viernes, 4 de enero de 2019

El dueño del espacio y el tiempo


Si el fútbol fuese tan sencillo como algunos futbolistas nos hacen creer, entonces todos seríamos profesionales del balón. Aquellos que nos engañan sobre la sencillez del juego son los mismos prestidigitadores a los que admiramos cada domingo, porque en su magia vive la esencia del juego. Porque en sus botas sobreviven las lecciones básicas del fútbol.

Alguien dijo que en el fútbol lo más normal es equivocarse. Es un análisis sencillo puesto que todos sabemos que el fútbol es un juego de errores. Sin errores no hay aciertos. Sin aciertos no hay espectáculo. Como remedio contra el error, Cruyff recetó algo muy sencillo: dale siempre la pelota al compañero mejor situado. Y eso, que parece lo más fácil del mundo y que conlleva tres simples pasos; recibir, mirar y descargar, termina siendo lo más complicado porque la mayoría de los futbolistas se empeñan en ser héroes por su propia cuenta mientras no son conscientes de que la única manera de alcanzar a la heroicidad es la de jugar en equipo.

Si alguien conoció a la perfección todos los secretos del juego, este fue Andrés Iniesta. Con esa manera suya de flotar por el césped, con esa aparente endeblez física y esa engañosa debilidad de espíritu, muchas veces pudo parecer inocuo; pero siempre estaba. Siempre aparecía para aclarar la jugada, siempre, para desequilibrar con un regate certero o una conducción prodigiosa, siempre, para situar a su equipo de cara a la meta contraria. Su secreto, aparte de una calidad técnica prodigiosa, fue una asombrosa concepción del juego. Ese punto extra que vive en la cabeza de los más grandes.

Dijo Guardiola que ningún otro futbolista maneja el espacio y el tiempo como Iniesta. Observando como acude siempre al lugar preciso, como encuentra siempre la pelota de frente, como gira hacia campo libre cuando se siente presionado, como descarga siempre hacia el lugar preciso y como aparece siempre para detectar el error del rival, podemos decir que Guardiola tiene toda la razón del mundo. Nadie lo ha hecho tan fácil como Iniesta. Pero no intenten jugar como él; hay especies que son clasificadas como únicas porque, simplemente, son genética y matemáticamente imposibles de igualar.

El club de los malditos

John Keating pasea intransigente ante los asombrados alumnos y les espeta una proclama que ha de convertirles en audaces devoradores de sueños; “Hay que desafiar la adversidad, enfrentar al enemigo sin temor”. No hay mayor enemigo que el miedo y el prejuicio. No hay mayor desafío que el de renacer de las propias cenizas.

Como un poeta muerto en vida, Santi Cazorla renació de sus cenizas para demostrarle al mundo que el fútbol no entiende de dramas cuando el corazón y la cabeza encuentran el equilibrio. La de Cazorla es la historia del hombre que encontró el infierno y tuvo la voluntad suficiente para reescalar la montaña. Voluntad de fuego, espíritu de competición. Ha perdido la chispa que le convirtió en imprevisible, pero ha encontrado el equilibrio entre el esfuerzo y la comprensión; sabiendo leer el juego encontró la espalda de Marcelo en media docena de ocasiones, en dos de ellas logró batir a Courtois para redimirse. No existe mejor escenario en el mundo para la reivindicación que un partido ante el Real Madrid, porque allí donde pinta en blancas, las cosas cotidianas pueden convertirse en gestas y los pequeños tropiezos en tragedias sin solución.

No encuentra el Madrid el juego porque no encuentra la consistencia defensiva. Puede parecer un oxímoron, pero nada otorga más confianza que la victoria y la puerta a cero. El Madrid juega con la duda constante de saber que hay un agujero a su espalda y eso resta confianza. Sus piezas clave, además, están en un bajón de forma. Nada nuevo en los últimos diciembres; el Madrid juega a sestear para confundir a sus rivales hasta que el modo Champions despierta sus instintos. En febrero, cuando las habichuelas se jueguen en un todo o nada volverá a ser el equipo más peligroso de Europa, porque sacará el colmillo y buscará la sangre. Hasta entonces, bien vale mantenerle lejos. Ya son siete puntos y la sensación de que esta liga se le puede volver a poner muy cuesta arriba.

Quien, durante muchos minutos tuvo la liga muy cuesta arriba fue el Manchester City. Viajamos más al norte donde se dirimió uno de los duelos del año en un partido trepidante. El Liverpool anotó un golazo para empatar y ponía las cosas muy difíciles. Eran siete puntos y la sensación de que remar iba  a ser harto complicado, pero entonces apareció otro de los poetas malditos para rescatar a su equipo del desastre. Leroy Sané es un proscrito con cintura de bailarín. Ante un equipo que juega en tromba, al igual que hizo Cazorla con Marcelo, el City ganó desde los extremos. En constantes duelos a la espalda del lateral, Sterling y Sané castigaron a un Liverpool competitivo que vendió cara la derrota.

