parcela del
centro del campo con un puñado de músculo, la que anotaba un gol tras
cada bostezo, la que había ganado a Holanda la final de 1974, se
convirtió en campeón del mundo tratando la pelota como si fuese un
tesoro, dejando para la historia un uno a siete a Brasil en su propia
casa que se convertirá, por derecho, en uno de los tesoros de la Copa
del mundo. Díganme ustedes si eso no es una victoria del Cruyffismo.