Hace unos meses, Sané saltaba de la concentración alemana y se quedaba sin disputar el mundial. Se le acusó de indolente, de irresponsable y de enfrentadizo. Claro está que es decisión de un entrenador el separar la paja del grano, mucho más en un torneo tan comprimido donde la compenetración es tan importante como la permeabilización de conceptos. Lo que ocurrió después dejó a Löw en calzones y a Sané en el santoral de las probabilidades. El fútbol ficción es puñetero porque siempre juega con la ventaja de lo que nunca ocurrirá. La imaginación es selectiva y Sané llegaba en un gran momento. "Carpe Diem", le hubiese dicho John Keating. Y quizá Löw hubiese cambiado de opinión aunque su equipo estuviese destinado a caer igualmente en primera ronda. Guardiola ha sabido aprovechar el momento y, sobre todo, ha hecho saber al futbolista que los momentos se pintan para ser aprovechados. Partidazo y gol. Los malditos, a veces, también encuentran su bendición.

jueves, 3 de enero de 2019

El último cromo

Hay estampas que te marcan la vida. Pequeños objetos, sin más valor que el sentimental, que te hacen recordar siempre un momento, un instante, una situación. Cuando me hablan de Alberto Górriz, yo vuelvo a estar en la terraza de mi casa. Aquel cromo, tan deseado como imposible, apareció en el último sobre de la última compra del verano.
Yo era un niño común en la España de los ochenta. Bocadillo a media tarde y un rato de fútbol en la calle después de los deberes. En verano, como la mayoría de los niños del barrio, coleccionaba los cromos de la liga de fútbol. Las colecciones eran frustrantes porque, más allá de algún logro personal, generalmente el álbum quedaba muy lleno pero siempre incompleto. Eso fue así hasta la temporada 1988-89. Yo ya tenía doce años y mi habilidad para negociar había ido en aumento. Así, entre compras e intercambios, llegué al comienzo de temporada con todo mi álbum repleto excepto un sólo cromo; Alberto Górriz, defensa central de la Real Sociedad.
Aquello, desde luego, no parecía misión imposible. No era un último fichaje y no tenía por qué ser un cromo difícil de conseguir. Pero vaya si lo fue. Bajaba a la calle, cambiaba de barrio, iba de un parque a otro, y ningún niño tenía a Górriz. Llegué a ofrecer todo mi taco de cromos repetidos. Eran bastantes. Con muchos de ellos, para iniciar nuestra propia competición, confeccionábamos equipos de chapas haciendo el redondel con monedas de veinticinco pesetas. Pero esa es otra historia.
Mi historia termina una tarde finales de agosto. Mi padre me dio cien pesetas y yo compré cuatro sobres. No solían ser tan espléndidos nuestros progenitores, pero había días en los que les pillabas de buenas o simplemente ellos consideraban que te los habías ganado. Compré cuatro sobres pensando que serían los últimos del verano, que empezaría la liga y la colección terminaría. Y quedaría ese hueco en blanco correspondiente a Górriz, defensa central de la Real Sociedad. Pero Górriz apareció en el último de los sobres. Creo recordar que fue el segundo cromo, quizá el tercero. Recuerdo una sensación de júbilo contenido y una ilusión como recuerdo pocas. Los logros, en la infancia, se sienten el doble y se recuerdan el triple. Seguramente sea eso lo que me lleve a exagerar, pero aquel momento fue uno de los más felices de mi vida. Parece inexplicable, pero es así.
Y es que existen pequeñas estampas, pequeños momentos que nos marcan la memoria. Una fuente de agua en el parque para apagar la sed, un gol en el descampado contra la pandilla rival, un tebeo de Tintín en la biblioteca municipal y un último cromo para completar una colección. La infancia es el lugar de los sueños y la madurez es, simplemente, el lugar de los recuerdos.

Control contra vértigo

Los equipos ganadores conjugan la ambición y la intensidad con el primor de quien tiene el ahínco de la búsqueda constante. Es la necesidad de ganar, de querer ganar y de demostrar que se quiere ganar, para ello, no sólo se necesitan unas piernas fuertes y un corazón amplio, talento aparte, ya que se da por presupuesto, la cabeza debe funcionar como un reloj y no perder el deseo de victoria; ese sentimiento inócuo que los expertos llaman hambre. Se trata de poner a funcionar la maquinaria y tomar la velocidad de crucero. Así, puerto a puerto, la consigna se irá cumpliendo y, si el físico, en forma de lesiones o cansancio, respeta y el miedo, ese atroz monstruo que atenaza, no aparece, se podrá llegar a la orilla sin riesgo de ahogamiento.

El Liverpool es un estado de ánimo en toda la extensión de la palabra. Tiene una fe tan ciega en sus posibilidades, que juega a mil por hora sin pensar en las consecuencias. Ha impuesto un ritmo tan alto, que ni el propio Manchester City de Guardiola ha sido capaz de seguir. Maneja los tiempos con soltura y, sobre todo, mantiene en cada futbolista la mirada asesina de quien quiere seguir cobrando víctimas. Diecisiete victorias en veinte partidos y la sensación de que está ante una oportunidad histórica. Hace ya treinta años desde que campeonó por última vez; treinta años esperando un título que, años ha, se había convertido en propiedad privada.

Existe una sensación, parecida al miedo, que debe recorrer la espina dorsal de cada uno de los aficionados red. Por ello, el partido de esta noche se puede convertir en una prueba de fuego con tintes casi definitivos. De poder distanciar al City en diez puntos, es más que posible que los liverpudlians puedan volver a soñar a lo grande. Hace cinco años, con una Premier casi ganada y unas botellas casi descorchadas, el equipo se vino abajo y las opciones se esfumaron de la manera más abrupta. Es el miedo al vacío; cuando la necesidad de ganar puede más que la necesidad de jugar. Las huestes están preparadas y se enfrentarán a su propia vida mirando a los ojos del destino. Si algo saben Guardiola y Klopp, es que en los partidos clave es cuando aparecen los jugadores de verdad. Será control contra vértigo, pero será, sobre todo, deseo contra realidad.

miércoles, 2 de enero de 2019

Rensenbrink al palo

Las sospechas estaban fundadas, las caras eran largas y los ojos, en cada ciudadano local, se mostraban vidriosos. Había enfados ajenos, pero Argentina era una fiesta, aunque preferían guardar el champán por si acaso las hadas les eran desfavorables.

Los argentinos vivían sumidos en el pánico pero con la esperanza de alcanzar la gloria con lo único sagrado que les une como pueblo; la pelota. La dictadura había preparado un mundial desde el silencio y el planeta fue cómplice de las torturas al tiempo que los futbolistas viajaban en primera clase.

No fue un mundial demasiado vistoso, aunque sí dejó la aparición de tipos que, años después, dominarían el fútbol con el arma de la virtud. Platini, Rossi o Zico se dieron a conocer en aquel invierno austral y anticiparon lo que habría de ser el mejor mundial de sus vidas en la madre patria. Entre ellos, se colaron dos tipos que, gol a gol, hicieron fortuna mientras la fama los arrastraba a lugares menos comunes. Kempes fue un matador de área chica con la fortaleza de un paquidermo, Rensenbrink, más liviano y astuto, hizo carrera, gol a gol, mientras miraba de reojo el éxito de sus coetáneos.

Ambos se citaron en la final y ambos se erigieron en protagonistas por razones diferentes. Holanda había ido de menos a más, como las grandes campeonas, se vio en el apuro de un empate solventado a última hora ante Escocia en la primera fase y, cuando las exigencias subieron al máximo, se vio en condiciones de tumbar a Italia y Alemania para colarse en su segunda final consecutiva.

Argentina fue mucho más irregular. Acuciado por los resultados ajenos, no se esforzó en demasía para mandar a Italia al grupo europeo y, cuando hubo de golear a Perú, retrasó su partido para, de forma más que misteriosa, terminar ganándolo con una renta de goles mayor de la necesaria. Por eso las sospechas eran fundadas y los ojos de los argentinos se mostraban vidriosos. Había final a la vista y, una vez allí, nadie se iba a parar a hacer recuento de posibles irregularidades.

Fue entonces cuando aparecieron Kempes y Rensenbrink. Para uno, la gloria, para el otro, el infortunio. Cuando Nanninga había empatado en los minutos finales de partido, toda Argentina había quedado bloqueada. Aquel miedo a la derrota se traspasó a los jugadores y ninguno de ellos fue capaz de mantener la concentración hasta el último minuto. Nadie recordaba ya la lluvia de papelitos, ni la explosión por el uno a cero, ni los cánticos de celebración que conmemoraban a los campeones. Arie Haan, el bombardero de Finsterwolde, puso una pelota en el corazón del área argentina, Jorge Olguin, defensor de San Lorenzo, se confió en exceso y dejó pasar la pelota hacia la línea de fondo y Rob Rensenbrink, el goleador del Anderlecht, atacó la pelota con fe y probabilidades. Fillol salió tarde, una vez fue consciente de que su defensa no iba a despejar la pelota y el delantero tocó el balón con la puntera. La trayectoria fue corta pero agónica, apenas un metro y medio, casi desde la línea de fondo y un ligero bote por el camino, cuando todo el país se había tapado los ojos y media europa se teñía de naranja con un gol que salvaba el orgullo continental, la pelota pegó mansamente en el palo y retrocedió hacia el interior del área donde Gallego la pateó como pudo rumbo a saque de banda.

Era el minuto noventa y uno y no hubo tiempo para mucho más. La ansiedad tornó en esperanza, el miedo tornó en ilusión, el hundimiento se convirtió en victoria. La moral regresó a las tropas y Kempes volvió a perforar la portería de Jongbloed. Diez minutos después, Bertoni refrendaba la victoria con un gol a bocajarro. Volvieron a caer mil papelitos, volvieron a sonar mil gritos y Argentina volvió a renacer desde el lugar común de sus mejores sueños; la pelota. Todos aquellos que, alborozados, llenaron las calles de buenos Aires, olvidaron que, durante un par de segundos, su respiración se había cortado y su voz se había apagado. Fue el instante que pudo cambiar el mundo, el momento en el que Rensenbrink había creído en una pelota imposible y había mandado su disparo al palo.

Talento y descaro


Solo para quien haya sido coetáneo del erial que vivió el fútbol español en los años setenta y ochenta, está conceptualmente preparado para recordar la dimensión que adquirió Emilio Butragueño en una época en la que la selección topaba siempre con muros infranqueables y nuestros equipos se estrellaban siempre que se encontraban en Europa con los portentosos alemanes o los infranqueables italianos.

Ante aquel panorama de invisibilidad, la figura de Emilio Butragueño significó un oasis de esperanza para nuestros corazones. Por vez primera en muchos años, un futbolista español se colaba en las listas de candidatos a los grandes premios; desde su debut al estrellato definitivo hubo algunos goles memorables y, sobre todo, una actuación inolvidable en el partido de octavos de final en el mundial de México; en aquella noche española en la que los niños trasnochamos para ver su exhibición ante la gran Dinamarca de Michael Laudrup, Morten Olsen y Elkjaer Larsen.

La presencia de Butragueño se convirtió en habitual de las tertulias de sobremesa. Era un chico guapo, educado, discreto y que jugaba al fútbol con una inteligencia pocas veces vista. Y además ganaba, y ganaba mucho. Lideró, junto a sus amigos del Castilla, un equipo que conquistó cinco ligas consecutivas y, además, entusiasmó al madridismo gracias a un fútbol de alta escuela y cientos de goles de bella factura. Y aunque aquel equipo se siguió estrellando contra los portentosos alemanes y los infranqueables italianos, dejó el poso de un fútbol que poco a poco se fue imponiendo en una liga que, años atrás, gustaba de balones largos, posesiones cortas y jugadores corajudos.

El declive de Emilio Butragueño coincidió con el declive de aquel equipo inolvidable. Llegó Cruyff para revolucionar el fútbol y la victoria tomó el puente aéreo por vez primera en muchas décadas. De repente, las jugadas dejaron de trenzarse, los regates dejaron de salir y los goles desaparecieron en vanos intentos que no alcanzaban el área. Cuando el duende se apaga, la depresión invade al grupo. Fue por ello por lo que cuando Jorge Valdano se hizo cargo del Madrid como entrenador, tuvo claro que toda resurrección pasa por una sonora revolución. Sentar al ídolo no era fácil; Butragueño llevaba once años en el primer equipo, había ganado una docena de títulos y había anotado más de ciento setenta goles. Pero, sobre todo, quedaba el recuerdo del tipo que les hizo soñar en grande después de muchos años. Por ello, si alguien habría de sustituirle, debía ser un jugador que, de verdad, valiese la pena.

Un futbolista que llega desde atrás debe reunir dos condiciones; talento y descaro. Al futbolista de la cantera, a la larga, le mirarán con la lupa de la exigencia. El Real Madrid ha devorado tantas promesas que creer en un chico nuevo era más un ejercicio de autoconvencimiento que de ilusión propiamente dicha. Pero Raúl llegó para quedarse. Y vaya si se quedo.

Si algo quedó claro desde el primer día es que Raúl no era Butragueño. Venía para heredar el número siete, pero sus características eran diametralmente opuestas. Butragueño vivía de la pausa, de la combinación, de la generosidad. Raúl, sin embargo, era mucho más voraz. Superaba en el juego sin balón a su predecesor, era menos hábil pero sabía cómo encontrar el gol desde cualquier rendija.

Pasado el tiempo, la perspectiva nos presenta a un futbolista de época. Si algo tuvo Raúl para asentarse en la élite, fue su enorme capacidad para no demostrar sus debilidades. Cómo no era veloz, buscaba el espacio en el área, como no era fuerte, jugaba generalmente a un toque, como miraba a los porteros antes de recibir el balón, generalmente lo colocaba en lugares imposibles, como intuía el movimiento de los defensores, siempre llegaba el primero al remate, al rechace y al desmarque. La intuición, ese sexto sentido que separa a los buenos de los mejores, la manejaba con precisión de cirujano.

La luz propia, como terminó ocurriendo con Butragueño, terminó apagándose y el duende se esfumó el día que fue consciente de que ya no estaba para ser titular en el Real Madrid. Tomó la decisión de marcharse antes de verse relegado a un banquillo, pero entonces había dejado un legado en forma de títulos. Sus goles, a menudo decisivos, ayudaron al Madrid a reconquistar Europa, esa quimera que durante años se había quedado en el baúl de los sueños, interceptada por el ímpetu de los portentosos alemanes y la profesionalidad impertérrita de los infranqueables italianos. Y a pesar de todo, aguantó de pie, manteniendo la ambición, ante el declive tormentoso de aquel equipo galáctico.

Se marchó un tipo que, conceptualmente, entendió el fútbol como una forma de vida. Sabía vivir del momento y tuvo muchos momentos de esplendor. El chico talentoso y descarado terminó convirtiéndose en leyenda, siempre en fiestas de honor con mono de trabajo. Y, cuando todos creíamos que su cuerpo había dicho basta, se marchó a la física Bundesliga para seguir demostrando que los portentosos alemanes podían seguir cayendo rendidos a sus pies. Finalmente, se dio el gusto de decir adiós desde el equipo que afamó Pelé en los años setenta. Los mitos, al final, terminan emparejándose. Y es que el fútbol no entiende de fronteras, pero sigue teniendo memoria.

viernes, 28 de diciembre de 2018

El hombre que aguantó a Cruyff

Existen momentos puntuales que, aún realizados sin querer, cambian el rumbo de las personas y, por ende, el rumbo de un club o de una afición. Iniciar un ciclo ganador se basa en la apuesta por una idea y en la constancia por la reivindicación. Para ello, se necesita paciencia y fe, una para resisitir, la otra para seguir creyendo. Muchos abandonaron el barco antes de tiempo y otros, aún en sus peores días, se encontraron con un salvavidad inesperado. La historia del Barça se escribe con C de Cruyff, pero aquella letra pudo haber sido borrada antes de tiempo y hoy, probablemente, seguiría siendo aquel club lastimoso que peleaba su lugar en el mundo entre tierras infértiles.

Núñez fue un megalómano que entró en el fútbol como un elefante en una cacharrería. Quiso cambiar la fortuna de su equipo a golpe de talonario pero con un discurso plañidero. Se quejaba por todo; los árbitros, los horarios, los abusos federativos y, sobre todo, del centralismo. No supo curar la madriditis a pesar de que a Barcelona iban llegando, tal y como había prometido, los mejores futbolistas del mundo. Quini, Krankl, Simonsen, Schuster, Maradona y Lineker llegaron a la ciudad condal después de consagrarse como estrellas y, en la mayoría de las veces, terminaban marchándose como estrellados. La proposición era atractiva, pero el discurso era victimista. Entonces, cuando estaba contra las cuerdas, gastó su última bala y tiró de corazón para endulzar a la castigada afición azulgrana.

La opción de Cruyff era populista a todas luces pero tras ella ya no había colchón. Llegó a un acuerdo con el holandés y se fructificó una relación amor odio que duró ocho año. Tú me apoyas, yo te apoyo. El club, sumido en una crisis institucional sin precedentes, jugadores amotinados y aficionados indignados, apostó por la revolución y Núñez dejó que Cruyff fuese la cara visible de la misma. Hesperia mediante, tres cuartos de la plantilla fueron despedidos y se ficharon futbolistas con buen pie y poca historia ganadora. Se cambiaron las estrellas por las promesas, pero estas, como se pudo ver pronto, tampoco cumplían con las expectativas.

Porqué Nuñez aguantó las boutades de Cruyff se explica en dos momentos clave. El Madrid ganaba ligas pero seguía sin ganar en Barcelona y el Barça, más allá de los puntos perdidos, iba rascando títulos de manera progresiva. Ganó la Recopa en Berna y ganó la Copa en Mestalla. Aquel partido cambió el ciclo del fútbol español. Cruyff pasó de cuestionado a venerado y el equipo comenzó a funcionar como una locomotora. Cuatro ligas y una Copa de Europa después, la relación terminó por romperse de tanto tensarse. Núñez, que ganó fama como el hombre que fichó a Cruyff, terminó siendo el hombre que le despidió de la peor de las maneras.

La crisis posterior fue tan grande que terminó llevándoselo por delante. Van Gaal ganó ligas pero no pudo ganar el corazón y en su último intento por conquistar Europa fue avasallado por el Valencia y despedido entre pañuelos blancos de protesta. Se acabó una era y empezó otra mucho más escabrosa. El tipo que había roto los moldes institucionales, fue detenido por malversador y conducido a la cárcel por delincuente. Era un mal epílogo para un, a la larga, buen presidente. Cinco ligas y la ansiada Copa de Europa eran un buen aval. Sin embargo, siempre quedó la sensación de que el hombre tenía más en fe en sí mismo que en el propio equipo.

Atacado por la edad y los recuerdos, el fallecimiento de Núñez puso fin a una era en la que los palcos eran rings de enfrentamientos verbales y las emisoras eran un lugar para acusaciones veladas. Sin Gil, sin Mendoza y, ahora, sin Núñez, se marcha una era que quedará en el recuerdo para siempre. Cuando los futbolistas eran hombres y los presidentes eran tipos que presumían de billetes y logros. La gloria era para ellos y la culpa, siempre, del empedrado.

Pichichis: Pahiño

El profesor Emilio Crespo empeñaba su tiempo en cultivar personas. No era un hombre a quien la docencia le importase poco, era un soñador que animaba a los niños a despertar y, sobre todo, a pensar. Siempre a pensar. Los tipos que piensan, les dijo a sus alumnos, siempre serán tratados como hombres raros, pero sólo ellos sabrán que los raros son los demás. Manuel Fernández, el hijo de Paíño, era uno de los alumnos aventajados de don Emilio. Había aprendido a jugar al fútbol y había aprendido a pensar, por ello, siempre fue visto como un tipo raro.

Así le vieron en Madrid, la primera vez que apareció en el vestuario con un libro bajo el brazo. Para entonces, ya tenía fama de rojo y esa, era una fama aún peor que la de pensador. El futbolista, más pendiente del gol propio que de la palabra ajena, hizo oídos sordos a las acusaciones y se dedicó a lo que mejor sabía hacer; ganar partidos. Acompañado de su inseparable Miguel Muñoz, hizo el petate rumbo a Madrid después de haberse destapado como un delantero voraz en el Celta de Vigo. Allí había hecho fama en la temporada 1947-48 después de erigirse como máximo goleador de la liga y llevar al Celta a un histórico cuarto puesto. Era un delantero voluntarioso, poco dado al regate, pero que rompía la pelota con ambas piernas. Para embrutecer sus disparos, reforzaba la puntera de sus botas con chapas de acero y fortalecía sus piernas con ejercicios diarios. Cuando se marchó de Madrid, loas mediantes, prometió a su presidente no cambiar a la acera del Atlético, equipo que le ponía mucho dinero encima de la mesa. "A cualquier sitio menos a ese", le rogó Bernabéu.

Pero sus inicios habían sido algo más abruptos. Su primera temporada en el Celta terminó con un descenso a segunda. Muchos empezaron a dudar de su valía a pesar de que era apenas un juvenil, pero, ya en segunda, Pahíño, sobrenombre por el que le bautizó el periodista Hándicap, comenzó a demostrar sus dotes de goleador. Tanto goleó que el equipo regresó a Primera, se consolidó y él mismo fue convocado con la selección. "España ha encontrado a su delantero", rezaron las crónicas. Nada más lejos de la realidad. El subterfugio de su mala relación con la federación de fútbol se encontraba en lugares lejanos a los terrenos de juego, como una biblioteca clandestina, una librería francesa o un kiosko en las ramblas barcelonesas, lugar donde conseguía, pago por debajo mediante, los últimos ejemplares de las novelas más revolucionarias.

La primera vez que fue declarado en rebeldía, jugaba en el Celta y exigió un salario más justo. La segunda, jugaba en el Granada, estaba a punto de retirarse, y se lió a guantazos con su entrenador. A aquellas alturas, todos sabían que el hijo de Manuel Fernández Paíño no se amilanaba ante nadie. Ya de pequeño podía con todo, así, fue capaz de alinearse en tres equipos diferentes de Vigo con los que jugaba durante toda la jornada del sábado. De mayor, ya acostumbrado al gol y al elogio, decidió colgar las botas cuando vio que los defensas podían con él. Cuestión de amor propio. Se marchó dejando doscientos treinta y tres goles en trescientos catorce partidos como profesional.

Tres de ellos los anotó con la selección nacional de fútbol. Muchos más los hizo en Chamartín, incluso de visitante, como aquella tarde en la que regresó vistiendo la camiseta del Deportivo La Coruña y anotó dos para dar la campanada. El estadio, en agradecimiento a los servicios prestados, se puso en pie para despedirle. Más de uno, seguro, en su cabeza, terminó tatareando aquella vieja copla que resonaba en la tribuna y que decía "Ponen al público en pie los centros de Joseíto, pero cuando la emoción se pone el alma en un hilo, es cuando empalma un trallazo, sobre la marcha, Pahiño".

Si algo entusiasmó a sus seguidores, gol aparte, es que el tipo nunca se arrugaba. Si le pegaban, pegaba, si le amenazaban, se encaraba, si le insultaban, insultaba. Visto esto, es fácil entender lo que le ocurrió en uno de sus últimos partidos como profesional. Vistiendo la roja y blanca del Granada, visitó Heliópolis para enfrentar al Betis. En una de sus arrancadas, condujo la pelota con velocidad hacia la meta rival, no había freno, o no parecía haberlo. Entonces apareció Felipe, defensa bravo y contundente, para derribarle con una aparatosa patada. Pahiño se levantó como un resorte y estampó dos puños en el rostro de su rival. Igual que con los pies, manejaba ambos puños con soltura. Y es que se vio obligado a defenderse desde pequeño. Hijo del hambre y la necesidad, hizo de esta virtud para hacerse valer en la vida. No le asustó la competencia y, pese a ser coetaneo de Zarra y César, siempre creyó merecer tantos galones como ellos.

En otro lance del juego, mientras el Madrid disputaba una torneo en tierras sudamericanas, Pahiño terminó a tortas con la estrella del equipo rival. Por entonces no se le dio mucha importancia, pero el delantero rubio del Millonarios de Bogotá con el que cruzó manos se llamaba Alfredo Di Stéfano y terminó siendo uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol. Pero más allá del carácter, Pahiño era gol y entrega. Ciento ocho goles marcó como madridista, algo que ya soñaba hacer el día que envió una carta a las oficinas de Chamartín ofreciendo sus servicios. No se sentía bien tratado en Vigo y se sabía capaz de ser la estrella de uno de los equipos punteros de la liga.

Con la camiseta del Madrid fue internacional por segunda vez, fue un partido ante Bélgica en el que no anotó ningún gol. Por entonces, ya era un tipo bajo un permanente paraguas de sospecha. Había debutado en Suiza, aún con la camiseta del Celta y la historia de su no relación con la selección nacional nació allí mismo. "Fui un futbolista diferente", espetó en más de una ocasión. "En Vigo, por ejemplo, me sentía como un botones, siempre al servicio de los directivos. Yo sólo quería ser libre". Y eso que el Celta apostó fuerte por él en un primer momento; procedente de los equipos amateurs de galicia, en Vigo se fijaron en él desde que comenzó a golear en el Rápido de Bouzas. Le garantizaron un servicio militar cómodo y cercano a casa para que renunciase a la oferta del Salamanca y le dieron una ficha de dieciocho mil pesetas. Tras unos primeros meses fallidos, el chico, con dieciocho años, se destapó siendo el máximo goleador en segunda división y conduciendo a los celestes de nuevo a Primera. En el partido definitivo por el ascenso, en el viejo Metropolitano (campo en el que debutó como profesional), ante el Granada (equipo en el que se terminaría retirando), tiró de épica y aguantó más de media hora en el campo con el peroné roto. Había hecho dos goles en el primer tiempo y se había fajado bravamente hasta que una fuerte entrada le rompió la pierna. Resistió hasta la lágrima y celebró con dolor. En su regreso a primera fue máximo goleador por vez primera (lo sería una segunda vez con la camiseta del Madrid) y se convirtió, por sus gustos personales y sus ideas globales, en un tipo sospechoso. Siempre bajo la vigilancia del régimen.

Todo estalló definitivamente, en aquel envite amistoso entre Suiza y España. En el descanso, con uno a dos a favor de los españoles, el general Gómez Zamalloa, delegado de deportes, bajó al vestuario y pidió salvar el orgullo patrio con "Cojones y españolía". Ante semejante solicitud, Pahiño no pudo hacer otra cosa que sonreír de manera sarcástica. Lecciones de moral las justas, debió pensar, y de usted menos aún. Pareció un gesto sin importancia, pero el general le tomó la matrícula y Pahiño estuvo un lustro sin volver a vestir de rojo. Sí vistió de blanco, posteriormente y, más tarde, de blanquiazul, formando una pareja letal con un incipiente futbolista, flacucho y tímido, que terminó siendo el primer y único balón de oro en la historia de España. Se llamaba Luis Suárez. El hueco que dejó en Madrid lo tomó Di Stéfano y huelga decir que, pese a los goles que dejó de marcar, el madridismo terminó por no echarle demasiado de menos. Sí se le recuerda en La Coruña, sin embargo, por un hecho puntual, más allá de los dos goles anotados en Chamartín que sirvieron para derrotar al Madrid en domicilio. Fue en el año cincuenta y cinco, el Dépor, organizador del torneo, jamás había ganado el Teresa Herrera, por entonces prestigioso campeonato veraniego en el que participaban los mejores equipos de España. En una final tremenda ante el Athletic de Bilbao, Pahiño enganchó una volea con su pierna derecha e hizo temblar la red de Carmelo en la prórroga. La copa de Hércules, por fin, era blanquiazul.

No es difícil aceptar, pues, que Pahiño se haya convertido, por derecho propio, en el único futbolista al que hayan idolotrado los dos grandes equipos gallegos sin caer en contradicciones ni acusar de deslealtades. Se marchó de Galicia para ganar la gloria y regresó cuando le atacó la morriña. En el concello de Navia, cerca de Vigo, donde nació y creció, hay un pequeño estadio de césped artificial que lleva su nombre, que mayor gloria que convertirse en inmortal. Murió siendo el futbolista con el segundo mejor promedio goleador de la historia de la liga y, a pesar de ello, no fue convocado para el mundial de 1950, en pleno esplendor de sus facultades. "Cojones y españolía", recordaba a menudo. Eso fue lo que les faltó a los mismos que le vetaron, cojones y españolía para discernir sobre lo deportivo y no sobre lo político. Hasta el propio diario Arriba, cabecera del régimen, después de aquella célebre pelea con Felipe en Sevilla, declaró en un artículo de opinión que "Qué se puede esperar de un tipo que lee a autores rusos como Tolstoi o Dostoievski". Don Emilio le había enseñado a pensar y él pensaba. Aquello era pecado. Era el bicho raro del balompié. Con todo, su cabeza rebelde y su corazón revolucionario, le otorgó la fuerza y energía para anotar doscientos diez goles en la primera división, siendo, a día de hoy, el noveno goleador histórico de la liga.

Se retiró cansado de luchar, contra los ideales y contra los defensas contrarios. Se retiró al cantábrico vasco y trabajó como armador de barcos al tiempo que vio a sus hijos crecer junto a una guitarra y un micrófono. El tipo que renunció a una ficha de doscientas setenta y cinco mil pesetas porque quería cambiar la norma se marchó sin arrepentirse de nada pero creyendo que podría haberlo cambiado todo. "Nací antes de tiempo", se lamentaba. Probablemente. Le sobraron los goles y le faltaron los títulos, por ellos, no perdía de su memoria aquella final de Copa disputada ante el Sevilla vistiendo la zamarra del Celta. Perdieron cuatro a uno y Bustos hizo el partido de su vida. "Me lo paró todo", recordaba una y otra vez. "Todo". Hubo muchos quienes quisieron pararle; directivos, defensas, entrenadores y generales; pero él siguió hacia adelante, con un libro de Hemingway bajo el brazo y las letras de los hombres libres en la cabeza. "Tienes que pensar", le había dicho don Emilio. "Siempre serás un bicho raro, pero los raros, en realidad, son ellos". Y así, entre bichos raros y recuerdos imborrables, se apagó la luz del hombre que fue acusado de rebelde y se reivindicó con goles y palabras. Y una media sonrisa irónica que le inmortalizó para siempre.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Lo intangible

Hay elemento intangible que diferencia a los buenos futbolistas de los mejores, algo inherente al talento pero que vive más allá de él, algo separado de la cotidaniedad que resurge en el cuerpo más improbable porque, generalmente, vive en el cerebro más preparado.

El fútbol es un juego que se ejecuta con los pies pero que se juega con la cabeza. Con una premisa tan sencilla, futbolistas, que a primera vista se vieron como víctimas del agravio físico, hicieron carrera en un deporte que, a priori no era para ellos. Es el don de los elegidos, aquellos tipos que conocen el misterio del juego y, por ello, saben descifrar cada jugada con el pase más sencillo. Es el juego del rompecabezas; primero buscar el espacio vacío, después colocar la pieza.

En el juego del pragmatismo más eficiente, triunfaron hombres como Guardiola, Xavi e Iniesta, generaciones escalonadas que pusieron firma a un modelo futbolístico que creían haber patentado en la Masía azulgrana. Nada más lejos de la verdad, lo que ellos sublimaron, hubo otros que también lo supieron manejar. Así, en la coetaneidad de Guardiola, creció Paul Scholes, junto a Xavi, Pirlo se convirtió en alter ego y la frecuencia mágica de Iniesta fue replicada con el magisterio de Modric. Todos, directores de juego en un mundo de lobos, se convirtieron en corderos indomables que terminaron doblegando a la manada. Importa ser el más fuerte, el más hábil o el más rápido. Importa mucho ser el más certero. Pero ante, todo, impera ser el más listo.

La capacidad para manejar el espacio y el tiempo es el terreno minado sobre el que se depositan las esperanzas de Riqui Puig. Tal es el anhelo de lo que perdieron, que en Can Barça prefieren rasgarse las vestiduras y apostar, en el ideario colectivo, por un chico al que han visto en tres lances pero que parece destilar un fútbol de alto grado. No es fuerte, ni rápido, tampoco especialmente hábil, aunque tiene un enorme margen de mejora, pero es listo como pocos y sabe pasar la pelota, siempre, al compañero mejor colocado.

Hay algo en el pase en corto que recuerda a Guardiola, algo en el giro cuando recibe de espaldas que recuerda a Xavi y algo en la manera de conducir que recuerda a Iniesta. Todo son recuerdos y comparaciones y esta será la gran barrera que tenga que saltar Puig cuando alguien decida darle, de verdad, la camiseta del primer equipo. Si llega, si se afianza y si triunfa, deberá hacerle saber al mundo que no existen las copias perfectas y que solo un jugador es sí mismo si consigue imponer aquello tan insustancial, pero tan esencial, como es lo intangible. Ese halo de misterio que vive en las botas de los elegidos y que consiste en saber jugar al fútbol sin necesidad de tener un cuerpo de atleta.

El sucesor

El problema de la sucesión se agrava cuando la figura del sucedido está en una dimensión superior. Uno puede hacerlo todo bien, entregar el alma en mil suspiros, comerse la hierba, patear tiros a la escuadra y sentir que el runrún de la grada te agradece el esfuerzo pero que, en el fondo, todos saben que jamás serás como él porque como él no ha habido otro en la vida.

Cuando Gianfranco Zola vistió por vez primera la camiseta con el número diez del Nápoles, todos sabían que era un magnífico jugador, pero todos sabían, también, que aquello no le iba a servir para espantar a los demonios. Los ángeles caídos emergieron de golpe una tarde de otoño de 1991 cuando Maradona salió ante los medios con el rostro compungido y los ojos dormidos. Era el crepúsculo de un dios que lo había sido todo y, de repente, se había quedado en nada.

Nápoles, la ciudad que había tocado el cielo, se vio de repente sumisa en una iniciacion al cataclismo. De aquella oscuridad les sacó Zola a base de regates imposibles, pases geniales y remates a la escuadra. Tenía un ángel el pie derecho y la condición futbolística de los mejores peloteros. Cansado de espantar demonios, emigró al norte en busca de fortuna y se hizo amo del mundo con la camiseta del Parma. Allí ganó títulos y, sobre todo, el reconocimiento que le había faltado en el sur. Con el diez en la espalda, se situó en el escalafón de los más grandes y peleó por todo durante un lustro. Hasta que, cansado de ser un leñador con traje de gala, decidió aceptar la oferta de la incipiente Premier para emigrar más al norte y convertirse en el espíritu santo de la trinidad que cambiaría para siempre el fútbol inglés.

El fútbol básico que tantos reportes les había otorgado, había caído en el olvido y se había defenestrado en el periodo más negro de su historia. Durante el tiempo que duró la sanción que le impedió jugar en Europa durante cuatro temporadas, el fútbol inglés involucionó hasta el punto de convertirse en prehistórico. Cuando regresaron a Europa, los italianos y los alemanes les habían adelantado por la derecha. Había llegado la hora de cambiarlo todo. Idearon una nueva competición, ingresaron dinero por derechos televisivos y ficharon a tres tipos diferentes para que su fútbol virara de forma radical.

A Manchester, vía Leeds, llegó Cantoná, un frances irreverente que lideró un equipo que cambió los preceptos del fútbol británico. A Londres, vía Milán, llegó Bergkamp, un holandés errante que conjugó la genialidad en superlativo. Y al Londres más azul, también por la vía italiana, llegó Zola, un italiano vencido por la nostalgia que puso patas arriba Stamford Bridge para convertirse, por siempre, en el jugador favorito de la grada.

Y es que Zola siempre se distinguió como un futbolista diferente al resto. Buscaba las espaldas para recibir las pelotas de segunda línea, acomodaba el balón como si portase poltrona y acariciaba el cuero como un artesano. Ingenió mil momentos y cumplió con los mil detalles que antes había fabricado en su imaginación. La precisión de su pierna derecha le convirtió en temible y la holgura con que ganaba los duelos individuales le convirtió en un semidiós. Libre de sospechas, se dedicó a jugar sin pensar en perder la cabeza corriendo por balones inalcanzables. Encontró libertad y respeto. Por ello, cuando se marchó, dejó que las lágrimas brotasen por su rostro. Había sido el hombre que encontró su fortuna, había sido el futbolista que había cambiado, para siempre, el rumbo de un equipo que se había consolidado en un segundo escalón.

Zola no ganó mucho, pero siempre estará en lo más alto del podio.